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10/12/2017 decembre 2017

déjà publié le 24/04/2009

Homilía de M. Zundel en Ouchy-Lausana, en diciembre de 1965. Ver: Ta Parole comme une Source. Ya publicada el 23 y 24/04/2009. Se añadieron títulos y apartados.

Resumen: Uno de los momentos más extraordinarios de la liturgia de la misa es el momento de la comunión. El hombre es sagrado. Nunca lo sentimos mejor que en la comunión.

"Juan, que oyó en la cárcel las obras de Cristo, envió a sus discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?" Jesús les respondió: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres: ¡dichoso el que no se escandalice de mí!

"Cuando se fueron, Jesús comenzó a hablar de Juan a las gentes: "¿Qué salisteis a ver en el desierto?? ¿Una caña movida por el viento? ¿Pues qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido lujosamente? Los que visten lujosamente están en los palacios de los reyes. ¿Entonces, qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os lo digo: y mucho más que un profeta. El es de quien está escrito:"Yo envío delante de ti a mi mensajero para que te prepare el camino". Os aseguro que no hay hombre más grande que Juan Bautista, pero el más pequeño en el reino de Dios es más grande que él". (Mt. 11:2-11)

En la liturgia hay una especie de milagro de la presencia divina que transfigura al hombre...

La comunión

Uno de los momentos más bellos, más extraordinarios de la liturgia de la misa que celebramos juntos es el momento de la comunión.

Si uno tiene el privilegio de ser sacerdote, al dar la comunión, es imposible no estar impresionado por la belleza del rostro humano cuando las gentes comulgan. El rostro no alcanza nunca tanta grandeza, tanta belleza, tal poder de interioridad como en el momento en que está orientado totalmente hacia la Presencia misteriosa del Señor que viene en la comunión que es ante todo comunión de todos los hombres entre sí, que se hacen hermanos, como interiores unos a otros en un encuentro con Cristo.

Si tuviéramos que responder a las preguntas de Juan Bautista: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” nosotros nos referiríamos a ese momento de la comunión para afirmar el milagro más tangible de Jesucristo. Ente todos los ritos cristianos, no existe quizás otro más impresionante y más edificante en el sentido fuerte de la palabra, más constructivo y creador, más revelador que esos rostros cada uno de los cuales revela su secreto en la tensión hacia el Señor, a la vez tranquila, poderosa y ardiente, a quien toda alma tiende.

Significado del cristianismo

Hay en la liturgia una especie de milagro de la Presencia divina que transfigura al hombre y que hace de la carne… el depósito maravilloso de la presencia única.. El milagro realiza casi en su pureza absoluta todo el significado del cristianismo que es la religión de la encarnación.

Si se hubiera inventado la liturgia, lo cual es imposible pues la vida no se inventa, no se inventa la autenticidad de la vida... Hay en ella una realidad que se realiza y que es incontestable, una especie de milagro de la Presencia divina que transfigura al hombre y que hace de la carne, de la carne tan estropeada, tan despreciada, tan pisoteada, tan desoladora, si no vemos en ella el depósito maravilloso de la presencia única, y el milagro tangible, cotidiano, o al menos dominical, el milagro basta para rehacer en toda su pureza, en toda su interioridad en la divinidad, el milagro realiza casi en su pureza absoluta todo el significado del cristianismo que es la religión de la Encarnación en que se revela todo el hombre a través de un rostro humano y en que el hombre llega a sí mismo a través de una presencia divina.

Si pudiera prolongarse ese breve momento de la comunión, llegaríamos justamente a la plenitud del Nuevo Testamento opuesto justamente al Antiguo como lo perfecto a lo imperfecto, ya que, claro está, en el Evangelio que acabamos de escuchar, se dijo: “El mayor de los nacidos de mujer es más pequeño, como dice el Señor en la frase siguiente, es más pequeño que el más pequeño de los discípulos de la Nueva Alianza, más pequeño no en santidad, no en el don de sí mismo, ya que Juan Bautista es uno de los más grandes mártires, sino más pequeño en la concepción que se hace de Dios, más pequeño en la luz de la Revelación que no es aún plena, que no brillará sino cuando se rasgue el velo y se abra, por la Cruz de Nuestro Señor, un porvenir humano incomparable en que todo el hombre llegue al nivel de lo sagrado y en que Dios viva la vida cotidiana del hombre.

Si pudiéramos perpetuar el momento de la comunión, si pudiéramos conservar el recogimiento en que alcanzamos nuestra autenticidad profunda, si el rostro pudiera seguir floreciendo con la gracia divina, si pudiéramos seguir revelando la presencia infinita a través de nosotros, sin siquiera darnos cuenta, toda la vida de familia, toda la vida de la fábrica, de la oficina, toda la vida ciudadana sería transfigurada, pues ¿qué quiere Cristo? ¿Qué viene a traernos sino justamente la unidad del tiempo y de la eternidad, la unidad de lo visible y lo invisible, la unidad de lo finito y lo infinito, ya que en el amor todo es finalmente infinito, todo se ilumina donde la presencia divina sella en la gracia del eterno Amor todos los esfuerzos del hombre.

En la liturgia Mediante la comunión humana entramos en la comunión con Dios

El rostro, expresión de la vocación humana

Si pudiéramos perpetuar el momento de la comunión, si pudiéramos conservar el recogimiento en que llegamos a nuestra autenticidad profunda, si el rostro pudiera seguir floreciendo con la gracia divina, si pudiéramos seguir revelando la Presencia infinita a través de nosotros, sin siquiera darnos cuenta, toda la vida de familia, toda la vida de la fábrica, de la oficina, toda la vida ciudadana sería transfigurada, pues ¿qué quiere Cristo? ¿Qué viene a traernos sino justamente la unidad del tiempo y la eternidad, la unidad de lo visible y lo invisible, la unidad de lo finito y lo infinito, ya que en el amor finalmente todo es infinito, todo queda iluminado cuando la presencia divina sella todos los esfuerzos del hombre en la gracia del eterno Amor.

El hombre es sagrado. Jamás lo sentimos mejor que en la comunión. Cuántas veces en el hospital, cuando alguien está acorralado, cuando su organismo parece deshacerse, cuántas veces vemos un rostro que de repente, siendo visitado por Dios, en su transfiguración expresa la eternidad misma de la vocación humana.

Por la comunión humana que nos reúne a todos en la liturgia dominical, por la comunión humana entramos plenamente en comunión con Dios y lo sagrado invade toda la vida. Si se es fiel al espíritu de la Eucaristía, ya no hay que distinguir entre lo sagrado y lo profano. La más hermosa catedral, la más santa, la más nacional, la más cara a la mirada de Dios, somos nosotros. Todas las catedrales de piedra, todos los altares, todos los cálices, todos los copones, todo eso es nada comparado con un rostro humano que recibe la luz de Dios y la comunica.

Se trata de que profundicemos la mirada que suscita en nosotros la gran liturgia, de que profundicemos esa mirara y consideremos a los demás, de que entremos en relación con ellos sean quienes fueren como comulgantes, como personas que llevan a Dios, o que son por lo menos capaces de llevarlo, de vivir de Él, de irradiarlo, de no existir, de ser cada uno un sacramento vivo, una basílica viva, una catedral viva, un Evangelio vivo.

En Jesús, lo sagrado es el hombre

En Cristo, lo sagrado no es algo que existe bajo llave, colocado detrás de rejas, bajo velos impenetrables. En Jesús, lo sagrado es el hombre, el hombre mismo, nuestras manos, el trabajo de nuestras manos, los ojos y la luz que los llena, los corazones y la maravillosa capacidad de amar: es todo eso lo que constituye lo sagrado, lo que perpetúa la Encarnación y no cesa de hacer presente a Cristo en medio de nosotros.

Vamos pues a ofrecernos en esta liturgia en que nos preparamos a la comunión eucarística, vamos a ofrecernos cada uno, a nuestro Señor para que nos llene de su Presencia, para que nos transforme en Su Luz, y que haga de nosotros un Evangelio vivo, una hostia viva y que nuestra comunión sea como el tipo mismo de la acción cotidiana, para que la comunión nos abra el camino de la búsqueda prodigiosa y magnífica en que cada uno pueda ser para los demás la revelación concreta, irrefutable, maravillosamente sagrada, de la Presencia Divina.

Es el Señor el que viene

¡Oh, sí! Que podamos continuar el diálogo y que cada uno en su familia pueda mirar a los demás, cada uno en el trabajo, en la oficina, en la vida cotidiana o en la calle, en el autobús o en el tren, que cada uno al mirar a los demás pueda decir: “Es el Señor el que viene, es el Señor que continúa la Encarnación. Es el Señor el que me va a pedir ahora lo que necesita, me va a decir que tiene hambre, que tiene sed. Es el Señor el que me va a pedir que le abra la puerta, es el Señor el que, como a la Samaritana, o como en la Cruz, me va a pedir de beber. De todos modos, es al Señor al que voy a encontrar y estoy seguro de encontrarlo si llevo a los demás la verdadera luz que saco de la comunión eucarística, si miro a los demás que tienen la misma fe, veré incontestablemente un día producirse el milagro: Jesús que regresa, Jesús que está presente, Jesús que brilla en la humildad, en el temor, en la paz, en la belleza admirable del rostro humano intensamente orientado hacia Él.”

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