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26/11/2017 novmbre 2017

Meditación de Mauricio Zúndel en un retiro en Ghazir, Líbano en 1959. Publicada en "Silence, Parole de Vie" (*) (Silencio, Palabra de Vida)

Resumen: El P. Mac Nabb en Londres, en una actitud que une la fe y la caridad, supo hacer callar a su oponente diciéndole que Dios estaba dentro de él. Cuando vacila en alguien la llama de la esperanza, Dios arriesga morir en él. Dios habita en el santuario del alma y la gracia es siempre transformadora. El punto focal de la fe es el hombre, y Jesús disfrazado bajo los rasgos del prójimo.

El P. Mac Nabb y su obstructor

El P. Mac Nabb, de quien ya tuve ocasión de hablarles, siguiendo la costumbre londinense, acostumbraba exponer cada domingo en un parque de Londres las verdades de la fe a los pasantes, es decir que su tribuna, como todas las demás, estaba en el parque y todo el que pasaba podía detenerse y escucharlo. Pero los libre-pensadores habían delegado a uno de sus miembros para hacer ruido alrededor de la tribuna a fin de ahogar su voz e impedirle llegar a los auditores.

La situación se hacía difícil pues se repetía cada domingo y naturalmente, el P. Mac Nabb era totalmente enemigo de toda violencia, no quería que redujeran al silencio por fuerza al obstructor obstinado; un domingo tuvo la maravillosa inspiración de bajar de su tribuna y arrodillarse delante de su contradictor y besarle los pies. ¡Y todo se acabó, de una vez por todas! Esa era la única refutación eficaz. Era decirle: “en el fondo, el Dios de quien hablo, el Dios cuyo enemigo cree ser usted, el Dios cuya voz desea ahogar, el Dios del que usted no quiere que se hable, está dentro de usted. Está en usted y lo glorifica, está en usted y lo transfigura, está en usted y lo hace infinito. Y yo estoy de rodillas ante usted, como lo haría con Dios pues justamente a los ojos de mi fe, usted es él, usted es él… El Dios de quien yo hablo es justamente el que dijo: “Lo que le hagan al más pequeño de mis hermanos, me lo hacen a mí”. Él es el que dijo: “Tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estaba desnudo y me vistieron, estaba prisionero y me visitaron”. (Mt 25,40.35-36). El obstructor no volvió a aparecer, el argumento había triunfado, si no fue el comienzo de una verdadera conversión.

La fe se identifica con la caridad

Este episodio me llega muy hondo pues nos permite, nos invita a unir lo más estrechamente posible, a unir e identificar la fe y la caridad. Sabemos de memoria por haber escuchado y repetido a menudo que la caridad es el primero de los mandamientos, que, como dice san Pablo, la caridad es el vínculo de la perfección, que el cristiano es alguien que ama a su prójimo como a sí mismo. De hecho, sabemos por experiencia que no hay nada más difícil. Es fácil desde luego amar a los que nos son simpáticos, es fácil amar a aquellos hacia los que sentimos atracción espontánea o apasionada.

Lo difícil es amar a todo el que se presente. Lo difícil es amar a aquellos con quienes no tenemos ninguna afinidad. Lo difícil es amar a los que nos son antipáticos. Ahí estamos tentados de hacernos comedia, de evitar la invitación de Dios, de encontrarnos motivos para sentirnos llamados a otra parte, para estar ocupados, para no tener que encargarnos de este caso, en fin, para encontrar la razón de darnos buena conciencia alejándonos del llamado del evangelio. Y no nos damos cuenta de que nos fabricamos un falso dios.

En efecto, para el cristiano advertido por las palabras de Jesús: “Soy yo el que los está esperando, oculto tras ese rostro; soy yo el que tengo necesidad de ustedes en esta miseria” mientras nosotros nos alejamos de ese “De profundis” de Dios, nos estamos volviendo hacia un ídolo.

Justamente porque la caridad es un misterio de fe, la caridad no consiste en sentir amor sensible para alguien; la caridad no consiste en ser amado en las entrañas; la caridad no exige que derramemos lágrimas por el dolor o la miseria ajena. Las lágrimas pueden ser buenas, la compasión puede ser excelente, pero no dependen de nosotros. Lo que se nos pide es el acto de fe, que a través de cualquier apariencia, a través de apariencias repugnantes, hagamos el acto de fe en el valor infinito del primer venido.

El agente viajero

Una noche de invierno, me interpeló un hombre de unos sesenta años – solo le quedaba un diente – que se daba el título pomposo de agente viajero. Presentaba solo un libro religioso aburridor como la lluvia, y lo proponía por 60 libras (libanesas). Había, claro está, subido no sé cuántas escalas en el día y nadie le había comprado su libro. Ya era noche y era el invierno, y hacía frío, y estaba agotado y sobre todo, desanimado. Era un campesino, un campesino que no sabía nada de comercio, que estaba mal de salud y ya no tenía fuerzas para trabajar la tierra, y estaba tentando suerte, su pobre suerte, presentando ese libro. Yo no tenía con qué comprárselo, pero sentí que su esperanza se acababa, que Dios iba a morir en él. Primero tenía que hacerlo sentar, escucharlo, darle un poco del calor que había en la casa, vaciar mis bolsillos y dar lo que tuviera. Con lo poco que él tenía, eso le permitiría pasar la noche sin angustia y recomenzar al otro día con un poco de esperanza. Y yo sabía que tenía que hacerlo a toda costa, hasta el último centavo, porque era la ESPERANZA, era la esperanza de Dios la que moría en él: Dios estaba amenazado de muerte.

El la confianza en la acción transformadora de la gracia

Se trata siempre de un misterio de fe, y en el evangelio la caridad está tan íntimamente vinculada con la fe que ambas no hacen más que una. Pues el hombre, claro está, no es amable, a mayoría son antipáticos y es imposible amarlos por ser lo que son. Solo se les puede amar por lo que pueden llegar a ser, solo se les puede amar confiando en la gracia, confiando en el porvenir. Pero esta confianza está absolutamente vinculada con la fe, porque es Dios justamente el que va a nacer en ellos, el que va a hacer surgir en ellos el espacio infinito, el que va a hacer brotar en ellos la fuente que es la vida eterna, el que va a hacer de ellos, de cada uno, un origen, un comienzo, un creador, un tesoro único e irremplazable. Y justamente, para el evangelio no hay otro Dios que ese.

Un Dios que habita en el santuario del alma

Pero Dios no es el que adoran en el templo de Jerusalén inmolando víctimas y derramando su sangre en los cuernos del altar. Jesús tiene horror de esa carnicería y un día, ya no pudiendo más, va a echar fuera los vendedores del Templo y a todos los que hacen comercio en los atrios del Señor olvidando que la casa de Dios debía ser una casa de oración.

El único Dios anunciado por Jesús es el Dios que él le presenta a la samaritana como el Dios que habita en el santuario de su alma. Por eso, cada vez que desconocemos el santuario de Dios en el hombre, perdemos el contacto con el Dios vivo, con el Dios espíritu, con el Dios interior, con el Dios fuente de todos los valores, con el Dios que es el tesoro escondido que debemos preferir a todo, con el Dios que es la vida eterna, con el Dios que es el creador de nuestra personalidad y la garantía de la dignidad de la viuda y del huérfano.

La caridad, sello de la religión auténtica

Cuando oímos hablar de Dios en las iglesias a menudo nos aterrorizamos porque es un falso Dios. Oímos recitar no sé qué revelación que nos describe el purgatorio, que nos muestra las almas que caen en el infierno como copos de nieve, escuchamos poner a cuenta de Dios toda suerte de cosas que son indignas de él e indignas de nosotros; y se entiende que los fariseos, comentando las escrituras todo el día, pudieron dar a Dios su propio rostro y condenar al Hijo de Dios en nombre de ese falso dios.

En el evangelio solo hay un criterio, una sola piedra de toque, una sola manera de verificar la religión auténtica, y es la caridad que es un misterio de fe, la caridad que nos hace descubrir en un ser limitado, repugnante, leproso, antipático, que nos hace descubrir en él toda la grandeza, toda la fragilidad del Dios vivo.

El punto focal de la fe

Todos los dogmas, toda la sagrada escritura, todos los sacramentos, todas las apariciones, todas las peregrinaciones, todas las liturgias, finalmente nos llevan a este punto…, al encuentro con Jesús bajo el rostro del hombre.

Las revelaciones particulares abundan: tenemos a Beauraing, Fátima, la Salette, Lourdes. Y no digo que no haya habido en cada uno de esos lugares una intervención auténtica de la misericordia y del amor. Pero digo: ¡Atención! Ninguna de esas revelaciones compromete nuestra fe, ninguna. Solo estamos comprometidos con el evangelio, con la tradición de los apóstoles y todas las revelaciones particulares están subordinadas a ellos.

Ahora bien, la revelación de los apóstoles mismos está subordinada, o mejor, ordenada a este único criterio: “En esto reconocerán que son mis discípulos, en que se aman los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 14:34-35; 15:12).

Ese es el criterio de la fe, el criterio de la verdad así como el criterio de la perfección. Todos los dogmas, toda la sagrada escritura, todos los sacramentos, todas las apariciones, todas las peregrinaciones, todas las liturgias, finalmente nos llevan a este punto, o están fuera de la verdad. Nos llevan a este punto, al encuentro con Jesús bajo el rostro del hombre.

¿Dónde quieren encontrar a Dios? No hay otra revelación que la transparencia del hombre a Dios, cuando en la fe el hombre se ha transfigurado y se ha hecho para nosotros Cristo que se ha identificado con él.

¿Dónde quieren encontrar a Dios? No puede estar en otra parte, no hay otra revelación que la transparencia del hombre a Dios, cuando en la fe el hombre se ha transfigurado y se ha hecho para nosotros Cristo que se ha identificado con él: “Soy yo, soy yo el que estaban esperando y es a mí a quien han recibido”.

Una fe centrada en el Hijo del hombre

No nos preocupemos pues por todo lo que podamos leer en los libros, por tantos discursos de religión que pretenden imponérsenos. Estaremos en la fe correcta siempre que estemos en la verdad del amor.

Solo podremos entrar en contacto con el Hijo de Dios haciéndonos el Hijo del Hombre, es decir identificándonos con los demás…,ya que en ellos la fe hace el milagro…, atraviesa todas las apariencias y de pronto descubre a Jesús que atraviesa toda la Historia como el peregrino de amor que golpea a nuestra puerta, disfrazado de prójimo.

Por eso el P. Mac Nabb había comprendido bien que la única refutación eficaz, la que resume todo en un gesto inmediatamente legible, era arrodillarse ante el hombre que quería ahogar su voz, para hacerle entender que Dios era él, él, en el diálogo con el Señor, él en quien habita la Santa Trinidad, él transformado todo en cielo para los ojos de una fe centrada en el Hijo del Hombre, que nos invita precisamente a ser lo que es él, pues solo podemos entrar en contacto con el Hijo de Dios comenzando por hacernos el Hijo del Hombre, es decir identificándonos con los demás, precisamente con los que parecen más alejados de la grandeza, del valor y de la santidad, ya que en ellos justamente hace su milagro la fe, atraviesa todas las distancias, la fe atraviesa todas las apariencias y de pronto descubre a Jesús que atraviesa toda la Historia como el peregrino de amor que viene a tocar a la puerta hoy, disfrazado bajo el rostro del prójimo diciéndonos: “Yo estoy a la puerta y golpeo; si alguno me abre, entraré y me sentaré a su mesa y cenaré con él y él conmigo.” (Ap. 3, 20)

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