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12/11/2017 novmbre 2017

Conferencia de Mauricio Zúndel en París el 17 de febrero de 1971. Se añadieron títulos y apartados.

Resumen: El hombre huye del pensamiento de la muerte, algo en nuestra naturaleza rechaza la muerte. También la vida nos es desconocida: para escapar de nosotros mismos, hacemos de ella una diversión. Y sin embargo, en nuestros desórdenes buscamos con avidez, estando ante un abismo. En nosotros, lo más precioso es un poder de presencia, un espacio portador de luz, de serenidad y paz. El cuerpo se puede interiorizar e inmortalizar. Después de la muerte permanece la melodía, la cifra del cuerpo, su expresión propia. El cielo está dentro de nosotros y ahí es donde encontraremos a los seres queridos que se han ido. En ecuación de amor con el Señor, por la nueva creación de nosotros mismos, iluminado por la Presencia infinita, tendremos la certeza de que eso no tendrá fin.

Pensar en la vida para afrontar la muerte

El inconsciente se cree inmortal

Como diría Heidegger, la muerte es un accidente que sucede a los demás pero no a mí…. Así analiza Heidegger la situación paradójica del hombre rodeado por la muerte. Su muerte es una certeza teórica y abstracta, pero él huye continuamente del pensamiento de la muerte, considerando que los que murieron, fue un accidente que les sucedió pero que a mí no me ha de suceder.

Entonces huimos como podemos para olvidar la muerte ante la muerte misma. Las honras fúnebres, como dice Heidegger, son una manera de olvidar la muerte en una especie de diversión para no afrontar la realidad que nos alcanzará a todos.

¿Por qué somos incapaces de vivir con la muerte, de considerar la muerte como el fin normal de nuestra vida? ¿Hay en ella algo contrario a la naturaleza? San Pablo mismo deja suponer que nosotros deseamos ser revestidos de inmortalidad sin pasar por la muerte. Quizás en nuestra naturaleza hay algo que rehúsa la muerte, como toda naturaleza animal. Toda naturaleza animal se defiende normalmente contra la muerte, y la nuestra más que todas las demás.

Nosotros tenemos además esta complejidad: podemos prever la muerte, sin saber lo que hay más allá. Como primera aproximación, la muerte nos aparece como una especie de muro… ¿qué hay detrás?

La vida, esa desconocida

Tenemos suficiente inteligencia para prever la muerte, pero no para ir más allá de ella; y… en el fondo, somos totalmente ignorantes de lo que es nuestra vida.

Tenemos suficiente inteligencia para prever la muerte, pero no para ir más allá de ella; y la complejidad de este misterio es tanto mayor cuanto que, en el fondo, somos totalmente ignorantes de lo que es nuestra vida.

La vida la sentimos, la vivimos apasionadamente, pero no sabemos qué es. Somos llevados por los acontecimientos, propulsados por el inconsciente, víctimas de nuestras prefabricaciones, marchamos al azar de las circunstancias que nos sorprenden y nos es casi imposible ordenar y prever la vida a causa de tantas cosas que nos escapan, y la muerte nos alcanza y nos golpea, sobre todo en los que se van, que hacían parte de nuestro espacio vital y que nos es tan difícil situar pues vemos ante todo el vacío, el hueco de su ausencia. Y luego nos alejamos de ese pensamiento para no confrontarnos de nuevo con la muerte con la cual no sabemos qué hacer en nuestra vida.

Hay innumerables obstáculos contra una toma de conciencia lúcida, porque somos ante todo animales, porque somos ante todo seres prefabricados, porque nuestras raíces cósmicas son extremadamente profundas y se prolongan hasta el más lejano origen de la primera célula, porque todas las pulsiones animales se agitan en el inconsciente y nosotros tomamos por la vida justamente esas manifestaciones pasionales que nos sumergen y a las que terminamos por aferrarnos como lo único que le da sabor a la vida.

Balance de la vida

Y sin embargo, la muerte perdura. Ahí está. Tendremos que pasar por esa experiencia. ¿Cómo la vamos a hacer? ¿La pasaremos bien? Eso sería el mayor éxito.

Tener buena muerte es algo asombroso y admirable, ya que es coronar su carrera en la paz, la serenidad, la aceptación y finalmente en el amor, y esto es en cierto modo una garantía de supervivencia.

Si analizamos nuestra vida, si tratamos de hacer su balance, podemos verificar que, según el lenguaje de Pascal casi siempre es diversión. Huimos de nosotros mismos, no soportamos el encuentro con nosotros mismos, de suerte que el peor castigo es estar encerrado solo en una célula.

El que está solo consigo mismo, sin visitas, sin cartas, sin televisión, sin teléfono, sin la posibilidad de huir de sí mismo, se encuentra en una situación que es radicalmente intolerable para la mayoría de los hombres pues nada sale de esa confrontación: una vez más, uno sufre su ser, es incapaz de salir de ahí y de hacer de ese silencio impuesto un silencio de amor.

Sin embargo a veces tenemos nauseas de las diversiones, de tomar conciencia de su futilidad y de darnos cuenta de que en el fondo, los muertos somos nosotros. ¡Los muertos somos nosotros! Lo somos precisamente en la medida en que permanecemos en la matriz cósmica, pegados al universo animal, y no emergemos en la creación de libertad que haría de nosotros la fuente y el origen de nuestra vida.

El universo del hombre

El hombre es de una cosmicidad asombrosa, natural en el fondo, pues debe crearse a sí mismo. Mientras no se haya creado, mientras no haya hecho esta opción fundamental, mientras no haya ido hasta la raíz de su ser para trasplantarla en Dios, en lo más íntimo de su ser, solo puede ser presa de sus pulsiones cósmicas. Y siendo ese su universo, ahí encuentra, al menos ahí busca su placer si no su gozo, yendo de una a otra, de decepción en decepción, pero persiguiendo siempre una felicidad para la cual está hecho pero que no cesa de escapársele.

Es cierto que en el hombre hay cada vez más una incapacidad de superarse pues todo lo que le proponen no lo invita a la superación.

El erotismo está por doquiera. Un psicólogo estadístico decía que cada quince segundos el hombre es incitado al erotismo bajo forma de publicidad, de televisión, de espectáculos y de modas. A cada instante lo sumergen en la especie y lo tientan para que mire la vida con los ojos de la especie. La codicia no es finalmente sino la mirada de la especie que invade la nuestra y nos hunde en la matriz cósmica, como si ahí se encontrara nuestro verdadero origen.

Entonces, todas las realidades en que estamos sumergidos obliteran completamente nuestro sentido de la realidad esencial que aparece como descolorada, como quimérica, como irreal, tanto más cuanto que por todos lados se empecinan en decirnos que todo eso es nada, que todo eso es mítico, que todo eso no es sino proyección de un inconsciente que no ha podido superar sus complejos.

Ante el vacío, buscamos con avidez

Es pues seguro que las condiciones en que vivimos en este Occidente descristianizado, si es que jamás ha sido cristiano, en esta libertad absoluta que le dejan a cada uno en la medida en que no robe la monedera del vecino, lo cual es todavía una de las pocas cosas desagradables que no toleramos, es infinitamente difícil encontrar como plantear el problema que pone en movimiento todas nuestras energías y tomar conciencia muy viva del hecho de que nosotros somos los muertos. Porque lo somos en la medida en que vivimos en cosmos, en la medida en que vivimos en especie, pues todo eso debe desaparecer.

Según la segunda ley de la termodinámica, las energías se degradan, y si nos fiamos al universo material, nos fiamos a la muerte a la cual es conducida toda la realidad.

Buscamos con avidez a través de nuestros desórdenes, a través de las diversiones a que nos entregamos, pues nos encontramos ante un abismo que nada parece poder colmar. No estamos en estado de afrontar la muerte porque no sabemos qué poner en su lugar.

Y sin embargo buscamos con avidez a través de nuestros desórdenes, a través de las diversiones a que nos entregamos solo porque nos encontramos ante un abismo que nada parece poder colmar.

No estamos en estado de afrontar la muerte porque no sabemos qué poner en su lugar. Entonces nos replegamos sobre los pequeños goces, nos entregamos a las pequeñas diversiones, llevamos esas nadas que llenan el vacío y cuando prestamos atención al vacío nos da pánico y buscamos otras diversiones más fuertes para borrar el sentimiento de inseguridad que nos llena.

¡Y sin embargo, vamos a morir! Entonces, ¿cómo integrar esta realidad, cómo tener una buena muerte, cómo no enceguecernos, cómo renunciar a las diversiones? Hay que volver una vez más a nuestra vocación creadora, tomar conciencia de que jamás podremos ser hombre mientras suframos la vida, de que nuestra vida solo puede ser nuestra si la creamos, cuerpo y alma, es decir totalmente.

¿De qué manera vivir nuestra muerte?

En ciertos momentos, deben estar a la escucha de los demás. Aunque las diversiones no nos asustan y nos entregamos a ellas para escapar al abismo que llevamos dentro, vemos a veces la vanidad de la diversión de los demás, medimos a veces la esterilidad de sus palabras, a veces nos decepciona chocar con sus límites, a veces deseamos encontrar en ellos otra cosa que palabras trilladas, estereotipos de lenguaje.

En los seres queridos quisiéramos encontrar una fuente que brota en vida eterna…, quisiéramos que nuestro amor encontrara a alguien a quien darse de verdad, sin reserva. Y nos encontramos todo el tiempo con lo prefabricado.

En los seres queridos quisiéramos encontrar una fuente que brote en vida eterna, quisiéramos que su presencia fuera todo un universo, quisiéramos que nuestro amor pudiera encontrar a alguien a quien darse de verdad, sin reserva.

Y nos encontramos todo el tiempo con lo prefabricado, nos encontramos todo el tiempo con límites pasionales que establecen desacuerdos o nos obligan a practicar una diplomacia que evita los choques pero impide también un verdadero encuentro.

En todo caso, es seguro que ante la muerte, ante el fin que borra en cierto modo de la historia una vida que estaba ahí y podía participar en el diálogo y ahora está muda, muda, dejando todos sus negocios expuestos a la curiosidad de los demás, quizás las revelaciones más íntimas expuestas a una mirada exterior.

Ante la muerte es imposible no cuestionarse sobre la manera de vivir la nuestra. A partir de ahí podemos tomar conciencia justamente del estado de muerte en que estamos mientras sigamos siendo simple pedazo o migaja de universo, mientras no hayamos tomado en manos la barra de dirección, mientras no seamos la fuente y origen de nosotros mismos, mientras no hayamos vencido la muerte en nuestra vida cotidiana.

Ante todo construirse

El cuerpo en su biología

Y hay que comenzar pues por construirse, y, empleando el lenguaje corriente, ante todo por construir el cuerpo. En efecto, si es posible considerarlo por separado, el cuerpo humano es ante todo una estructura biológica enraizada en el universo físico, en continuidad con él y obligada a sacar del universo con qué subsistir, pues ni un instante puede mantenerse la vida sin tomar prestado.

Por esencia, la vida tiene necesidades, no subsiste ni un instante sin prestar a fuentes exteriores al medio, respirando, alimentándose, sacrificando otras especies.

La vida solo se sostiene apoyándose en una materia exterior a ella. Y nuestra estructura está precisamente ordenada a la simbiosis, a la comunión de vida entre nosotros y el universo. Muere justamente el que ya no puede tomar de sus fuentes de abastecimiento, aquél cuyos órganos están gastados, cuyas funciones han disminuido y ya no puede recurrir a esa fuente exterior indispensable para su subsistencia.

Hay pues en nuestra estructura una rigurosa adaptación al universo que nos rodea para permitirnos abastecernos en él. Pero, desde luego, toda esa estructura de necesidades, indispensable a la supervivencia en el sitio universo, tiene un carácter más bien negativo.

No es porque comemos que tenemos dignidad. Entonces, cuando ofrecemos una comida a los amigos, tratamos de hacerles olvidar el acto material de comer con una atmósfera de amistad, de belleza, de música en que justamente no se pensará en la operación material y se gozará del banquete de la amistad.

De todos modos, nuestra situación, el condicionamiento riguroso de nuestra subsistencia por las dependencias respecto del universo constituye un acontecimiento rigurosamente terrenal. Si tuviéramos que vivir en otro planeta, Venus, Júpiter o Plutón, nuestra estructura debería ser totalmente modificada para permitirnos sobrevivir.

Primero el poder de presencia

Lo más precioso que hay en nuestro cuerpo… es nuestro poder de presencia, que es la irradiación de un ser que crea a su derredor un espacio que lleva la luz, la serenidad y la paz, por ser lo que es.

Eso no es pues lo que constituye finalmente lo más precioso de nuestro cuerpo y nuestra presencia física; hay otra cosa infinitamente más importante en nosotros, que es el poder de presencia, la irradiación de un ser que crea a su derredor un espacio que lleva la luz, la serenidad y la paz por ser lo que es. Y es cierto que así es como nuestra estructura orgánica pasa al segundo plano. Hay una especie de re-creación del cuerpo, de interiorización del cuerpo que se realiza por ese poder de presencia, hay seres que percibimos con una sola mirada, sin detallar sus rasgos porque los percibimos precisamente en la irradiación luminosa que constituyen y con que nos inundan.

En su presencia nos sentimos de inmediato interiorizados, recibimos de ellos una revelación de la dignidad humana y comulgamos con ellos de interior a interior. Y el rostro humano, la forma humana, jamás alcanza tanto esplendor como en esa unidad luminosa en que todo el ser se concentra en su poder de irradiación.

Un cuerpo que expone una luz interior

Hay ahí una creación del cuerpo que es infinitamente conmovedora y real. El cuerpo visto desnudo, animalmente y en sus detalles anatómicos por una mirada que es la mirada de la especie no alcanzará jamás el cuerpo en su humanidad, como ustedes jamás podrán verse en un espejo en su identidad personal, porque el espectáculo que se dan a sí mismos les impide precisamente ser presencia interior.

Verán sus rasgos anatómicos, jamás podrán ver [la identidad personal], y jamás pensarán verla si están en estado de liberación interior y de silencio total.

El cuerpo no es algo unívoco, no es simplemente la realidad animal aferrada al cosmos, no es solamente el haz pasional atado al espacio y que lleva la mirada, puede ser también el mostrador admirable de una luz interior y creadora.

Entonces todas las pulsiones son superadas por la mirada de la persona a la persona, en la libertad infinita en que una intimidad puede descubrirse y revelarse porque no teme ser profanada, en que un alma puede en verdad circular en otra alma, y en que, sin que se viole su clausura, pueda decirse por entero, comunicando a la otra el infinito del que vive.

Un cuerpo que puede hacerse inmortal

Es pues cierto que, a pesar de todas nuestras impurezas, de todos nuestros apegos al cosmos, a pesar de las pulsiones de la especie que nos invaden y nos dan el vértigo, hay otra visión privilegiada y maravillosa del hombre en que el ser humano no es más que poder de presencia, independientemente de sus rasgos. Puede ser minusválido, deforme en sus rasgos, en ese recogimiento, en ese silencio interior, en esa autenticidad del ser hay una luz que se difunde y opera su efecto: nos alcanza justamente en lo más íntimo de nosotros, despierta en nosotros el sentido de la dignidad y el gusto de la libertad. Así es como quisiéramos ser.

El cuerpo no es unívoco, puede situarse en niveles muy diferentes, el cuerpo puede interiorizarse, inmortalizarse, puede vencer hoy la muerte y anticipar la resurrección.

El cuerpo no es unívoco, puede situarse en niveles muy diferentes, puede interiorizarse, inmortalizarse, puede vencer hoy la muerte y anticipar la resurrección.

Y justamente, en la medida en que vencemos la muerte hoy en nuestra vida, en que dejemos de estar muertos, en que dejemos de dejarnos llevar por el universo para llevarnos a nosotros mismos y llevarlo a él en nosotros, en esa medida será vencida la muerte y ya no será más que un accidente físico que es nuestra última liberación de las necesidades materiales a que estamos sometidos. Porque físicamente será eso la muerte: la imposibilidad del organismo a abastecerse en el universo ambiente.

Una nueva creación de nosotros mismos

Ahora, el contenido de la muerte, el sentido que debe tener, depende de la opción que haga de sí mismo y es cierto que quien se haya liberado puede, a menos que tenga una misión redentora muy particular, puede hacer de su muerte una apoteosis como hizo san Francisco, cuya muerte es júbilo, cuya muerte es celebrada con el Cántico del Sol y el canto de las golondrinas, y parece como el último rayo de amor que lo libera de todas sus servidumbres cósmicas.

Es imposible llegar a la nueva creación de nosotros mismos, formar y modelar el cuerpo nuevo, interior iluminado por la Presencia infinita si no hemos tomado conciencia de la muerte en esta vida.

Pero finalmente es imposible llegar a la nueva creación de nosotros mismos, es imposible formar y modelar el cuerpo nuevo, el cuerpo interior, el cuerpo iluminado por la Presencia infinita si no hemos tomado conciencia de la muerte en esta vida.

Una purificación que permite contemplar el cuerpo en su unidad interior

Pero esta vida es tan oscura como la muerte para una mirada no espiritual, esta vida es tan desconocida como la muerte y ninguna luz puede surgir de ella antes de que hayamos vuelto al origen que es la Presencia infinita dentro de nosotros.

Pero es importante que nos demos cuenta de que, del centro del esplendor del alma, la belleza del cuerpo humano, hay algo que escapa a toda mirada carnal y, para ver un cuerpo humano en su humanidad, hay que ser digno de ello, hay que haber vivido una purificación suficiente para contemplarlo en su unidad interior y en su trasparencia infinita.

Entonces, el cuerpo mismo se vuelve sacramento, deviene el santuario donde transparenta la divinidad y solo podemos acercarnos de él con infinito respeto. Descubrir el cuerpo en todo su esplendor es la imposibilidad de codiciarlo porque lo vivimos de adentro, en cierto modo existe como ofrenda maravillosa a la que estamos invitados a asociarnos.

Si ponemos así el germen de la inmortalidad en la vida cotidiana, podemos considerar entonces la posibilidad de una victoria sobre la muerte, sobre nuestra muerte y la de los demás pues nos hemos fundado en vida eterna. ¡La vida eterna es hoy!

¡La vida eterna es hoy!

La eternidad está presente en nuestra vida

Y lo sabemos de manera segura y experimental porque cuando resumimos otra vida, la vida de un ser querido que amábamos y nos era indispensable, que hacía parte esencial de nuestro espacio vital, nos damos cuenta de que los momentos en que lo hemos encontrado de verdad, aunque sean raros, siempre fueron momentos en que comulgamos juntos en la grandeza con la Presencia, sin necesariamente nombrarla, y nos hemos encontrado a través de ella en el dialogo más íntimo de nosotros mismos.

Los únicos momentos de encuentro humano, los únicos momentos en que tenemos acceso a la intimidad de otro, y el otro a la nuestra, son aquellos en que respiramos juntos a Dios, a través de una música si quieren, a través de una grande obra de arte, a través de un espectáculo de la naturaleza, es siempre cuando juntos nos olvidamos, nos hemos perdido de vista juntos, cuando hemos mirado juntos el mismo rostro infinito impreso en nuestros corazones. Es siempre entonces cuando se han hecho los verdaderos encuentros.

Aquí abajo los hombres se encuentran ante lo eterno. Jamás pueden encontrarse de otra manera ni en otra parte. Todos los demás encuentros son facticios o pasionales; unen servidumbres, jamás crean libertades.

Entonces, aquí abajo los hombres se encuentran ante lo eterno. Jamás pueden encontrarse de otra manera ni en otra parte. Todos los demás encuentros son facticios o pasionales, lo que es lo mismo. Unen servidumbres, jamás crean libertades.

Es pues seguro que la eternidad está presente en nuestra vida, como la vida de nuestra vida, como el único vínculo de nuestras ternuras, como la eternidad de nuestros amores.

Las horas estrelladas

Y si revivimos esos momentos estrellados, esas horas estrelladas, como dice Zweig, en que hemos comulgado con la presencia de nuestros amados, estamos seguros de que es por este camino como los volveremos a encontrar. Comulgando de nuevo con la misma Presencia podremos dialogar con ellos en el mismo silencio en que nos hemos encontrado con ellos. La muerte física no puede interrumpir este diálogo, ya que este diálogo la supera.

Hemos comulgado con la presencia de nuestros amados…; la muerte física no puede interrumpir este diálogo ya que este diálogo la supera. La muerte física es un accidente. No puede tocar a la intimidad fundada sobre lo eterno.

La muerte física es un accidente. En función de la segunda ley de termodinámica, de la entropía, no puede tocar a la intimidad fundada sobre lo eterno, como toda vida fisiológica que nos mantiene en dependencia del universo tampoco impide esas horas estrelladas en que, más allá de toda fisiología, más allá de toda necesidad y de toda servidumbre, por fortuna encontramos a veces el rostro humano de un ser querido.

La vida continúa pues en la medida en que ha sido realidad en la vida de todos los días, continúa en las profundidades, puede seguir creciendo en influencia recíproca de los que se han ido en el plano visible y han entrado en nuestro cielo interior donde permanecen, como Dios mismo, ocultos pero no menos realmente presentes.

Solo cuenta la supervivencia del poder de presencia

Pero, a este nivel, podemos plantear la cuestión de la resurrección e interrogarnos sobre nuestro retorno a la vida. Y desde luego, es imposible considerar el misterio de la resurrección si no nos hacemos una idea adecuada de la presencia humana.

Es evidente que, si tomamos el cuerpo en su animalidad, no vemos por qué el hombre resucitaría, y no un insecto o un chacal. Hay que ver el cuerpo precisamente en su humanidad. Hay que verlo en su poder de presencia, que es lo esencial.

Porque seres que cohabitan, unidos por las necesidades materiales en un espacio limitado, pueden detestarse y ser unos para otros un infierno si, a través de su contigüidad material no sopla el espacio de una Presencia infinita.

Es entonces evidente que lo importante es la supervivencia del poder de presencia, haciendo la sustracción de todo lo que es ordenado al hábitat terrestre y a nuestras necesidades físico-químicas, como se debería hacer la sustracción de nuestra estructura actual si viviéramos en otro planeta, suponiendo que podamos subsistir allá.

Solo quedaría de nosotros el poder de presencia que nos califica como humanos. De eso hablamos cuando hablamos de Resurrección.

Como solo quedaría de nosotros el poder de presencia que nos califica como humanos, es evidente que es de eso de lo que hablamos cuando hablamos de Resurrección. Es el cuerpo considerado en su poder de presencia, o de ausencia si es rechazo, y no el cuerpo atado a la tierra, al hábitat actual y ordenado funcionalmente a agotar su abastecimiento.

El ejemplo de Jesús resucitado

Por otra parte, nos dan ciertas luces las apariciones de nuestro Señor en las cuales vemos que Jesús resucitado toma formas diversas. Sus discípulos lo identifican ahora como el jardinero, ahora como un extranjero desconocido y por lo menos hesitan en identificar su Presencia. Se alegran, tienen miedo, él viene, desaparece, ellos se desconciertan, y son colmados.

La Presencia se adapta y lo que es capital es justamente el poder que tiene de manifestarse, pero bajo formas adaptadas, a los que son aptos para recibirla y precisamente para adaptarlos a reconocerlo según lo que son y según el discernimiento de que son capaces.

No hay pues que materializar la Presencia después de la muerte, como tampoco hay que materializarla durante la vida, ya que ya en esta vida es algo emergente. Ya en esta vida nos sustrae al determinismo carnal. Ya en esta vida unifica todo el ser en el secreto interior en que comunica con la fuente divina.

Permanece la melodía, la cifra del cuerpo, su expresión propia

Entonces el rostro que va a resucitar es el rostro interior que se centra en el punto focal en que justamente todo el ser ejerce su irradiación. No hay necesidad de imaginarlo bajo una forma u otra, así como en esta vida cuando beneficiamos de encuentros de luz, tampoco tratamos de fijarlos bajo rasgos precisos y en forma geométrica. Es un ser con vínculos cósmicos y con vocación divina. Y todo el conjunto debe liberarse, todo el conjunto debe vencer la muerte y resucitar.

A menudo he comparado nuestro cuerpo, nuestro ser a una melodía, a una cifra, a la música que llevamos en la laringe, viendo en ella precisamente la expresión más profunda de nosotros mismos y esa música es la que debe permanecer eternamente y tenemos la capacidad de reconocerla como reconocemos las voces amadas.

Vencer todas las muertes de la vida cotidiana pues nada se acaba

Pero todo eso nos será evidente solo si vencemos la muerte en la vida cotidiana. Y vencer la muerte en la vida cotidiana es no solo vencer nuestra muerte sino vencerlas todas. Ante todo, vencer la muerte de nuestros amados con quienes podemos encontrarnos en Dios, más allá del acontecimiento que nos separa de ellos, como nos unimos con ellos aquí abajo en las horas estrelladas en que los encontramos verdaderamente.

Podemos encontrarlos, acompañarlos, crecer con ellos en la luz y el amor, podemos concurrir a su acabado.

Siempre digo a las mujeres que han abortado, al menos a las que han tenido un aborto voluntario y pasional: “Ustedes siguen siendo responsables de esa vida. No es una vida que han podido echar a la basura; ella permanece, ustedes siguen siendo responsables, pueden continuarla, bautizarla en su vida, re-engendrarla en el espíritu, pues en Dios todo es recuperable.”

Finalmente, nada se acaba, la última palabra jamás está dicha. Entonces, con mayor razón, cuando las relaciones han sido transparentes, cuando se han profundamente purificado más y más de todo egoísmo, con mayor razón subsisten en la comunión recíproca que nos permite entrar en contacto con los seres queridos y vivirlos en nuestro santuario que es el verdadero cielo.

El cielo está dentro de nosotros

El cielo está dentro de nosotros y ahí es donde encontraremos a los que amamos…, como nos hemos encontrado con ellos realmente en los días de su existencia terrestre, en los momentos raros pero preciosos en que hemos descubierto el rostro de su espíritu y de su corazón.

Desde luego, el cielo no está arriba, más allá de las estrellas. Está en el espíritu, dentro de nosotros y ahí es donde encontraremos a los seres queridos, los encontraremos de verdad como los hemos encontrado de verdad en los días de su existencia terrestre, en los momentos raros pero tanto más preciosos en que hemos descubierto el rostro de su espíritu y de su corazón.

Existe pues una esperanza inmensa y una profunda certeza tanto mejor fundada cuanto más atentos estemos en la vida cotidiana para evitar la diversión, para escuchar la música interior de las almas y comulgar con los demás en lo propiamente humano que tienen.

La presencia de nuestros amados en la eternidad de su ser

Si no, la muerte sería intolerable y el signo de que todo eso es a priori verosímil es justamente el poder que tenemos de mirar detrás del muro. Los animales no tienen ese poder, según parece. Pueden, como nosotros, como animales, sentir con terror la muerte, huir de ella con todas sus fuerzas, pero no tienen el poder, que sería espantoso y monstruoso de mirar si no hay nada más allá. Sería horrible, horrible, estar obligado a considerar un fin que uno debería sufrir irremediablemente pero sabiéndolo.

[…?] A medida que profundizamos nuestra visión de la vida, nuestra visión de la muerte se transforma. Ya no se trata de hacer de ella un espectro espantoso sino un estímulo para vencerla, es decir, para establecernos en la autenticidad de nuestra vida. Y la presencia de nuestros seres queridos en el fondo de nosotros puede justamente ayudarnos en la medida en que la muerte nos ha llevado a lo esencial de nuestras relaciones con ellos, en la medida en que ya no podemos entrar en contacto con ellos como lo hacíamos en las horas estrelladas de suprema intimidad, nuestras relaciones con ellos son relaciones centrales.

Los contactamos de verdad en lo más personal de ellos, en la eternidad de su ser, y la exigencia de encontrarlos en la eternidad de su ser nos invita a una purificación. No podemos contactarlos en estado de impureza, no podemos contactarlos en estado de posesión, solo podemos contactarlos volviendo a ganar la transparencia de las horas supremas que nos los han revelado.

De modo que la vida con los difuntos, los que han terminado su tarea, que no están muertos sino que viven y viven en nosotros, la comunión con ellos se inscribe en el corazón de la vida. No se trata de provocar la hipocondría, de angustiarse meditando sobre la muerte sino de enraizarse en la autenticidad de la vida.

La eternidad es hoy en el corazón de la vida. La eternidad es la condición de todas nuestras ternuras, la eternidad es el vínculo de todos nuestros verdaderos amores.

La eternidad es hoy en el corazón de nuestra vida. La eternidad es la condición de todas nuestras ternuras, la eternidad es el vínculo de todos nuestros verdaderos amores.

Todos nuestros difuntos en misa

Y justamente Cristo resucitado nos da en cierto modo una experiencia sensible de ese poder de presencia que trasciende la muerte y la reduce a ser este simple acontecimiento: un corte en el abastecimiento con las fuentes cósmicas de nuestra subsistencia material.

Hay pues que reunir todos nuestros difuntos, todos los seres queridos, los millares de millares de muertos.

Y eso lo encuentro precisamente en la misa: ahí están todos, bajo la misma mirada del Señor, todos ahí en su amor, todos ahí en su corazón que vibra con el nuestro y nosotros podemos terminar todas esas vidas, coronar su esfuerzo con el nuestro.

Nosotros podemos liberarlos liberándonos y abrirlos a la vida eterna haciéndonos eternos en el silencio en que todas las verdaderas ternuras se reconocen y comunican en el silencio de sí mismo en que respiramos la luz divina de un ser, en el silencio donde entrevemos justamente la posibilidad de hacer eternos esos vínculos.

En ecuación de amor con el corazón del Señor

Porque esos vínculos emergen por encima de la esclavitud cósmica que tan inclinados estamos a soportar, y que en el presente que no pasa ya que es presencia real, hay la certeza de un amor que no hará sino crecer en el corazón del primer amor, crecer sin fin, sin fin, como el descubrimiento de Dios mismo.

No es pues triste afrontar la muerte si lo hacemos con lucidez y serenidad, si lo hacemos tomando conciencia de nuestra vocación de creador, si nos aplicamos a transformarnos, a interiorizarnos, a hacer de nosotros mismos el santuario de una Presencia divina, a hacer de nuestro cuerpo el mostrador de Jesús. Hay una nobleza inmensa en la vida, una grandeza inmensa que solo se puede descubrir con inmenso respeto.

La vida es un misterio. La verdadera vida, un misterio tan profundo como el de la muerte y no es dado a todo el mundo descubrirlo. Hay que ser digno de ello. Pues, justamente, en la vida de hoy es donde están contenidas todas las luces y todas las liberaciones, a condición de estar en ecuación de amor con el corazón del Señor y de querer amar verdaderamente.

¿Qué le podemos dar a un ser humano que amamos, si no nos le damos? Si le damos el yo… limitado y condenado a muerte, ¿qué es lo que le damos? Solo podemos darle verdaderamente el amor dándole el infinito… con la certeza de que eso no pasará.

Pues, ¿qué le podemos dar a un ser humano que amamos, si no nos le damos? Si le damos el yo, el yo prefabricado, el yo cósmico, el yo cósmico y pasional, el yo limitado y condenado a muerte, ¿qué es lo que le damos? Solo podemos darle verdaderamente el amor dándole el infinito, y dándole el infinito es como establecemos la ternura sobre bases eternas con la certeza de que eso no pasará.

En el fondo, todos los difuntos nos están esperando, nos están esperando. Muchos son abortos en el plano espiritual. Nos están esperando, necesitan nacer de nuevo, salir de la situación embrionaria que llamamos el purgatorio. Necesitan continuar en embarazo por el amor hasta el nivel del eterno amor.

Y todo eso lo realizaremos finalmente en la medida en que vivamos auténticamente, pues cuando seamos liberados de nosotros mismos y en la medida en que lo seamos, nuestra vida será un espacio cada vez más grande que abrazará todo el universo, toda la humanidad, y los difuntos como los vivientes.

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