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13/09/2017 septembre 2017

précédente publication: 14/10/2007

Conferencia de M. Zúndel en el Carmelo de Matarieh (El Cairo), en mayo de 1972. (*) Ya publicada en nuestro sitio en 2007/10/14-17. Se añadieron títulos y apartados.

Resumen: Queriendo afirmarse, el hombre ha eliminado a Dios en su existencia porque la religión tradicional ya no le es suficiente. En el corazón del cristianismo, la Trinidad afirma que la grandeza de Dios, su santidad, no tiene el poder como fundamento sino la caridad. Ante Dios, el hombre estará en posición de esposa. Dios se interioriza entonces y tiene que correr una aventura inmensa: salvar a Dios. Esta nueva mirada sobre un Dios interior es un descubrimiento a realizar que interioriza toda la historia del mundo, todo el conocimiento humano y todo el amor humano: todo se transforma y se profundiza.

El verdadero Dios nos despierta a nuestra verdadera vida…

Dios se ha eclipsado

El desplazamiento de interés que constatamos, el interés apasionado que hay por el hombre: se va al hombre porque Dios desaparece, Dios se ha eclipsado. En el mejor de los casos, se va hacia el hombre, nos referimos al hombre, queremos ser como el hombre, no queremos distinguirnos del hombre, vamos hacia el hombre y no tenemos nada que ofrecerle porque hemos perdido contacto con Dios.

Vamos hacia el hombre y no tenemos nada que ofrecerle porque hemos perdido contacto con Dios.

Es lo que se observa con mucha frecuencia en el lenguaje de los nuevos apóstoles: un deseo apasionado de conformarse con el hombre hasta renunciar a compromisos asumidos porque justamente tales compromisos, como el celibato, pueden crear una barrera.

El hombre que quiere afirmarse

El fondo último de la crisis es… el cuestionamiento de Dios por un hombree que quiere afirmarse… el problema del hombre gravita alrededor de su dignidad y de su inviolabilidad.

¿Porqué no ser como los demás? ¿Porqué no entrar en la plenitud de la vida humana? Esto una vez más no constituye el fondo último de la crisis de la Iglesia y del mundo, creo que han entendido bastante bien que el fondo último de la crisis es finalmente el cuestionamiento de Dios por un hombre que quiere afirmarse a partir de la toma de consciencia de su dignidad y de su inviolabilidad, y lo dije, creo que con bastante claridad, que la consciencia de la inviolabilidad y de la dignidad humanas es en sí un elemento perfectamente positivo y por lo mismo digno de respeto y fundamental. Si hay un problema de Dios, es justamente porque hay un problema del hombre y que el problema del hombre gravita alrededor de su dignidad y de su inviolabilidad.

Nuestra única defensa contra el materialismo, o mejor nuestra razón para rechazar el materialismo es precisamente la toma de conciencia de la dignidad humana. El que rehúsa ser tratado como instrumento, el esclavo que reivindica su autonomía, que quiere ser origen y fuente de sus actos, da testimonio de su humanidad, y se encuentra ya en el campo de la vida espiritual ya que, si creemos que el hombre es simplemente un animal que no se distingue de las bestias ya no hay problema puesto que no hay hombre, y no hay razón de buscar soluciones.

Dios es el negador de mi dignidad y mi inviolabilidad. Él es el negador del espíritu… él me trata como objeto.

Y vimos a través de Nietzsche, a través de Freud, a través de Marx, que la objeción más profunda era justamente esa: “Sólo puedo ser hombre si Dios no existe” ya que no puedo ser hombre si dependo de alguien. Si soy criatura, estoy en las manos de otro que hace de mí lo que quiere, mi destino está determinado por él y no por mí mismo, y entonces finalmente soy para él un objeto, soy una cosa en sus manos, y él es finalmente el negador del hombre, él es el negador de mi dignidad, de mi inviolabilidad, él es el negador del espíritu.

Bajo esta forma extrema se presenta la objeción en la mente de un Nietzsche o de un Marx. La objeción se presenta bajo esta forma extrema ya que si tengo el sentimiento de ser creador, si reconozco mi dignidad, si no quiero ser tratado como cosa, si aspiro a ser alguien, de repente Dios es una especie de obstáculo insuperable, es él precisamente el que me impide ser alguien, es él el que me impide dominar la animalidad, ¡él me trata como objeto!

La religión tradicional ya no basta

Y hemos visto que en efecto, bajo cierto punto de vista, la religión tradicional llega a este resultado, y que la religión tradicional era a la vez necesaria, inevitable, y sigue siendo todavía necesaria para la mayoría de los hombres, pero que cuando uno se plantea la pregunta ya no es suficiente, y la religión tradicional se caracteriza porque viene del exterior, viene del exterior, viene por la tribu, viene por el grupo, viene por la sociedad en que estamos insertados.

La religión fue primero un fenómeno colectivo… Un grupo, una colectividad, un reino, una nación no puede ver en la divinidad sino una realidad exterior.

Les recuerdo algo que ya saben, que la inmensa mayoría de las naciones cristianas fueron convertidas por fuerza. No escogieron ser cristianas. Los príncipes escogieron el cristianismo, ya fuera Constantino o Teodosio I en el Imperio Romano, o Carlomagno para los sajones, o Clovis para los francos, o Esteban para los húngaros, o Vladimiro para los rusos, o tal reina de Inglaterra o tal rey de Inglaterra para los ingleses. Entonces es cierto que la religión fue primero un fenómeno colectivo inevitablemente y que, bajo esta forma, no puede concernir directamente las personas.

La religión tradicional es une presión sociológica

Un grupo, una colectividad, un estado, un reino, una nación, no puede ver en la divinidad sino una realidad exterior, situada en un cielo trascendente a la tierra, suficientemente poderosa como para proteger la nación, para defenderla contra sus enemigos y que, eventualmente además la castigue si es infiel a su pacto con la divinidad. Estas cosas son bien sabidas, y una vez más, pudieron ser provechosas y necesarias e inevitables, era bueno que todo un pueblo fuera cristiano, que un pueblo fuera católico y practicante, que la gente de cierto modo tuviera que ir a misa porque los señalaban si no iban. En tal pueblo católico hace 50 años se sabía quién no cumplía con el precepto pascual, eran una o dos personas en todo el pueblo y eran conocidas como tales, y eran puestas aparte como “los que no cumplen con la pascua”.

La presión sociológica, la presión del pueblo, la presión del grupo, de la colectividad sobre el individuo, sólo podía tener ventajas: como la gente es un rebaño, mejor que sean ovejas para el bien y no para el mal, es una ventaja para ellos, pero también un peligro porque el día en que salen de su pueblo y llegan a la ciudad donde están perdidos en una masa desconocida y no practicante, siguen el movimiento y tienen la tentación de rechazarlo todo.

Se ha observado que en París eran las bretonas las que se prostituían. Eran chicas procedentes de regiones particularmente católicas, y desorientadas por llegar a la capital, quedaban privadas del apoyo de la tradición que las mantenía en el deber dentro de su tierra, y en París, ante las dificultades que encontraban no alcanzaban a superarlas.

El verdadero Dios fundamento de nuestra autonomía nos despierta a la vida verdadera

El verdadero Dios es el fundamento de la autonomía humana. Él es quien nos despierta a la verdadera vida, porque nos hace pasar de afuera a dentro.

Es entonces evidente que cuando la tradición ya no es viva, cuando se la contesta como en la actualidad, cuando se la contesta sobre todo en nombre de la autonomía, de la inviolabilidad humana, nos encontramos ante la mayor dificultad y a esta dificultad ya le encontramos respuesta: es evidente que el verdadero Dios lejos de oponerse a la autonomía humana, el verdadero Dios es al contrario el fundamento de esa autonomía.

El verdadero Dios es como una fuente que brota en vida eterna en el fondo de nosotros mismos y el verdadero Dios nos enseña la libertad porque viene a nuestro encuentro silenciosamente, dentro de nosotros, porque Él es el que nos despierta a la vida verdadera, porque Él es el que nos hace pasar de afuera a dentro, porque Él es el que nos pone en el estado de admiración y de contemplación ante la Belleza Infinita que es Él.

“¡Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!” Cuando Agustín hace este descubrimiento, lejos de parecerle Dios como un límite, como la prohibición, como la amenaza, al contrario Dios se le revela como la Vida de su vida. Sólo comienza a estar vivo después del encuentro con Él y es maravillosamente colmado ya que por la primera vez llega a ser verdaderamente él mismo. Hasta ahí habíamos llegado.

Podemos añadir lo que ya conocen bien, y es que esta revelación del Dios interior que Nuestro Señor hace descubrir a la samaritana y que Jesús hace igualmente descubrir a sus discípulos al arrodillarse para el lavamiento de los pies, ya vimos que esta maravillosa liberación tiene su centro en la Trinidad.

El drama de Israel, y la total novedad presentada por Jesús al revelar la Trinidad

El Antiguo Testamento se cerró sobre una nación

Es evidente que nuestro Señor trajo a la Humanidad algo esencialmente nuevo. Busca­mos un acuerdo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y hay uno claro está, y es que el Nuevo Testamento es justamente nuevo, ¡nuevo, nuevo! Y ofrece un contraste impresionante con el Antiguo Testamento tal como ha sido comprendido la mayor parte del tiempo.

El Antiguo Testamento bien entendido, es sólo una preparación al Nuevo, abierta hacia el Nuevo, toma significado en el Nuevo. Pero concretamente hablando, el Antiguo Testamento, tal como ha sido entendido y vivido, se cerró sobre un pueblo, se cerró sobre una nación que se creyó escogida por ella misma y que limitó a Dios con esa creencia.

Jesús aparece como alguien que pone en peligro la nación… Para subsistir, Israel debe rechazar al que trae lo universal y viene a fundar la religión de las personas en la cual cada uno es considerado como un universo.

Este año más que nunca, al pensar en la Pasión de nuestro Señor y en su condenación, me llamó la atención el terrible drama desde el punto de vista judío, desde el punto de vista de la gente religiosa, de los doctores, de los sumos sacerdotes, es decir de todo lo que representa oficialmente el judaísmo en su conjunto, Jesús aparece como el que pone en peligro la nación, como el que debe morir para que la nación no perezca y, en efecto, en el momento del encuentro trágico entre Jesús y las autoridades judías, por el hecho precisamente de la elección comprendida como en favor de un pueblo y no en favor de todo el género humano, por el hecho de haber limitado la elección, por habérsela apropiado Israel como nación, por el hecho de que la vocación de Israel se niega a sí misma ya que se cierra a lo universal y que para subsistir, Israel debe rechazar al que trae lo universal, al que viene a fundar la religión de las personas en la cual cada uno es considerado como un universo.

Este drama inmenso – que continúa ya que Israel sigue presente – este drama inmenso tiene dimensiones terribles porque es basándose supuestamente en la Palabra de Dios, apoyándose en la Palabra de Dios que Israel va a rechazar al Enviado de Dios.

La situación de Israel en la época de Jesús

Hay que decir que el problema es inimaginable ya que, para aceptar al Enviado de Dios, para aceptar el Reino de Dios tal como Jesús lo entiende, el Reino de Dios que es el Reino de la Verdad como lo dijo a Pilatos, para aceptar el Reino de la Verdad que se dirige a todos los que son amigos de la Verdad, habría sido necesario que Israel renunciara a existir como nación.

Pero Israel existía como nación. Más aún: en la época de Jesús, Israel no tenía sino su religión para afirmarse, ya que la nación estaba sometida al Imperio Romano, no era libre en sus movimientos, ya que Israel era un país ocupado en la época de Jesús. No podía reivindicar su autonomía y su independencia, esperar su liberación sino afirmando su religión y ustedes saben que los romanos generalmente respetaban la religión de los pueblos vencidos porque temían el fanatismo religioso, sabían que se lo vence muy difícilmente y en cuanto posible buscaban evitar la lucha en este terreno.

Y era justamente sobre este terreno que los judíos podían reivindicar aun un resto de autonomía e independencia. Si les quitaban eso, si tenían que renunciar a eso, no les quedaba nada, no les quedaba nada contra el invasor. Cuando alguien parecía tibio, cuando parecía no estar en el terreno de la independencia nacional, representaba un peligro para la nación y ustedes recuerdan la famosa cuestión del impuesto debido al César, la trampa puesta a Jesús muestra bien dónde lo quieren atrapar los adversarios, quieren oponerle el sueño y el deseo de independencia nacional.

Si un sabio suizo contemporáneo pudo decir que Jesús en efecto, desde el punto de vista nacional, era un peligro para la nación en la época en que fue condenado, toca precisamente el punto que trato de poner en relieve en este momento. Había pues una confrontación terrible y saben además que en el año 70 es decir unos 40 años después de la muerte de Jesús, el templo fue quemado por los romanos, la ciudad fue incendiada, y que en una segunda guerra bajo Adriano, en 130-132 fue el fin del judaísmo de la época, la gran dispersión.

Estamos todavía cautivos del judaísmo en la medida en que el Antiguo Testamento sigue siendo una especie de norma, de regla, de Palabra de Dios tomada en absoluto.

De todos modos, el judaísmo disperso no renunció a sus esperanzas nacionales y las reconstituyó bajo la forma concreta del Estado de Israel actual, cuya historia no ha terminado. El drama no ha tenido desenlace y nosotros mismos estamos prisioneros del judaísmo en la medida en que el Antiguo Testamento sigue siendo para nosotros una especie de norma, de regla, de Palabra de Dios tomada en absoluto.

La Revelación es una pedagogía

Cuando leemos en la misa las guerras de Israel, cuando leemos las masacres organizadas por Israel y que decimos “Deo gratias”, a la masacre de los Amalecitas, arriesgamos cometer un contrasentido.

La Revelación pasa por hombres limitados y en particular por una colectividad que no puede situar a su Dios sinoi fuera de ella misma.

Y todo eso es una manera muy, muy primitiva de considerar a Dios, una manera muy primitiva de considerar la guerra que no tiene nada de religioso en el sentido evangélico, y todo eso debe ser resituado en una especie de pedagogía, en una marcha hacia Cristo en que hay muchas imperfecciones, muchos límites que dependen de que la Revelación pasa por hombres limitados y en particular, pasa por una colectividad que no puede situar a su Dios sino fuera de ella misma.

Cristo nos va a traer una revelación de Dios esencialmente nueva de la que va a ser víctima pues no podrá afirmarla sino siendo condenado a muerte por la nación y en su beneficio, y por el mundo entero, como dice San Juan, y el fondo de la Revelación de Cristo es justamente la Trinidad.

La Trinidad es la afirmación de una grandeza de caridad

Y la Trinidad es una liberación inmensa para el espíritu porque la Trinidad, como lo he dicho miles de veces, la Trinidad es la afirmación de la grandeza de Dios fundada en la santidad de Dios, y la santidad de Dios no se articula, no tiene como base el poder de Dios sino la caridad de Dios.

Dios es caridad. Dios es Dios porque es comunión de amor… Dios es Dios porque solo tiene contacto con su ser comunicándolo.

Dios es caridad. Dios es Dios porque es comunión de amor. Dios es Dios porque no tiene nada. Dios es Dios porque se despoja de todo. Dios es Dios porque pierde eternamente todo. Dios es Dios porque no llega a sí mismo y no tiene contacto con Su Ser sino comunicándolo. Dios es Dios porque no está apegado a sí mismo. Dios es Dios porque es libre de Sí mismo.

Y ahí es justamente donde la Revelación Cristiana, la Revelación de Cristo y en Cristo, y que es Cristo, nos toca en lo más profundo de nuestro ser porque justamente el Dios que Jesús nos revela es un Dios libre de Sí mismo. No sufre su Ser, lo da. Es Dios porque su Vida no es sino una circulación eterna de amor en que todo su Ser es continuamente intercambiado del Padre al Hijo en la respiración del Espíritu Santo.

El hombre prefabricado

Naturaleza de nuestro problema

Esa es una novedad total, una novedad total porque nosotros no lográbamos resolver nuestro problema.

Nuestro problema quedó insoluble y sigue siéndolo porque el que reivindica su dignidad, el que quiere ser Dios, el que no soporta no ser Dios si hay Dios, el que reivindica más fuertemente su inviolabilidad, el que rehúsa la esclavitud frente a los hombres y frente a Dios, ¿en qué basa su reivindicación? ¡Ni él mismo lo sabe! Vino al mundo como todos los animales en el seno de su madre, no se dio la naturaleza, no se dio el temperamento, no se dio la época, el medio, la herencia, la historia, la raza, el color de la piel, la lengua que habla, las tradiciones de que vive, los gustos que tiene, ¡es totalmente prefabricado! Si está condenado a morir, podrirá en la tumba como todos los animales. ¿En qué se basa su inviolabilidad? El yo que afirma, “Yo”, todos lo afirman a su vez. Cualquiera puede decir “Yo”. ¿Quién es Ese yo que nos corrige todo el tiempo, del que somos esclavos, que tenemos siempre en los labios, que oponemos al “yo” de los demás, ese “yo” que se cuenta a sí mismo, que se justifica a sus propios ojos, que se afirma al los ojos de los demás?

En la Revelación de Jesucristo estamos ante la personalidad suprema…, y vemos que la vida personal… es eterna dimisión, eterna relación con el Otro.

Él mismo es prefabricado, él mismo no tiene fundamento, y justamente, en la Revelación de Jesucristo estamos frente a la personalidad suprema, estamos frente a la Vida Personal en grado infinito, y vemos que la vida personal – al menos Jesús nos lo enseña - vemos que la vida personal es eterna dimisión, eterna relación con el Otro, que la vida personal se constituye precisamente en el despojamiento absoluto, en la transparencia al Otro, en la virginidad de la mirada en que la mirada no se vuelve jamás sobre sí o hacia sí mismo, sino que está únicamente orientada hacia el Otro.

Nuestro problema se aclara

Aprendemos pues que la suprema personalidad se constituye en una dimisión soberana, en una dimisión suprema, en una transparencia suprema y en una virginidad perfecta. Entonces se aclara nuestro problema. Se aclara además porque el encuentro con esa Presencia en lo más íntimo de nosotros ya reveló el aspecto.

Cuando Agustín descubre en el fondo de su corazón la “Belleza tan antigua y tan nueva”, la descubre en un impulso total hacia ella. La descubre en el don que hace de sí mismo, el don que brota espontáneamente del don que es, en el fondo de su corazón, la “Belleza siempre antigua y siempre nueva” que justamente no ha cesado nunca de esperarlo.

Nuestro problema se resuelve en el corazón de la divinidad… Es necesario darnos totalmente, no ser sino relación viva con el Otro.

Nuestro problema se resuelve en el corazón de la Divinidad, se resuelve en el don, se resuelve en la dimisión, se resuelve en la percepción muy clara de que para ser origen de nosotros mismos, para ser creadores de nosotros mismos, es necesario darnos totalmente, hay que dimitir de nosotros mismos, hay que dejar de poseernos, no hay que ser sino relación viva con Otro.

Entonces el espacio se abre…, soy totalmente liberado como Dios. Me hago como Dios que es Dios porque es eterna e infinitamente libre de sí mismo.

En efecto, si no me he hecho a mí mismo, ¿cómo puedo no sufrir mi ser? ¿Cómo puedo despegar? ¿Cómo puedo circular en la luz interior de mí mismo si no me doy por entero? Cuando agarro todo el paquete y lo doy todo entero, dejo de sufrirlo. Entonces el espacio se abre y, dándolo todo, soy totalmente liberado como Dios. Entonces me hago en efecto como Dios que es Dios porque es eterna e infinitamente libre de Sí mismo.

Situación del hombre en igualdad, en reciprocidad nupcial con Dios. El Dios Trino no puede ser realidad en la historia humana sino a condición de ser revelado por cada uno de nosotros.

Un mundo libre

Esa es toda una experiencia de la virginidad de la mirada, de la virginidad del amor, de la virginidad del ser que es infinitamente rico y creador. De ahí resulta toda una visión de Dios, quiero decir que de esta Revelación de Cristo resulta toda una visión de las relaciones de Dios y la criatura. Es evidente que si Dios es libertad absoluta e infinita, no puede crear sino un mundo libre, un mundo llamado a la libertad, un mundo cuya vocación es la libertad, un mundo que debe ser o al menos que debe llegar a ser lo que Dios es.

Ya ven que esto va exactamente en el sentido de nuestras tendencias más profundas, de nuestras experiencias más verificables. Puedo afirmar a cada instante que no soy libre sino dejando de mirarme. Mi mirada hacia el Otro con mayúscula, hacia el Otro escondido en mí o en los demás o en toda criatura, esta mirada hacia el Otro es mi liberación, mi libertad.

Pero hay una experiencia que va idénticamente en este sentido, es la de la paternidad o la maternidad humana. Es evidente que un padre digno de ese nombre, un padre que ama a sus hijos con verdadero amor, puede ser la providencia para sus hijos, la providencia material: les da todo, trabaja para ellos, no les falta nada gracias a él, es el jefe del hogar, puede pedirles que se plieguen al orden del conjunto para el bien de sus hijos, pero hay una cosa que no puede hacer, es dominar la conciencia de sus hijos, imponerles sus ideas, violar su autonomía. Un padre digno de ese nombre está de rodillas ante la conciencia de su hijo, sabe que no puede educarlo sino mediante el don de sí mismo, sabe que no debe llegar a él sino eclipsándose en la luz divina, sabe que es de adentro como debe abordar su conciencia y que no puede llegar a ella de afuera sino viviendo siempre más totalmente de Dios que es interior a la conciencia y que no solamente es interior a la conciencia sino que es el fundamento de su interioridad y de su inviolabilidad.

Entonces un padre humano sabe ya que su autoridad no puede ejercerse sino para suscitar la autonomía y la inviolabilidad de la conciencia de sus hijos, que él debe ser el primero en respetarla y que en el respeto que manifieste por la conciencia de sus hijos estos descubrirán la dignidad de su vida interior.

Une situación de igualdad ante Dios

Entonces Dios va a crear justamente un mundo al que le va a revelar su dignidad, un mundo que va a llamar a esa grandeza, un mundo que va a llamar a ser libre delante de Él. Y esto lo dijo de manera asombrosa un autor de la Edad Media, un autor que es quizás Santo Tomás de Aquino, en todo caso un autor de la Edad Media dijo esto: “Lo que inflama el alma en el amor de Dios es la humildad de Dios, la humildad de Dios que hace que Dios, ante los ángeles y los hombres, se hizo servidor de cada uno de ellos, como el esclavo comprado en el mercado, como si cada uno fuera su Dios. Y por eso dice el Evangelio, “Se ceñirá un delantal y se pondrá a servirles.”

Ante Dios, el hombre va a estar en situación de igualdad… Va a estar ante Dios en una reciprocidad de esposa, en una reciprocidad nupcial.

Nada más revolucionario que esta concepción. Dios se hizo esclavo de la criatura humana y angélica, angélica y humana, como si hubiera hecho de cada una su Dios. Eso es exactamente: si Dios quiere crear, si es el Dios Trinidad, si es el Dios libertad, si es el Dios Espíritu, y si el hombre es espíritu, está llamado a ser espíritu para adorar a Dios en espíritu y en verdad. Eso quiere decir que el hombre delante de Dios estará en la situación de igualdad. No dependerá de Dios como un esclavo. Estará ante Dios en una reciprocidad de esposa, en una reciprocidad nupcial en que su “sí” es indispensable al “sí” de Dios. “Os he desposado con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura”.

En el centro del cristianismo la Trinidad

Y observen que estamos ahí en el corazón del cristianismo porque en fin lo que nuestro Señor realiza en Su Pasión, es precisamente afirmar ante Dios la igualdad del hombre y de Dios. Si Dios da su Vida por el hombre, si no quiere volverlo a conquistar sino al precio de su Vida, es que para Él el hombre iguala a Dios mismo, es que ¡para Dios el hombre es igual a Dios! [Esta última frase es subrayada con un golpe sobre la mesa]

Evidentemente es siempre en la misma situación del padre que quiere llegar a su hijo y revelarle la dignidad de su conciencia. No hay sino una solución. El hijo ya no está sometido al padre, está respecto de su padre en actitud de reciprocidad nupcial. Es una igualdad absoluta en la dignidad, en el despojamiento, en la dimisión, en el don de sí mismo.

Toda la visión de la creación es totalmente diferente según nos coloquemos ante el Dios Trinidad o ante un Dios simplemente dueño del mundo.

Entonces, toda la visión de la Creación es totalmente diferente según nos coloquemos ante el Dios Trinidad o ante el Dios simplemente dueño del mundo tal como lo podían concebir los autores del Génesis.

El autor del Génesis ve en Dios al que mediante un poder infinito suscita el mundo y es ya una visión maravillosa que Miguel Ángel ilustró magníficamente, es ya una visión de muy alta magnificencia pero es aún muy imperfecta en el sentido de que Dios no aparece como comprometido. El hombre está ante él como criatura que ha sido sacada de la nada y que debe reconocerlo, es una criatura sometida a una prueba cuya sanción es terrible porque si fracasa en la prueba, si rehúsa la sumisión, será la catástrofe para el individuo, para toda la raza, para toda la naturaleza, para todo el universo, y es lo que sucede, pero Dios está fuera del juego, Dios permanece en su soberanía intangible.

El Dios Trino que se revela en Jesús, el Dios Trino que agoniza, el Dios Trino que muere en la Cruz, es al contrario un Dios comprometido en la Creación ¡hasta la muerte! Es un Dios que de cierto modo no puede salvar sus derechos contra el hombre porque su universo no es un universo de soberanía y de dependencia, sino un universo de libertad y de amor. El hombre ya no es sacado de la nada cuando es libre porque esa libertad, esa dignidad, lo constituye como valor infinito, como el padre cuando forma su conciencia no ve en su hijo el feto que era en el seno de su madre, ahora está bien vivo delante de él, ahora que existe, existe con toda su dignidad de conciencia inviolable.

Un Dios que se interioriza

Desde que la Creación existe y está dotada de inteligencia como en los ángeles y en los hombres o en los habitantes de otros plantas que estarían dotados de inteligencia, la Creación es inviolable para Dios puesto que está llamada a la dignidad suprema, puesto que Dios la creo justamente para eso, para comunicar la santidad, para comunicar la dimisión, para comunicar esa grandeza, esa transparencia y esa virginidad, para comunicar el gozo de dar todo, que es el gozo divino.

La objeción cae radicalmente, la objeción de Nietzsche, la objeción de Marx, la objeción de Freud. Sin Dios no hay hombre, sin Dios, pero se trata justamente del Dios interior, del Dios que es fuente que brota en Vida eterna, del Dios que da su Vida, del Dios que se da a sí mismo, del Dios que fue Pan Vivo después de haber sido y permaneciendo eternamente Crucificado por todos y para todos los que rehúsan la dignidad y la libertad del Amor.

Es otro paisaje, es otro aspecto, es otro Dios, es un Dios que se interioriza. Ya no hay un Dios de la tribu, un Dios de las naciones, un Dios que se encuentra más allá de las estrellas, sino un Dios interior, que no está en ninguna parte, que nos libera del lugar, nos libera del tiempo, nos hace eternos, nos consagra, que hace de cada uno de nosotros un centro de un nuevo universo que no puede existir, que no puede ser percibido, reconocido sino mediante el don de cada uno.

El Dios que está dentro de nosotros solo puede ser realidad en la historia humana a condición de ser recibido, de ser revelado por cada uno de nosotros.

Hay pues una inmensa aventura por correr y esa aventura es nada menos que la salvación de Dios puesto que el Dios que es interior a nosotros no puede circular en el universo, no puede ser una realidad de la historia humana sino a condición de ser recibido, de ser percibido, de ser revelado por cada uno de nosotros en la transparencia de su vida.

Un redescubrimiento por hacer, todo cambia y se profundiza en esta interiorización

Un mundo que nace del silencio a cada instante

Para un ser como nosotros, es imposible… vencer todos los límites sin ser continuamente mirada nueva hacia el Dios interior… que solo puede revelarse a través de nuestro amor.

Hay una preocupación que aclara todo, es justamente la solicitud por el Dios que llevamos dentro. Es imposible para un ser como nosotros, imposible para un ser prefabricado, para un ser limitado, para un ser sometido a su organismo, para un ser que debe morir físicamente, es imposible triunfar de todos sus límites sin ser constantemente una mirada nueva sobre el Dios interior, escondido en el fondo de la vida, de toda vida, de toda realidad, y que está confiado a nuestro amor y que no puede revelarse sino a través de nuestro amor.

Hay todo un mundo de silencio, todo un mundo que nace del silencio a cada instante, que puede nacer del silencio en la medida en que somos atentos a la Presencia Divina confiada a nuestro amor.

Si el otro es portador de Dios, si yo soy portador de Dios, si Dios es nuestra liberación, si Dios es el fundamento de nuestra dignidad, si no podemos llegar a ser nosotros mismos sino en una relación permanente con Él, si la gran aventura está en que cada uno revele y comunique la Presencia al otro, si es Dios el que es limitado, estropeado, si Dios es oscurecido, Si Dios es eclipsado, si Dios es extinguido, para retomar las palabras e San Pablo, cuando me afirmo en mi egoísmo y en mi vanidad, y en mis celos, y en mi ambición, y en mi sensualidad, si Dios es extinguido, entonces la toma de conciencia de esta situación me va a poner de pie. No puedo perseverar en mi rechazo si hiero a Dios, si lo crucifico, si vuelvo a poner a Cristo en el Huerto de la Agonía, si Jesús, como dice Pascal está en agonía hasta el fin del mundo.

Un redescubrimiento que hacer

Hay que hacer todo un redescubrimiento que interioriza toda la historia del mundo, todo el conocimiento humano, todo el amor humano… todo se transforma y se profundiza en esa interiorización.

Entonces hay que hacer todo un redescubrimiento que interioriza toda la Historia del mundo, todo conocimiento humano, todo el amor humano, todas las relaciones del hombre con su cuerpo y con el cuerpo de los demás, con su mente y con la mente de los demás, con el pasado de la humanidad, con su futuro, con la Biblia y su interpretación justa, con el misterio de la Iglesia y su enraizamiento en nuestra vida, todo cambia y se profundiza en esta interiorización y en la gran preocupación por un Dios que está escondido en mi vida y que no puede revelarse sino a través de mi vida.

Es evidente que todos los sacerdotes en dificultad, todas las religiosas en problema, habrían afrontado su problema de otra manera si hubieran hecho esta experiencia esencial de un Dios frágil, de un Dios escondido en ellos, de un Dios confiado a su amor. No habrían lanzado esos gritos, no hubieran llenado el mundo con sus clamores, no se habrían exhibido ante la televisión, no habrían celebrado su matrimonio con tanto ruido, habrían entrado en la oración, habrían comprendido que el gran descubrimiento no está en arrojar todo por la borda sino en interiorizar todos nuestros compromisos para hacerlos infinitamente más exigentes, pero liberadores, ¡liberadores!

Pues si Dios es el bien supremo, si Él es el espacio en que respira nuestra libertad, si Él es la transfiguración de la vida actual, si Él es nuestra inmortalización ahora, si Él es la eternidad de todas las ternuras, si Él es el lazo que nos hace interiores unos a otros, la única afirmación de sí mismo es afirmarlo más a Él, en una fidelidad más grande y en un más grande amor.

Los bloqueos de la teología del objeto y del mundo secularizado

Pero los que no Lo han encontrado bajo esta forma y a través de esta experiencia, ¿cómo habrían podido no sentir la violación que representa una divinidad afirmada desde afuera, que es la negación de nuestra autonomía y de nuestra inviolabilidad? ¿Cómo no habrían sentido como una ofensa la dependencia de la mente hacia un personaje exterior a nosotros, que ha determinado nuestra historia, que la resolvió ya, que decidió eternamente de nuestro destino?

Los sacerdotes que aprendieron una teología del objeto, que aprendieron a Dios como una geometría que se puede estudiar sin compromiso, que estuvieron en la escuela del “primer motor” que sólo puede volverse hacia sí mismo porque no puede jamás tener interés por nada sino a través de lo que él es, esas personas, hundidas en un mundo secularizado, en un mundo en que la ciencia materialmente eficaz es todo, ¿cómo habrían podido tomar conciencia de la riqueza infinita de su vocación?

Se sintieron necesariamente atascados en una aventura que deja de serlo, encerrados en un sistema de obligaciones que no tiene ningún sentido porque su vida no es alimentada, no pudo alimentarse ya que no habían sido jamás orientados hacia el Dios interior. No entendieron que llevaban en sí mismos el bien común de toda la Humanidad y de todo el Universo, y que era en el silencio de su amor donde su acción encontraba su fuente y su eficacia.

No hay aventura más grande y más apasionante que la de estar encargado de Dios y de tener que engendrarlo en toda criatura.

¡Hay pues que hacer un cambio! Es necesario que el Dios de la tradición se interiorice que se universalice, es necesario que la vocación de Israel aparezca como una vocación provisoria y en favor de los demás, y no en favor de un pueblo eternamente elegido.

Si hay un pueblo elegido, como lo he dicho con tanta frecuencia, porque en esa época y en ese medio una vocación colectiva era la única posible, una época en que no se creía en la inmortalidad de la persona, una época en que el individuo no era nada comparado con la raza y la nación, es la nación la que está llamada a dar testimonio, no en favor de sí misma sino en favor del universo hasta que el testimonio se interiorice y devenga una religión personal.

Jesús justamente va a instituir el reino interior dando testimonio a la Verdad, y todo el que es discípulo de la Verdad oye su Voz. Este testimonio interior va a decidir de todo, y cada uno está llamado, cada uno está encargado de Dios, de toda la historia y de todo el universo.

No hay aventura más grande y más apasionante que la de estar encargado de Dios y de tener que engendrarlo en toda criatura según las palabras de nuestro Señor mismo: “¡El que hace la voluntad de mi Dios es mi hermano, y mi hermana y mi madre!”


*Nota introductoria del P. Paul Debains:

El año de 1972 es particularmente rico en enseñanzas de Zúndel. En enero dio una serie de conferencias en el Cenáculo de París (ver las publicaciones de los días precedentes), luego se fue a Roma para predicar el retiro delante del Papa y ahora, en el mes de mayo, vuelve a tratar más o menos el mismo tema, pero de manera más apoyada, tanta es su importancia.

Jesús vino para revelarnos un Dios diferente del que se adoraba generalmente hasta entonces, inclusive en Israel. La revelación había sido preparada en el Antiguo Testamento, pero la revelación que Él trae, la revelación que Él es, trasciende la antigua revelación, y sigue siendo posible que en la actualidad nosotros sirvamos sobre todo al antiguo Dios, al que se sirve de ordinario, (¿desde siempre?), sobre todo por un conjunto de prácticas ya muy complicadas en Israel, como atestigua el Deuteronomio. Actualmente abandonamos fácilmente las prácticas pero seguimos fácilmente siendo fieles al antiguo Dios sin descubrir y experimentar el Dios de Jesucristo. Lo revelará por su Pasión-muerte-resurrección.

Si nos detenemos por ejemplo en la práctica de la justicia enseñada por el Dios de Jesucristo, vemos claramente que trasciende lo que podíamos practicar hasta entonces. Es otra cosa que las prácticas vétero-testamentarias. Entonces, ¿somos cristianos?

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