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10/09/2017 septembre 2017

Mauricio Zúndel, extracto de notas sobre el catecismo, en Suiza en 1920. Lección sobre la Iglesia. Non editada.

« La Religión es pata los hombres » dice Newman (en los Ensayos sobre el Desarrollo de la Doctrina Cristiana).

Ahora bien, los hombres son a la vez:

CARNE y ESPÍRITU,
INDIVIDUO y SOCIEDAD.

Vivir para la carne sin cuidado del espíritu,
Vivir para el espíritu despreciando la carne,
Desarrollar la individualidad en detrimento de la sociedad,
Exaltar la sociedad sacrificando a las personas.

Son mutilaciones, errores, peligros, atentados contra la vida… Como el Espíritu de Dios creó la carne, para volver a él, el hombre no tiene que separarse de su cuerpo y jugar a puro espíritu sino imponerle el movimiento de su alma, asociándolo a sus impulsos por el gesto y el ritmo, por la palabra y el canto. Y, para hacerse miembro de la sociedad, el individuo tampoco tiene que separar de sí mismo el ser religioso que es él en privado.

Si Dios es el fin último del hombre, también lo es de la sociedad donde el hombre encuentra su complemento natural: si no, la vida tendría dos fines irreductibles el uno al otro y la unidad del hombre desaparecería.

La Religión será pues tanto pública como privada, manifestada sensiblemente y visiblemente jerarquizada, cubriendo todos los planos del Ser, compleja como la vida, y rica como ella, siendo la plenitud de la vida lo único definitivo. Toda doctrina que pierda de vista cualquiera de estos datos es necesariamente falsa en algún punto y por tanto no puede pasar por la verdadera religión.

“La Religión es para los Hombres”, pero eso no es suficiente, hay que añadir: “La Religión es por los hombres”.

En este sentido, será normalmente transmitida y explicada, y socialmente hablando, conducida y gobernada por hombres.

A menos de dejar todo a la fantasía de los individuos o de requerir para cada uno una revelación personal, y una legislación milagrosa para el conjunto, lo cual a priori no es ni siquiera concebible y en todo caso no podría ser afirmado a priori.

Tenemos pues que mantener los datos de la razón.

La Religión es por les hombres, lo mismo que para los hombres. Pero una doctrina solo puede transmitirse y explicarse si se la conoce. Ahora bien, sea cual fuere la inteligencia que supongamos a los que tienen misión de enseñarla, ellos siguen en cierto modo sometidos a los límites del hombre: unos ven de las cosas un aspecto que otros dejan en la sombra para dar importancia a ciertos puntos que los primeros desconocen. Todos son de su época y utilizan su lenguaje, comparten sus amistades, agitan sus problemas y padecen sus cuestiones. Que esas cuestiones sean dignas o no de ocupar sus mentes, porque apasionan a sus contemporáneos y proponen su enseñanza bajo el ángulo visual propio al entorno, en función, y a veces inclusive, en la fórmula de los sistemas filosóficos recibidos.

Todo eso en la hipótesis más favorable en que los heraldos de una doctrina estuvieran dotados de genio, y representaran tipos acabados de la humanidad más exquisita. Este caso sería evidentemente muy raro. Más a menudo, habrá que sumar a los del ambiente, los límites del intérprete y del doctor: inteligencia mediana o cerrada, tendencia especulativa o práctica, hipertrofia razonante o afectiva, y además, vicios de temperamento y fallas morales. Todo eso dejará infaliblemente sus huellas en toda disciplina recibida de los hombres y constituirá un desecho tanto más peligroso cuanto más elevada sea la doctrina. Por eso la doctrina religiosa sufrirá más que toda otra. Sería absurdo escandalizarse por ello.

También la ciencia es por los hombres y Dios sabe que los hombres de ciencia le mezclan a veces intereses que no tienen nada que ver con la verdad. Y sin embargo, ¿cuál sería el estado de la cultura si cada uno tuviera que retomar desde el principio toda la investigación sobre el vasto universo, sin iniciador ni colaboración? Y también la vida es por los hombres – pero la procreación es rara vez inmaculada. ¿Habría que arrepentirse de haber nacido?

Los amores de las flores son más castos que los de los hombres, y más pura que la nuestra es ciertamente la ciencia de los ángeles.

Pero ni la insensibilidad del vegetal ni la simplicidad del espíritu nos convienen. Todo lo recibido por un ser es modificado según su naturaleza, pues solo puede reaccionar según es él. La religión, aún la más elevada, tomará pues necesariamente en el hombre cierta acomodación carnal, cierto gusto del terreno, ciertos aires de época, de todo lo cual pueden justamente liberarse los Serafines, pero los hombres solo podrán incriminarlo olvidando lo que son.

El Hijo del Hombre no lo olvidó. Sabía lo que hay en el hombre: sus necesidades, sus grandezas y miserias, sus límites y sus fallas. Medía mejor que nadie la distancia entre la obra divina y los instrumentos que escogió para realizarla.

“Generación incrédula y perversa, ¿hasta cuándo tendré que soportaros?” (Mc 9:19; Mt 17:17; Lc 9:41) Y sin embargo no duda:

“Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. (Mc 1:17; Mt 4:19; Lc 5:10)

Pone todo en sus manos. Su Palabra, su poder, su rebaño... “Todo lo que aten en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.” (Mt 18:18) Los envía al mundo con el agua y la unción, el pan y el vino, el cuerpo y la sangre... “Vayan, de todas las naciones hagan discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he ordenado. – Y yo estaré con ustedes hasta el fin de los siglos” (Mt 28:19-20).

Ellos tardaron en comprender lo que el Maestro esperaba de ellos. Pero cuando se abrieron sus ojos, supieron dar testimonio con una firmeza y confianza con que jamás cesaron de rendirle homenaje.

“Juzguen ustedes si es justo ante Dios que les obedezcamos a ustedes más bien que a Dios, pero nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos escuchado.” (Hechos 4:19-20)

Toda su humildad está en estas palabras y todo su orgullo. Él fue quien los escogió: su autoridad es solo su obediencia. Por eso podrán escribir sin temblar: “Nos pareció bueno, al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hechos 15:28).

En verdad, aquí hay más que Simón hijo de Juan y que Andrés, más que Felipe y Bartolomé, más que Mateo y Tomás el publicano, más que Santiago hijo de Alfeo y Tadeo al que llaman Judas, más que Simón el zelote y más que Matías que remplazó a Judas: ESTÁ LA IGLESIA. Entonces, ¿para qué apareció el Segundo Adán sino para unir consigo una nueva humanidad que vivirá en ÉL para vivir en Dios? Como crece un cuerpo transformando en sí todas las sustancias asimilables que le ofrece su entorno, así también de cierto modo crece Cristo, transformando en su Cuerpo Místico a todos los hombres en los cuales hace brotar la fe la Palabra y el Espíritu que suena en los oídos de aquél que en el silencio escucha el corazón: en primer lugar los Doce, y luego todos los que se rindan a su testimonio. Eso es la Iglesia: CRISTO EN LA UNIDAD DE SUS MIEMBROS.

El mundo vuelve a su fuente, el reino del yo se rinde al Reino de Dios, y el orden de arriba vuelve a conquistar su imperio, por la diversidad de sus órganos, la complejidad de sus funciones, la jerarquización de sus poderes, reuniendo todas las criaturas con el lazo de una indivisible caridad.

Aquí no hay anarquía sino sumisión de todos al jefe de quien todos reciben la vida: Cristo.

Los que mandan lo hacen en su nombre. Los que obedecen, le obedecen a él. Por eso todos son libres, libres de sí mismos y viviendo para Dios. Tal es la Iglesia que nos muestra a Jesús y nos lo da asimilándonos en él.

Hecha ciertamente para los hombres pero para que ellos se superen, elevados por fuerzas que no vienen de ellos; viven del pensamiento y del amor, del orden y de la alegría, que son la vida de las Tres Personas.

Transmitida por hombres – pero investida de uno mayor que ellos, para realizar sus gestos y repetir su mensaje:

Signos vivos que sacan todo de ÉL para atraer a ÉL todo.

Sacramentos revestidos de carne, cuya acción busca los más secretos repliegues de las almas para arrojarlas a los abismos de gracia de donde sacarán, con su propia renovación, con qué espiritualizar su cuerpo y reconstruir la sociedad. Comunicando a todas las empresas humanas la luz de la Presencia divina que los armoniza interiormente.

Tal es el misterio de la Iglesia, que no pueden descubrir los ojos del cuerpo, misterio por el cual dieron su vida los apóstoles a fin de afirmar en él y de guardarnos para ÉL.

El misterio de Jesús que en él se despliega.

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