01/09/2017 septembre 2017

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Conferencia de M. Zúndel en Suiza, en 1953. Publicada en el libro “Con Dios en lo cotidiano: retiro para religiosas” MZ & Marc Donze. Se añadieron títulos y apartados.

Resumen: ¿Cómo conocemos a Jesucristo, cómo pensarlo delante de Dios? Dios no está en un cielo lejano sino dentro de nosotros. La humanidad de Jesús era transparencia infinita a Dios. Perdido en la divinidad y arrojado en Dios por el imán que es Dios, el yo de Jesús estaba en Dios. El misterio de Jesús es un misterio de pobreza y de despojamiento que responde a una pobreza que es Dios. Nosotros tendemos hacia ese despojamiento. Nuestra personalidad es estar suspendidos de la imantación divina y tener nuestro centro en Dios. Así conoceremos a Jesucristo. La Encarnación se continúa a través de nosotros, cada uno de nosotros es el rostro de Cristo para los demás.

¿Conocemos a Jesucristo?

En Egipto, como ustedes lo saben, los coptos representan el elemento cristiano y entre 20 millones de habitantes hay millón y medio de coptos. Ellos saben que son cristianos y que no son musulmanes. Han conservado la fe a pesar de que les habría sido interesante hacerse musulmanes. A su manera, son los testigos de Cristo. Pero a menudo solo saben que son cristianos y no musulmanes. Hasta pueden ser tan ignorantes que no saben ni siquiera quién es Jesucristo.

Unos jóvenes de la Acción Católica que estaban en una aldea copta, le preguntaron a un joven: “¿Conoces a Jesucristo?” Y él respondió: “Yo no soy de aquí, pregúntele a otro.”

Y nosotros, ¿conocemos a Jesucristo? Esta pregunta la hizo nuestro Señor a sus apóstoles: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ustedes recuerdan la respuesta de san Pedro: “Tú eres Cristo, es decir: tú eres el Mesías, tú eres el que esperamos, al que aspira todo el pueblo de Israel.” Nuestro Señor glorificó la fe de Pedro y sin embargo, sin hacerse ilusiones, anunció la Pasión: así iba a ser el Mesías, no con un milagro que echara por tierra a todos los enemigos de Israel. Y Pedro llevándolo aparte: esa Pasión no puede ser, eso no puede suceder. Y Jesús le responde: “¡Lejos de mí, Satanás, porque tus pensamientos son pensamientos de hombre y no de Dios.” (Mt. 16:23). ¡Apenas había hecho su confesión el apóstol, le propone a Jesús el mismo programa que el tentador que lo invitaba a hacer milagros y a alejarse del sufrimiento!

¿Qué comprendieron de Jesús los apóstoles? ¿Qué pueden decirnos de Jesús? ¿Qué sabemos nosotros de Jesús? Él mismo dijo: “No se puede echar vino nuevo en odres viejos” (Lc. 5:38). “Tengo todavía muchas cosas que decirles, pero ustedes no pueden entenderlas” (Jn. 16:12).

Misterio de Pentecostés

¿Cómo hizo entonces nuestro Señor para decir lo que tenía que decir, si sus apóstoles no podían entenderlo? En el fondo, a Jesucristo lo conocemos solo en el misterio de la Iglesia. El día de Pentecostés los apóstoles descubren a Jesucristo, y ¿qué descubren? Descubren que Jesucristo está en el centro de su vida. Descubren que Jesús es para ellos lo que Dios siempre ha sido para ellos. Es el gran misterio de pentecostés, que esos judíos que eran los apóstoles, que no saben nada de la trinidad, comprendieron sin duda alguna que Jesús estaba en el centro de sus profecías, que Jesús era su vida y que sin ser idólatras, podían vivir en Jesús como habían deseado vivir en Dios.

¿Cómo pensar a Jesucristo delante de Dios?

¿Y cómo fue posible eso? Esa es la eterna controversia entre judíos y cristianos, entre musulmanes y cristianos: “¿Cómo pueden ustedes adorar a un hombre que vivió como nosotros, sin ser idólatras?”

En el fondo, eso piensan los musulmanes. Aunque respetan mucho a Jesús como profeta, no pueden aceptar su adoración.

¿Cómo situar a Jesucristo en nuestra vida interior, cómo pensarlo delante de Dios? Noten primero que Dios, el verdadero Dios es interior a nosotros.

Dios está dentro de nosotros

El error de los musulmanes y de los judíos es justamente que sitúan a Dios en un cielo tan lejano que no tiene relación con nosotros. Evidentemente, parece locura pensar que el Dios cuyo trono es el cielo, viene a caminar en la tierra – pero ese Dios no existe. El trono de Dios no está más allá de las estrellas. El verdadero trono de Dios está dentro de nosotros.

Es lo que dice san Juan: “Estaba en el mundo y el mundo no lo conoció” (Jn. 1:10). Y no hay que buscarlo allá: hay que buscarlo dentro de nosotros. Dios jamás ha dejado de estar presente en lo más íntimo del alma humana.

La Encarnación no es pues que Dios desciende a una tierra donde no estaba, pues ya estaba allí. La Encarnación consiste en que una humanidad se hace presente a Dios, Dios eternamente presente. No es que Dios no estuviera presente, era que el hombre estaba ausente.

Es imposible conocer a Jesucristo sino a través de la transparencia de una humanidad que es su signo vivo. Es muy natural dirigirnos a un ser humano para pedirle que nos conduzca a Dios. Es lo que hacemos todos siempre y en todas partes.

¿Dónde encontrar a Dios? ¿Dónde lo encuentran ustedes? Evocamos tan a menudo la imagen del P. Kolbe ¿por qué? Porque es imposible encontrar a Dios en otra parte que en la vida de un hombre. Justamente, es a través de un alma humana como se revela Dios. Es imposible conocer a Jesucristo sino a través de la transparencia de una humanidad que es su signo vivo. Es muy natural dirigirnos a un ser humano para pedirle que nos conduzca a Dios. Es lo que hacemos todos, siempre y en todas partes.

Nuestro verdadero yo está en Dios

¿Y por qué tiene Jesucristo ese puesto único? ¿Por qué no es simplemente un profeta? ¿Por qué sin siquiera plantearse la cuestión, sin levantar la menor objeción, los apóstoles adoraron a Jesús, lo adoraron, es decir consideraron como centro de su vida a aquél con quien habían comido y vivido? Es que en la humanidad de Jesús hay una transparencia infinita. ¿Qué quiere decir eso?

Sabemos muy bien, y lo hemos repetido mil y mil veces, que no existimos de verdad sino cuando cesamos de ser esclavos de nuestro temperamento, de nuestros derechos. Dejamos de ser esclavos en la medida en que nos perdemos en Dios.

Cuando somos ya solo mirada hacia Dios, todo está bien: podemos comunicar a los demás por un momento la sonrisa de la bondad divina. No somos en verdad personas ssino cuando estamos suspendidos de Dios y la frase de Rimbaud “Yo es otro” lo significa bien: nuestro verdadero yo está en Dios. Nuestra verdadera libertad es Dios, y uno se hace verdaderamente hombre y criatura en la medida en que está realmente en relación con Dios.

Transparencia ocasional

Solo que lo soy solamente por momentos. Es raro que estemos en un estado de transparencia que haga de nosotros el sacramento de su presencia. Tratamos y empezamos de nuevo. Pero no estamos continuamente en el estado de perfecto despojamiento que le permite transparentar siempre.

Con una continuidad mucho mayor, los santos dejan transparentar a Dios; y sin embargo, los santos nunca terminan el trabajo de liberación y son los primeros en decir que nunca han terminado de purificarse de sus límites y de sus fronteras y también ellos, mucho más que nosotros, están suspendidos de Dios y tienen su yo en Dios.

La humanidad de nuestro Señor… no tiene adherencia alguna a sí misma, y esa es la diferencia entre su humanidad y la nuestra. Ella está continuamente en relación viva con Dios.

La humanidad de nuestro Señor, la criatura que fue concebida por la operación del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, ya no tiene adherencia alguna a sí misma, y esa es la diferencia entre su humanidad y la nuestra. Ella está continuamente en relación viva con Dios.

La imantación divina

Cuando hablo a los niños utilizo a menudo la imagen del imán. Cuando toman un imán y lo aplican a cierta distancia y hacen mover por encima una hoja de papel sobre la cual han depositado limaduras de hierro, las limaduras siguen el movimiento de ustedes si el imán no está demasiado lejos de la hoja de papel, y moviendo el imán bajo el papel, pueden dibujar lo que quieran. Pero saben que si pegan el imán a las limaduras, estas se adhieren al imán y se van con él.

La atracción de Dios es como un imán, una imantación. Comenzamos a existir, a ser libres, a ser personas, cuando respondemos a la imantación divina; entonces comenzamos a ser santos. La imantación está más cerca para los santos y ellos están continuamente suspendidos del imán. Y en la humanidad de Jesús sentimos muy bien que entre ella y el imán ya no hay distancia. Ella no se aleja de la atracción de la gracia. Está arrojada en Dios con un impulso que es Dios. Es llevada, levantada por el imán.

Jesús, el hombre que ha perdido su yo

El misterio de Jesús es un misterio de pobreza, de despojamiento infinito y responde a una pobreza que es Dios.

En Jesucristo hay un despojamiento absoluto de toda adhesión a sí mismo. Si quieren, por parte de su humanidad, Jesús es el hombre que ha perdido su yo, ya no lo tiene. Ya no tiene la posibilidad de adherir a sí mismo, de oponerse a Dios por estar totalmente imantado, perdido en la divinidad y arrojado en Dios por el imán que es Dios, pues en Dios cada Persona es impulso hacia la otra.

Eso quiere decir que el misterio de Jesús es un misterio de pobreza, de despojamiento infinito y responde a una pobreza que es Dios.

Si Dios no pasa por nosotros, a pesar de estar en nosotros lo mismo que en Cristo – el mismo Dios que es siempre totalmente el mismo, el mismo Dios en nuestra alma y en la de Jesús, el mismo Dios, el mismo que en los santos – si ese Dios no resplandece en nosotros es porque en nosotros hay una adherencia a nosotros mismos que le impide brillar a través de nosotros a esa infinita caridad, esa infinita pobreza.

Nosotros seríamos Cristo mismo si estuviéramos en el estado de pobreza absoluta, total y única en que está la humanidad de nuestro Señor, humanidad que es totalmente despojada de sí misma, que no es más que relación viva con Dios, que no puede dar testimonio de sí misma y es testigo de Dios en cada uno de sus gestos, en cada palabra y su presencia toda es testimonio de la divinidad.

En marcha hacia el punto infinito donde está Cristo

Me parece bueno que veamos la divinidad de nuestro Señor. Es la divinidad eterna pero que brilla y se comunica en una humanidad sacramento enteramente transparente, infinitamente abierta, que no puede detener la luz de Dios sino que la deja pasar totalmente.

Ahí tenemos la suprema revelación universal y definitiva, no en palabras sino en la presencia de Jesucristo.

También para nosotros, la verdadera vida es el despojamiento, la transparencia, es responder a la imantación del amor divino, es estar suspendidos de Dios, ser Dios.

No hay que situar de algún modo el misterio de Jesús en una especie de estratósfera, quiero decir hacerlo salir totalmente del horizonte de nuestra propia vida espiritual. Todos estamos en marcha hacia ese punto infinito donde está Cristo. También para nosotros la verdadera vida es el despojamiento y la transparencia, es responder a la imantación del amor divino, es estar suspendidos de Dios, ser Dios. En verdad estamos en camino hacia la divinización, es lo que reconocemos como el supremo beneficio.

Pero justamente, en nosotros es intermitente, viene y pasa. Recaemos y volvemos a comenzar y nunca hemos terminado. Siempre hay en nosotros algo que nos devuelve a un centro que no es Dios.

Pero es verdad que estamos en tensión hacia el despojamiento, hacia la unión total, hacia la expropiación total del yo, la unión que en Cristo llamamos hipostática, es decir que es en plenitud. En el fondo, el hombre ideal, el hombre perfecto, la personalidad plena es Jesucristo y todos nosotros no seremos plenamente personas sino en la persona de Jesús.

La humanidad de Jesús, centro de toda la humanidad

Si la humanidad de Jesús recibió esa gracia, si en Jesucristo la gracia fue hasta las raíces de la humanidad, es que la humanidad de Jesús fue llamada a ser el centro de toda la humanidad. Si estaba infinitamente abierta a Dios era para estar infinitamente abierta a los hombres.

La humanidad de nuestro Señor era capaz de unir con Dios todas nuestras humanidades de modo que toda la humanidad llegue a ser un solo hombre en su persona.

La humanidad de nuestro Señor estaba constituida como el gran foco de reunión porque era pobre de sí misma, porque estaba enteramente dada a Dios. Esa humanidad era capaz de unir con Dios todas nuestras humanidades de modo que toda la humanidad llegue a ser un solo hombre en su persona. Ustedes comprenden que es un misterio que está en la línea misma de nuestra personalidad, ya que nuestra personalidad es estar suspendidos a la imantación divina y tener nuestro centro en Dios. Y ven que el misterio de Cristo no es una especie de transformación de Dios en hombre o de un hombre en Dios.

Toda la imperfección de la Revelación en el Antiguo Testamento no viene de Dios sino de que no había nadie bastante transparente para comunicar esa luz plenamente.

No es una bajada material desde el cielo. Dios siempre está presente, los ausentes somos nosotros. Dios nos da siempre toda su luz, somos nosotros los que estamos en las tinieblas. Y toda la imperfección de la Revelación en el Antiguo Testamento no viene de Dios sino de que no había nadie bastante transparente para comunicar esa luz plenamente.

En Jesucristo está la plenitud de la luz. No podía pasar sino a través de una humanidad que fuera sacramento vivo de la presencia personal que nosotros no podemos transmitir porque no somos suficientemente puros.

Jesús, humanidad sin sombras

Siendo Dios la pureza de un amor sin sombras ni reservas, solo podía revelarse plenamente en una humanidad sin sombras.

Eso es lo que debemos recordar: que siendo Dios la pureza de un amor sin sombras ni reservas, solo podía revelarse plenamente en una humanidad sin sombras, y si antes de Pentecostés los apóstoles no comprendieron, es porque no podían comprender antes de que su corazón estuviera consumido por el fuego del Espíritu Santo.

Únicamente a través del testimonio de los mártires y de los santos se revela y se conserva el verdadero rostro de Cristo en la Iglesia. Es completamente inútil discutir sobre los textos porque Jesús no es un texto y aún el evangelio escrito es incompleto pues Jesús no pudo decir todo lo que hubiera querido.

No olvidemos además que el Nuevo Testamento comienza con la muerte de Jesucristo. Su muerte es la separación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Nuevo, será la Eucaristía, el fuego del Espíritu Santo y el misterio de la Iglesia.

Vivir a Jesucristo

Sin la transparencia del amor, Cristo es un ídolo, como el mismo Dios y Cristo solo se revelará en la pureza de una vida verdaderamente dada.

Solo existe una manera de comprender a Jesucristo y es viviéndolo. ¿De qué sirve decir que Jesús es Dios o no? Hemos jugado con palabras. Para llegar a Jesucristo hay que despojarse de sí mismo, hay que entrar en la pobreza donde se encuentra a Dios; y sin la transparencia del amor, Cristo es un ídolo, como el mismo Dios y es por eso que Cristo se revelará en la pureza de una vida verdaderamente dada.

Es necesario partir del Prólogo de san Juan para comprender que la Encarnación es el misterio de una humanidad que se hace totalmente presente a Dios; y sin embargo, eso aún arriesga no ser más que palabras, y no es nada comparado con la luz que no puede venir sino de una vida enteramente penetrada de la presencia de Jesucristo. A Jesucristo lo conocemos solo en la medida en que lo vivimos.

Es entrando en la pobreza total, dejándonos conducir por la imantación divina como conoceremos a Jesucristo, porque es presencia infinita, presencia de luz, despojada.

Es entrando en la pobreza rotal, dejándonos conducir cada vez más perfectamente por la imantación divina, así es como conoceremos a Jesucristo, porque no es una enseñanza sino una presencia, una presencia infinita, una presencia de luz bajo su forma silenciosa, despojada, y no podemos lograr la pobreza infinita sino en el despojamiento de nosotros mismos.

Cristo confía en nosotros

Jesús nos está confiado y nuestra misión es representarlo. Sabemos que después de la Ascensión Jesús salió del plano de la historia visible. Solamente, no somos suficientemente puros para estar en contacto sensible con él, aunque esté en nosotros, en medio de nosotros y dentro de nosotros.

La Encarnación se continúa a través de nosotros. Ese es todo el misterio de la Iglesia. Por consiguiente, cada uno de nosotros es el rostro de Cristo para los demás.

Es verdad que después de la Ascensión Cristo no puede ser visible sino a través de nosotros. Es lo más emocionante y magnífico, que la Encarnación se continúe a través de nosotros. Ese es todo el misterio de la Iglesia. Por consiguiente, cada uno de nosotros es el rostro de Cristo para los demás.

No hay otro camino hacia Dios que Jesucristo, pero justamente él es la divinidad encarnada y por tanto visible, y puesto que Jesús es invisible, solo es visible a través de nosotros. Aunque no tengamos ganas de ser perfectos, aunque estemos cansados de los esfuerzos hechos, sigue siendo cierto que Cristo confía en nosotros y como respondió el P. Pío a un hombre que le dijo: “Yo no creo en Dios” - “¡Pero Dios cree en usted!”

Ustedes son el Cristo de los demás. Ustedes son Cristo para los demás. Ellos no tienen otro Cristo que ustedes pues solo a través de ustedes pueden ver a Cristo. Ellos buscarán a Cristo a través de ustedes y no podrán amarlo sino en la medida en que él será amable [en ustedes]. Eso es lo que hace que el Evangelio sea Buena Nueva, porque contiene el llamado dirigido a una generosidad infinita puesta en nuestras manos.

La Encarnación continúa a través de nosotros

Dios no tiene otra revelación posible que nosotros; nosotros somos la única expresión de su rostro en el medio en que vivimos y los demás tienen derecho de pedirme que sea Jesucristo.

Salvarse no es nada, ni es nada buscar equilibrio y perfección. Pero cómo resistir al hecho de que Dios no tiene otra revelación posible que nosotros, que nosotros somos la única expresión de su rostro en el medio en que vivimos y que los demás tienen derecho de pedirme que sea Jesucristo: a pesar de todas mis faltas, estoy encargado de ser Cristo.

Esa es, creo yo, la puerta de luz que se abre sobre el misterio de Jesús: que la Encarnación continúa a través de nosotros y que nosotros, cada uno, somos Cristo para los demás. San Agustín lo dijo: “No solo fuimos hechos cristianos sino que fuimos hechos Cristo”, y no solo Cristo para vivir en unión con él sino para llevar a los demás la luz y la presencia de Cristo, para ser lo que sería él en lugar nuestro, para continuar el gesto de Lavar los pies, para ser dados, consumidos, comidos, como Cristo, para ser el alimento de los demás.

Todo eso se resume en una sola palabra: ser Jesús. En eso no podemos equivocarnos. Nuestra fe encontrará cada vez más sus raíces entrando en este misterio, viviéndolo y siendo para los demás el rostro del Señor.

Nada hay más hermoso ni mejor que este crédito infinito, esta identidad con él que él realiza en ustedes. Ahí está toda su grandeza y cuando estamos agotados, sigue siendo verdad que el Señor nos necesita y finalmente nosotros somos la única posibilidad que tiene Dios en el mundo de hoy. Si pudiéramos mostrar a Cristo en nosotros, sin hablar, habría llegado por fin la hora y el mundo estaría salvo.

Pidamos a nuestro Señor que atrape al menos algunas almas que lleven su testimonio a fondo y tratemos de suscitar a cada instante de nuestra vida cotidiana el valor y el entusiasmo pensando que nuestro Señor está puesto en nuestras manos y que, finalmente, hoy depende de nosotros que Cristo sea recibido, se haga carne y habite entre nosotros.

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