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Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo el 4/06/63. Inédita. Se añadieron títulos y apartados.

Resumen: El hombre es modelado por su familia, su medio, su cultura, y los extranjeros son vistos como bárbaros; eso hace viene difícil comunicar. Se plantea la cuestión de la sociedad capaz de reconocer en todo hombre un infinito posible. Jesús perturbó la biología colectiva de su sociedad enseñando la grandeza divina como evacuación de sí mismo y la grandeza del hombre en el despojamiento. Entonces la Iglesia es una sociedad para renunciar a sí mismo y hacerse hombre; pero por otra parte, heredando del dios faraón, no comprendió la revolución del evangelio según el cual la grandeza es la eterna pobreza. En la Iglesia estamos ligados con Jesucristo; sean cuales fueren los desvíos, no se debe confundir a los hombres de iglesia con la Iglesia. La Iglesia está confiada a todos y cada uno como sociedad en que nos hacemos hombre entrando en el diálogo místico de La Imitación de Jesucristo.

El hombre modelado por la familia y el medio

El niño es educado con fe en el sentido de la patria… y entra en la inmensa historia donde sufre todo el automatismo pasional que suscita eventos que no tienen nada qué ver con la vida del espíritu.

Ustedes conocen estas palabras terribles de Gide: “¡Familia, te odio!” Estas palabras evocan un sufrimiento infantil profundo de un ser en violenta reacción contra su medio y que recuerda las reprimendas que sufrió. Expresa su resentimiento con esa frase terrible: “Familia, te odio.”

La existencia impuesta al hombre, y en especial al niño, está cargada de todas las limitaciones familiares. Esa biología colectiva es indispensable a nuestra existencia. El niño es engendrado por completo en el vientre maternal. Él necesita esa prolongación del medio familiar. Pero esta necesidad comprende límites terribles: porque el niño está a la merced de la familia, va a ser modelado por ella, deformado a menudo sin poderse defender de ella inmediatamente. Solo más tarde tratará de defenderse.

El hombre nace en un grupo, sufre indudablemente la influencia de su medio y, cuando termina con la familia – y jamás termina con ella – sufre otra influencia del grupo más vasto en que está sumergida la familia y que podemos enunciar con la palabra patria. El niño es educado con fe en el sentido de la patria, con todo lo que comporta de tradiciones, lengua, prejuicio racial, y entra en la inmensa historia en que sufre todo el automatismo pasional que suscita eventos que no tienen nada que ver con la vida del espíritu. A alguien llamado Alfredo lo encontré en París bajo el nombre de Farid. Rosa se hizo llamar Leila porque su patria le hacía tanta falta que sufría su nostalgia.

Los demás son extranjeros bárbaros

Los historiadores cuentan todos los acontecimientos pasionales y le dan poco valor a lo que cuenta y por lo que se genera una cultura y surge una civilización. Por la influencia de la familia y de la nación, el niño está en la biología colectiva.

Para dar una idea del nacionalismo podríamos citar la palabra de los griegos que habían inventado la palabra bárbaros para designar a todos los que no eran griegos como ellos. Habían olvidado a los fenicios, a los faraones, a Sargón, etc., todos los que habían creado una civilización cuando los griegos todavía no existían y cuando utilizaban la palabra “bárbaro” ellos mismos lo eran ya que heredaban de una civilización que no habían creado ellos ya que cosechaban los beneficios de la civilización de los antiguos y olvidaban citarlos.

Querían decir: Bárbaro es el hombre distinto de mí, el que no habla mi lengua, no conoce las vibraciones de mi propia sensibilidad y ahí estamos todos. Todos los himnos nacionales rehúsan aceptar a los demás: no hay como nosotros y los que no son como nosotros son todos bárbaros.

Por eso es tan difícil encontrarse y comunicar. Cada uno tiene tentación de pensar: No hay nadie como nosotros y de considerar al otro como extranjero y bárbaro. Ahí vemos la humanidad como una entidad biológica. La calidad de hombre con que sueñan los Humanistas solo existe en muy pequeña cantidad. La inmensa mayoría de los seres humanos está encastrada en la animalidad. Existen tan pocos hombres que sean incapaces de considerar como bárbaros a los demás.

Jesús ponía en peligro el nacionalismo judío

¿No existe entonces una sociedad para hacerse hombre?... Todos los problemas desaparecen en este problema único: ¿Creen ustedes en el hombre?... ¿Tienen el sentido del hombre? ¿Son capaces de reconocer en todo hombre un infinito posible?

Aquí se plantea la cuestión: ¿Entonces no hay una sociedad para hacerse hombre, donde podamos entrar en calidad de hombre y donde solo podamos vibrar en calidad de hombre? El que tiene sentido de un valor universal y el que cree en el infinito en el hombre siente esa necesidad. Todos los problemas desaparecen en este problema único: ¿Creen ustedes en el hombre? ¿Tienen el sentido del hombre? ¿Son capaces de reconocer en todo hombre un infinito posible?

Hacerse hombre es eclipsarse

La grandeza divina reside en la evacuación de sí mismo en la eterna pobreza, y que la grandeza del hombre reside igualmente en el despojamiento.

En Cristo esa cuestión se plantea de manera única. Reconoció tan bien el valor de cada hombre, fuera cual fuere su nación y sus creencias, que el sumo sacerdote encontró que era mejor que muriera y que no difundiera su doctrina: “Es mejor que muera un solo hombre y no que perezca toda la nación”, dijo Caifás. Jesús perturba la biología colectiva, la pone en peligro, tiene que desaparecer. Es imposible enunciar más claramente el peligro que hace correr Jesús al nacionalismo judío cuyo monopolio quiere terminar. Su nación lo va a eliminar para alejar ese peligro. La cuestión es planteada por su persona misma: ¿Qué es Cristo sino la dimisión del hombre enraizada en la dimisión de Dios?

La novedad absoluta que enseña Jesús es que la grandeza divina reside en la evacuación de sí mismo en la eterna pobreza y que la grandeza del hombre reside igualmente en el despojamiento. Y tenemos la definición: Yo es Otro. Hacerse hombre es vaciarse de sí mismo, eclipsarse en el infinito que llevamos en nosotros, revelarlo, comunicarlo, encarnarlo. Es lo que decía una niñita hablando de Dios: “A mí, Él me eclipsa.” Hacerse hombre es eclipsarse, comunicarlo, encarnarlo.

En Jesús se realiza la Encarnación perfecta porque en él el yo biológico está completamente evacuado y dimitido. Por ser Cristo así, su misión quiere suscitar en nosotros esa dimisión. Su misión quiere hacernos entrar en lo universal de la encarnación, su misión es de extender la encarnación en nosotros y a través de nosotros y de toda la humanidad libre liberará el infinito, es decir que la Iglesia responde muy exactamente a ese voto de los hombres: encontrar una sociedad donde vivir como hombre, donde hacerse hombre.

Une sociedad para hacerse hombre y et vivir como hombre

La Iglesia es pues una sociedad donde uno renuncia a sí mismo para llegar a sí mismo en el interior que hace de todo hombre un centro posible de un universo que solo de él puede nacer.

La Iglesia es pues una sociedad donde uno renuncia a sí mismo para llegar a sí mismo en el interior que hace de todo hombre un centro posible de un universo que solo en él puede nacer. La Iglesia es una sociedad para hacerse hombre, es una sociedad de vacío de todos los límites biológicos, de renuncia a sí mismo enraizada en la renuncia de Dios.

Hacerse hombre es vaciarse de sí mismo para hacerse espacio en que el infinito pueda revelarse. Esa renuncia solo puede provocarla la de Dios. Jamás podríamos buscar esa liberación, esa grandeza y esa universalidad si de Cristo no hubiéramos aprendido que Dios mismo es renuncia, que su grandeza es darse y que él es absolutamente incapaz de toda posesión y que su mirada es puro altruismo.

Cien veces lo he dicho: es porque Cristo transmutó todos los valores, porque nos enseñó que la grandeza está en darse, porque su humanidad está absolutamente privada de toda posesión, porque su polaridad única es el altruismo divino en la Persona del Verbo, por todo eso podemos nosotros considerar una sociedad para hacerse hombre y donde vivir como hombre.

La vida del espíritu

Jesús va a vivir de la pobreza divina para que nosotros aprendamos el sentido de la verdadera grandeza. No nos lo va a enseñar con discursos, en los discursos siempre se hace trampa. Para que no haya trampa alguna, para que el sentido de la grandeza se enraíce en nosotros, era necesaria la humanidad diáfana, transparente, desposeída, la humanidad sacramento que es la humanidad de Jesucristo.

¿Cómo podría la vida del espíritu llegar al infinito sino combatiendo toda idea de opresión y de tiranía en Dios y en el hombre?

Si la renuncia del hombre no estuviera enraizada en la renuncia de Dios no seríamos nada porque ¿cómo podría la vida del espíritu llegar al infinito sino combatiendo toda idea de opresión y de tiranía en Dios y en el hombre? ¿Cómo podría la vida del espíritu hacerse fuente donde cada uno calme la sed si ese descubrimiento no nos hubiera sido propuesto por Cristo mismo, no bajo forma de un sistema sino en su misma vida, en su persona, en el vacío total que es la suprema revelación de Dios y la suprema grandeza del hombre?

La Iglesia es un sacramento, el signo de Jesús

La única misión de la Iglesia es ponernos en contacto con la pobreza de Jesucristo.

De la pobreza de Jesús es que vive la Iglesia. Esa es su única legitimidad y su única referencia. Por eso la Iglesia no nos predica palabras, solo puede dar testimonio de una Presencia y comunicarla. Es la única misión de la Iglesia, ponernos en contacto con la pobreza de Jesucristo, es decir que la Iglesia es única y totalmente un sacramento: es el sacramento de un sacramento como la humanidad misma de Jesucristo es un sacramento, un signo que comunica la divinidad. La Iglesia es el sacramento de ese sacramento, un signo que presenta y comunica a Cristo.

Como Cristo no posee a Dios, quiero decir en su humanidad, la Iglesia tampoco posee a Cristo y no tiene otro contacto con él que el de la renuncia. Los responsables, los apóstoles, los jerarcas están instituidos y constituidos en estado de renuncia. Solo pueden ser signos de Jesús. Esta sociedad, este grupo de hombres es el signo de Jesús. En realidad es Jesús, como lo enseñó Cristo a Saulo en el camino de Damasco: “Yo soy Jesús al que tú persigues.”

Los responsables, los apóstoles, los jerarcas son únicamente sacramento, signo, que solo puede ser tal si cada uno de los que constituyen el grupo se eclipsa y es eclipsado por su misión. En Jesús, la misión es solo renuncia. Y si no son renuncia no son la Iglesia, ya no responden de Jesús, es decir que el encuentro con él supone un compromiso místico, es imposible sin diálogo con Jesús.

La Imitación de Jesucristo

Aunque la Imitación de Jesucristo es del siglo 15, nada ilustra mejor la necesidad de un compromiso místico para descubrir el verdadero rostro de la Iglesia. El siglo 15 es el siglo de Alejandro VI, el papa Borgia, que parece ser el que honora todos los horrores y al final del cual nace Lutero. En ese siglo fue pensada y difundida la Imitación de Jesucristo porque a los ojos de un místico, la Iglesia conserva la pobreza de Jesús.

En la Imitación es la ausencia total de posesión, tiene el mismo desapego que la Biblia. Es un autor discreto, en estado de dimisión, dado, podría ser de cualquier época, marca cierta necesidad de retiro para no ver los horrores del mundo entregado a la carne y la sangre. Es ante todo la confesión de un alma que se considera en el corazón mismo de la Iglesia. Si la Iglesia tiene el rostro de Jesús es que en efecto es imposible vivir el misterio de la Iglesia sin comprometerse en el diálogo místico y personal con Jesús.

En la Iglesia mística somos libres cuando somos liberados

Uno es papa, obispo o sacerdote solo para comunicar a Cristo y si no lo hace, es anti-Iglesia y anti-Cristo.

La infalibilidad no quiere decir otra cosa: “Ustedes no son nada, nada, nada, solo son el testigo sacramental ordenado de la única Palabra. Jesús es la Palabra; ustedes no son su fuente y no tienen otro medio para comprenderla que la inteligencia de su corazón. La más pequeña persona comprende que ustedes transmiten la palabra de Jesús. Todos los sistemas, todos los trabajos preparatorios del Concilio son mera paja. Ustedes tienen que eclipsarse para que brille la palabra divina que deben reconocer los que viven.

La verdad es la renuncia total. Uno es papa, obispo o sacerdote solo para comunicar a Cristo y si no lo hace, es anti-Iglesia y anti-Cristo. Solo somos para dar testimonio del eterno amor que es también la eterna pobreza.

Uno es infinitamente libre en la Iglesia mística, en la Iglesia sacramento, en todos los grados de la jerarquía, en todos sus miembros, en todos sus discípulos. Ella solo puede ser un sacramento único. Todo eso debe ser vivido en comunión mística con Jesús. Cuando salimos de la comunión mística, somos absolutamente incapaces de encontrar la Iglesia, vemos hombres que se agitan, que hablan, que viven a menudo en contradicción con lo que enseñan. No podemos descubrir el verdadero rostro de la Iglesia si no estamos en contacto personal con Cristo. Uno es libre en la Iglesia mística cuando es liberado. Es libre porque tiene la inteligencia de la pobreza. Libre es la fe que es luz de amor porque no se engaña con palabras, porque puede escuchar la Palabra de Jesús a través de la mente del jerarca. La firma, la interiorización y la liberación en la Iglesia, es siempre un diálogo con Jesús, es siempre el amor infaliblemente gratuito.

La historia de la Iglesia a menudo escandalosa

¿Por qué la Iglesia, los hombres de iglesia para ser precisos, los que llenan la historia de la Iglesia, por qué a menudo es escandalosa esa historia y se presenta como negación del Evangelio? Hay varias razones y para comenzar, la necesidad de mantener el antiguo sueño de romanidad que ha imantado nuestra historia. Es algo grande el hecho de que el imperio romano haya podido reunir todas esas naciones bajo una sola ley. Cuando hubo amenaza de ruptura, la emoción fue grande y era natural que bajo la amenaza de los bárbaros se haya tenido la tentación de salvar una civilización, y muy particularmente en Roma donde se derrumbaba el imperio. Entonces el jefe de la Iglesia fue el que afrontó a los bárbaros y fue el único que pudo negociar con ellos. Así, separándose del judaísmo, va a ser solidaria de la romanidad: romanidad en Bizancio donde se confunden la liturgia imperial y la liturgia divina, romanidad en Roma donde se confunden la liturgia papal y la liturgia divina.

Alejandro VI se hizo árbitro del mundo y atribuyó América del Sur a España. Todo eso es difícil de juzgar, sobre todo en Roma donde el cuidado de sacar al obispo de un poder civil ha sido un programa continuamente buscado si no realizado. Es difícil juzgarlo pero es fácil encontrar las consecuencias.

Toda la biología de la romanidad destituida, toda esa biología entró en la Iglesia y se confundió con intereses limitados haciendo finalmente de la cristiandad refugiada en sí misma un pueblo elegido o mejor, dos pueblos elegidos refugiados en sí mismos. Pero lo peor es haber heredado del dios faraón, no haber entendido la revolución, la innovación del Evangelio, no haber visto que la grandeza es la eterna pobreza.

Eso se ve en la disputa entre el papado y los emperadores, el derecho divino de los reyes, salidos de faraón, como el papa reivindica el derecho sobre las almas y, finalmente, eso comprende todos los derechos sobre toda criatura, como lo piensa Bonifacio VIII.

Sabemos que ese derecho divino iba hasta la gestapo romana que se llamaba la Inquisición y que hoy se llama el Santo Oficio. Todo lo que queda de esa concepción faraónica de la divinidad es absolutamente antievangélico y, por supuesto, toda la incomprensión de parte del basileus y del papa, esa incomprensión de la pobreza no nos obliga.

Solo estamos ligados con Jesús y, sea cual fuere el desvío de los hombres de Iglesia, nosotros estamos exentos de su imperio porque en la Iglesia estamos sometidos a Jesucristo, pero evidentemente, para el hombre ordinario es difícil hacer la distinción: es fácil equivocarse y confundir a los hombres con la Iglesia.

El Concilio Vaticano II

Por fortuna, el gran papa que ahora lloramos abrió las puertas de la inquisición y del Santo Oficio. Comprometió la Iglesia y sucintó numerosas simpatías a causa de su corazón que es don. Y si estamos hoy tan profundamente en duelo es justamente porque desempeñó el papel de manera única: es el primer papa que provocara una reunión general sin preguntarse lo que iba a suceder, sin protegerse, simplemente en el impulso universal de una generosidad crística.

Porque si el Concilio tuvo una gran importancia fue por la reunión del cuerpo episcopal, por la afirmación del cuerpo episcopal, por la libertad de palabra, por las oposiciones que se pudieron afrontar. Si este Concilio tuvo una gran importancia, lo debe sobre todo, para los observadores, al resplandor de Juan XXIII, lo debe a la sencillez, la renuncia, la humanidad paternal de Juan XXIII, al inmenso deseo de hacer caer los muros de separación. Es un homenaje muy pequeño por tan gran don.

Solo reformándose continuamente puede subsistir la Iglesia porque está continuamente amenazada por la biología humana y el despotismo, pero más aún por la biología colectiva que quiere ante todo hacer de Dios y de Cristo un monopolio.

La Iglesia rara vez digna de lo que transmite

Gracias a Dios, los hombres de Iglesia no son la Iglesia y la Imitación de Jesucristo muestra que en toda época ha habido hombres que jamás han cesado de descubrir a Cristo.

Si quieren, el misterio de la Iglesia es el misterio de la paternidad y la maternidad porque el hombre y la mujer transmiten la vida. Pero ¿son ellos dignos de la vida que transmiten? ¿Son dignos de ese don extremadamente raro? ¿Están a la altura del hijo? Muy a menudo se parecen a un matamoros. A pesar de ello, el hijo recibe la vida, como san Francisco la recibió, no de un padre cristiano sino de un hombre esclavo de los sentidos.

Francisco recibió la vida de ese padre, pero eso no le impidió hacer de la vida esa cosa maravillosa que conocemos...

La Iglesia es un sociedad para hacerse hombre. Todos somos responsables de ella, tanto jerarcas como seglares – como si hubiera seglares… como si todos los hombres no estuvieran llamados a revestirse del yo divino.

Nunca estamos sometidos a los defectos de los hombres y por supuesto que el clima de la Iglesia es sofocante, por supuesto me aburro en él la mayor parte del tiempo, pero eso no impide que en ella haya un corazón, que Cristo esté presente a través de un sacramento que es nuestra liberación, no impide que la Iglesia sea una sociedad para hacerse hombre. Todos somos responsables de ella, tanto los jerarcas como los seglares – como si hubiera seglares en la Iglesia… como si todos los hombres no estuvieran llamados a revestirse del yo divino.

Hacer presión

Es necesario que el pueblo tome la releva de la Iglesia y pida participar en su gobierno para ayudar a la jerarquía a tener una perspectiva más amplia pues ven las cosas inmediatas mejor que los jerarcas ven el interés de un monasterio. Pertenece a los seglares hacer presión y reivindicar una presentación del rostro de Cristo que responda de inmediato a lo que espera el hombre de hoy. En todo caso, la Iglesia toma su verdadero rostro por la renuncia, si no, se llega a separaciones. Eso se vio bien en el momento de la Reforma, hizo un terrible vacío que los siglos no han podido colmar hasta ahora.

Por otra parte, del lado protestante, con sinceridad admirable, bajo la presión única de una vida interior, vemos cómo la vida monástica se ha renovado, con los votos, con la confesión, con la liturgia cotidiana, con la oración a la Virgen, con la comunión. Después de siglos de separación hubo en el mundo una comprensión que la presencia de Juan XXIII catalizó magníficamente porque fue después de su llegada que el deseo de comprenderse ha sido progresivo y que en los encuentros se ha sentido la necesidad de unirse.

Vemos bien todo lo que ha faltado en la Iglesia, todo lo que falta a los padres para ser dignos de la vida humana. Pero eso no impide que la verdad sea un bien, que la vida sea un bien supremo, a condición de llegar a la evacuación que hace de toda vida un espacio ilimitado donde se comunica la Presencia divina.

La Iglesia nos está confiada

La Iglesia nos está confiada a todos y cada uno tanto como al papa, al Concilio, a los obispos y sacerdotes. La Iglesia está confiada a todos y cada uno como sociedad en que nos hacemos hombre y podemos vivir como hombres y, claro está, debemos hacerla tal entrando en el diálogo místico, entrando en las profundidades de la renuncia, retomando a cada instante conciencia de ese infinito. Ahí está todo. En el hombre hay un infinito posible, un deseo de despegarse de la biología colectiva para hacerse la respiración de una sociedad mística universal donde estamos juntos ante todo porque estamos solos, como estmos solo cuando escuchamos música porque se está solo para comenzar. Justamente, este encuentro va de dentro a adentro, quiero decir que la música es solo relación de la presencia que es la respiración de todos y de cada uno.

Que Dios pueda revelarse en nosotros y que la Iglesia reciba a través de nosotros sus verdadero rostro que es el rostro de Jesús.

Es pues esencial que seamos fieles a la vocación de humanidad, encargarse del Evangelio cada uno, enraizarse cada uno en la renuncia de Jesucristo, lo cual supone que vamos a entrar en ese diálogo para hacer un vacío creador en nosotros para que Dios pueda revelarse en nosotros y que la Iglesia reciba, a través de nosotros, su verdadero rostro que es el rostro de Jesús.

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