09-14/08/2017 août 2017

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Conferencia de M. Zúndel en el Cenáculo de París el 2 de febrero de 1975.

Resumen: Dios es espíritu, sólo puede querer un universo-espíritu. La ciencia es un dialogo de espíritu a a espíritu con el universo. El arte expresa el Infinito, el artista lo traduce. Dios deseó anular nuestra dependencia con respecto a Él. El problema de la castidad solo tiene sentido si nuestro cuerpo es habitado por Dios. El hombre comienza a ser hombre en el momento en que surge en él el pensamiento. Toda la tragedia de la historia es la tragedia de Dios que espera una relación nupcial en que el hombre es necesario. El espíritu es la dimensión esencial de nuestra humanidad y de nuestro universo.

Dios es espíritu, solo puede querer un Universo-espíritu

Visiones de la Creación

La revelación de la Trinidad, introduciéndonos en la comunión de amor que es la vida divina, revelándonos a Dios como espíritu, es decir El que no posee su ser sino que lo da y es así libertad infinita, la Revelación modifica nuestra mirada sobre la creación misma.

¡Si Dios es espíritu sólo puede querer un mundo-espíritu! ... Sólo puede querer un mundo a su imagen, un mundo libre, un mundo que concurra a su propia creación, un mundo que no sufra su ser y cuya vocación profunda sea, si se puede decir, como la de Dios, darse.

Pero es evidente que si Dios es espíritu el sentido que lo significa la vida trinitaria, si Dios es espíritu sólo puede querer un mundo-espíritu. Un mundo robot no significa nada para Él. Sólo puede querer un mundo a su imagen, un mundo libre, un mundo que concurra a su propia creación, un mundo que no sufra su ser y cuya vocación profunda sea como la de Dios, si se puede decir, la de darse.

Esto comporta consecuencias infinitas contra una visión de la creación que sería juego de la omnipotencia divina, perfectamente gratuito además, que no significa nada para Dios. Él está tan bien instalado en su felicidad, que el mundo exista o no, que el mundo se salve o se pierda.

La visión trinitaria por el contrario, nos lleva a un mundo que está en estado de reciprocidad nupcial con Dios. Esto no implica ningún paralogismo (1) además. En nuestra experiencia es fácil presentir si debe ser así pues una educación auténtica no puede darse sino en el respeto de la conciencia del educando, es decir del niño.

Un padre que conocí, que mandaba a sus hijos a comulgar cada día, que los obligaba además para mantener control de su conducta, abusaba de la manera más terrible del hecho de su dependencia material. Evidentemente no podían subsistir sino gracias a él y, ya que estaban en sus manos, para no ser sancionados, iban a comulgar todos los días, en cualquier estado además, engañando al padre que creía que podía controlar así su conducta, mientras los precipitaba en una indiferencia total que se manifestó desde que la autoridad del padre dejó de poder hacerse sentir sobre ellos.

Hay una inviolabilidad de la conciencia del niño que solo es accesible por el interior… La paternidad de Dios para con el universo… Él quiere un universo espíritu, un universo que participa en la intimidad de Dios, un universo cuya vocación suprema es el don de sí mismo.

Un padre humano, una madre humana, en el auténtico sentido de la palabra, saben muy bien que la conciencia del hijo es inviolable y que sólo es accesible por el interior, es decir arrodillándose para lavar los pies, es decir en el respeto infinito de su autonomía que hay que liberar, orientar, pero siempre en una dimisión total de sí mismo.

Y un padre o madre consciente de sus responsabilidades no abusará jamás de la dependencia material en que se encuentran los hijos para imponerles sus opiniones y obligarlos a aceptar ideas que no son suyas, que no han brotado de su conciencia en un descubrimiento personal.

Tal es la parábola de la paternidad de Dios para con el universo: no quiere un mundo de robots, de cosas que sufren su destino, sino un universo espíritu, un universo que participa en la intimidad de Dios, un universo cuya vocación suprema es el don de sí mismo.

El Universo es espíritu, depende, espera el espíritu... Esa especie de claridad interior hace del sabio auténtico o del artista un contemplativo

El espíritu en la obra de la ciencia

El universo es espíritu, depende del espíritu, espera el espíritu… ¿Qué es la obra humana por excelencia, la obra de la ciencia, sino puramente un diálogo de espíritu a espíritu con el universo?

El universo es espíritu, depende del espíritu, espera el espíritu como lo dice magníficamente San Pablo en la carta a los Romanos (Rm 8,18-27), y esta afirmación podemos verificarla en la obra humana por excelencia, la obra de la ciencia, pues ¿qué es la obra de la ciencia sino puramente un diálogo de espíritu a espíritu con el universo?

Si toman por ejemplo unos genios de la humanidad como Platón, Arquímedes, San Agustín, Pascal, Descartes, Einstein, es evidente que lo que persiste en estos seres y hace de ellos una presencia durable que no se borrará nunca de la historia – mientras exista – es el hecho de que en su diálogo con el universo ellos mismos se llenaron de luz. Es evidente que jamás se dirá la última palabra de nada.

La ciencia moriría si llegara a un resultado definitivo; pero lo prodigioso de la investigación científica es que la mente se forma en ella, el espíritu se purifica, entra en estado de admiración, toma contacto con la realidad tan misteriosa que es la verdad.

¿Cómo puede surgir la verdad en el fondo del universo observado en el orden sensible con instrumentos materiales? ¿Cómo puede el universo dar lugar a la verdad, cuya grandeza expresa Rostand en el himno a la verdad que concluye su libro Peut-on modifier l'homme? Hay en este hombre y en todos sus émulos una pasión de amor por la verdad; se siente perfectamente que el universo no es una cosa, que de cierto modo el universo es para ellos el signo, el sacramento del espíritu.

Einstein lo dijo además a su manera: “La emoción mística y la semilla de toda ciencia verdadera es el hombre. El hombre desprovisto de este sentimiento, que ya no tiene la facultad de admirar, de sentir respeto, es como si estuviera muerto”.

A través del fenómeno se manifiesta una mente infinita, una presencia adorable.

¿Porqué sentir respeto ante el universo? ¿Porqué acercarse a él con humildad total como lo hace Einstein mismo sino justamente porque, a través del fenómeno se manifiesta una mente infinita, una presencia adorable, y eso es lo que perdura.

El gozo de saber es el mismo en todas las disciplinas… es el gozo de entrar en contacto, de purificar y ampliar la mente, en fin, de hacerse luz al contacto con el mundo sensible.

Cuando Pierre Termier, como gran geólogo y poeta nos habla del gozo de saber, no lo especifica, no dice el gozo de conocer la tierra y sus orígenes y evolución, expresa el gozo de saber que es el mismo en todas las disciplinas, a suponer que la mente se aplique a ellas con la misma humildad y el mismo fervor; es el gozo de saber, es decir de entrar en contacto, de purificar y ampliar la mente, en fin, de hacerse luz en contacto con el mundo sensible.

Y lo que hace contemporáneos a todos los grandes genios, no son las fórmulas a que llegaron, aunque puedan ser siempre válidas, sino la luz que se levanta en ellos y que suscita el brillo de su presencia.

Ahora bien, si tenemos la suerte de entrar en contacto con un sabio auténtico, lo que nos impresiona no son tanto sus conocimientos técnicos – que le son además indispensables – sino justamente esa especie de claridad interior que hace de él un contemplativo en contacto con una presencia infinita. La existencia misma de la ciencia es pues un testimonio al hecho de que, en el fondo, el universo es espíritu.

El arte puede expresar el Infinito

El artista…, gracias a la disposición de su material, logra traducir el Infinito que presiente y al que dedica toda su vida.

Desde luego que también el arte, aun antes que la ciencia, encontró en un material sensible, en el color, en el trazo, en la figura, en la forma, en la disposición de los volúmenes, el arte encontró en la armonía de los sonidos cómo expresar el Infinito y sabemos con qué plenitud puede hacerlo.

Hay músicas que nos llegan hasta el fondo del ser, que nos ponen inmediatamente en estado de silencio y de admiración, que de cierta manera nos sanan instantáneamente de nosotros mismos orientando nuestra mirada hacia la ‘belleza tan antigua y tan nueva’ que encantaba el corazón de San Agustín.

El artista pues, en contacto con el universo, no se estanca en sus límites; al contrario, gracias a la disposición misma de su material, logra traducir el Infinito que presiente y al que dedica toda su vida.

Uno no puede estar delante de Nuestra Señora de París sin sentir inmediatamente el equilibrio prodigioso de la vertical y de la horizontal; la catedral está plantada en el suelo pero brota hacia el cielo. Basta con el equilibrio de la vertical y la horizontal para sugerir por una parte el enraizamiento terrestre y por otra la elevación hacia el cielo.

Finalmente, toda línea arquitectónica, toda línea pictórica o escultural es portadora de vida, como decía un poeta, porta la verdadera vida, que reconocemos dentro de nosotros como brote de Vida eterna.

Cuando Keats escribe el verso: “Entonces se deslizó sin ruido entre las hojas un débil ruido nacido del suspiro mismo que el silencio exhala”.

Sentimos inmediatamente cómo el murmullo de las hojas fue para él revelación de una presencia, de una música callada, como dice San Juan de la Cruz, lo cual es otro nombre de Dios.

Frente al universo, el hombre se despierta a la admiración, al conocimiento que es una especie de nuevo nacimiento del universo en él y de él en el universo.

No cabe duda de que frente al universo el hombre, si no es voluntariamente un animal, se despierta a la admiración, al conocimiento que es una especie de nuevo nacimiento del universo en él y de él en el universo.

San Pablo irá más lejos mostrando que el universo dislocado por el pecado está esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios (Rm. 8:22), gime precisamente con la esperanza de una resurrección que realizará en la gloria de Dios a través de una humanidad reconciliada con Dios.

Cómo podemos pensar que todo entero el hombre es espíritu

La estructura subsistente del cuerpo

Hay otra etapa si se puede decir, en la contemplación de un universo-espíritu, es la de nuestro propio cuerpo, del que quisiera decir, justamente, que es espíritu. Esto tiene una importancia considerable.

Ustedes saben quizá que Tresmontant, que es un pensador respetable, informado de todos los logros de la ciencia más actual (en 1975) y un cristiano ferviente, escribió una vida de Jesús tan cerca como posible de las fuentes, si podemos decir, según sus conocimientos de las lenguas semíticas, este cristiano que da testimonio de su amor por Cristo y cuyo libro “Cómo se plantea hoy el problema de la existencia de Dios” es también un inmenso esfuerzo por hacer irradiar su creencia en Dios, y en otro libro intitulado “El problema del alma”, Claude Tresmontant rechaza absolutamente la distinción entre el alma y el cuerpo.

Afirma que el ser humano es una estructura subsistente como todo ser vivo, y esa arquitectura es creadora, dotada de poder de auto-renovación ya que los materiales que la sustancia viva toma al medio ambiente, al universo, son inmediatamente captados por la estructura para concurrir a su expresión y enraizamiento en el mundo sensible.

Podemos perder 500 000 millones de células al día, que se renuevan cada día sin que nuestra identidad sea amenazada por ello, y ésa es justamente la característica de todo ser vivo: su estructura permanece idéntica hasta la muerte, sea cual fuere el remolino de los materiales en que está sumergido y en los que saca con qué renovarse indefinidamente. Luego, ese material renovado sin cesar no lo pone en duda, su identidad permanece.

Una estructura que tiene algo de próximo a lo inmaterial

Claude Tresmontant niega absolutamente la distinción entre el alma y el cuerpo… Siendo estructura subsistente, el ser humano puede indiferentemente ser concebido como cuerpo vivo o como alma viviente.

Por eso, con otros sabios, Claude Tresmontant tiene la tentación de ver en la estructura algo próximo a lo inmaterial, justamente porque subsiste sea cual fuere la novedad incesante de los materiales que toma. Afirma entonces que siendo estructura subsistente, el ser humano puede indiferentemente ser concebido como cuerpo vivo o como alma viviente, lo que para él es absolutamente lo mismo pues sin estructura no hay cuerpo. El cadáver no es el cuerpo, el cadáver es un agregado de partes que se separan en la descomposición, el cuerpo justamente no existe sino como estructura viviente que se auto-renueva y que coordina todos los materiales que toma para su propia subsistencia. Para él no existe entonces el problema del alma y del cuerpo, es una sola y misma cosa justamente con posibilidad de emergencia en cierto modo, pues la estructura misma del ser vivo, precisamente por dominar la materia que toma, la estructura es ya en cierto modo inmaterial y se hace tal cada vez más a medida que nos elevamos en la escala de los seres vivientes.

La contingencia del universo es evidente

Pueden leer todo eso en los dos libros de Claude Tresmontant. Verán que no se trata en lo más mínimo de materialismo; al contrario, es alguien que cree firmemente en la espiritualidad del hombre y que quiere afirmar la existencia de Dios como pivote mismo del conocimiento. Para él, la contingencia del universo es evidente y designa constantemente a su autor que es el Dios vivo, la concepción a que se refiere y que él retoma de Aristóteles, no quiere inducir un materialismo sino reponer el problema en su realidad.

El hombre todo entero es espíritu... ¡No tenemos cuerpo, somos cuerpo! Somos igualmente alma en la misma medida… La vida interior no está en ninguna parte, está tanto en la punta de los dedos como en la raíz de los cabellos.

Confieso que la visión de Claude Tresmontant no me molesta personalmente, al contrario, porque creo que el hombre todo entero es espíritu, porque “espíritu” significa justamente posibilidad de distancia que se toma respecto de sí mismo, posibilidad de escoger, posibilidad de liberarse de lo dado para hacer un don y esa posibilidad concierne nuestra totalidad: no tenemos cuerpo, somos cuerpo, somos igualmente alma en la misma medida – y ésa es la característica constitutiva de nuestra humanidad, y probablemente de toda criatura inteligente, pues aquí tenemos el riesgo de caer víctimas de una imagen: en efecto, hablamos de vida interior y somos quizás inducidos por esa imagen, inducidos a pensar que nuestra vida interior está escondida en el fondo de nosotros como están ocultas las vísceras respecto de la epidermis: no vemos las vísceras, no vemos el estómago, ni el corazón, aunque sea posible alcanzarlo quirúrgicamente, pero la vida interior no está en ninguna parte, está tanto en la punta de los dedos como en la raíz de los cabellos.

Dimensión mística del cuerpo

La dignidad del hombre lo cubre por entero. Se refiere a todo lo que él es justamente porque todo lo que él es, está llamado a no sufrir nada, a no soportarse y a crearse en el orden del amor desapropiándose radicalmente de sí mismo.

Noten que en el capítulo 6 de la primera a los corintios hay una analogía, cuando San Pablo quiere alejar a los fieles de Corinto de la fornicación que abunda en la ciudad del placer que es entonces Corinto. El no les dice: “Está prohibido”, ni “Eso va contra el decálogo, o contra los mandamientos de Dios”; les dice: “¿No saben que sus cuerpos son miembros de Jesucristo y Templo del Espíritu Santo?” (1 Cor. 6:19). (2)

Entonces les revela una dimensión mística del cuerpo, una dimensión nueva, una dimensión infinita que los transfigura, que hace que no pueden considerarse como cosas, como objetos sobre los cuales uno se embelesa, ya no pueden verse sino a través de la mirada divina que los ha revestido de una nobleza infinita.

Revestirse de Jesucristo

La verdadera dimensión del cuerpo

Como dirá San Pablo a los Gálatas: “Vosotros que habéis sido bautizados, habéis revestido a Cristo” (Ga. 3:29). El revestirse de Jesucristo le da al cuerpo que somos nosotros su verdadera dimensión, le da a toda la estructura subsistente del cuerpo, instalado en el suelo y en el espacio, le da su verdadera dimensión.

Esto es absolutamente capital porque el problema de la castidad, el problema del respeto del cuerpo, sólo tiene sentido si el cuerpo es habitado por Dios, si el cuerpo es transfigurado por esa Presencia infinita, si es el signo y sacramento de la vida eterna. Entonces, si no admitimos esta elevación, la castidad parece ser simplemente represión, miedo ante una realidad de la que no se sabe qué hacer, que no se puede afrontar en un conocimiento tranquilo y luminoso.

La castidad sólo podrá desarrollarse, sólo tendrá sentido creador y liberador justamente cuando se considere al ser humano, cuerpo y alma, en todas sus dimensiones. El cuerpo es espíritu, nuestra dignidad está también en la punta de los dedos y en la raíz de los cabellos, la vida interior no está oculta en las vísceras, nos envuelve, es la respiración misma del corazón y de la mente.

El ser humano todo entero llamado a una elevación infinita

Esta “magnificación”, esta elevación extraordinaria del ser humano que surge bajo la mirada de Dios, introduce una disciplina moral que es mucho más que disciplina moral, que es mística, que es la mirada de la contemplación que percibe a través de lo sensible el Rostro del Señor.

Yo pienso que tantas crisis que han diezmado el clero o la vida religiosa o monástica, tantas crisis han surgido precisamente porque no se ha visto, no se ha reconocido, no se ha aprendido que el cuerpo es espíritu, que el ser humano todo entero está llamado a la elevación infinita y que debemos llevar a Dios, como dice San Pablo, llevarlo en el cuerpo.

Dios es el único camino no solo hacia nuestro pensamiento sino hacia el cuerpo que somos.

Es una visión completamente diferente de la que consistiría justamente en huir de una realidad cuyo significado no se llega a comprender, ¡es completamente diferente! Por estar ante la misma presencia que el sabio o el artista encuentra en el universo, por eso no podemos llegar hasta nosotros sino a través de ella; Dios es el único camino no sólo hacia nuestro pensamiento sino el único camino hacia el cuerpo que somos. Hay una especie de transparencia del ser que comunica la presencia de Dios, pues su voluntad creadora es justamente la de suscitar un mundo-espíritu.

El dato de un mundo espíritu en el secreto de la transustanciación

En el misterio de la liturgia divina…, el sentimiento de un proceso fulgurante en que la materia inanimada es transustanciada…, como revelación de las intenciones de Dios sobre el universo…, llevando a toda criatura a la circulación de la vida que es la eterna pobreza.

Encontramos desde luego ese dato de un mundo espíritu en el organismo sacramental. Si Jesús asumió los elementos materiales como signo de Su Presencia, como signo de Su vida y como medio de comunicárnosla, es que existe parentesco entre el universo y el espíritu, y ese parentesco, si se puede decir, brilla en la materia del modo más fulgurante en el secreto de la transustanciación.

Es para mí uno de los datos más esenciales en el misterio de la liturgia divina, que sigue siendo para mí cada mañana algo nuevo e inagotable, el sentimiento de un proceso fulgurante en que de repente la materia inanimada es transustanciada, en que su estructura es convertida radicalmente en la Carne y Sangre del Señor, es como una revelación de las intenciones de Dios sobre el universo, justamente de hacer de él la imagen del Amor que es Su Vida, más aún, de asociarlo a la vida de Amor, llevando a toda criatura por la vía del espíritu, llevando a toda criatura a la circulación de la Vida Divina que es eterna Pobreza.

Una relación nupcial en que el sí del hombre es necesario a la creación

Riesgo de Dios en anular nuestra dependencia

Dios quiere que las existencias que suscita sean libres ante Él y entren con Él en una relación nupcial en que el sí de la criatura es indispensable al sí del Creador.

Dios quiere comunicarse conforme a lo que Él es, como espíritu y como libertad, llamándonos a ser espíritu y libertad. Y claro está, eso comporta un riesgo infinito para Él puesto que si nosotros somos inviolables para Él – y lo somos en primer lugar – si nos entrega a nosotros mismos como espíritu, no es para retirarnos el don que nos ha hecho, como el padre y la madre solícitos que no quieren que sus hijos sufran la presión de la dependencia material respecto de ellos.

Dios anuló la dependencia – que es cierta pues sólo existimos gracias a Él – la anuló precisamente porque lo que quiere es que las existencias que Él suscita sean libres ante Él y entren con Él en una relación nupcial en que el sí de la criatura es indispensable al sí del Creador.

Eso puede entonces fracasar, y fracasó efectivamente. Ese es el sentido del pecado original, es la primera derrota de Dios y el comienzo de la historia.

La aparición del pensamiento

La historia debía comenzar por una unión nupcial. La aparición del pensamiento era justamente para el universo el momento crucial que permitía pasar de una vida soportada a una vida dada.

Se comprende que la aparición del pensamiento constituyera la del hombre, porque el hombre comienza realmente, aunque haya habido homínidos durante millones de años, el hombre comienza en el momento en que surge el pensamiento que lo implica completamente y que exige de parte suya una decisión que lo compromete y compromete con él todo el universo.

Conforme al relato sagrado, esa prueba es un fracaso para Dios. La creación permanece en ese estado estático, no accede a la libertad, está, como dice San Pablo, sometida a la vanidad y gime esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios (Rom. 8,21-22). Y, desde luego, el punto culminante del fracaso será la muerte de Dios en Jesús, en la Crucifixión.

La vocación del universo

“Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo”, dice Pascal. Podemos añadir sin traicionarlo que ¡Jesús está en agonía desde el comienzo del mundo! Toda la tragedia de la historia es la tragedia de Dios, que es inmolado, rechazado, negado, crucificado por el hombre que lo rechaza.

Nada puede confirmar más profundamente la vocación del universo, que es de ser espíritu y no soportar sino realizarse mediante el don de sí mismo. Para nosotros esto tiene un significado de candente actualidad a cada instante de nuestra vida, porque estamos cogidos en una creación que comienza a cada latido del corazón, en que nuestro sí es indispensable al sí de Dios, no solamente para nosotros sino para toda la humanidad, todo el universo, toda la historia, todo el porvenir.

Un porvenir que se abre

La inmensa aventura es justamente que delante de Dios somos libres e inviolables. Más bien que violar nuestra libertad – lo cual sería imposible, ya que eso sería negación de Sí mismo – Dios va a morir para que nuestro amor pueda renacer y reconocer Su Verdadero Rostro.

El espíritu es la dimensión esencial de nuestra humanidad y de nuestro universo.

¡El espíritu no es pues un humito blanco en una masa de grasa! El espíritu es la dimensión esencial de nuestra humanidad y del universo, y una vida auténticamente humana sólo puede equilibrarse en el descubrimiento constante de esa dimensión infinita.

Eso viene justamente de que no podemos ponernos ante nosotros mismos, tomar distancia respecto de nosotros mismos, pesarnos, comprobar la imposibilidad en que estamos de fundar nuestra grandeza y dignidad sino despegando de nosotros mismos hacia la presencia más íntima en nosotros que lo más íntimo de nosotros mismos.

Hay un gozo inmenso en la contemplación del mundo-espíritu, del hombre-espíritu, tan lejos como esté de su realización, hay un porvenir que se abre, una posibilidad que no quiere morir y por la cual Jesús dio justamente su vida, para que estando revestidos de Él podamos nosotros llevar día por día una vida propiamente divina.


Notas

(1) Raciocinio falso en su forma.

(2) En la concepción griega, el cuerpo es concebido de manera diferente y pesimista, como nocivo a la unidad de la persona. Siendo esta puramente espiritual, el cuerpo la degrada. Los padres griegos de la Iglesia permanecen muy influenciados por la metafísica de Platón y Aristóteles su discípulo.

Date de publication sur le site : 03-05-2008 et 09/08/2017

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