04/08/2017 août 2017

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Homilía de Maurice Zúndel en Suiza el 26 de enero de 1975. Introducción al último retiro de Zúndel en Ginebra, antes del derrame cerebral y de su muerte. Ya publicada en "Ton Visage ma Lumière" y en nuestro sitio, el 18 de mayo de 2008.

Resumen: La liturgia eucarística es una oración-acción, en que se realiza la transustanciación. El Universo es tocado por el Espíritu, llamado a espiritualizarse, a interiorizarse y liberarse. La comunión a que estoy llamado es la comunión de todos los hombres.

Introducción: Se apreciará esta nueva manera de vivir la Eucaristía. Esta homilía, casi la última de M. Zúndel, es pues un testamento. ¡Ciertamente hay que leerla una y otra vez y escucharla para penetrar en su profundidad y novedad. Aquí, como en muchos otros lugares de la mística zundeliana, es necesaria hoy esa novedad para la inteligencia mística de la fe cristiana a la cual aspiran nuestros contemporáneos sin tener aún conciencia clara. Que la Misa nos parezca siempre nueva ¡porque es oración-acción! (1)

La liturgia eucarística, una oración-acción

¡Queridos hermanas y hermanas!

¿Cuál puede ser la novedad de la Misa para el que la celebra todos los días desde hace más de 50 años? Y sin embargo es así – quizás es una gracia –: la Misa me parece nueva cada mañana, como si la celebrara por primera vez.

La liturgia eucarística es une oración-acción, una oración que es un acontecimiento, una oración que nos conduce hasta el Calvario…, que alcanza su cumbre en el acontecimiento de la Presencia de Jesús Crucificado y Resucitado… Que desemboca finalmente en el misterio incomparable en el cual se tocan y se compenetran finalmente el cielo y la tierra.

Nueva en primer lugar por ser oración-acción. Es la calidad única de la liturgia eucarísti­ca, el ser oración-acción, oración que es acontecimiento y advenimiento, oración que nos conduce hasta el Calvario, oración que se realiza actualizando el sacrificio de la Cruz para la salvación del mundo entero, y ésa es la cumbre de la acción consumada en la comunión.

Pero eso es justamente lo formidable, que la oración culmina, alcanza su cumbre en el acontecimiento de la Presencia de Jesús Crucificado y Resucitado. Hay pues una progresión dramática en la realización de la liturgia por el hecho de que no permanece jamás en un sitio y desemboca finalmente en el misterio incomparable en el cual se tocan y se compenetran el cielo y la tierra.

La transustanciación

En la liturgia eucarística se realiza la transustanciación, es decir el cambio esencial de la estructura del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor… Y eso parece indicar justamente una vocación del Universo… El Universo es tocado por el Espíritu y está llamado a espiritualizarse, interiorizarse y liberarse.

Hay otra cosa – hay tantas además que no las podemos decir todas – y es que en la liturgia se realiza la transustanciación, es decir el cambio esencial de la estructura del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Hay aquí una especie de atajo inconmensurable en que lo más alto alcanza lo más bajo, en que la materia es abrazada en cierto modo por el Amor de Dios, transfigurada, transustanciada, para no guardar sino las apariencias que vehiculan la presencia real de Nuestro Señor.

Y eso parece indicar justamente una vocación del Universo. El Universo no está encerrado en un determinismo material, en una fatalidad material si prefieren. El Universo está abierto, el Universo tiene vocación, el Universo es tocado por el Espíritu, está llamado a espiritualizarse, a interiorizarse, a liberarse, es decir que Dios quiere comunicarse al Universo, hasta al menor átomo de materia en la medida en que éste es capaz de recibir esa comunión, y de hecho, hay ahí un atajo sensacional.

Percibimos mejor el abrazo de la materia por el espíritu… todo finalmente gravita en Dios, tiene su centro en Él y es en cierto modo apto para manifestarlo y comunicarlo.

Percibimos mejor el encuentro de la materia y el espíritu, el abrazo de la materia por el espíritu, la vocación de la materia, el llamado hacia el espíritu en toda la iluminación sobre el sentido mismo de la Creación, sobre su comienzo y su fin último: todo finalmente gravita en Dios, tiene su centro en Él y es en cierto modo apto para manifestarlo y comunicarlo.

Escapar a las leyes del espacio y el tiempo

El Cuerpo del Señor, el Cuerpo del Resucitado… llama aquí mi cuerpo, nuestro cuerpo, a resucitar… El misterio de nuestro cuerpo es que también él debe escapar a las leyes del espacio y el tiempo, y que su esencia o su sustancia es en cierto modo inmaterial.

Hay otra cosa. Decimos en el momento de la Consagración: “Esto es mi Cuerpo”. Claro que se trata del Cuerpo del Señor, y el sacerdote es un puro sacramento a través del cual se expresa personalmente Jesús. Pero yo digo: “Esto es mi Cuerpo”, y pensando que el Cuerpo del Señor puede estar en efecto presente – y lo está efectivamente – es decir toda la Humanidad de Cristo bajo el aspecto tan limitado, bajo ese pedazo de pan, liberado en cierto modo de los límites del espacio y del tiempo, el Cuerpo del Señor se revela así como el Cuerpo del Resucitado, pero llama aquí mi cuerpo, nuestro cuerpo, a resucitar.

Finalmente el misterio de nuestro cuerpo está en que debe escapar, él también, a las leyes del espacio y del tiempo, y que su esencia o su sustancia es en cierto modo inmaterial, como está la Humanidad de Nuestro Señor total y enteramente presente bajo el mínimo fragmento de la hostia.

Cuando entreveo ya la transfiguración posible de mi cuerpo, aprendo a conocer más profundamente su dignidad y sé que estoy llamado precisamente a unificarlo en el Centro Único, en el punto único en que se hace luz en Dios, una dignidad tal que el cuerpo también está llamado a devenir una hostia en que resplandece y se comunica la Presencia de Dios.

Le vínculo de la unidad de todos los hombres

Los hombres están todos juntos porque son un solo pan y son también un solo Cuerpo en Cristo Jesús.

Hay además un aspecto inmediatamente unido al que acabo de evocar, porque el Cuerpo del Señor que voy a recibir, que me va a transformar en Él, es también el vehículo, el fermento, el lazo de la unidad de todos los hombres. Los hombres están todos juntos porque como dice San Pablo, forman un solo pan, y son también un solo Cuerpo en Cristo Jesús.

Entonces veo de repente, veo toda la humanidad que está presente, reunida alrededor del altar, toda la humanidad de siempre, desde el comienzo del mundo hasta el final, y desde luego también todos los hombres que son nuestros contemporáneos, que no sospechan nada y que son sin embargo alcanzados por el Amor del Señor que los abraza a todos ya que pesó a cada uno al precio de Su propia Vida.

La comunión a la cual estoy llamado es la comunión de todos los hombres. La bendición con que termina la liturgia eucarística cubrirá el mundo entero con el signo de la Cruz, con todas sus promesas de resurrección.

Entonces el paso se desarrolla al infinito. El acontecimiento de la Misa implica el mundo entero, todos los hombres participan en él y la comunión a la cual estoy llamado es la comunión de todos los hombres. A través de mí reciben ellos más que yo, en la mayoría de los casos reciben al Señor, mi comunión es su comunión, que estén vivos o muertos. Mi comunión es su comunión, y la bendición con que acaba la liturgia eucarística cubrirá el mundo entero con el signo de la Cruz y de la presencia de la Cruz, con todas sus promesas de resurrección.

Mil convergencias siempre nuevas

¡Oh verdadero sol, difúndete, introdúcete en nosotros! ¡Tú que brillas con resplandor eterno, difunde en nuestros corazones la aurora de tu Espíritu!

Hay pues mil convergencias en esta oración-acción que tiene su cumbre en la transustan­ciación, mil convergencias que renuevan continuamente su profundidad, su belleza y su poder de irradiación.

Por eso es siempre, siempre nuevo, siempre universal, siempre actual, está siempre transfigurando mi vida y las de los demás, las de los demás mucho más que la mía la mayor parte del tiempo, pero justamente sin excluir a nadie, llamándonos a todos a vivir, a liberarnos, a renovar el Rostro del Amor y a resucitar.

Por eso, al elevar la hostia, espontáneamente pienso en la oración de Laudes: “¡Oh verdadero sol, difúndete, introdúcete en nosotros! ¡Brilla con resplandor eterno! ¡Difunde en nuestros corazones la aurora del Espíritu!” Sí, ¡ése es el verdadero sol, esa hostia, ese cáliz que se eleva y que engloba todo el espacio para consagrarlo!

Ahí estamos pues en el corazón, en el dintel también, de un mundo inagotablemente nuevo. En este espíritu vamos a tratar de vivir en el silencio, en el silencio que es el fondo del cuadro si lo puedo decir, de la liturgia, el silencio creador, el silencio redentor, el silencio del Amor, el silencio del Espíritu Santo, el silencio en que Dios se anuncia en lo más íntimo de nuestro corazón.

Que sea como la primera vez, aunque fuera la última, que sea como la primera vez, en el gozo de nuestra juventud, como lo decía la antigua antífona que precedía el “Judica me”, que sea el gozo de nuestra juventud ya que Dios es el que nos inmortaliza, ya que Dios es la respiración de nuestra vida, ya que Dios solo puede hacer de nosotros una presencia universal que abraza toda la humanidad y todo el universo, para hacer una hostia a la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


(1) P. Paul Debains, 2008.

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