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26/07/2017 juillet 2017

8ª conferencia de un retiro predicado por Mauricio Zúndel en Bourdigny, Suiza, en agosto de 1937. Publicada en nuestro sitio en 2008 08 27-29. Se añadieron los títulos.

Resumen: Nuestro Señor estuvo continuamente al bordo de un secreto que el mundo no podía recibir: la revelación suprema de Dios al mundo. Todo no será revelado el día de Pentecostés, pero los apóstoles serán abiertos al Espíritu, a la proposición de las bodas de Dios con la humanidad. Cristo aparece en el mundo bajo forma de Iglesia, más vivo que nunca, el Príncipe de la Vida fue crucificado a fin de que su Vida surgiera en nosotros. Estemos seguros de permanecer en el amor si la alegría de los demás no cesa de brotar de nuestra vida. Si se nos da la gracia de entrar en el misterio de la Iglesia como en el misterio de la resurrección, entonces tendremos en nuestra vida todo el secreto de Dios.

Nuestro Señor estuvo continuamente al bordo de un secreto

Una expresión incómoda

Hay en el Evangelio cierta hesitación que es la explicación más profunda de las contradicciones aparentes que vimos esta mañana. Y la hesitación que encontramos en los textos y que origina las aparentes contradicciones viene de que nosotros estamos al bordo de un secreto.

Cuando uno tiene que guardar algo que no puede decir, tiene que dar explicaciones en ciertas circunstancias y entonces siente que el lenguaje es embarazado y siente haber traicionado la mitad del secreto, aun tratando de guardar lo esencial.

Nuestro Señor estuvo continuamente al bordo de un secreto, del secreto que era la suprema revelación de Dios al mundo, pero que el mundo aún no podía recibir.

Ahora bien, Nuestro Señor estuvo constantemente al bordo de un secreto, del secreto que era la suprema revelación de Dios al mundo, pero secreto que el mundo aún no podía recibir. Por eso encontramos con tanta frecuencia en el Evangelio una expresión embarazada que viene de que Cristo, no pudiendo decir en seguida todo su secreto, y no pudiendo traicionar su misión, estando obligado a preparar las almas a esa revelación, alude a ella sirviéndose del lenguaje habitual y tratando de abrirlo para que las almas adivinen y estén mejor preparadas para recibir el secreto de Dios.

¿Era posible una duda junto con la ciencia experimental de Jesús?

¿Se comunicó esta hesitación al alma de Cristo? ¿Lo dejó Dios presentirlo y descubrirlo con su ciencia experimental a lo largo de su misión? Mientras en el plano de su ciencia beatífica, divina, intemporal, tenía una certeza absoluta y transparente, ¿no hay una duda por el lado de su ciencia experimental? Visto que hablaba una lengua humana, ¿no es una hesitación de su ciencia experimental lo que se expresa en su lenguaje? Estas preguntas no podemos resolverlas.

Pero me parece que afirmando que en Cristo hay una búsqueda misteriosa que embaraza constantemente su lenguaje, porque está constantemente al bordo de un secreto, tenemos la explicación más conmovedora de las contradicciones aparentes del Evangelio. ¿Cómo decir que el Evangelio se dirige a todas las naciones pues el Corazón de Dios no tiene fronteras? ¿Cómo decir que el Reino de Dios se realizará en el interior de nosotros y que no hay que contar con milagros exteriores? ¿Cómo decir “¡Sí, ha llegado el Reino de Dios!”, sin poder precisar más sino que esta generación será la de la Cruz y que la inteligencia del reino estará centrada en la Cruz, más allá de la Cruz? ¿Cómo decir que el juicio no es el juicio del hombre por Dios, sino el juicio de Dios por el hombre? ¿Cómo hablar de la debilidad de Dios sin suscitar el horror de su auditorio?

El auditorio de Cristo demasiado débil para soportar la verdad

Se siente que en toda esa incapacidad de Cristo de hablar hay por una parte la voluntad de no traicionar su misión, su fidelidad al Mensaje, y por otra parte el conocimiento de su auditorio que sabe demasiado débil para soportar la verdad. Es quizás uno de los testimonios más magníficos de la fidelidad de los evangelistas el haber conservado huellas de esas incertidumbres.

Miren, cuando Jesús quiere comenzar, después de meses de iniciación, cuando quiere introducir sus discípulos en el secreto de la Cruz, cuando Pedro acaba de declarar: “Tú eres el Mesías”, cuando acaba de elevarse a esta cima de la vida interior, cuando Jesús comienza a hacerle entrever que el mesianismo desembocará en la Cruz, Pedro dice: “¡Es imposible!” Y Jesús está obligado a gritarle: “¡Retírate, Satanás!”

Con cuánta mayor hesitación deberá Cristo hablar a su auditorio si inclusive con sus discípulos no podía decir todo el secreto de Dios. Había tratado de prepararlos, les había mostrado que el Reino de Dios no era de este mundo, les había mostrado que debían estar listos a sufrir, a no utilizar su poder, les había mostrado que era necesario sufrir para que se realizara el Reino de Dios, que había que renunciar al reinado terrestre. Ellos habían escuchado esas historias, las habían grabado, y no habían comprendido. Les había recitado las parábolas, se las había cantado a la orilla del lago para orientarlos, para hacerles entrar en la cabeza que el Reino exigía su colaboración. Se habían dejado encantar por esas parábolas, no habían comprendido la moral del Reino de Dios, pero el dogma, la doctrina fundamental, el secreto de Amor de Dios, no se los había podido confiar.

¿Y cómo vendrá?

Y el día que tratará en la sinagoga de Cafarnaúm, en una alusión indirecta todavía, el día que los invitará a alimentarse de su carne, el único resultado será que sus discípulos rehúsen seguirlo. Sólo el grupo de los Apóstoles seguirá estrechamente unido a su Corazón.

Pero Él rehúsa instruir inclusive sus Apóstoles y no tendrá nada que añadir cuando les dé la herencia de su cuerpo y su sangre. Les dice solamente que no volverá a beber del fruto de la vid sino cuando estén reunidos en el Reino de su Padre: “No nos separaremos para siempre, el Reino de Dios va a venir, esperadlo”. ¿Pero cómo vendrá? Es la última pregunta de los Apóstoles.

Pentecostés va a desposeer a los apóstoles de sí mismos… El misterio de la Iglesia

En pentecostés, los apóstoles se abrirán al Espíritu

Jesús estuvo continuamente al bordo de su secreto… El día de Pentecostés se reveló el gran secreto, los apóstoles van a entender que no todo les será revelado, pero van a desaparecer todos los obstáculos de su corazón, se abrirán al Espíritu… van a comprender que su reino debe consistir en darse a Dios y que no se trata sino de amarlo más.

Ven cómo Jesús estuvo continuamente al bordo de su secreto, y cómo le fue imposible revelarlo antes de que se levantara la Cruz, antes de dejar a sus Apóstoles a fin de que recibieran el Espíritu Santo. Y el día de Pentecostés se revela el gran secreto, ellos comprenden entonces que no se les revelará todo, pero van a desaparecer todos los obstáculos de su corazón, ellos se abrirán al Espíritu. Pentecostés los va a desposeer de sí mismos, ellos van a renunciar a toda su parte y a comprender que su reino debe consistir en darse a Dios y que sólo se trata de amarlo más.

No lo saben todo, no tienen teología sabia, su lenguaje es torpe, y, cuando Pedro deba anunciar a Jesús, hablará del “hombre que dio testimonio”. Pronto recibirá fuetazos con varas, y se alegrará de haber merecido sufrir por el nombre de Jesús. Sanará al paralítico en el nombre de Jesús: “¡Levántate y marcha!” (Hechos 3,5). Y él es quien encontrará esta expresión magnífica: “Matasteis al Príncipe de la Vida” (Hechos 3,1). Las palabras aún son torpes, pero el corazón está abierto y el Espíritu podrá transformarlos, ellos podrán ser instruidos por el Espíritu y estarán listos para entrar en el secreto de Dios.

El lento establecimiento de la doctrina

Todavía tienen mucho que aprender. Acostumbraban considerar el Reino de Dios como reservado a Israel y a sí mismos como privilegiados, y ahora, ¡los paganos también están llamados a ser ciudadanos del Reino! Se necesitarán años para que todo eso se convierta verdaderamente en doctrina, y que la igualdad de los gentiles sea reconocida en la comunidad cristiana.

Y está luego el misterio de la Parusía, espera frustrada, el Señor que no regresa, y los murmullos en las comunidades a las que Pedro dirige su segunda carta. ¡No! ¡Ese falso Dios no va a regresar! Hay que acabar con esta trampa. Para Dios, mil años son como un día, pero atención, dice San Pablo, esperen al Señor pero no renuncien a su trabajo, su venida no es para mañana, esperen. Y esperan hasta la muerte y acabarán por comprender. Y el último de ellos, San Juan, habrá comprendido mejor que los demás, pues los acontecimientos habrán permitido discernir los planos diferentes de la profecía y ver que el regreso del Señor ya se realizó, se realiza todos los días en los corazones que se abren y se dan, y entonces en adelante la Iglesia vivirá llena del gran secreto que es el secreto de la debilidad de Dios.

La proposición de las bodas de Dios con la humanidad

“Os desposé con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura”. Se trata de una promesa de Amor, se trata de un matrimonio de elección, y si el desposorio comenzó al origen del mundo, la doctrina del pecado original es el rechazo de la proposición de desposorio de Dios con la humanidad, que fue la primera condenación de Dios por el hombre, el primer juicio de Dios por los hombres.

Con demasiada frecuencia se ha visto el relato del pecado original como una trampa que Dios le puso al hombre. Era todo lo contrario: Dios que se sometía al juicio del hombre, afirmación de que no fue Dios el que inventó el dolor, el mal y la muerte.

Dios solo puede amar y proponerse en bodas con toda la humanidad. La humanidad rehúsa, Dios se deja condenar, pero no renuncia a su proposición sino que la renueva por medio de Su Verbo, por Cristo, en la sangre del Cordero… Ahora la humanidad está en posesión del secreto de Dios. Es el gran secreto de toda la vida, todo el misterio de la Iglesia.

Dios es la Vida, Dios es Amor, Dios es Santo. Sólo puede amar y proponerse en bodas con toda la humanidad. La humanidad rehúsa, Dios se deja condenar, pero no renuncia a su proposición sino que la renueva por medio de su Verbo, por Cristo, en la sangre del Cordero: “Os desposé con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura”. Ahora la humanidad está en posesión del secreto de Dios. Es el gran secreto de toda la vida, todo el misterio de la Iglesia.

Cristo apareció en el mundo en forma de Iglesia

Ustedes recuerdan cómo aparece en el mundo el misterio de la Iglesia, saben que históricamente hablando, nada es más seguro que la verdad de que Cristo murió, desapareció vencido por el odio, pero que apareció en el mundo más vivo que nunca en forma de Iglesia, definitivamente vencedor en la Iglesia destinada a difundir su Reino en toda la tierra.

¿Qué es la Iglesia? Hemos dicho con tanta frecuencia que la Iglesia es Jesús, pero aún tenemos que profundizar esta noción. No debemos cansarnos de entrar en la conciencia de la Iglesia por la cual se realiza una especie de transustanciación. Esos hombres que no sabían nada, que no habían entendido nada, que habían retenido materialmente las palabras pero que nos las transmitieron con fidelidad hasta con el recuerdo de sus hesitaciones, esos hombres que conservaron todo el embarazo del lenguaje en la luz de antes de Pentecostés pero dejándonos sumergir en la Luz de después de Pentecostés, ¿cómo llegaron esos hombres a entender que ellos eran la Iglesia?

Lo comprendemos sin dificultad cuando lo ponemos en relación con el misterio que se realiza cada mañana y del que la Iglesia saca la Vida, la consagración, la desposesión que le va a permitir actuar como Jesús, que va a hacer resonar la Palabra de Cristo en la boca del sacerdote: “Esto es mi Cuerpo, esto es mi sangre”. Ésa es la conciencia de la Iglesia: “No soy yo, es Él”. Y dijimos, y hay que repetirlo sin cesar, mientras no se plantee el problema de la Iglesia, mientras no se lo considere bajo esta luz, es insoluble.

¿Qué es la Iglesia?

Todas las discusiones trágicas y dolorosas sobre la Iglesia entre las confesiones cristianas vienen de que la discusión no se hace en este sentido único: si la Iglesia es simplemente una asamblea de hombres que se reúnen en el Nombre de Cristo, entonces, en efecto, ¡no hay Iglesia! ¡O la Iglesia es una creación arbitraria de una humanidad que interpreta por propio esfuerzo las Palabras de Cristo, o al contario, la Iglesia es la aspiración de Dios hacia nosotros! Entonces ahí está todo el problema: ¿Dónde reside su Palabra, su Gracia, y dónde se perpetúa su Presencia? Y cuando la Iglesia de Pedro afirme que no puede no proclamar lo que vio y escuchó, no hará más que declarar su propia naturaleza: “No soy yo, nosotros no somos nada, Él es todo”. Y lo que veis no es sino el sacramento de su Presencia, de su Palabra, de su Acción.

Ustedes no pueden entrar en el misterio de la Iglesia si no entran en el misterio de la Cruz, si no avanzan en la Persona de Jesús para recoger en ella toda la Luz de su Verdad. Este aspecto les es suficientemente conocido como para que podamos considerar otro.

Si la Iglesia es Cristo en nosotros, más allá, y con frecuencia a pesar de nosotros, la Iglesia es también nosotros en Cristo, nuestra vida comprometida con la Suya, nuestro amor que colabora con su Amor, nuestra acción que se hace transparente a la Suya. Y es bajo este aspecto como el misterio de la Iglesia se convierte en un misterio de resurrección.

Si la Iglesia es Cristo en nosotros, más allá y con frecuencia a pesar de nosotros, la Iglesia es también nosotros en Cristo, nuestra vida comprometida con la suya, nuestro amor que colabora con su Amor, nuestra acción que se hace transparente a la suya.

Si la Iglesia es Cristo en nosotros, más allá, y con frecuencia a pesar de nosotros, la Iglesia es también nosotros en Cristo, nuestra vida comprometida con la Suya, nuestro amor que colabora con Su Amor, nuestra acción que se hace transparente a la Suya. Y es bajo este aspecto como el misterio de la Iglesia se convierte en un misterio de resurrección”.

El misterio de la Iglesia es el misterio de la Resurrección de Cristo. Si permanecemos en el amor, la alegría de los demás no dejará de crecer en nosotros

Adherir a Cristo en Cruz

Hemos hablado mucho del sufrimiento de Jesús, conservamos en el corazón la queja infinita de la soledad divina: “¡Vosotros todos los que pasáis, mirad y ved si hay un dolor semejante al mío!” (Lam. 1,12). Pero aun conservando en el fondo del corazón el testimonio de la angustia divina, podemos alegrarnos viendo en la Iglesia la respuesta a esa queja, la curación de sus heridas, el fin de esa soledad, porque finalmente, la Iglesia no es Él solamente, sino Él en nosotros y nosotros en Él.

Si Jesús clavó sobre su cruz el edicto de nuestra condenación para anularlo, nosotros podemos clavar en la cruz para anularlo el edicto que condena a Cristo.

En su carta a los colosenses, San Pablo dice que Jesús clavó sobre su cruz el edicto de nuestra condenación. Pues bien, nosotros podemos clavar en la Cruz para anularlo el edicto que condena a Cristo. Y en el corazón de la Iglesia, eso es precisamente lo que significa la liturgia de la Misa: adherir a Cristo en la Cruz, alimentarse de la carne y sangre de Jesús, hacer nuestra la Pasión del Salvador, y entrar con todo el impulso del corazón, comenzar en efecto a destruir la causa misma de Su suplicio. Puesto que Su suplicio viene de nuestro rechazo de amor, todo acto de amor atenúa el suplicio de Cristo, lo baja de la Cruz, es el preludio de Su Resurrección.

El misterio de la Redención de Dios en el corazón del hombre

Debemos pues ver en el misterio del altar la acción esencial. Es el acto sublime, no de nuestra Redención sino de la Redención de Dios mismo, la Redención que Lo libera de nuestros límites, de nuestro rechazo de amar, del poder infernal de nuestro egoísmo que tuvo poder sobre su Vida y Lo mató. Y ahora nosotros podemos suspender los efectos de ese poder infernal, negar todos nuestros reniegos, inaugurar el misterio de su Resurrección.

Creo que les será imposible mirar la santa liturgia bajo este punto de vista sin tener el deseo imperioso de unirse cada mañana al misterio del altar para adherir en él al Príncipe de la Vida que fue crucificado por ustedes, a fin de que su Vida brote en ustedes, que sus corazones se abran a los espacios inmensos de la caridad y Le permitan continuar en ustedes su reino de Amor.

La Misa no es pues la conmemoración del misterio de la Cruz, no es solamente el misterio de nuestra Redención, sino el misterio de Su Redención, es el edicto de la condenación que Lo crucificó, anulado por el don de nuestra vida, y por eso hay que participar en el misterio de la Misa todos los días, aunque estén en estado de sequedad total, aunque no sientan nada, aunque les parezca que no toman ninguna parte en el misterio del altar, a condición que Él tenga su parte, a condición de que Él pueda vivir en ustedes, que Él encuentre en ustedes todos los espacios de su corazón. Nuestro amor puede llegar a ese grado de pureza: renunciar por amor al gozo del amor, a condición de que Él viva en nosotros.

El misterio de la participación en el cuerpo y la sangre del Cuerpo de Cristo

Y ustedes ven con qué sencillez la santa Iglesia aborda el misterio del altar, con qué pobreza articula su lenguaje Y cuán sobria es la oración más elevada de la Misa, el Canon, justamente porque la Iglesia no quiso exaltar en la sentimentalidad este encuentro en el don puro de una fe desnuda en que todo debe ser dado. Si Dios quiere que en nosotros brote la alegría o que estemos en la sequedad, ¡qué importa! Lo esencial es que Su gozo sea perfecto. El misterio de la Iglesia aparece pues en la santa Liturgia y en todo como el misterio de su Resurrección.

Y puesto que Cristo fue herido no solamente en el Corazón y en la Persona sino también en su cuerpo místico, en el universo entero, ya que Él es como una madre herida en sus hijos que no puede tener reposo mientras no hayan recuperado la salud, será necesario que el misterio de la Resurrección, habiéndose realizado en la Persona de Cristo, sea el misterio de nuestra participación en el cuerpo y la sangre del Cuerpo Místico de Cristo, en la difusión de la Buena Nueva, en la alegría de que Cristo nos encarga para los demás

La alegría mejor que el sufrimiento

La alegría, para terminar, puede ser fruto de todo ese dolor. La primera alegría será que Él resucite por la mañana en mi corazón, entonces la alegría fructificará a lo largo del día en el corazón de nuestros hermanos.

La alegría es en sí mejor que el sufrimiento. Dios no ama el sufrimiento, lo detesta, detesta la muerte. Entre Dios y la muerte hay una enemistad personal, porque la muerte es la consecuencia del pecado, del rechazo del amor. No fue Él quien inventó la muerte, el sufrimiento y el pecado, y el sueño de Dios para sus hijos es un sueño de alegría. Si sus hijos no han entrado en la alegría no es por culpa de Dios el cual es la primera víctima del sufrimiento, del pecado y de la muerte, víctima en su Corazón porque es el Corazón del primer Amor y que cada una de nuestras faltas es una herida infligida al Amor, y víctima del mal y del sufrimiento en el corazón de sus hijos, en el cuerpo de sus hijos en los cuales Él ha sido desgarrado porque Él es más madre que todas las madres y la compasión de Dios por sus Hijos es infinita.

El misterio de la resurrección

El misterio de la resurrección permanece unido al misterio de la Eucaristía. El misterio de la resurrección se realiza en todo hombre, vive en todas las almas difuntas que están en el Purgatorio. Ese misterio debe realizarse en toda la naturaleza, en todo el universo, por doquiera, ¡es necesario que Cristo resucite en todas las fibras de todos los seres! Esa es nuestra tarea, la obra de la Iglesia: llevar la Alegría. El Evangelio, como su nombre lo indica, es la Buena Nueva. La paradoja inefable de la ternura divina es que el Evangelio cuyo centro es la Cruz, el sufrimiento y la muerte, sea también la Buena Nueva de la alegría de la resurrección.

Después de haber matado a Dios, tenemos el poder de hacerlo nacer en el corazón de toda criatura. Somos enviados al mundo, somos la Iglesia, cada uno por su parte, para realizar esa obra de vida, de alegría y de resurrección.

Después de haber matado a Dios, tenemos el poder de hacerlo nacer en el corazón de los hombres y de toda criatura. Somos enviados al mundo, somos la Iglesia, cada uno por su parte, somos la Iglesia para realizar esa obra de vida, de alegría y de resurrección.

Estemos seguros de permanecer en el amor si la alegría de los demás no cesa de brotar en nuestra vida

Si Dios nos da la Alegría, que brote en el corazón y desborde sobre el mundo como grito de acción de gracias. Si no nos la da, que la dé a los demás por medio de nosotros.

No debemos cultivar el sufrimiento, como si Dios prefiriera el sufrimiento al gozo. Si Dios nos da Alegría, que brote en el corazón y desborde sobre el mundo como un grito de acción de gracias. Si no nos la da, que la dé a los demás por medio de nosotros.

Si a nosotros nos basta la fe para permanecer en el amor sin la alegría del amor, no es seguro que los demás, que han recibido menos quizá, que han penetrado menos en el conocimiento de la gracia de Dios, puedan sostenerse y descubrir Su rostro si no les aparece como un Rostro de Alegría.

Me parece que entre estos dos polos está suspendida la vida cristiana: entre la liturgia de la Misa en que Cristo resucita en nosotros Y la alegría de los demás donde Él termina de renacer en el corazón de los hermanos. En el fondo, ahí está todo. Esos son los grandes criterios de nuestra vida: estemos cada mañana en estado de adhesión al misterio de la Cruz en el misterio del altar, a fin de que cada tarde podamos dar testimonio de que hemos hecho todos los esfuerzos para que haya sólo alegría y nunca sufrimiento. Estemos seguros de haber permanecido en el amor si la alegría de los demás no ha cesado de brotar de nuestra vida.

Mantener en nuestra vida el secreto de Dios

Entremos en el misterio de la Iglesia como en el misterio de la resurrección, entonces tendremos en la vida todo el secreto de Dios, entraremos en esa boda maravillosa.

Pidamos la gracia de ser misioneros de la alegría, embajadores de la buena nueva, y de entrar en el misterio de la Iglesia como en el misterio de la resurrección. Entonces tendremos en la vida todo el secreto de Dios, entraremos en la boda maravillosa propuesta desde el comienzo en la proposición rechazada por los hombres, crucificada por los hombres, en la proposición repetida sin cesar en Cristo, en la hostia, en el misterio de la Iglesia, a fin de que Su vida vuelva a brotar en nosotros y que Su muerte se convierta en nosotros en el cántico de Su resurrección.

¡Tenemos que terminar este día con el canto del Exultet (1) que es la coronación del misterio de la Cruz en el misterio de la Iglesia! Que la llama de nuestro amor se convierta en un hermoso cirio pascual: “Lumen Christi – Deo gratias” (Luz de Cristo –demos gracias a Dios).


(1) el Exultet, canto latino usado en la liturgia de la noche pascual, en la liturgia de la luz. Anuncia la resurrección. El primer verso se refiere a la alegría: “Exultet iam angelica turba caelorum” “Que salte de alegría la multitud de los ángeles del cielo”.

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