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14/07/2017 juillet 2017

Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana en 1965

Resumen: La responsabilidad para con un desesperado es darle a la vida un rostro capaz de inspirar amor, para participar en el universo en que podremos unirnos en comunión. ¿Cómo hacerse alguien si no hay nadie? Encontrando una Presencia que ce compromete en un diálogo de amor. El conocimiento es la búsqueda de una Presencia; la búsqueda de la verdad depende del crecimiento del hombre; la verdad es caridad en el modelo de las relaciones de persona a persona.

El desesperado

Cada día la miseria toca a mi puerta. Material o moral, tiene el rostro de la desesperanza. Si no puedo ayudar, seré testigo de la muerte de un alma. No conozco nada más terrible.

Satisfecho y colmado a la medida de sus deseos, un hombre puede divertirse con la pantalla de vanidad que le hace perder de vista su dimensión humana. Candidato al suicidio, el desesperado vive como una llaga la dimensión humana, pisoteada por un mundo hostil que lo trata como objeto, y le hace toma conciencia tanto más viva de que no es uno.

Mi acogida le va a servir de prueba. El precio que le doy a su vida podrá hacerle sentir su valor. En su miseria, su dignidad es evidente a mis ojos, como el único bien que le queda. Me cuestiona y me obliga a pesar mi vida con el peso de la suya para que brote en ella el motivo de vivir que espera de mí, pues ya no puede contar con un deseo de vivir cuyo motor para él está roto.

La responsabilidad de un espacio de amor

¿Cómo suscitar en el desesperado una respuesta en favor de la vida, sino dándole un rostro capaz de inspirar el amor para que cese de presentarse como carga intolerable que no quiere soportar?

Mi responsabilidad la siento con temblor. ¿Cómo suscitar una mirada nueva, cómo provocar una respuesta en favor de la vida, sino dándole un rostro capaz de inspirar el amor para que deje de presentarse como carga intolerable que no quiere soportar?

En el silencio en que escucho su angustia, busco el gesto o la palabra que pueda llevarlo a descubrir la fuente que lleva dentro. Si entreveo su suicidio como catástrofe, es que percibo en él la posibilidad de un mundo infinitamente precioso, interior además, y cuyo origen solo puede ser él.

En efecto, en su nivel de hombre, solo existe para crear el universo en que podremos unirnos en una comunión que nos supera a los dos: cuando surja en, él y en mí, la palabra silenciosa de la cual pueda nacer el mundo que aun no existe, en el espacio de amor en que debemos convertirnos para engendrarlo.

Por el verbo interior, cada uno descubre y suscita el mundo con el que podrá consentir libremente.

En la espera angustiosa en que se juega el destino del hombre acorralado que está delante de mí, tomo conciencia de la importancia única del verbo interior por el cual descubre y suscita cada uno el mundo con que puede consentir libremente. Aquí el conocimiento se identifica real y totalmente con un nacimiento. Implica una promoción de existencia en que se humanizan al mismo tiempo el hombre y el universo.

Llevar una Presencia

¿Pero cómo hacerse alguien si no hay nadie? ¿Si el mundo no es más que el despliegue implacable de una necesidad ciega?... En verdad, ¡la única posibilidad es que haya alguien!

La palanca de tal promoción se identifica fácilmente. Nunca la he percibido. Jamás he visto a un desesperado salir de su infierno sin que su rostro relajado y apaciguado deje aparecer la Presencia que lo ilumina con una luz de amor en que respira la más radical liberación.

En efecto, si todo ha cambiado, si la desesperación se ha disipado, es porque se ha realizado un encuentro, se ha iniciado un diálogo con una generosidad infinita que borra toda constricción, enraizando la vida en una relación de persona a Persona, cuyo modo nupcial sugiere Patmore en estas palabras prodigiosas: “All knowledge worthy of the name is nuptial knowledge.” (Todo conocimiento digno de este nombre es conocimiento nupcial)

Flaubert, su contemporáneo, presentaba el itinerario a percibir para escapar a la condición de objeto contra la cual se insurge todo candidato al suicidio, cuando escribía en su diario : “Pourquoi vouloir être quelque chose quand on peut être quelqu'un ?” (¿Por qué desear ser algo cuando podemos ser alguien?)

¿Pero cómo hacerse alguien si no hay nadie? ¿Si el mundo no es más que el despliegue implacable de una ciega necesidad? ¿O la suma aún más absurda de azares? ¡En verdad, la única posibilidad es que haya alguien!

Imposibilidad de ser sí mismo para sí

De hecho, como acabamos de comprobarlo, el desesperado encuentra la voluntad de vivir descubriendo un rostro de amor a través de un gesto fraternal. Se siente liberado del engranaje cósmico cuando puede decirse a alguien, cuando su presencia a sí mismo se hace presencia a Otro, encontrado de repente en su más profunda intimidad.

Es que en realidad cambió inmediatamente cuando su vínculo esencial con la existencia le apareció como relación con un Ser personal que implicaba el respeto y el pleno desarrollo de su dimensión humana, en una reciprocidad de amor que lo liberaba radicalmente de toda servidumbre.

Observemos aquí la imposibilidad de ser sí mismo para sí, la imposibilidad de vivir su autonomía y darle sentido en un mundo ciego y totalmente incapaz de reconocerla. Solo podemos ser alguien para Alguien. Por eso es impensable e invivible un materialismo absoluto, porque exige que consintamos con ser cosa y mero exterior, renunciando precisamente a toda autonomía, borrando en nosotros toda dimensión humana, cosa justamente a la que el desesperado oponía su rechazo a la vida, por incapacidad de reducirse a la condición de objeto.

A partir de su caso, que se supone felizmente resuelto por un encuentro con una Presencia que lo compromete en un diálogo de amor, siguiendo la intuición de Patmore, llegamos muy naturalmente a preguntarnos si todo conocimiento específicamente humano, especialmente el conocimiento científico del mundo físico, no es igualmente la búsqueda de una Presencia, la búsqueda de alguien.

El conocimiento, búsqueda de una Presencia

Si pensamos en la admiración de Einstein y en su respeto del Universo, en su creencia en la armonía de nuestro mundo, si volvemos a leer el Himno a la Verdad de Jean Rostand, en las últimas páginas de ¿Podemos modificar al hombre? o el libro que Pierre Termier consagró a El gozo del conocimiento, estaremos fácilmente convencidos. Entonces, cuando tratamos de entender los fenómenos físicos y no solo de utilizar empíricamente las energías que podemos captar con miras a fines materiales, no podemos impedirnos suponerlos sometidos a exigencias racionales, iluminados por una luz que nos impide sufrirlos, en vez de condenar la razón a la grabación ciega y obligada de un universo cosa. Por otra parte esto es imposible ya que es natural que la razón busque razones y no pueda consentir con nada sin haberlo hecho inteligible.

Es la revancha magnánima de la mente integrar en sí… un universo que, en el plano físico nos trata demasiado a menudo como objetos. Es el reconocimiento espontáneo de nuestra unidad con el cosmos. Si (el cosmos) es nuestro cuerpo en cierto modo, tiene que estar vinculado, con nosotros, con ese alguien sin el cual no podemos ser alguien y que a través de él podamos comulgar con la luz.

Es la revancha magnánima de la mente integrar en sí, hacer pasar de fuera a dentro un universo que, en el plano físico nos trata demasiado a menudo como objetos. Mucho más sencillamente aún, es el reconocimiento espontáneo de nuestra unidad con el cosmos. Si en cierta manera (el cosmos) es nuestro cuerpo, tiene que estar vinculado, con nosotros, con ese alguien si el cual no podemos ser alguien y que a través de él podamos comulgar con la luz que tantos investigadores sacan efectivamente del estudio del mundo físico.

Todo el fervor, toda la probidad, todo el desinterés de los sabios dignos de este nombre son, al menos implícitamente, testigos de una Presencia a la cual consagran lo más íntimo de sí mismos y cuya imantación no cesa de estimular y orientar sus investigaciones, como el centro de la circunferencia sobre la cual progresan sin fin: centro de donde emana la luz que mediatiza la racionalización jamás terminada de los fenómenos y el gozo de un esfuerzo que recomienza sin cesar.

Búsqueda de la verdad

Aunque estas breves indicaciones confirman nuestra hipótesis, y nos llevan a pensar que el conocimiento humano es la búsqueda de alguien, a través del cuerpo de razones que la ciencia de cada época edifica para acercarse a ella, nos debemos preguntar si la verdad no es precisamente ese alguien al que llegamos de manera más o menos inmediata según los medios de conocimiento utilizados y la calidad de las mentes que los utilizan, como parece evidente por el hecho de que todo esfuerzo sincero de conocimiento es necesaria e idénticamente búsqueda de verdad.

Si la verdad es eminentemente alguien,… nos es accesible en la medida exacta en que nos hacemos alguien, en negativo, por la evacuación de todo lo prefabricado que nos une al mundo cosa; en positivo, por el re-engendramiento oblativo de nosotros mismos y de todo el universo, en el verbo interior y silencioso en que nos decimos a Otro y para él.

Si damos este paso, si aceptamos que la verdad es eminentemente alguien, tendremos que decir analógicamente, de ella lo que decíamos de nosotros: no podemos ser alguien sino para alguien. Esto trae como consecuencia que la verdad como persona nos es accesible en la medida exacta en que nos hacemos alguien, en negativo, por la evacuación de todo lo prefabricado que nos une al mundo cosa ; en positivo, por el re-engendramiento oblativo de nosotros mismos y de todo el universo en el verbo interior y silencioso en que nos decirnos a Otro y para él.

Se observa fácilmente que según este punto de vista, las relaciones interpersonales rigen nuestras relaciones con la verdad. Las fórmulas pueden ciertamente mediatizar la luz en la cual camina el conocimiento, pero este procede siempre de ese alguien que es su fuente única y nos llega en la medida en que estemos dispuestos a recibirlo y seamos capaces de vivirlo.

Estado del terreno – del receptor humano

La “parábola del sembrador” insiste sobre la importancia del terreno el cual según su calidad hace estéril o hace fecunda la Palabra. De ahí, creo yo, se puede sacar una confirmación del carácter interpersonal de nuestro diálogo con la verdad. Más aún, me parece que ahí se puede ver un comienzo de respuesta a la pregunta que plantea la desigualdad de niveles en que se sitúan las diferentes fases de la Revelación.

Si debemos considerar como provenientes de la misma fuente las terribles maldiciones de Levítico 26 y las Bienaventuranzas de san Mateo, es que el estado del terreno, del receptor humano, presentaba sin duda posibilidades bien diferentes en los dos casos, que reclamaban una adaptación pedagógica de la semilla a las posibilidades diferentes de maduración.

Se podría precisar más, sacando partido de la imagen del receptor que sugiere naturalmente la del emisor. La palabra (la verdad) que es alguien, en el emisor sería siempre la emisión idénticamente llena de su Presencia, de su luz y su Amor; el receptor humano, por una recepción parasitaria y desgraciadamente selectiva, limitaría su transmisión.

En otras palabras, si la Revelación es una cuestión de dos, algo interpersonal, deberemos encontrar en ella desfa ses que falsean las relaciones entre dos personas en que si una se cierra, limita inevitablemente la libertad de apertura de la otra.

El crecimiento del hombre

Para el hombre, crecer es evacuar su yo prefabricado, universalizarse por la desapropiación de sí mismo, hacerse espacio ilimitado para acoger y dejar transparentar el huésped infinito que es en nosotros fuente de vida eterna.

Justamente, por ser interpersonal, la historia de la verdad comporta en todos los niveles la posibilidad de distancia entre la emisión y la recepción.

El universo, que toda época se enorgullece de conocer, está siempre por descifrar, lo mismo que el hombre deberá todavía hacerse conocer conquistando su humanidad, como progresa la Palabra divina a medida que mejora la calidad del terreno. Prácticamente, esta revela aquella. Dicho de otra manera, por el crecimiento del hombre nos hacemos cada vez más sensibles a la presencia del sol inteligible.

Pero para el hombre, crecer es evacuar el yo prefabricado, universalizarse por la desapropiación de sí mismo, hacerse espacio ilimitado para acoger y dejar transparentar el huésped infinito que es en nosotros fuente de vida eterna. Si quieren, el progreso de la kenosis (1) en el hombre, es lo que condiciona el progreso de la verdadera luz en la historia, que es la luz de la mente.

Por el compromiso más personal, hasta nacer de nuevo, tenemos la posibilidad única de ser realmente tocados por la revelación de Cristo.

La encarnación realiza el punto culminante de la desapropiación liberadora que habilita al hombre para revelar a Dios. Privada de su subsistencia connatural, la humanidad de Jesús es totalmente entregada al control del Verbo que la inviste de su divina personalidad. Por eso es en verdad Dios en persona el que se revela en la humanidad del Señor, y de la manera más personal. Esto quiere decir que es por el compromiso más personal, hasta nacer de nuevo, que tenemos la posibilidad única de ser realmente tocados por la revelación de Cristo.

Ella concierne esencialmente el personalismo divino que se constituye sin comienzo en el nivel de las relaciones intra-divinas como una eterna comunión de Amor. Es el Ágape (2) divino en persona el que se dirige a nosotros y se nos comunica. ¿Dónde podría enraizarse sino en nuestro Ágape? ¿No es esa toda la doctrina prodigiosa del Himno a la Caridad de 1 Co. 13?

Verdad y caridad

En este nivel es difícil no concluir que la caridad es verdad en la transparencia de la intimidad divina en que “yo es Otro” y, recíprocamente, que la verdad es caridad.

Por tanto, la fe que nos connaturaliza con la luz de la vida trinitaria puede responder a la admirable definición de Patmore: Faith is the light of the flame of love. La fe es la luz de la llama de Amor.

Y ¿no es lo mismo analógicamente en todos los niveles? Si es verdad que todo conocimiento auténtico está en un nivel interpersonal y se presenta siempre finalmente como el encuentro con alguien.

Nos parece esencial concebir las relaciones con la verdad según el modelo de las relaciones de persona a persona. Eso es lo que podremos retener de estas líneas.

Para pasar de algo a alguien, debemos encontrar ese alguien en quien y para quien nos deshacemos de todo lo que nos reduce al la condición de objeto.

El espíritu (la mente) no puede vivir sino en la luz del Amor. Por eso está llamado a re-engendrarse sin cesar a sí mismo y todo lo real, en el universo oblativo en que la creación transfigurada y él mismo, liberado de su yo prefabricado, se liberan de la ciega dominación de las cosas.


(1) Kénose = action de faire le vide, évacuation. Par amour, Dieu se dépouille de ses attributs divins. (Épître de Paul aux Philippiens : 2:7)

(2) Agapè = charité. Amour spirituel ; amour divin inconditionnel.

Date de publication sur le site : 14/07/2017

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