01/07/2017 juillet 2017

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Conferencia de Maurice Zúndel en el Cenáculo de Ginebra, el 3 de febrero 1963. 1ª Conferencia. Se añadieron títulos y apartados.

Resumen: El cristiano está llamado a cumplir los deberes temporales, como el trabajo. Jesús era artesano; en nuestros deberes para con el prójimo, él insiste en el aspecto material. Su cumplimiento es el criterio mismo de nuestra fidelidad a Dios. Descuidarlos es faltar a Dios. A causa de la simbiosis entre Dios y el hombre, los deberes temporales toman una importancia incomparable. El realismo cristiano es un realismo místico, fundado sobre la unidad de vida entre el hombre y Dios. No como esclavos sino bajo la forma de un matrimonio de amor. Nacer de nuevo es un nacimiento de amor, medio para acceder a un yo auténtico. Para realizarse, el hombre debe ser libre de la necesidad, así cada uno debe tener asegurado un espacio de seguridad, una apropiación que lo libere de los bienes de la tierra.

El cristianismo es una sola cosa con la persona Jesús. Estamos en un enfoque personalista del universo que es inteligible. Es bajo forma de historia que llegamos a la verdad. La revelación sólo puede hacerse bajo forma de historia. El cristiano está comprometido y presente en la historia.

Señoras, Señoritas y Señores,

La impronta del trabajo

El adagio de la Unión Soviética

Ustedes saben que la Unión Soviética adoptó el adagio: “El que no quiera trabajar, que no coma tampoco”, pero probablemente las autoridades soviéticas no imaginan siquiera que eso lo dice san Pablo en la segunda carta a los tesalonicenses: “El que no quiera trabajar, que no coma tampoco” (2 Tes, 3:10)

Ustedes recuerdan más o menos las circunstancias en que se sitúa la segunda a los Tesalonicences : están esperando para pronto el regreso de Cristo, lo que llamamos la Parusía, y probablemente la gente quiere seguir su temperamento perezoso y rehúsa trabajar so pretexto del pronto retorno de Cristo y la inminencia del fin del mundo, ya no hay para qué acumular riquezas inútiles, y el apóstol protesta con vehemencia contra el abandono del trabajo y rechazo del esfuerzo y anuncia el adagio que será como el lema de la Unión Soviética: “El que no quiera trabajar, que no coma tampoco”, y en esta carta el apóstol recuerda que él no perdió tiempo ni de día ni de noche, que no dejó de trabajar para no ser carga de nadie.

Este adagio nos interesa porque nos pone inmediatamente en plena vida, nos muestra al cristiano, no en estado de abandono y rechazando los deberes temporales, sino al contrario, llamado con vehemencia a cumplirlos y esto de manera tanto más conmovedora porque en efecto cree que el fin del mundo es inminente. Esto indica a qué punto el cristianismo primitivo se sentía implicado en la vida y deseaba asumir lo temporal.

Jesús, un artesano

Tenemos además algo mucho más significativo y es el calificativo que le atribuyen a la persona misma de Jesús el cual, según los sinópticos, es conocido como “el artesano” de Nazaret. Esta expresión aparece con frecuencia en el evangelio de san Marcos: él comienza a interpretar las escrituras y la gente se pregunta de dónde saca esa sabiduría, siendo simplemente “artesano”, carpintero.

En efecto, Cristo no es un empleado, no pertenece a una corporación de letrados, no estudió en las escuelas rabínicas y según su estado civil, según todas las apariencias, no es sino un artesano. Y la mayor parte de su vida la pasó trabajando de artesano para ganar su vida como todo el mundo.

Es pues natural que Cristo, siendo el profeta de los cristianos y más que profeta, dejara su impronta de su trabajo artesanal en la comunidad que de él surgió.

El lado más material del amor del prójimo

El amor del hombre

Han observado además – y esto es también capital – que según san Juan, en el discurso después de la Cena, las últimas palabras del evangelio no son amar a Dios sino amar al hombre. Parecía natural que un profeta terminara su mensaje haciéndonos atentos al amor que debemos tener a Dios. Jesús, al contrario, insiste sobre el amor del hombre: “En esto conocerán que son discípulos míos, en que se aman los unos a los otros como yo los he amado.”

Y de manera quizá más precisa todavía, en el capitulo 25 de san Mateo encontramos la representación del juicio final, bajo una forma totalmente parabólica además, pero en que la punta de la parábola no puede escaparnos ya que todo el juicio final está centrado en esta parábola: “Tuve hambre, tuve sed, estuve en prisión, estuve enfermo, estuve desnudo y la ayuda que le prestasteis al hombre, fue a mí a quien la prestasteis.

Centrando el juicio final en los deberes hacia el prójimo, Jesús insiste sobre su lado más material: alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los prisioneros o a los enfermos.

Aquí estamos pues de nuevo en plena historia humana y podemos observar que, centrando el juicio final en los deberes hacia el prójimo, Jesús insiste precisamente sobre su aspecto más material: alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los prisioneros o a los enfermos. Son obras que se refieren precisamente a una misión totalmente temporal, que concierne las necesidades más materiales del hombre y que se realizan por acciones perfectamente visibles.

El prójimo y sus necesidades materiales

Más aún : en plena asamblea de culto, el Sermón de la Montaña pide al hombre que recuerda, no que tiene algo contra uno de los hermanos, sino que uno de sus hermanos tiene algo contra él, que deje ahí su ofrenda y vaya primero a reconciliarse con el hermano y después podrá ofrecer el don que había reservado para Dios. Entonces, el culto mismo de Dios no puede cumplirse de modo legítimo si la paz no reina entre los hombres, en la medida en que depende de nosotros.

En otro episodio del evangelio, extraordinariamente conmovedor y lleno de humor además, a la pregunta del doctor que quería apoyarse sobre su conocimiento de la Ley y que preguntó a Jesús: “Y ¿quién es mi prójimo?” Jesús cuenta la adorable historia del buen samaritano para llevar al doctor, suprema ironía, a declarar que el único en cumplir con la caridad fue el samaritano, hereje cismático, abominable a los ojos de los judíos.

La prueba de la fidelidad hacia Dios es pues la fidelidad hacia el hombre, hacia el prójimo, repito, cuando está en estado de abandono y desventura material.

Un realismo místico

El realismo del Evangelio

En el Evangelio… un realismo extraordinario. Jesús hace del cumplimiento de los deberes temporales el criterio mismo de nuestra fidelidad hacia Dios… es imposible separar al hombre de Dios o a Dios del hombre.

Hay pues en el Evangelio, es la primera nota que aparece, un realismo extraordinario. Jesús no nos va a alejar de los deberes temporales sino que nos arroja en ellos y hace del cumplimiento de los deberes temporales el criterio mismo de nuestra fidelidad hacia Dios. Vemos además que por doquiera resuena la conexión infinitamente estrecha entre creer en el hombre y creer en Dios, entre amar al hombre y amar a Dios, entre encontrar al hombre y encontrar a Dios: en el fondo siempre es lo mismo, el mismo momento y es imposible separar uno del otro, al hombre de Dios o a Dios del hombre.

Este carácter de realismo es necesario inscribirlo en lo más profundo de nosotros como la mejor introducción a la cuestión que nos planteamos en este momento: ¿Qué presencia debe tener el cristiano en la historia?

Pero si subrayamos el rasgo de realismo que es capital, no podemos olvidar que se trata de un realismo místico. ¿Qué quiere decir realismo místico? El episodio de la samaritana nos lo va a enseñar.

El episodio de la samaritana

El episodio de la samaritana es el encuentro de un alma, de una conciencia humana con un Dios desconocido y que está dentro de ella. Y todo el debate está centrado a través de la admirable alegoría del Pozo de Jacob, todo el episodio está centrado en el descubrimiento de ese Dios interior a nosotros. La samaritana es una pecadora, vive en el desorden, en concubinato. Llega muy alegre al pozo al medio día a llenar su jarra y se asombra de que un hombre, un judío, es decir un enemigo hereditario del samaritano, le dirija la palabra para pedirle de beber.

Y ustedes saben cómo se desarrolla la conversación, cómo la samaritana practica una especie de humor cuando Jesús le propone darle un agua viva de una virtud tal que quien la beba no volverá a tener sed jamás. Ella se arriesga a cierto humor sobre esa afirmación hasta que Jesús da el golpe certero y la lleva a la conciencia, le revela que él está perfectamente al corriente de su situación y la lleva, como lo deseaba, al tema delicado de la conversación.

Entonces ella propone a Jesús el antiguo debate que separa a los samaritanos y los judíos: ¿dónde se debe adorar, en la montaña de Garizim que domina el Pozo de Jacob o la colina de Sión donde está el templo con todo su esplendor? Entonces Jesús le da la respuesta eterna: “Ni en el Garizim ni en la colina de Sión, sino en espíritu y en verdad, es decir dentro de ti misma. Ahí es donde brotará en vida eterna el agua que recibirás de mí”.

El hombre es el Reino de Dios

En razón de esa comunidad de vida, de esa simbiosis entre Dios y el hombre, los deberes temporales toman una importancia tan extraordinaria e incomparable y constituyen una verdadera liturgia.

Entonces, si los deberes temporales del hombre deben cumplirse con toda urgencia, si es imposible descuidarlos sin faltar a Dios, el hombre tiene una dimensión mística, el hombre tiene un valor infinito, el hombre es el santuario de la divinidad, el hombre es el Reino de Dios, y como dice san Gregorio, “el cielo es el alma del justo”. El cielo es el alma del justo.

Justamente en razón de esa comunidad de vida, de esa simbiosis entre Dios y el hombre, los deberes temporales toman una importancia tan incomparable y constituyen una verdadera liturgia. Son tan sagrados como el hombre mismo. Hay pues una razón suplementaria, y además infinita para no faltar a ellos.

El realismo cristiano es un realismo místico, un realismo fundado en la unidad de vida entre el hombre y Dios. El hombre no puede realizarse sin Dios y Dios no puede realizarse sin el hombre.

El realismo cristiano es un realismo místico, un realismo fundado precisamente en la unidad de vida entre el hombre y Dios. El hombre no puede realizarse sin Dios y Dios no puede realizarse sin el hombre.

El himno de la Caridad

En san Pablo además, en el Himno de la Caridad, I Corintios 13, tenemos la clara confirmación de ese realismo místico. Ustedes saben de memoria ese capítulo 13: “Aunque hablara la lengua de los ángeles y de los hombres, aunque tuviera la fe hasta para transportar las montañas, aunque diera todos mis bienes a los pobres, aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad no soy sino un címbalo que retiñe y una campana que suena.

Está pues perfectamente claro que para san Pablo el amor de Dios y el amor del prójimo, que no son sino un solo y mismo amor, constituyen una realidad mística. Y por haber en el hombre una dimensión infinita, por haber en Dios una historicidad inevitable, es imposible cumplir el deber humano sin ir hasta Dios, o lo que es lo mismo, sin ir hasta el santuario íntimo que es el único santuario de la divinidad, único que debemos devenir, ya que “el cielo es el alma del justo”.

A causa del tesoro oculto en toda conciencia, que es la perla viva del Evangelio, se debe organizar la tierra con máximo cuidado… Para que el hombre pueda realizarse en toda su dimensión, es necesario hacer de la tierra misma el Reino de Dios.

Y justamente por esa vocación suprema, a causa de la grandeza inconmensurable, a causa de la infinitud que consagra a cada hombre, que hace a cada hombre indispensable para la realización del universo, a causa del tesoro oculto en toda conciencia, que es la perla viva del Evangelio, se debe organizar la tierra con el máximo cuidado, grandeza y hermosura. Para que el hombre pueda realizarse en toda su dimensión, es necesario hacer de la tierra misma el Reino de Dios.

Devenir amor

El régimen de la esposa

Podemos además resumir todo lo que acabamos de decir en la oposición que san Pablo establece en la carta a los gálatas entre el régimen de la esclava y el régimen de la esposa. Él compara el Antiguo Testamento con Agar, que es la esclava de Abraham y madre de Ismael y el Nuevo Testamento con Sara, la madre de Isaac a través del cual se cumplirá la Promesa.

El Nuevo Testamento es el régimen nupcial. Es el régimen de una reciprocidad de amor en que no estamos ante Dios como esclavos sino que estamos ante Dios para contraer con él un matrimonio de amor.

El Nuevo Testamento es el régimen de la esposa. El Nuevo Testamento es el régimen nupcial. El Nuevo Testamento es el régimen de una reciprocidad de amor en que no estamos ante Dios como esclavos sino que estamos ante Dios para contraer con él un matrimonio de amor, del que habla san Pablo en la segunda a los corintios cuando dice: “Os he desposado con un esposo único para presentaros ante Cristo como una virgen pura.” (2 Co. 11:2)

Eso quiere decir que en el Nuevo Testamento, san Pablo lo repite lo suficiente, estamos libres de la Ley, porque la Ley suscita el pecado al excitar la codicia. En el Nuevo Testamento en que somos liberados de la Ley, el bien ya no es algo qué hacer sino Alguien a quién amar.

El único bien es el amor y no un amor que se realiza en las obras – solo que se manifestará en las obras necesarias al equilibrio de la vida – sino primero un amor que uno debe ser, así como en un matrimonio no son los trabajos de casa que hacen de la mujer la esposa, sino el don de sí misma.

De por sí, los trabajos pueden ser realizados por cualquiera, hasta por un cerebro electrónico, y quizás mucho más fácil y eficazmente, pero lo que caracteriza la situación de la esposa es que en cada uno de esos trabajos ella se compromete considerando cada trabajo y cada objeto de la casa a través del rostro que ella está esperando, el rostro del marido o de los hijos, es decir a través de un horizonte esencialmente personal.

Todo el bien del matrimonio, todo el bien, todo el tesoro que representa la esposa para el esposo, o recíprocamente, viene de que cada uno es para el otro un bien infinito, una fuente inagotable y un espacio ilimitado – o al menos debería serlo.

Nacer de nuevo

Esa es precisamente nuestra situación ante Dios en la perspectiva del matrimonio de amor que debemos contraer con Dios: se trata de devenir amor, es decir de hacer de nuestra existencia misma una ofrenda en un universo oblativo.

Es necesario nacer de nuevo… Es un nacimiento de amor. Por ese nacimiento accedemos a nuestra libertad, vamos más allá de la necesidad de existir impuesta por la biología.

Es también lo que Jesús sugiere de la manera más profunda cuando dice a Nicodemo que es necesario nacer de nuevo. Para entrar en el Reino de Dios es necesario nacer de nuevo y ese nuevo nacimiento es un nacimiento de amor. Por ese nacimiento accedemos a nuestra libertad, vamos más allá de la necesidad de existir impuesta por la biología: nacimos sin haberlo querido, no escogimos ni la herencia, ni el medio, ni ninguna de las influencias que nos fueron impuestas, antes de estar en estado de poder escoger nada y el yo mismo, como hemos dicho miles de veces, es un yo prefabricado, es decir que estamos totalmente constituidos, invadidos de afuera, por influencias que nos constituyen, que son la materia misma de nuestra biología y que no hemos escogido.

Para acceder a un yo auténtico, a un yo personal, a un yo fuente, a un yo valor, aun yo universal, es necesario nacer de nuevo. Y este nacimiento solo puede ser un nacimiento de amor, en que intercambiamos con Dios. En el encanto de un encuentro en el cual quedamos extasiados ante la hermosura, ante la música, la verdad, el amor, la grandeza, en esas horas de encanto en que nos perdemos de vista, devenimos totalmente una ofrenda, sin siquiera pensarlo, para esa generosidad, esa generosidad que jamás conocemos pero que siempre reconocemos, para esa generosidad que vino silenciosamente a nuestro encuentro y suscitó en nosotros el impulso que nos realiza y nos arroja al corazón de nuestra intimidad, que nos revela nuestra libertad, nos confiere nuestra dignidad y da precisamente a nuestra existencia la forma de don, que hace de todo nuestro ser una ofrenda de amor.

Lo necesario en nuestro universo temporal

Lo que impide la superación

Pero es claro que para llegar a esa ofrenda, para hacer esa experiencia liberadora, para permanecer en ese diálogo del que todo tiende a sacarnos, a alejarnos, se necesitan ciertas condiciones de organización de nuestro universo temporal, sin las cuales ese diálogo no podría surgir.

Ustedes saben muy bien que, inclusive para los que tienen lo necesario, que no tienen que angustiarse por el pan cotidiano o por la habitación, es necesaria cierta decantación, cierta pacificación de la sensibilidad para tener la posibilidad de comulgar con la música. Hay momentos en que no estamos disponibles para la música, o para el pensamiento por estar sumergidos, bajo el peso de la sensibilidad y no tenemos el espacio interior necesario para vivir esas realidades superiores.

La necesidad física insatisfecha, el frío que entumece, el hambre, la sed… todo eso impide la especie de superación, de silencio interior, la unidad biológica sin la cual no podemos escuchar lo que san Juan de la Cruz designa como la música silenciosa.

Con mayor razón, los que se encuentran en un estado de no solo deficiencia física sino luchando con necesidades materiales de toda urgencia, que no tienen asegurada la comida, la bebida, el sueño, de estar abrigados, con mayor razón no se trata para ellos de tomar tiempo para la contemplación, para llegar a ese momento de encanto en que uno puede perderse totalmente de vista y respirar la Presencia en que uno se realiza, porque la necesidad física insatisfecha, el frío que entumece, que deviene doloroso, el hambre, la sed que aquejan los órganos y se vuelven sufrimiento intolerable, todo eso impide absolutamente la superación, el silencio interior, la unidad biológica sin la cual no podemos escuchar lo que san Juan de la Cruz designa como “la música silenciosa”.

Estar libres de la necesidad

Dicho de otra manera, todos los niveles deben estar ordenados en nosotros, saneados, purificados, armonizados para que el encuentro único pueda realizarse. Para que ilumine todas las fibras de nuestro ser, es necesario que seamos liberados de la necesidad.

Porque tal es la característica del ser humano: si el hombre ha de realizarse, si debe crearse a sí mismo en su dimensión humana, si debe pasar por el nuevo nacimiento, si debe pasar del yo biológico al yo personal, si debe devenir un centro de liberación, si debe asumir todo el universo para realizarlo, no basta con satisfacer sus necesidades, es necesario liberarlo de ellas pues el hombre puede prever: el hombre que come hoy, si está seguro de no comer mañana, absolutamente seguro, inclusive el pan de hoy se le queda atravesado. La angustia del mañana invade y envenena el alimento de hoy. El hombre no puede sentirse cómodo en su cuerpo, como en el medio en que está plantado, no puede sentirse cómodo sin estar seguro de lo necesario, para no tener que pensar en ello.

El derecho

Deber de propiedad para todos

Y eso es lo primero que funda el deber de propiedad, el deber de la propiedad. Utilizo adrede esta expresión porque es paradójica: el deber de propiedad para todos.

Quiero decir que si el hombre debe hacerse hombre, si debe liberarse de su biología, si debe hacerse espacio ilimitado, si está llamado a ser creador, si cada uno está llamado a serlo, si cada uno es un bien irremplazable, si cada uno trae al mundo una dimensión que solo él puede traer, cada uno tiene un deber de propiedad, es decir que es necesario que cada uno tenga asegurada una apropiación que lo libere, de los bienes de la tierra, de no tener que pensar más en ellos.

En efecto, es perfectamente claro que el hombre que muere de hambre, que la mujer que no tiene nada que echar en sus ollas y que tiene cinco hijos, es claro que no pueden, no pueden pensar en pasatiempos espirituales. La necesidad material los atenaza en las entrañas, no pueden alejarse de ella, tanto menos cuanto que tienen a cargo otras personas.

Se trata pues de hacer de la tierra una tierra nutricia para todos y con suficiente generosidad para que a ninguno le falte nada… Si solo hay para unos cuantos, los demás… maldecirán la tierra, maldecirán la existencia y maldecirán a Dios.

Se trata pues de hacer de la tierra una tierra nutricia para todos y con suficiente generosidad para que a ninguno le falte nada pues, si la tierra no es eso, si se rehúsa, si es avara, si solo hay para unos pocos, los demás se sentirán necesariamente abandonados, rechazados y maldecirán la tierra, maldecirán la existencia y maldecirán a Dios si existe, ya que su vida es una prisión, su vida es tortura, y la naturaleza es una aplanadora.

El hombre solo puede mantenerse de pie en el universo si el universo es amistoso, si el universo se presenta a él bajo un aspecto favorable, si él puede percibir su armonía y su belleza no estando ya aplastado por él.

Hay pues un deber de propiedad para todos, que además se puede ejercer de mil maneras diferentes, pero que debe ejercerse siempre en el sentido de que es necesario asegurar lo necesario a cada uno, con miras a su liberación. No para someterlo a una dictadura, no para obligarlo a profesar cierto credo, sino para que pueda prestar su colaboración personal, ejercer su creación irremplazable y única en un universo donde cada uno es bien común, el bien común de la humanidad ya que la humanidad será la misma, es claro que para ella el único bien será un bien de apariencia y dimensión humanas, es decir que el hombre mismo, el hombre…

Se necesita un espacio de seguridad

Lo único que puede reivindicar el hombre es un espacio en que pueda desplegarse su generosidad, que no esté a priori prisionero de sus necesidades hasta el punto de no poder realizar un gesto gratuito, un gesto libre, un gesto creador, un gesto personal.

Y todos los derechos del hombre no tienen otro sentido que el de dar a cada uno la garantía indispensable para la realización de su humanidad. Como lo he dicho a menudo, no es la biología lo que tiene derecho en nosotros: no podemos reivindicar nada en razón de nuestra herencia, del temperamento, de la clase a que pertenecemos, en la medida en que existen clases, o en razón de la civilización que transportamos, o del color de la piel, o de nuestro continente de origen, o de posiciones preestablecidas de derechos impuestas hasta ahora por fuerza; no podemos reivindicar nada de todo eso.

Lo único que el hombre pueda reivindicar es un espacio donde su generosidad pueda desplegarse, que no esté a priori prisionero de sus necesidades hasta el punto de no poder realizar un gesto gratuito, un gesto libre, un gesto creador, un gesto personal.

Por eso he definido el derecho como un espacio de seguridad que garantiza a cada uno un espacio de generosidad. No existe otro fundamento del derecho que ese. El derecho asegura a cada uno, reivindica para cada uno como título inviolable y sagrado un espacio de seguridad que le permita devenir un espacio de generosidad.

Esto vale para todos los hombres, para todos los pueblos y nosotros tenemos hoy un deber de justicia hacia los pueblos técnicamente menos desarrollados que nosotros, de los cuales hemos aprovechado durante siglos, a los que hemos pillado durante siglos, que han constituido durante siglos nuestras fortunas, tenemos un deber de justicia de compartir con ellos los bienes de la tierra que les pertenecen a todos.

Una propiedad revisable y revocable

Nadie posee lo que tiene de manera irrevocable. Si tenemos dinero, no nos pertenece. Nada es de nosotros si no es a título de garantía de la generosidad que debemos devenir. Y es claro que sería algo demoníaco, en nombre mismo de esa generosidad, pretender privar a los demás de lo necesario cuando disfrutamos de lo superfluo, pues no tenemos otro título para la apropiación liberadora que el deber de liberarnos de nosotros mismos, y de hacer de todo nuestro ser una fuente de generosidad que ilumine al mundo entero.

La concepción cristiana de la propiedad constituye una revolución permanente, implica que revisemos a cada instante… los títulos de propiedad tanto entre los individuos como entre los pueblos.

Tal es la concepción cristiana de la propiedad que constituye una revolución permanente, pues implica que revisemos a cada instante, es decir en cuanto lo exijan las necesidades humanas, y naturalmente en el orden en que todo estaría comprometido, que revisemos a cada instante los títulos de propiedad tanto entre los individuos como entre los pueblos.

Un deber de justicia universal

Claro está que para la moral cristiana, donde el bien no es algo qué hacer sino Alguien a quien amar, donde el bien es ser amor y constituir su existencia como existencia de don, si un solo hombre muere de hambre o de frío, todos somos culpables. Él tiene el mismo derecho que nosotros al calor, la seguridad, el alimento y las diversiones.

Por otra parte, lo que afirmamos aquí en el dominio de la justicia, hay que afirmarlo en todos los dominios. El orden debe reinar en todos los niveles y sectores, ante todo porque nos es imposible alcanzar la unidad si no estamos en armonía de los pies a la cabeza y porque nos es imposible ser bien común, el fermento de liberación que debemos ser para todo ser humano, si mantenemos voluntariamente en nosotros un desorden cuya presencia contaminaría nuestras relaciones con los demás.

Si he insistido sobre el derecho de propiedad y sobre nuestros deberes de justicia, es justamente porque nuestra intención es de establecer la inserción del cristiano en la historia y de poner en evidencia del modo más claro sus obligaciones en el orden temporal. Pero como en el hombre no se puede separar lo que concierne las necesidades de su cuerpo y las aspiraciones del espíritu, como es una unidad, como todo se repercute en el todo, es claro que estamos en deuda con todo nuestro ser y con los demás en una moral existencial en que la existencia misma en forma de don es el único bien concebible.

Podemos también considerar el tema de nuestra inserción en lo temporal, de nuestra presencia en la historia bajo otro aspecto que se resume en una corta frase: el cristianismo, o el Evangelio, lo que es lo mismo, o la revelación cristiana se funda y se identifica con una historia, que es la historia de Jesús.

Ser uno con la Presencia

El Corán intemporal

Podrán sentir el precio de esta afirmación si comparan la situación de los musulmanes ante el Corán. Ante el Corán, un musulmán se siente en contacto con la palabra de Dios pero no con Mahoma. El profeta no tiene ninguna importancia, no es objeto de ningún culto, no interviene en modo alguno como mediador. Fue simplemente instrumento de la revelación a un momento dado, pero no está integrado en la revelación de modo alguno.

En la fe musulmana, el libro y solo el libro mismo, inspirado y venido del cielo es el único normativo, solo el libro contiene toda la verdad, y solo él establece el contacto con Dios. El profeta mismo, tan venerado como sea, y es venerado en efecto, no cuenta para nada. No es objeto, repito de ningún culto y no piensan jamás recurrir a su intercesión porque el libro basta. Fue dado una vez por todas, reina en una especie de espacio intemporal por los siglos de los siglos y todo lo que podemos hacer es leerlo, recitarlo, eventualmente comentarlo, pero jamás se podrá añadirle nada porque el texto permanece inmutable e inmóvil, absolutamente independiente de la historia del profeta y de la historia de sus discípulos.

El cristianismo es la presencia de Jesús

Al contrario, el cristianismo se identifica con la persona de Jesús y es uno con ella. Reposa totalmente sobre la historia y la presencia de Jesús. No significa nada si se elimina la Presencia de Jesús. San Pablo lo dice claramente también en la epístola a los filipenses cuando dice: “Para mí, la vida es Cristo” (Fp. 1:21).

El cristianismo es una persona, no es una doctrina, no es un sistema del mundo, no es una moral sublime, ni una enseñanza trascendente que podríamos separar de Cristo.

El evangelio nos introduce en el realismo místico, y por lo mismo en una moral existencial en que no se trata de hacer sino de ser, en que la única acción esencial es una acción de presencia.

Cristo está en su palabra, la explica y la rebasa. En el fondo, él es la única palabra y si el cristiano lee la Biblia, si lee el Nuevo Testamento, lo hace viendo en filigrana, bajo cada palabra, la Presencia de Jesús y si el evangelio es una persona, si el cristianismo es una presencia es que como el evangelio nos introduce en el realismo místico y por lo mismo en una moral existencial en que no se trata de hacer sino de ser, en que la única acción esencial es una acción de presencia, el cristianismo introduce así en una forma de conocimiento para el cual es necesario retomar el término de conocimiento nupcial, acuñado maravillosamente por Patmore cuando dijo: “Todo conocimiento digno de ese nombre es un conocimiento nupcial”. Y para nosotros eso tiene una importancia inmensa porque aclara la vida misma de nuestra inteligencia, el carácter mismo del conocimiento.

Mirada sobre la ciencia

La ciencia marcada por la historia y por lo humano

Ustedes recuerdan las palabras tan patéticas de Poincaré: “La ciencia habla en indicativo, no en imperativo.” La ciencia nos permite acceder a ciertas energías pero no nos dice qué hacer con ellas. Nos pone en las manos un poder que no deja de crecer pero no nos prescribe su uso. Y ya vemos el hiato que plantea hoy un problema tan grande, el hiato entre el poder y la utilización, entre el poder y la aplicación que le damos, entre el indicativo y el imperativo.

Pero no hay que exagerar ni perder de vista que de cierta manera la ciencia es también historia y lo sentimos mejor hoy en día, dada la rapidez extraordinaria de los descubrimientos científicos. Se realizan a un ritmo tal que es casi necesario revisar cada seis meses, cada seis meses, todo el campo de nuestros conocimientos. La ciencia entonces jamás ha sido marcada por la historia como ahora. Más que nunca, la ciencia tiene hoy la marca del hombre. Siempre la ha tenido de cierta manera ya que el mero hecho de interrogarse sobre el universo y tratar de entenderlo es ya, de cierto modo, tratar el universo como persona.

Reflexión sobre la persona

¿Qué es lo que constituye la persona? Una persona humana es un centro unificado, un centro en que el ser entero se reúne, en que todo el ser toma significado, del que todo el ser toma su luz, centro que hace finalmente de cada fibra un rostro, que permite a cada fibra encontrar el mismo rostro, el mismo rostro inagotable, el mismo rostro eterno, el mismo rostro infinito, que es justamente el rostro de luz que el ser humano adquiere cuando cesa de mirarse, cuando es liberado de su biología, al menos de los límites de su biología, que está todo en estado de ofrenda en que alcanza a la autenticidad de su ser.

Enfoque personalista del universo

Pues bien, igualmente, cuando el hombre trata de entender el universo, busca un centro en cada realidad. Trata de entenderlo a partir de una estructura que controla todos los fenómenos, que los hace inteligibles y nos permite reproducirlos. Si buscan la fórmula del volumen de un cono en geometría, buscan finalmente su fórmula genética, la fórmula que permite engendrarlo a él y solo él, es decir que la ciencia ha tratado siempre de cierta manera de personificar los fenómenos, hacerlos inteligibles, captarlos en un centro donde se unifican, donde proceden lógicamente unos de otros, en una arquitectura inmediatamente legible que permite a la vez retenerlos, entenderlos armoniosamente y reproducirlos infaliblemente.

Es verdad, pero es raro que los sabios, quiero decir el mundo científico ya que los sabios son raros, quiero decir los descubridores, los pioneros y los genios, es raro que en el mundo científico aparezca y sea profundamente reconocido el carácter personalista del universo.

Hablar de las leyes del universo es ya declarar que el universo es inteligible, que en él circula un pensamiento, que tenemos como captarlo con el pensamiento, que es susceptible de entrar en nuestra inteligencia, que la razón puede con él alimentarse y encontrar en él su luz.

La mayoría de los que utilizan la apalabra ley, las leyes del universo, no se dan cuenta de que la palabra ley es una palabra absolutamente antropomórfica. Hablar de las leyes del universo es ya declarar que el universo es inteligible, que en él circula un pensamiento que tenemos como captarlo con el pensamiento, que es susceptible de entrar en nuestra inteligencia, que la razón puede con él alimentarse y encontrar en él su luz.

Pero son palabras que, como todas las palabras, tienen la pátina del tiempo y ya no prestamos atención a los subentendidos humanos que contienen; y justamente porque ya no prestamos atención a ello, la ciencia puede materializarse, reducirse a puro indicativo, llegar solo a un poder que puede pasar entre todas las manos y devenir un instrumento de destrucción pues hay que decirlo desgraciadamente, las guerras de nuestro tiempo han sido los mayores estimulantes de la investigación; y si se ha puesto tanto ahínco, si se han recorrido tan rápidamente etapas decisivas, es precisamente porque los hombres de guerra necesitaban absolutamente instrumentos que rebasen los medios de destrucción de sus adversarios.

Un universo que transmite un mensaje

Pero sigue cierto que la ciencia se constituye realmente al nivel en que precisamente los subentendidos humanos dejan de ser subentendidos y en que de verdad, ante un mundo personificado, el sabio entra en el estado de encantamiento y de contemplación del que dijo Einstein que está al origen de todos los grandes descubrimientos científicos. En este diálogo es justamente donde brilla el genio.

Si un sabio es movido por el amor de la verdad, el solo amor de la verdad lo introduce ya en el realismo místico. Es decir que se siente comprometido… ante ese valor indefinible que lo domina totalmente, para su dicha además, pues esa verdad lo colma.

En ese diálogo la ciencia deviene catarsis, purificación, exigencia, compromiso, e iba a decir, religión, pues justamente ya no estamos ante un universo objeto, un universo cosa, un universo instrumento, un universo a explotar sino un universo que es don, un universo que transmite un mensaje, o al menos que hace sensible una Presencia y es perfectamente claro que para él, sin que sea necesario reconocer explícitamente esa Presencia, si es un sabio que no se vende, si es movido por el amor de la verdad, el solo amor de la verdad lo introduce ya en el realismo místico, es decir que se siente comprometido, no hacia sus comanditarios, no con una fábrica, no con los militares que desean un instrumento de destrucción más eficaz y más rápido, sino comprometido con ese valor indefinible que lo domina totalmente, para su dicha además, pues esa verdad lo colma.

El amor de la verdad

Cuando Jean Rostand habla de la verdad, habla exactamente como un místico que sabe que es necesario superarse para acercarse a ella, que hay que cuestionarse, que no hay que creer que hemos alcanzado un resultado supremo, que sabe que se necesita el silencio, el silencio, que la verdad nunca está donde gritan, casi nunca donde hablan, y que finalmente es inefable, no se puede expresar sin correr el riesgo de limitarla.

Es evidente que en este nivel ya no se trata de fórmulas, ya no se trata de código hereditario, ya no se trata de fórmulas de la relatividad, sino de algo infinitamente más precioso, de algo final, definitivo y eterno, pero precisamente informulable, informulable, que siempre reconocemos sin jamás conocerlo.

Y eso es lo que imanta la ciencia, eso la sostiene, y eso ilumina la mente del hombre de ciencia, sea cual fuere la época a que pertenezca. Este año ha habido descubrimientos de cosas desconocidas hace dos años, como la fórmula del código de la herencia, y es perfectamente claro que la gente que vivía hace dos años no eran todos tontos y que todos los sabios que no conocían aún esta fórmula hoy descubierta no estaban por eso menos en la luz, en la misma luz.

Esto quiere decir que al pasar de un nivel a otro, de una etapa de investigación a otra, de una fórmula a otra, el sabio puede perfectamente estar en la luz del centro, gravitar en el sol interior de la verdad y estar tanto más iluminado cuanto más comprometido esté, pues justamente estamos en un universo personal en el que conocemos en la medida en que nacemos, en que nacemos en el sentido de SER, los dos sentidos se recubren.

Llegamos a la verdad bajo forma de historia

Conocer y nacer

Mientras más SOMOS y mientras más nacemos, más conocemos pues ya no se trata de conocer algo, un objeto… sino que estamos ante una Presencia que es el imán supremo de toda investigación, el espacio supremo de toda libertad, la suprema recompensa de todo amor.

Conocemos en la medida en que nacemos, conocemos siendo, conocemos naciendo. Y mientras más SOMOS, y mientras más nacemos, en el sentido de nacer, más conocemos pues ya no se trata de conocer algo, un objeto, una fórmula que permite engendrar los fenómenos, comprenderlos, reproducirlos, sino que estamos ante una Presencia final, de una Presencia que es el imán supremo de toda investigación, el espacio supremo de toda libertad, la suprema recompensa de todo amor, y justamente porque nos encontramos, o mejor, porque estamos en una relación esencialmente personal, llegamos a la verdad bajo forma de historia.

No hay fórmulas para conocer una persona. Se puede determinar el grueso de una placa metálica por medio de la luz, por medio de un largo de onda, con extraordinaria precisión, pero no hay fórmula para conocer el secreto de un ser humano que además deviene, que debe llegar a sí mismo y normalmente no lo hará sino en un amor en que intercambia con otro, y finalmente, siempre en un amor donde intercambia con Dios. Es entonces perfectamente claro que lo normativo es el don de sí mismo. Aquí la verdad se identifica con una historia.

El Retrato de Dorian Gray, o el corazón cerrado

Para distraerlos un poco dándoles una parábola, les recuerdo simplemente el diálogo ente Dorian Gray y Sibila Vane en El Retrato de Dorian Gray. Les recuerdo la escena en que se siente vivir en el libro el episodio en que Dorian fulmina con su mirada a Sibila y la insulta porque jugó mal el papel de Julieta en la tragedia de Shakespeare, que ella había ejecutado magistralmente hasta entonces. Él se había enamorado de ella, al menos eso creía, había hecho de ella una joya con que se adornaba y hartaba los oídos de sus amigos hablando del genio que había descubierto y que creía haber inventado. Quería tener éxito llevando a sus amigos al espectáculo, y justamente esa noche Sibila se desinfla y cae en la categoría de actrices de segunda clase.

Entonces, furioso y humillado, la desprecia, la insulta, a lo cual responde ella con esa frase magnífica que es la más bella declaración de amor: “Mientras no conocía el amor yo podía jugar el papel. Ahora que lo conozco, es imposible”. Es claro que nos conmueve leer esta declaración y hubiera conmovido a Dorian Gray, lo habría transfigurado, lo habría colmado de felicidad si hubiera amado de verdad, pero como no amaba, como solo se amaba a sí mismo, como Sibila era solo un objeto que alimentaba su vanidad y su orgullo, la abandona fríamente y ella se suicida esa noche.

El diálogo es aquí imposible justamente porque no hay presencia reconocida para esa magnífica declaración: no hay quien la escuche y la reciba, y esa es justamente la ley fundamental en el mundo personal. La música más hermosa del mundo no puede afectarnos si no la escuchamos, si no la escuchamos. El mayor genio del mundo no puede enseñarnos nada si nos tapamos los oídos, y el amor más generoso y apasionado no puede conmovernos si el corazón se cierra.

La Revelación es una historia recibida por una presencia humana

La revelación solo puede hacerse bajo forma de historia. No es jamás una afirmación que pueda expresarse en un formulario una vez por todas. Se trata de una Presencia que se comunica y que solo puede ser recibida por una presencia humana.

Y esto nos explica inmediatamente que la revelación de Dios se sitúa en un mundo esencialmente personal, ya que Dios es persona a un grado único por ser el único personificante ya que nos hacemos persona solo encontrándolo pues él es la clave de nuestra intimidad y el espacio de nuestra libertad, esto es lo que explica que la revelación solo puede realizarse bajo forma de historia. No es jamás una afirmación que pueda expresarse una vez por todas en un formulario. Se trata de una Presencia que se comunica y que no puede ser recibida sino por una presencia humana.

En la medida en que la presencia humana es deficiente, imperfecta y con mezcla de sombra, el rostro de Dios se deforma, es falseado, desfigurado y termina haciéndose un ídolo y todas las imperfecciones de la revelación, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento o en la historia humana y en todos los libros sagrados, las imperfecciones no vienen de Dios sino del hombre que solo puede comunicar a Dios en la medida en que lo vive y reduce necesariamente a Dios a su propia medida y expresa necesariamente a Dios en su propio lenguaje.

Y por eso para que la revelación fuera perfecta, se necesitaba una humanidad absolutamente perfecta, una humanidad absolutamente decantada, una humanidad totalmente desapropiada como veremos esta tarde, que es la humanidad de Jesucristo. A través de esa humanidad se manifiesta la revelación y es inseparable de ella.

La revelación cristiana es una historia porque se sitúa en un universo esencialmente personal en que el conocimiento está consustancialmente unido a un intercambio de personas, es decir que esta verdad es una verdad existencial, una verdad que nos compromete, una verdad incognoscible e inaccesible si no nos hacemos, si no llegamos al nivel personal del yo ilimitado, del yo valor, del yo creador, del yo bien común que debemos devenir.

La única apropiación posible es una apropiación liberadora

Un Dios desposeído

Y en el fondo de todo eso, vemos surgir el monoteísmo trinitario sobre el cual volveremos esta tarde, vemos surgir el monoteísmo trinitario que es tan diferente del monoteísmo unitario.

El Dios que se revela en Jesucristo es un Dios trinitario, un Dios desapropiado, un Dios que solo tiene contacto con su acto y con su ser comunicándolo; … tampoco puede poseer nada del universo, ni imponerse a él u obligarlo; solo puede llegar a él con su amor, solo puede revelarse como el amor y por ende, solo es accesible a nuestro amor.

Porque el Dios que se revela en Jesucristo no es un Dios solitario sino un Dios trinitario, un Dios desposeído, un Dios desapropiado, un Dios que no tiene nada, un Dios que solo tiene contacto con su acto y su ser comunicándolo, un Dios que por no poder poseerse a sí mismo, un Dios que por ser en su vida íntima la anti-posesión y el despojamiento eterno, tampoco puede poseer nada del universo, ni imponerse a él u obligarlo; solo puede llegar a él por su amor y solo puede revelarse como el amor, y por ende solo es accesible a nuestro amor.

Lo que queremos poseer se nos escapa

Esto nos confirma en el descubrimiento que hacíamos en el plano moral: aquí, en el plano del conocimiento y de la verdad, lo que es lo mismo, descubrimos una vez más que la única apropiación posible del universo, de la historia, y con mayor razón de la verdad, es una apropiación liberadora. No podemos poseer nada atrayéndolo hacia nosotros sin perder al mismo tiempo la luz que eso podría traernos y los títulos que teníamos para disfrutarlo, ya que solo puede ser para nosotros el espacio de seguridad que nos conduce a un espacio de generosidad.

Esto vale para las cosas materiales: se nos escapan cuando queremos poseerlas en un sentido absoluto, se nos escapan y nos hacen esclavos de las pasiones no dominadas. Con mayor razón, la verdad se nos escapa – la verdad y la virtud se nos escapan – cuando queremos poseerlas y atraerlas hacia nosotros para explotarlas.

Conclusión

El cristiano está comprometido y presente en la historia

Llegamos pues siempre a la misma conclusión: el cristianismo nos quiere totalmente presentes en la historia, nos quiere totalmente comprometidos en la misión temporal, nos quiere terrenales al máximo, porque ante todo estamos encargados de nosotros mismos y de nuestra propia creación, de toda la humanidad en que cada uno debe acceder al universo interior en que deviene a la vez creador, encargados de la tierra para que no sea simplemente la aplanadora que aplasta nuestras necesidades, encargados del universo para que podamos encantarnos ante él y hacer de él y de nosotros una ofrenda en una creación que sea toda un ofertorio inmenso, como está llamada a ser relicario de Dios.

El cristiano se dedicará al desarrollo de la tierra y los astros en la medida en que nuestra capacidad llega hasta ellos como a una obra sagrada que le es más apreciada que a nadie…, pues para él todo eso hace parte del reino del hombre y del reino de Dios que coinciden el uno con el otro.

El cristiano, si es cristiano, y nosotros si lo somos, se dedicará al desarrollo de la tierra y de los astros, en la medida en que nuestra capacidad llega hasta ellos, se dedicará a este trabajo como a una obra sagrada que le es más apreciada que a nadie, y que él realiza con más pasión que nadie pues para él todo eso hace parte del reino del hombre y del reino de Dios que coinciden el uno con el otro; porque él no puede realizarse y Dios no puede revelarse, ni entrar en la historia, si la historia no recibe la dimensión humana, si el mundo no es liberado, no es humanizado, si no deviene para cada uno la condición de su liberación y el espacio de seguridad donde pueda devenir espacio de generosidad.

En primer lugar el espacio de seguridad

Un joven patrón me preguntaba un día qué pensaba yo de construir una capilla en su fábrica. “Mi esposa y yo hemos pensado construir una capilla en nuestra fábrica.”“Pero primera pregunta, ¿la desean sus obreros? Segunda: ¿con qué dinero la van a construir? Si es con dinero de la fábrica, es fruto del trabajo de todos. Todos deben ser consultados. ¿cuál es el salario de sus obreros? ¿Es un salario suficiente”“Yo no sénada.”“Comience primero por ahí, por saber si el salario legal de sus obreros les basta, antes de imponerles una capilla que no deseaban y que Ud. va a construir con los beneficios de una empresa cuya fuente son ellos, pues ellos son colaboradores. ¿Usted quiere entonces hacer que maldigan a Dios frustrándolos precisamente de una participación en los beneficios a que tienen derecho? Cuando los tengan, cuando sean espacio de generosidad teniendo un espacio suficiente de seguridad, entonces podrá ser el momento de erigir la capilla.”

El reino de Dios en el hombre

Pero para comenzar y en la perspectiva del Lavatorio de los pies, hay primero que ver, primero, reconocer, y reconocer practicando la justicia, reconocer que el primer santuario, el santuario único, el santuario eterno, el único santuario inviolablemente sagrado, es el hombre, es el hombre. Eso es. El hombre ante el cual se arrodilló Jesús la noche del jueves santo, el hombre que debe construir la historia y que solo podrá construirla humanamente si respeta al hombre, si el hombre reconoce el reino de Dios en el hombre, tratando por fin cada uno a los demás como santuario de la divinidad.

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