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Homilía de Mauricio Zúndel. El Cairo, 1966. No publicada.

Resumen: Dios tiene fe en nosotros, en lo que somos. El precio de la vida está en transformarla toda en ofrenda de amor. Para dar a la Presencia oculta en cada uno de nosotros. Lo que le importa a Dios es que seamos presencia real unos para otros.

Lo esencial es lo que se realiza en lo más íntimo de nosotros

Acabamos de presenciar la curación de dos ciegos y vemos que la primera orden de Jesús es prohibirles terminantemente divulgar su poder y lo que acaba de realizarse en ellos. ¡Qué conducta extraña para un taumaturgo que tiene poder espiritual sobre la vida y la muerte, que puede sanar todas las enfermedades, vencer todas las resistencias materiales y que prohíbe hablar de esas maravillas y prodigios por temor de desvalorizar lo esencial que es la vida del espíritu!

Realizar prodigios, suscitar entusiasmo, son finalmente cosas peligrosas si uno cree que lo esencial se realiza en lo más íntimo de nosotros. Eso es lo maravilloso del Evangelio de Jesús, que las maravillas no cuentan para nada.

“El que crea en mí hará cosas aún más grandes que yo” (Jn 14:11-12). Pero cualquier cosa que se haga, no es nada porque todo es solo medio para nuestra transformación en Dios. Y justamente, eso es lo que el evangelio de hoy nos hace comprender de manera más profunda: la fe única, incomparable e incomprensible que Dios tiene en nosotros.

Ser presencia real unos para otros

Nadie cree en el hombre como Jesús, nadie da más importancia a nuestros corazones que Jesús. Toda la grandeza del hombre está, no en lo que hace, sino en lo que es.

Y María, la madre de Jesús, desaparece en los Hechos de los Apóstoles justamente en el momento en que surge la Iglesia. Cuando se difunde el mensaje, cuando el mensaje realiza la conquista del mundo, la madre de Cristo desaparece total y definitivamente de los relatos del Nuevo Testamento, justamente para que no nos equivoquemos sobre lo esencial que es lo que sucede en el corazón del hombre, que la buena nueva es suscitar en nosotros una vida divina que solo la fe puede hacernos sentir.

Eso es lo importante para Dios, que seamos presencia real unos para otros.

Y justamente, el evangelio de la pobreza y el silencio es un evangelio que debe resonar en lo más íntimo de nosotros. ¿Cuál es el precio de nuestra vida? Eso justamente, transformarla toda en ofrenda de amor. Por eso los místicos no han cesado de ver en la vida cristiana una vida nupcial, una comunión de amor en que solo cuenta el amor, el don de sí mismo, como en el amor de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres, como el amor de los esposos, don de sí mismo que compromete silenciosamente todo el ser, que le pide la espera amorosa que hace del hombre una presencia real. Para Dios, eso es lo que cuenta: que seamos presencia real unos para otros.

¿Qué hizo Teresa del Niño Jesús? ¡Nada! Simplemente, se hizo transparente a Dios y apenas exhaló el último suspiro la tierra quedó iluminada con su presencia para poder vivirla, y a pesar de los espacios, a pesar de las diferencias de lengua, rito y civilización. Podemos darnos cuenta de ello en la Iglesia de Santa Teresa de Chaixah en este barrio del Cairo.

Hay una fuerza, un poder creador que alcanza lo más íntimo del ser, es la consciencia de la Presencia divina en nosotros.

¿Cuál es nuestra actitud ante la muerte? Diferimos nuestra muerte. Nos aferramos a la vida orgánica. Defendemos de la muerte a los seres que amamos. Queremos retener su presencia y les impedimos realizar la plenitud que deseamos ver realizarse en ellos.

El evangelio de hoy nos lleva a lo esencial. Nos lleva al silencio, a la pobreza de la Virgen de Pentecostés. La luz del amor, eso es la vida eterna, ese es el sentido de nuestra existencia. No tenemos más que dar a Dios que lo que constituye la respiración de nuestra mente y de nuestro corazón.

Hacernos luz para todos los hombres

Cada uno de nosotros puede comunicar una luz infinita,… iluminar el día, llevar la vida y ser manifestación de la Presencia infinita.

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¡Ah! ¡Cuánto nos ama Dios! ¡Cómo cree en nosotros! ¡En qué rango magnífico nos coloca pues da su vida para obtener el don de nuestro amor! Pidamos pues al Señor que comencemos a amar a los que amamos para darles lo único necesario que hay en ellos, la Presencia oculta en lo más íntimo de cada uno de nosotros. Cada uno puede comunicar una luz infinita. Cada uno está llamado a ser fuente de esa luz. Cada uno de nosotros puede iluminar el día, llevar vida y ser manifestación de la Presencia infinita.

Y eso es justamente lo que quisiéramos realizar en esta liturgia uniéndonos a todos los que nos han precedido, haciéndonos para todos los hombres que han vivido desde el comienzo del mundo, apretando los lazos con aquellos que amamos al otro lado del velo y en este.

Ante Dios, toda alma es como un sol que ilumina el mundo, revelando silenciosamente, como la Virgen el día de pentecostés, el rostro que cada uno puede encontrar impreso en su corazón,… a condición de hacerse el sacramento sonriente del eterno Amor.

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Queremos comulgar en esta Presencia de Dios extendiéndola a todos, haciéndonos permeables a la luz de Jesucristo y que encontrándonos, los demás encuentren al Señor mismo y comprendan que no están solos, que hay Alguien que da a su existencia un valor infinito, Alguien que aspira a cada latido de su corazón, pues justamente, ante Dios toda alma es como un sol que ilumina el mundo revelando silenciosamente, como la Virgen el día de pentecostés, el rostro que cada uno puede encontrar impreso en su corazón, a condición de que un rostro humano, un rostro de bondad, nuestro rostro, sea el sacramento sonriente del eterno Amor.

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