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Artículo de Mauricio Zúndel, publicado en La vie spirituelle, Ed. du Cerf – Noviembre de 1963. Ya publicado en este sitio el 25/06/2013.

El capital afectivo que contiene la palabra mamá

El grito de un anciano agonizante, llamando a su madre fallecida desde tiempo atrás, mientras que su esposa está al lado de su lecho, nos hace sentir el poder del lazo que une al hombre a la cuna viva en que fue concebido. Pero da también un testimonio más fuerte del enorme capital afectivo que contiene la palabra mamá, que surge en todos los momentos en que el ser humano tiene que abandonarse.

Entonces se encuentra en el estado de desnudez original en que dependía de los cuidados maternos, en una simbiosis de ternura que imprimía en todas sus fibras el rostro que se inclinaba sobre su fragilidad.

Conserva para siempre esa imagen, soñando con una armonía que lo acompaña en su crecimiento y que da a su madre en cada etapa las cualidades que responden a sus exigencias. A menudo la mira como quisiera que fuera, atribuyéndole todas las virtudes necesarias a la confianza que él le otorga.

Aunque se decepcione, sigue la mayor parte del tiempo alimentando en secreto el sueño de una madre ideal que reúne todos los bienes. Probablemente, su biología conserva siempre cierta nostalgia del seno que lo gestó y su ser personal desearía con mayor ardor aún conservar lo mejor del corazón donde brotó su primer amor.

La santa virgen una Madre perfecta

En este contexto psicológico tiene su fuente generalmente el amor del niño y del adolescente a la santísima virgen. Ella aparece primero como la Madre perfecta que colma sus esperanzas y que jamás podrá decepcionarle. Más que una integridad física cuya noción permanece muy vaga, su título de Virgen expresa la plenitud del don que distingue su maternidad incomparable de todas las demás. Ella es solo madre, y lo es con todo su ser. Solo existe para darse y dándose.

Emana de ella indudablemente una exigencia de pureza que a veces transforma radicalmente al adolescente, liberándolo para siempre del embrujo de la carne. Pero es menos iluminándolo sobre sí mismo que en razón de la incompatibilidad de la presencia inmaculada con una vida entregada a las fatalidades del instinto.

Se impone a él cierta visión de la Mujer cuyo carácter sagrado hace contrapeso a las fascinaciones que acechan su pubertad. La virtud a que se siente llamado no es para él una disciplina para hacerse dueño de sí mismo, sino que tiene rostro: es una persona cuya luz se difunde en su persona.

La Madre, entre la santidad y la seducción del amor de las mujeres

El niño se siente llamado a creer en la santidad de su madre y si no lo corrompen precozmente, ya ha podido aprender de ella el respeto de sí mismo. Las mujeres que llevan una vida irregular se esfuerzan generalmente por no dejar percibir nada de ello a los ojos de sus hijos, para no dañar la imagen que tienen de ellas.

Pero para las más honestas es difícil no sentirse un poco incómodas con ellos por el secreto de su vida conyugal. Sienten que un día, cuando sean adultos, sus hijitos van a ver en la mujer algo distinto de la madre.

Ellas quisieran retardar el despertar del erotismo, pero ¿no es fatal? ¿No existe una ambigüedad natural que exige de la mujer todas las virtudes de la madre y que al mismo tiempo la reviste de todas las seducciones del amor, dándole en todas las literaturas un rostro doble, uno que evoca la caída y todas las servidumbres de la carne, y otro que invita a la mayor veneración en virtud de la suprema generosidad que lo ilumina.

Precisamente, la Santísima Virgen exorciza esa ambigüedad porque escapa de ella, ya que en ella las cualidades de esposa coinciden rigurosamente con las virtudes de la madre, pues la sombra del instinto jamás perturbó la claridad de su mirada.

Ella revela así a la mujer como todo niño quisiera que fuera su madre, tal como necesitamos creer que puede ser para que le otorguemos toda nuestra confianza y respeto.

La Madre de Cristo asociada a la Redención

Por pertenecer al sexo masculino, Cristo no podía ofrecer a la esposa y a la madre un modelo que corresponda a todos los matices propios de su condición, aunque su misión redentora concierne tanto a la mujer como al hombre. Eso es sin duda lo que explica el hecho de que el pensamiento cristiano se haya inclinado como naturalmente a oponer a la pareja prevaricadora cuyo “gran rechazo” ensombreció nuestros orígenes, la pareja redentora, constituida por el segundo Adán y la segunda Eva.

Esta tendencia espontánea se inspira de un sentimiento muy vivo de unidad del ser humano a través de la diversidad complementaria de los sexos al mismo tiempo que representa un homenaje a la mujer, asociándola a su manera a la Redención.

No por eso se disminuye la primacía de Cristo, ya que la Virgen es lo que es y juega el papel que le atribuye la Tradición en virtud de la sobreabundancia de las gracias recibidas de él.

En efecto, todos los privilegios que la fe le reconoce dependen de su calidad de madre de Cristo, cuyas exigencias expresan simplemente. Entonces, el lugar que le damos a Jesús es lo que determina el que le damos a María.

Jesús fuera de serie recapitula toda la Historia

La noción paulina del segundo Adán ordena toda reflexión sobre la concepción virginal. La perpetua virginidad de María no se apoya sobre ninguna explicación natural, por ejemplo la partenogénesis, considerada por la biología actual como posibilidad para nuestra especie, ya que ha sido realizada artificialmente en laboratorio en sujetos situados bastante arriba en la clasificación zoológica. No implica tampoco menosprecio de la carne o temor de imponer a Cristo una mancha al atribuirle un origen ordinario.

La concepción virginal supone solamente que Cristo es fuera de serie, si se puede decir; él es EL HOMBRE y no solamente un hombre, el Hombre que recapitula toda la Historia y asegura toda su continuidad, sosteniendo toda la cadena de las generaciones, sin estar contenido en ella como un eslabón por el que simplemente se transmite la vida. Dicho de otro modo, supone que, más allá de su unidad biológica – la cual, justamente, no ofrece nada específicamente humano – la historia humana recibe, por medio de él, una unidad personal, que incluye todos los individuos en un mismo proyecto espiritual en el cual su efímera existencia adquiere una actualidad permanente en un amor capaz de totalizar todas las vidas, haciéndolas contemporáneas en la amplitud ilimitada de su presente.

El hijo es obra de la “naturaleza” más que de sus padres

“¿Nos reconoceremos? “ preguntaba un padre de familia al hablar de un hijo desconocido que su mujer estaba esperando. Eso era confesar de manera emocionante todo lo que la procreación ordinaria debe a una biología anónima. Bajo este aspecto, el hijo es obra de la “naturaleza” más que de sus padres. Por eso una madre digna de ese nombre sabe que la primera concepción exige ser completada por una maternidad de la persona que la compromete totalmente en el diálogo difícil y jamás terminado al que ella deberá dedicarse sin tener asegurado el éxito, para hacer surgir la personalidad.

En nuestra especie, en efecto, más que un ser humano, el neonato es una posibilidad de ser humano, si se puede decir. Deberá hacerse, y toda una vida será insuficiente para conquistar la dimensión humana que hará de él realmente una persona.

Cristo está constituido en la subsistencia divina

Con Cristo no sucede lo mismo, pues desde su concepción está constituido en la subsistencia divina y no tendrá que liberarse difícilmente, como nosotros, de un “yo” biológico para llegar al “yo” personal en que madura nuestra libertad. En efecto, en el estado de germen en el seno de su madre, su naturaleza humana ya es plenamente asumida por la personalidad del Verbo, así como también es totalmente desapropiada de sí misma.

Por no tener la subsistencia connatural a todo hombre, que podría encerrarla en sí misma, atestigua desde su vida prenatal de su capacidad de “curarnos de nosotros”, de liberarnos del “yo” posesivo cuya extinción radical condiciona y prefigura en ella su misión redentora, como lo testifica el relato de la Visitación.

Es suficiente constatar hasta qué punto está todavía prisionera nuestra especie de su biología, la facilidad con que el hombre mata al hombre y qué presupuesto insensato representa en nuestro mundo, el terreno militar, para sentir en la aurora de una humanidad-persona que se anuncia silenciosamente en las primicias del segundo Adán, investido desde el primer instante de su existencia de un personalismo divino que le confiere un “yo” universal en que son abolidas todas nuestras fronteras.

En Jesús la personalidad divina es anterior a la naturaleza humana

Pero esta ocasión de que la humanidad comience de nuevo pudiendo (acceder) a una unidad fundada sobre el espíritu, liberándola del fondo cósmico en que estamos atascados, requiere que la naturaleza humana de Cristo, encargada de unir todas las generaciones mediante un lazo personal, no sea en modo alguno tributaria por su origen de los determinismos biológicos de los que tiene la misión de liberarnos. Las raíces de nuestra especie en un universo espiritual que se nos ofrece en ella, aleja la idea de que Jesús pueda nacer de la Naturaleza, como hijo desconocido cuyo rostro trataba su padre de representarse realmente.

Esta convicción se refuerza si pensamos que en Jesús la personalidad (divina) es anterior en cierto modo a la naturaleza (humana) en el sentido preciso de que la primera ya está presente toda, con su infinita plenitud, en el minúsculo germen que es aún la segunda en el instante de la concepción. Nada podría ser más anónimo que un comienzo sellado en ese personalismo.

La maternidad virginal de María: compromete su persona antes de comprometer su naturaleza

De hecho, Jesús es designado explícitamente por Su Nombre en el relato de la Anunciación. María sabe quién será su hijo y toda su espera está dirigida hacia él. Así se nos hace sumamente inteligible su maternidad virginal: como maternidad que compromete su persona antes de comprometer su naturaleza.

En ella también es necesario notar esa precesión que corresponde a la que acabamos de evocar en su Hijo. Mientras generalmente en las mujeres la maternidad de la persona se despierta después de la de la naturaleza – y eso aún con dificultad y mezclado con muchos errores – al contrario, en María las energías creadoras de la naturaleza son dominadas por el impulso del Espíritu.

Si recordamos, conforme a la definición presentada por el P. Schwalm, que la naturaleza humana de Jesús es un sacramento – el sacramento de los sacramentos, tendremos un motivo suplementario de adherir al nacimiento virginal del Salvador. En efecto, totalmente desapropiada de sí misma, solo puede ser el intermediario de Dios, el cual se revela personalmente en ella. Es decir, por ser incapaz de apropiarse nada y de atraer la atención sobre sí misma, nunca puede sino dar testimonio de la presencia infinita en que subsiste y que ella trata de comunicar.

Por eso, cierto “noli me tangere” (no me toques) domina en sus relaciones con los hombres. Sólo la tocan realmente por medio de la fe, única capaz de captarla en su transparencia divina. De ahí viene la trágica incomprensión inclusive de los apóstoles, que abordaban la humanidad del Señor a través de sus proyectos carnales y así no podían acercarse a ella, como nos lo hace observar la expresión que nos ofrece san Juan: “Os conviene que yo me vaya”, la cual resuena como la constatación de un fracaso.

Es difícil no llegar a la conclusión de que la Madre de Cristo no habría tenido ningún contacto real con él, si no hubiera sido más que, literalmente, “el fruto de sus entrañas”. Entonces, más que nadie, ella debía estar enraizada por la fe en la humanidad sacramento de su Hijo, para engendrarlo como tal y no permanecer extranjera a su auténtica realidad. Porque sólo podía hacerlo “desde dentro” – ab intus – mediante la concepción virginal que hace de Jesús, ante todo, fruto de su contemplación.

La Concepción virginal y la Inmaculada Concepción

Aquí es donde se une realiza el lazo entre la concepción virginal y la Inmaculada Concepción. Si María es realmente la cuna de su Hijo ante todo por el don de su persona, si el Espíritu santo hace madurar su fecundidad a través de la plenitud de su contemplación, ella no estará jamás demasiado pronto ordenada a la persona de su Hijo ni comprometida en el lazo místico que la conforma con Él: en un intercambio espiritual cuya plenitud hará florecer su carne con el último retoño del “Árbol de Jesé”.

La Inmaculada Concepción significa precisamente que María está enraizada en Jesús desde el primer instante de su existencia. Así, está vacía de sí misma en el momento mismo en que brota su vida y está fundada en el estado de oblación permanente que impide que en ella surja el “yo” posesivo en que se repercute de cierto modo el rechazo original – en realidad, el rechazo de ser origen – el cual se reproduce en nosotros.

Ella es, desde entonces, total impulso hacia él, por estar “informada” en toda su persona por su relación con él, la cual preludia la maternidad del espíritu que dará un día el nacimiento efectivo del Verbo encarnado. Y dado que su disponibilidad interior es total desde ese primer instante, se puede decir que ella es su madre desde entonces, por estar marcada en todas las fibras de su ser por esa orientación que la entrega totalmente a él.

Pero ella es primero su hija, como lo expresó maravillosamente Dante en el último cantar de la Divina comedia: “Vergine Madre, figlia del tuo Figlio” porque recibe de él todo lo que ella es, y que la gracia que la colma y que hará de ella la segunda Eva es el primero y más noble fruto del “árbol de la cruz”, desolidarizándola de la caída original.

Así se realiza la pareja virginal en que la creación vuelve a comenzar y recupera su dignidad: María nace de Jesús en su ser de gracia, antes de que Jesús tome carne en su carne inmaculada. Así ella es conformada con él por la desapropiación radical que la lleva totalmente hacia él, así como la humanidad de Jesús es, aún más radicalmente, expropiada de ella misma por la privación de un “yo” connatural, que la pone bajo el control del Verbo divino.

El gozo de darlo todo

Cómo no evocar aquí las palabras transfiguradas por una sonrisa que un moribundo dijo a su esposa cuando ella creyó deber pedirle perdón por las pequeñas nubes que hubieran podido alterar a veces un poco el gozo de su intimidad: “Tú eres mi primogénita.” Ella me confesó que eso la colmó, como si el sueño de la esposa fuera el de encontrar en el corazón del marido la cuna en que ella nace a sí misma, según el orden establecido por la mediadora entre el padre y el hijo en la trinidad humana, así como el Hijo es el mediador entre el Padre y el Espíritu Santo en la Trinidad divina.

Con todas las transposiciones necesarias al nivel de la pareja virginal, de la cual debe surgir un nuevo universo, y sin olvidar que hasta la Anunciación, María solo puede ofrecer a Dios su incomparable disponibilidad – sin saber que la prepara para ser la Madre del Verbo encarnado – podemos pensar que desde el momento de la concepción de Jesús en su seno, reconoció con felicidad que ella había nacido de él.

Felicidad de calidad única, sin ninguna duda, que es el gozo de darlo todo. Porque el nacimiento de gracia que es fundamento de su maternidad la despoja al mismo tiempo de sí misma y de su hijo. En efecto, ella es su madre solo para ofrecerlo al mundo que tiene misión de salvar, inmolándose con él. Ella es la mujer pobre que no tiene nada propio, pues solo engendra a Jesús para hacerlo nacer en nosotros.

Su matrimonio con José

Su matrimonio con José está igualmente sellado en el despojamiento supremo. Con un toque infinitamente delicado, la primera página de san Mateo nos confronta con el silencio trágico de José – al que un respeto tan grande como su amor prohíbe interrogar a su esposa sobre una maternidad cuyo origen ignora – y de María, que solo puede abandonarse a Dios en la situación en que él mismo la puso. Cada uno por su lado acepta una separación que parece ser la única solución y solo después de haber aceptado perder todo, se vuelven a encontrar por intervención sobrenatural.

Van a vivir juntos la angustia de las amenazas que pesan sobre el Niño divino, la angustia de haberlo perdido en la peregrinación a Jerusalén, y la sorpresa de encontrarlo, la cual hará brotar del corazón de María el homenaje – en que ella parece recordar la terrible noche en que casi se produjo la separación, para borrar el dolor del corazón de su esposo – “Tu padre y yo te buscábamos angustiados.”

Es la última vez que los vemos reunidos. José va a desaparecer en silencio y apenas se da uno cuenta de que durante la vida pública de Jesús solo vemos a María en medio de una parentela que parece tan poco apta como posible para comprenderlo.

La carrera de María

Ese período es para María la época de los años oscuros.

Jesús pertenece totalmente a su misión. Las palabras que pronuncia a los doce años: “¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” son realmente para ella la espada anunciada por Simeón. Pero esas palabras mismas explican la especie de rigor con que él parece tratarla. Él quiere estar exclusivamente disponible a la moción del Espíritu que lo llevó al desierto. Eso no tolera ninguna interferencia y ¿cómo asociar mejor a su Madre con su obra sino haciéndola participar en su obediencia? Si siente tan dura la separación, ¿no es la parte que le corresponde de ese “cáliz” ante el cual estará él aterrorizado?

Pero sería más justo pensar que el dolor de María es, no por estar aparentemente excluida de la carrera pública de su Hijo, sino más bien por percibir que se acerca para él la cruz, a través de acontecimientos cuyo final trágico y aterrador ella discierne mejor que nadie.

Lo que es cierto y que demuestra que ella comprendió la actitud de Jesús es que se encuentra al pie de la cruz para compartir el abandono supremo, con una compasión que rebasa todos los martirios y que consagra nuestra adopción en su maternidad universal.

Los relatos de la Resurrección no mencionan a la Madre del Señor. Su última mención la hace el libro de los Hechos de los apóstoles, que nos la muestra en oración con ellos en espera del Espíritu Santo.

La tradición apostólica, más amplia que los escritos, suple al silencio de éstos, haciendo de la Asunción el coronamiento de su carrera.

Este acontecimiento, simétrico a su Inmaculada Concepción, atestigua del reino absoluto de Cristo en María, tanto en su final como en su comienzo.

María triunfo con Jesús de la muerte

Ella vive exclusivamente del que es “el Príncipe de la Vida” desde el primer instante de su existencia. Ella nació de él antes de que él naciera de ella, para que ella estuviera al nivel de la maternidad de la persona, única que podía estar en ecuación mística con él.

Por eso la afirmación de la concepción virginal no tendría el menor interés si se redujera a un dato físico. La virginidad de María es ante todo virginidad espiritual. Coincide con la desapropiación que la orienta totalmente hacia Jesús, preservándola de la posesividad heredada del primer rechazo y que nos amarra a nuestra biología, aprisionándonos en un “yo” prefabricado que nos impide llegar a nosotros mismos y que debemos laboriosamente superar, para conquistar el estatuto de persona en que llegamos a ser, poco a poco, fuente y origen en una existencia que toma forma y figura de ofrenda.

Como María engendra de la plenitud que constituye su ser de gracia lo que ella recibe de Jesús, ella está toda penetrada de la vida cuya fuente es él y que hace de él el vencedor de la muerte.

Si su biología virginal está a tal punto bajo el poder de su contemplación que le debe a ella toda su fecundidad, no vemos cómo esa biología podría deshacerse y ser dominada por la muerte que no hace morir sino lo que en cierto modo ya está muerto y se muestra incapaz de vivir.

Su conformidad suprema con Jesús y la suprema victoria de Jesús en ella, será precisamente que triunfe con él de la muerte y sea desligada de todos los lazos terrestres sin padecer la corrupción del sepulcro, pues su carne, de que el Señor tomó la suya, está libre de las servidumbres cósmicas de las cuales tenemos tanta dificultad de liberarnos.

La glorificación de la carne virginal de María es un preludio de la que está prometida a la nuestra

Después de todo, si el término final normal de la vida cristiana es la resurrección, fácilmente entendemos que la Madre de Cristo llegue a ella en seguida, después de haberse identificado una vez más con su Hijo, en una muerte de amor que excluye toda desintegración orgánica y permite a su carne inviolada una participación inmediata en la gloria divina donde permanece para siempre, inseparablemente unida al alma que nunca dejó de llevarla a la contemplación.

La glorificación de la carne virginal de María es además un preludio de la que está prometida a la nuestra y nos recuerda oportunamente el respeto del cuerpo humano que debe prepararla.

Si debemos hacernos hombre también, es evidente que debemos serlo en la carne tanto como en el espíritu. ¿No dice santo Tomas Thomas que “debemos amar el cuerpo con el amor de caridad que tiene a Dios por objeto”? ¿No es esa la mejor manera de valorizarlo y de ponerlo en la categoría de sagrado y de no poder tocarlo sino al nivel de las realidades divinas?

Eso significa precisamente la virginidad de María, entendida primero como desapropiación radical que exorciza el triste mundo de la posesión, en que somos presa de los automatismos pasionales y caricatura de nosotros mismos. No se trata de huir ante el cuerpo, sino de asumirlo permanentemente, si se puede decir.

Este privilegio que le confiere su nombre, pues ella es para siempre la santísima Virgen, tiene sus raíces, como vimos, en su maternidad y tiene como único fundamento esa referencia congénita a Jesús en que respiran todas las fibras de su alma. No tiene ningún sentido fuera de él y el que no lo reconoce como segundo Adán no puede interesarse ni un instante por la segunda Eva. La Inmaculada Concepción de María, su Asunción y su maternidad universal no hacen más que radicalizar la primacía de Cristo que la expropia de ella misma a tal punto que nada en ella permanece extranjero a la misión del Salvador, a la cual ella está rigurosamente subordinada.

Por eso ella da testimonio de él por todo su ser. Su personalidad gravita en él, ya que ella es solo referencia a él. No podemos invocar a María sin que ella responda: Jesús. De ahí se deduce que ella lo revela tanto como se revela, ya que todos los rasgos que la distinguen corresponden rigurosamente a los que inscriben en nuestra historia la figura del Verbo encarnado.

María nos muestra a Dios sensible al corazón

Sin embargo, sigue cierto que ese testimonio es dado por una mujer y que esa revelación es hecha por una madre. ¿No hay que concluir de ahí por eso mismo que María está encargada de hacernos conocer todo lo maternal que hay en el amor del Señor hacia nosotros?

Dios es infinitamente más Madre que todas las madres, ya que su ternura es solo un eco lejano de la suya. Por eso me parecería blasfematorio repetir el antiguo cliché de que “Dios se reserva la justicia y la parte de María es la misericordia”. Pero es muy distinto reconocer en ella el sacramento de la ternura de Dios más perfectamente adaptado a nuestra sensibilidad.

Pero sabemos, diría Péguy, cómo juzga una madre. Ella no se encarniza contra un hijo indigno sino que más bien toma el puesto del culpable, ofrece su cuerpo a los golpes que puedan herirlo, obstinándose en doblegar su corazón por la confianza con que lo rodea su amor.

¿Esperaríamos menos de Dios que es la fuente de toda generosidad humana y que nos grita por medio del profeta Isaías: “¿Olvidaría una mujer al hijo que amamanta, dejaría de amar al hijo de sus entrañas? ¡Aunque hubiera una que lo olvidara, yo no te olvidaré jamás!” (Is. 49:15 )

¿No es justamente la cruz el juicio de una madre que muere por amor de sus hijos al mismo tiempo que ellos rechazan su amor?

¿No tendría la Santísima Virgen precisamente el papel de recordarnos que Dios es el amor que va hasta allá, para que jamás le demos un rostro que no quisiéramos para nosotros?

Eso es finalmente lo más precioso que la piedad cristiana descubre a través de “la mujer pobre” que se eclipsa toda en Jesús para dejarlo transparentar a través de todas las fibras de su ser: “un Dios sensible al corazón.”

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