ftd 51 1201

Conferencia de Mauricio Zúndel en París, en 1951. Inédita.

Resumen: Se plantea la cuestión de si una revelación divina puede ser doctrina. Pero el lenguaje humano depende de la época, de la cultura. La revelación solo puede ser encarnación, influencia de la intimidad divina en una vida humana transfigurada y transparente a Dios. La revelación es Cristo mismo, porque en él brilla la luz de la intimidad divina.

Una revelación con garantía de autenticidad

La Cristiandad, y una Cristiandad dividida como la de hoy, pretende ser revelación garantizada por una encarnación divina. Y los miembros separados de la cristiandad, ortodoxos, protestantes o católicos buscan igualmente en la revelación un apoyo a sus posiciones propias y separadas. Ese es un ejemplo de revelación que no logra reunir a los que dicen recibirla.

No es la única que pretende ser revelada. También están los Vedas y todas las doctrinas influenciadas por el vedismo o el budismo y en particular el Islam que vino después de Cristo. Todos esos grupos presentan libros sagrados, es decir textos indiscutibles porque tienen sanción divina.

Cerca de nosotros vemos a alguien como Simona Weil que nos presenta una especie de sincretismo en que el cristianismo se encuentra por doquiera, en Homero, entre los griegos, en todas partes y en ninguna. Otros nos presentan un Cristo antes de Cristo con todas las características de Cristo. En otras partes vemos en medios cristianos hombres eminentes que sostienen cosas como estas: “Yo creo en el infierno, pero no hay nadie en él”, afirmación que parece un truco mágico que significa que no se toma muy en serio la revelación ni lo absoluto que ella representa.

¿Entre todas esas revelaciones, cómo discernir la que ofrece las mejores garantías de autenticidad? Por los milagros, diríamos. Pero ¿habrá que discernir la revelación por los milagros, o al contrario? Nos hallamos ante revelaciones que se oponen unas a otras o ante milagros que se refieren a una doctrina que debe discernirlos.

Revelación y doctrina

Ante tal situación, nos preguntamos: ¿una revelación divina puede ser doctrina? ¿Puede tomar la forma de enseñanza venida del cielo? Es un problema muy grave. Veremos, por ejemplo, el Corán donde se mezclan tradiciones orales y leyendas, que corrige la Biblia sirviéndose para ello de alusiones bíblicas evidentes que están en oposición con la Biblia. Los partidarios del Corán dicen evidentemente que el Corán tiene razón: él corrige la Biblia.

Como doctrina, la revelación plantea pues graves problemas. ¿Contiene verdades naturales accesibles a la ciencia humana? El Corán dice que Dios le habló al Profeta para resolver todo problema y enseñar toda verdad. Si es así, está prohibido dudar de una enseñanza venida del cielo. La investigación humana queda bloqueada, no puede sino justificar la doctrina venida del cielo.

Por otra parte, si no se trata de verdades naturales accesibles a la razón y a la ciencia humana sino de misterios divinos propiamente dichos, o esos misterios se expresan en un lenguaje incomprensible y estamos ante una incomprensión afirmada por Dios y a la que nos pide someternos: ninguna claridad, lenguaje incomprensible, y tenemos que adherir a proposiciones que no significan nada para nosotros; o los misterios están expresados en un lenguaje accesible a nuestra inteligencia – y entonces habrá que hacer la parte de nuestra inteligencia pues, al adaptarse a nosotros, traiciona lo que debe enseñar: la revelación será pues incompleta por estar expresada un lenguaje necesariamente incompleto e inadecuado. Nuestra adhesión es pues condicional, no estamos totalmente obligados. De todos modos, que se trate de misterios divinos o de verdades accesibles a la razón humana, la Revelación no podrá nunca ser comunicada sino mediante un lenguaje humano.

La parte de contingencia del lenguaje humano

Y el lenguaje humano que sirve de medio, de vehículo, es necesariamente lenguaje de una época, es decir que tiene el peso de horizontes temporales, geográficos, culturales, morales, sociales, económicos. Es un contexto de problemas, lleva cuestiones y respuestas conformes con una situación histórica particular. En una época tenemos una manera de plantear un problema, diferente de la de otra época. Habrá datos analógicos, pero habrá siempre lo singular, concreto y contingente, en relación con la situación histórica y el lenguaje tendrá adherencias que traducen la situación concreta y contingente.

¿Cómo separar del lenguaje lo que el lenguaje deja filtrar de eternidad?

Pascal, gran genio que nos supera inmensamente, solo podía leer la Biblia en el contexto del siglo 17 en que no se había descubierto casi nada en el terreno comparativo. Para Pascal, la Biblia era verdad única, singular e incomparable. No había textos que permitieran juzgar el lenguaje bíblico, no se sabía nada de las civilizaciones babilonias, sumerias o egipcias. La Biblia se presentaba como texto absoluto y no se podía discutir en su lenguaje la parte de verdad eterna y la parte de contingencia.

Tomemos un ejemplo del capítulo 15 del Libro de Samuel. Vemos a Samuel dar orden de parte de Dios a Saúl, de combatir a los amalecitas, condenarlos al anatema, es decir sacrificar todo ser viviente. De nuestro punto de vista, es difícil concebir una orden de Dios concebida en esos términos. Pero en la historia de Mescha, rey de los moabitas, pueblo enemigo de Israel, encontramos exactamente las mismas palabras: la orden dada a Mescha, de parte del dios Camosh, de hacer campaña contra Israel y condenarlo al anatema. Y Mescha se enorgullece de haber triunfado y haber traído los trofeos a su dios. Los dos relatos emplean exactamente las mismas palabras. Esas son muestras de una manera de hablar común a todos los pueblos de esa época que parten en campaña por orden de sus dioses y les atribuyen el mérito de su victoria. Decían que era el dios el que había derrotado a los enemigos.

Revelación, una conclusión apofática

En su esencia la revelación no puede ser doctrina venida del cielo ni enseñanza divina. No es un catálogo de proposiciones sobre del mundo y su origen, el hombre, su origen y su fin; no es una ciencia de la historia o de la moral.

Son maneras de hablar difundidas universalmente en el mundo semítico, y que dan aquí la medida de los niveles históricos. Podemos hacer la comparación porque tenemos documentos. Esas figuras de lenguaje deben ser tomadas como maneras de hablar y no como revelaciones divinas.

Otro ejemplo es el de Galileo en que vemos la Biblia citada para sostener un error. Vieron en los textos una enseñanza que no estaba en ellos. Otro ejemplo es el proceso de Jesucristo, condenado en nombre de Moisés y de los textos sagrados.

Todas estas dificultades sugieren una conclusión y es que en su esencia la revelación no puede ser doctrina venida del cielo, ni enseñanza divina. No es un catálogo de proposiciones sobre el mundo y su origen, el hombre, su origen y su fin. No es una ciencia de la historia o de la moral, ni colección de informaciones sobre el más allá.

La revelación solo puede ser encarnación

Toda revelación solo puede ser encarnación, es decir influencia de la intimidad divina en una vida humana transfigurada y transparente a Dios.

¿Qué será la revelación? Lo veremos si recordamos que Lacordaire iba a sentarse a los pies del cura de Ars para escuchar sus catecismos. Si Lacordaire iba allá, no era para pedir enseñanzas o informaciones al cura de Ars, no se detenía en las palabras de sus catequesis. Él tenía tesoros, era infinitamente más sabio en el arte de presentar las cosas. Pero se sentía bien lejos de la altura del cura de Ars porque veía en él una luz de vida y lo que buscaba en esa alma era la luz de vida, la influencia de una Presencia, la luz de la Presencia y la intimidad divina que transparentaba en una humanidad transparente y transfigurada. Escuchando las palabras del cura de Ars, escuchaba más allá de las palabras una verdad, que es una luz inefable, sin límites, una luz que brilla en nuestra intimidad cuando nuestra intimidad entra en contacto con la intimidad divina. Para Lacordaire, era una revelación viva, como toda revelación, es decir una encarnación.

Toda revelación puede ser solo encarnación, es decir influencia en una vida humana transfigurada y transparente a Dios. Alcanzamos nuestra intimidad, nos hacemos persona cuando entramos en contacto con la intimidad divina. Esta es una conclusión importante: la revelación solo puede tomar forma de encarnación, de presencia en una vida transparente, en una persona verdaderamente realizada al menos en su orden y para su tiempo, que nos haga sentir la influencia de la intimidad divina.

Encuentro con la Presencia

En ese encuentro hay grados. Es intermitente. Hay grados en la encarnación que se realiza en nosotros, en toda humanidad que llega a sí misma, ya sea de artistas, de profetas o de santos.

El hombre es un misterio. Hay en él una distancia infinita entre él y sí mismo. Por experiencia sabemos que no podemos llegar a nosotros sino separándonos de nosotros mismos en el diálogo interior que nos pone interiormente ante Otro. No se llega a sí mismo sino bajo la égida de la Presencia a la cual le daremos el nombre que queramos, es decir si existe Dios, si existe un hombre en sentido propio. Es la única Presencia real, es lo mismo descubrir al hombre que descubrir a Dios, alcanzar nuestra humanidad y encontrar a Dios.

En ese encuentro hay grados. Es intermitente. No somos hombres sino a intervalos: accedemos a nuestra humanidad de vez en cuando, de vez en cuando encontramos en nosotros esa Presencia en que descubrimos la persona humana. Hay grados en la encarnación que se realiza en nosotros, en toda humanidad que se alcanza a sí misma, ya sea de artistas, de profetas o de santos, antes o después de Cristo, en Cristo o fuera de él, si algo puede haber fuera de él.

Ya sea en el judaísmo, en el brahmanismo o el budismo, en el cristianismo o el islam, donde quiera que sea, no hay revelación sino en la influencia de la Presencia divina y donde brilla la luz de la intimidad en que se revela para nosotros toda verdad.

La verdad frente a dos imágenes del infierno

La luz de la Presencia divina comporta sombras, las sombras de las expresiones humanas, los límites de las situaciones históricas. No garantiza ni consagra las imágenes, ni las ideas a las que recurre el profeta para describir su experiencia. El profeta nos afirma simplemente la seriedad con que se compromete en su palabra, pero no garantiza la verdad de las expresiones que utiliza. Así Lacordaire no ignoraba el catecismo del cura de Ars. Por ejemplo, el cura de Ars hablaba mucho del infierno y en términos que yo no puedo repetir. ¿Pero cómo entendía el infierno? Lo creía para las almas, para él, era el símbolo de su vocación, él se sentía preso de la población amenazada por el infierno de la perdición. El infierno era para él el peso de esa carga insoportable: debía morir para salvar al pueblo del infierno y recurre a su simbolismo para representar lo que lo hacía vivir. Para él, como para Sor Josefa cuyos hábitos olían a quemado cuando volvía de sus visiones del infierno, este respondía en ellos al sentido de una justicia eterna: uno no se encanalla impunemente.

En una tragedia de Shakespeare encontramos un personaje que nos da una imagen impresionante del infierno, Lady Macbeth en la escena en que se vuelve loca: se frota las manos para borrar las manchas de sangre que la ensucian. Todos los asesinatos que cometió para acceder al trono, todo eso queda en sus manos y frotándoselas dice: “¡Vete, mancha maldita, vete!” Lleva en sí misma la maldición de una actitud que ella misma eligió y en la que persiste, en la cual comprometió toda su vida y todo su ser. La maldición le parece venir de fuera, sus actos recaen sobre ella, sobre su cabeza por haber perdido su interior y haberse identificado con su ambición. Está totalmente afuera. Sigue siendo alma, es decir exigencia de interioridad y enloquece porque no puede estar a la vez afuera y adentro. El infierno está en ella, ella lo construyó y ella lo mantiene. El mundo entero conspira contra ella porque está fuera de su propia órbita y el mundo entero está desacordado con ella, no porque se inventó algo para castigarla sino porque es normal que, estando fuera de sí, ya no pueda entrar en armonía.

Doble perspectiva

Que existe una justicia eterna quiere decir que existe una responsabilidad infinita, una libertad que debemos tomar en serio. Compromete infinitamente y el sentido de la responsabilidad, de la libertad puede ponerse en perspectiva de maneras diferentes: tenemos el Edén, el episodio del fruto prohibido, la exclusión del paraíso terrenal, el diluvio, el azufre y el fuego de Sodoma y Gomorra, los anatemas contra los pueblos, la gehena de fuego. Tenemos el magnífico fresco del Juicio Final de Miguel Ángel en la Sixtina. Tenemos los mensajes de la Sallette y de Fátima. La perspectiva es idéntica y afirma lo mismo: justicia eterna, responsabilidad y libertad.

Otra perspectiva es la Pasión eterna de Dios, el universo concebido como matrimonio de amor: la Creación es el compromiso en que se espera el “sí” de la creación y el “sí” de Dios queda sin efecto si no es sellado por el “sí” de la creación hasta la perspectiva de la Cruz que, en el centro de la historia, expresa el último amor de Dios.

Pero pueden considerar otra perspectiva: la Pasión eterna de Dios, el universo concebido como matrimonio de amor: la creación es el compromiso en que se espera el “sí” de la creación y el “sí” de Dios queda sin efecto si no es sellado por el “sí” de la creación, hasta la perspectiva de la Cruz que, en el centro de la historia, expresa el último amor de Dios. Tenemos los estigmas de san Francisco de Asís, cruz viva que lleva las heridas del amor de un Dios que solo puede amar. Tenemos el gran portal de la catedral de Nuestra Señora, que representa el Juicio final: vemos a Cristo que muestra sus llagas. No es el juicio del hombre por Dios, sino el de Dios por el hombre. Dios es juzgado, condenado por el hombre, crucificado por el hombre: muere por aquellos que no lo aman. Entonces, el infierno es el infierno de Dios, Dios es víctima. ¡Es espantoso! Es un misterio de amor, misterio desgarrador por el que Francisco lloró hasta perder la vista porque había conocido el fuego del amor, quemando su corazón en el corazón mismo de Dios. Es Dios víctima, Dios al que es necesario salvar. Es la misma afirmación de justicia eterna, pero Dios es el que hace los gastos. Es la responsabilidad infinita, porque somos responsables de la vida de Dios. Es la libertad porque arbitramos del destino de Dios en el universo.

Son pues dos perspectivas que corresponden a la misma intuición fundamental que ambas quieren representar, y son analógicas pero no están en el mismo nivel de expresión. El cura de Ars puso ciertamente más amor, pero su expresión es muy diferente de la de un infierno concebido como la crucifixión de Dios que apela a nuestra generosidad para bajar a Dios de la Cruz, para proteger a Dios contra sí mismo, única concepción que responde a las intuiciones de nuestra consciencia liberada de cierto lenguaje que refleja demasiado los límites de la historia y de la mente humana.

Otras perspectivas

Dios en un trono encima de los Serafines, rodeado de la corte celestial que canta el Sanctus… O la majestad de Dios que se refleja en la fragilidad de un niñito. ¡Cuánto más profundo es concebir la grandeza de Dios en la fragilidad de un niñito!

Encontramos también diversas perspectivas para sugerir la grandeza de Dios. En el relato de la vocación de Isaías vemos a Dios en un trono encima de los Serafines, rodeado de la corte celestial que canta el Sanctus. Dios es representado como dueño absoluto y todopoderoso. Dirige como perros a los pueblos que vienen a ejecutar sus venganzas contra Israel. ¡Metáfora espléndida de un Dios que gobierna como moscas los pueblos que le están sometidos!

Pero hay otra perspectiva: la majestad de Dios reflejada en la fragilidad de un niñito. ¡Cuánto más profundo es concebir la grandeza de Dios en la fragilidad de un niñito! Pero ambas imágenes son análogas, y están en niveles diferentes. Ambas quieren significar la grandeza de Dios a través del lenguaje humano.

Cada uno puede leer libros que hablan de la vida eterna: “Al diapasón del cielo” o “La ronda de los elegidos”. Son muy encantadores, pero su cielo se parece mucho a un cielo fabricado con elementos de nuestra historia. Proyectamos en el cielo algo que hemos vivido, un momento privilegiado de la existencia y decimos que es el cielo, como la religiosa que marcaba en su calendario los días que la separaban de su entrada en el paraíso y que se veía en el cielo visitando a sus amigos. ¡Su cielo se parecía a su convento y yo no tendría ningunas ganas de ir allá!

A una joven que acababa de perder a su mamá y me hablaba del cielo, le respondí: “¡El cielo está en la punta de sus dedos, en sus manos! Puede tocar con la mano todo lo inefable del hombre, todo su misterio. La vida no es menos misteriosa que la muerte. La vida continúa, la vida profunda. No podemos comunicar realmente entre seres vivos sino a través de la misma Presencia. Solo existe un medio de la ternura humana, un solo lazo, un solo intercambio, un solo secreto inefable, una sola presencia real: la vida eterna está dentro de usted. Es el camino de nuestra vida y toda intimidad humana es ya el intercambio de la vida eterna y la muerte no cambia nada de las disposiciones que conciernen el misterio de la persona bajo el signo de un encuentro divino.

La intimidad divina rectifica el sentido del mensaje

La luz de la intimidad divina, la Presencia que transparenta en el profeta, en el santo o el artista, la luz de la intimidad divina rectifica la intención contenida en el mensaje.

Todas estas perspectivas son legítimas en la medida en que sirven su propósito que es de anunciar una experiencia decisiva: la luz de la intimidad divina, la Presencia que transparenta en el profeta, en el santo o el artista, la luz de la intimidad divina rectifica la intención contenida en el mensaje. Por ejemplo, el anatema que es algo horrible, en la época de la justicia colectiva (cuyo sentimiento conservamos cruelmente en nuestras guerras contemporáneas), podía tener el sentido de la verdadera justicia, podía sinceramente tomar los colores del sentido de la justicia, comportar una pureza de intención profunda. La revelación puede pasar por ahí, como pasa el sol por el pantano rectificando la intención, garantizando la seriedad de la expresión pero no su verdad contingente.

En el otro ejemplo que nos presenta el sacrificio de Abrahán, no vamos a pensar que Dios le pidió inmolar a su hijo, sino que se trata de un episodio que busca ser la expresión de un don total. El beduino que busca el don total está inspirado por Dios. ¿Cómo será el don total para un semita nómada, jefe de tribu? Su mayor riqueza es su hijo, que perpetúa su raza, que es la eternidad de la tribu, el hijo de la mujer amada, su gran tesoro. Y estamos en la época de los sacrificios humanos, plaga que los profetas no cesarán de fustigar. En el contexto de la época, el don total será el sacrificio de ese hijo único sobre el cual reposa todo el porvenir. Y cuando llega el momento de inmolarlo se manifiesta el destello de la revelación: “¡No! ¡Prohibido sacrificar!” Ese es Dios, el movimiento de Dios. Tenemos la historia de un don total en el acto de un contexto humano. Lo mismo con Jefté, que ve en el sacrificio humano el mayor don.

Lo mismo también el episodio de las espadas en san Lucas, la noche de la agonía. Cristo pregunta a sus fieles si tienen espadas, queriendo significar que pusieran sus almas en la punta de la espada. Los apóstoles tomaron las palabras a la letra y le presentaron dos espadas.

Y Cristo, con humor trágico, les dice: “¡Es suficiente!” (Lc 22:38). En el Huerto les dirá: “El que se sirve de la espada, por la espada morirá” (Mt. 26:52).

En otro lugar, cuando Cristo echa a los vendedores del Templo, ¿qué significa eso? Imaginemos la escena, una carnicería donde inmolan toros, corderos, palomas, para bañar con su sangre el altar. Es algo horrible y que da asco, pero puede ser símbolo de la piedad y por eso puede ser una especie de sacramento. Uno se despoja de sus riquezas, de sus rebaños, y los ofrece en homenaje a Dios. Pero si todo se reduce a carnicería, a mercado, a oficina de cambio ya no es sostenible, es deshonra para Dios y para la mente. En su piedad toda interior, Cristo está mortalmente herido. Dispersa la chusma en su ardiente celo por el Dios Espíritu cuyos misterios de fuente eterna en lo más profundo del alma va a evocar a la samaritana.

La Revelación es Cristo mismo

La Palabra de Cristo no es su revelación sino su persona. La Revelación es Cristo mismo. Él es el Revelador y la Revelación. En él brilla la luz de la intimidad divina.

Estas puestas en perspectiva son legítimas en la medida en que sirven su propósito. Son limitadas en la medida en que están cargadas de adherencias de una época y de los límites de una consciencia. No nos prohíben ver en la acción de los personajes bíblicos una intención profundamente religiosa, a través de la cual puede manifestarse la intimidad divina que no siente los límites y transparenta a través de ella, para orientar el espíritu hacia algo más perfecto y más universal.

Cristo no se ilusiona sobre esas perspectivas: “No se puede echar vino nuevo en odres viejas” (Mt. 9:17; Mc. 2:22; Lc. 5:37). Lo esencial que tendría que decir, Cristo no podrá decirlo: “Tengo todavía mucho que decirles pero ahora no pueden comprenderlo” (Jn. 16:12). La revelación de Cristo no es su palabra sino su persona. La Revelación es Cristo mismo. Él es el Revelador y la Revelación. En él brilla la luz de la intimidad divina en la transparencia de una humanidad sin ser propio, revelación que no podrá entrar en palabras, que no estará contenida en una enseñanza, revelación inseparable de su persona. Revelación que es su Presencia misma.

El cristianismo es una vida realmente vivida que hace emerger de un condicionamiento histórico

El cristianismo es esencialmente una historia, una vida realmente vivida. El condicionamiento histórico no limita a Cristo. Él no está atado a sus palabras, al Evangelio escrito.

Esto es de importancia esencial: hay un condicionamiento histórico sin el cual no habría historia y el cristianismo es esencialmente una historia, es una vida realmente vivida. El condicionamiento histórico no ata a Cristo. El no está ligado a sus palabras, al Evangelio escrito. El Evangelio escrito, tan precioso como sea, representa por una parte lo que Cristo dijo efectivamente, pero en cierta lengua, en cierta época, a gente de cierta cultura y antes del acontecimiento decisivo que debía ser para él su propia muerte. Todo lo que está antes de esa muerte es una introducción, una espera preciosa y necesaria pero que comporta un condicionamiento histórico. Cristo habla arameo. No puede hablar a judíos sin referencia a la Biblia que es su cultura. No está comprometido en todas sus palabras como si cada una agotara su pensamiento.

Tomemos por ejemplo la parábola del amigo a quien importunan y que responde: “¡Déjame en paz!” El otro insiste hasta que el amigo se levante por cansancio. Jesús dice: “Hagan eso con Dios”. ¿Es decir que Dios está dormido y se cansa y nos responde solo para que dejemos de pedirle? ¡Claro que no! Cristo quiere decir: “Pongan tanta insistencia en los asuntos espirituales como en las cosas materiales y tendrán el resultado imprevisto e imprevisible a la medida de Dios cuando hayan obtenido hasta lo que no sabían.”

Otro ejemplo es el del bandido de montaña que por azar encuentra una imagen de la Virgen. Es un salteador de caminos, un alma sin sensibilidad ni para el hombre ni para Dios. Le impresionan las palabras: “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, sobre todo la expresión perpetuo socorro. ¿Puede haber un socorro que sea perpetuo? Lo enciende esta expresión y se pone a orar. Y, de oración en oración, hace una espléndida ascensión y llega finalmente a un amor ardiente de Dios, a una contrición perfecta. Lo conmueve el amor de Dios y se arroja en sus brazos.

Es el Espíritu mismo el que tiene el secreto de la pedagogía divina y conduce las almas hasta el amor gratuito en que amamos a Dios porque él es el Amor.

Con Jesús, hay una historia que se vuelve misterio, un acontecimiento interior

No hay pues que tomar todo texto del Evangelio como absoluto. Las llamas eternas, Jesús las menciona al mismo tiempo que su identificación con el prójimo: “Id, malditos, al fuego eterno… Tuve hambre y no me disteis de comer…” (Mt. 25:41) Así nos sugiere que miremos las llamas eternas en su perspectiva esencial. Cantamos el Dies irae y podemos hacerlo sin emoción. Pero es solo un poema, una puesta en perspectiva y no una doctrina ni una enseñanza. Es un cuadro como el de Miguel Ángel en la capilla Sixtina. Cristo no puede reformar todas las concepciones a la vez. No es un filósofo: “Aceptemos su Dies Irae, parece decirnos, pero ustedes serán juzgados sobre el amor pues tuve hambre y no me dieron de comer” (Mt. 25:35).

Sí, hay diferentes perspectivas. Y yo no conozco otro infierno que la crucifixión eterna de Dios, que pueden representarse como quieran, a condición que sea verdadera para ustedes, a condición de que no sea una simple representación sino un sacramento.

El Cristo de los Evangelios es el Cristo de la historia, que vivió y es real. Pero por tener un significado que supera la historia y al mismo tiempo la abraza, portándola porque se hace la Persona misma de nuestra vida interior, deviene cada vez más para los apóstoles un Cristo mirado desde el interior.

Jesús no está ligado ni siquiera al evangelio escrito que representa una sedimentación de una historia condicionada por el lugar donde se realiza y que presenta variaciones evidentes en los diferentes textos que nos han llegado. Los evangelios tales como los tenemos, sobre todo los sinópticos comparados con san Juan, nos hacen sentir el paso de la historia al misterio. Hay una historia que se vuelve misterio, acontecimiento interior. Hay un Cristo con el cual se ha vivido y que deviene vida de nuestra vida. En pentecostés lo descubrimos viviendo en nosotros: una historia se convierte en misterio. San Pablo no había conocido al Cristo de la historia sino al Cristo en su misterio. De su vida solo conserva un número muy pequeño de acontecimientos porque el Cristo de san Pablo es el Cristo del misterio. El Cristo de los sinópticos y el de san Juan es el Cristo de la historia, que vivió y es real. Pero por tener un significado que supera la historia y al mismo tiempo la abraza, portándola porque se hace la Persona misma de nuestra vida interior, deviene para los apóstoles cada vez más un Cristo mirado desde el interior.

Esto se siente en el cambio de perspectiva que constatamos al leer el juicio de Jesucristo en san Juan y en san Mateo. En san Mateo se siente la atmósfera judía del proceso, los datos judíos, el mesianismo, las profecías de Daniel. Jesús es condenado como blasfemo y entregado por los judíos a los romanos. En san Juan el centro del proceso de Jesús es el diálogo con Pilatos sobre la Verdad: “Mi reino no es de este mundo… Vine a dar testimonio de la Verdad. El que es de la Verdad escucha mi voz” (Jn. 18:36-37). El proceso ya no es solamente en la escena de la historia sino en la escena de la consciencia universal. Se realiza en el centro de toda consciencia. Es una exigencia de la Verdad y del Amor dirigida a cada uno de nosotros. Es claro que este cambio de perspectiva nos muestra cada vez más la historia de Cristo que se transforma en el misterio de Cristo.

La Revelación cristiana solo es accesible a la conversión, al nuevo nacimiento

La Revelación cristiana solo será accesible a una conversión. No se tratará de escuchar un texto, de recitar una doctrina, sino de cambiar de vida, de “nacer de nuevo”.

Por eso la revelación cristiana solo será accesible a una conversión. No se tratará de escuchar un texto, de recitar una doctrina, sino de cambiar de vida, de “nacer de nuevo”. Ya en su prólogo la perspectiva de san Juan es mística. Se trata de la Luz que viene, que está ahí, que visita a los suyos y los suyos no la reciben. Esta revelación que es una Persona que es la luz de la intimidad divina en la transparencia de la humanidad de Cristo, es accesible a una intimidad que se abre y se vuelve luz en esa Luz. Acceder a ella de otra manera sería reducir a Dios a algo externo a uno mismo, a una proposición que se puede tomar del exterior, cuando es vida que se debe vivir por dentro. Toda la vida de la Iglesia, que es la Presencia real de Cristo, no se hará sino por la conversión. La revelación cristiana dará el testimonio: “Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Hechos 22:8). El cristianismo no es un discurso de Jesús o sobre Jesús, es Jesús mismo que permanece bajo el velo de un sacramento colectivo que es la Iglesia.

La Iglesia se descubre por una conversión interior

¿Qué es la Iglesia y cómo encontrarla? Nadie lo sabe, nadie puede decirle quién es la Iglesia ni dónde se encuentra. Solo usted puede descubrirlo por una conversión interior, pues no se trata de doctrina sino de sacramento.

¿Qué es la Iglesia y cómo encontrarla? Una sola respuesta: nadie lo sabe, nadie puede decirle quién es la Iglesia ni dónde se encuentra. Solo usted puede descubrirlo por medio de una conversión interior, pues no se trata de doctrina sino de sacramento. Todo lo que dice la Iglesia no es otra cosa que la presentación de la intimidad divina a la cual solo se accede mediante la conversión de nuestro interior.

Miremos a Pedro en Cesarea: Pedro confiesa a Cristo, reconoce a Cristo como aquél a quien están esperando. Y en el pretorio dice nunca haberlo conocido. Es la Iglesia y el anticristo. El mismo Pedro puede ser Cristo cuando desaparece en Cristo. Cuando se separa de él, es anticristo. Y los miembros de la Iglesia pueden ser a la vez Cristo y anticristo. Es la fe lo que va a discernir y nadie puede decirnos: helo aquí o allá.

Concretamente, cuando habla el Papa es la Iglesia, pero solo como jefe de la Iglesia, como signo, como sacramento de un mensaje que no se puede asimilar sino por la fe, exactamente como el sacerdote que da la comunión no por eso está más cerca de Dios que la viejecita iletrada que de sus manos recibe la comunión. Él está ahí como signo que desaparece ante el único (que cuenta).

La Iglesia somos nosotros en cuanto que no somos nosotros. Cuando somos nosotros, no somos él. ¿Cómo puede el Papa ser la Iglesia sino como la mujercita iletrada arrodillada en su amor? Y cuando el papa me dijera cara a cara: “Eso es así”, a mí me tocaría descubrir el sentido y no puedo hacerlo sino en un diálogo de amor con Cristo.

La diferencia de Dios es no tener diferencia

El dogma cristiano, la doctrina cristiana es una confidencia del corazón de Dios, una luz que brilla en todos los términos del pensamiento, de la acción y siempre debemos guardarnos de limitarla a nuestras fallas intelectuales o morales.

Como nadie puede interponerse en la comunión o en el diálogo con el Señor, en la confidencia que nos llega por medio del dogma nadie puede decirnos el sentido de la intimidad sino con palabras que son sacramentos que deberemos descubrir para llegar al corazón de Dios que se comunica. En toda confidencia, el confidente precede a la confidencia. El dogma sacramento, la doctrina cristiana es una confidencia del corazón de Dios, una luz que brilla a través de todos los términos del pensamiento y de la acción y siempre debemos guardarnos de limitar a Dios a nuestro contexto cerrado y a nuestras fallas intelectuales o morales.

¿Cuándo sabremos por fin que hemos llegado a ese nivel? Fenelón nos da el criterio: “La diferencia de Dios es no tener diferencia.” (Tratado de la existencia de Dios).

El roble no es una caña ni el lobo un cordero: los términos de nuestra experiencia sensible son diferentes unos de otros por ser limitados en su naturaleza y encerrados en sus límites. Dios es distinto de todo porque no tiene fronteras. Esa es la diferencia de Cristo y también de la Iglesia. Allá llegamos cuando sabemos liberarnos de nosotros, de nuestro tiempo, de nuestras acciones, sabiendo que más allá de todos los límites queda algo que transfigura nuestros límites. Sabemos que es él cuando no somos nosotros, cuando nos hemos perdido totalmente de vista y nos hemos hecho universales. El dogma es crítico, es su esencia misma, es decir que debe definir, separar, podar todo lo que comprometería en cualquier expresión la plenitud del espacio sin fronteras en que “la diferencia de Dios es no tener diferencia.”

La Revelación es una Presencia real y universal

En julio pasado tuve en el Cairo una conversación con un joven musulmán lleno de vida interior y pureza. Yo me preguntaba: “¿Qué puedo aportarle? Es mucho más cristiano que yo. No se trata de convertirlo sino de estar suficientemente despojado de mis límites para que Cristo aparezca como la vida de su vida.” Nadie está fuera de Cristo, nadie está fuera de la Iglesia. Todo el mundo está dentro, a menos que se excluya con un rechazo de amor consciente y voluntario. No se trata pues de llevar una nueva fórmula que de nada serviría, sino de ser la presencia universal cuya “diferencia es no tener diferencia”, donde cada uno al respirarla se siente liberado de sus límites y fronteras. Esa es la única catolicidad concebible.

Todo el cristianismo es identificarse con Cristo, ser él a través de nosotros. La revelación no es doctrina ni enseñanza. Toneladas de discursos jamás han convertido a nadie, jamás han hecho el bien.

En esta perspectiva, ustedes ven que la revelación sigue siendo Presencia real. Todo el cristianismo es identificarse con Cristo, ser él a través de nosotros. La revelación no es doctrina ni enseñanza. Toneladas de discursos jamás han convertido a nadie, jamás han hecho el bien. Toneladas de discursos jamás han convertido un alma.

Solo la intimidad luminosa de un profeta, de un santo, de Cristo puede alcanzar nuestra intimidad. Nuestra intimidad solo puede iluminarse al contacto de una intimidad luz y no con ideas, salvo si las ideas son portadoras de intimidad y se hacen sacramento. Entonces ya no son palabras sino confidencias portadoras de una Presencia que es Luz. Las palabras son solo vehículos. La revelación no tiene pues necesariamente ideas nuevas ni ideas sublimes. Es una Presencia que nos libera de nuestros límites y nos hace universales.

La luz de la intimidad divina que transparentaba en una humanidad transparente y transfigurada es lo mismo que el amor, porque ahí es donde se despliega el amor: allí donde está el Amor, ahí está Dios.

La revelación podemos captarla en el momento en que un ser se hace universal, si no, la revelación arriesga quedar como un ideal fijado en conceptos, reducido a nuestro propio denominador. No hay peor ideal que el Dios del evangelio tomado de afuera.

Cerca de nosotros tenemos el ejemplo de alguien que lo había tomado por dentro, el P. Kolbe, franciscano. Se sentía encargado del mundo e iba de Polonia a Japón, de Japón a India, en busca de almas. Su caridad era más veloz que sus actos. Ardía con el deseo de salvar el mundo entero. Quedó preso en un campo en 1940-41. Un día, el jefe del campo designa a 10 hombres que deben morir en represalia por haber favorecido la evasión de varios camaradas. El Padre Kolbe pide morir en lugar de un padre de familia que sollozaba pensando en su mujer y en sus hijos. Muere junto con los demás haciéndolos cantar hasta olvidarse a sí mismos y hasta que que su muerte se exhale en un canto de amor. Eso es ser católico en el sentido verdadero, universal, sin frontera, dado a todos y a cada uno como Dios que es un corazón dado a todos y a cada uno. Es todo el cristianismo, toda la revelación que comulga en el corazón dado hasta la muerte de la cruz, en la desesperanza de una agonía que las contenía todas.

Ese corazón que es todo Dios, pues Dios es todo corazón, nada más que un Amor infinito, cuya “diferencia es no tener diferencia.”

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir