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Artículo de Mauricio Zúndel en la revista FOI VIVANTE (n° 22) en marzo de 1965.

El 1° de mayo es la fiesta de san José Obrero. El Evangelio del día no invita a meditar sobre José y la misión profética que debemos asumir imitándolo en el respeto de la interioridad de cada uno… (Se añadieron los títulos.)

La discusión conciliar sobre la Libertad Religiosa es ciertamente un signo de los tiempos. En esta situación conviene recordar que la fe cristiana es ante todo, por gracia, el encuentro de dos libertades en el Amor. Es la comunión del hombre con el amor de Dios. El servicio de la Iglesia es favorecer el encuentro, velar por no comprometerlo en nada. En ella debe brillar el amor que la hizo Esposa y Madre... (F.V.)

Un paso de afuera a dentro

El dejar para una sesión ulterior la Declaración sobre la libertad religiosa fue, a última hora, una de las sorpresas de la tercera sesión de Vaticano II. Este aplazamiento solo puede subrayar la importancia y gravedad del problema y nos invita a plantear aquí una pregunta que podría eventualmente aclarar el debate. Todos conocen en pasaje de las confesiones (Agustín, X, 27) dedicado a la “Hermosura tan antigua y tan nueva”.

"Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé.

Y sin embargo, tú estabas dentro pero yo estaba afuera buscándote.

Y corría, deforme, hacia las bellezas que tú habías creado.

Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo.

Me alejaban de ti cosas que, si no fueran por ti, no existirían."

Aquí, san Agustín nos hace sentir el movimiento de su conversión como un paso de afuera a dentro. Dios se caracteriza formalmente como interior y el hombre sometido a sus pasiones como exterior.

Al descubrir eso, al tomar conciencia de ese contraste, es evidente que lo ha superado, y ya no está afuera sino adentro.

Liberado de todo lo que alienaba de sí mismo

Así se le revela el mundo del espíritu en un diálogo liberador en que encuentra “la Vida de su vida”. En Dios accede a sí mismo, en la reciprocidad que los místicos llaman nupcial, en que el yo posesivo, cerrado en sí, se transforma en yo oblativo, abierto a los demás en la misma medida en que se ofrece a Dios. Como vemos, Todo el acontecimiento está en el plan interpersonal en que comunican una con otra dos intimidades.

Nada en el texto alude a un rito o fórmula o a una intervención exterior. Toda la luz brota de una promoción de existencia en que el hijo de Mónica se siente por fin radicalmente liberado de todo lo que lo alienaba de sí mismo.

La experiencia es incontestable. Uno puede no haberla hecho pero nada puede objetar ni pensar en “refutar” la felicidad de una pareja armoniosamente unida por el solo hecho de ignorar personalmente lo que puede ser un matrimonio de amor.

Para una revelación auténtica

¿Cómo conciliar el acontecimiento, esencialmente interior – explícitamente presentado en todo caso como interiorizante – del que da testimonio la confesión de Agustín, con una revelación que viniera de afuera y se impondría por autoridad? ¿Qué añadiría a la plenitud y cómo no violaría la interioridad que caracteriza la experiencia aquí narrada, como toda vida de espíritu?

¿Es posible imaginar una revelación verdaderamente divina que obligue la mente a soportar una orden que no pueda asimilar interiormente y revista por tanto de inmediato el aspecto de obligación que repugna a su naturaleza?

Una revelación auténtica parece poder situarse solo en un mundo interpersonal donde la luz brota finalmente de una libertad aumentada de una interioridad confirmada. Si no, sobre qué se fundaría para afirmar que es Dios quien habla y no el inconsciente con todo lo que puede sugerir a una imaginación incapaz de criticarse?

Solo un acontecimiento interpersonal

De seguro, puede y debe aceptarse que la libertad y la interioridad de la mente comportan muchos grados y que por eso la revelación pueda ser susceptible de progreso de profeta en profeta, o eventualmente en un mismo inspirado.

Se puede también concebir que un verdadero profeta no pueda comunicar la luz que lo ilumina y tenga que limitarse, al menos provisionalmente, a trasmitir por autoridad una dirección de pensamiento o una regla de acción a un individuo o a una colectividad incapaz aun de vida espiritual auténtica.

Queda entonces que una verdadera revelación sigue siendo esencialmente, en cualquier grado que se sitúe, un acontecimiento interpersonal interiorizante y liberador, en que Alguien se dice a alguien, al menos en el inspirado que la reconoce infaliblemente como tal.

Podemos evocar aquí oportunamente la comprensión personalista del dogma cristiano. La Trinidad, que es su centro, se articula sobre las relaciones subsistentes de las que cada una es pura referencia a su recíproca, en una especie de desapropiación oblativa que constituye “el ejemplar eminente de la vida de la Trinidad” (Garrigou-Lagrange). Dicho de otra manera, una eterna comunión de amor aparece como el secreto del “personalismo divino” al que nos da participación la gracia.

La desapropiación liberadora

A la vez, la Encarnación, apropiando totalmente la humanidad de Jesús al Verbo Divino, la desapropia radicalmente de sí misma y la hace así apta para revelarnos y comunicarnos la divinidad en persona, haciéndonos vivir la suprema generosidad de las relaciones intra-divinas.

Aquí llegamos sin duda a la fuente de la experiencia agustina (de la cual no podemos olvidar que se realiza en un contexto cristiano) ya que resulta precisamente de la desapropiación liberadora en que el gran Africano llega a sí mismo en otro: “Más íntimo a él mismo que lo más íntimo suyo”.

En verdad, es el eco del personalismo divino – tal como se realiza en el éxtasis de tres focos de la vida trinitaria en tres focos de la vida trinitaria et como se encarna en Jesús – que percibimos en el pasos de afuera a dentro, tan admirablemente expresado, en que surge el yo oblativo que libera a Agustín de las servidumbres que lo alienaban a sí mismo.

La Iglesia y el sacramento

Falta, es cierto, un hito para unir al genial orador con Jesús: la Iglesia. ¿Pero no aprendió Saulo en el camino de Damasco que la Iglesia es Jesús a quien persigue en la comunidad que lo representa y que lo comunica? Agustín comparte plenamente esta convicción ya que su conversión es al mismo tiempo su adhesión a la Iglesia.

Pero vivir esa identificación, ¿no es reconocer una nueva desapropiación, y en el sentido más fuerte de la palabra? No es la Iglesia esposa purificada de toda adherencia a sí misma, como sacramento eclipsado en Jesús y transparente a él, al menos para la fe viva que nos connaturaliza con Jesús donde la misión es para todos auténticamente ordenada por Jesús, se realiza en la más rigurosa renuncia a sí mismo: a fin de que ningún límite humano pueda interferir en la obra de liberación divina que debe llegar en todo hombre a una experiencia análoga a la de Agustín.

Pero como sabemos, en un sacramento lo exterior debe tomarse del interior, como en los gestos de ternura interpersonales. Un sacramento es una realidad mística. El sacramento colectivo y multiforme que es la Iglesia es un Cuerpo místico. Solo puede cubrirnos haciéndonos pasar de afuera a dentro, suscitando nuestra liberación y mediante nuestra libertad.

Si esta visión del Cuerpo místico es la que sugiere una fe viva, concebimos difícilmente cómo podría la Iglesia lograr su fin, que es precisamente provocar una liberación divina, imponiendo algo a quien no la haya reconocido y acogido libremente, u oponiéndole el derecho de ser sincera y honestamente lo que es.

El Amor

Si la Iglesia es de verdad el Ágape, el Amor, como la designaba san Ignacio de Antioquía, solo tiene el amor para difundirse y defenderse. Sin duda, puede y debe concurrir a todo lo que es humano pero transparentando la luz de Jesús, por la autenticidad de su “renuncia” y no limitando de alguna manera una libertad que en todo hombre tiene la cruz como medida y garantía y que solo puede madurar en los demás si les hacemos sentir en el lavamiento de los pies, la Presencia infinita que los espera en lo más íntimo de ellos mismos, en la medida en que estén aun privados de ella.

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