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Conferencia de M. Zúndel en Dar El Salam, el Cairo en Egipto el 29 de marzo de 1961.Ya publicada en este sitio el 20/01/2012. Hice algunas modificaciones en la traducción.

Encontrar un Dios que es la clave de un mundo que no existe todavía

Como vimos, Jesús nos lleva… al hombre. Así nos libera de todos los ídolos, del ídolo interior que mantenemos, sin saberlo ni quererlo, porque bajo el nombre de Dios ponemos muy a menudo nuestra ignorancia, nuestros límites y parcialidades.

Entonces, ¿Cuál es la verdadera dificultad que tienen hoy tantas personas para aceptar a un Dios? Es que habitualmente hemos hecho de Dios – y la humanidad siempre lo ha hecho – una explicación del mundo tal como es, suponiendo que Dios quiso el mundo tal cual es y lo conduce, está bajo su responsabilidad.

Pero justamente Jesús nos lleva a encontrar un Dios que es la clave de un mundo que no existe todavía. Y quizá ahí es precisamente donde más claramente se plantean los debates. Si Dios es la explicación de un mundo de lágrimas y sangre, de un mundo de torturas e injusticias, entonces él participa necesariamente en todos esos horrores e injusticias.

Pero el Dios que se revela en Jesucristo proclama muy alto la inocencia infinita de un Dios que sufre el mal y es su primera víctima, de un Dios que nos llama a crear otro mundo, diferente de este, un mundo que no existe todavía, un mundo cuya dimensión será humana o al menos lo sería si nosotros cumpliéramos nuestra vocación, un mundo donde podría afirmarse el espíritu, un mundo cuya ley sería el amor, un mundo donde la dignidad de cada uno sería realmente inviolable.

Tiene que nacer de nuevo

Y tenemos la prueba de que ése es el mundo del que quiere hablarnos Jesucristo, y en el que quiere introducirnos. La tenemos en las palabras que dijo a Nicodemo, al doctor Nicodemo que tanto estudiaba las Escrituras, a Nicodemo inquieto, ansioso de obtener el conocimiento de los secretos del Reino, al prudente Nicodemo que viene a encontrarlo de noche, lo trata con respeto, lo interroga con humildad, lo cumplimenta por su acción en la cual está dispuesto a ver una manifestación de la Presencia divina, y Jesús lo interrumpe, diciéndole simplemente, para plantear el debate donde conviene: "Nadie puede ver el Reino de Dios sino naciendo de nuevo" (Jn. 3:3).

Es pues necesario nacer de nuevo, nacer de arriba. El primer nacimiento no basta: es un nacimiento que debe tanto a la bilogía, enraizado en la especie y, a través de la especie, en el universo animal y, más profundamente todavía, en el universo físico-químico. Por ese nacimiento el hombre no llega a sí mismo. Tiene que nacer de nuevo, nacer de arriba y cuando haya nacido de nuevo se conocerá a sí mismo y conocerá a Dios, como descubrimos a veces el secreto, un alma que se nos hace próxima a través de un rostro desconocido hasta entonces.

Y sabemos que no existe conocimiento del hombre fuera de ese conocimiento por intimidad, de ese conocimiento por identificación, de ese conocimiento por un intercambio que rebasa toda palabra.

En ese mundo presentido de lejos se sitúa Dios

Todos ustedes que son padres, sobre todo, las que son madres, todos saben qué difícil es llegar al secreto de un hijo, qué inaccesible se vuelve ese secreto a medida que el hijo crece y que es necesario esperar esas horas privilegiadas, las horas estrelladas, las horas tan raras como preciosas en que de repente se realiza la comunicación por el interior, en que las almas circulan la una en la otra, el alma del hijo y el alma de la madre porque respiran juntas la misma Presencia divina.

En esos momentos muy raros y tanto más preciosos es cuando aparece ese mundo casi desconocido, ese mundo presentido de lejos, ese mundo del que tenemos nostalgia, ese mundo al que debe introducirnos el nuevo nacimiento, ese mundo que no existe todavía, ese mundo que sólo entrevemos por destellos fugitivos.

En ese mundo se sitúa Dios, justamente porque él es su fuente, él es su sentido, él es su espacio, él es su puerta, él es su clave. Mientras nos quedemos en el mundo de lágrimas y sangre, de violencia y de crimen, de injusticia y competencia, todavía no hemos llegado a la verdadera creación ni podemos descubrir en ella el verdadero rostro de Dios, a menos que veamos en él el rostro crucificado, el rostro doloroso, el rostro ensangrentado, el rostro de la víctima, pues eso es todo lo que Dios puede ser en ese mundo caricatural, indigno de él tanto como de nosotros.

El sello de Dios sobre todos los que lo han encontrado de manera auténtica

Tenemos pues que situarnos en el verdadero mundo, y para eso, tenemos que crearlo y, para crearlo, tenemos que crearnos, y para crearnos tenemos que dejar de mirarnos, tenemos que encontrar de qué maravillarnos. Porque sólo podemos dejar de mirarnos cuando hemos hecho un encuentro que solicite y atraiga todas las fuerzas de la mente y del corazón y realice en nosotros la liberación en que aprendamos por fin quiénes podemos ser y cuál es la única Presencia que pueda colmarnos.

Y ese es precisamente el sello de Dios sobre todos los que lo han encontrado de manera auténtica: los eclipsa, los hace trasparentes y al eclipsarlos, eclipsa sus límites, eclipsa sus determinismos, eclipsa todas las servidumbres y hace de ellos un espacio ilimitado en una trasparencia a la que nos hacemos inmediatamente sensibles.

Y en ese espacio ilimitado es donde descubrimos, presentimos y encontramos la verdad que se manifestó en un destello en la mente de Rimbaud: "Él me eclipsa", es decir que la existencia alcanza su plenitud en la relación.

La persona se constituye como resonancia eterna

Así como se necesitan dos notas para hacer música y muchos muebles para constituir un mobiliario, se necesita un conjunto de relaciones para hacer música y para construir la ciencia como para engendrar el amor, aprendemos que la cumbre de nuestra existencia está en una relación, en una referencia a otro en que se llega a ser uno mismo cuando cesamos de gravitar alrededor de nosotros, cuando subimos a otro piso y alcanzamos de pronto la existencia que es puro germen de generosidad.

Porque así es como la persona se constituye como resonancia eterna, así nos hacemos origen, así nos hacemos fuente de nuestras acciones, responsables de nuestra conducta y, creándonos en estado de don, promovemos todo el universo a una nueva dimensión que hace que toda realidad sea símbolo, signo y sacramento.

Pero en seguida vemos aparecer al Dios del universo interior, al Dios al que Jesús desea conducirnos, al Dios cuyo secreto nos comunica, al Dios que nos revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y si nos lleva a conocerlo es porque vive de él de manera única, es porque no puede gravitar en torno de sí mismo, porque su humanidad es puro sacramento, porque es pura trasparencia, porque es pobreza esencial que puede dar testimonio de lo que podemos llamar la pobreza de Dios.

La respuesta a nuestra angustia: un altruismo eterno

Y ahí es justamente donde obtenemos la respuesta definitiva, la respuesta esperada, la respuesta a nuestra angustia, la respuesta a nuestro llamado, la respuesta a nuestra rebelión, ya que no podíamos aceptar este mundo de lágrimas y sangre, de crímenes y rivalidades como creado por un Dios digno de ese nombre. Ahí obtendremos la respuesta, en esa revelación, en esa confidencia candente, en esa verdad apasionante e incomparable, donde entramos por fin en el corazón de la divinidad descubriéndola como eterna comunicación.

Jamás debemos olvidar que el monoteísmo cristiano es un monoteísmo abierto, abierto, no cerrado, un monoteísmo abierto en que justamente Dios es único, pero no solitario. Y jamás hay que olvidar que único no significa solitario, sino precisamente lo contrario, pues un Dios solitario nos parece impensable. ¿Qué haría si no girar en torno de sí mismo y existir como egocentrismo infinito? Imposible concebirlo de esa manera pues eso sería rehusarle el poder de amar, ya que un Dios que sólo se amara a sí mismo y girara en torno de sí mismo en una soledad infinita no podríamos reconocerlo en el que encontramos en todos los místicos, en el que pone su sello en todos los genios, en todos los héroes, en todos los santos, el sello de la humildad, del eclipse y del don total. Porque ¿a quién daría él si no hay nadie?

Si Dios debiera esperar el mundo para amar, el mundo sería necesario a Dios como Dios al mundo, es decir que estaría en la misma situación que nosotros, incapaz de bastarse para amar, incapaz de ser el amor fuente, el amor eterno, el amor que es solo amor. Y así Jesús nos libera de esa pesadilla, porque justamente en la unicidad de Dios nos devela el secreto de un altruismo eterno.

El consentimiento de nuestra mente a la verdad, que no es sino otro nombre de Dios

Porque justamente, la unicidad de Dios está fundada en una comunicación capaz de bastarse para amar, porque él es solo amor, porque en él la vida surge bajo la forma de amor, porque su toma de conciencia no es mirada hacia sí mismo sino mirada hacia el otro y eso es lo que constituye la personalidad divina, esa relación eterna que es toda la paternidad en el Padre, toda la filiación en el Hijo y toda la aspiración en el Espíritu Santo.

Eso es absolutamente esencial porque un Dios propietario, un dios que se complace en sí mismo, un dios que se alaba y pide que lo alaben es algo impensable ya que eso haría nuestra humanidad eternamente esclava. Y Jesús nos libera de esa esclavitud porque ya no somos esclavos sino hijos, ya no somos esclavos sino iguales, en la reciprocidad del amor que quiere ser matrimonio espiritual. El sí del hombre es absolutamente indispensable al "sí" de Dios, así como el consentimiento de nuestra mente a la verdad, que no es sino otro nombre de Dios, es absolutamente indispensable para que la verdad brille en nosotros.

¿Qué es la verdad si no la acogemos? ¿Qué es la verdad si no la dejamos trasparentar? Está como muerta, como inexistente porque no tiene otra manera de proclamarse y de manifestarse sino haciéndose luz en nosotros y naciéndonos nosotros luz en ella.

La pobreza de Dios

El monoteísmo cristiano es un monoteísmo abierto. Es un monoteísmo en el que circulan eternamente la luz del conocimiento divino y el fuego de su amor. Es un concierto de relaciones en una entrega infinita, en un despojamiento absoluto, en un altruismo insuperable que constituye y asume toda la vida divina. Porque Dios sólo tiene contacto con su ser y su acción comunicándolo.

Por eso, como hemos dicho, como vimos y como lo descubrimos cada día, la divinidad es la anti-posesión, el anti-tema, la antítesis, la anti-posesión, porque Dios es Dios justamente porque no tiene nada, porque no puede tener nada, porque sólo puede darse. Él puede entonces hacer surgir la dimensión de amor, él es justamente su fuente y su secreto, él nos introduce en un universo que no existe todavía y que debe nacer por el consentimiento y la colaboración de nuestro amor.

No es necesario volver a describir aquí el itinerario de san Francisco. Ustedes saben que él es el primero en haber hecho esa lectura de manera concreta, viva y apasionada. Saben que se identificó con la pobreza de Dios. Saben que quiso cantarla por todos los caminos de la tierra, que quiso comunicarla a sus discípulos como única herencia, porque sabía que no hay Dios fuera de la pobreza.

Dios faraón, ese falso dios no existe

Y esa es la inmensa revolución realizada por el Evangelio, revolución cuya importancia no hemos comenzado a comprender justamente porque veíamos en Dios la garantía de la biología, la garantía de nuestras posesiones y de nuestra propiedad, el guardián de un orden del que nos beneficiamos, admitiendo que todo va bien cuando todo va bien para nosotros, dejando fuera de nuestra consideración a todos los que mueren de hambre, todos los fuera de la ley que no tienen situación humana, ignorando que la mayoría de los hombres son parias en la tierra, incapaces de reconocer en el universo tal como es un universo que dé testimonio de la belleza y de la bondad de la gracia y del amor y de la paternidad de Dios.

Pero, justamente, el verdadero Dios, el Dios del nuevo nacimiento, el Dios del universo que debe nacer de nuestro amor, el Dios que se revela en Jesucristo a través de la pobreza única de su humanidad, el Dios incapaz de poseer nada, el Dios que es la antítesis, la anti-posesión por esencia, el Dios que nos libera igualmente de todas las tentaciones de ver en la divinidad a un ser rival nuestro.

¿No es eso lo que emponzoña la vida pretendidamente religiosa que desean llevar tantos hombres, de cuya buena voluntad no podríamos dudar además? ¿No es ése el gran obstáculo, ese dios bajo figura de enorme faraón, de imposible jefe religioso, de déspota a escala infinita? ¡Sería mucho mejor que no existiera para los que están tentados de pensar que es un obstáculo, un límite, una amenaza, un rival! Y tienen razón de pensarlo: no existe, ese falso dios no existe, existe otro pero al que no podemos oponernos ni tampoco demostrarlo, es decir que es necesario vivirlo, es necesario encontrarlo y sólo podemos encontrarlo naciendo de nuevo, sólo podemos encontrarlo cambiando de yo, trascendiendo, rebasando el yo posesivo para llegar al yo altruismo, haciéndonos relación viva, referencia viva con nuestro centro interior, llegando al dintel escondido en lo más íntimo de la conciencia, llegando a ser la referencia viva que lo proclama silenciosamente y comunica su luz y su alegría.

El espíritu no puede esclavo de nada ni de nadie

Jamás sabremos toda la liberación que le debemos al Evangelio de Jesucristo, al evangelio eterno que es Jesucristo, a la pobreza infinita de la santa humanidad de Jesucristo, porque en ella brilla para nosotros esa luz inmensa, en ella hemos aprendido a conocer a Dios como eterna pobreza.

No queremos otro maestro, no lo queremos porque es imposible que la mente se someta a nadie. Ustedes recuerdan la inscripción de Munich, en 1944, la inscripción hecha con tiza en todos los muros de Munich la noche de una ejecución capital en que cayeron bajo el hacha nazi las cabezas de un profesor y de tres estudiantes de la universidad. Recuerdan esa inscripción conmovedora y magnífica: "Der Geist lebt!" "¡El espíritu vive!" El espíritu vive. Justamente, el espíritu vive: el hacha no puede nada contra el espíritu, ¡no puede nada! El espíritu no puede someterse; puede rendirse, puede darse, puede consentir y consintiendo se hace a sí mismo, jamás puede ser súbdito ni esclavo de nada ni de nadie.

Dios incapaz de poseer nada y que nos cura de toda posesión

Estamos acostumbrados a una religión diferente. Es un Dios totalmente nuevo en que la humanidad jamás había pensado pero lo añoraba. ¡No! ¡Nada de esclavos humillados ante un poder que puede aplastarlos! ¡Eso es horrible, es indigno, eso sería la muerte del espíritu, la negación de la dimensión humana!

Y Jesús lo hizo posible: podemos participar plenamente en la rebelión que es garantía de nuestra dignidad, porque el "sí" que debemos ser es el "sí" de la libertad, el "sí" del amor, el "sí" de la alegría, el "sí" de la generosidad solicitada únicamente por el amor, por la pobreza que no puede poseer nada y que sólo puede llegar a nosotros liberándonos y para liberarnos.

En fin, es evidente: ¿cómo podríamos, en 1961, cuando la humanidad está en camino hacia las estrellas, cómo podríamos aceptar que ese inmenso poder técnico corresponda a una mente esclava de un dios déspota? ¡Es imposible, imposible! Jesús nos liberó de esa pesadilla, dice san Francisco en la lectura apasionada que hizo del Evangelio, que inscribió para siempre en la cima de la santidad cristiana la adhesión liberadora al Dios incapaz de poseer nada y que nos cura de toda posesión en la medida en que adherimos a él.

La tentación de traicionar a Dios en su infinita desposesión

Eso no quiere decir que tenemos razón. El Evangelio de Jesucristo no es un monopolio, no hay pueblo elegido, no tenemos razón contra nadie, tenemos razón para todo el mundo. Toda la humanidad puede encontrarse y se encontrará en efecto en contacto con la divina pobreza. Pero si quisiéramos pretender superioridad ya habríamos dado la espalda al Evangelio. Si quisiéramos pretender superioridad, ya habríamos hecho del Evangelio una posesión, lo habríamos identificado con una raza, con un continente, con una lengua, con una cultura, con una civilización, cosas todas perecederas.

Ya habríamos traicionado a Dios en su infinita desposesión. Porque hay que constatar que la religión en el mundo es casi siempre biología y no espiritualidad. Uno no escoge su religión; uno nace en una religión como nace en una familia, como nace en un país, en una época, en una cultura y en una lengua.

Para la mayoría de los hombres, y para nosotros, la religión es casi siempre biología, pertenencia instintiva y pasional y no lo contrario, es decir libertad, universalidad, acogida, trasparencia, amistad sin fronteras. Por eso las religiones, y primero la nuestra, son casi siempre fanatismo, anatema lanzado contra los demás, rechazo y desprecio de los demás, y eso constituye de inmediato un desprecio y rechazo del Dios vivo.

No nos equivoquemos. Todos tenemos que curarnos de la biología religiosa y de todas las biologías, no para rechazar ningún valor, sino para hacernos dignos de todos los valores.

Está perfectamente claro que ser cristiano en el sentido de san Francisco, es decir en el sentido de Jesucristo, significa no poseer nada, primero a sí mismo, es no ser tributario de ninguna pertenencia instintiva, ya no ser esclavo de ninguna servidumbre pasional de grupos o individuos. Y el único testimonio que deberíamos dar – que debemos dar – es ése justamente: que no hay pueblo elegido, que se espera a todo el mundo, que todo el mundo es acogido, que todo el mundo es amado y que no hay que cambiar la fórmula.

El mundo en que encontramos a Dios comienza con nosotros

La Trinidad no es una fórmula. La Trinidad no es un rompecabezas. Simplemente, la Trinidad es la única posibilidad de un amor fuente, de un amor que va hacia otro, de un amor que constituye la divinidad como tal y que nos libera del jefe, del déspota, del dios faraón, de todos los ídolos que le hacen cortejo. Ése es el Dios que hay que encontrar – no existe otro – y, cuando dudemos, no hay que recurrir a argumentos preguntándonos cómo empezó el mundo, porque el mundo en que encontramos a Dios comienza solo ahora, comienza con nosotros, comienza con la decisión de una libertad que surge, de un amor que se descubre y se da, como despierta el amor en un corazón humano, el verdadero amor en una luz imprevisible, insospechable antes del encuentro ya que es en el circuito de una luz interior como el rostro descubre el rostro y el corazón, el corazón.

Hay pues que saber de qué espíritu queremos ser y si, bajo el nombre de Dios queremos poner nuestros privilegios y defender nuestras posesiones o si, al contrario, ser cristiano significa para nosotros liberarnos de toda posesión, ya no ser esclavos de ninguna biología, sino trasformar la realidad en el concierto de una relación universal, trasformar todo eso en el nuevo ser que pasa por el nuevo nacimiento de que habla Jesús a Nicodemo y que nace por fin a sí mismo naciendo al Dios vivo.

La universalidad del don

Está pues bien claro que no habría problema si nuestro Dios, fuera el Dios visto a la luz de san Francisco y vivido en su amor. No habría problema y no estaríamos donde estamos. Si nuestro Dios hubiera sido acogida, apertura, dignidad y generosidad, no habría problema.

¿Por qué y contra qué se habría defendido el mundo? Se defendió contra un ídolo, contra un jefe, contra un dios faraón, contra un inmenso déspota, un inmenso propietario. E hizo bien: ¡es un falso dios! y por desgracia creyó que no había otro.

Si nosotros queremos, si queremos realmente, si queremos apasionadamente, con la pasión rectificada y luminosa que siente san Francisco por la divina pobreza, si nosotros queremos, entonces comenzará el verdadero testimonio, el único válido; entonces se inaugurará la única catolicidad que tenga sentido, la catolicidad del amor, la universalidad del don, en la supresión de todas las fronteras de raza, de clase y de confesión.

Porque el cristianismo no es una confesión, ni un credo como tantos, sino pura y simplemente la pobreza divina depositada como fermento en la santa humanidad de Jesucristo, para fermentar en nosotros y hacer levantar la mies de espigas maduras, la mies alegre, la mies infinita en que todos los pueblos puedan encontrar su pan porque nadie querrá acaparar el bien de los demás, porque cada uno sentirá en los demás la dignidad de Dios comprometida, expuesta y confiada a nuestro amor. Ese, al menos, será el Evangelio.

A eso quiere llevarnos Jesús: a un Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos

¡Cómo necesitamos convertirnos, ustedes y yo, cómo necesitamos convertirnos en el sentido más profundo, para entrar en ese único mundo verdadero, único que consagra Jesús, el único en que la humanidad puede respirar, el único en que Dios no es problema porque ese mundo verdadero respira en él, porque él es inmediatamente la luz reconocida y el centro alegremente acogido!

Así se renuevan todos los problemas por la novedad infinita del Evangelio. Ya no hay sino un problema, el de eclipsarnos, el de consentir, el de liberarnos del yo frontera, del yo límite, del yo asfixiante, del yo que es la negación de nosotros mismos y de todo.

Ese es el camino que se abre. Esa es la posibilidad única, incomparable y maravillosa. Y a esa posibilidad va unido también el porvenir de Dios en el mundo, pues si no la aprovechamos, Dios seguirá muriendo en la humanidad, porque a medida que la humanidad se haga más poderosa en el orden técnico, se abrirá menos, será todavía más incapaz de soportar al dios-jefe y, con razón, lo dejará en el museo de antigüedades.

Pero Jesús no es una antigüedad. Jesús está vivo. Jesús nos llama a la vida. Jesús nos introduce en esa confidencia adorable. Jesús nos introduce en la intimidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Jesús nos conduce al corazón del primer amor. Jesús nos hace padres de la divinidad pues entre ella y nosotros ya no hay el obstáculo de un poder que quiere dominarnos, ya no hay sino la generosidad que nos llama, que quiere trasformarnos en ella a fin de que nosotros seamos lo que es él y que Dios pueda realmente decir "Yo" en nosotros, como lo decía a un místico que le preguntaba: "¿Quién eres tú, Señor?" – "¡Tú! ¡Tú!".

A eso quiere llevarnos Jesús: a un Dios más íntimo a nosotros que nosotros mismos y que nos responderá como la voz del amor cuando le preguntemos: nos responderá en el modo nupcial. Nos dirá en lo más íntimo nuestro lo que dice cada día en la divina liturgia: "Tú eres yo".

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