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Homilía de Mauricio Zúndel en el Sagrado Corazón, en Ouchy, Lausana, en 1966. No editada.

Quiero decir, qué formidables palabras las que acabo de escuchar: “A quienes perdonareis los pecados les serán perdonados y les serán retenidos a quienes se los retengáis” (Jn. 20:23).

Estas palabras dirigidas a hombres, se perpetúan en la vida de la Iglesia, y basta con mirar los confesionarios que constituyen uno de los muebles de una iglesia para darse cuenta de que en efecto la Iglesia ha tomado en serio esas palabras de Jesús y cree en el poder inverosímil de perdonar los pecados.

¿Cómo es concebible? ¿Cómo podemos vivir ese poder infinito? ¿Cómo buena parte de nuestra vida sacerdotal está dedicada precisamente a la misión divina de perdonar los pecados?

Para confundir y para situar estas palabras, basta recordar el Mandamiento Nuevo, la última consigna de Jesús a nosotros, sus discípulos: “En esto reconocerán que son mis discípulos, en que se aman los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 13:35).

Hemos observado a menudo esta paradoja, el final del Evangelio, el último mensaje de Jesús que no trata de Dios sino del hombre. Las últimas palabras del más grande de los profetas, que es el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, no es amar a Dios, lo que parecería evidente, sino amar al hombre.

La misma identificación la encontramos en el don comunicado a los Apóstoles la noche de Pascua: perdonar los pecados.

Es que entre Dios y el hombre hay una unión indisoluble. Es que Dios solo puede aparecer en el hombre. Solo puede ser Presencia real en la historia humana, a través de nosotros.

Imposible encontrarlo sino a través de un rostro humano. Imposible amarlo sino a través de los miembros vivos que son los hombres e imposible concebir una falta contra Dios que no sea, en el mismo grado, una falta contra los hombres.

“Toda alma que se eleva, eleva el mundo”, decía profundamente Elisabeth Leseur, y podemos concluir correlativamente: toda alma que se rebaja, rebaja el mundo.

En toda la ausencia de nuestro corazón respecto de Dios, en todo rechazo de amor, hay una disminución de la luz divina en el universo, un debilitamiento de la Presencia divina en la humanidad, que nos hace verdaderamente responsable ante todo el universo, porque todo el universo respira en Dios, en la medida en que está vivo.

Por eso es imposible convertirse, volver a Dios, despegarse de sí mismo, sin ofrecer también un homenaje de reparación a toda la humanidad y a todo el universo. Y por eso es como natural que, en el camino de nuestro retorno a Dios, se sitúe la mediación sacramental del hombre que nos absuelve, no solo en nombre de Dios sino en nombre de la humanidad y del universo. Si se solidariza pues como se debe el poder de remitir los pecados y el Mandamiento, la última consigna de Jesús a sus discípulos y a nosotros, en cierto modo nada parece más natural que esa comunicación hecha al hombre del poder de perdonar los pecados. Dios es la vida de nuestra vida. Es imposible encontrarlo fuera de una experiencia humana. Y entonces, herir al hombre es herir a Dios, y un homicidio es siempre un deicidio, matar moralmente a un hombre equivale a matar a Dios.

Por eso, todo retorno a Dios es también retorno al hombre y reparación de la vida divina en nuestra alma, es aumento de vida y de solidaridad humana que acompaña inevitable e indisolublemente la restauración de la vida divina en nosotros. Y aquí volvemos a encontrar la revelación incomparable del rostro de Dios que es lo propio del Evangelio, el rostro de Dios encarnado, el rostro de Dios que entra en la historia, que es inseparable de la tragedia humana y que podemos volver a descubrir dando a los demás, como a nosotros mismos, un rostro humano, es decir un rostro de valor y dignidad infinitos pues justamente a través de él transparenta la Presencia infinita que es la vida de nuestra vida.

Y podemos alegrarnos de que la lógica de la fe haya conservado en la Iglesia, más allá de todas las polémicas, el sentimiento de solidaridad absoluta entre el hombre y Dios. Y la afirmación del poder de perdonar los pecados que concierne tanto al hombre como a Dios y vamos a deducir de esta identificación afirmada bajo tantos aspectos en la vida de la Iglesia, queremos deducir, por una parte, el reconocimiento de la humanidad de Dios y por otra, de la divinidad del hombre.

Dios es infinitamente humano, infinitamente próximo. Es la dimensión infinita, viva y liberadora de nuestra existencia que solo puede desembocar en el infinito a través de él. Y a su vez, el hombre es incomparablemente ennoblecido por la habitación de Dios que hace de cada uno de nosotros el templo del Espíritu Santo.

Nada es más concreto y realista que el evangelio de Jesucristo y no hay mística más profundamente enraizada en el suelo que la que se deriva del Evangelio, ya que es imposible ir a Dios sin pasar por el hombre y que nos está prohibido depositar nuestra ofrenda en el altar antes de habernos reconciliado con los hermanos, si recordamos que tienen algo contra nosotros.

Qué gracia pedir sino la de estimar al nombre al nivel mismo en que lo pone Dios y ver en el hombre el equivalente de la sangre del Señor derramada por él. Y permanecer fiel a todas las exigencias de la conciencia no solo por herir a Dios, lo cual es ya intolerable, sino porque inevitablemente disminuiremos en el mundo, haremos disminuir en el mundo la luz, la luz, la alegría y la presencia de Dios.

Y puesto que debemos concluir positivamente, “Toda alma que se eleva, eleva el mundo”, pidamos pues al Señor que en nuestro orgullo de ser hombre, en nuestro deseo de ser creadores, demos justamente a nuestro esfuerzo la amplitud universal, sepamos que en nuestra paz, en nuestra perseverancia, en nuestro combate contra todas las fuerzas que podrían poner en peligro en nosotros la dignidad humana, no luchemos solamente por nosotros sino por todo el universo y que el Reino de Dios se realice precisamente en la fidelidad de cada uno a sí mismo, pues para repetirlo, “toda alma que se eleva, eleva el mundo.”

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