xyz 00 1025

Homilía de Mauricio Zúndel, sin lugar ni fecha, en el día de Pascua.

“Está vivo. Los está esperando. Lo verán allá donde les dio cita.” Homilía de Mauricio Zúndel para el día de pascua, sin lugar ni fecha. Publicada en Ta parole comme une source. Los títulos fueron añadidos.

La muerte del autor de la vida

Es importante ver en la muerte de Cristo el signo de ujna contradicción, de una oposición al espíritu, ya que el Espíritu es el poder de no sufrir, de no sufrir los determinismos cósmicos, de no sufrir la ley de la materia, sino de ser uno mismo fuente y origen. Y justamente, por suerte la Revelación nos afirma desde las primeras páginas de la Biblia que no fue Dios el que inventó la muerte para el hombre, que él no la quiso, que la muerte es fruto del rechazo de amor que inaugura en lo intemporal la Pasión de Jesucristo. Si alguien podía demostrar la contradicción entre la vida y la muerte, fue el Señor mismo. ¿Qué relación ente él y la muerte? Él, a quien san Pedro llama el “Príncipe de la Vida” (Hec. 3:15), el autor de la vida, ¿cómo podía morir? Hay una contradicción absoluta entre la estructura de su ser, entre la estructura de su humanidad que subsiste en Dios, parece haber una contradicción insuperable entre su Humanidad y la muerte.

Por eso hay que ver la muerte de Jesús como milagro, en cierto modo más grande que el de la resurrección, pues justamente su muerte está en contradicción con los principios más profundos de su ser.

Muerte de sustitución

Muerte en la cual Jesús se identifica con nosotros con nosotros para vencer nuestra muerte y abrir en ese campo de tinieblas una esperanza inmensa de alcanzar un día la luz.

Por eso además debemos concluir inmediatamente que nuestro Señor solo pudo morir muriendo por nosotros. Murió de muerte de sustitución. Murió de nuestra muerte para vencer en nosotros la muerte en la medida en que la muerte está  vinculada con el pecado.

Es importante subrayar el carácter único de la muerte de nuestro Señor, saber que murió de nuestra muerte. Fue porque nos asumió, porque tomó nuestro puesto, porque se identificó con nosotros que pudo morir de esa muerte atroz en que afrontó el pecado hasta romperse el corazón y no poder soportar más la coexistencia de las tinieblas con la luz.

Hay pues de verdad un milagro en la muerte de nuestro Señor, en relación con su estructura personal, algo que no está en armonía con la ley interior de su ser: es una muerte de sustitución. Muerte en que se identifica con nosotros a fin de vencer nuestra muerte y de abrir en ese campo de tinieblas una inmensa esperanza de llegar un día a la luz.

Si consideramos la muerte de nuestro Señor, si la vemos como muerte de sustitución y de identificación con nosotros, comprenderemos que su resurrección representa una exigencia íntima de su ser.

La lógica de la Resurrección

Su muerte es una contradicción y su resurrección está en la lógica del gran ser vivo que es él. Entonces no hay que comparar la resurrección de nuestro Señor con la resurrección de Lázaro o del joven de Naím o con la hija de Jairo. Es algo infinitamente más profundo que brota de la intimidad de la Persona de nuestro Señor.

Por otra parte, cuando estaba en el sepulcro la divinidad no lo había abandonado aunque estuviera realmente muerto, no debía ser abandonado a la corrupción. Por la unión hipostática, por la unión de su humanidad con la Persona eterna del Verbo, había en él la exigencia de resurgimiento que debía revelar lo más profundo de su Persona y el sentido de su muerte.

Si hubiera permanecido en el sepulcro, el escándalo de sus discípulos habría sido ciertamente insuperable: Dios habría parecido cómplice de la más terrible injusticia. Ese restablecimiento era necesario para que la suprema inocencia pareciera coronada de divinidad en la Historia, pero, lo repito, la raíz de la resurrección está en la Persona misma de nuestro Señor. Es imposible aceptar la Encarnación sin ver en su muerte un milagro y en su resurrección un restablecimiento del equilibrio de luz en que resplandece la unión de la divinidad con la naturaleza humana.

Dios no es cómplice de la muerte

Entonces, ahí tenemos, en medio de la noche, el anuncio maravilloso: la tumba está vacía, las mujeres buscan en vano un cuerpo embalsamado. No lo entregaron a la corrupción: “Está vivo. Los está esperando. Lo verán allá donde les dio cita.” Sabemos pues y queremos grabarlo esta noche en nuestro corazón que Dios no es cómplice de la muerte, que el horizonte que nos está prometido no es perecer sino vivir eternamente porque, justamente, esa muerte en contradicción con la espontaneidad del Espíritu, con su poder creador, esa muerte fue vencida por la muerte del Señor y la Resurrección de Jesús constituye las primicias, las primicias de nuestra propia resurrección.

Podemos pues mirar la muerte no como término, no como separación, no como desgarre, no como corrupción intolerable, sino como la siembra del grano de trigo en la tierra donde debe germinar y levantarse para cosecha eterna. Y eso es lo que debemos retener en la misma línea, que como dice nuestro Señor, “Dios no es Dios de muertos sino el Dios de vivientes” (Mt. 22:32) que nos llama a todos especialmente en esta noche irradiada por la luz de la resurrección. Nos llama a estar vivos, a trabajar por la vida, a evitar el no, el negacionismo destructor que hiere hasta las raíces mismas de la vida.

Ser artesanos de vida

En Jesús, todo es positivo, en Jesús todo es creación, en Jesús todo es misericordia, en Jesús todo es Amor, en una palabra, todo es vida.

Si la vida surgió de Dios en toda su belleza, como lo proclama el relato del Génesis, si Dios quiso una criatura semejante a él, si la criatura fue manchada por el pecado, eso no fue para siempre, no es definitivo; ahora está llamada a levantarse, está llamada a glorificar a Dios por su hermosura.

Debemos hacer el aprendizaje de la resurrección entrando en el gran “Sí” que es Jesús. Ustedes recuerdan las palabras admirables de la segunda a los corintios, donde sabn Pablo dice: “En Jesús no hay sí y no. En Jesús hay solo el sí” (2 Co. 1:19). En Jesús, todo es positivo, en Jesús todo es creación, en Jesús todo es misericordia, en Jesús stodo es Amor, en una palabra, en Jesús todo es vida.

Si queremos pues entrar en el espíritu de la resurrección, si queremos ser cirio pascual vivo, todos nuestros esfuerzos deben tender a algo positivo, debemos evitar las críticas, la maledicencia, las calumnias, debemos evitar ensombrecer la vida de los demás con los relatos de nuestros infortunios, tener el escrúpulo de oscurecer el esplendor de la vida con cualquier negativismo, y eso es lo que queremos pedir esta noche a nuestro Señor al aclamar su resurrección en la alegría del Aleluya, que seamos artesanos de vida, creadores de vida, que en todos sus gestos, en toda la trama de la vida cotidiana, llevan la luz adorable del triunfo de Jesús sobre la muerte y entran a fondo en el programa que nos recuerda san Pablo: “En Jesús no hay sí y no. En Jesús solo hay el sí.” Oh, qué oración espléndida la que vamos a hacer juntos, cada uno en el fondo de nuestro corazón para propagar la alegría pascual: “Señor, enséñanos a ser sí.”

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir