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Homilía de Mauricio Zúndel en Santa María de la Pas, El Cairo, el unes santo 27 de marzo de 1961. Ya publicada en este sitio el 17-22/11/2011 y en "Vie, mort et résurrection" (*). Se añadieron los títulos.

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Resumen. Semana Santa. Con Jesús, todo se realiza en el hombre que es el centro. No encontramos a Dios fuera del hombre: el verdadero Dios está dentro de nosotros; es una voz secreta y silenciosa interior al hombre pisoteado, al hombre despreciado. El Evangelio de Jesucristo está dentro de nosotros El Evangelio es el que se hace un ser que responde al llamado de la verdad, que la deja transparentar en sí mismo y lleva a los demás su luz, su espacio y su alegría. Dios está amenazado como la dignidad humana porque él es la garantía de todo lo humano. Cada uno de nosotros lleva en su corazón al Dios vivo que no se impone jamás pero siempre se propone.

El realismo del Evangelio

Jesús nos hace conocer al hombre. Jesús se identifica con el hombre… El hombre es el centro, todo se realiza en el hombre.

El Evangelio se presenta como un realismo infinito. Jesús, el Hijo del hombre, nos lleva al hombre. Jesús nos hace conocer al hombre. Jesús se identifica con el hombre. "Tuve hambre, tuve sed, estaba prisionero, estaba enfermo, estaba desnudo,… pues cada vez que habéis socorrido al más pequeño de mis hermanos, a mí me habéis socorrido" (Mt 25,35).

La identificación de Jesús con el hombre es pues la prueba irrecusable del realismo que caracteriza el Evangelio. El hombre es el centro, todo se realiza en el hombre y, "si presentas tu ofrenda ante el altar y ahí te acuerdas de que un hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y anda primero a reconciliarte con tu hermano y luego presentarás tu ofrenda" (Mt. 23).

Ese realismo brilla más todavía en la parábola del Buen Pastor (Lc 10,29-37). El samaritano, el hereje, el cismático, el hombre rechazado y odiado más aún que el pagano, Jesús lo presenta como ejemplo de perfección humana y divina – es la misma.

Y justamente, el samaritano no dice mucho. Él no evita al hombre en oraciones hipócritas. El va hacia el hombre, se preocupa por sus necesidades, quiere salvar al hombre porque el Reino de Dios es a ese precio. Si no salvamos al hombre no salvamos nada porque el hombre mismo el que debe ser, el que está llamado a ser el Reino de Dios.

Una posibilidad de humanidad

Y eso es lo que nos importa hoy. No queremos verificar los títulos de nuestra fe sino en el hombre, en el hombre de hoy, en el hombre de 1961, en todos los hombres de hoy, y queremos que el ateo, el que se dice ateo, nos escuche y nos comprenda, que sienta en sí mismo la resonancia que nosotros percibimos en nosotros mismos.

En fin, todos los hombres tienen algo en común. En todos ellos hay el carácter de humanidad, o al menos la posibilidad de humanidad que puede unirlos, que puede hacer caer los muros de separación y que sostiene todas las culturas y civilizaciones. Hay un elemento común: hay que descubrirlo hasta en la rebelión, pues con frecuencia la rebelión es el comienzo del despertar, el comienzo de la entrada en la vida auténtica, la rebelión es una toma de conciencia de que en el hombre hay más que un animal, más que necesidades físicas, más que servidumbres materiales, más que estimulaciones biológicas.

A Dios no lo encontraremos fuera del hombre… no hay otra prueba que el hombre mismo. Dios quiere manifestarse en la plenitud de la vida humana, en su autenticidad y en su transparencia.

Hay todo eso desde luego: el hombre es un inmenso animal, pero también otra cosa. Y hay que mirar esa posibilidad, hay que tomar conciencia de esa posibilidad. A Dios no lo encontraremos fuera del hombre y eso es, eso es justamente lo que nos motiva tanto en el realismo del Evangelio. Es que no hay otra prueba que el hombre mismo. Dios quiere manifestarse en la plenitud de la vida humana, en su autenticidad, en la trasparencia de la vida humana.

¿De qué Dios hablamos?

Jesús sabía que se puede hablar todo el día de Dios y estar hablando de un falso dios y por eso nos quiere llevar al verdadero, que está dentro de nosotros, al que encontramos cada vez que nos encontramos a nosotros mismos.

¿Pero de qué Dios hablamos? Jesús, si se puede decir, pagó por saber que la palabra Dios puede encerrar todos los equívocos. Él chocó cada día contra una religión establecida, que termina por condenarlo a muerte. Sucumbe por juicio del sacerdocio. Es rechazado en nombre de la tradición. Es condenado como enemigo de la religión y un sumo sacerdote une a su muerte la salvación de su pueblo. Tiene que morir por todo el pueblo. Tiene que morir por blasfemo. Tiene que morir porque pone en duda toda la tradición según la cual han vivido los hombres hasta aquí.

Y Jesús sabe muy bien que se puede hablar de Dios y estar hablando de un falso dios y por eso quiere llevarnos al verdadero, que está dentro de nosotros, al que encontramos cada vez que nos encontramos a nosotros mismos.

¿Cómo encontrarnos a nosotros mismos?

Hay tanto ruido, tanto ruido alrededor de nosotros… el Evangelio al que Jesús quiere llevarnos es el evangelio interior, la voz secreta y silenciosa que es la única que nos pueda instruir y reunir.

Es verdad, y esa es toda la dificultad: ¿Cómo encontrarnos a nosotros mismos? ¿Cuándo encontrarnos? ¿Cómo estar seguro de que hemos llegado hasta nosotros? ¿Quién somos? ¿Quién puede decirnos nuestro nombre? ¿Quién puede darle sentido a la palabra "Yo" que nos viene siempre a los labios? La verdad es que no sabemos. Ese es el más largo viaje, el más largo, el más difícil, el que tiene más riesgos, el camino hacia nosotros mismos.

No tenemos tiempo para ir hasta nosotros mismos. Miles de señales nos desvían del camino hacia nosotros.

Hay tanto ruido, tanto ruido alrededor. ¿Cómo llegar a las regiones del silencio donde se oye y se escucha? Y ahí está todo. El evangelio al que Jesús quiere llevarnos es el evangelio interior, la voz secreta, silenciosa, que es la única que nos pueda instruir y reunir.

El desprecio de la dignidad

Quien haya sentido en el desconocimiento de los demás y en el desprecio de su dignidad, despertar el sentido de su dignidad, ya está a la entrada del reino misterioso ante el cual se arrodilla Jesús en el Lavatorio de los pies.

Tomemos el testimonio más irrecusable, el de la rebelión y tomémoslo bajo la forma que le dio Sartre en Le Diable et le Bon Dieu (El Diablo y el buen Dios), la forma del bastardo que rehúsa que lo identifiquen con su bastardía, del bastardo que rehúsa que lo identifiquen con su piel, del bastardo que pondrá el mundo a sangre y fuego más bien que aceptar ese ultraje, porque sabe que él no es su piel, sabe que no es su bastardía, sabe que hay en él…¡una dignidad! Una dignidad que él no conoce, pero que la reconoce inmediatamente cuando los demás la pisotean o se le oponen.

Y eso es justamente lo irrecusable. En la rebelión del hombre o del pueblo que no quiere dejarse pisotear porque siente que hay en él una fuente oculta, un valor infinito, en esa rebelión comienza la toma de conciencia irrecusable. Quien haya sentido en el desconocimiento por parte de los demás, en el desconocimiento, en el desprecio de su dignidad, quien haya sentido despertar su dignidad, ya está a la entrada del reino misterioso ante el cual se arrodilla Jesús en el Lavatorio de los pies.

El que no ha sentido ese valor en el hombre, el que no se ha inclinado ante ese secreto inefable del hombre, el que no haya sentido un día un mundo infinito en la inocencia de un niño, para él, Dios no será nunca más que un ídolo. Todas las instituciones, todos los ritos, todas las oraciones, todo eso será solo una formidable impostura o una inmensa ilusión si el hombre no ha sido reconocido, reconocido como hombre.

Dios está en la dignidad despreciada

En eso estamos de acuerdo: ahí hay una base común en que todos los hombres pueden unirse, sobre la cual pueden construir y que constituye el universo del evangelio. "tuve hambre, tuve sed, estaba prisionero, estaba enfermo, estaba desnudo y era yo, era yo, era yo en cada uno, era yo con cada uno, era yo a través de cada uno". En el pensamiento de Jesucristo no hay otro Dios que ése, ese Dios interior al hombre pisoteado, ignorado, despreciado, interior al niño perseguido y martirizado, al niño indefenso y desarmado, a la niñita de que habla Dostoïevski, a la niñita que golpea con sus puños la puerta de los baños donde está encerrada en el jardín de Moscú en invierno porque mojó su cama y está llamando y nadie viene, nadie responde, nadie, pero Dios escucha.

Dios grita a través de los gemidos de esa niña. Dios nos llama porque está ahí, justamente, en esa dignidad frágil, desarmada, ahí es donde más brilla. Ahí aparece el hombre en sus posibilidades inagotables. El niño que es solo esperanza, un manojo de posibilidades, es sagrado, es inviolable, justamente porque lleva en sí toda la esperanza, todo el porvenir del Reino de Dios.

En un solo hombre está todo el hombre

Además, el año pasado, nos alertó la ejecución de Chessman (ejecutado en 1960, después de 12 años de un proceso discutido) y, de repente, se manifestó a innumerables multitudes el rostro de la vida, de repente esa vida cuya suerte debía decidirse de un momento a otro, apareció como un test de la vida universal y los hombres se interrogaron: ¿se puede matar una vida? ¿Se puede disponer de ella? ¿Se puede hacer desaparecer un hombre sin que confiese y consienta? Millones de hombres se interrogaron y millones de hombres respondieron ¡No, no! No se puede, no se debe, porque en un hombre está todo el bien del hombre, en un hombre está el único bien del hombre.

El verdadero bien común de los hombres es el hombre mismo, un solo hombre, solo en su conciencia, en su libertad, en su dignidad, en la posibilidad que tiene de hacer de toda su vida una ofrenda, un don, una fuente que mana hasta la vida eterna como dice el Evangelio.

Chessman murió y la cuestión levantada por su ejecución, sigue en pie: en un solo hombre está todo el hombre, en un solo hombre se concentra y resume toda la condición humana, en un solo hombre está a la vez toda la posibilidad y toda la revelación del único sentido verdadero del único verdadero bien común.

Le verdadero bien común

¿Cuál es el tesoro sino la perla escondida, la perla oculta del Reino, sino la divinidad misma ? Y qué es la divinidad… sino un sentido interior que refleja la luz de verdad, incorruptible… la luz que es la claridad del corazón, la luz viva en la cual todo conocimiento es nacimiento.

¿Y cuál es ese verdadero bien común sino justamente el tesoro que nos fue confiado a todos y cada uno y que debemos defender y proteger, despertar, aumentar y comunicar? ¿Y cuál es el tesoro sino la perla escondida, la perla escondida del Reino, sino la divinidad misma? Y qué es la divinidad, justamente, sino un sentido interior en cada uno de nosotros, a través de nosotros, escondido en lo más íntimo de cada uno, donde brilla la luz verdadera, la luz incorruptible, la luz que adivinamos a veces en la mirada de un niño, la luz que es la claridad del corazón, la luz en que intercambian y se comprenden las almas, la luz viva en que todo conocimiento es un nacimiento.

Allá, justamente quiere llevarnos Jesús, quiere hacernos atentos a ese bien común, él nos urge a que seamos ese bien común. Y si es así, es indiscutible; si es así, si es así, sentimos que nuestra convicción, nuestra fe; todas nuestras certezas están ligadas, para nosotros y para los demás, con la experiencia que somos, con el ser en que nos convertimos o en que rehusamos convertirnos.

Responder al llamado de la verdad

Y ahí está todo. No habrá profecía, no habrá milagro, no habrá catástrofe capaz de tocar el alma humana y transformarla. No hay sino una posibilidad, un solo evangelio, aquél en que se convierte un ser que responde y es fiel al llamado de la verdad, y la deja trasparentar en sí mismo y que, sin nombrarla, para no limitarla, lleva a los demás su luz, su espacio y su alegría.

El evangelio de Jesucristo, somos nosotros. El evangelio de Jesucristo está en nosotros y solo ahí podemos hacer de él una lectura eficaz y fructuosa.

Es esencial no desviarnos

Se trata de arrojarnos al centro de la vida de hoy, al corazón de la humanidad actual, al centro de nuestra propia vida en este mismo instante, para escuchar el llamado del Eterno, para descubrir de nuevo la perla del Reino…, para poner en valor el tesoro que nos está confiado y para llevar a los demás, en silencio, su luz y su amor.

Es esencial que no nos perdamos al comenzar esta semana santa. No se trata de conmovernos por realidades del pasado sino de arrojarnos en el corazón de la vida hoy, en el corazón nuestra propia vida, en este mismo instante para escuchar ahí el llamado de Dios, para descubrir ahí la Perla del Reino, para volver a tomar conciencia de la dignidad humana en nosotros, para tratar de purificarla de todo lo que la oculta y la desfigura, para poner en valor el tesoro que nos está confiado y para llevar a los demás, en silencio, su luz y su amor.

Incontestablemente, ahí tenemos que volver. No hay que disertar sobre el origen del mundo si el mundo comienza a cada instante: es función de la decisión que tomamos nosotros de ser o no ser, de ser "sí" o de ser "no", de estar atentos o distraídos, de escuchar el llamado o de fingir no haberlo oído. No hay otra prueba que la experiencia misma que nos pone a prueba y nos pide a cada instante decidir el precio y el sentido de la vida.

Y vemos bien que en esta dirección se dibuja la tragedia divina: si Dios es ese yo, ese yo universal, ese yo silencioso, ese yo frágil, ese yo inocente, ese yo escondido en lo más íntimo de cada uno como lazo con todos, si esa es la verdadera humanidad, que todavía no existe pero que puede ser, que está llamada a ser, si esa es la verdadera humanidad que va a lograrse, a descubrirse y encontrarse, vemos brillar en seguida la tragedia divina, porque sabemos, sentimos bien toda la espesura, toda la opacidad, toda la gravedad, todo el peso de nuestra vida.

Dios está en peligro, como la dignidad humana

Dios está en peligro… porque él es la respiración de todo lo humano. Él es la garantía de todo lo que es humano. Él es el secreto de todo lo que es humano. Él es la esencia, el corazón, la luz de todo lo que es humano.

Por un instante, un instante de claridad, por un instante de conciencia, cuántos momentos innumerables de inconsciencia, de cerrarnos, de egocentrismo, de autocomplacencia, de autodefensa, de apego a sí mismo, de sensualidad, de tinieblas, de rechazo, de "no" opuestos al frágil y pequeño "sí" que había brotado en un momento privilegiado en que habíamos oído el llamado del silencio.

Y por eso justamente Dios está en peligro, como la dignidad humana, amenazado como la grandeza humana, como la libertad humana, amenazado como todo lo humano pues justamente él es la respiración de todo lo humano. Él es la garantía de todo lo que es humano, el secreto de todo lo que es humano. Él es la esencia, el corazón, la luz de todo lo que es humano. Él es la humanidad misma en su fuente y en la universalidad que es Él.

Y ése es justamente el misterio de la Cruz, ya que en su fragilidad, está desarmado, entregado al hombre, entregado al juicio del hombre, a la condenación del hombre como la verdad.

Es tan fácil pisotearlo, desfigurarlo, apropiárselo para hacer de él un monstruoso monopolio que permita, en total seguridad, condenar… ¿a quién? ¿a quién? ¡Pues justamente al Hijo del Hombre y al Hijo de Dios!

La religión de la Cruz

Querían garantías, cauciones santificadas por objetos, sin tener necesidad de convertirse y transformarse.

Estamos ahí en el corazón de la Pasión. Ahí es justamente donde se realiza, en la ignorancia del reino interior del hombre. Entonces querían ver un templo inmenso cuya hermosura dejaba estupefacta la mirada del peregrino. Querían recorrer sus galerías, contemplar los bloques de unos treinta metros, de bases formidables. Querían el esplendor de un culto exterior que en definitiva no los comprometía, querían el monopolio, la certeza certificada que les permitiera pasar tranquilamente al lado del herido sin verlo. Querían garantías, cauciones santificadas por objetos, sin tener necesidad de convertirse y transformarse.

Y se presenta la religión, la religión trágica, la religión del Hijo del hombre, la religión de la Cruz, la religión de la derrota, la religión de la fragilidad, la religión de la inocencia condenada, ignorada, pisoteada.

¿Y por qué asombrarse? Era tan cómodo tener un Dios bueno para todo, un Dios en cuyos hombros se ponían todas las cargas de la historia, un Dios que debía intervenir cuando se lo pidieran, un Dios que debía meter la mano, los dedos en la mecánica del mundo, un Dios que invocaban cuando ya no podían salir del paso pero que olvidaban pronto cuando la vida iba bien, cuando engordaban, cuando el animal humano ya no se sentía herido, reducido a descubrir y reconocer su dignidad.

No hay otro Dios que ese

Y ahora sabemos que el verdadero Dios… está ahí, dentro de nosotros, que se nos da como la verdad a los sabios, como la música a los músicos, como el amor al corazón del hombre.

Y ahora, sabemos, o por lo menos comenzamos a entender, que el verdadero Dios está dentro de nosotros, que se nos da como la verdad a los sabios, como la música a los músicos, como el amor al corazón del hombre.

Entonces, ¿qué hace la verdad? ¿Qué hace con los sabios que la torturan y pierden contacto con la ciencia porque ya no buscan la ciencia sino el éxito, el dinero, la reputación, estar al servicio de una causa impura, de la que se han hecho esclavos? Nada, nada… está sin defensas, está entregada, pero solo puede brillar a través de la mente que la escucha, y ¿quién la escucha haciéndose silencio? ¿Quién la escucha y la deja trasparentar? ¿Quién la escucha y lleva en sí mismo su luz y su vida?

Para nosotros no hay otro Dios que ese, ese Dios que canta san Juan en el Prólogo de su evangelio, el Dios que era, que es y será, que está siempre ahí, el Dios que brilla en las tinieblas, el Dios que nos está esperando, el Dios que está en el mundo, ese Dios desconocido, ese Dios ignorado, ese Dios que viene, que golpea y al que no le abrimos, el Dios que no es recibido, el Dios reprimido, ese Dios en lugar del cual no cesamos de elevar el ídolo de uno falso, de un falso dios de acuerdo con nosotros, de acuerdo con nuestro yo animal y que nos dispensa de devenir, nos dispensa de existir, nos dispensa de hacer el inmenso itinerario desde nosotros hasta nosotros mismos, que nos dispensa de descubrir la exigencia fundamental, la exigencia creadora que quiere hacer de cada uno de nosotros el comienzo y el origen de un mundo que no existe todavía, pero que puede llegar a ser, y que no cesa de surgir y de crecer cada vez que un alma, un alma desconocida, silenciosa y oculta, que es toda "sí", aporta su consentimiento, se deja atravesar por el radio de la fuente y lleva en su mirada la luz infinita del eterno amor.

Pensando en todos los hombres

Quisiéramos ser simplemente hombre, ser humanos de la humanidad que cada uno puede reconocer en sí mismo, ser humano de la humanidad con la cual se identifica Jesús.

En esta perspectiva queremos pues comenzar esta semana. En esta perspectiva queremos situarnos, pensando en todos los hombres, pensando en todos los rebeldes que son con frecuencia los más cercanos del evangelio del Dios vivo, pensando en todos los ateos que se creen tales porque han rechazado el ídolo que hacen de Dios con tanta frecuencia los creyentes. Queremos pensar en todos, queremos escuchar el llamado común para tratar de ser una respuesta común.

¡Ah! No queremos ser una secta, no queremos ser un pueblo elegido, quisiéramos ser hombres, simplemente hombres, ser finalmente humanos, de la humanidad que cada uno puede reconocer en sí mismo, de la humanidad con la cual se identifica Jesús, de la humanidad herida en el hombre que yace a la orilla del camino, de la humanidad ignorada en la pequeñita que se hiela en el jardín de Moscú, ser hombres como lo sintieron de repente los que no querían que muriera Chessman, y deseaban que se salvara esa oportunidad, que el hombre no dispusiera del hombre, porque hay en el hombre más que el hombre, porque el hombre verdadero es más que él mismo, porque en nosotros está el santuario eterno, porque solo podemos acercarnos de nosotros mismos sobre la punta de los pies, porque justamente, todos y cada uno, en lo más íntimo, estamos encargados del Reino de Dios, del reino de la verdad, del reino de la belleza, del reino del amor, del reino del nuevo nacimiento, porque dentro de nosotros es donde todo se va a realizar, porque es ahí donde va a brillar la única esperanza , porque Dios nos está esperando, porque la verdad nos necesita, pues va a morir si nosotros no vivimos de ella.

Hoy puede volver a comenzar todo

Todo se da a cada uno de nosotros y cada uno lleva en el corazón al Dios vivo, al Dios que jamás se impone pero siempre se propone y que nos llama a revivir su peregrinación eterna, a abrir la puerta porque él está llamando.

Y al principio de esta semana santa aprendemos de nuevo que está comenzando el proceso de la divinidad, y que nos toca a nosotros pronunciar el juicio y que fuimos nosotros, nosotros solos, quienes pronunciamos la condena y hoy podemos declararla inocente, y podemos hoy revisar el proceso, hoy podemos reconocer su inocencia, hoy podemos descubrir en el silencio de nosotros mismos los rasgos del rostro impreso en nuestros corazones, hoy podemos escuchar el llamado de la música silenciosa, y hoy todo puede volver a comenzar.

Esa es la locura a que nos invita Jesús, la locura a que nos invita Jesús. Eso es el Dios vivo. No hay otro. Vamos pues a ponernos ante el santuario interior, vamos a escuchar. Sí, pidamos a Dios esta gracia suprema: escondámonos en el silencio, recojámonos en lo secreto más profundo de nosotros mismos y escucharemos, escucharemos siempre, porque escucharemos a fondo, y sabremos que esta historia es una historia eterna, que nos conmueve las entrañas hoy pues justamente eso es lo que decide de todo, qué es el hombre y qué será, y lo que es Dios y cómo se va a revelar, y qué es el universo y lo que quiere significar cuando lo abordamos no como una carrera por explotar sino como paisaje a contemplar, como verdad por descubrir, como pensamiento a meditar, como Presencia para acoger.

Y así será siempre: todo está puesto en nuestras manos. No busquemos en otra parte a los responsables. El único responsable, finalmente, somos nosotros, pues a cada uno se nos ha dado todo, y cada uno de nosotros lleva en su corazón al Dios vivo, al Dios que jamás se impone aunque siempre se propone y que, al comienzo de esta semana santa, nos invita a volver a vivir su peregrinación eterna, a abrir la puerta, pues esta noche está llamando: "Yo estoy tocando a la puerta. Si alguien me abre, yo entraré y me sentaré a su mesa y cenaré con él y él conmigo" (Ap. 3,20)

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