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Conferencia de M. Zúndel en el Cenáculo de París el 3 de febrero de 1974.

Resumen: El objetivo del relato del pecado original era hacer a Dios inocente del mal. La Providencia divina y la constatación del mal torturan la mente humana. El mal no tiene solución antes de que intervenga la Pasión. El remedio a los males es volver a Dios, con la oración que es el camino de la salvación. Las formas de oración son innumerables, hasta una oración de la vida, una oración de la profesión o la devoción por la Verdad. El camino de la oración está abierto a todos.

La primera conciencia que emergió no cumplió su misión

El relato del pecado original tal como lo conocemos en el Génesis, como lo hace notar Pierre Grelot (1), es una tentativa por resolver el problema del mal, elaborada en un medio sapiencial durante el siglo X antes de Jesucristo.

Es un relato admirable, pero es un comienzo, una dirección de pensamiento. La preocupación mayor de los autores, o del autor, era evidentemente hacer a Dios inocente del mal. Dios no se comprometió. Él permanece fuera del mal, el cual tiene por origen una libertad humana que se desvió, fascinándose por sí misma.

Todas las consecuencias que resultaron de ahí, la ausencia en particular de promoción del universo a la libertad que es evidentemente catastrófica, pues en el fondo el universo quedó impersonal, sometido a determinismos y privado de libertad.

Cuando aparece el primer pensamiento, pues finalmente el hombre comienza con el primer pensamiento, el acontecimiento increíble y prodigioso de una conciencia que aparece y deviene capaz de tomar su destino en mano, es un eslabón único en la evolución, eslabón que desgraciadamente cedió y no cumplió su función.

El poder de Dios no es respuesta a las inquietudes del amor

Sea como fuere, el relato tal como es quiere hacer a Dios inocente y separarlo totalmente del mal que siempre ha torturado la mente humana, al querer asociar la idea de Providencia y la constatación del mal. Pero, repito, esa es una dirección de pensamiento inacabada e incompleta.

Como ustedes lo saben, en el siglo V antes de Jesucristo, se volverá a plantear el problema, en el libro de Job, único en su especie y en poder, donde el mal aparece como una injusticia inaceptable que hiere al hombre inocente. ¿Cómo podría admitir la justicia de Dios si Job tiene la íntima conciencia de ser totalmente inocente?

Y ustedes conocen el debate, cómo vinieron sus amigos pretendiendo consolarlo y acabaron con tantos reproches insinuando que es imposible ser víctima de tal infortunio sin haber cometido alguna falta oculta. Entonces Job se impacienta magníficamente, pone a Dios al pie del muro, y afirma su inocencia contra todos, así sea Dios mismo. Y por fin, interviene Dios y pone a Job contra el muro presentándole el espectáculo de la creación, las estrellas, las maravillas de la naturaleza, los colosos: el cocodrilo, el avestruz, en fin, todos esos seres extraordinarios.

¿Dónde estabas tú cuando apareció Orión en el cielo? ¿Dónde estabas? ¿Qué estabas haciendo? Confiesa pues tu impotencia, en vez de cuestionar al Todopoderoso. Reconoce su sabiduría.

Entonces Job se anonada en el polvo, aniquilado por la Omnipotencia pero, en el fondo, no convencido pues el poder no es una respuesta a las inquietudes del amor.

El mal es el mal de Dios

Si no hubiera en el mundo esa Presencia, si Dios no estuviera oculto en el corazón de toda criatura, no existiría el mal: habría accidentes, habría contin­gencias… Todo sería finalmente mezcolanzas del azar y no se plantearía el problema del mal.

Y sabemos bien que no habrá solución hasta que intervenga la Pasión de Jesús. Es en la Agonía de nuestro Señor, en su Pasión, donde el mal tendrá de repente su verdadero significado, como el mal de Dios.

Eso es: el mal es el mal de Dios porque solo hay mal donde se pisotea la dignidad, donde se mantiene cautiva la libertad y donde no se reconoce la inviolabilidad. En efecto, si no hubiera en el universo esa Presencia, si Dios no estuviera oculto en el corazón de toda criatura, no habría mal: habría accidentes, habría contingencias, pero todo sería contingencia, y una contingencia no vale más que otra. Todo sería mezcolanzas del azar y no se plantearía el problema del mal. Si el problema se plantea, es justamente por el carácter sagrado de la creación, por esa Presencia infinita muy especialmente en las criaturas inteligentes que son capaces de sentir la presencia del Infinito y de considerarse ellas mismas como portadoras y responsables de esa inmensidad.

Eso es precisamente lo que se manifiesta en la Agonía y la Cruz del Señor, que el mal es una herida infligida a su amor, como al contrario, el bien constituye el matrimonio de amor con él.

Y esto es evidentemente capital.

Los males resultan de cierta ausencia del hombre respecto de Dios

Si queremos pues remontar la corriente del mal es necesario encontrar el sentido del matrimonio, el sentido de la unión nupcial con Dios… Toda la indignación que podamos sentir ante el mal carece de sentido si no hay un valor infinito amenazado y pisoteado.

Cuando en la Peste Camus opone el suplicio de los niños torturados por la peste y la rebelión del Dr. Rieux que trata de salvarlos y expresándose en nombre suyo dice: “El mayor honor que se le puede rendir a Dios ante ese espectáculo es aceptar que no existe.”

Se le puede objetar a Camus justamente que si no hubiera en el niño un carácter sagrado, si no estuviera protegido y engrandecido por la Presencia divina, no habría mal y ni siquiera falta de éxito pues si el universo fuera puro azar y contingencia nada tendría sentido, no habría dirección privilegiada y sería imposible hablar de mal.

El mal tendrá pues todo su significado a la mirada del místico que percibe en el mal una herida hecha a Dios. Todos los males resultan finalmente de cierta ausencia del hombre respecto de Dios.

A partir de esa ausencia, el mundo se descompone, se deshace, se descrea y ya no logra encontrar su significado profundo. Si queremos pues remontar la corriente del mal, hay que encontrar el sentido del matrimonio, el sentido de la unión nupcial con Dios, el sentido de una vocación salida del Espíritu, a evacuarse, a lograr la liberación haciéndose Dios a la manera de Dios, por un despojamiento supremo.

Cada vez que ignoramos ese aspecto nos equivocamos. Toda la indignación que podamos sentir ante el mal carece de sentido si no hay un valor infinito desconocido y pisoteado. Y entonces, finalmente, a la base de ese misterio está siempre un Dios crucificado, crucificado desde el comienzo y a lo largo de toda la historia y hasta el fin del mundo, como lo entendió Pascal: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo, no debemos dormir durante ese tiempo.” Y crucificado eternamente si hay seres que hagan fracasar su amor.

El remedio es volver a Dios

Hay pues que volver a Dios, tomando conciencia de que todas nuestras deficiencias… provienen finalmente de esa ruptura inicial, de esa separación respeto de Dios.

¿Y cuál es el remedio para esa situación? ¿Cómo evacuar el mal? Pues volviendo a Dios.

Evacuaremos el mal en la medida en que nos unamos con Dios. Entonces ahí es donde comienza el desastre, todas las faltas que podamos cometer (y somos capaces de todas, como bien lo percibió Sartre: todos los crímenes cometidos en la tierra lo son por hombres semejantes a nosotros y lo que pueden hacer ellos podríamos hacerlo nosotros en su lugar, sin que en un futuro que no conocemos nada pueda protegernos de caídas que nos parecen imposibles y que se realizarán infaliblemente si no conservamos el contacto con Dios que es la fuente de nuestra vida.

Se trata pues de volver a él, tomando conciencia de que todas nuestras deficiencias, todas nuestras faltas externas, sea cual fuere su carácter, provienen finalmente de la ruptura inicial, de la separación respecto de Dios. Alejándonos un poco del Corazón de Dios, separándonos un poco de él, estamos seguros de entrar en las tinieblas.

Tan cierto como es que Dios es luz y que en él nos hacemos, también es cierto que separándonos de él entramos en la noche. No ceso de repetirlo: en el fondo todas las faltas que podamos confesar no hacen sino poner en relieve esa situación de alejamiento y de separación respecto de Dios.

La oración es el camino de la salvación

El sentido de la oración es unirnos con Dios… La oración tiene pues un sentido vital, creador y liberador. No se trata de sumisión ni de actitud de humillados, sino de actitud creadora.

No se trata pues de hipnotizarse con la falta en su materialidad sino de encontrar el principio de la falta y remediarlo volviendo inmediatamente a la fuente.

Y entonces podemos decir que la oración es el camino de la salvación. Porque el sentido de la oración es precisamente unirnos con Dios y sumergirnos en su luz. La oración tiene pues un sentido vital, creador y liberador. No se trata de sumisión ni de una actitud de humillados, sino de actitud creadora.

Sobre eso tiene Milòsz una página admirable en que dice: “El hombre, la criatura, es tan libre como Dios. Lo único importante en este mundo, en el universo total, es la oración. La oración da conocimiento y caridad. Esa es la razón de la necesidad absoluta de que el hombre sea libre de orar o no. La oración se le dio como llave de oro y el universo como cofre lleno de diamantes y rubíes estelares. La llave era única: tu orgullo se rebelaba a la idea de utilizar una sola llave, inventada por otro distinto de ti. Echaste la llave al pozo y conservaste el cofre indestructible – el cofre de color de noche – herméticamente cerrado para siempre. Dios es rey pero no tirano.”

Es pues seguro entonces que la oración es finalmente en su esencia el movimiento de retorno hacia nuestro origen que nos permitirá hacernos origen, pues cuando nos acercamos a Dios precisamente, nos parecemos a él y en vez de someternos devenimos la fuente de todo.

La oración es esencial a la vida y solo ella puede remontar el curso del mal e instaurar en el mundo el reino del Bien.

La oración es pues esencial a la vida y solo ella, repito, puede remontar la corriente del mal e instaurar en el mundo el reino del Bien. Si el Bien es precisamente la unión nupcial con el Dios escondido en lo más profundo de nosotros, si el Bien es “Alguien” y no algo, si se trata de encontrar el rostro infinito impreso en nuestros corazones.

La oración es multiforme

En el fondo de todas nuestras peticiones hay una búsqueda de Dios. Lo que pedimos a través de todos los caminos terrestres… lo que pedimos finalmente es Dios mismo.

La oración es multiforme ¿no? Ustedes conocen muchas formas. La oración puede ser de petición y ese es el fondo de nuestras oraciones, incluso litúrgicas pues en el fondo las oraciones litúrgicas son casi siempre peticiones. Pero si salen de un corazón abierto, las peticiones se transforman en amor.

Finalmente, en el fondo de todas nuestras peticiones lo que pedimos es Dios. Lo que pedimos a través de todos los caminos terrestres, a través de todos los bienes necesarios a nuestra construcción personal y a la seguridad de nuestra existencia, lo que pedimos finalmente es Dios mismo. Todo lo demás es solo camino hacia él.

La oración de petición

Aunque la oración de petición comporte una margen de interés, del fondo de la miseria, del fondo del “de profundis” en que yacemos a veces, es un homenaje a la misericordia y la ternura de Dios.

La oración de petición no es pues necesariamente interesada y egocéntrica: puede ser oración enteramente penetrada de amor. En el Peregrino Ruso, ustedes conocen la oración de Jesús, que es uno de los tesoros de la Iglesia Oriental y que ha suscitado una multitud de santos. La oración de Jesús se resume en tres palabras: “Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí.”

Ustedes recuerdan que el Peregrino Ruso llegó a decir esa oración miles y miles de veces y día y noche no cesaba de repetir esas palabras como un encantamiento de amor dirigido sin cesar al Corazón de Dios.

Esta oración tan humilde, totalmente evangélica además, se transformaba continuamente, se transmutaba en un grito de amor capaz de transformar toda una vida.

Y es de hecho una oración que podemos apropiarnos, como otras oraciones semejantes así de cortas.

A veces las oraciones largas nos cansan y no están al alcance de nuestro organismo agotado ni de nuestra mente vacía. En ciertos momentos no podemos ser más que grito hacia Dios que resuena en una forma semejante a “Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de nosotros.”

Por otra parte, aunque la oración de petición comporta una margen de interés, del fondo de la miseria, del fondo del “de profundis” en que yacemos a veces, sigue siendo un homenaje a la misericordia y la ternura de Dios. Es muy natural que de la fragilidad humana tal como la sentimos, brote hacia Dios un grito de esperanza no ya por nosotros sino por él, como todas las virtudes teologales cuyo objeto formal es precisamente referirse a Dios y desear el reino de Dios.

La oración de alabanza

Tenemos la oración de admiración, la oración de alabanza y afortunadamente hay muchas en la Escritura, tenemos el salterio que es la esencia de la oración litúrgica. El salterio que comporta una oración de petición y nos impresiona por su humildad y su cotidianidad, pues no tiene nada forzado. Por eso el salterio es para una comunidad la oración modelo: en este sentido es tan humilde, toca tan espontáneamente el terreno que cualquiera puede entrar en ella sin forzarse, sin simular una falsa mística no integrada.

En los salmos hay todo el aspecto de alabanza que encontramos además – de cierto modo – en el Corán donde la alabanza tiene un lugar tan eminente: oración de alabanza que es una forma perfecta de amor. La oración de alabanza procede quizá de una oración de admiración que no toma necesariamente los caminos de una religión determinada y de la cual hablaré dentro de un momento.

La oración de acción de gracias

Había en ella una perfecta toma de conciencia de que el perdón de Dios que la introducía en la intimidad del Señor era una gracia maravillosa por la cual jamás habría dado suficientemente gracias.

Hay también la oración de acción de gracias. Pienso en la Visitandina que limitaba su oración a dos palabras: ¡perdón y gracias! Y su vida transcurría repitiendo esas dos palabras. Había pues en ella una perfecta toma de conciencia de que el perdón de Dios – que la introducía en la intimidad del Señor – era una gracia maravillosa por la cual jamás habría dado suficientemente gracias.

La oración de adoración

Hay la oración de adoración, y aquí es necesario citar la Escuela Francesa, la admirable escuela del Oratorio de Pierre de Berulio, de Carlos de Condren, que son grandes adoradores, y que tienen el sentimiento de la inmensa majestad de Dios y no cesan de querer celebrarla y engrandecerla en perfecto retiro de sí mismos para exaltar la grandeza divina.

Para ellos, todo debía estar subordinado a la adoración a la cual se dedicaba toda su vida; pero justamente, hay que subrayarlo: esta oración que se inscribe en fórmulas en que Dios es explícitamente evocado, la oración que fluye en la salmodia bíblica y que alimenta la vida monástica, y Dios sabe que nada hay más maravilloso que una vida enraizada en la oración litúrgica y vivida hasta el fondo, hasta penetrar en el corazón del silencio.

La vida monástica centrada en el silencio

Los monasterios realmente contemplativos constituyen inmensos sacramentos colectivos de silencio. Ellos atesoran para nosotros. Son jardines de Dios en el universo humano, que permiten tomar aire en ese cielo interior a nosotros que tan a menudo estamos tentados de olvidar.

Jamás se dirá suficiente bien de esta oración, justamente, a condición de que desemboque en el silencio, que parta del silencio, esté llena de silencio, vuelva al silencio y lleve por doquiera su contagio.

Pero, hoy más que nunca, sería necesario que la vida monástica se interiorice, se guarde justamente de entrar en la “sesionitis”, se guarde de derramarse afuera so pretexto de “reformarse”. Jamás podrá prosperar la vida monástica y cumplir su vocación si no está centrada en el silencio y si el monasterio contemplativo no es su sacramento colectivo.

La misa debe recobrar el carácter de unión mística con Dios

¡Es necesario volver a encontrar la dimensión mística! Debemos encontrar la pasión de Dios, comprender que él es la vida de la vida, que la substancia del hombre se deshace y se descompone inmediatamente, que su dignidad se rompe si no reposa sobre la presencia del Infinito.

Y desde luego, la misa también tendrá que recuperar el carácter de unión mística con Dios, la dimensión mística que tanto falta a las manifestaciones eclesiales actuales. Se habla de reforma, de ayuda al tercer mundo, de sociología, de revolución, cosas que pueden ser excelentes una vez instaladas, ¡pero sentimos tan poco que se trata de unión con Dios y que eso es lo esencial! Tenemos poco la impresión de que la gente participa en la liturgia, la cual aparece más y más como comida y cada vez menos como el sacrificio redentor (al menos en la interpretación que se da de ella), tenemos la impresión de que la gente viene y regresa como vino y que la crisis de la Iglesia está precisamente ahí.

¡Es necesario encontrar de nuevo la dimensión mística! ¡Volver a encontrar la pasión de Dios, comprender que Él es la Vida de la vida, que la substancia del hombre se deshace y se descompone inmediatamente, que su dignidad se rompe si no reposa sobre la presencia del Infinito.

Dar testimonio de la presencia

El cristiano debe ante todo dar testimonio de la presencia de Cristo y no basta que hable sino que sea palabra viva de la Presencia divina.

Cuántas protestas ruidosas que se repercuten en la comunicación de masa, que se publican en los periódicos, que dan lugar a panfletos que dividen, que se hieren unos a otros y dan el sentimiento de cizaña en el corazón de la Iglesia. Cuántas protestas inútiles y peligrosas porque no provienen del silencio ni llevan a él.

¡Donde hay ruido, ahí estamos seguros de que no se encuentra Dios! Se debe reivindicar la primacía del reino de Dios con toda la fuerza no con grandes discursos, sino primero simplemente viviéndola en la intimidad del corazón y reconociendo la presencia de Dios en el corazón de los demás.

Entonces, nada es profano

Nuestro Señor mismo suspendió (o mejor suprimió) la barrera entre lo sagrado y lo profano en las bodas de Caná… Entonces, ahora nada es profano, todo es sagrado porque la vida misma lo es en su fundamento.

Pero en fin, todas las formas litúrgicas, que podemos desear cada vez más interiores, las formas litúrgicas que son sacramentales, en el centro de las cuales resplandece la Eucaristía, las formas litúrgicas no son la única posibilidad de la oración.

¡Justamente, nuestro Señor mismo suspendió (o mejor suprimió) la barrera entre lo sagrado y lo profano en las bodas de Caná! Justamente, una fiesta que parece totalmente profana y un objeto sumamente profano, el vino, que se debe presentar a los invitados. Y sin embargo en san Juan, el águila de los evangelistas, es el primer milagro de nuestro Señor que abre los ojos de sus discípulos.

¿Cómo explicar ese milagro inesperado, que Cristo rehúsa al comienzo, que sugiere María y se realiza después de la sugestión de María? ¿Cómo explicar ese milagro sino por el carácter sagrado de la vida?

Pues en fin, la pareja cuya casa está abierta, pues toda la aldea se precipita y cualquiera tiene derecho de entrar, de festejar y tomar parte en las cosas buenas, y de repente se acaba el vino y la fiesta se va a apagar, y ese día de gloria se va a transformar en día de duelo, y toda la vida esta pareja recordará esta vergüenza: no pudo hacer honor a sus invitados; y en vez de guardar un recuerdo lleno de gozo para toda la vida, tendrá un sentimiento de confusión. ¡Y esa es justamente la herida que la santísima Virgen quiere evitar! Evitar esa herida que puede poner un velo sobre toda la vida. La fiesta debe ser completa, ellos deben poder honrar a sus huéspedes, el día de su matrimonio debe ser un día benéfico, un día maravilloso en que la alegría fue plena y todos quedaron satisfechos. Entonces ahora nada es profano, todo es sagrado porque la vida misma lo es en su fundamento.

Entonces el agua de los cántaros se convierte en delicioso vino que el maestresala cata preguntándose de dónde viene.

Una oración de la vida, una oración de la profesión

Es pues un milagro de talla precisamente en su significado, a saber, que no hay mundo profano y un mundo sagrado, solo existe un mundo sagrado. Porque todas las actividades del hombre son actividades orientadas hacia Dios, que pueden dar testimonio de él y concurrir a inscribir su reino en el universo.

Por eso en su regla san Benito prescribe a sus monjes tratar los objetos del monasterio como vasos sagrados porque el monasterio está consagrado, porque el trabajo manual, la meditación de la mente y la celebración de la divina liturgia, todo se realiza en la presencia de Dios y para la gloria de su amor. Hay pues una oración de la vida y una oración de la profesión.

La madre que da el baño a su niñito de un mes o seis semanas me dirá: “¡Qué bello es, qué bello, y no lo hice yo! ¡Todo se hizo en mí y sin mí, pero es maravilloso!” Esa sorpresa ante el esplendor de sus miembros tan delicadamente organizados es un grito de acción de gracias, un grito de alabanza, es la oración misma de la maternidad. ¿Es necesario algo más para entrar en oración? Ciertamente no.

Devoción a la Verdad

Y hemos escuchado la oración de Einstein: El que siente respeto de lo sagrado ante el universo, es que para él evidentemente toda la creación está dentro, la vive a partir de su fuente y percibe el pensamiento, la inteligencia que supera infinitamente la suya y en la cual su inteligencia encuentra su luz.

Y en la admiración que siente entra en oración, sin darle a su admiración el nombre de oración.

Y Jean Rostand, en las últimas páginas de “Peut-on modifier l'homme?” (¿Se puede cambiar el hombre?), que es un verdadero himno a la Verdad, un grito apasionado de amor por la verdad, hay una actitud mística evidente.

Aquí la verdad es tratada no como cosa sino como Persona a la que se dedica toda la devoción, toda la vida, y que se acoge en silencio, porque el mismo Rostand cita las palabras de de Vinci: “La verdad jamás se encuentra donde gritan” y añade “casi nunca donde hablan”.

Un hombre pues que puede decir tales cosas sobre su investigación científica, cuyos límites en el espacio y el tiempo le son bien conocidos, de la que sabe muy bien que los descubrimientos de hoy serán opacados por los de mañana, pero sabe que a través de todo eso hay infinitamente más, que es la presencia de la luz infinita, de la verdad que es Alguien y a la cual vale la pena dedicar toda la vida, o mejor, que es lo único que merece que le dé toda su vida.

La oración de los artistas

Y hay la oración de Bach. Al componer la Pasión según san Mateo, Bach se pone de una palidez que asusta a su mujer, y lleno de un recogimiento que le impide darse cuenta de que ella está presente, interiorizado profundamente en su música, antes de morir, después de recuperar la vista que había perdido, justo para contemplar la flor que su mujer le ofrecía, le confiaba que para él toda su música había sido solo el eco de una música divina que tendrá por fin el gozo de escuchar.

Hay la oración de Mozart, la oración de Beethoven, la oración de Miguel Ángel y la de todos los grandes artistas, de todos los gigantes que han suscitado la hermosura y que evidentemente solo pudieron crear superándose y perdiéndose de vista.

Las oraciones rituales y las demás

No es necesario pasar por las oraciones rituales, aunque son admirables. Aunque estemos invitados a la liturgia dominical como reunión de todos los testigos de Jesucristo y debamos guardarnos de faltar a ella porque somos solidarios unos de otros y mi ausencia autoriza la de otros y disuelve y destruye los lazos comunitarios. Pero en fin esta oración, tan necesaria como sea, no impide el valor inmenso de la oración de la profesión, del oficio y de todas las relaciones humanas.

Hay una oración del cuerpo, una oración del amor que yo evocaba ahora al hablar de la trinidad humana en el amor. Hay una oración precisamente en el descubrimiento del poder que tenemos de crear la vida. Y san Pablo nos lo recuerda diciéndonos a propósito de la licencia que denuncia en Corinto: “¿No saben que son miembros de Jesucristo, no saben que son el templo del Espíritu Santo?” (I Cor. 6:15-20). Hace invitación a la oración del cuerpo, glorificado precisamente como templo del Espíritu Santo, como el Santo de los Santos, como la catedral por excelencia.

Hay pues una oración de la vida, una oración de la vida que es oración infinitamente preciosa. Justamente porque la vida entera es sagrada y nada es profano.

La oración sobre los demás

Hay la oración por los demás, que es indispensable a la eclosión de la caridad. Porque Dios sabe que somos diferentes unos de otros y, siendo limitados, es inevitable que nuestros límites choquen recíprocamente. Los límites de los demás nos incomodan, pueden desencadenar ira y resentimiento. Y nuestros límites pueden producir en los demás los mismos efectos.

Pues, ¿cómo superar esos límites, sino descubriendo la Presencia? La presencia de Dios, al menos como posibilidad, en el corazón de los demás, que nos permite superar los defectos visibles que no hay que negar, pues la caridad no es apologética destinada a glorificar al prójimo a todo precio. La caridad es la percepción de la vocación divina de cada uno y de la presencia de Dios en ellos, la cual nos está confiada en los demás tanto como en nosotros mismos. Y es claro que percibir esa Presencia es estar en estado de oración.

Finalmente, la caridad no es otra cosa que la unión con nuestro primer Prójimo mayúsculo que es Dios, para llegar al prójimo minúsculo que es el hombre.

¿Cómo puede sernos próximo en el sentido verdadero, si no se hace interior a nosotros? ¿Y cómo puede sernos interior sino a través de la interioridad misma de Dios que es más íntimo a nosotros que lo más íntimo nuestro?

Eso es lo único que puede permitirnos ir más al fondo, a través de los defectos que son evidentes, a través de faltas que no podemos ignorar, y, anticipando en el orden de la gracia, aceptar que esa persona, hoy cerrada y bloqueada en su egocentrismo, en su orgullo o su sensualidad, podrá emerger mañana, en un cambio milagroso como la pecadora del Evangelio, y convertirse en el mayor de los contemplativos.

Volver la mirada hacia Dios

Mirarse es perderse: cuando uno se mira pierde pie, aunque sea para examinarse a fondo. Todo retorno sobre sí termina en esa especie de complacencia en sí mismo… Al contrario, lo esencial es volver la mirada hacia Dios. Es mirar a Dios.

Hay la oración por la vida, que debe ser constante y depende de la calidad de la mirada. Mirarse es perderse: cuando uno se mira pierde pie, así sea para examinarse a fondo. Todo retorno sobre sí termina en esa especie de complacencia en sí mismo. Cuando uno quiere examinarse para conocer sus faltas, puede que finalmente encuentre buenas excusas para imaginar que cualquiera otra persona en nuestra situación habría hecho lo mismo, y entonces hemos actuado bien.

Lo esencial es, al contrario, volver la mirada hacia Dios, mirar a Dios.

Mirar a Dios es ya entrar en la luz

El Padre de Condren, el gigante de la santidad que sucedió a Pedro de Berulio a la cabeza del Oratorio, a una de sus penitentes que se lamentaba de su miseria y su culpabilidad, Carlos de Condren le escribió en el estilo magnífico del siglo 17: “Evite como un crimen la consideración de sí misma, conténtese con sentirse pecadora como tantas santas.” Es magnífico a la vez de amor y de humor, y es un reencuadre perfecto. Mirarse es entrar en las propias tinieblas. Mirar a Dios es ya entrar en la luz.

Y finalmente, ese es el sentido de la oración: focalizar la mirada sobre Dios. Sobre Dios en nosotros, Dios en los demás, Dios en el universo, Dios en el conocimiento, Dios en el arte, Dios en el amor, Dios en el cuerpo, Dios en toda realidad. Porque “Toda realidad cantará y nada más cantará”, como dice Patmore.

Un camino de oración abierto a todos

Siendo sagrada, la vida se abre espontáneamente a la oración cuando llegamos a la atención de amor que de repente descubre en el corazón de la existencia la presencia adorable de Dios.

La oración no está pues confinada en un ejercicio devocional ni debe tomar un camino determinado. Si recurre a fórmulas tradicionales, que son además infinitamente venerables, lo hace en la medida en que la oración es comunitaria; en la medida en que la comunidad entera debe expresarse delante de Dios, es necesario encontrar en cuanto sea posible el lenguaje más humilde, más decantado, más sencillo, más silencioso (y vale lo mismo para la música), para que haya un vínculo, para que la comunidad no se disperse en la indisciplina, para que no la trabajen corrientes inconscientes que conllevan Dios sabe cuántas impurezas. Justamente, debe estar galvanizada toda por una corriente de gracia, lo que puede realizar la oración común cuando es apoyada por el silencio.

Y como todo el mundo no puede ser monje ni está llamado a serlo, como el monje mismo no puede estar mañana y tarde en el Oficio, como hay trabajos manuales en los monasterios mejor organizados, como hay otras actividades en todas las demás vidas humanas, el camino de la oración debe estar abierto a todos y es el camino de la vida misma.

Siendo sagrada, la vida se abre espontáneamente a la oración cuando llegamos a la atención de amor que de repente descubre en el corazón de la existencia la presencia adorable de Dios que es la única apasionante, la única interesante. En el fondo, el único apasionante es Dios. La única presencia sin la cual no se puede vivir, es la suya. Todas las demás presencias derivan de ella.

El hombre se hace presente solo cuando es ofrenda, presente, regalo como Dios mismo.

Cultivar la intimidad con la Presencia

Entonces, la admiración, la alabanza, la acción de gracias, la confianza, la pasión de una aventura infinita, todo eso surge cuando descubrimos o tomamos conciencia de la Presencia oculta en lo más secreto de nosotros.

Esa es la gracia suprema que debemos implorar: la atención de amor que nos mantiene delante del Rostro único. A eso debe subordinarse todo: un esfuerzo de recogimiento, un esfuerzo de unión, un esfuerzo de silencio interior.

Si vivimos en cierta profundidad de silencio, el diálogo comienza y brota espontáneamente con la Presencia que está en el corazón del silencio. Dios no hace ruido y jamás nos forzará, nuestra atención percibirá la música silenciosa que es él.

Si queremos pues alcanzar la libertad, la dignidad, la inviolabilidad, si queremos ser los creadores que debemos ser, será cultivando cada día y a cada instante la intimidad con la Presencia.

Una mirada de amor

Hay una profundidad de la mirada, justamente, solicitada por la atención de amor que percibe por doquiera el Infinito: en los hombres como en el universo. Entonces la oración se hace la respiración misma del alma, la respiración del cuerpo, la respiración de la mente, la respiración de toda la vida.

Si tu ojo es sencillo, dice nuestro Señor, todo tu cuerpo estará en la Luz.” Eso es, la sencillez de la mirada es la fuente de la perfección humana. Ser mirada sencilla hacia Dios.

En el fondo, ¡eso es todo! ¡Eso es todo!

En esa mirada entramos en la relación que nos suspende de la fuente eterna y nacemos de nuevo del corazón de Dios a cada instante.

Eso es lo más precioso que podemos pedir, para entrar en el corazón de la oración, para extirpar el mal, para conjurar el horror, restituir al hombre toda su grandeza, revestirlo de Infinito, descubrir el Infinito en todas las fibras de su ser.

Pero para hacerlo, no salir jamás de la luz divina, haciendo de todo nuestro ser una sencilla mirada de amor hacia él.


(1) Exegeta de renombre maestro de conferencia en la Facultad católica de París entre 1950 y 1960.

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