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Homilía inédita de Mauricio Zúndel, en El Cairo, en 1940. Ya publicada en nuestro sitio el 12-15/03/2013. Corregida y mejorada esta vez.

Siendo Dios un Dios vivo, es el Dios de los que viven. Puesto que las personas que encontramos son él mismo tenemos mucha dificultad para elevarnos a la contemplación de Dios en todas las cosas. Dios es Espíritu y conciencia luminosa.

¿Cómo explicar la inmensidad de Dios, su fundamental inefabilidad y su personalidad suprema?

Sabemos que su personalidad se refracta en su obra en tres focos subsistentes y es la fuente de la personalidad-conciencia de su santidad soberana.

Para que Dios no sea una abstracción, para que podamos encontrarlo como nuestro, se reveló en Cristo, en el misterio de Cristo, en Cristo que es el camino que conduce a la verdad y a la vida.

El misterio de Jesús es un signo de contradicción entre los hombres, y siempre lo seguirá siendo. Nos hemos preocupado mucho estudiando la vida de Jesús. Los historiadores han tratado de esbozar un retrato descartando la cuestión de la fe, y habiendo estudiado su vida, terminaron negándolo.

Hay que entender que el problema de Jesús es de orden religioso, moral y espiritual. Y solo se lo puede abordar viviendo a cierta altura. Jesús es un misterio de fe, y el que no aborde su misterio desde dentro con la fe que nos da la luz divina, jamás entenderá nada de ella.

Ya durante su vida histórica, Jesús era un signo de contradicción: “Dinos quién eres, danos un signo venido del cielo para que creamos en ti”. Aunque los muertos resucitaran, no creerían porque se necesita una luz interior procedente del Espíritu. “Entonces, ¿si no veis milagros no entendéis? Yo he venido para otra cosa. Se trata de fundar el Reino de Dios y de iniciaros en la verdad”.

Negaron los milagros de Jesús y hubo que recortar el Evangelio en pedacitos y negarlo también. Nuestro Señor sabía que ni los milagros más notorios pueden suscitar la menor chispa en un alma pura mientras permanezca cerrada a la luz. “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (Juan 6:44).

El demonio lo lleva al pináculo del Templo y le sugiere que se lance al vacío. Pero Jesús exclama: “No tentarás al Señor tu Dios” (Lc. 4:9-12).

El Reino de Dios no viene de manera visible, está dentro de nosotros. Jesús guarda en silencio su título de Mesías. Quiere que vayamos a Él por la Palabra interior: “Porque solo vienen a mí aquellos a quienes instruye el Padre”. Un ciego de nacimiento se presenta ante Jesús para que lo cure. Jesús le unge los ojos con barro y lo manda a lavarse para que el milagro se realice fuera de su vista, como si no fuera obra suya.

Una de las garantías seguras de todos sus prodigios a menudo difíciles de entender, es justamente que no tienen otro brillo que subrayar el carácter esencialmente espiritual de su misión. Jesús no tuvo derecho de hacer milagros en su aldea porque solo hacía milagros para que fuéramos más allá de su vida hasta encontrar en él el pan de vida.

Toda su misión es Espíritu. La acción que Jesús puso en su obra: el Espíritu. Es falso que hubiera milagros que serían simple ostentación y una especie de prestidigitación. Jesús tenía el poder de hacer milagros porque era la plenitud del Espíritu y es justo que la materia se someta al Espíritu.

El que no ha oído la voz de Cristo en su corazón, no es sensible al SÍ de esa voz que es el problema de la conciencia y Jesús será un filósofo como Platón o Sócrates. Pero el que haya oído la Palabra divina, podrá comenzar a preguntarse quién es Jesús.

En el plano del Espíritu, Jesús lo presentaba como personaje religioso y no como filósofo. El que comience a escuchar en su corazón el sonido de su voz, sabe que Cristo existió, y que sigue existiendo.

Podemos leer libros que exciten la imaginación, pero moralmente solo nos convierte el ejemplo real de una persona santa. Solo pueden movernos las palabras llenas de la luz de una vida de amor. Y están en el Evangelio. Ustedes conocen el canto “Bienaventurados los pobres, los que tienen hambre y sed…” (Mat. 5). Palabras maravillosas e inmensas pues ¿qué importa la angustia exterior cuando tenemos dentro la vida de Jesús?

No tengan miedo cuando los persigan por mi nombre, pues yo estoy dentro de ustedes y les sugeriré lo que tengan que decir, y los sostendré. No los dejaré huérfanos”.

El que hace algo para ser visto por la gente y da limosna para que le hagan publicidad, ya recibió su recompensa; pero ustedes, hagan la caridad en secreto pues el Padre mira lo secreto. Jesús trata de despertar en el alma la sed de los bienes espirituales y si lo dejan entrar, esa será la revelación más completa.

En Juan 4:3, Jesús sale de Judea y sube a Galilea. Llega a Samaría, a Sicar, cerca del Pozo de Jacob. Se sienta en el brocal del pozo y permanece ahí durante unas horas. Viene una mujer de Samaría a sacar agua.

Jesús le dice: “¡Dame de beber!”
La mujer dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí?”
- “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: dame de beber, tú le pedirías y él te habría dado agua viva.”
Y la mujer le dice: “No tienes con qué sacarla, ¿de dónde sacarías agua viva?”

- “El que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed porque se convierte en fuente de vida eterna”
- “Pues ¡dame de esa agua!”
- “¡Anda a llamar a tu marido y vuelve acá!”
- “Yo no tengo marido”.
- “Tienes razón de decir: “No tengo marido”, ya que vives con un hombre que no es tu marido.”
“Pero créeme, llega la hora en que ya no estaré en esta montaña ni en Jerusalén y adoraréis lo que no conocéis y nosotros conocemos, porque Dios es Espíritu y quienes lo adoran deberán adorarlo en Espíritu y en verdad.”
“Dios es Espíritu, y quienes lo adoren deben adorarlo en verdad. El hombre también es espíritu y tú, mujer perversa, tú también eres espíritu y necesitas adorar en espíritu. Libérate porque el Mesías de que hablas, con él estás hablando.”
La mujer se arrodilla y exclama “¡Señor, no es porque me hayan dicho que tú eras el Hijo de Dios por lo que reconozco tu Palabra, sino porque tu Palabra es hermosa, más que toda otra palabra yo reconozco que eres Dios.” [Interpretación libre del pasaje de Juan 4:3-26]

Y a la mujer adúltera (Juan 8:0‑11): “¡Mujer! ¿Dónde están tus acusadores? No te condenaron, yo tampoco te condenaré. Anda y no peques más.”

Cuando pensamos en la santidad de Jesús, su inocencia y discreción infinita: “No te condenaron, yo tampoco, anda y no peques más!”

Jesús es el servidor de Dios. El Hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir. Y cuando en las bodas de Caná su madre lo urge para que haga el prodigio de ayudar a los esposos – “No, dijo, mi hora no ha llegado, yo estoy al servicio del Espíritu y no soy yo quien decide, ni el que otorga el primer puesto en mi Reino, es mi Padre el que lo hace”. “Nadie sabe cuándo es el último día, ni siquiera el Hijo del hombre”. “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” Y en su agonía: “¡Padre, que se haga tu voluntad y no la mía!” (Lc. 22: 22:42; Mt. 26:39) “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?” (Mc. 15:34; Mt. 27:46).

Nadie tiene tanta sed del Reino del Padre como la que llena el corazón de Cristo. Toda su vida está en eclipsarse ante el Padre, darnos al Padre, y él es el servidor. En Jesús está el servidor de Dios.

¿Porqué me llamas bueno? Solo Dios es bueno” (Lc. 18:19; Mt. 19:17; y Mc. 10:18).

El lavatorio de los pies (Jn. 13), en que Jesús es una vez más el servidor, Pedro no quiere que Jesús le lave los pies y se niega a esa humillación de su Maestro. Jesús está de esclavo de rodillas ante sus discípulos, ante Judas. Y al ponerse de pie dice: “Ustedes me llaman Señor y Maestro, y tienen razón porque Yo lo soy.” Otro aspecto de la personalidad de Jesús igualmente auténtico que aclara el otro y sin el cual el otro es incomprensible. “Se dijo a los antiguos: amaréis a vuestros amigos y odiaréis a vuestros enemigos, pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por ellos” (Mt. 5:43-44). “¡Que vuestro sí sea SÍ, y vuestro no sea NO!” (Mt. 5:37; Santiago 5:12).

Rodeado de sus ángeles, el Hijo del hombre vendrá y dirá: “Tuve hambre y me disteis pan, tuve sed y me disteis agua, pues cada vez que lo hicisteis con uno de los pequeños que son mis hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt. 25:35-40). “Cada vez que lo hicisteis a uno de los más pequeños…” “Y el que me ve, ve al Padre, ya que el Padre y yo somos Uno y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y nadie conoce al Hijo sino el Padre”. “Es tiempo de que yo me vaya, porque si no me voy no recibiréis la caridad” (Jn. 14:9-12). “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6).

En el Templo de Jerusalén: “Un hombre tenía una viña, hizo construir un lagar, y en el momento de la vendimia envió a sus servidores a buscar su fruto; como los servidores no regresaban, envió a su hijo único y lo mataron”, y el Maestro dijo: “Las cosas se cumplen”. La viña es Israel, el dueño de Israel, el Padre; y el Hijo, el Hijo único (Mc. 12:1-12; Mt 21:33-46; Lc. 20:9-19).

En el momento supremo cuando ya no puede escapar al testimonio: “¿Eres tú Cristo, el Hijo del Padre?”“Tú lo has dicho, yo lo soy” (Mc. 14:61-62; Mt 26:63-64)

Jesús habla como Dios y tiene derecho de hacerlo. Sus exigencias son tan humildes y profundas que, puestas en labios de Juan el Bautista y de san Pablo, esas palabras podrían parecernos locas. Pero no en labios de Jesús porque él es tan humilde que lo reconocemos como el Hijo de Dios.

Tratemos de representarnos lo que puede significar para nosotros el misterio de la Encarnación. La única interpretación que tenga sentido moral: se trata del Reino de Dios, y el gran objetivo de Jesús es predicar, realizar, hacer vivir en nuestros corazones el Reino de Dios. El pecado es el reino del yo. El Reino de Dios debe realizarse ante todo con certeza absoluta en la personalidad del Redentor. Jesús no tiene un yo para oponerlo al Reino de Dios. No puede imponernos un rechazo porque él es la luz. El Reino de Dios tiene en él sus bases. Era necesario un ambiente lleno de Dios para que el hombre pudiera elevarse hasta allá. Jesús anunció siempre a Dios porque su humanidad es solo un sacramento divino.

Representar la Encarnación en el momento de la Anunciación es la creación, en el seno de la Virgen, de una naturaleza humana que no existía antes. Y la naturaleza de la Virgen está toda abierta a la divinidad, tanto que toda la luz puede pasar. Se pueden representar las cosas tomando estas palabras de san Juan: “La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron” (Jn 1:5)

La Encarnación se habría podido realizar en todas las almas, si todas ellas hubieran estado tan abiertas como la de Jesús. No hubo resistencia y por eso la luz podo pasar.

Y entonces llegamos a la certeza de que la humildad de Jesús es realmente algo único, fundamental e inmensamente grande pues está sometido a Dios en el orden mismo del ser que ya no es dueño de sí mismo. “Ya no soy yo el que soy, sino Dios es en mí”. Se consumó un acto de adoración inaudito, un acto de acción de gracias. El misterio de la Encarnación es para el alma de Jesús un misterio más grande que para nosotros. La víspera de su muerte, cuando Jesús hace instituir el memorial de su muerte, comienza por dar gracias. Dar gracias por el misterio del don que se le hizo y que es necesario comunicar a todos los hombres.

No podemos entrar en el Reino de Dios sin estar revestidos de Cristo. A través del Corazón de Jesús accedemos a la plenitud de los TRES. “Yo soy la Luz y la Vida” (Jn. 14:6). Hay que ir más allá de la humanidad, que es solo la que conduce a la humanidad y a la vida.

“Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” y encontró en Jesús una luz, un templo listo para recibir la gracia divina (Jn. 3:16).

Por eso debemos amar a Cristo con un amor sin reserva y dejarnos agarrar por él para que nos revista de su divinidad. Jesús es nuestro Señor, nuestro jefe y nuestro hermano amado.

Llévenle al mundo la plenitud de la vida en el Reino de Jesús. No puede hacer milagros, de nada serviría. Ya no puede volver porque fue crucificado y espera simplemente, en un silencio maravilloso, a las almas que él ama y por las cuales murió.

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