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Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo, en 1940.

La esperanza

La historia de Israel es una larga paciencia de Dios. Él se hace pequeñito con los pequeñitos. El ‘ojo por ojo y diente por diente’ estaba muy lejos de la ley del amor, pero era mejor que la venganza hasta cien veces. Los sacrificios de animales no eran el sacrificio del corazón y, aunque los profetas y los hombres de Dios comprendían algo el espíritu de Dios, la mayoría del pueblo de Israel seguía la ley a la letra.

Era pues necesario que el mensaje de Cristo fuera adaptado a la mente de los Apóstoles.

Dios tomó al hombre al nivel en que estaba. Aceptó la pobreza, los límites de la inteligencia humana y el rostro que el hombre le dio y que era indigno de él (Dios vengador).

Ante el disfraz del rostro de Dios, Jesucristo siente ira santa en el templo. Ese movimiento de indignación nos hace comprender la condescendencia de Dios en todo el Antiguo y Nuevo Testamento y en toda la vida de la Iglesia.

En su condescendencia, la Iglesia piensa en todos los hombres que no pueden hacer largas meditaciones, tolera muchas cosas en que se ha favorecido la superstición. Pero lo hace en el espíritu de Jesús porque el espíritu de Jesús es de no apagar la llama que aún humea. Habla a la multitud de lo que está a su alcance.

Mauricio Zúndel había dado un retiro a campesinos y el cura del lugar le había dicho: “Sobre todo, no hable demasiado de un Dios bueno, de un Dios de Amor, sino de un Dios justiciero. Deben temer el infierno para no hacer mal. Hable pues del infierno y del infierno más terrible que pueda.” Contra su voluntad, tuvo que presentarlo así, en vez de hablar del Dios de Amor.

Esta manera de tratar la multitud explica por qué la Iglesia debió a lo largo de la historia condenar inclusive doctrinas científicas, como la teoría de Galileo. Hasta la época de Galileo la gente asociaba la teoría del sol que torna alrededor de la tierra, basándose con la Escritura en el relato de Josué que hizo parar el sol. Era pues un problema delicado para la autoridad de la Iglesia. Galileo podía tener razón, pero ¿era de interés público introducir perturbaciones en la masa? La Iglesia tuvo que poner en el Índice el libro de Galileo. Hay cosas que son verdad, pero su publicación puede ser nefasta.

Así proceden todos los países donde hay censura: se impide la publicación de cosas que son verdad pero cuyo resultado podría ser nefasto.

Dios descendió hacia la humanidad y la tomó donde estaba para elevarla más arriba.

En la historia de la Iglesia hubo dos hombres que ilustran esas dos tendencias: Manning y Newman. Newman es un hombre de matices que tiene confianza en la inteligencia, es un artista. Manning es un hombre práctico que pide a la muchedumbre lo que puede dar y le da del Evangelio justo lo que ella puede asimilar. Toda su vida, Manning hará fracasar el plan de Newman, el cual lleva una vida trágica. Los dos hombres hacen bien y aclaran la conducta de la Iglesia que toma a los hombres donde están.

Y eso muestra la admirable pedagogía de Dios que acepta ser verdugo en el Antiguo Testamento, a condición que en los sacrificios de Israel haya una parte de bien. Ese Dios acepta que Jesucristo se cubra de un velo y siga con velo en la Iglesia.

La Iglesia da a unos vestidos, juguetes e imágenes: palabras, representaciones que les ayudan a progresar. A los místicos y a los santos les da los más altos pensamientos. Lo esencial es que cada uno dé todo a Dios.

A todo cristiano se le pide la virtud de esperanza, y es posible esperar inclusive en los casos más trágicos, como el de Péguy. Cuando no era todavía creyente, Péguy estaba casado por lo civil y sus hijos no estaban bautizados. Cuando él volvió al catolicismo, su mujer continuó oponiéndose. Péguy se encontró en la alternativa de renunciar a la paz de su hogar o de esperar en Dios, y lo tradujo en una obra maestra: “El pórtico del misterio de la Segunda Virtud” – la segunda virtud teologal. Y la esperanza que conservó a pesar de su separación forzada de la Iglesia le permitió comulgar en los últimos momentos de su vida después de recibir la absolución.

Cuántos hombres se habrían suicidado, como el inglés que desesperado un día al afeitarse como cada día desde 40 años encontró tan monótona su vida haciendo siempre lo mismo.

Para romper la monotonía cotidiana, habría que pensar como Pascal: “Hay que hacer lo grande y lo pequeño a causa de la majestad de Jesucristo y lo fácil como lo difícil a causa del poder de Dios.”

“Un paso me basta para ir a la luz…”

Qué aburridor es afeitarse cada mañana, tener cada día el mismo entorno, los mismos problemas, hacer cada día las mismas rutinas y no obras maestras. Pero lo que cuenta para hacer una obra maestra no es el material que se utiliza sino el amor con que se hace. Hay obras maestras que son grandes como las pinturas que cubren todo un muro y pueden compararse en hermosura con otras obras maestras que son solo pequeños esmaltes.

Es una obra maestra disponer la mesa familiar para la comida comunicando una expresión de belleza. Y un plato de papas hecho con amor puede ser obra maestra como una obra de Miguel Ángel.

No se necesita ser Platón. Una humilde pastora que contempla a Dios hace tanto como Platón.

Debemos entrar en nuestra vida de hoy y transfigurarla. Si ponemos amor para lustrar los zapatos hacemos una obra maestra platónica porque es respuesta al amor de Dios.

Sentir no es consentir y mil tentaciones no hacen un pecado. Un solo acto de amor, si es total, borra mil pecados mortales.

Sin quererlo, somos demasiado crueles con los demás, porque los vemos del exterior. Exigimos de ellos que sean perfectos, como quisiéramos serlo nosotros y no lo somos. En ellos solo vemos lo malo. Los criticamos por su mal humor y nosotros somos capaces de todos los crímenes, les podemos desear la muerte y alegrarnos de sus faltas. Cuando nos alejamos de Dios somos capaces de todo.

¿Quién no puede caer nunca muy abajo arrastrado por un movimiento inicial, si no es heroico en la lucha por estar unido a Dios? Si me separo de Dios puedo cometer un crimen, pues Dios es una Persona a amar.

Bourget escribió un cuento intitulado: "Encore pour deux sous de gloire" (Por dos centavos de gloria). Es la historia de un escritor que había escrito mucho y, llegado a una edad avanzada, se encuentra totalmente sin inspiración. Sabemos que un escritor que deja de producir queda condenado al olvido y la muerte. Como no quería llegar a eso, se acordó que había compuesto poemas para la primera muchacha de que había estado enamorado y que lo había traicionado y se había casado con otro. Y prefirió humillarse pidiéndole los versos para publicarlos: ¡por dos centavos de gloria! ¡Todos los hombres están en ese nivel! A pesar de todos los aplausos del mundo, un hombre no estará satisfecho si su criado se los rehúsa. Así somos: queremos gloria cuando no salimos de nosotros.

Hay que comenzar de nuevo cada día y a cada momento. Hay que ser maternal consigo mismo pues no nos pertenecemos sino que somos de Jesucristo. Siendo tesoro de Cristo, debemos tratarnos con infinita delicadeza para adaptarnos al amor de Dios. Para salvar la parte de Dios en nosotros, no debemos desesperar.

La más hermosa fuente de esperanza es la debilidad de Jesucristo. Si no queremos desesperar, solo tenemos que refugiarnos en la debilidad de Jesús. Si en las experiencias de cada día encontramos mediocridad, si nos damos cuenta de que el que quiere hacer el ángel hace la bestia, y queremos entonces no desesperar, recordemos que en el huerto de los Olivos Cristo fue a sus discípulos para pedirles lo que los hombres pedimos a los demás. Entonces brotará en nosotros la fuente de la esperanza. Y el colmo de la tristeza es que Cristo no encuentra lo que los condenados a muerte encuentran siempre: la simpatía y la compasión de los demás.

La verdad es una vida auténticamente humana.

Los libros piadosos nos hablan de la dulzura de la cruz. En realidad, Jesús siente el terror de la cruz y no hay modo de desesperar cuando vemos la tristeza y el terror de Cristo.

Teresa del Niño Jesús acepta el sufrimiento a condición de estar en la luz y la alegría.

La fe

Más que las nuevas ideas, el genio de la humanidad nos da nuevas luces. Igualmente la fe no solo nos da nuevas ideas sino nuevas luces que comunican algo de la mirada de Dios.

“En la luz veremos la luz.”

Materializamos la virtud de la fe cuando perdemos de vista que todo lo debemos ver bajo la luz de Dios.

Todas las almas de buena voluntad están en el cuerpo místico de la Iglesia: las pone ahí el bautismo de deseo. Y el bautismo de deseo es la apertura a todo lo que viene de Dios. Y el alma bautizada así tiene todas las virtudes teologales.

La virtud de fe y su objeto puede compararse con un vitral. En la noche, el vitral es totalmente invisible. Para que se manifiesten los colores, se necesita la luz del día.

El vitral son las verdades de la fe, la revelación de Jesucristo, y el sol es la virtud de la fe, la luz íntima, la mirada nueva que hace visible el vitral.

Sin la fe, ninguna virtud tiene sentido. Pero basta que haya un pedacito de vitral, que esté Dios y que el alma esté unida con él. Es como si viéramos a Dios con los ojos de Dios.

Otra comparación: cuando recibimos una carta, viendo la escritura tenemos información sobre la persona que la envía. Y sentimos alegría. Y al leer la carta, a través de ella leemos a la persona que la envía. Buscamos mucho menos lo que dice que la persona misma. No es una carta, es alguien, una presencia. Leída por un extraño, la carta no tendría el mismo efecto. Y en los internados, no está bien leer los correos de los alumnos pues entonces las cartas tendrían algo de anónimo. Unos y otros sienten que la carta no es algo sino alguien. La revelación de Dios es una carta de amor, una confidencia amorosa. Es imposible entender algo de ella si no entramos en la confidencia. Es pues “en la luz como veremos la luz.”

Es necesario excluir la idea de que la fe es un decreto-ley que impone cosas incomprensibles, porque Dios lo quiere. Es dejar de ver que la fe ha dado al alma un aporte inmenso de luces.

Dios es como un genio que toma al hombre como un niño para darle algo de su luz. Se pone a su alcance para darle entusiasmo del corazón y apertura de la mente. Y si el niño es inteligente, lo siente aunque no entienda todo. Y toda su vida crece en la luz.

La fe no es un decreto-ley que exige sumisión sin entender nada. La mirada de Dios se injerta en la nuestra para permitirnos esperar algo de Dios. La fe no viene al encuentro del hombre para dispensarlo de buscar sino para conducir su inteligencia hacia su cumbre, para abrirla a la verdad.

La fe es una exigencia de inteligencia pues hace entrar en la inteligencia divina para comprender algo su luz.

Duda contra la fe

¿Tener dificultades sobre el credo o sobre el evangelio, sería dudar contra la fe? No, no hay que impedir que la inteligencia tenga dificultades.

Una duda contra la fe es un acto de mala voluntad cuando el alma se obstina en su propio sentido, cuando, sospechando de su inseguridad, siente que se cierra a la luz. El pecado contra la fe es esta duda contra ella.

¿Qué hacer en caso de dificultades contra la fe? Volver a la certeza de que la fe no está solo en las verdades propuestas, sino esencialmente en las verdades interiores, la fe es la corriente que circula a través de los datos revelados para llegar hasta nosotros, como el sol que nos permite ver el vitral.

Solos no podemos conocer todo el pensamiento cristiano, pero lo que se necesita es abrirse a Dios, abrirse a la luz que es Cristo mismo.

Lo esencial para los demás también es comprender algo de la luz. Si tenemos dificultad contra la fe, no hay que romperse la cabeza luchando contra. No se detengan en eso. Yo lo confío a Dios que es todo luz y hago fructificar lo que en la revelación es luz para mí y puede iluminar en mí todas las regiones de sombra que queden.

Siempre guardaremos en la mente suficiente luz si somos fieles a la luz para conducirnos, si nos conformamos por ejemplo al verso de Verlaine: “Nada es mejor para el alma que hacer menos triste un alma.” Si somos fieles en la caridad, eso mantiene toda la luz en nosotros. Si en vez de cerrarnos en nuestra propia dificultad nos ocupamos de la alegría de los demás es imposible que estemos cerrados a la luz.

Todas las palabras de la revelación son sacramentos Es imposible querer comprender el Evangelio con un diccionario que nos explique todo: lo comprendemos solo si recibimos las palabras como sacramentos, como la eucaristía.

Hay un abismo entre las dos maneras, leer la confidencia de amor que es el evangelio sin la fe, o verlo como revelación de la ternura de Dios, con la fe que ilumina la inteligencia,.

“Hay el banquete de las Escrituras y el banquete eucarístico y en los dos recibimos el Verbo de Dios."

El dogma es Jesús

¿Cómo ver la relación con Jesús en los dogmas? Por ejemplo, la asunción ¿qué relación hay entre la Virgen y Cristo que es la revelación de la doctrina?

La asunción significa la realeza de Cristo hasta en las últimas fibras de la caridad. María es solo la relación viva de Jesús. Ella no es un velo entre Jesús y nosotros sino un foco para aumentar nuestra ternura hacia él. Y las alabanzas a María son alabanzas a Jesús en el alma y la carne glorificada de María, la cual es transparencia de Jesús.

¿Y el dogma de la infalibilidad del papa? La Iglesia es Jesús con nosotros. ¿Y qué es el papa sino un sacramento de la palabra de Jesús para nosotros?

Todos los dogmas son como una presentación, rayos que tienen su fuente en la luz de Jesús. Cada dogma es manifestación de la presencia de la verdad de Jesús.

Vemos todo por reflejo y de cierta manera por un misterio. La fe no es todavía la visión beatífica. Hay entonces en ella una sombra inmensa que nos hace comprender, nos hace conscientes de la luz divina.

La fe está muerta si no está centrada en la caridad, si no termina en la caridad, si no es una ofrenda que el hombre hace de sí mismo a Dios.

La fe es teocrática. No es para nuestro placer sino para renunciar a nosotros mismos y perdernos en Dios.

¿La oración hecha con fe obtiene siempre respuesta? Aquí hay una tragedia. ¿Hay contradicción entre las palabras de Jesús y la experiencia de la vida? La mejor manera de llevar a la desesperación es obstinarse en creer que toda oración debe recibir respuesta y obstinarse en esa oración. Jesús oró en el huerto de los olivos y no obtuvo respuesta.

La oración es parte de la fe teologal. Entonces todo se aclara: ciertamente la oración con respuesta es la teocéntrica, la que se hace por Dios y por la realización de Dios. La oración que pide que se haga la voluntad de Dios y que venga su reino y esté todo en todos tiene respuesta segura por el mismo hecho de hacerla.

Todas las dificultades de la fe confianza se aclaran en la fe teologal.

“Estoy a la sombra del hogar del amado y su fruto es dulce a mi boca.”

“Es mejor esconderse en Dios para adherir por Jesucristo a toda la incógnita de Dios.” (Padre de Condren)

Fuera de María no hay gigante más grande de contemplación que san José, gigante del silencio. A san José le podemos decir: “La alabanza que os conviene, Señor, es el silencio”.

José vivió una tragedia. Ama a María pero se encuentra ante una evidencia. No sabe nada del misterio de la Encarnación. No le pide a María ninguna explicación, para él, ella es inocente, ¿es quizá víctima? No dice nada y decide abandonarla sin deshonrarla. Tampoco María dice nada del misterio que lleva. Dios comenzó su obra, que la termine. Y ambos adhieren a la incógnita de Dios.

Toda su vida José solo sabe de su fe lo que puede ver y se limita a adherir a toda la incógnita de Dios. La mirada de san José es de contemplativo que renuncia a comprender, es decir que renuncia a reducir a Dios a sí mismo.

Debemos ir a José como al que es solo mirada hacia el Verbo encarnado. La gracia que le debemos pedir es la fe teologal, es la oración que pide la realización de Dios.

La fuente de las virtudes teologales es la gracia

Hay semejanza y distinción entre el creador y la criatura. En toda criatura hay un movimiento hacia Dios porque hay una semejanza con Dios.

¿Qué es la Trinidad sino el amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? En el universo hay una corriente hacia el Espíritu de amor, los sabios ven el mundo como un impulso que asciende.

La creación no puede ejercer y vivir en el mismo grado el éxtasis que es la vida de la santísima Trinidad porque la creación está separada de Dios por la frontera de ser que es la materia. La criatura es un movimiento hacia Dios y al mismo tiempo está fuera de Dios, y es distinta de él.

Con la gracia nuestra materia es elevada y beatificada. Mientras que la naturaleza nos coloca fuera de Dios, con una dirección hacia Dios, la gracia de Dios pone a Dios dentro de nosotros para llegar a nuestro pleno desarrollo. Dios no toleró que estuviéramos fuera de él. Nos da la gracia santificante que nos pone dentro de Dios, nos comunica su intimidad. La vida hacia la cual nos ordena es la vida de la Trinidad.

Lo apasionante es el don ardiente de la gracia que abre nuestras facultades a la vida de Dios. Pero hay más todavía: la vida de la Trinidad se hace nuestra vida. La Trinidad deviene entonces literalmente el misterio de nuestra vida. Es en nosotros que el Padre engendra la vida, que el Hijo ama y que el Espíritu Santo es el beso de fuego que une eternamente a las dos personas, es decir que todo el cielo está en nuestra alma.

¿Cómo es posible al hombre ejercer la vida trinitaria? Prácticamente, ¿cómo es posible vivirla en medio de nuestra vida material?

Me explico: la vida trinitaria en Dios es vida éxtasis, altruismo, caridad en que el Padre toma conciencia del Hijo, etc. Es decir que siendo pobreza, amor desapropiado de sí mismo, la vida trinitaria es en nosotros una invitación a salir de nosotros, no por nosotros sino por él.

La fe cesa en la visión beatífica en que la esperanza desaparece en la posesión, pero la caridad permanece.

Conocimiento por medio de una comparación: cuando se trata de animales, a ellos los enriquece que los conozcamos. Pero las cosas superiores a nosotros y Dios se rebajan cuando los encerramos en nuestro pensamiento. Les hacemos sufrir disminución.

Es menos fácil conocerlos que amarlos. El amor nos asimila a las personas que amamos. El amor de los seres superiores al hombre ennoblece al hombre, por eso la caridad permanece eternamente porque es el movimiento de perderse eternamente en Dios.

La gracia nos hace adherir a Dios por él y no por nosotros; por consiguiente podemos vivir el misterio trinitario.

La vida cristiana no es creer en Dios ni esperar en él sino, de cierta manera, ser Dios, como el Padre y el Hijo. Si jamás se realizan las palabras del novio hindú: “Tú eres yo”, es en la Trinidad. Ya en el pobre amor maternal, la mamá siente como en sí misma todo lo que sucede a sus hijos.

Amar es hacerse relación viva con el ser amado, es la identificación con el ser amado. Puesto que la gracia hace participar a la vida trinitaria, la vida trinitaria es por consiguiente un movimiento del alma en estado de gracia.

Debemos querer la felicidad, no para nosotros sino para Dios. La visión beatífica nos hará alegrarnos de que Dios nos supere eternamente. Será para siempre incomprensible como niñitos que no comprenden la grandeza de su padre pero lo admiran porque lo aman.

Se ha hecho del mérito un título de recompensa destruyendo la acción de la gracia, pero el mérito es una capacidad más grande de amor que crece normalmente con cada acto de amor.

El alma en estado de gracia está en estado de don, inclusive cuando duerme. La gracia es una caridad existencial que nos hace don continuo. Aun en el plano humano, una madre no piensa todo el tiempo en sus hijos, pero inclusive cuando duerme le es fácil despertar para velar sobre ellos. Cualquiera que esté en estado de gracia es mi padre, mi madre, mis hermanos. La gracia nos pone en estado incesante de vela haciendo de la vida trinitaria como los latidos de nuestro corazón. Un primer movimiento no puede jamás llevarnos fuera de Dios.

Es necesario aceptar las fallas cotidianas, esas manchas de sombra que nos ponen en la humildad. Dios en nosotros tiene la iniciativa del bien y nosotros, la iniciativa del mal. En la debilidad del hombre es donde brilla la omnipotencia de Dios.

Como la Virgen estaba identificada con Cristo y no cesaba de engendrar el Verbo en su espíritu, el alma que ama, que ha entrado en Jesús, siente todo lo que es de Cristo y ya no tiene sino un deseo, desaparecer en Dios, afirmarse en Dios: “Es mejor perderse en Dios…” (Condren).

Nada es más falso que creer que la inmortalidad es una revancha contra la muerte y que es para consolarnos de la necesidad de morir. La fe nos dice que la inmortalidad es el deseo del reinado eterno de Dios en nosotros.

La gracia es el movimiento extático que es el misterio de la vida divina misma. Es el corazón de Dios que late en el nuestro. Que seamos Dios para Dios, como la madre se identifica con sus hijos.

Debemos ir a Dios, no en el egoísmo de una oración individual, sino con toda la humanidad, todo el universo, porque la gracia es católica, universal. El hombre perfecto y total es Cristo.

Demos gracias no solo de ser cristianos, sino de ser Cristo.

Nuestras heridas no solo nos hieren sino que hieren a Dios y debemos entristecernos por las faltas de la humanidad porque lo hieren, y de los defectos de los demás no porque nos hacen sufrir sino porque hacen sombra en el rostro de Cristo.

Debemos velar sobre las pequeñeces con el prójimo: conservar una sonrisa, reprimir un mal humor. ¡Que nuestra vida sea en Cristo!

Alegrémonos de ser no solo cristianos sino Cristo. El corazón de Dios pulsa en el nuestro.

Debemos ser sensibles a los acontecimientos del mundo, a la guerra, porque eso toca a Cristo. Debemos estar presentes a todos los hombres del pasado, de hoy y de mañana, a toda la naturaleza, ¡no ser nosotros sino él!

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