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Cenáculo de París. 20 de enero de 1973. 2ª conferencia. Texto ya publicado entre el 2 y el 6 de junio de 2010.

Resumen: Con la Trinidad entramos en el mundo de la relación. ¿Entre los cristianos, quién vive de la Trinidad? Sin el modelo que nos presenta la Santísima Trinidad no se puede saber lo que significa ser espíritu. Es lo mismo ser grande y ser humilde. Ser no tiene sentido sino por el amor. Debemos revivir la tragedia de Cristo a partir de la cumbre de la Trinidad divina, único camino hacia nuestra humanidad.

El conflicto entre Jesús y el destino de Israel según la naturaleza de Dios

Jesús peligro para Israel

¿Qué relación hay entre el Dios interior que nos libera de nosotros mismos, que es el espacio en que respira nuestra libertad, que es el principio mismo de nuestra liberación, que nos conduce hacia nosotros, que es el único camino hacia nosotros mismos, que nos da el yo original, en que devenimos un yo original, y Cristo, Cristo y el Evangelio, y toda la Tradición cristiana?

Una circunstancia que nos pone en el camino de un descubrimiento esencial es el hecho de que Jesús fue condenado en nombre de la religión y a instancias del sumo sacerdote. Jesús fue condenado por motivos religiosos, además en Israel no había otros motivos. Como dice Caifás en el texto de San Juan, "es mejor que muera un hombre y no que perezca toda la nación" (Jn 11,50).

Estas palabras van más allá de lo que parecen, pues nos hacen adivinar el conflicto esencial entre Jesús e Israel, el Israel de esa época desde luego. El conflicto era radical e iba a la raíz de lo que en ese tiempo Israel podía pensar de sí mismo: traía finalmente otra visión de Dios. Y en un sentido muy humano, el sumo sacerdote no estaba equivocado: Jesús era el peligro supremo para Israel, si Israel quería perdurar y afirmar la elección divina, a través de un triunfo temporal.

La elección de Israel

Ustedes saben que el gran drama, que no está terminado, el gran drama de Israel, es haber creído que su elección era para él y no simplemente una misión transitoria en favor de los demás. Es la ambigüedad fundamental del Antiguo Testamento, en la medida en que lo entendían los hombres, y su ambigüedad fundamental está en que la vocación, el llamado hecho a una colectividad en favor de todos los demás, ese llamado fue, inevitablemente además, escuchado como dirigido a la colectividad en favor propio.

Es una historia única en su género antes de Cristo, pues justamente, del punto de vista de una religión del espíritu, el llamado hecho a Abraham y a su posteridad sólo puede ser válido si es provisorio, siendo dirigido a la colectividad, y más en esa parte del mundo.

Había toda una parte del mundo que escapaba, como las Américas, que escapaban a esa luz: el mundo de Israel no iba más allá de la India, aunque los judíos estuvieran por doquiera.

Una vocación colectiva provisoria

Esa colectividad que solo tiene leyes religiosas…, estará continuamente en tensión entre las necesidades de su establecimiento temporal y los llamados de su vocación espiritual… Centrará sobre sí misma las promesas, querrá durar para ejercer su misión y terminará por olvidarla en favor de su duración.

Se puede, pues, aceptar que haya una vocación colectiva en una época en que no se creía en la inmortalidad. Porque ustedes saben que la creencia en la inmortalidad es muy reciente en Israel, ya que en el fondo data del siglo segundo antes de Jesucristo. Hasta entonces el individuo era mortal: no se le podía confiar una misión durable. La misión se le confiaba a la colectividad.

Vean esa colectividad que debe construirse un proyecto temporal, que debe conquistar una tierra que le está prometida además, pero donde no se ha establecido todavía. Esa colectividad que tiene sólo leyes religiosas, leyes religiosas que comprenden todos los mínimos detalles de la vida, hasta las franjas de los vestidos. Esa colectividad estará continuamente en tensión entre las necesidades de su establecimiento temporal y los llamados de su vocación espiritual. Y, ya que para que se ejerza su misión es necesario que la colectividad dure, centrará muy naturalmente las promesas sobre sí misma, querrá durar para ejercer su misión. Terminará olvidando su misión en favor de su duración.

Hay diversas corrientes, claro está: hay profetas, hay salmistas, hay sabios, hay individuos fuertemente espirituales, pero necesariamente el conjunto sólo puede desviar las promesas en su propio favor o en el sentido de su propia duración.

¿Se particularizó Dios para Israel?

¿De verdad escogió Dios para siempre una raza para que fuera superior a las demás? Evidentemente eso es totalmente imposible desde el punto de vista de Jesús el cual anuncia justamente la religión del espíritu.

Entonces, en el momento en que Jesús ejerce su actividad, el conflicto va a devenir abierto, y es lo que perciben los escribas que se le oponen, es lo que percibe el sumo sacerdote: este hombre es una peligrosa amenaza para la nación. La va a disolver pues lo que anuncia no concuerda con los intereses de la nación, que se confunden con los intereses de Dios. Tanto más cuanto que la nación está sometida al yugo romano, de incircuncisos, y sólo puede esperar de Dios, con su mano poderosa, la liberación prometida.

El conflicto es pues incontestable, es mucho más profundo de lo que parece, ya que finalmente, el conflicto pone en duda a la vez el destino de Israel y la naturaleza de Dios.

¿De qué Dios se trata? ¿Se particularizó Dios? ¿Escogió de verdad para siempre una raza para que fuera superior a todas las demás? Evidentemente, eso es totalmente imposible desde el punto de vista de Jesús, el cual anuncia justamente la religión del espíritu.

Ese es el punto crítico que va a provocar su condenación y su muerte: el Dios de quien él da testimonio no es el dios de la tradición, tal como se la vive de ordinario.

« Dios es espíritu, dice él a la samaritana, y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad (Jn. 4:24) Estas palabras son admirables pues justamente muestran que Dios pertenece a la esfera interior, es como dice Jesús a la samaritana una fuente que mana en lo más íntimo de nosotros en la vida eterna.

Y al mismo tiempo, pues el hombre debe adorarlo en espíritu y verdad, muestra que el hombre es espíritu y por ende semejante a Dios. El hombre tiene vocación de Dios. Dios llega a él silenciosamente, Dios llega a él en lo más íntimo de su corazón, no cesa de esperarlo en el silencio de su amor. Y cuando el hombre venga a él, como la samaritana que de repente se despierta al sentido de su vida profunda, cuando el hombre viene a Dios es el intercambio nupcial donde se transfigura toda la vida.

Hay pues no solo harmonía muy profunda entre el Dios que tratamos de descubrir ahora, el Dios que es el espacio en que respira nuestra libertad, el Dios que nos atrae a la liberación en que llegamos a ser puro impulso de amor, intercambiando con el suyo, hay harmonía esencial entre ese Dios y el Dios que nos es propuesto por Cristo, que está en Cristo y que es Cristo.

El acento, esencial además, de la novedad crística, lo que manifiesta un nuevo origen de la humanidad es la confidencia que Jesús nos hace sobre la Santísima Trinidad.

La santa Trinidad, el descubrimiento esencial para nosotros

La santa Trinidad es la revelación que va a dar sentido a nuestras reivindicaciones, que va a dar fundamento a nuestra inviolabilidad, que nos va a permitir alcanzar una divinización que no sea un acto de locura y una manifestación blasfema.

La Santa Trinidad es para nosotros el descubrimiento esencial. Se puede decir que sin esta revelación no podríamos saber quién somos. Esta revelación es la que va a dar sentido a nuestras reivindicaciones, que va a dar fundamento a nuestra inviolabilidad, que nos va a permitir alcanzar una divinización que no sea un acto de locura y una manifestación blasfema.

En efecto, la Trinidad es la liberación de la pesadilla en que se debate la humanidad cuando se pone frente a una divinidad de que depende y a la que está sometida.

Yo decía justo ahora, ¿por qué él más bien que yo? ¿Por qué soy yo la criatura y él el creador? ¿Si él es mi creador, por qué me puso en situación de saber que soy su esclavo si yo soy la criatura? ¿Por qué me dio justo suficiente inteligencia para entender que dependo de él?

Hay una rebeldía oculta e implacable que sube del corazón humano en la confrontación de la mente con él, su mente de hombre y esa especie de Dios que parece ser la aplanadora de la mente.

La gran confidencia del Evangelio de Cristo

Dios es Dios porque se comunica, Dios es Dios porque da todo, Dios es Dios porque no puede poseer nada, Dios es Dios porque es la desapropiación infinita y eterna, Dios es Dios porque tiene la transparencia de un niño en el cual es imposible toda apropiación.

En la apertura del corazón de Dios a través del corazón de Cristo hay justamente esta manifestación increíble y maravillosa: Dios es Dios porque se comunica, Dios es Dios porque da todo, Dios es Dios porque no tiene nada, Dios es Dios porque no puede poseer nada, Dios es Dios porque es la desapropiación infinita y eterna, Dios es Dios porque tiene la transparencia de un niño en el cual es imposible toda apropiación, en quien la mirada es siempre mirada hacia el Otro, y la personalidad, el yo no es sino puro e infinito altruismo.

Esto es la gran confidencia que brilla en el Evangelio de Cristo. Esa es la perla del Reino, que Dios sea ese Dios.

Al revelarnos la Trinidad, Jesús nos liberó de Dios, del Dios pesadilla, del Dios exterior, del Dios limitado, del Dios amenaza. Nos liberó de ese Dios, nos liberó de nosotros mismos que estábamos necesaria e inconscientemente en rebeldía contra ese Dios, aunque no osáramos confesarlo. Y con la Trinidad entramos en el mundo de la relación.

Una fuente que brota en vida eterna

Subsistir en forma de don, subsistir como relación con el otro, subsistir en pura respiración de amor, eso es el Dios que transparenta y se revela personalmente en Jesucristo.

Sartre se planteó el problema del absoluto. Vio una contradicción entre el ser en sí y el ser para sí. No comprendió, no grabó bien que su educación hubiera sido formalmente cristiana, no comprendió o no le enseñaron, nunca descubrió en la Trinidad la explosión de amor en que el ser deviene transparente a sí mismo, por no tener apego alguno a sí mismo.

Subsistir en forma de don, subsistir como relación con el otro, subsistir en pura respiración de amor, eso es el Dios que transparenta y se revela personalmente en Jesucristo.

Y es evidente que no se puede comparar ese Dios con el Dios de Israel tal como era generalmente representado. El Dios oculto, el Dios interior, el Dios que es todo amor, el Dios que es nuestra liberación, el Dios que está en el fondo de nosotros mismos como una fuente que mana en vida eterna no puede haber llamado una nación para conferirle un privilegio sobre todas las demás, desposeyendo todas las demás en favor de ella. Pudo haber, repitámoslo, una misión colectiva en favor de toda la humanidad en el momento en que la individualidad no era suficientemente consistente o no lo parecía en todo caso, para que se le pudiera confiar una misión durable.

Por otra parte, el sacrificio de Abrahán había advertido a la posteridad que no se debía atribuir a la carne y la sangre, que la elección no concernía la carne y la sangre sino la fe y que la misión de Israel no podía ejercerse sino en la fe, superando la carne y la sangre y por ende, abriéndose a horizontes universales.

Que todo el mundo no lo haya entendido, hablo de la colectividad israelita, es algo demasiado humano como para extrañarnos. Nosotros hubiéramos hecho cien mil veces lo mismo. Sea como fuere, cuando Cristo revela ese Dios hace estallar las estructuras de la tradición israelita y pone en peligro la nación en la medida en que la nación se ha cristalizado sobre sí misma, pues quiere durar más bien que realizar la misión que la distinguía de las demás naciones.

Entre los cristianos, ¿quién vive de la Trinidad?

La Trinidad modelo de lo divino

La Trinidad suscita admiración inagotable en la medida en que vemos que es por ella como aprendemos lo que es ser espíritu.

La Trinidad suscita admiración inagotable en la medida en que vemos que es por ella como aprendemos lo que es ser espíritu. Como acabamos de verlo, la pasión con que se afirma la autonomía y la inviolabilidad no tiene fundamento. ¿Por qué aferrarme a un yo del que no soy el creador? ¿Por qué aferrarme a este individuo con quien me encontré un día sin haber hecho nada para ello? ¿Por qué mostrar a los demás mi propia historia, si yo no soy su autor?

Es evidente que hay una identificación absoluta entre la conciencia de mi inviolabilidad y la de los demás y la realidad del yo que tengo tentación de afirmar con tanto más pasión si estoy en rebelión contra un Dios que limitaría mi mente.

La Trinidad nos va a abrir las puertas de la luz. La Trinidad nos va a permitir realizar nuestra pequeña grandeza, a la manera de Dios.

La Trinidad nos va a abrir las puertas de la luz. La Trinidad nos va a permitir realizar nuestra pequeña grandeza, a la manera de Dios.

Ser como Dios

Lo he dicho mil veces: justamente, lo patético y lo que nos hace sentir la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el paso trascendente que es necesario realizar del uno al otro, es que mientras en el antiguo Testamento el pecado supremo, el pecado original, es querer ser como Dios: "Seréis como Dios, conocedores del bien y del mal", (así formulaba la tentación el autor del Génesis), en el Nuevo Testamento eso es precisamente lo único necesario: ser como Dios, ser como Dios: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto".

De eso se trata. Y en el fondo, la intuición de Nietzsche, el deseo de ser Dios, de no soportar ningún Dios fuera de sí mismo, es el embrión de una vocación auténtica: ser como Dios, pero habiendo reconocido en Dios la desapropiación infinita, la pobreza suprema, el despojamiento transparente.

Ser como Dios quiere decir desapropiarnos fundamentalmente de nosotros mismos, para que nuestra vida se realice como la suya en un don sin reserva.

Si Dios es así, si es una espera infinita dentro de nuestro corazón, ser como Dios quiere decir desapropiarnos fundamentalmente de nosotros mismos para que nuestra vida se realice como la suya en un don sin reserva.

En la revelación de la Trinidad la cuna de nuestra humanización

Estoy bastante seguro de que no habríamos podido expresar el problema del hombre si no hubiéramos recibido la revelación de la Trinidad divina, y nunca deja de sorprenderme que la Trinidad no tenga prácticamente ningún lugar en el cristianismo. Es una palabra o una fórmula que mencionamos pero entre los cristianos, ¿quién vive de la Trinidad? ¿Quién alimenta su vida en esta fuente infinita? ¿Quién ve en la Trinidad la revelación única del espíritu? ¿Quién saca de la Trinidad el sentido del espíritu del hombre? ¿Quién aprende en la Trinidad lo que es ser espiritual?

Y sin embargo, eso es todo lo que nos puede poner en equilibrio. Eso es lo único que nos puede permitir realizar nuestro apetito de grandeza sin caer en la paranoia, es decir en la locura. Nietzsche finalmente cae loco justamente porque en su deseo, tan admirable, de ser Dios, de ser el único principio de su vida interior, de ser radicalmente autónomo, se deschavetó, finalmente sólo pudo encontrar un yo prefabricado del que no era creador.

Los más altos honores del mundo no sirven para nada porque finalmente uno no se los ha dado a sí mismo: constituyen posibilidades, pero son prefabricados como todo aquello de que no somos creadores. Los talentos se convierten en límites si no se abren, si no se transfiguran, si primero no se transforman en dones. Nada es más peligroso que tener talentos y confiar en ellos, porque eso es encerrarse en sí mismo, con los mejores motivos, y erigir en sistema su propia prisión.

Puedo renunciar a mí mismo si Dios es renuncia eterna. Puedo arrodillarme para lavar de los pies si Dios está ahí antes que yo. Puedo renunciar a afirmarme, a exhibirme, si Dios es la humildad infinita.

Así pues, no hay que dudar en reconocer la revelación de la Trinidad como la cuna misma de nuestra humanización. Desde ahí podemos emprender la reforma de nosotros mismos: puedo renunciar a mí mismo, si Dios es la renuncia eterna. Puedo arrodillarme para Lavar los pies, si Dios está ahí antes que yo, puedo renunciar a afirmarme, a exhibirme, si Dios es la humildad infinita.

De este patrón divino están privados los que no han encontrado la Trinidad divina. Esa es la fuente para ellos, independientemente de lo que la gracia puede traer – y Dios sabe que la gracia está activa en ellos como en nosotros. Pero, finalmente, la lógica de la mente y el discurso de la inteligencia encuentran enormes dificultades, no podemos saber lo que significa ser espíritu, sin el modelo divino de la Santísima Trinidad.

Ser, sólo tiene sentido por el amor

Contemplación infinitamente liberadora

El bosquejo de la vida personal, conocemos la importancia de expresarse, al hacerlo, el relato de la vida personal toma forma en nosotros. Nosotros nos hablamos a nosotros mismos; al hablar, mediante la palabra interior, creamos nuestro universo; mediante la palabra interior comunicamos con nosotros mismos, con los demás y con toda realidad. Pero la palabra interior arriesga siempre caer en el narcisismo, devenir opaca y alabarnos a nosotros mismos aferrándonos al yo prefabricado que no hemos creado.

En Dios, esa dicción es un eterno nacimiento, es totalmente desapropiada, totalmente transparente, es una mirada hacia el Otro, del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre. El amor que surge de esa dicción, en esa palabra eterna que es una aspiración que va hacia el Espíritu Santo, que se desapropia totalmente de sí misma, porque justamente la personalidad es la posibilidad de que el ser emerja de su naturaleza y concentre en el impulso hacia el otro toda la realidad de su esencia.

Si con toda nuestra fuerza queremos la dignidad del hombre, si comprendemos que el sacrilegio más espantoso es pisotear una conciencia humana, solo entonces podremos percibir la Trinidad como la cuna de la nueva humanidad.

Tenemos pues un modelo único e incomparable que es la Trinidad divina. Nada nos es más cercano, nada más apasionante, nada más actual, nada más liberador, pues justamente estamos en la encrucijada donde hay que decidir, hay que definir qué es el espíritu y si queremos que los derechos humanos tengan una base inconmovible, si queremos que el mundo libre sea realmente libre, si con toda nuestra fuerza queremos la dignidad del hombre, si comprendemos que el sacrilegio más espantoso es pisotear una conciencia humana, sólo entonces podremos percibir la Trinidad como la cuna de la nueva humanidad.

Tenemos pues que salir de la abstracción, no ver en la Trinidad una especie de enigma metafísico impenetrable para la inteligencia. No hay nada más inteligente, nada más luminoso. Es evidente que no agotaremos jamás esa pobreza súper esencial, que jamás agotaremos ese despojamiento subsistente, pero estamos orientados hacia una contemplación infinitamente liberadora que vale para todos los días de la vida y para toda eternidad: descubrir el ser en su identificación con el amor.

Ser solo tiene sentido por el amor. Ser solo tiene sentido si podemos despegarnos de todo lo que no hemos creado nosotros, si podemos coger todo el paquete y arrojarlo al océano de amor que nos está invitando en lo más íntimo de nosotros.

Ser, sólo tiene sentido por el amor. Ser, sólo tiene sentido si podemos despegarnos de todo lo que no hemos creado, si podemos coger todo el paquete y arrojarlo al océano de amor que nos está invitando en lo más íntimo de nosotros.

El Dios de Jesús, el Dios que transparenta en Jesucristo, es pues un Dios esencialmente nuevo, nuevo por su significado. Ya que no se trata de afirmar una fórmula sino de vivirla. Se trata de comprender que el mensaje fluye del fondo de la humanidad de Cristo hacia la nuestra y nos concierne esencialmente a nosotros.

Humildad y grandeza, inversión realizada por Cristo

Ser humilde y ser grande es lo mismo. Que tomemos el camino de la humildad o que tomemos el de de la grandeza, siempre llegaremos al la cima que es el amor. Pero es claro que la aspiración incoercible que tenemos por la grandeza sólo se puede satisfacer auténticamente encontrando la humildad de Dios.

¿Quién de nosotros no es sensible a las heridas del amor propio? ¿Quién no aspira a una promoción personal? ¿Quién no quiere ser reconocido en su dignidad por los demás? ¿Quién no aspira a la estima de los demás y a la amistad de todos los que forman nuestro espacio vital? ¿Pero quién no arriesga estar cautivo en esa competencia midiéndose con los demás? ¿Quién de nosotros no arriesga perder el sentido mismo de la verdadera grandeza si no encuentra a Dios de rodillas en el Lavatorio de los pies?

Lo que incita el alma al amor de Dios es la humildad de Dios… Y esa humildad es como la de un árbol que se inclina hacia el suelo por estar infinitamente cargado de frutos.

La humildad cristiana es finalmente la humildad de Dios. Ustedes conocen el texto, uno de los más hermosos jamás escritos en lenguaje cristiano, el texto del siglo 13, De Beatitudine, de autor desconocido que dice así: "Tengo la audacia infinita, y lo que incita el alma al amor de Dios es la humildad de Dios, la humildad de Dios que se sometió a los santos ángeles y a las almas santas como un esclavo comprado en el mercado, como si cada una de esas criaturas fuera su Dios. Y esa humildad es como la de un árbol que se inclina hacia el suelo por estar infinitamente cargado de frutos".

Creo que es imposible decir de modo más ardiente, más incisivo y más audaz, la novedad cristiana en que Él se sometió a las criaturas inteligentes como si cada una fuera su Dios.

Ese es el cambio realizado por Cristo y eso es lo que constituye toda la novedad del Evangelio. Importa pues esencialmente tener en mira ese punto focal, el punto focal de hallar esa fuente que brota en vida eterna. Todos nuestros errores sobre Dios, y todos los errores sobre el hombre se disiparán, si vemos a Dios en el despojamiento eterno y si vemos al hombre llamado a devenir lo que es Dios. Es decir, en vez de estar pegado al yo que nos asfixia, desamarrar de repente y alejarse de la orilla, dejarse llevar por el océano divino en una explosión de amor eterno.

Yo no vine aquí para tener vida privada

Tenemos que revivir la tragedia de Cristo, a partir de la cumbre de la Trinidad divina

En este punto se liga el drama de Cristo: si Cristo murió fue precisamente porque nos reveló ese Dios y que el pueblo en que realizaba su misión no estaba preparado – y sin duda no podía estarlo – para cambiar de Dios, pues el Dios al que adhería, hablo en general, hacía parte aún de su estructura temporal.

Tenemos que revivir la tragedia de Cristo a partir de la cumbre de la Trinidad divina, para descubrir a Dios, como la samaritana, dentro de nosotros como fuente que mana en vida eterna y reconciliar nuestro formidable apetito de grandeza con la más auténtica humildad.

Una frase que me conmovió profundamente y que sigue extraordinariamente viva para mí, es lo que dijo una religiosa contemplativa que es como un Himalaya en el seno de su comunidad, y lo dijo hablando del cambio: "Uno deja esto, después eso, después lo otro, y luego nos dan el correo cerrado (1) porque nos tienen confianza…" Ella me lo decía como si se tratara de algo insignificante.

Y de repente: "Pero yo vine aquí para no tener vida privada".

"Para no tener vida privada". ¡Qué grandeza! Ella sabía que así era, que la vida cristiana es precisamente desapropiarse de sí mismo porque uno está ante un Dios que es pura y eterna desapropiación. De nuevo ella: “¡Son cosas de pigmeos, de pigmeos ante el Himalaya!”

Ahí debemos volver, a esa grandeza infinita, silenciosa y universal que es mirada hacia el Otro, divino, en sí mismo y en los demás y en toda realidad, volver a la fuente que es la fuente misma de nuestra libertad.

El problema que somos

Nada podrá curarnos jamás de nosotros mismos, de la necesidad de exhibirnos a los demás, de hacer creer en una grandeza que no tenemos. Nada podrá liberarnos, excepto el modelo divino que resplandece en la persona de Jesucristo.

Debemos pues hacer oración sobre la Trinidad que mora en nosotros. Debemos encontrarla, volverla a descubrir y hacer de ella continuamente la contemplación de la inteligencia y el espacio ilimitado de nuestro amor. ¡Es verdad! ¡Es verdad! Nada podrá curarnos jamás de nosotros mismos, de la necesidad de exhibirnos a los demás, de hacernos ver, de hacer creer en una grandeza que no tenemos. Nada podrá liberarnos sino el modelo divino que resplandece en la persona de Jesucristo.

Si miramos a Dios bajo esta perspectiva, hay tanta liberación, tanta luz, tanta alegría y admiración: por fin hemos comprendido a fondo, adivinamos lo que significa ser espíritu, descubrimos a la raíz del ser, cuerpo y alma, a la raíz del ser aprendemos a no sufrir nada dándolo todo.

En este mundo entonces no hay contradicción entre la intuición primera y fundamental de la inviolabilidad humana y el Dios revelado en Jesucristo. Al contrario, es la revelación de Jesucristo la que nos permite comprender el problema que somos y resolverlo en la comunión de amor con el eterno amor.

De hecho, jamás encontré en otra parte que en el Evangelio el planteo del problema que somos, no en palabras como si Jesús expusiera sistemas, sino en la realidad candente de un don que nos toca en lo más profundo del corazón.

La Trinidad divina, único camino hacia nuestra humanidad

Debemos pues abordar el misterio de la Trinidad divina con un sentimiento de candente actualidad. Es realmente la cuna de nuestro nacimiento. Esa es nuestra carta de nobleza. Es el único camino hacia nuestra humanidad. Pues es justamente esa lágrima de amor, “esa humildad de Dios que se somete a los ángeles y a las almas santas como si fuera un esclavo vendido en el mercado y como si cada una de sus criaturas fuera su Dios”.

¿Qué más podemos decir? Y cuando no podemos hundirnos en esos abismos de amor yendo hacia la zarza ardiente que es el Sinaí dentro de nosotros mismos. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

 

(1) Nota del traductor: En las comunidades religiosas era corriente que el superior abriera el correo de los miembros de la comunidad.

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