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Artículo de Mauricio Zúndel publicado por LE LIEN, Revista de la Comunidad Melkita greco-católica de El Cairo, agosto de 1963, n° especial destinado a los Padres del Concilio. Los títulos fueron añadidos.

Resumen: El papa Juan XXIII recibió una afectuosa y ferviente admiración por su acción en defensa de la dignidad humana. A través de él se adivinaba a Dios. En el Evangelio de Juan, la consigna suprema no es amar a Dios sino amar al hombre. El fundamento último de la Revelación es el monoteísmo trinitario. Dios es único pero no solitario. La existencia propia de Dios es un amor perfecto y una eterna caridad. La verdadera grandeza solo se alcanza en el despojamiento, y la libertad es el poder de darse. Nada tiene valor de bien fuera de la caridad.

Introduccion

Hemos pedido al P. Mauricio Zúndel, hombre de Dios y conferencista bien conocido, redactar estas páginas para presentarlas en homenaje a los venerados Padres Conciliares.

Estimábamos que en medio de sus preocupaciones conciliares podrían llevarles el consuelo y orientar continuamente sus esfuerzos hacia lo esencial de su misión salvadora: llevar la humanidad a Dios presentándole el Evangelio de Cristo como una rehabilitación del ser humano “cuya libertad tiene la medida de la cruz y la dignidad la garantía del lavamiento de los pies.”

Agradeciendo al autor, confiamos su persona y su ministerio a la bendición de los Señores Padres del Concilio.

Elías ZOGHBY, Arzobispo titular de Nubia, Vicario Patriarcal General griego-católico para Egipto y Sudán.

El gran corazón del Santo Padre y las posiciones doctrinales

La caridad sin frontera de Juan XXIII lo ha hecho presente a todos los individuos y a todos los pueblos, como si de cierto modo todos se hubieran reconocido en una especie de comunión unánime en la dignidad humana que inclinaba ante cada uno su bondad sonriente.

La simpatía universal que han suscitado la acción, la enfermedad y la muerte de Juan XXIII, “el Papa querido”, como lo llamaba Match en la primera página del número que presentaba a innumerables lectores el último homenaje que le consagraba esa gran revista, plantea un problema de gravedad extrema.

No hay duda de que fue el gran corazón del fallecido Santo Padre lo que le valió, en todos los medios, esa afectuosa y ferviente admiración. Su caridad sin fronteras lo ha hecho presente a todos los individuos y a todos los pueblos, como si todos se hubieran reconocido en una especie de comunión unánime en la dignidad humana que inclinaba ante cada uno su bondad sonriente y que él evoca con frecuencia sorprendente en sus encíclicas “Mater et Magistra” y “Pacem in terris”, como valor que no cesa de inspirar su conducta y que debe imponerse al asentimiento de todos.

No es exagerado decir que un ecumenismo espontáneo ha surgido por doquiera de su amor a los hombres y que éste ha demostrado ser la única expresión de la religión que pueda hacerla aceptable para todos. Precisamente, la universalidad del asentimiento a la generosidad de esa gran alma es lo que suscita la cuestión tremenda: ¿Puede la verdad identificarse sin reserva con la amplitud de la caridad que ha despertado por doquiera tan grandes esperanzas?

La gravedad del problema es visible. Por primera vez, el mundo entero se ha conmovido ante el rostro humilde de un Papa cuya religión parecía la más fraternal encarnación de “lo humano”. En nombre de posiciones doctrinales recibidas como normas de fe, ¿deberemos cerrar las puertas que Juan XXIII parecía abrir tan ampliamente, reduciendo finalmente a un contagio sentimental de un temperamento afable la acogida sin discriminación que deseaba ser el Papa de todos?

Una teología que cuadra bien con la acción de Juan XXIII

Dicho de otro modo, después de que bajo el rostro del Pontífice difunto la Iglesia apareció por primera vez bajo un aspecto universal capaz de suscitar un afectuoso interés en quienes que se presentaban hace poco como adversarios implacables, estaremos obligados a decir: “Estaba subentendido que nuestras fórmulas son intangibles y que su aceptación integral es necesariamente para nosotros, en última instancia, la condición de la única universalidad que pueda ofrecer al mundo el Evangelio”, sin que podamos preguntarnos si una presentación nueva del mensaje eterno confiado a los sacerdotes y a la Iglesia no es requerida por las nuevas dimensiones del universo y de la humanidad con que estamos confrontados?

No es irrespectuoso pensar que Juan XIII quizás no tenía la teología de su acción. Pero la irradiación casi milagrosa de esta nos invita precisamente a tratar de explicitar la teología que cuadra con ella, buscando en las fuentes dogmáticas más venerables y tradicionales el fermento de novedad inagotable contenida en la Buena Nueva que es por excelencia la Palabra del Señor.

Puesto que el mundo entero ha venerado en Juan XXIII al más emocionante y convencido defensor de la dignidad humana, cuya reivindicación es la levadura del marxismo y de la descolonización, como figura en las primeras líneas de la constitución de las Naciones Unidas, parece que a partir de esa noción tenemos más posibilidad de presentar el Evangelio en un lenguaje accesible a todos nuestros contemporáneos.

Cambio de las perspectivas tradicionales del Antiguo Testamento

Nada llama más la atención que el lugar dado al hombre en las conversaciones que el cuarto Evangelio presenta como últimas confidencias de Jesús. En efecto, su consigna suprema no es amar a Dios sino amar al hombre, al hombre “cuya libertad es a la medida de la cruz y cuya dignidad tiene la garantía del lavatorio de los pies.”

El diálogo con la samaritana (Jn. 4:7-27) orientaba ya hacia el cambio de perspectivas hasta entonces tradicionales, revelando al hombre como el verdadero santuario de la Divinidad y la Presencia divina como fuente que brota hasta la vida eterna en lo más íntimo de nosotros. El anuncio de la ruina del Templo (Mc. 13:2) confirma la transferencia de lo sagrado, de un edificio cultural a la vida humana, transferencia que nos hacen sentir las palabras admirables del Papa San Gregorio: “El cielo es el alma del justo.”

Jesús, permanecía sin duda fiel a las costumbres religiosas y a las observancias rituales inscritas en la sensibilidad de los humildes que eran los más dispuestos a escuchar. No quería tomar la iniciativa de una ruptura que solo el rechazo de la luz podía consumar, y evitaba todo lo que hubiera podido escandalizar las almas sinceramente apegadas a la práctica común. Sin embargo, la observación inesperada que termina el elogio de Juan el Bautista implica que era perfectamente consciente de la distancia que separa la antigua economía de la que él inauguraba: “El más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él (Mt 11:11). La misma distancia se manifiesta en el sermón de la Montaña, tal como lo relata San Mateo (5:21 y ss.) entre lo que se ha dicho a los antiguos y lo que Jesús requiere de sus discípulos. Para seguirlo, es necesario en realidad vivir la transmutación radical que él revela a Nicodemo como un nuevo nacimiento (Jn. 3:3).

El fundamento último de la Revelación es el monoteísmo trinitario

¿En qué se funda la exigencia que compromete al hombre hasta las raíces de su ser? ¿Basta invocar el ecumenismo de una misión que debe hacer caer todos los muros de separación y reunir a todos los hombres y todos los pueblos, en igualdad, en una fe que ya no puede ser monopolio de nadie? Este ecumenismo se manifiesta seguramente en la conducta de Jesús y es suficientemente explícito en sus mensajes como para que san Pablo hiciera de él la pieza maestra de su teología. Pero no constituye la novedad esencial incorporada en el nombre y en la esencia de lo que se deberá llamar siempre la Nueva Alianza o el Nuevo Testamento.

Si se puede expresar en una palabra la originalidad fundamental del Evangelio o, lo que es lo mismo, el fundamento último de la Revelación y de la revolución cristiana, no vemos nada que rinda mejor cuenta de la substitución de un monoteísmo trinitario a un monoteísmo unitario.

Dios no es un Dios solitario

Para ser bien claro, recordemos la distinción que conviene hacer entre único y solitario.

En efecto, el cristianismo afirma un Dios único pero no solitario. La distinción puede parecer sutil. En realidad es capital ya que permite inmediatamente identificar a Dios con la caridad, lo propio de la cual, según el papa san Gregorio, es tender hacia “otro”.

Un Dios solitario es, en realidad, espiritualmente impensable, pues, en esta hipótesis, no disponemos de ninguna analogía que pueda hacernos en modo alguno inteligible su perfección. Su complacencia en sí mismo nos parece inevitablemente narcisista y sin relación con la generosidad que es, para nosotros, el criterio de toda virtud. A lo sumo podría imponerse a nosotros como el más fuerte, el más poderoso, sometiéndonos a una moral arbitraria a la que él mismo sería completamente ajeno.

Al contrario, el Dios trinitario de la fe cristiana no comunica con su ser sino comunicándolo. El conocimiento que tiene de sí mismo se despliega en la reciprocidad coeterna y consustancial del Padre y del Hijo con el Espíritu Santo y de éste con el Padre y el Hijo.

La imposibilidad en que estamos de lograr alguna luz ni algún bien sin perdernos de vista, sin desapropiarnos de nosotros mismos, nos parece como la exigencia fundamental de la vida del espíritu ya que esta se realiza eminente y soberanamente en Dios.

La imposibilidad en que estamos de lograr alguna luz o algún bien sin perdernos de vista, sin desapropiarnos de nosotros mismos, nos parece como la exigencia fundamental de la vida del espíritu ya que esta se realiza eminente y soberanamente en Dios.

La existencia propia de Dios es un amor perfecto y una caridad eterna

De este hecho toma la aseidad divina (1) un significado totalmente interior que nos parece evidente. Decir que Dios es por sí, es decir que tiene en sí, de fuente y originalmente, todo lo que se necesita para ser el amor perfecto y la eterna caridad. Eso es lo que expresa formalmente este hermoso texto del P. Garrigou-Lagrange en que, con toda su autoridad, hace suyo el pensamiento del P. Regnon: “¿dónde encontrar aquí (en las relaciones trinitarias) el más mínimo egoísmo? El yo no es más que una relación subsistente con el amado, ya no se apropia nada… Todo el egoísmo del Padre es dar a su Hijo su naturaleza infinitamente perfecta, sin retener nada para él sino su relación de paternidad, por la cual está una vez más en relación con su Hijo. Todo el egoísmo del Hijo y del Espíritu Santo está en relacionarse el uno con el otro y con el Padre del cual proceden. Las tres personas divinas, esencialmente relativas la una a la otra, constituyen el ejemplo eminente de la vida de caridad.”

No forzaríamos esta admirable conclusión añadiendo – en la perspectiva en que Jacques Maritain habla de “la humildad en Dios” que es la pobreza evangélica, ya que toda apropiación es excluida, encuentra aquí su más alto modelo.

No reconoció el mayor y más vivo de los santos cristianos, Francisco de Asís, bajo los rasgos de la Señora Pobreza, el rostro del eterno amor, al descubrir que la grandeza que buscaba apasionadamente conquistar solo podía ser alcanzada por el despojamiento, en el espacio ilimitado que devenimos cuando pasamos del yo posesivo, que es una prisión, al yo oblativo en que la existencia toma forma y figura de don.

La esencia de la libertad es poder darse

El único modo de ser que cuenta para el hombre es el que debe surgir de su iniciativa, el ser que él no sufre y que quizá no es todavía, el ser que está llamado a devenir y que solo puede resultar del pleno uso de su libertad.

La pregunta que se plantea Hamlet: “Ser o no ser” (To be or not to be, that is the question) es en el fondo el único problema – mucho más allá del nivel donde Shakespeare la situaba. Y nunca ha tenido solución fuera del Evangelio. Porque el único modo de ser que cuenta para el hombre es el que debe surgir de su iniciativa, el ser que solo puede resultar del pleno uso de su libertad.

Pero ¿quién puede entender que la libertad es en su esencia, el poder de darse y de transformar así una existencia sufrida en existencia ofrecida a la cual confiere realmente un nuevo origen el amor?

La mayoría de los hombres no puede resignarse a ser lo que son y lo que la naturaleza hace de ellos. En efecto, ¿qué hacen con más frecuencia sino entregarse sin freno a sus automatismos pasionales, listos a poner el mundo a sangre y fuego para inscribir su nombre en la historia, mientras se encierran como Lady MacBeth en su yo narcisista, entregándose por sí mismos a la peor esclavitud?

Pero cómo podrían cambiar el yo para alcanzar el valor cuya imagen fraudulenta se esfuerzan por imponer a los demás, sin haber encontrado el Yo reducido a la relación en que se refiere totalmente al otro que constituye en Dios toda la personalidad del Padre, del Hijo y del Espíritu santo.

Una Presencia que nos interioriza

Al revelarnos el supremo despojamiento, Jesús introduce en nuestra historia una nueva escala de valores: la grandeza no está en la dominación que aplasta sino en la generosidad que se da.

Al revelarnos el supremo despojamiento que es el secreto del primer amor, Jesús introduce en nuestra historia una nueva escala de valores: la grandeza no está en la dominación que aplasta sino en la generosidad que se da. Es la lección del lavatorio de los pies. Por eso el credo cristiano se condensa en las palabras de la primera epístola de Juan: “Dios es Amor” (1 Jn 4:16), dadas como criterio para el responsorio del Jueves Santo: “Donde están la caridad y el amor, ahí está Dios”.

San Agustín ilustra maravillosamente este enfoque de Dios “a pasos de amor” – gressibus amoris – en las pocas líneas de las confesiones (chap. X. 27) en que evoca su conversión: “Demasiado tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde te amé. Sin embargo, tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera y corría sin belleza hacia las bellezas que sin ti no serían. Tú estabas siempre conmigo, pero yo no estaba contigo.”

Cómo decir mejor que Dios se descubre en el paso de afuera a dentro, en que el hombre accede a su ser auténtico y está en contacto consigo mismo en la medida en que se despoja de sí bajo la imantación de la generosidad infinita que lo estaba esperando en lo más íntimo de sí mismo. Cómo no sentir en ese texto inagotable el contacto interior de la Presencia que nos interioriza y nos sustrae a toda obligación al liberarnos de toda posesión. Así y solo así se constituye nuestra inviolable dignidad de ser fuente, de ser origen, cuyo acto y existencia se identifican en el don de sí mismo en el plano de los valores.

Nada tiene valor de bien fuera de la caridad

Bajo este punto de vista, se comprende que, según enseña el Apóstol en I co. 13, radicalmente nada tenga valor de bien fuera de la caridad, en que el hombre intercambia con Dios como una persona con otra en el matrimonio místico evocado en la 2ª epístola a los mismos corintios: “Os he desposado con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura” (2 Co. 11:2)

Un gran poeta inglés dijo que “todo conocimiento digno de ese nombre es conocimiento nupcial” (All knowledge worthy of the name is nuptial knowledge). Eso no ha sido jamás más cierto que para el conocimiento de que es fuente Cristo. Dios es pura “interioridad”, como acaba de recordárnoslo san Agustín: todo contacto auténtico entre él y nosotros se establece entonces por la eclosión o el progreso en nosotros de un “interior” análogo que nos libera de la condición de objeto, de cosa perdida en los elementos del mundo. Esto quiere decir que nuestra dignidad es función de nuestras relaciones con Dios “más íntimo a nosotros que lo más íntimo de nosotros mismos” y crece en la medida de nuestro enraizamiento en él.

Juan XXIII fue ofrenda y presencia

Cuando Juan XXIII abraza al prisionero que duda de poder salir nunca de un pasado de que su alma quedó cautiva, es que percibe en él la Presencia infinita que lo transfigura y ennoblece ya, así como está dispuesta a acogerlo. El prisionero desaparece a sus ojos y solo queda el hombre vestido de la grandeza divina ante la cual se eclipsa el Papa en la ofrenda de donde brota su ternura.

Aquí reconoce cada uno el clima evangélico y el crédito que el amor del Señor hace al pecador, anticipando su conversión por el respeto que le restituye su dignidad como garantía del perdón en que renacerá a sí mismo. ¿Qué prisión no se abriría en ese espacio del corazón donde Dios se revela como nuestra liberación, en la humildad silenciosa de su eterno despojamiento?

Si el reino de la persona se ha realizado jamás, ¿no es en ese universo paradójico y maravilloso en que la desapropiación de sí mismo es la única manera de ser uno mismo?

Si el reino de la persona se ha realizado jamás, ¿no es en ese universo paradójico y maravilloso en que la desapropiación de sí mismo es la única manera de ser uno mismo, desde las relaciones intra-divinas hasta las lágrimas de la pecadora sanada de toda pasión por el amor que la colma?

Toda posesión limita, separa y oscurece a menos que sea concebida como servicio y realmente ordenada al bien del otro. Al contrario, la vida más sencilla puede liberarse de toda frontera y alcanzar el mayor resplandor en la ofrenda silenciosa que hace de ella una presencia universal.

Juan XXIII fue esa ofrenda y esa presencia. Así apareció como el Papa evangélico y sigue siendo el testigo del espíritu de pobreza promulgado en la primera bienaventuranza, como respira en toda la vida y la persona del Señor.

La kenosis de Dios, despojamiento supremo

Vaciada de toda posesión, incapaz de toda apropiación, la humanidad de Cristo no puede ser sino la manifestación y la revelación permanentes de la divinidad que está siempre presente en persona a todo lo que esa humanidad es y a todo lo que hace.

Es muy notable que las definiciones dogmáticas – que constituyen el más puro alimento de la vida mística – hayan llegado a situar toda la novedad de la Encarnación, siendo inconcebible todo por parte de la divinidad, en el despojamiento de la sustancia humana, en la extinción radical del yo humano, en la “kenosis que hace el vacío en la humanidad de Jesús, la desapropia totalmente de ella misma y la entrega así, en una apertura infinita, a la atracción del Verbo que la asume y la reviste de su propia sustancia eterna.

Reducida así al estado de puro “Sacramento”, según la profunda expresión del R.P. Schwalm, la naturaleza humana de Jesús se eclipsa totalmente en el ser personal del Verbo por la relación desapropiante que la somete totalmente a su control y condiciona su elevación a la sustancia divina. Dicho de otra manera, vaciada de toda posesión, incapaz de toda apropiación, la humanidad de Cristo no puede ser sino la manifestación y la revelación permanentes de la divinidad que está siempre presente en persona a todo lo que es ella y a todo lo que hace.

Si recordamos que en el seno de la Trinidad la personalidad del Verbo – o del Hijo – es pura referencia al Padre y no tiene nada propio sino ser totalmente esa relación que la reporta enteramente a otro, se comprende mejor que la evacuación del “yo” en la humanidad de Jesús y el control del Verbo que la asume a su ser personal se corresponden como las dos caras – divina y humana – de un supremo despojamiento en que tiene su fuente el mensaje evangélico.

La Palabra que Jesús dice es lo que él es

Jesús da testimonio de lo que él vive. La palabra que dice expresa simplemente – en cuanto puede hacerlo el lenguaje – y comunica la Palabra que es él, en que la caridad divina tiene el rostro de la eterna pobreza.

En efecto, Jesús, da testimonio de lo que él vive. El monoteísmo trinitario que él revela no resulta en modo alguno de una especulación filosófica o de un préstamo a una doctrina esotérica o extranjera de la que habría sido informado. La palabra que él dice expresa simplemente – en cuanto puede hacerlo el lenguaje – y comunica la Palabra que es él, en que la caridad divina tiene el rostro de la eterna pobreza.

La Palabra que él dice y que es él, la confió a los Apóstoles y, por medio de ellos, a la Iglesia para que sea para siempre el fermento de la liberación por la cual el hombre alcanza su dignidad. Pero para seguir siendo eficaz, tenía que permanecer inalterada. Por eso estableció Jesús a sus Apóstoles y su Iglesia en estado de permanente dimisión es decir que los estableció en estado de sacramentos.

La Iglesia

Retomando la expresión del P. Schwalm, si la humanidad de Jesús es “el Sacramento de los sacramentos”, la Iglesia es el Sacramento del supremo Sacramento, el signo visible que representa y comunica la presencia y la palabra que él dice y que él es. La infalibilidad que debe preservar la Iglesia de todo error es por excelencia un estatuto de pobreza. Significa la imposibilidad de disponer de la Palabra de Cristo, de apropiársela o limitarla de manera alguna. Implica una promulgación puramente sacramental de su mensaje que no liga en modo alguno la inteligencia de la fe a lo que los guardianes de la doctrina pueden comprender de ella. Aporta la garantía de que a través de ellos – y a pesar de ellos si necesario – es Jesús quien nos habla, conforme a la identificación revelada a Saulo en el camino de Damasco, que funda la teología de la Iglesia: “Yo sosy Jesús a quien tú persigues” (Act. 9:5).

Por la imposición de las manos que comunica la sucesión apostólica, Jesús hace el vacío en el jerarca. Lo vacía de sí mismo para todo lo que respecta a la misión que le confía, lo hace literalmente SACRAMENTO en el orden en que ninguna interferencia humana tiene valor.

La teología de la pobreza divina

El Papa "querido" pues en realidad, mucho más allá de su persona, se adivinaba a Dios y lo querían a través de él, como el espacio de amor por el que suspira la tierra entera.

Fue porque Juan XXIII dio la impresión de dimisión total en Dios que fue el Papa “querido”. En realidad, mucho más allá de su persona se adivinaba a Dios y lo querían a través de él, como el espacio de amor por el que suspira la tierra entera.

El mundo contemporáneo profesa con razón el culto de la dignidad humana, pero no sabe dónde situarla. Lo más a menudo es incapaz de afirmarla en el resentimiento contra los que la han desconocido y pisoteado en ellos. Por eso jamás ha sido más necesaria la teología de la pobreza divina que identifica la grandeza con la generosidad y la verdadera libertad con la evacuación de sí mismo.

Juan XXIII vivió esa teología y justamente porque ella había tomado forma en su persona, el mundo entero se mostró sensible a ello.

Este corto ensayo, tratando de explicitar la teología de su acción, nos ha permitido reconocer en su irradiación la perfecta ecuación de la caridad y la verdad a la que llegará sin falla una inteligencia espiritual del dogma. Sigue válido que un mundo trabajado por la sed apasionada de justicia como el nuestro y que espera actos y no palabras, solo puede reconocer la verdad si respira el amor, concurriendo efectivamente a la grandeza del hombre y a su dignidad. No podemos menos que darle razón ya que no hace sino aplicar el criterio afirmado en una de nuestras más hermosas oraciones: “¡Donde están la caridad y el amor, ahí está Dios!”


(1) Aseidad: en filosofía, autonomía absoluta del ser, carácter de aquello que posee sus existencia propia.

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