zml 00 0017

Extracto del capítulo 6 del libro de Mauricio Zúndel: "Je est un autre" (*) Fueron añadidos los títulos.

El Génesis o la prueba de la libertad

…Después de este preámbulo necesario, podemos ahora considerar el relato bíblico de la caída que leemos en el cap. 3 del Génesis.

En sus luminosas Réflexions sur le problème du péché originel (1), Pierre Grelot hace remontar este relato esencialmente a la época de Salomón, es decir al s. X antes de Jesucristo. Ve en él una composición sabia elaborada en un medio sapiencial (2), preocupada esencialmente por el sentido del destino humano, por el misterio del mal enraizado en nuestra historia, particularmente en relación con el misterio del pecado. Reconoce que en esa época tardía ningún documento de la época del origen del hombre pudo llegar a manos del o de los redactores de ese relato, si consideramos que el hombre existe desde hace un millón y medio de años o más.

En tales condiciones no podemos hablar de historia en el sentido actual de la palabra. Lo que el autor bíblico busca poner en relieve es la prueba de la libertad que es ciertamente contemporánea de la aparición del hombre propiamente dicho, ya que lo define y lo constituye. En el texto, la prueba de la libertad implica una pareja. Es decir que la primera luz de conciencia humana se produce en el centro de las relaciones interpersonales de un hombre y una mujer, (sin excluir un aspecto sexual pero sin ponerlo en primer plano) que representan toda la complejidad y riqueza del ser humano. En esta relación mutua es donde surge el primer pensamiento que implica una relación con Dios, ya que compromete la totalidad del ser. La relación con Dios se concretiza simbólicamente por la prohibición de comer el fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal. En efecto, respetando esa prohibición es como el hombre reconocerá su verdadera situación delante de Dios, aceptándose como criatura con los límites que implica esta condición. La tentación que se insinúa en la pareja invita precisamente a trasgredir esos límites y a estimarse capaz de conocer por sí mismos el Bien y el Mal, en una palabra, a ser como Dios. Y el pecado original consiste justamente en usurpar el privilegio único de Dios, pretendiendo hacer del ser humano el creador de los valores que él mismo decidirá llamar Bien o Mal. A través del apego que el hombre le profesa, la mujer obtiene su consentimiento y la caída se realiza mediante un acto indivisiblemente personal y social, pues implica la relación esencial de la pareja. Es casi literalmente así como Pierre Grelot interpreta el relato de Génesis 3.

Ruptura con Dios

La ruptura con Dios perturba todas las demás relaciones : las del hombre consigo mismo (y lo entrega a sus deseos), entre el hombre y la mujer, entre el hombre y sus semejantes, entre el hombre y la naturaleza, al mismo tiempo que la muerte hace su entrada en el mundo con toda su oscuridad, como lo afirma san Pablo con tanta fuerza en el cap. 5 de su carta a los romanos: “Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte… (así también) la gracia de Dios, el don conferido en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se han difundido con profusión...” (12 y 15)

Como la mayoría de los exegetas, Pierre Grelot reconoce el lenguaje simbólico, y aun mítico al que recurre el autor del relato cuya profundidad y fineza no son por eso menos admirables. El barro modelado para crear al hombre (Gn 2:6), el árbol del conocimiento del bien y el mal (Gn 2:9), la mujer salida de una costilla del hombre (Gn 2:22), la serpiente tentadora (Gn 3:1), Dios que se pasea en el jardín a la brisa de la tarde (Gn 3:8), son todas evidentemente imágenes sobre las cuales el narrador no trata de poner el acento.

El nombre mismo de Adán que significa hombre y Eva interpretado como la que da la vida, no son desde luego nombres históricos y no hay que tentar tampoco de identificar el lugar en que se encuentra el jardín que, con la versión griega, llamamos el paraíso. El genio del autor es haber dado un relieve supremo a la prueba y al drama de la libertad por los cuales comenzó necesariamente la historia propiamente humana, sin pretender en modo alguno fijar su fecha o su lugar.

Todo pudo suceder probablemente en un instante, la mutación del animal al hombre por la aparición del pensamiento suscitada por Dios, la toma de conciencia por la pareja de sus relaciones mutuas y de su situación ante Dios, en fin, de su decisión y su caída. En este caso, el paraíso podría quizás designar simplemente las disposiciones vírgenes con que la pareja enfrentó la prueba de su libertad, incluso la plena comprensión del carácter decisivo de su decisión y la intuición de los privilegios que coronarían su fidelidad.

La privación del estado de gracia

A propósito de estos privilegios, como lo subraya Pierre Grelot, no es necesario atribuir a la primera pareja antes de la caída un conocimiento perfecto de su situación ante Dios a más del anterior al de antes de la caída, ni considerarla como destinada a la exención de todo sufrimiento y de la muerte misma, a condición de someterse al orden divino. Si hubiera sido fiel, las pruebas de la vida y la muerte misma habrían sido vividas simplemente bajo una luz totalmente diferente y en un clima de gracia y de familiaridad con Dios que no habría perturbado la transgresión primera.

Un problema que merece un examen sin prejuicios es el de la unidad de la pareja primitiva, el cual interesa a la transmisión de las consecuencias del pecado de origen a todos los hombres – peccatum originans – bajo la forma de un pecado original – peccatum originale – del que no son personalmente culpables y que conlleva esencialmente la privación inicial del estado de gracia y cierta propensión al mal bajo la presión de la falta primera y de todas las que esta provocó. Esta cuestión nos interesa, tanto para seguir, particularmente a través de los once primeros capítulos del Génesis, la expansión del mal, tipificado por el asesinato de Abel (Gn 4:8), por los crímenes (Gn 6:5) que provocaron el diluvio (Gn 7:4), por el orgullo en fin del que resultó la confusión de las lenguas (Gn 11:7) en la construcción de la torre de Babel, como para concebir la misión redentora de Cristo respecto de todo el género humano.

Los datos de la paleontología

Para responder a esta objeción, es necesario evocar brevemente los datos de la paleontología. En su estructura física, ¿deriva el hombre de un solo filo, de una sola cepa animal, o de varias (hipótesis monofilética o polifilética)? Suponiendo que deriva de un solo filo – lo cual parece más probable – ¿se produjo la hominización en una sola pareja de la cual descenderían todos los hombres de hoy, o de varias parejas (hipótesis monogenista o poligenista)? Pierre Grelot se esfuerza por demostrar que la hipótesis poligenista (varias parejas de origen) no impediría un pecado original extendido a todos los hombres, a condición que esas parejas hayan fallado todas espontáneamente en la primera prueba de su libertad o hayan sido llevados a esa falta por contaminación de una primera pareja caída. La cuestión sigue abierta, así como la de saber qué capacidad intelectual o qué grado de desarrollo del cerebro supone el ejercicio de una libertad cargada de una responsabilidad que cubre toda la humanidad.

¿Hasta dónde se puede ir para encontrarnos verdaderamente ante el hombre, hasta el hombre de Neandertal, hasta el sinántropo o el pitecántropo, hasta el homo habilis de Oldowai que remonta a un millón y medio de años en relación con nosotros, hasta el zinjántropo encontrado en el mismo lugar, o aún más allá según el orden retenido por Pierre Grelot, hasta el australopiteco? (3)

El eslabón mutante del primer pensamiento

La mutación decisiva que suscita el hombre es la toma de conciencia del orden moral que condiciona la prueba de la libertad. El eslabón mutante no es pues aquí de naturaleza física sino un acontecimiento trascendente, interior y espiritual, es la chispa de pensamiento que abraza todo el ser y determina libremente su destino.

Estas reflexiones y referencias son preciosas. Sin embargo, yo me pregunto si son indispensables para la presentación del dato revelado. La mutación decisiva que suscita el hombre, como lo subraya Pierre Grelot mismo, es la toma de conciencia de orden moral que condiciona la prueba de la libertad. El eslabón mutante no es pues de naturaleza física aunque una estructura física adecuada deba haberlo hecho posible, sino un acontecimiento trascendente, interior y espiritual, es, lo repito, la chispa de pensamiento que abraza todo el ser y determina libremente su destino. ¿Es entonces absolutamente necesario que sea por vía de generación física que se transmiten todas las consecuencias desastrosas del primer rechazo?

Si el primer pensamiento que implica de verdad toda la especie humana en su decisión y si era consciente de esa responsabilidad universal, estaba ligado a todo hombre por un lazo más profundo que la generación física, la cual podía incluir igualmente las demás parejas eventualmente existentes, arrastrándolas en su caída sin que hubieran hecho la elección requerida de toda criatura inteligente cuando toma plenamente conciencia de sí misma.

Más sencillamente, se puede quizá decir que un solo pensamiento, y entonces sería el primero, habría sido elegido como eslabón mutante que comprometería toda la humanidad como responsable de su unidad personal, y que a este título todos los hombres debían ser hijos de ese pensamiento, para lo mejor o lo peor, aunque no tuvieran su origen carnal de la primera pareja. Propongo esta hipótesis por el valor que tenga, a título de simple cuestión, sin olvidar que Pierre Grelot consideraba algo análogo en relación con las parejas eventualmente contemporáneas de la pareja mutante.

Todo lo incomprensible no deja de ser

Pasemos ahora al aspecto esencial de la revelación contenida en Génesis 3. Qué significa este relato si el dogma que contiene expresa, como todos los dogmas, la experiencia de una relación interpersonal entre Dios y el hombre.

Ustedes recuerdan cómo considera Pascal el pecado original, según su famosa exclamación: “¿Qué quimera es pues el hombre?”“¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué sujeto de contradicción, que prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil lombriz; guardián der la verdad, cloaca de incertidumbre y error; gloria y escoria del universo”: pecado que es el único que puede explicar esos contrastes que Pascal denuncia en nosotros.

“Cosa sorprendente sin embargo, que el misterio más alejado de nuestro conocimiento, el de la transmisión del pecado, sea algo sin lo cual no podríamos tener ningún conocimiento de nosotros mismos. Porque no hay duda de que nada choque más a nuestra razón que decir que el pecado del primer hombre haya hecho culpables a quienes, tan alejados de esa fuente, parecen incapaces de participar en ella. Ese fluido no nos parece solamente imposible sino más aún, injusto, pues ¿qué hay de más contrario a las reglas de nuestra miserable justicia que condenar eternamente un niño incapaz de voluntad por un pecado en que parece tener tan poca parte pues fue cometido seis mil años antes de que él existiera (4). Ciertamente nada nos choca más fuertemente que esta doctrina; y sin embargo, sin ese misterio, el más incomprensible de todos, somos incomprensibles para nosotros mismos. El nudo de nuestra condición toma sus pliegues y repliegues en este abismo; de suerte que el hombre es más inconcebible sin ese misterio que ese misterio es inconcebible al hombre.”

“Por lo cual parece que Dios, queriendo devolvernos la dificultad de nuestra in-inteligencia, ocultó su nudo tan arriba o, mejor dicho, tan abajo que nosotros éramos incapaces de alcanzarlo; de suerte que no es mediante las soberbias agitaciones de la razón sino por la simple sumisión de la razón como podemos conocernos realmente.” (Pascal, fragmento Contrariedades 14; Br. 434)

Dios inocente

El relato del Génesis no busca confundir nuestra razón sino hacer a Dios inocente de los males que nos abruman.

El estilo magnífico que golpea como un fuete no impide que Pascal haya pasado aquí al lado de lo esencial. En efecto, el relato del Génesis no busca confundir nuestra razón sino hacer a Dios inocente de los males que nos abruman, mostrando en un acto de libertad en que el hombre debía escoger su destino, el primer acto de la historia propiamente humana. Como lo acabamos de ver, san Pablo comprendió perfectamente la intención de excluir en Dios toda iniciativa y toda participación en el orden del mal: “Así como por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte” (Rm. 5:12), en esta frase suspendida por incisos, afirma un lazo indisociable entre el mal de la falta y las desgracias de nuestra condición, que resultan de una transgresión cometida voluntariamente, con pleno conocimiento de los riesgos que comportaba.

Pero ¿en qué consiste precisamente la transgresión? Pierre Grelot habla de una usurpación del privilegio único del Creador, – cuya palabra es la única que puede determinar el Bien y el Mal – pues se busca el conocimiento del Bien y del Mal por otra vía que la referencia al mandamiento recibido, por estimarse el hombre capaz de conocer el Bien y el Mal por sí mismo. Dice que la ley absoluta de la existencia es tomar posición respecto de Dios, aceptándose o rehusándose como criatura.

Paul Humbert, a quien cita, califica por su parte el pecado original “de acto de culpable independencia” que constituye la desobediencia y desmedida por excelencia.

Tales expresiones arriesgan dar la impresión de una rivalidad casi inevitable entre Dios y el hombre, el cual debe reconocer sin cesar su dependencia, y de debilitar el valor y la grandeza de la prueba de la libertad.

Es indudable que el autor de Génesis 2 y 3 vio a Dios bajo la perspectiva de aquél a quien debe someterse la criatura. ¿Se deduce de ahí que apareció bajo ese aspecto al primer Pensamiento que debamos retener nosotros de esa concepción? El progreso infinito de la revelación, en el testimonio de la vida de Cristo, nos urge a superar los límites de un escrito que data de mil años antes del Evangelio.

Dios no es otro que el que aparece en la Cruz

La Cruz es la respuesta suprema al problema del mal. Ella no sugiere una sumisión a realizar sino que revela un Amor herido a muerte que se trata de acoger con nuestro amor.

La Cruz, como lo vimos, es la suprema respuesta al problema del mal. Como el lavatorio de los pies, ella no sugiere una sumisión a realizar sino un amor herido de muerte que se trata de acoger con nuestro amor.

Ahora bien, el Dios del comienzo no es otro que el que aparece en la Cruz donde Él “se hizo pecado” por nosotros. Él nos evita la tentación de hacernos dioses pues Él mismo es el que quiere hacernos dioses, llamándonos a ser origen de nosotros mismos en vez de sufrir, como cosas, una existencia prefabricada. En efecto, la Creación como dijimos no es un gesto mágico sino una historia de dos en que el despojamiento infinito de Dios, que constituye el abismo del Amor que es Él, nos invita al despojamiento “último e íntimo” que condiciona nuestra liberación.

La prueba de nuestra libertad no es pues una trampa para nuestra fragilidad, sino mucho más la única realización concebible de nuestra grandeza. En efecto, cómo crear un ser libre sin ofrecerle la posibilidad de crearse, haciendo del ser que ha revivido una ofrenda de que dispone.

La Biblia no es un manual de antropología y no puede enseñarnos nada sobre el origen y la evolución física del hombre en la prehistoria. Traza la historia de la salvación que es la historia de nuestra liberación: mediante una comunicación cada vez más amplia de la libertad divina, a medida que la nuestra se libera cada vez más auténticamente de sus límites.

Dios hizo de nosotros los árbitros de su Presencia en el mundo

El universo tiene una dimensión sagrada porque está ligado a una presencia infinita que quiere comunicarse a él a través de nosotros, pero no puede hacerlo sin nuestro consentimiento.

En esta perspectiva bíblica hay algo profundamente enriquecedor. Estamos demasiado acostumbrados al universo determinista de la ciencia. Es bueno ver su revés o mejor su lado derecho que es la libertad.

Explotar el universo para satisfacer nuestras necesidades o asegurar nuestra comodidad no es la única manera de entrar en relación con él.

El universo tiene una dimensión sagrada porque está ligado a una presencia infinita que quiere comunicarse a él a través de nosotros, pero que no puede hacerlo sin nuestro consentimiento.

Es lo que nos recuerda san Pablo cuando nos muestra toda la creación en gemidos y dolores de parto, esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios. (Rm. 8:22.)

El drama de los orígenes, el drama de toda la historia es finalmente que Dios no es amado. “Jesús está en agonía desde el comienzo del mundo” (Pascal), y lo estará hasta el final.

Eso es lo que conviene retener de toda la reflexión sobre el pecado original: Dios hizo de nosotros los árbitros de su Presencia en el mundo. No puede manifestarse en él sino a través de nuestra libertad. Cada uno de nuestros actos conscientes Lo concierne y puede abrirle o cerrarle la puerta de nuestra historia. Eso es lo que constituye realmente la infinitud de nuestro pensamiento. Dios no nos domina: nos espera.


Notas :

(1) Pierre Grelot (1917-2009) profesor en el Instituto Católico de Paris hasta 1983. Péché originel et rédemption à partir de l'Épître aux Romains. Essai théologique. Desclée, Paris, 1973

(2) sapiencial: relativo a los escritos sapienciales. Una de lae categorías de los libros bíblicos del antiguo Testamento, con la Torah (el Pentateuco) y los libros proféticos. Los libros sapienciales son los Proverbios, Job, Eclesiastés o Cohelet, el libro de la Sabiduría, el Eclesiástico o Ben Sirac.
En la literatura sapiencial es el hombre el que está en el centro. Dios pone su confianza en el hombre al que ha dado inteligencia para ocuparse del mundo (Gen. 1:27-28). Dios dio la inteligencia, la libertad y confía en el hombre y en sus recursos.

(3) Neandertal: de 300 000 a 28 000 años en Europa y Asia central y occidental;

Sinántropo: un homo erectus de Pekín 0,5 millones de años;

Pitecántropo: un homo erectus de Java. De 250 000 a 150 000 años;

El homo habilis de Oldowaï (en Tanzania, África): de 2,5 a 1,5 millones de años;

Australopiteco: de 5 a 2 millones de años (Lucy, en Etiopía).

(4) Hoy la teología ya no acepta la “condenación” por la sola causa del pecado original.

 (*) TRCUSLibro « Je est un autre » (Yo es otro)

 Edit.: Anne Sigier, Sillery, septiembre 2001, 174 pags

 EAN-13 : 9782891292986

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir