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Artículo de Mauricio Zúndel en la revista Perspectives de catholicité n°4, 1965. Ed. Les Auxiliaires Féminines Internationales, Bruselas.

Resumen: Jesús enseña que el criterio de la fidelidad a Dios es la fidelidad para con el hombre. El más grande es el servidor de sus hermanos, el amor es el único criterio de la grandeza. Dios se da, nuestro Señor está siempre con nosotros, el reino de Dios debe realizarse en el hombre. El sentido de la Eucaristía es la fraternidad universal.

El testamento de Jesús

Jesús establece el Reino de Dios en el interior del hombre. Busca suscitar en nosotros ese cielo, interior a nosotros, que designan las admirables palabras de san Gregorio: el cielo es el alma del justo.

En el cuarto evangelio las últimas conversaciones de Jesús terminan con esta consigna: amar al hombre. Y el amor del hombre es el criterio del amor de Dios.

Hay pues de inmediato en el testamento de Jesús una impronta infinitamente realista. El cielo a donde Jesús nos conduce es un cielo AQUÍ, un cielo que se realiza dentro de nosotros. Y Jesús lo confirma, como nos lo asegura Mateo 25: “Tuve hambre, estaba prisionero, estaba enfermo… cada vez que fuisteis a ayudar a un hombre ene esa situación, fue a mí que me socorristeis.

Y aquí no se trata solo del hombre sino del hombre en sus necesidades físicas y materiales. Eso no puede dejarnos indiferentes porque es una orientación inmediata sobre la mística cristiana, sobre la religión de Jesús, una religión realista enraizada en el suelo, que concierne el hombre, ya que el criterio de la fidelidad a Dios es la fidelidad para con el hombre y muy especialmente el hombre en sus necesidades.

Jesús establece el Reino de Dios en el interior del hombre. Busca suscitar en nosotros ese cielo, interior a nosotros, que designan las admirables palabras de san Gregorio: “El cielo es el alma del justo.

Se separa del Templo, anuncia el fin de sus observancias tradicionales, sabe que lo importante es la justicia en que nos transformamos y no la que mostramos. Y, preocupado por llevarnos a la realización de una virtud que es una nueva forma de existencia, una existencia en forma de don, nos lleva a un realismo más concreto. Lo impactante del evangelio es que se sitúa en plena vida, como la profesión de carpintero de Nazaret. La religión del carpintero es una religión en que no se niega nada de la profesión del carpintero, una religión que se dirige a todo el mundo, que no es religión de especialistas, sino una religión que se dirige al hombre en su esencia y se condensa toda entera en la transformación de cada uno de nosotros en cielo interior, en reino de Dios espiritual que debe hacer de cada uno una fuente de luz para el mundo entero.

La verdadera grandeza no se funda en la dominación

La grandeza no está en dominar. Dios no es una majestad que nos aplasta. Es una generosidad que apela a la nuestra. Y por eso la grandeza de Dios se manifiesta de manera tan espectacular en el lavatorio de los pies.

Para entenderlo, debemos pensar en la Eucaristía… ¿qué significado tenía en el pensamiento de Jesús? Solo podemos comprenderlo si recordamos por una parte la consigna a la que aludía al comienzo: “En esto reconocerán que son mis discípulos, en que os amáis unos a otros como yo os he amado.” No se puede disociar la Eucaristía de esta consigna por una parte y del lavatorio de los pies que la ilustra por otra parte. Ustedes no serán como los príncipes de las naciones que las gobiernan y que, tiranizándolas, se hacen llamar sus bienhechores. El más grande entre ustedes será el servidor de sus hermanos, y ustedes harán unos por otros lo que yo hice por ustedes. No hay duda de que el lavatorio de los pies es la destrucción de todos los sueños carnales que alimentaban los apóstoles en el fondo de su corazón y deseaban realizar a través del poder taumatúrgico de Jesús. Es la destrucción de la escala de valores fundada en la dominación.

La grandeza no está en dominar. Dios no es una majestad que nos aplasta sino una generosidad que apela a la nuestra. Por eso la grandeza de Dios se manifiesta de manera tan espectacular en el lavatorio de los pies. Para Dios, estar de rodillas ante nosotros no es renunciar a su grandeza sino realizar la única grandeza concebible en el mundo del espíritu, que es la grandeza del amor.

El cuerpo místico del Señor

Dios se da infinitamente. Es eternamente vacío de sí mismo en la circumincesión de las tres personas. Es el gran pobre que no tiene nada, el gran pobre que encontró Francisco, al que amó con pasión única y bajo cuyos rasgos adivinó todo el misterio de la divinidad.

La Eucaristía se une directamente con el gesto revolucionario que es el lavatorio de los pies, con la revelación de una nueva escala de valores en que el amor es el único criterio de la grandeza. Dios se da infinitamente, se da eternamente. Es eternamente vacío de sí mismo en la circumincesión (1) de las tres personas. Es el gran pobre que no tiene nada, el gran pobre que encontró Francisco, al que amó con pasión única y bajo cuyos rasgos adivinó todo el misterio de la divinidad.

Precisamente, en la Eucaristía Nuestro Señor va a establecer entre él y nosotros la distancia infinita que condiciona la proximidad del amor. “Para venir a mí, se deben poner al servicio de todos sus hermanosDeben encargarse de todos, asumir la responsabilidad de toda la creación que está gimiendo en espera de su Redención, y cuando hayan abierto su corazón a toda la humanidad y a todo el universo, cuando hayan formado con todos sus hermanaos humanos una inmensa cadena de amor que arrastre toda la creación, cuando hayan formado con ellos lo que con razón llaman ustedes mi cuerpo místico, entonces estarán conectados conmigo y me encontrarán.

Hay que recordar aquí que Cristo no nos ha abandonado, ya que la Iglesia es él. Él permanece con nosotros hasta el fin de los siglos. Sigue dándonos su luz en lo más íntimo de nosotros. Él ya está ahí siempre. No tiene que venir a nosotros sino que nosotros debemos ir a él. Recuerden las palabras de san Agustín: “Tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé y sin embargo tú estabas dentro de mí pero yo estaba afuera; tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo.”

Ser universal

Toda gracia nos viene por la humanidad de nuestro Señor… Él camina siempre con nosotros, como con los discípulos de Emaús. Está siempre en su casa al interior de los demás. Pero nosotros no estamos en él. Somos nosotros los que debemos ir a él.

Cristo está siempre con nosotros, no solo como la eterna divinidad sino con su humanidad misma que es el sacramento incomparable de la eterna divinidad. En efecto, toda gracia nos viene por la humanidad de nuestro Señor, y por consiguiente nuestro Señor no cesa jamás de estarnos presente. Camina siempre con nosotros, como con los discípulos de Emaús. Está siempre en su casa al interior de los demás. Pero nosotros no estamos en él. Somos nosotros los que debemos ir a él y para eso tenemos que pasar por toda la humanidad, reunir alrededor de su mesa toda la creación. Y cuando toda la creación esté reunida alrededor de su mesa, y que estemos conectados con él, cabeza del cuerpo místico, entonces se hará la unión y toda la luz que hay en Dios podrá circular en nosotros como “la vida de nuestra vida”. Eso quiere decir de manera muy sencilla: debemos hacernos universales, hacernos católicos, abrirnos a toda criatura para poder entrar en contacto auténtico con nuestro Señor.

Y eso es lo que simboliza y opera la Eucaristía. Es una comida alrededor de una mesa común donde debe celebrarse la fraternidad universal antes de que se pueda hablar de entrar en contacto auténtico con el Señor. Además, la liturgia primitiva decía: “Como los granos de trigo han sido reunidos en un solo pan y los granos de uva han sido reunidos en un solo vino, que toda la Iglesia se reúna de los cuatro vientos del universo.” Esa reunión es el primer sentido de la Eucaristía: superar nuestros límites, superar las fronteras, deshacernos de todo lo que hace de nosotros un pedazo de tierra, de nuestro continente, nuestra raza, nuestra cultura, nuestra clase social para ser todo para todos. En el pensamiento de Jesús, eso hacía del lavatorio de los pies, del “mandato” (2), y de la Eucaristía una y la misma cosa. Solo por un amor universal como el suyo podemos unirnos con el auténtico Dios.

Comunión eucarística

La Eucaristía no es pues una facilidad dada al hombre poniéndole un ídolo en la mano o en la boca, sino una formidable exigencia de universalidad.

La Eucaristía no es pues una facilidad dada al hombre poniéndole un ídolo en la mano o en la boca, sino una formidable exigencia de universalidad. Y yo no puedo vivir la misa sin percibir esa reunión, pues para mí es eso: reunir todo el universo, recapitular toda la historia, resucitar todos los muertos, ver todos los personajes de la historia, conocidos o desconocidos, como rostros que se van a reunir alrededor del altar, que van quizás a salir de las tinieblas, acceder a la luz, a entrar en el Reino del amor, por el hecho de que nuestro corazón se abre para acogerlos y arrastrarlos con nosotros hacia el Señor que es su salvador y el nuestro. Me paree imposible vivir la misa sin vivirla en la universalidad.

Finalmente, se trata de transformar la humanidad en hostia, hacer de la humanidad el cuerpo y la sangre del Señor. Las santas especies están ahí solo como vehículos de esa transformación, y, finalmente, la hostia es el hombre pues el Señor no permanece entre nosotros para vivir bajo las especies, para estar en un tabernáculo de mármol, de plata o de oro masivo, sino para ser el fermento que nos diviniza y nos transforma en él. Finalmente, el único tabernáculo, el único copón, es el hombre. “Esto es mi cuerpo, esto es mi Sangre”, eso se aplica por excelencia al hombre. Y la comunión solo tiene como objetivo la transustanciación de toda la humanidad en Jesús para realizar las palabras de san Pablo a los gálatas: “Ya no hay hombre ni mujer, ni judío ni griego, ni esclavo ni ciudadano libre, vosotros sois una sola persona en Jesús.”

Es en el hombre donde debe realizarse el reino de Dios

Es en el hombre donde debe realizarse el reino de Dios: en el hombre transformado, en el hombre que nace de nuevo, como dice Jesús a Nicodemo, en el hombre que silenciosamente… deja transparentar el rostro que todo el mundo reconoce cuando lo encuentra en una presencia auténtica.

Pero la fuente de agua viva de que hablaba Jesús a la samaritana es ignorada de la inmensa mayoría de los hombres. Y es grave que el cristianismo no aparezca al hombre de la calle como la fuente de agua viva a la cual se apresuraría para sacar de qué calmar su sed. ¿En qué medida obliga a los hombres a compartir su pan, a deshacerse de sus privilegios, a renunciar a sus riquezas, a abrir los ojos sobre la desdicha de los demás, a sentirse en igualdad con los hombres de toda raza, en la dignidad humana revelada por Jesucristo y que recibe de Jesucristo la caución de la sangre que derramó por toda criatura?

¿Qué le importa a la gente que el Concilio haya discutido de esto o aquello, si su vida no ha cambiado, no se ha transfigurado, no es más hermosa, más feliz, si la dignidad humana no aumenta, si todo hombre no se revela a sí mismo en la luz del verbo encarnado? Me parece que ese es el sentido de la misión de ustedes, justamente porque ustedes son seglares, porque van por todas partes al servicio de la gente siendo como ellos, viviendo como ellos, sin hacer distinción entre un hombre y otro, a la disposición de todos y cada uno.

El evangelio no es un libro ni una serie de cosas por creer con los labios, sin comprenderlas ni comprometerse. El evangelio es Alguien. Es la persona de Jesucristo. El evangelio es la Presencia misma del eterno amor y eso es todo. No hay nada que buscar en el credo que no derive de esa fuente. En el fondo, el credo solo busca llevarnos a la unión total con una divinidad interior a nosotros mismos, la cual es el principio de nuestra vida o como decía san Agustín, “la vida de nuestra vida”, y que es el espacio en que respira nuestra libertad, y la caución de nuestra dignidad.

Qué es lo que hace de todo hombre, sea cual fuere, alguien ante quien Jesús nos invita a arrodillarnos, sino que en cada uno el Reino de Dios es una posibilidad. En ninguna otra parte se podrá construir el Reino de Dios. Ni en los edificios, ni en las fórmulas, aunque puedan ser necesarias y venerables y lo sean efectivamente cuando son vividas como sacramentos. Es en el hombre donde debe realizarse, en el hombre transformado, en el hombre que nace de nuevo, como dice Jesús a Nicodemo, en el hombre que silenciosamente, sin hacer ruido, sin recomendarse a sí mismo, deja transparentar el rostro que todo el mundo reconoce cuando lo encuentra en una presencia auténtica.

Una calidad de ser sin diferencias

El cristiano no es alguien que no es musulmán, judío, sintoísta, budista o brahmán. El cristiano es el que no es sino un amor en quien vive el amor y que aborda a los demás como el amor, suscitando en ellos un nuevo amor.

Y yo pienso que en efecto la única esperanza de porvenir se halla en la dirección en que ustedes están comprometidos. Cuando todo hombre reconozca a su hermano en un cristiano, cuando todo hombre se sienta en su casa en casa de un cristiano, cuando todo hombre descubra por fin a través de un cristiano la verdadera patria de su mente y de su corazón, cuando el cristianismo realice en nosotros esa calidad de ser sin diferencias.

Ustedes recuerdan las admirables palabras de Fenelón: “En Dios la diferencia es no tener diferencias.” Las criaturas se clasifican, están dentro de fronteras: el roble no es una caña, un lobo no es un cordero, el hombre no es un simio.

La diferencia de Dios es que no está en ninguna categoría. Él es la plenitud del ser porque es la plenitud del don, del amor. Esa es también la diferencia de Jesucristo, y esa debe ser la de la Iglesia de Cristo, identificada con él.

El cristiano no es el que no es musulmán, judío, sintoísta, budista, o brahmán. El cristiano es el que no es sino un amor en quien vive el amor y que aborda a los demás como el amor, suscitando en ellos un nuevo amor.

Reformarnos

En nosotros, la Iglesia necesita reformarse constantemente, no la Iglesia mística que es inmaculada e infalible, sino nosotros que lo traicionamos tan a menudo.

Jesús no murió para meternos en una camisola de fuerza de fórmulas hechas. Murió para liberarnos de todos los límites, para que la vida llegue a nosotros con toda su grandeza y toda su belleza y para que cada uno pueda encontrar en sus discípulos un fermento de grandeza, de felicidad y de liberación.

En nosotros, la Iglesia necesita constantemente reformarse, no la Iglesia mística que es inmaculada e infalible, sino nosotros que lo traicionamos tan a menudo.

Nosotros, pues, necesitamos continuamente renovarnos y dar en nosotros a la Iglesia el rostro mismo de Jesucristo, amigo de los pecadores, los paganos, los samaritanos, las mujeres de mala vida, en fin, amigo del hombre, que quiere hacer de cada uno el santuario de la divinidad enviando a cada uno en misión a todo el universo, ya que toda gracia es una misión y que es imposible encontrar a Jesús sin ser enviado a todos sus hermanos humanos y a todos sus hermanos cósmicos.

Existir en forma de don

Solo la vida puede tocar la vida, solo el alma puede tocar el alma, solo una persona puede suscitar una persona, solo un corazón puede abrir un corazón y solo por la acción de presencia se da testimonio y se comunica la Presencia del Señor.

Eso es lo que debemos descubrir a cada instante, viviendo la Eucaristía como convocación, como el banquete de la fraternidad universal, viviendo la misa como la fuente de vida eterna que brota, que recapitula toda la historia y que reúne y fecunda el mundo entero, en fin, viviendo nuestra vida a cada instante como un don hecho a todos los hombres para revelarles al Dios que es solo corazón y solo puede amar.

Me parece que su vocación está orientada en el sentido más realista, más directo y silencioso. No tienen que predicar sino que existir en forma de don para revelar esta verdad única: Dios es amor y hay que amarlo y hacerlo amar amando.

Eso es lo que necesitamos hoy: solo la vida puede tocar la vida, solo el alma puede tocar el alma, solo una persona puede suscitar una persona, solo un corazón puede abrir un corazón y solo por la acción de presencia se da testimonio y se comunica la Presencia real del Señor.


(1) En teología, la circumincesión es la existencia de las personas de la santísima Trinidad las unas en las otras. Compenetración mutua fundada en la unidad de esencia.

(2) “Mandatum”, mandato, nombre medieval de la ceremonia del lavatorio de los pies. En la regla de los cartujos, san Benito prescribe lavar los pies de los huéspedes y de los hermanos.

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