sfn 72 0001

Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana en 1972. Publicada en "Ton Visage ma lumière" (*)

Le deseo de valer

El Doctor Hesnard, católico francés que escribió diferentes artículos de revista y un libro, Moral sin pecado (P.U.F 1954), afirma que el instinto fundamental del hombre es el deseo de valer; y todas las demás aspiraciones y tendencias están finalmente al servicio del deseo fundamental de valer. En efecto, no se puede vivir sin creer en el valor de la vida. Si pensáramos que no vale nada, si estuviéramos convencidos de su esterilidad radical, ¿quién se atrevería a continuar esa aventura sin salida?

Todos los grandes conquistadores de la historia, todos los que han conmovido el mundo y quisieron marcarlo con su sello, desde Alejandro, pasando por César hasta Napoleón, Stalin o Hitler, todos los grandes conquistadores quisieron hacer hablar de sí mismos, recibir el homenaje que los confirmaba en la idea de su grandeza, que les garantizaba el valor de su genio o de sus empresas.

Y nosotros somos como ellos. No hay nadie que no desee valer. No hay nadie que no aspire a hacer de su vida un éxito, algo que dure, que deje atrás de sí una huella de creatividad, y como los grandes conquistadores, la mayor parte del tiempo, no lo somos porque, queriendo hacer hablar de nosotros, queriendo ocupar el primer puesto en la vida de los demás, queriendo que nuestros talentos sean reconocidos y celebrados, queriendo que en el vecindario noten nuestro paso, queriendo que nuestra autoridad sea reconocida en la familia, esperamos finalmente el reconocimiento de los demás. Es decir que las grandezas que acabamos de afirmar reposan finalmente sobre el consentimiento de ellos.

Una grandeza que depende de los demás

Si la masa hubiera rechazado a Alejandro o a César, si no los hubieran aplaudido, si sus triunfos no hubieran provocado la admiración, sus ambiciones habrían sido completamente frustradas y su apetito de grandeza se habría destrozado. Eso vale también para nosotros.

Queriendo ser grandes nos hacemos dependientes de los demás porque esa grandeza reposa sobre su aprobación y su buena voluntad y puede deshacerse en un instante si la estima refluye y se nos niega.

Finalmente, queriendo ser grande, lo cual es un deseo a la vez infinitamente profundo y legítimo, queriendo ser grande nos hacemos dependientes de los demás porque esa grandeza reposa sobre su aprobación y su buena voluntad y puede deshacerse en un instante si la estima refluye y se nos niega. Pero por otra parte, sigue siendo cierto que la grandeza nos es indispensable. Sigue siendo cierto que no podemos vivir sin creer en el valor de nuestra existencia.

¿Cómo encontrar solución? ¿Cómo ser grande sin dependencia? ¿Cómo ser grande sin cortejar la opinión, sin acariciar los gustos ajenos, sin hacerse finalmente esclavo de sus deseos y pasiones?

La verdadera grandeza

¿Cómo sería posible que el Señor se arrodille ante nosotros? ¿Dónde estaría la grandeza? ¿Cómo no sería profanada y deshonrada la dignidad divina si Dios se pusiera en el lugar de sus servidores?

Jesucristo nos introdujo en una grandeza incomparable. Cambió todas nuestras ideas Transformó todos nuestros valores. Los enjugó lavando los pies, con el estupor y escándalo de sus discípulos. ¿Cómo sería posible que el Señor se arrodille ante nosotros? ¿Dónde estaría la grandeza? ¿Cómo no sería profanada y deshonrada la dignidad divina si Dios se pusiera en el lugar de sus servidores?

Pero un gran místico de la Edad Media, de identidad incierta, tuvo la osadía de decir que al crear, Dios se hizo como esclavo que se vende en el mercado, que al crear, Dios decidió desempeñar el papel de servidor, ponerse un delantal y servir a sus criaturas pues quiso que fueran semejantes a él ; quiso precisamente no sorprender su libertad, como padre que respeta la conciencia de su hijo, quiso que estuviera en total espontaneidad, con libertad inviolable, que diéramos la respuesta de amor que termina el sentido mismo de la creación y que le da toda la grandeza y la belleza (ver en nota la transcripción de ese texto al fin de la homilía).

Y ahí está de rodillas ante nosotros lavándonos los pies para que aprendamos que la verdadera grandeza es precisamente hacerse valor, valor interior, valor en que uno se transforma y se hace bien común, bien universal en que pueda abrir a toda la creación un espacio nuevo donde uno pueda ser fermento de generosidad para los demás.

Sí, tenemos necesidad de grandeza… Pero de grandeza cuyo secreto está en el silencio del amor, de grandeza que sea para todos la revelación discreta de una Presencia infinita.

Sí, tenemos necesidad de grandeza. Pero no de grandeza que reposa sobre la opinión de los demás, no de grandeza que nos fabricamos artificialmente, focalizando sobre nosotros la atención de los demás, sino de grandeza cuyo secreto está en el silencio del amor, de grandeza que sea para todos la revelación discreta de una Presencia infinita.

Dios totalmente dado, eso es su grandeza

La grandeza de Dios es precisamente que él es totalmente dado. Es precisamente que no tiene nada para sí mismo. Es precisamente que está en estado infinito de luz y de amor. Es precisamente que para cada uno de nosotros él aparece como espera, incapaz de forzarnos para suscitar en nosotros la semejanza que es el sentido mismo de la creación.

Dios nos hizo semejantes a él para que nosotros lleguemos a ser lo que es él, según las palabras del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.” (Mt 5, 48)

A veces entramos en una iglesia solitaria y encontramos solo el Santísimo Sacramento y estamos ahí solo, y entramos en ese silencio formidable de la Presencia única, y miramos la lamparita que indica esa Presencia y simboliza nuestras adoraciones. Y de repente tomamos conciencia de lo increíble: toda la grandeza de Dios, todo su poder, toda su santidad… ¡todo en una migaja de pan! No se necesita más que esa migaja de pan para concentrar en el corazón de nuestro mundo toda la Presencia y la grandeza de Dios.

Grandeza infinita para cada uno

¿No hacemos nosotros mismos la experiencia de que si en una mirada en que se concentra de repente toda la luz de una persona en un solo punto luminoso, percibimos el secreto que, aunque inviolable, viene a nosotros y nos invita a acogerlo? Percibimos entonces el secreto, el misterio del que tiene la clave Dios. Una mirada que transfigura las cosas al posarse sobre ellas, una mirada que nos purifica por su virginidad, eso basta para que el mundo entero sea iluminado.

>He ahí que la migaja de pan se transfigura, inflama el mundo entero y deviene en nosotros la lección más elevada de grandeza. No hacer, sino ser; no esperar la aprobación y la admiración sino ser ese don sin límite.

¡Pues bien! El Señor permanece entre nosotros en esa situación, increíblemente humillado en apariencia, y he aquí que la migaja de pan se transfigura, abrasa el mundo entero y deviene en nosotros la lección más elevada de grandeza. No hacer, sino ser; no esperar la aprobación y la admiración sino ser el don sin límite. Lo somos precisamente en la medida en que, alimentados por el pan eucarístico y transformados por él, inclusive sin pensarlo, accedemos a la grandeza que debemos ser, en la intimidad con la luz eterna y en el diálogo silencioso con el Señor que es la vida de nuestra vida.

En el evangelio está pues el encuentro con Jesucristo, el misterio que percibimos en ese mismo instante, la respuesta que esperábamos: una grandeza para todos, una grandeza infinita para cada uno, como posibilidad de irradiar que llega hasta las más lejanas galaxias, más aún, que puede reunir toda la historia del mundo y hacer del pasado un presente tendido ya hacia el porvenir, que en un instante puede hacer de toda la historia la afirmación del reino de Dios.

No se trata de humillarse sino simplemente de entrar en el ritmo de la vida divina y, asimilando la migaja de pan que contiene a Dios, hacernos pan de vida.

Se trata de encontrar el sentido de la verdadera grandeza mirando la migaja de pan que vehicula y comunica la Presencia del Señor. Porque nosotros tenemos sed de valer, queremos que nuestra vida tenga significación creadora y sería monstruoso que la humildad se convirtiera en humillación. No se trata de humillarse ni de rebajarse tratando en cierto modo de escapar a la mirada de Dios que podría aniquilarnos, sino de entrar simplemente en el ritmo de la vida divina y, asimilando la migaja de pan que contiene a Dios, hacernos pan de vida para la alegría de todos los hombres y la liberación de todo el universo.


Nota: Transcripción del texto de "De Beatitudine", extracto del capítulo 2: el amor.

“Hay otra cosa que inflama el alma para amar a Dios y es la humildad de Dios que llena el alma de gran admiración, porque Dios todopoderoso se somete a cada uno de los ángeles y de las almas santas, como si fuera un asalariado de cada uno, y como si cualquiera de los suyos fuera su Dios. Para indicar esto, pasará de uno a otro sirviéndolo, él que afirma en el Salmo 82, 6: “Vosotros sois dioses.”

E inclusive, el Dios que está en la cumbre de la perfección cumplirá allá lo que enseña aquí: mientras más grande eres, más debes humillarte entre todos; se somete a todos por humildad aunque los supera a todos por la majestad y dignidad divinas. ¡O qué rara vez van juntas estas dos cosas: superar a todos por la justicia y someterse a todos por la gracia de la humildad. Por eso el alma recibe la gracia del amor. Porque inflama mucho la amistad y la garantiza el no querer pasar antes o igualar sino querer someterse a todos y en todo. Y esta humildad tiene su causa en la grandeza de la bondad y la nobleza de Dios, como un árbol que pliega bajo la abundancia de sus frutos…”

Livre-Ton visage ma lumière (*) Libro « Ton visage, ma lumière, 90 sermons inédits » (Tu rostro, mi luz, 90 sermones inéditos)

 Editorial Mame, París, 2011. 510 páginas

 ISBN : 978-2-7289-1506-4

 http://www.laprocure.com/

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir