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Conferencia de Mauricio Zúndel en Neuilly sur Seine en 1952. Inédita.

Resumen: Las palabras sugieren imágenes como omnipotencia mágica de Dios, o a través de la kenosis, una omnipotencia de despojamiento. La revelación es el fermento de un pensamiento libre, de un pensamiento sin fronteras, centrado en la luz de la intimidad divina. La libertad del cristiano está en el horizonte de todo el pensamiento cristiano y se identifica con ella. Debemos hacer saltar los límites de un texto de un padre de la Iglesia o de un texto bíblico o evangélico, cualesquiera que fueren.

La candelaria es la fiesta de Cristo “luz para iluminar las naciones”. Fiesta de las candelas, presentación de Jesús en el Templo. Este es el texto de Lucas 2:28-35; cántico de Simeón:

Simeón tomó al niño Jesús en los brazos y bendijo a Dios con estas palabras: “Ahora, Señor, tú liberas a tu siervo, como lo dijiste, pues mis ojos han visto tu salvación que has preparado ante todos los pueblos: luz para la revelación a los paganos y gloria de Israel tu pueblo.” El padre y la madre del niño estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón los bendijo y dijo a María su madre: “Está destinado para que en Israel muchos caigan o se levanten y para ser un signo de contradicción, y a ti misma, una espada te atravesará el alma. Así serán puestos al descubierto los pensamientos de muchos corazones”.

Venganza contra los perseguidores

San Juan Crisóstomo, padre griego (muerto en 407) exilado en Asia Menor, escribió una carta a Olimpia en que se propone dar ánimo a esta Filotea que está en Constantinopla sometida a persecuciones y que es una gran señora llena de inteligencia, de saber, de mérito y valor.

San Juan Crisóstomo le escribe, aludiendo a sus comunes perseguidores: “Esos enemigos de la fe, esos sanguinarios, que han hecho cosas aún más vergonzosas, usted los verá castigados, pues a través del abismo que los separaba, Lázaro vio arder en los infiernos al rico malo y escuchó su voz. Esa será su parte de herencia.

Si los que no dieron de comer a Cristo son condenados al suplicio, los que lo condenan a tener hambre y a estar desnudo, a los que lo rechazan como extranjero, que no solo no lo han visitado cuando estaba enfermo sino que lo han puesto en prisión y cargado de cadenas cuando estaba libre, ¿qué castigos no deberán esperar?

Usted los verá arder gritando hacia el cielo donde la verán a usted coronada con los ángeles, reinando con Cristo. Ellos se lamentarán de lo que hayan hecho contra usted, pedirán piedad pero sin obtener respuesta.”

Olimpia y San Juan Crisóstomo
Leyenda: Íconos de Olimpia (según modelo que hay en Patmos, convento de Evangelismos) y de San Juan Crisóstomo como obispo (según modelo de un ícono ruso de la 2ª mitad del siglo 16) realizados por María-Josefa Aubert, autora del libro Mujeres diáconos: nuevo camino para la Iglesia.

Debilidades del espíritu del hombre

No podemos leer sin estupefacción estas exhortaciones: un Padre de la Iglesia que consuela a su filotea alimentando su deseo de venganza eterna y proponiéndole la alegría de ver arder eternamente a sus enemigos. Ejemplo de la flaqueza del espíritu humano.

Aunque se trate de un Padre de la Iglesia, no nos sentimos obligados a seguir ese modo de pensar y no dudamos de que el evangelio pueda alimentar en nosotros otras disposiciones y que nosotros no aspiramos a ver arder eternamente a nuestros enemigos.

Por otra parte, esperamos que finalmente nadie rehúse el amor de Dios y que para nosotros el infierno es la crucifixión de Dios en las almas que se cierran a un amor eterno. Somos pues enteramente libres ante ese pensamiento, aunque sea de un Padre de la Iglesia: no es testigo de la fe y no estamos obligados a creerle.

El discernimiento

Pero entonces, ¿cuándo es padre de la Iglesia? ¿Cuándo es testigo de la fe? ¿Cómo discernir los momentos en que los padres de la Iglesia son testigos de la fe y aquellos en que solo encontramos la expresión de sus propias opiniones?

Respondemos que es fácil distinguirlas: comprometen la fe de la Iglesia cuando sus palabras concuerdan con las definiciones de los concilios. La dificultad es determinar lo que se define. ¿Qué es lo definido?

Nadie nos lo puede decir. Pues no es necesario que los definidores en un concilio sepan lo que definen. Más aún, no pueden saber lo que definen más que la viejita iletrada que escuchará las palabras que pronuncian al nivel de su fe y de su amor.

Solo existe una manera de penetrar en la intimidad de Dios que presenta la Palabra divina y es viviéndola. Puede que un obispo que participa en un concilio comprenda mucho menos que la viejita iletrada cuyo corazón está acordado con el corazón de Dios que lee en las palabras la intimidad de Dios con la que está acordada. La verdad solo se encuentra en la comunión con la intimidad de Dios.

La película de nuestra infancia

Entonces viene la pregunta: ¿no existe pensamiento cristiano? ¿No tiene la Iglesia nada que enseñarnos? La respuesta es que el amor se siente más de lo que se expresa.

Una comparación muy sencilla nos puede ayudar a entenderlo: la película de nuestra infancia. Recordemos esa película : en ella vemos a nuestra madre, recordamos sus primeras caricias, sus sonrisas, los cuentos que nos contaba, los consejos que nos daba, las advertencias que nos hacía, las correcciones que nos ponían de vez en cuando en el camino recto. Recordamos sus oraciones, sus silencios, sus preocupaciones y su acogida.

Y es imposible expresar esa película. Cuando termina, cuando tenemos la pena de perder la mamá, sabemos muy bien que podemos volver a encontrarla en cada imagen de esa película, pero jamás está entera.

Cada recuerdo es precioso en la medida en que nos lleva a su intimidad, pero ninguna de sus expresiones nos entrega todo el misterio; cada una es preciosa porque nos lleva al secreto incomunicable que es ella en su misterio único.

Los mismos episodios de esa historia, contados a un extraño indiferente no tienen significado. Ya no son sino una historia banal que se reproduce en miles de ejemplares porque falta lo esencial que es el rostro único, la luz interior que ilumina la película y le da todo su significado incomparable.

Toda la historia de nuestra infancia es una historia cuyos episodios son valorizados, iluminados, por una presencia; y esa presencia maravillosa le da a la historia su significado y su valor inconmensurable.

La historia de la Revelación

Pasa lo mismo con la revelación: la revelación está inscrita en una historia. Es necesariamente una experiencia humana transmitida por un profeta, por Cristo, por los hombres de Iglesia, por los santos.

Es necesariamente una historia humana cuyos episodios se valorizan por una presencia, por la Presencia única, la Presencia de Dios. Y todos los episodios de la historia bíblica, evangélica, apostólica y eclesiástica se valoran por la Presencia de Dios, como la historia de nuestra madre por su presencia.

Todos esos episodios nos importan en cuanto que nos imponen esa Presencia y nos comunican su luz Nos interesan en la medida en que son camino hacia la intimidad divina, exactamente como las imágenes de la película de nuestra infancia nos llevan a la intimidad con nuestra madre.

Siempre se trata de la intimidad divina que estamos buscando, que es la Vida de nuestra vida y a la cual dan acceso los textos de la Iglesia. Lo que es camino para una época puede ser impase para otra: tal expresión que pudo despertar la vida en una época se vuelve obstáculo y barrera en otra.

Imágenes de las palabras: omnipotencia mágica

Habrá que representar con palabras insuficientes la luz de la intimidad a la que quieren dar acceso, hasta que se hagan transparentes. No debemos aferrarnos a las palabras sino acceder a la intimidad divina para que ella consuma en las palabras las escorias del tiempo y del lenguaje.

Tomemos por ejemplo el primer capítulo del Génesis que es un maravilloso poema. Dios dice: “¡Que haya luz! Y fue la luz.” Estamos acostumbrados a ver en esas palabras y en su continuación la expresión de la omnipotencia divina. Dios es tan poderoso que su Palabra hace surgir de la nada el ser.

Estamos tan acostumbrados a esta imagen que nos parece siempre que basta que Dios hable para que todo se realice. Nos representamos el poder divino algo así como un poder mágico.

Imágenes de las palabras: un poder que es despojamiento

Al contrario, podemos profundizar la noción de omnipotencia en la dirección que evoca la liturgia del 2 de febrero: se encienden cirios, toda la iglesia se ilumina con el cántico de Simeón: Cristo es la luz de las naciones.

Y esa fiesta de las luces trae el relato del encuentro entre Simeón y Cristo, entre Simeón y la Virgen. El anciano anuncia a la Virgen que una espada va a atravesar su corazón. Admirable coincidencia: toda la luz es suscitada por esa espada que va a atravesar el corazón de la Virgen y el de Cristo.

Simeón anuncia a la Virgen que una espada atravesará su corazón… Acercamiento admira­ble entre la espada y la luz, el don de sí mismo y la iluminación del pensamiento.

Todo ese dolor asumido voluntariamente va a suscitar toda esa luz. Acercamiento admirable entre la espada y la luz, el don de sí mismo y la iluminación del pensamiento. Eso nos recuerda el pasaje de la epístola de san Pablo a los filipenses en que, queriendo dar un ejemplo de humildad, el apóstol recuerda el abajamiento del Verbo: “Aunque era de condición divina, Cristo no guardó como presa la igualdad con Dios sino que se vació de sí mismo tomando la condición de esclavo y haciéndose obediente en todo como un hombre.” (Filipenses 2:6-7)

Ese vacío de sí mismo, esa kenosis (1), la encontramos en el misterio de la candelaria, y nos lleva a concebir que la omnipotencia de Dios es igual a su kenosis: en Dios hay un vacío infinito que él hace de sí mismo, un don infinito de sí mismo, un despojamiento total que es justamente el precio de su omnipotencia.

La creación, un brote de amor

Es porque en Dios todo es vacío que Cristo no tiene nada, no posee nada, es la pobreza absoluta e infinita, y es igualmente la omnipotencia.

Es porque todo es vacío en él, porque no tiene nada, porque no posee nada, porque es la pobreza absoluta e infinita que es igualmente la omnipotencia.

La creación no brota de una palabra mágica sino de un amor eterna e infinitamente inmolado. Es todo el misterio de la Trinidad en sus relaciones interiores de amor en que nada es poseído, en que la divinidad aparece como puro despojamiento: secreto de la potencia que brota del don infinito de sí mismo, brote de amor totalmente despojado y que puede suscitar la vida porque no hay nada en él que no esté dado.

Acercando la kenosis, ese despojamiento infinito, y la omnipotencia, vemos que son dos términos idénticos uno de los cuales aclara el otro. Dios paga el precio de la creación con el don de sí mismo.

Acercando la kenosis, ese despojamiento infinito, y la omnipotencia, vemos que son dos términos idénticos uno de los cuales aclara el otro. Dios paga el precio de la creación con el don de sí mismo.

Pobreza, omnipotencia y amor

La imagen de la candelaria, imagen de cirios y de la espada prometida a la Virgen, nos hace meditar y acercar la omnipotencia y la kenosis: la pobreza, la omnipotencia y el amor son la misma cosa.

Y ese don absoluto en que todo se consume puede darnos una comprensión interior y espiritual de un poder que nada limita, una comprensión del orden del amor que es el orden divino, porque en Dios no hay fronteras. La imagen de la candelaria, imagen de cirios y de la espada prometida a la Virgen, nos hace meditar y acercar la omnipotencia y la kenosis: la pobreza, la omnipotencia y el amor son la misma cosa.

Para que la humanidad emerja de la animalidad

Conservemos este pensamiento de la kenosis, de la evacuación, del despojamiento de sí mismo, para leer el tercer capítulo del génesis que cuenta la tentación original. Hoy sabemos que si las conferencias internacionales acostumbran fracasar es porque la especie humana no existe. El crédito que los delegados tienen viene de las armas que los apoyan: su voz tiene autoridad que mide el crédito de sus palabras porque hay armas detrás de ellos.

El hombre no existe como especie humana; la humanidad es aún una especie animal. Para que la especie sea humana y deje de ser animal se necesitaría la conciencia de un valor común que sea el primer movimiento de todo pensamiento humano.

Pero no es así: para los hombres, la conciencia de un valor común es una floración muy pasajera. Para la mayoría de los delegados internacionales, se trata de intereses que deben defender. Nadie habla en nombre de la humanidad sino que un grupo defiende determinismos colectivos contra otros determinismos.

Situación paradójica y terrible de hoy que hace preguntar: “¿Cree usted en la guerra?” Como si se tratara de un temblor de tierra inevitable. La guerra va a estallar, no se sabe cómo, y dos mil cuatrocientos millones de hombres esperan pasivamente que cuatro o cinco hombres decidan en su lugar como si eso no les importara, como si la guerra fuera una fatalidad cósmica. Porque no hay especie humana, porque nadie se encarga de la especie humana.

El primer pensamiento llamado a llevar toda la historia humana

Todo el poder del ser está en el don de sí mismo, en la kenosis, es decir en el amor. Solo por el amor, por el amor, tenemos influencia en las criaturas.

Es que una unanimidad que una toda la humanidad en una sola voluntad solo podría establecerse por una kenosis, un despojamiento de amor igual al del gesto creador. El gesto creador solo podrá suscitar una vida abierta, libre y que supera sus límites si esa vida se despoja como Dios. Todo el poder del ser está en el don de sí mismo, en la kenosis, es decir en el amor. Solo por el amor, por el amor, tenemos influencia sobre las criaturas.

Y quizás la tentación original es la proposición hecha al primer pensamiento para que asumiera toda la historia como historia única. Si la humanidad no es un caos, una sucesión sin rima ni razón, absurda y bárbara, la podemos concebir como un ser único, como hacía Pascal: su comienzo está unido a su fin.

En esa hipótesis, el primer pensamiento habría estado llamado a llevar toda la historia humana como una historia única, a llevarla en su amor, a abrazarla en su pensamiento, a pagar el precio de esa asunción.

El primer pensamiento, el primer Adán, habría estado ya encargado del cuerpo místico de la humanidad reunida ya toda en el primer amor, el de Dios y el del hombre.

Dicho de otra manera, el primer pensamiento, el primer Adán, habría estado encargado del cuerpo místico de la humanidad reunida ya toda en el primer amor, el de Dios y el del hombre.

Y eso no lo podía hacer Dios solo porque la creación es una historia de dos, un diálogo de Dios con la criatura, como su novia, invitándola a un matrimonio de amor.

Y si esa fuera la vocación del primer pensamiento, llevar el cuerpo místico, reunirlo en una sola mirada y en un solo amor, el gesto creador habría fracasado en la medida en que no hubiera habido la respuesta de amor indispensable para su realización.

Pascal lo decía: la agonía de Jesús dura desde su comienzo hasta su final, cubre toda la historia, en la medida en que por falta de amor el gesto creador no se termina.

Toda la historia humana considerada como la pasión de Dios

Visión grandiosa la de toda la historia humana considerada como la pasión de Dios bajo el signo de la cruz: es antes, después, al medio, en todas partes, porque Dios es herido en la medida en que su amor queda sin respuesta y es ineficaz.

La tentación original, Dios que es sometido a prueba, se ofrece y se propone, se expone a la elección del hombre, como el Cristo del Juicio Final de Notre Dame de París, que se expone al juicio del hombre y acepta morir.

Cuando uno da catecismo a niños pequeños, es infinitamente más verdad, más pedagógico, presentarles la tentación original como la tentación de Dios.

Es Dios que es sometido a prueba, se ofrece y se propone, se expone a la decisión del hombre, como el Cristo del Juicio Final de Notre Dame de París, que se expone al juicio del hombre y acepta morir.

Notre-Dame-portal juicio final
Leyenda: sobre el portal de Notre-Dame de París, en el centro del tímpano del juicio final, Cristo acoge la humanidad presentando las llagas de la Pasión. Los dos ángeles que lo rodean llevan respetuosamente los instrumentos del suplicio: a la izquierda; la lanza y los clavos de la cruz, a la derecha, la cruz misma. A la izquierda, Maía y a la derecha Juan el evangelista, oran de rodillas. (Wikimedia Commons.)

Se debe mostrar a los niños que la pasión de Dios comprende toda la historia, que Dios es crucificado en toda alma que lo rechaza y que eso es el infierno, la crucifixión de Dios en las almas que lo rechazan. Hablarles así es orientarlos hacia una generosidad que podrá superar las crisis difíciles.

Solo existe un medio de superarse y es tener a alguien a quien darse. El hombre sabrá que lo solicita una generosidad sin defensa que lo necesita para realizarse.

Cristo, nuevo Adán, asumió el cuerpo místico a través de un esfuerzo infinita­mente doloroso porque lleva el peso de un desorden: las cosas ya no están intactas, se ha establecido un desorden.

Consagrarse al misterio de la unidad humana

La kenosis, el despojamiento de sí mismo, que es la fuente de la omnipotencia y de la creación, es la condición de toda socie­dad humana. Porque solo podemos realizar nuestra existencia por un despojamiento semejante al de Dios.

Queda que la especie humana no existe todavía. Tenemos que crearla. El hombre tomado en su conjunto es todavía una especie animal porque les falta a todos el sentido del todo, la primacía del cuerpo místico que debería consagrar a cada uno al misterio de la unidad humana, para realizar en el hombre el reino de Dios, el reino del Amor.

La kenosis, el despojamiento de sí mismo simbolizado por los cirios de la candelaria, que es la fuente de la omnipotencia y de la creación, es la condición de toda sociedad humana. Porque solo podemos realizar nuestra existencia por un despojamiento semejante al de Dios.

Ese misterio tiene una irradiación ilimitada y nos abre perspectivas de una riqueza mucho más grande que la letra de las palabras mágicas del relato sagrado que no dice cómo en realidad la omnipotencia es el espacio de un amor que paga su precio con el don de sí mismo.

Las cuestiones y el sufrimiento puestos en la experiencia

Un ejemplo más sencillo y más cerca de la vida cotidiana nos aclarará en el mismo sentido. El de una joven cristiana admirable con un sufrimiento inmenso que ella soporta con valor: acaba de perder a su mamá que era todo para ella, con la cual vivía en gran intimidad y que era el equilibrio de su vida.

Esta mujer solitaria está en una angustia infinita, privada de esa presencia indispensable, y se interroga sobre la muerte. ¿Qué es la Muerte? ¿Dónde están los muertos? ¿Por qué medios comunicar con ellos, y ellos con nosotros? ¿Qué puede hacer por ellos nuestro amor?

Todo verdadero problema somos nosotros como cuestión. Nosotros somos el problema y seremos la respuesta cuando hayamos supera­do la etapa, cuando haya luz dentro de nosotros.

Ella me hace todas esas preguntas con palabras de gracia, de predestinación… Yo le respondo tratando de llevar toda la cuestión a una experiencia, pues todo verdadero problema somos nosotros en estado de cuestión. Nosotros somos el problema y seremos la respuesta cuando hayamos superado la etapa, cuando haya luz dentro de nosotros.

“¿Con qué ama usted?” Pregunta a la que respondería muy bien una niña de tres años: “Con mi corazón” – “¿Dónde está el corazón con que ama?” – “Es todo mi ser.”

Y justamente en su amor con su mamá está comprometido todo su ser y todo el ser de ella. ¿Dónde lo siente? – Cada vez que usted se despega de sí misma, cuando no está en los límites de sus determinismos, cuando se siente en verdad libre de sí misma.

Hubo momentos maravillosos en que usted sintió de verdad su alma en la de ella y la de ella en la suya, y ustedes no sentían necesidad de decírselo sino que lo vivían y comunicaban más que a sí mismas y su amor era ya una vida eterna pues solo nos encontramos unos con otros en la vida eterna.

Mientras no estemos en unión con Dios nos es imposible encontrarnos. Los determinismos, los instintos, los días y las noches, el cansancio, todo eso pesa sobre el ser y arriesga encerrarnos.

No podemos alcanzar de verdad la intimidad única de alguien sino habiéndonos superado por la kenosis, el despojamiento, la transparencia, hasta que dos almas estén la una en la otra comunicando en Dios.

El amor de aquí abajo es ya la vida eterna, y no hay amor que va hasta el final, que alcanza la unicidad del ser y establece la comunicación absoluta sino la vida eterna.

El corazón con que ama y tocaba el corazón de su mamá las ponía en comunicación en unión con Dios. El amor de aquí abajo es ya la vida eterna y no hay amor que va hasta el final, que alcanza la unicidad del ser y establece la comunicación absoluta sino la vida eterna.

La única palabra que se puede intercambiar es Dios mismo, el cual es el lazo, el intercambio, la presencia, que hace que los seres se encuentren interiores los unos a los otros.

Y por eso esos momentos son momentos que duran y son como un ser inagotable. Ninguna fórmula, ninguna palabra habría podido expresar esa identificación. La única palabra que podamos intercambiar es Dios mismo el cual es el lazo, el intercambio, la presencia que hace que los seres se encuentren interiores los unos a los otros.

Nada ha cambiado: la muerte que es un accidente periférico, un accidente biológico, deja intacta la realidad, queda la vida eterna en que ustedes se han encontrado, que es la respiración de su amor en el intercambio de Dios.

Nada ha cambiado: la muerte… deja intacta la realidad, queda la vida eterna en que ustedes se han encontrado… El cielo está en ustedes porque ahí está Dios y ahí es donde usted encuentra a su mamá, exactamente como la encontraba en su vida física, usted la encuentra en Dios.

Eso es el cielo, el cielo está en usted porque ahí está Dios y ahí es donde usted encuentra a su mamá, exactamente como la encontraba en su vida física, usted la encuentra en Dios. Y es la misma conversación, el mismo silencio, el mismo intercambio, el mismo secreto inagotable, el mismo crecimiento sin fin porque no hay fin para el secreto de amor que es el intercambio de Dios, la vida eterna.

Estará con su mamá, dentro de usted, en Dios; con ella progresará y ella con usted; su purificación está dentro de usted, su amor la enriquece, el de ella la ilumina a usted y todo eso se une en la primera y más profunda experiencia, el amor mismo que vivieron, que es toda su fuerza y toda su alegría.

La Revelación es el fermento de un pensamiento libre

La Revelación es el fermento de un pensamiento libre, de un pensamiento sin fronteras, centrado en la luz de la intimidad divina. Pensamiento de un ser libre, que ha evacuado sus límites por la kenosis y se ha hecho impulso de amor.

Ahí está, fuera de todo sistema, de libros y nociones usuales, una especie de itinerario en que esa alma luminosa pudo encontrarse en seguida porque ya estaba maravillosamente orientada en esa dirección sin utilizar palabras gastadas pero siguiendo el impulso de su corazón y la experiencia de su amor se hundía con su mamá en la vida eterna.

Entonces, de todos modos, la revelación es el fermento de un pensamiento libre, de un pensamiento sin fronteras, de un pensamiento centrado en la luz de la intimidad divina. Se trata siempre y en todo lugar de encontrar la luz de la intimidad divina.

Y cada texto, cada acto litúrgico es una especie de sacramento que se abre hacia el corazón de Dios. La revelación es el fermento de un pensamiento libre centrado en la luz de la intimidad divina. Pensamiento de un ser libre que ha evacuado sus límites por la kenosis y que se ha hecho impulso de amor.

Y el dogma que ha espantado tanto con solo nombrarlo, no es sino la revelación precisada de modo que ponga en relieve su carácter de acceso a la intimidad divina, para liberar el camino que conduce a la luz; el lenguaje hace obstáculo, hay que liberarlo para abrirlo y que deje de ser obstáculo.

La evolución del pensamiento científico

Por otra parte, podemos considerar las definiciones dogmáticas que precisan la revelación del proceso del pensamiento científico que precisa las teorías físicas.

Hay una distancia considerable entre la física de Newton del siglo 17 y la física de hoy. La teoría corpuscular de la luz de Newton fue eclipsada por la teoría ondulatoria y ese carácter fue extendido a toda la materia. La teoría de la gravitación universal hizo célebre a Newton y se concibe como un fenómeno de atracción, es remplazada con Einstein por la noción de curvatura espacial, propiedad geométrica del universo que implica la gravitación que ya no es un fenómeno de atracción como decía Newton.

Igualmente, si miramos más cerca de nosotros, entre 1900 y 1946, vemos a los más grandes físicos hacer el inventario progresivo del átomo por una serie de correcciones que sigue naturalmente no terminada; los más grandes nombres de la física han concurrido a ello con correcciones sucesivas que jamás habrán terminado. Pero no por eso se deja de celebrar a Newton como uno de los más grandes genios que hayan existido.

¿Qué quiere decir eso?

Cada época utiliza una escala para expresar el acorde entre el pensamiento y el universo

Que las teorías científicas representan la respuesta que satisface a una interrogación posible del universo. Pero el lenguaje es perfectible y por ende imperfecto: todo lo que puede recibir aumento y corrección es en cierto modo imperfecto. Es verdad para los cálculos y también para los instrumentos. Eso no impide la alegría del sabio que descubre un universo pensable, como un piano bien acordado, aunque su lenguaje pueda ser corregido al infinito.

El sabio puede entrar en contacto y conversación con el universo pensable, melodioso y armonioso. Cada época lo aborda con una escala diferente, como la escala atónica de los músicos. Cada época utiliza otra escala para expresar el acorde. Lo esencial para el sabio es sentir el acorde entre el pensamiento y el universo.

Todas las fórmulas están imantadas por el deseo de una correspondencia que haga posible el diálogo entre el pensamiento y el universo.

Si las fórmulas se vuelven discordantes hay que modificar la escala hasta la resolución de la disonancia; la corrección da la correspondencia entre el universo y el pensamiento. Es decir que todo el esfuerzo de la ciencia pura tiende continuamente a suavizar las fórmulas en un diálogo pensamiento-universo que desborda las fórmulas, las aclara, las corrige cuando se interponen ante el intercambio que deben establecer. Todas las fórmulas están imantadas por el deseo de una correspondencia que haga posible el diálogo entre el pensamiento y el universo.

Las fórmulas que se interponen hay que traducirlas

Vale lo mismo para la fe: la revelación está atada a las fórmulas que la expresan en una época determinada solo en la medida en que las fórmulas dan acceso a la intimidad divina que es el corazón sin límites del Dios-Amor.

Si las fórmulas se interponen hay que traducirlas en un lenguaje más transparente, como acabo de hacerlo a partir de la kenosis para abordar la omnipotencia. Todo el desarrollo dogmático consiste en ese esfuerzo de apertura y liberación.

Es necesario buscar sin cesar un pensamiento libre, que solo es posible a un ser liberado. Y un ser liberado solo es tal por la evacuación de sus límites, por la  kenosis, por la pobreza de sí mismo, que es lo mismo que el amor.

Un pensamiento libre es la primera exigencia de la fe, un pensamiento libre, libre sin fronteras, como el corazón de Dios. Pero para comprender el sentido de esta repetición incesante de la fórmula por la fe en los dogmas, es necesario buscar sin cesar un pensamiento libre, el cual solo es posible a un ser liberado. Y justamente, un ser liberado solo es tal por la evacuación de sus límites, por la kenosis, por la pobreza de sí mismo que es lo mismo que el amor.

Y volvemos a lo que se debía enunciar: que la libertad del cristiano está al horizonte de todo el pensamiento cristiano, se identifica con él.

Porque no hay enseñanza propiamente hablando, sino siempre la intimidad con Dios que se hace presente a nuestra intimidad a través de las palabras que deben recuperar sin cesar su transparencia para que nos hundamos en esa intimidad y que nuestra vida sea simplemente la comunicación de todo nuestro ser con Dios.

Por eso nos sentimos perfectamente cómodos ante un texto como el de san Juan Crisóstomo que citábamos o ante cualquier texto bíblico o evangélico. Porque sean cuales fueren sus límites, tenemos el deber de hacerlos saltar.

Entramos en contacto con el corazón de Dios en la medida en que nos hemos vaciado y hemos entrado en el diálogo de amor que es la luz misma del conocimiento y el espacio de la libertad.


(1) La palabra kenosis tiene su origen en el término utilizado por Pablo en el pasaje de la epístola a los filipenses (2:6-7). Jesucristo se despojó, se vació de sí mismo. Los desarrollos teológicos de esos versículos indican el abajamiento de Dios que se despoja de su omnipotencia. Ver el interesante artículo de Wikipedia.

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