Homilía de Mauricio Zúndel en el Cairo en enero de 1971. Publicada en Tu palabra como fuente (*). Se añadieron los títulos.

Resumen: las Bienaventuranzas son la munificencia conferida a la pobreza, al abandono, a la persecución. Es la grandeza de Dios revelada que es amor. Las Bienaventuranzas dan testimonio de la grandeza del hombre, que es prisionero de sus límites, de su mirada sobre el mundo. La grandeza del hombre está en su existencia, no en su situación. La humildad es la mirada que se aleja de uno mismo y se orienta hacia los demás.

1a lectura, Sofonías 2:3; 3:12-13. Buscad al Señor, vosotros todos, humildes de la tierra que habéis puesto en práctica sus preceptos. Buscad la justicia, buscad la humildad; quizás podáis quedar seguros el día de la ira del Señor. Israel, yo dejaré en ti un pueblo humilde y pobre que esperará en el nombre del Señor.

2a lectura, 1 Cor. 1:26-31 Dios eligió lo que el mundo tiene por necio para humillar a los sabios, lo débil para humillar a los fuertes, lo que es nada para humillar a los que son algo: para que nadie presuma delante de Dios.

Un Dios que se inclina hacia los que se abajan

Hay una distancia enorme entre la humillación y la humildad. En cierto modo, se puede decir que los textos que acabamos de escuchar, de Sofonías y de san Pablo por una parte y del evangelio de Jesús por otra, corresponden muy bien a esa distinción fundamental entre la humillación y la humildad.

En efecto, los textos de Sofonías y de San Pablo nos muestran que solo tenemos esperanza en la humillación. Dios mira ese pueblo frágil que fue probado tan rudamente y en ese pueblo hay un resto, un resto que va a sobrevivir y son justamente los pobres, que jamás han pretendido nada y que han estado a menudo en estado de total humillación. Se abajaron delante de Dios, y Dios los miró con misericordia.

Igualmente, San Pablo dice a los corintios (1 Cor. 1:26) que en el fondo no son sino gente de humilde condición, entre ellos no hay grandes intelectuales, ni arte sino solo gente ordinaria, que no tiene medios de existencia, que no tienen por tanto motivos de enorgullecerse sino al contrario, que solo tienen que reconoce su pobreza delante de Dios pues precisamente en la humillación encontrarán la respuesta de Dios, una respuesta siempre de misericordia: Dios se inclina hacia los que se abajan y reprueba a los orgullosos.

No es cuestión de humillación sino de humildad. No se trata de hacerse pequeño delante de Dios sino de una grandeza extrema, que es la grandeza misma de Dios.

Exagero un poco para llegar a descubrir en el evangelio de hoy algo apasionante y positivo: no es cuestión de humillación sino de humildad. No se trata de hacerse pequeño delante de Dios sino de una grandeza extrema que es la grandeza misma de Dios.

Evangelio de las Bienaventuranzas

Cuando tenía unos quince años escuché por primera vez leer las bienaventuranzas po la voz amistosa de un camarada que ponía todo el corazón en esa lectura porque las bienaventuranzas habían sido para él un descubrimiento sensacional, y cuando las escuché por primera vez con tal acento sentí el efecto de una revelación increíble, ¡era lo contrario de todo lo que se decía! ¡Era lo contrario de todo lo que se podía esperar! Era la munificencia conferida a la pobreza, al denuedo, al hambre, al abandono, a la persecución. Era la grandeza de Dios revelada en medio de la angustia humana.

Las Bienaventuranzas nos revelan la grandeza del hombre, la grandeza a la cual aspiramos y que con tanta rareza y dificultad alcanzamos.

Y esto tenía una consecuencia infinita, precisamente porque las bienaventuranzas tenían un sentido totalmente positivo pues cada una comienza por la palabra mágica “¡Bienaventurado!” “¡Bienaventurado!” “¡Bienaventurado!” Las bienaventuranzas revelan la grandeza del hombre, la grandeza a la que tanto aspiramos y que con tanta rareza y dificultad alcanzamos.

La grandeza de la vida

¡Vivir esta vida es orientarse hacia una esperanza, esperar que tenga sentido, estar seguro de que tiene sentido, de que llegará a algo, de que existe una riqueza positiva, una grandeza inconmensurable!

Es normal que deseemos ser grande ya que hemos de vivir nuestra vida que es difícil, llena de imprevistos, llena de acechos, de sufrimiento, junto con grandes alegrías también, pero vivir esta vida es evidentemente orientarse con una esperan, estar seguro der que, si aceptamos vivirla, tiene sentido, llegará a algo y tiene un precio enorme. ¡Hay pues una riqueza positiva, una grandeza inconmensurable!

El que no cree en la grandeza de la vida no puede vivirla. Pero somos llevados a identificar con nosotros mismos esa grandeza porque se trata de nuestra vida y que vemos todo a través de ella. Nuestro mundo es el que vemos con nuestros ojos. Esto parece una verdad de Pero Grullo y a menudo nuestras miradas son diferentes, propias de cada uno, lo cual quiere decir que cada uno en el universo descubre su propio mundo. Y solo puede verlo con sus ojos y, a menos que cambie de mirada, siempre lo verá bajo su propia perspectiva.

Límites del apetito de grandeza

Todo lo vemos a través de esta vida… El mundo se confunde con nuestra mirada… Estaremos prisioneros de nuestros límites, prisioneros de nuestra mirada… ¡Todo eso se va a oponer radicalmente al apetito de grandeza que tenemos!

Él es finalmente su mundo, su mundo se confunde con él mismo. El mundo se confunde con su mirada, el mundo se confunde con sus objetivos, con sus pasiones, con sus prejuicios, con sus límites, en fin, con todo lo que es él. Entonces es a través de ese mundo que es él como buscará la grandeza que le es indispensable para cumplir su carrera hasta el final.

Pero entonces, ahí va a quedar, ¡vamos a quedar prisioneros de nuestros límites, prisioneros de nuestra mirada, de nuestros prejuicios, de nuestras opciones pasionales! Y la grandeza que pretendemos realizar estará al contrario constantemente obliterada, comprimida, cubierta de nuestros límites, límites del yo prefabricado, de nuestro yo posesivo, límites de las opciones pasionales, todo lo cual se opone radicalmente al apetito de grandeza que tenemos.

Una grandeza de existencia

La grandeza de Dios, es que Él es vacío de sí mismo. Jesús nos llama a esa grandeza que es toda interior, que no pueden quitarnos, que coincide con nuestra existencia y no con nuestra situación.

Por eso Jesús se opone a nuestras opciones pasionales y engrandece, glorifica todas las situaciones que nos parecen poner en peligro nuestra grandeza, todas las situaciones que están en contradicción con nuestras aspiraciones a la felicidad. “Bienaventurados los pobres en espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos, bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados, bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra…”

Pero si Jesús alaba, glorifica esas situaciones límites en que parecemos precisamente estar privados de todos los bienes a que aspiramos, es que en efecto Jesús es la bienaventuranza de Dios a la cual estamos llamados y en la que podemos participar desde ahora mismo. Es la bienaventuranza interior, una grandeza de existencia y no una grandeza de situación.

¡La grandeza de Dios es que él es todo amor! ¡La grandeza de Dios es que él no tiene nada! La grandeza de de Dios es que todo lo da. ¡La grandeza de Dios es que se vacía eternamente de sí mismo! ¡La grandeza de Dios es que él es vacío de sí mismo! Y justamente, a esa grandeza nos invita Jesús, una grandeza que es toda interior, una grandeza que no pueden quitarnos, que coincide con nuestra existencia y no con nuestra situación, que está en lo que somos y no en lo que hacemos.

La grandeza de Dios es grandeza de amor

La grandeza que da a todas nuestras acciones su verdadera grandeza es la grandeza de Dios que es grandeza de amor.

Eso es enorme y tiene consecuencias infinitas: todas las competiciones entre los hombres, todos los conflictos que les oponen unos a otros en una búsqueda idéntica además de grandeza de gloria y felicidad, todas esas búsquedas, en vez de convergir centradas justamente en un mismo punto, se entrecruzan al contrario, se contradicen, se contrarían y acaban en muros de separación, en conflictos sangrientos, en revoluciones, en todas las guerras en que el hombre asesina al hombre para resolver sus problemas.

Jesús vino a traernos la verdad sobre la verdadera grandeza revelándonos la grandeza de Dios; la grandeza que da su verdadera dimensión a todas nuestras acciones es la grandeza de Dios que es grandeza de amor, una grandeza que es absolutamente compatible con la humildad, o mejor, que es lo mismo que la humildad.

Invitación, no a la humillación sino a la humildad

La mirada que se aleja de sí mismo y se dirige a los demás, eso es la humildad.

Como se trata de vaciarse de sí mismo, como se trata de darlo todo, como se trata de entrar en matrimonio de amor que Dios quiere contraer con nosotros, naturalmente la mirada se aleja de sí mismo y se dirige hacia los demás. Y eso es la humildad.

La humildad es existir en la mirada de los demás, existir comunicando con los demás, existir en la relación en que Yo es otro. Entonces, naturalmente, esa grandeza de amor se confunde con la humildad la cual no tiene nada que ver con una manera de aplanarse ante Dios, “hacerse pequeño para que no nos note, hacerse pequeño para que se vierta sobre nosotros su misericordia…” La perspectiva de las bienaventuranzas consiste en que alcanzar la grandeza es hacerse como Dios, ser perfecto como nuestro Padre celestial y por tanto, tender hacia una libertad interior cada vez más grande, entrar en un espacio ilimitado en que se respira la Presencia de Dios.

[parte inaudible] Pero estamos tan atascados en el yo posesivo, nos identificamos tanto con el yo prefabricado, estamos tan encerrados en el universo definido y percibido por nuestra mirada, que volvemos sin cesar a esa prisión para encerrarnos en ella como en el bien más inviolable.

Y sin embargo, las bienaventuranzas nos dan como perspectiva una suerte increíble ya que nos orientan hacia la verdadera grandeza. “¿Por qué desear ser algo cuando podemos ser alguien?”, como decía Flaubert. Pero precisamente cuando nos volvemos hacia nosotros mismos, cuando nos encerramos en nosotros y defendemos como intangibles nuestras posiciones, devenimos algo pues defendemos lo que no hemos creado, lo que no hemos escogido, adhiriendo y suscribiendo apasionadamente al yo que justamente nos impide llegar a nuestra verdadera grandeza.

Escuchar las bienaventuranzas como una invitación a la humillación sino a la humildad, es decir mucho más profundamente al amor, como llamado a la libertad que está al centro del amor.

Es pues necesario que escuchemos las bienaventuranzas con acentos totalmente cósmicos como invitación no a la humillación sino a la humildad, es decir mucho más profundamente al amor, como invitación a la liberación, única realización auténtica de la libertad.

Encontrar al Señor bajo su vestido de pobreza

Eso es pues lo que vamos a hacer durante esta Eucaristía. Vamos a encontrar al Señor precisamente bajo su vestido de pobreza, pues qué más pobre que perpetuar su Presencia bajo las especies de pan y vino. Imposible ser más discreto, más silencioso, más secreto, más oculto y al mismo tiempo más disponible.

En el silencio en que entramos, en el silencio de la Eucaristía, si en él vemos toda la Presencia de Dios [pasaje inaudible] que es el verdadero sol como dice admirablemente la liturgia, seremos naturalmente iniciados en la verdadera grandeza que es la de Dios en nosotros y de nosotros en Dios. Es lo que le vamos a pedir al Señor unos por otros, recordando que la primera bienaventuranza es la bienaventuranza de Dios, “bienaventurados los pobres en espíritu”, el Dios que no tiene nada pues él es Dios solo porque lo da todo, porque se da, porque su vida es eternamente una perfecta comunión de amor.

TRCUS (*) Libro « Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. »

 Editorial Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 págs

 ISBN : 2-89129-082-8

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