Conferencia de M. Zúndel a las oblatas benedictinas de La Rochette, en septiembre de l963. Publicada en Emerveillement et pauvreté : retraite à des oblates bénédictines. Ya publicada en nuestro sitio del 25 de febrero al 8 de marzo de 2009. Se añadieron los títulos y se hicieron algunas modificaciones.

Resumen: la formulación corriente de la divinidad de Jesucristo da lugar a malentendidos casi insuperables. La encarnación consiste en que Dios unió la criatura consigo mismo de manera nueva; la encarnación no cambia nada en Dios. Lo que se opone al Reino de Dios en nuestra vida es que nosotros estamos aferrados al yo propietario. La humanidad de Jesús responde inmediatamente a la atracción de Dios. El misterio de Jesús no es accesible sino a quien está en estado de pobreza. El bien es Alguien a amar, Jesús recentra nuestra vida en el Corazón de Dios. La vida cristiana no puede ser sino generosidad inmensa.

La divinidad de Jesucristo

Acordar el misterio de Jesús con el monoteísmo solitario

Nada es más difícil que hablar del misterio de Cristo, porque ningún tema ha sido más maltratado por los cristianos. Para ello hay varias razones, la primera de las cuales es que el misterio de Jesús podía difícilmente ser planteado en la perspectiva del monoteísmo unitario que era el del Antiguo Testamento. Como el monoteísmo unitario era la base de la fe de Israel, era casi inevitable que la presentación de Jesús pareciera añadir al Dios único y unitario, único y solitario del Antiguo Testamento como una especie de nuevo Dios, algo inferior al primero, sometido al primero, obediente al primero, enviado por el primero, sacrificado por el primero, y ofrecido en inmolación al primero.

Eso es lo que encontramos además en el Nuevo Testamento escrito por convertidos del judaísmo que fueron educados en el monoteísmo unitario y que tuvieron todas las dificultades del mundo para poner el misterio de Jesús en armonía con ese monoteísmo solitario. Por eso encontramos con tanta frecuencia en el Nuevo Testamento cierto acento de subordinación del Hijo al Padre, que no es evidentemente intencional en los autores sagrados y que desaparece en la formulación del dogma tal como la realizaron los grandes concilios, el "consustancial" de Nicea vuelve a poner todo en su lugar, evita el subordinacionismo, como las definiciones de Calcedonia distinguen de manera inconfundible en Jesús la naturaleza humana y la divina.

Dificultad extrema para expresar la Trinidad

Es cierto que era extremadamente difícil para los apóstoles, no de vivir el misterio de Jesús, lo vivían ciertamente mucho más plenamente que nosotros, sino expresarlo porque las categorías mentales tradicionales no contenían la Trinidad.

La revelación de la Trinidad la recibieron ellos de Jesús y entraron en ella ciertamente con todo el fervor de su fe, con toda la luz que recibieron en Pentecostés, con todo el ardor para testimoniar hasta el martirio. Pero de todas las hesitaciones del pensamiento para precisar el misterio de Jesús queda una especie de equívoco que flota hasta el día de hoy en la expresión del misterio. Podemos decir que muchos cristianos son materialmente heréticos porque no conciben el misterio de Jesús en su verdadera luz o, por lo menos, lo expresan en fórmulas llenas de equívocos.

Por otra parte, hay que decir que el Señor mismo, por hablar a hombres de los que necesitaba hacerse escuchar si no comprender, no podía precipitar la revelación de la Trinidad y dejó siempre en cierta ambigüedad la noción de Hijo de Dios, que debe ser percibida en el Nuevo Testamento a través de varias etapas.

El Mesías y el Hijo de Dios

Si abren el Evangelio de San Juan, ven inmediatamente en el primer capítulo que Natanael saluda a Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. Si comparamos esta pedagogía con la de los Sinópticos (es decir Marcos, Lucas y Mateo), si observamos la importancia que los sinópticos dan a la Confesión de Cesarea, si la Confesión de Cesarea parece algo único a los ojos de los apóstoles, como una revelación sensacional que solicita de parte de Jesús la investidura de Pedro: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", es plenamente evidente que Natanael no pudo reconocer en Jesús al Mesías e Hijo de Dios desde el primer momento en el sentido de la Confesión de Cesarea.

La expresión "Hijo de Dios" es ambigua porque en la tradición judía designa una función. Del rey podían decir que era mesías e hijo de Dios. Del pueblo de Israel se podía decir que era mesías e hijo de Dios. De los Jueces se podía decir que eran Elohim, dioses, como lo vemos en el salmo 81. La expresión "hijo de Dios" no tiene en absoluto necesariamente, ni en la mente de los auditores, ni bajo la pluma de los autores sagrados, el sentido que le damos nosotros a partir de la fe de las confesiones conciliares, y cuando Jesús se deja llamar Hijo de Dios – más que darse ese nombre, porque el título que Él se da es más bien el de "el hijo del hombre" –, si Jesús acepta ese título, es dejando que en la mente de sus auditores se vuelva un problema que sólo tomará todo su significado, su solución definitiva, a la luz de Pentecostés.

Por eso los escritos del Nuevo Testamento, tomados en sí mismos, no serían suficientes para introducirnos en el misterio de Jesús si la tradición eclesial, expresada por los grandes concilios no afirmara la consustancialidad, es decir la igualdad perfecta de las tres Personas divinas, la imposibilidad radical de someter la una a la otra y de atribuir a una de ellas una operación distinta de las de las demás.

El misterio de Jesús, en su ambigüedad, se convirtió en presa de los exegetas e historiadores que han tentado de demostrar la divinidad de Jesucristo por medio de los documentos del Nuevo Testamento, apoyándose sobre las afirmaciones de Jesús o sobre los milagros realizados por Él, en testimonio de la verdad de Su Palabra. Nada es más arriesgado, nada más ambiguo, repito, a menos que definamos rigurosamente primero de qué Dios estamos hablando.

Cuestionamiento modernista de todo lo sobrenatural

Ustedes recuerdan cómo, por lo menos desde fines del siglo 18, para no ir más lejos, el racionalismo, especialmente en Alemania, trató de vaciar el Nuevo Testamento, y la Biblia en general, de todo contenido sobrenatural para llegar a la exégesis de fines del siglo 19, con Harnack o Augusto Sabatier (1), a ver en Jesús simplemente un gran hombre de Dios, un gran inspirado que nos inicia a la paternidad de Dios que lo cubre a Él como a todos los hombres, pero rehusándole necesariamente una situación sobrenatural.

Si los exegetas, que querían ser cristianos y estaban inclusive dedicados a un ministerio pastoral llegaron a eso, uno se imagina lo que podían pensar los racionalistas puros que se presentaban como no creyentes. A sus ojos la historia de Jesús es una mitología que debe explicarse, como todas las mitologías, ya por las tradiciones difusas en el género humano, ya por los fundamentos de la psicología, que no cesan de inventar mitos y de crearse ídolos.

Para entrar en el misterio de Jesús primero hay que recordar que Dios está dentro de nosotros

¿Cómo aceptar que un hombre semejante a los demás es Dios?

Es muy evidente que la formulación común de la divinidad de Jesucristo da lugar a malentendidos casi insuperables.

¿Cómo imaginar que Dios haya caminado en la tierra, que Dios se haya realmente disfrazado de obrero en Nazaret y que, al mirarlo y mostrarlo se hubiera podido decir de tal hombre: es el creador del mundo? Ahí hay algo tan enorme, que supera tanto el sentido común, que la mayoría de los historiadores rehúsan absolutamente dejarse convencer de que se puede llegar a aceptar, por la mera historia, la enormidad de que Dios se paseó sobre la tierra y que Lo hubieran podido mostrar bajo forma humana como creador del mundo.

Podemos hacer más concreta la dificultad recordando que hay actualmente en Francia un hombre llamado George Roux que se presenta – o se presentaba hace unos años – como el Cristo de hoy, diciendo: "El Cristo de Nazaret era el Cristo de su tiempo, y yo soy el Cristo de nuestro tiempo". Parece que ahora se hace llamar Dios padre, pero da lo mismo: es un hombre que se presenta como Dios.

Naturalmente los cristianos fieles alzan los hombros viendo en todo eso una locura. Es sin embargo el mismo problema el que tenemos que afrontar: ¿Cómo admitir que un hombre que parecía totalmente semejante a los demás, sea Dios si en Nazaret jamás hizo impresión, tanto que cuando se manifiesta por primera vez en la sinagoga la gente está estupefacta, no comprende, se escandaliza observando que es simplemente el hijo del carpintero?

Es claro que el problema se plantearía de manera completamente diferente si se hubiera tenido cuidado de definir primero el Dios de que se habla. Es bien evidente que si Dios corresponde al primer motor de Aristóteles o a la esfera de Parménides, la Encarnación es absolutamente incomprensible.

Recordar que Dios está dentro de nosotros

Para entrar en el misterio de Jesús hay que recordar primero que Dios está dentro de nosotros. Lo sabemos por Jesús en su diálogo con la samaritana. Dios no habita detrás de las estrellas. Para la cosmología actual, no hay ni arriba ni abajo y es absolutamente incomprensible poner a Dios en un cielo situado en la cumbre del universo.

Los apóstoles podían tener esa visión porque en su época la cosmología imaginaba el mundo constituido de ocho esferas incluidas unas en otras y encima de las cuales se encontraba el empíreo que era la morada de la divinidad. Los apóstoles y sus contemporáneos podían pues imaginar que el cielo estaba encima y los infiernos debajo de la tierra concebida como una especie de galleta plana puesta sobre el océano. Para nosotros, hombres de nuestra época, es absolutamente imposible localizar el cielo en alguna parte.

El credo, que depende de una cosmología, nos sigue diciendo que Cristo bajó del cielo y volvió a subir allá. Ya no podemos entender estas palabras sino como parábolas o figuras.

Afortunadamente Jesús nos enseñó a descubrirlo dentro de nosotros, ya que "el cielo es el alma del justo" y que el único santuario de la divinidad es precisamente el hombre mismo. Así nos ahorramos el imaginar que Dios haya bajado del cielo, aunque el Credo, heredero de una cosmología antigua, siga diciendo que Cristo bajó del cielo y subió al cielo. No podemos entender esas palabras sino como parábolas o figuras que indican la condescendencia de Dios para con nosotros, pero evidentemente no se trata de que imaginemos que Dios haya bajado el cielo porque el cielo es Él, y debemos descubrirlo en lo más íntimo de nosotros. Dios está dentro de nosotros. Dios está siempre con nosotros. Siempre está ahí. ¡Somos nosotros los que no estamos! San Agustín nos lo enseñó: "¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde te amé! Y sin embargo, Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera. Corría tras las hermosuras que Tú hiciste y que sin Ti no existirían. Tú estabas siempre conmigo, pero yo no estaba contigo".

Dios no tiene que bajar del cielo ni que venir a nosotros puesto que está ahí ya desde siempre. Eso nos permite inmediatamente considerar que el misterio de Jesús no introduce ningún cambio en la Divinidad y es esencial subrayarlo. Además, Santo Tomás comienza por ahí el "Tratado de la Encarnación". Comienza como siempre la cuestión, planteando objeciones, y piensa: "La Encarnación no es posible porque no es eterna. Habiéndose producido en el tiempo, si es que tuvo lugar, introduciría un cambio en Dios. Pero eso es absolutamente imposible. Entonces, la Encarnación misma es imposible".

Y Santo Tomás responde: "La Encarnación no introduce ningún cambio en la inmutabilidad de Dios. La Encarnación consiste en que Dios se unió a la criatura de manera nueva, o mejor, dice él corrigiéndose muy afortunadamente, la Encarnación consiste en que Dios unió a Sí mismo una criatura de manera nueva. Entonces todo el cambio se sitúa por parte de la criatura". El cambio está pues por parte de la humanidad de Nuestro Señor y en modo alguno por el lado de la divinidad.

Diferencia entre Cristo y nosotros. La revelación de Dios debe necesariamente hacerse historia

La eterna divinidad

La encarnación no cambia nada en Dios, ni en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo. La eterna Trinidad es eternamente todo lo que es ella.

Tenemos pues que retener como punto de partida absoluto que la Encarnación no cambia nada en Dios, ni en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo. La eterna Trinidad es eternamente todo lo que es ella y la divinidad de Jesús no es otra cosa que la eterna divinidad misma. No hay otra y la eterna divinidad siempre está ahí. Está siempre dentro de nosotros como está en la Humanidad de Jesús, porque es siempre toda entera ella misma, sin ninguna división, y si está presente en toda realidad, está presente toda entera.

Es lo que afirma de manera pintoresca el místico genial que se llama Ángelo Silesio en los dísticos asombrosos que constituyen el libro admirable intitulado "El peregrino querubínico".

Este místico del siglo l7, silesiano como su nombre lo indica, médico luterano y luego católico y sacerdote, autor de ese libro inagotable, dice en un dístico que se encabeza así: "¡Todo es igual para Dios, Dios no hace diferencias, para Él todo es igual! Se comunica a la mosca tanto como a ti." Y, en un segundo dístico intitulado "Todo depende de la receptividad", dice: "Si yo pudiera recibir de Dios tanto como Cristo, él me haría llegar allá al instante mismo".

Un obstáculo a la influencia de Dios

Lo que se opone al Reino de Dios en nuestra vida es que nosotros estamos aferrados al yo propietario, atados a nuestra biología primitiva.

Lo que hace pues la diferencia entre Cristo y nosotros, si no se puede decir señalándonos con el dedo: "Es Dios", aunque seamos teóforos y llevemos a Dios tan realmente como la humanidad de Jesucristo, lo que hace por el contrario que se pueda decir de Él señalándolo: "Es Dios", es que en Él el obstáculo fue suprimido, el obstáculo que somos nosotros a la influencia de Dios sobre nosotros, y que es nuestro yo propietario.

¿Qué es lo que constituye esa distancia infranqueable entre Dios y nosotros? ¿Qué es lo que se opone a la realización perfecta del reino de Dios en nuestra vida? Es que, precisamente, nosotros estamos aferrados a nuestro yo propietario, atados a la biología primitiva y que no queremos renunciar a eso. Tomamos como yo auténtico ese yo resultado, el yo prefabricado que nos aprisiona y nos asfixia y por eso, aunque Dios esté en nosotros, ¡nosotros no estamos en Él! Aunque Dios no cese de atraernos y de esperarnos, nosotros permanecemos tan frecuentemente extranjeros para Él que, inclusive convertidos, recaemos sin cesar en el yo biológico desde que cesamos de vivir el diálogo nupcial que nos pone en posesión del yo oblativo, o mejor, que nos hace acceder al yo oblativo en el cual ya no somos sino un impulso hacia Dios con el cual comunicamos. Cuando ya no estamos en la intimidad con Dios, recaemos infaliblemente en el yo biológico y somos ineluctablemente dominados por él.

Eso es además lo que hace toda la dificultad de la revelación histórica de Dios – y no puede haber otra. La revelación de Dios debe necesariamente hacerse Historia para llegar al hombre. La dificultad de la revelación histórica es precisamente que debió pasar por hombres que no estaban totalmente curados del yo biológico. Los más grandes profetas con todo su genio, eventualmente con toda su santidad como Isaías o Jeremías, siguen de cierto modo limitados por el yo biológico.

Finalmente todos los hombres están llamados a tener su yo en Dios (2)

Un estado de pobreza absoluta

Las imágenes de Isaías son tomadas de la corte donde vive. La majestad de Dios en la visión inaugural toma todas las características de una exaltación monárquica. Jeremías, profeta de desgracias, de la derrota, sintiéndose aplastado por la desconfianza y la hostilidad de sus adversarios, no dudará en formular una oración terrible donde apela a la venganza y a aplastar, destruir, provocar la ruina de sus enemigos. Por grandes que sean, los profetas que preceden a Jesucristo están limitados por al menos un vestigio de la biología que no ha sido eliminada radicalmente.

La humanidad de nuestro Señor… es infinitamente abierta, de suerte que responde inmediatamente a la imantación, la atracción de Dios… Eso quiere decir que la humanidad de nuestro Señor está constituida en un estado de pobreza absoluta.

Toda la novedad de Jesucristo es que la humanidad que surge en el seno de María es una humanidad enteramente desapropiada de sí misma, es decir que a la humanidad de Cristo le falta – y esa falta es una riqueza inmensa – ser cerrada sobre sí misma, lo que constituye el yo biológico. La humanidad de Nuestro Señor, en vez de ser cerrada sobre sí misma para constituir uno de los individuos de la raza humana, es infinitamente abierta de suerte que responde inmediatamente a la imantación, a la atracción de Dios que se ejerce también sobre nosotros pero sin efecto mientras no estemos presentes.

Como dice San Juan en el admirable prólogo de su Evangelio: "La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la reciben; está en el mundo, el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoce; viene a los suyos y los suyos no la acogen". Eso quiere decir que la humanidad de Nuestro Señor está constituida en un estado de pobreza absoluta.

El Padre Heris lo explica de manera muy clara y rigurosa en el comentario que hace de la 2ª cuestión de la 3ª parte de la Suma Teológica (Edición de la Rue des Jeunes. App. II, p.29) cuando se pregunta, siguiendo a Sto. Tomás, si hubo entre la naturaleza humana y la naturaleza divina una realidad creada que hiciera la unión entre las dos: "Ya que es imposible concebir una realidad creada, hecha sujeto en la naturaleza humana y que sería causa formal de la unión hipostática, llegamos necesariamente a la conclusión de que la realidad creada que hace actual la unión de las dos naturalezas no es otra que la naturaleza humana misma en cuanto que, despojada de su propia subsistencia, se encuentra atraída pasiva y realmente al ser personal del Verbo".

La novedad de la encarnación

Entonces toda la novedad de la Encarnación está en que la Humanidad de Jesús es despojada de su propia subsistencia, del yo humano, del yo naturaleza que nos cierra sobre nosotros mismos y hace obstáculo a la ofrenda de nosotros y a la penetración de Dios en el alma, en la inteligencia y en todas las facultades espirituales y, con mucho mayor razón, en todas las fibras de la carne.

En el seno de María brota entonces una humanidad que no podrá decir jamás "yo", que jamás podrá apropiarse nada porque es radicalmente desapropiada de sí misma, porque no termina en sí misma, porque es infinitamente abierta a Dios, porque obedece totalmente a la imantación y a la atracción de Dios, porque está abandonada al yo del Verbo para subsistir en Él como en su verdadero yo, es decir abandonada a la personalidad del Hijo que la reviste de su eterna pobreza ya que la personalidad de Dios mismo es eterna desapropiación.

La vocación de todos nosotros

Ahí es justamente donde encontramos la unión entre la naturaleza divina y la humana, en que la naturaleza humana de Jesús es también radicalmente desapropiada de sí misma, y por eso es disponible para ser apropiada por Dios, para ser asumida a la subsistencia del Verbo, es decir para ser revestida de la desapropiación eterna, de la eterna pobreza que constituye precisamente el misterio del personalismo divino.

El misterio de Jesús es pues un misterio de pobreza, un misterio de desapropiación, un misterio de despojamiento que estamos tanto más listos a vivir cuanto que no llegamos a nosotros mismos sino en el momento en que somos liberados de nosotros. La diferencia entre Jesús y nosotros es que para nosotros la relación con la divinidad, la personalización por la divinidad con ocasión de un encuentro en que en la admiración tomamos conciencia de estar suspendidos de la presencia divina, no es jamás total y no se produce sino con raras intermitencias, pero sigue cierto que es la vocación de todos nosotros y de toda criatura inteligente, tener finalmente su yo en Dios.

Estamos imantados por la Pobreza divina y no podemos llegar a nosotros mismos sino uniéndonos a ella.

Todos estamos atraídos hacia Dios y, si la libertad tiene estructura, si la libertad no significa cualquier cosa, si es una exigencia rigurosa, es precisamente porque estamos imantados por la pobreza divina y no podemos llegar a nosotros mismos sino uniéndonos a ella. Lo que en nosotros es movimiento intermitente y esfuerzo esporádico, en Jesús es el estado inicial, desde el primer instante de su existencia en el seno de María, Su Humanidad está absoluta y radicalmente liberada de sí misma para ser inmediatamente revestida de la subsistencia del Verbo, como lo estaríamos nosotros si fuéramos capaces de llevar el mismo despojamiento, la misma desapropiación.

Misión universal de nuestro Señor

Por no ser radical nuestra desapropiación, tenemos que reconquistar el yo oblativo, despegarlo del yo biológico, bajo la imantación de la humanidad misma de Jesús.

Por ser radical la desapropiación de la humanidad de Jesús, la unión es hipostática, personal, el único yo de Jesús es el Yo Divino, y por no ser radical nuestra desapropiación, tenemos que reconquistar el yo oblativo, despegarlo del yo biológico, bajo la imantación de la humanidad misma de Jesús, la cual es en nosotros fermento permanente de liberación. Es claro en efecto que la Humanidad de Nuestro Señor no fue establecida en ese estado de despojamiento en beneficio propio sino en razón de la misión universal que debía cumplir.

Sto. Tomás se preguntaba por qué no podía haber varios Cristos, e inclusive por qué todos los hombres no podrían ser Cristo. A pesar de admitir que no es metafísicamente imposible, dice no porque la misión de Cristo como tal no puede ser sino misión universal. Si todo el mundo fuera Cristo, todos esos Cristos no tendrían nada que comunicarse, nada que darse. Ahora bien, el sentido de la misión de Jesús, que surge en el seno de María en estado de despojamiento, es precisamente de tener que asumir toda la humanidad, tener que tomar la responsabilidad integral de la historia del comienzo hasta el fin para hacer contrapeso por su pobreza, es decir por la sobreabundancia de su caridad a todos nuestros rechazos de amor.

Es perfectamente claro que la Encarnación no comporta ninguna metamorfosis, ni transformación de la naturaleza divina en naturaleza humana, ni transformación de la naturaleza humana en divina. No hay ninguna mezcla. Las dos naturalezas permanecen inconfundibles. La Humanidad de Jesús no es Dios, no es igual a Dios, no puede comprender adecuadamente a Dios.

Eclipse de las tres Personas la una en la otra

El cristianismo asume todo el profetismo de Israel y no rehúsa ninguno de los testigos de Dios

La humanidad de Jesús es apropiada por Dios en su despojamiento absoluto para ser el sacramento diáfano de una revelación perfecta y definitiva, porque es justamente el hecho de su despojamiento absoluto lo que hace la humanidad de Jesús capaz de una revelación definitiva.

El cristianismo, que se funda sobre la pobreza de la humanidad de Nuestro Señor, no rehúsa las revelaciones que hubo antes de Él, sino al contrario, se propone explícitamente asumir todo el profetismo de Israel, pero no se contenta con integrarlo sino que quiere también asumir todas las profecías que hubo inclusive antes de la existencia de Israel, antes de la vocación de Abraham, en el inmenso intervalo que comporta quizá medio millón de siglos o más, que va del origen del hombre a la vocación de Abraham. Estamos muy seguros de que en ese intervalo la divinidad no permaneció muda, sino que se comunicó a la humanidad, hubo profetas que sin duda no tenían una misión universal como los profetas de Israel, pero que eran sin embargo mensajeros y portavoces de Dios.

El cristianismo no rehúsa ninguno de los testigos de Dios. Simplemente, corona su testimonio, lo termina y lo realiza en el testimonio de Jesucristo en quien se realiza la encarnación suprema.

Ya sea Buda, que es un santo de admirable grandeza, o los libros védicos que alimentan la religión de los Brahmanes, o la sabiduría de los antiguos chinos, como Confucio o Lao-Tse, o inclusive del profeta del Islam en una humanidad idólatra que no podía recibir el monoteísmo de otra manera, el cristianismo no rehúsa ninguno de los testigos de Dios, sino simplemente corona su testimonio, lo termina y lo cumple en el testimonio de Jesucristo en el cual se realiza la Encarnación suprema.

De cierto modo, todos los profetas, todos los sabios, todos los genios, todos los héroes constituyen una especie de encarnación de Dios, es decir que de cierta manera Dios se hace presente a través de ellos, pero esa revelación es siempre imperfecta en la medida en que permanece el hombre, en la medida en que conserva las huellas de su biología primitiva. La Encarnación no es absolutamente perfecta, definitiva, insuparable, eterna, sino en el caso de Jesucristo porque en Él la pobreza es insuperable.

La pobreza absoluta de Jesús es la garantía de una revelación definitiva

La razón por la cual un cristiano adhiere a Jesucristo no es para rechazar otros testimonios divinos que se presentaron a través de la Historia, en todas las épocas y en todos los climas, sino porque en Jesús se da la garantía de una revelación definitiva en la afirmación que es el corazón del dogma cristológico, a saber que en Jesús la humanidad es tan desapropiada de sí misma que no puede decir YO (sólo puede expresar el yo divino), que está reducida al estado de puro sacramento, de sacramento vivo que representa y comunica personalmente la divinidad.

Haga lo que hiciere Jesús, piense lo que pensare, diga lo que diga, sufra lo que sufra, en todo su ser, Él es siempre sólo la revelación personal de Dios. No es nunca su propia humanidad la que se manifiesta a través de ella, sino Dios. Bajo la égida de esta pobreza absoluta es como debemos abordar el Evangelio, así debemos pensarlo y vivirlo.

Eclipsarse en Jesús, como las tres Personas divinas se eclipsan la una en la otra

En razón misma de su despojamiento absoluto que lo constituye, el misterio de Jesús solo es accesible finalmente al que entra en estado de pobreza…, al que desaparece a sus propios ojos y se eclipsa.

En razón del mismo despojamiento absoluto que lo constituye, el misterio de Jesús solo es accesible finalmente al que entra en estado de pobreza, al que se asimila la bienaventuranza de la pobreza, al que se hace un alma de pobre, al que está a la escucha de Dios, al que desaparece a sus propios ojos y se eclipsa.

Eclipsarse en él, como las tres Personas divinas se eclipsan la una en la otra, como la humanidad de nuestro Señor es totalmente desapropiada para ser sacramento diáfano de la divinidad que se revela y se comunica personalmente en él.

Cómo no citar aquí las palabras de esa niñita, transparente y genial como su madre además, que se había preparado a su primera comunión con toda la ingenuidad de su inteligencia y de su corazón. Interrogada por sus compañeritos, mientras cada uno de ellos repetía palabras prefabricadas que había leído en los libros, ella que había realmente comulgado y para la cual la primera comunión había sido un acontecimiento, a la pregunta: "Tú, ¿qué sentiste?" respondió: "Pues a mí, Él me eclipsa." ¡Él me eclipsa! Ella había comprendido lo que significa acercarse a Dios, eclipsarse en Él, eclipsarse en Él como las tres Personas divinas se eclipsan la una en la otra, como la Humanidad de Nuestro Señor es enteramente desapropiada para ser el sacramento diáfano de la divinidad que se revela y se comunica personalmente en Él.

Es necesario estar en espíritu y en estado de pobreza para entrar en la unidad única de la humanidad y la divinidad de Jesús.

Eso es lo que debemos retener como primera aproximación del misterio de Jesús, como primera exigencia cristiana: es necesario estar en espíritu y en estado de pobreza para entrar en la simbiosis única, en la unidad única de la humanidad y la divinidad de Jesús porque justamente ella constituye la confluencia y el encuentro único y maravilloso, el encuentro de la eterna pobreza que es Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la humana pobreza en la humanidad santa de Nuestro Señor que no puede hacer nada más que dar testimonio de Dios revelándolo en los abismos de su infinitud según las etapas de su vida humana, cada una de las cuales constituye una parábola de la eterna divinidad.

Un milagro es un evento-advenimiento en que se revela la presencia de Dios

Nota sobre el milagro, intercalada en esta conferencia.

Energías naturales que se revelan

Un milagro es un acontecimiento-presencia, un acontecimiento advenimiento, un acontecimiento en que la presencia de Dios se revela en un contexto de luz que nos pone inmediatamente en contacto con él.

Parece útil, dado el uso a veces indiscreto que se hace del argumento del milagro, decir algo a este propósito. Algunas imágenes pueden aclarar la cuestión.

En hospitales infantiles de Londres se hizo una encuesta y se constató que los niños cuyas mamás estaban presentes y participaban en los cuidados de las enfermeras, se curaban dos veces más rápido que los demás, recibiendo el mismo trato y los mismos remedios. Eso indica que el amor estimulaba las energías físicas en los niños asistidos por sus mamás y que sentían profundamente su presencia y su amor.

Es una imagen que nos hace pensar que las energías naturales no están ausentes de un acontecimiento milagroso constituido ante todo por lo que se puede llamar un acontecimiento-presencia. Un milagro es un acontecimiento-presencia, un acontecimiento-advenimiento en que, precisamente, la presencia de Dios se revela en un contexto de luz que nos pone inmediatamente en contacto con Él. ¡El milagro no es un puñetazo a los fenómenos para forzar la atención y precipitarnos en lo maravilloso! Al contrario, se trata de una dimensión espiritual en que el acontecimiento se sitúa en el plano del amor.

Un difusor en acción, un receptor parasitado

La oración capta la onda de luz que emana continuamente de Dios, porque… las gracias son eternamente comunicadas… Si la gracia no nos transforma es porque nuestro receptor no está sintonizado, está parasitado y no recibe oportunamente la luz divina.

Otro ejemplo puede servir igualmente como parábola. Es un ejemplo más emocionante todavía: una mujer muy enferma, en peligro muy grave, vuelve de Lourdes. Está sonriente y declara que recibió una gracia muy grande, la de ver la curación milagrosa de una de sus vecinas enferma como ella. El milagro que brilla aquí con más evidencia, es el de la caridad de esta mujer que olvidó su propio caso, que se eclipsó para implorar la curación de otra.

Si generalizamos este hecho admirable, podemos decir que el gran milagro de Lourdes es precisamente ese consentimiento de una caridad unánime que hace que una muchedumbre inmensa, donde hay enfermos graves, interceda no para obtener curaciones personales sino sobre todo para obtener gracias en favor de los demás. La oración capta así la onda de luz que emana constantemente de Dios, pues por parte de Dios ya todo está realizado, los milagros están eternamente realizados, las revelaciones están eternamente hechas, eternamente las gracias están comunicadas, porque Dios es como un difusor, como una estación emisora que no cesa jamás de estar en acción. Si la gracia no nos transforma es porque nosotros estamos ausentes, es porque nuestro receptor no está sintonizado, está parasitado y no recibe oportunamente la luz divina, la ayuda divina ofrecida y comunicada sin cesar.

El pacto con las serpientes

Podemos tomar otra parábola recordando que Gandhi anota en su diario que, habiendo construido su ashram, su ermita-escuela en una región infestada de serpientes venenosas, había dado a sus alumnos la consigna de no temerlas jamás, de no manifestar ningún miedo hacia ellas, de nunca hacerles mal, y sobre todo de nunca tratar de matarlas para no provocar un estado de enemistad. Estaba seguro de que los animales serían sensibles a un régimen de confianza. En efecto, el acuerdo fue tan bien respetado que durante 25 años no hubo jamás el más mínimo accidente. Eso quiere decir que la naturaleza animal se había mostrado admirablemente sensible a la paz decretada por el hombre y no había tenido nunca ocasión de desarrollar su agresividad.

Dirección de pensamiento

Hay pues un hombre que está sintonizado con Dios, que vive en un clima de amor, y eso es lo que constituye el verdadero taumaturgo – hay una posibilidad de estimular las energías naturales del cuerpo humano, sea la sensibilidad o la imaginación humanas, sea la sensibilidad y la imaginación animales y, puede ser que podamos ir más lejos, una posibilidad de acordarse con los ritmos de la materia inerte.

Puede pues suceder que un taumaturgo encuentre el medio de sintonizarse con los ritmos de la materia o, más probablemente aún, de sintonizar los ritmos de la materia con los suyos.

Un filósofo indio insistió sobre esos ritmos interiores de la materia, es decir de los cuerpos físicos no vivos, y afirmó que cierto trato brutal infligido a un cable lo rompe a pesar de su solidez, por no armonizarse con el ritmo de la materia. Podría ser que un taumaturgo encuentre el modo de sintonizarse con los ritmos de la materia o, más probablemente todavía, de sintonizar los ritmos de la materia con los suyos.

Este acuerdo, esta armonización, esta simbiosis, esta sinfonía sería la vía normal de lo que llamamos el milagro, acontecimiento que se distingue primero por el brillo de una Presencia divina inmediatamente reconocida pero que no excluye en su realización la utilización de las energías naturales que son catalizadas, que reciben un aumento amplitud y de fuerza gracias a la intervención del taumaturgo, gracias a una presencia de amor conectada con los ritmos del hombre, del animal o del cuerpo físico, sean cuales fueren.

Esto es una dirección de pensamiento. No se trata, desde luego, de hacerlo dogma. Pero esta especie de consideraciones puede desmaterializar en cierto modo el argumento del milagro y permitirnos conservar sus distinciones necesarias.

Se dice corrientemente que los médicos de Lourdes constatan o no un milagro. Es un abuso de lenguaje. Un médico como tal no tiene que constatar un milagro. Todo lo que puede hacer es declarar que, en el estado actual de la medicina, la explicación le escapa, sin excluir que la medicina pueda en el futuro explicar el caso. Es como creyente, como hombre en su dimensión mística, como puede discernir un milagro.

Se necesita un sentido místico para discernir el milagro como tal, es decir el advenimiento del Señor que se manifiesta a través del acontecimiento.

No hay que mezclar los métodos científicos. Hay que respetar sus límites y no querer hacerlos decir lo que no pueden. Se necesita un sentido místico para discernir el milagro como tal, es decir el advenimiento del Señor que se manifiesta en el acontecimiento.

Debemos cultivar una actitud de silencio y respeto para dejar crecer en nosotros la luz interior, única que permite discernir la Presencia divina a través de todos los acontecimientos de la vida como a través de todas las experiencias humanas.

Infinitamente abierto por el lado de Dios en la trinidad, Jesús es infinitamente abierto a los hombres

Un mundo nupcial en que la moral se convierte en mística

La moral de Jesús se convierte en mística... El quiere hacernos entrar en ese mundo nupcial enseñándonos que el bien no es ante todo algo que hacer sino Alguien a quien amar.

Tenemos que seguir sacando las consecuencias del hecho de que la Encarnación es un misterio de pobreza. Jesús nos propone, si se puede decir, su experiencia, y su palabra es solo la proyección y expresión de lo que Él vive. Puesto que Él nos introduce en el corazón de la divina pobreza, puesto que nos revela a Dios como la anti-posesión, el anti-narciso, como Aquél que no tiene nada ni puede poseer nada, puesto que en Él Dios pierde completamente la figura de faraón y de dueño que tuvo por tanto tiempo en las tradiciones humanas, es claro que la moral de Jesús se convierte en mística, eso significa que en vez de someternos a una ley, a un decreto que parece arbitrario y en que simplemente tendríamos que plegarnos a una voluntad de la que dependemos rigurosamente, Él quiere introducirnos en el mundo nupcial de que habla San Pablo en el capítulo 11 de la 2ª epístola a los corintios: "Os he desposado con un esposo único a fin de presentaros a Jesucristo como una virgen pura". Él quiere hacernos entrar en ese mundo nupcial enseñándonos que el bien no es ante todo algo que hacer sino Alguien a quien amar.

Los fariseos adversarios de Cristo – no todos los fariseos – encarnizados en eliminarlo, hacen más de lo necesario. Van más allá de lo que exige la Ley y se enorgullecen de ello. Se sienten en paz ya que fueron más allá de lo rigurosamente exigido. Sin embargo, el desacuerdo entre ellos y Jesús es formal, no cesa de crecer y el odio de ellos aumenta a medida que constatan que Jesús no está de acuerdo con su sistema, que hace poco caso de las observancias exteriores a las cuales ellos dan una importancia capital. Su hostilidad se explica, ya que finalmente no están centrados en el mismo Dios: ¡ellos no tienen la menor intuición de la divina pobreza! No pueden entender que Dios no puede recibir nada fuera del amor porque, siendo incapaz de poseer nada, es únicamente comunicando con nosotros como entra en contacto con nosotros y nosotros con Él (¡y no sometiéndonos a una ley!).

La moral de Jesús será una mística en que se tratará de darse, como lo cantó admirablemente San Pablo en el cantar de los cantares del Nuevo Testamento que es el capítulo 13 de la 1ª carta a los corintios. Ahí no queda duda posible: cualquier cosa que hagamos, no hemos hecho nada mientras no amemos. Es evidentemente el régimen de la esposa que sucede al de la sirvienta. Se trata de un matrimonio de amor en el cual el único bien es estar en estado de don, y el único mal es estar en estado de rechazo.

Un bien universal fermento de liberación

El pecado no se inscribe afuera, en un libro grande en que se llevan las cuentas de nuestra conducta sino adentro. El bien es nosotros en estado de “sí” nupcial; el mal es nosotros en estado de “no”.

Por eso el pecado no se inscribe afuera, en un libro grande, donde se llevan todas las cuentas de nuestra conducta, sino adentro. El bien, somos nosotros en estado de "sí" nupcial, y el mal, somos nosotros en estado de "no". Para restituir la armonía de nuestra vida, es necesario y basta, pero es necesario e indispensable, que encontremos el contacto con el Señor, que entremos de nuevo en la relación nupcial y que nuestra vida tome forma y figura de don.

Por ser así, vemos inmediatamente que el mensaje de Jesús es un mensaje ecuménico ya que un pueblo no es capaz por sí solo de ese don nupcial. En la visión de Jesús, ya no se trata entonces de la salvación de un solo pueblo, y en particular de su salvación temporal y material; todas las fronteras son superadas, todos los muros de separación se derrumban, porque en adelante todos los hombres son llamados por dentro, en su más secreta intimidad, a realizar la creación única e incomparable, que constituye el único bien común, el único bien universal, el cual precisamente se realiza todo entero en el don de sí mismo. Así es como una conciencia, vaciándose de sí misma, es decir superando todos sus límites, puede llegar a ser fermento de liberación en toda otra conciencia. Este bien universal es al mismo tiempo nuestro bien más personal y el secreto de cada uno.

Infinitamente abierto hacia Dios y hacia los hombres

La solidaridad que compromete la vida de Jesús en los abismos de la santísima Trinidad tiene como correspondiente una solidaridad igual con los hombres.

El mensaje de Jesús no concierne ya un pueblo en particular sino que se dirige a todos los hombres en su ser más personal y más profundo que es también su manera de existir en lo universal pues hay siempre coincidencia perfecta entre el grado de universalidad y el grado de personalidad, ya que el hombre está tanto más presente a todos los demás cuanto más abierto esté a Dios y más despojado de sí mismo. El mensaje de Jesús corresponde rigurosamente a Su experiencia. Jesús nos comunica simplemente lo que Él vive, con la autenticidad que acompaña un acontecimiento integralmente vivido.

Naturalmente, el mensaje de Jesús comporta igualmente consecuencias para Él en su humanidad por la solidaridad que Lo une personalmente a Dios, en la cual subsiste en Dios, en la cual encuentra su yo en Dios; la solidaridad personal que compromete su vida en los abismos de la Santísima Trinidad tiene como correspondiente una solidaridad igual con los hombres.

Siendo Jesús infinitamente abierto a Dios por el hecho de estar privado de subsistencia connatural que podría cerrar su humanidad sobre sí misma, Jesús está igualmente infinitamente abierto a los hombres, entra en simbiosis con ellos, en una comunidad increíble, ya que está encargado de recapitular toda la historia, de darle su eje, de realizar su unidad, es decir de totalizar finalmente todas las vidas humanas, de hacerlas contemporáneas de Su Amor y terminarlas conduciéndolas, en cuanto sea posible, es decir en cuanto estén dispuestas a aceptarlo, a la unión con Dios que es el término de su misión.

Eso comporta una solidaridad infinita, inexpresable, que no podemos ni siquiera concebir ya que nuestra memoria es tan corta que aunque prestamos un momento de atención y de compasión a un acontecimiento, a una catástrofe cercana de nosotros, nos apresuramos a olvidarla porque somos solicitados por otra cosa. Si olvidamos tan pronto lo que nos toca de cerca, ¿cómo podríamos imaginar una vida que totalice toda la historia, que recoja la vida de todos los hombres que se han sucedido desde que el pensamiento apareció en el mundo?

La misión de asumir todos los hombres, como una madre perfecta asume asu hijo

Dios es infinitamente más madre que todas las madres y por eso, en sus relaciones con nosotros, no puede sino sustituirse a nosotros recibiendo golpes en lugar nuestro, en nosotros, por causa nuestra, antes que nosotros, en la identificación de amor.

A medida que los números de la geología reculan y que se considera una duración más larga para la humanidad, se hace aún más inimaginable que una vida tan breve como la del Señor haya podido totalizar toda la historia, y sin embargo, eso está inscrito en Su ser. Es así porque Él está establecido en el corazón de la divina pobreza, porque su humanidad es enteramente desapropiada de sí misma, estando revestida de la desapropiación eterna que es el Verbo de Dios. ¡Por eso Jesús tiene la misión de asumir todos los hombres ¡como una madre perfecta asume a su hijo, se sustituye a él en el sufrimiento, toma su lugar en la miseria, es herida por todos los golpes que la alcanzan antes que a él, en su lugar, dentro de él! La maternidad presenta a veces un tal grado de identificación. Uno está estupefacto y deslumbrado y no puede no ver ahí la más alta y conmovedora revelación de la ternura divina.

¡Dios es infinitamente más madre que todas las madres! Y por eso, en sus relaciones con nosotros, no puede sino substituirse a nosotros recibiendo golpes en lugar nuestro, en nosotros, a causa de nosotros, antes que nosotros, en la identificación de amor que no cesa de tejer lazos de luz ente Él y nosotros.

Justamente Jesús, que es la parábola viviente de la eterna divinidad, será en la Cruz la parábola sangrienta de la pasión misteriosa que arde por nosotros en el Corazón de Dios. Siendo incapaz de apropiarse nada, en ninguna parte, en la Cruz la santa humanidad de Nuestro Señor no se expresa a sí misma sino a Dios. Eso es lo que debe retener inmediatamente nuestra atención: en la Cruz es Dios el que muere por nosotros, es Dios el que muere de amor por los que rehúsan obstinadamente amarlo.

Es la paradoja de la justicia materna. ¡No concebimos que una madre se encarnice contra su hijo y que, si está degradado, busque a degradarlo todavía más, a empujarlo a la desesperación para que su decadencia sea irremediable! Es evidente que la madre, si es realmente madre, debe tomar el lugar de su hijo, asume su miseria, trata de sacarlo del pantano. Trata de darle un crédito de amor que le enseñe el precio del tesoro que lleva en sí mismo, y lo haga atento al reino interior que hace de él el reino de Dios, al menos como posibilidad. ¿Despertará él quizás un día? Pero si despierta al amor será porque estaba bañado de amor y habrá beneficiado de ese maravilloso crédito. Esta imagen de la realidad humana lo es más todavía de la realidad divina, y es lo que manifiesta la cruz de Nuestro Señor.

La pasión de Dios por nosotros es lo suficientemente grande como para no poder expresarse en el tiempo sino en esa parábola sangrienta en que la humanidad de Jesús se inmola para dar testimonio del amor indefectible de Dios que jamás nos abandona, jamás nos entrega a la nada, jamás cesa de buscarnos con la ternura silenciosa, infinitamente paciente, que no se cansará jamás.

¿Qué es el mal del hombre sino estar ausente de Dios? ¿Cuál es la fuente de todas las miserias sino el rechazo de una creación de amor, única que puede ponernos al nivel de una vida inteligente y libre?

La parábola sangrienta que es Cristo en la Cruz se expresa en una solidaridad total, no solamente con nosotros sino igualmente con Dios. ¿Cuál es el mal del hombre sino estar ausente de Dios? ¿Cuál es la fuente de todas las miserias sino el rechazo de una creación de amor, única que puede ponernos al nivel de una vida inteligente y libre?

Nosotros mismos somos una iglesia infinitamente más preciosa que todas las catedrales

El mal del hombre es también el mal de Dios

Jesús siente todos los golpes inferidos a Dios tanto como los inferidos al hombre.

El mal del hombre es también mal de Dios, pues lo que desgarra el corazón de Dios, es nuestro rechazo de la comunicación de Sí mismo que no cesa de ofrecernos. Claro, si hablamos de desgarre al nivel de la Trinidad, es una imagen. Dios no pude sufrir en el sentido de un sufrimiento por perturbarlo en cuanto al ser, Dios sufre con un sufrimiento de compasión por identificarse con nosotros, como nos lo hace entender la imagen de la madre que se identifica con su hijo y sufre en él, por él y más que él, por sentir en su caridad el estado de miseria de su hijo más profundamente que él, que está privado de esas altas luces.

Jesús expresando el sufrimiento divino en su humanidad torturada, compadece, si se puede decir, con el sufrimiento de Dios, siente todos los golpes inferidos a Dios tanto como todos los que infieren al hombre. En este sentido, Él está totalmente ofrecido a la divinidad y totalmente ofrecido a la humanidad. Ofreciéndose a nosotros como contrapeso de amor para reintroducirnos en el diálogo creador del eterno Amor, se ofrece a Dios llevando el "Sí" de toda criatura para cerrar el anillo de oro de las bodas eternas, Él es el "Sí" de todo el universo. Lo pronuncia en nombre nuestro y en nombre de su humildad que se enraíza en la nuestra, la cual es en nosotros el fermento de nuestra liberación, nos arrastra en el surco de amor, sin forzarnos, claro, a fin de madurar en nosotros el consentimiento que terminará en nosotros la creación y constituirá el reino de Dios.

La Encarnación debe extenderse

Jesús quiere reintroducirnos en el diálogo de amor moviendo la piedra de nuestros corazones… recentra nuestra vida en el Corazón de Dios.

Jesús quiere reintroducirnos en el diálogo de amor moviendo la piedra de nuestros corazones a fin de que la vida divina vuelva a brotar en nosotros y nos sea comunicada por la santa humanidad de Jesús como fruto de su inmolación. Así Jesús re-centra nuestra vida en el Corazón de Dios. Revelándonos el amor, abriéndonos ese crédito ilimitado, Jesús solicita nuestra generosidad para hacernos entrar en el movimiento mismo de Su ser, para asociarnos a ese maravilloso despojamiento, para enraizar nuestra vida en la divina pobreza, para sanarnos de nosotros mismos, en fin, para comunicarnos todo lo que Él es.

Decir que Jesús quiere comunicarnos todo lo que Él es, quiere decir, como toda gracia es misión, que la gracia de la Encarnación dada a su humanidad no la concierne ella sola, sino toda la humanidad. Todos los hombres están llamados a tener a través de Cristo su yo en Dios formando con Él un solo Cuerpo, una sola persona, eso significa que la Encarnación, en la Cabeza que es Jesús, debe extenderse a nosotros que somos sus miembros. Finalmente, la vida cristiana, cuyo centro es Cristo según la expresión admirable de San Pablo a los Filipenses: "¡Para mí, la vida es Cristo!", la vida cristiana continúa en los miembros de Cristo la Encarnación de la Cabeza que es Jesús.

El Señor no está para vivir en piedras sino en nosotros

Nosotros somos un templo infinitamente más precioso que todas las catedrales, que todos los tabernáculos y copones.

Esto tiene consecuencias admirables que podemos sentir mediante las palabras profundas de San Pablo: "Vosotros sois el Cuerpo de Cristo, vosotros sois los miembros de Jesucristo, vosotros sois el templo del Espíritu Santo". ¡Qué maravilla!

Estamos en una iglesia de piedra, ante un tabernáculo de mármol, y venimos a este lugar con respeto, guardamos silencio aquí, avanzamos hacia el altar sobre la punta de los pies, nos abrimos a la irradiación del silencio que es diferente por la presencia sagrada de la hostia, y desde luego tenemos mil veces razón.

Pero no hay que olvidar nunca que nosotros mismos somos un templo infinitamente más precioso que todas las catedrales, que todos los tabernáculos y copones. ¡El Señor no vive en los muros del tabernáculo por los muros del tabernáculo! ¡Ellos son incapaces de recibir su presencia de manera viva! Él está ahí por nosotros, para consagrarnos, para transformarnos en una hostia viva, para que seamos realmente el santuario de la divinidad.

El cuerpo de Cristo

Si yo soy el cuerpo de Cristo, si mis miembros son los miembros de Jesús…, estoy consagrado todo entero y mi vida entera está en estado de consagración.

Es algo admirable porque no tenemos que buscar muy lejos la Presencia divina, podemos hacer oración sobre nosotros mismos ya que estamos totalmente consagrados al Señor, puesto que somos Cuerpo y Sangre de Cristo por el contacto con su santa humanidad.

Hay que tomar estas afirmaciones paulinas en todo su maravilloso realismo. Si yo soy el Cuerpo de Cristo, si mis miembros son los miembros de Jesús, si mi ser entero es el santuario de la divinidad, ¡qué respeto y qué distancia debo tener conmigo mismo! Estoy consagrado todo entero y mi vida entera está en estado de consagración. Sea que coma, sea que beba, sea que duerma, como dice San Pablo, soy del Señor. Mis manos están santificadas por Él, todas mis diligencias me llevan a Él, mi cuerpo entero respira Su presencia y es capaz de comunicarla, y lo que vale para mí vale para los demás.

Esto nos introduce en seguida en relaciones místicas con todos: ya no hay razas, ya no hay clases, ya no hay pueblos extranjeros. Todo hombre, toda criatura inteligente, por ser apta para devenir templo de Dios, por estar consagrada por la Presencia de Jesús, por vivir secretamente Su Vida en la medida en que está viva, toda criatura es para nosotros la catedral, el tabernáculo, y la hostia. Eso pone en relación con toda criatura humana viviente, y con toda la realidad del universo, ya que por medio del sacramento, todo el universo entra en el circuito del eterno Amor, eso crea relaciones increíblemente profundas con la Creación, libres y creadoras. Más aún, eso nos introduce en la intimidad de Dios porque cuando lo pensamos, vemos que ese don maravilloso condiciona el reino de Dios en la historia. Si el don no es recibido, si Dios no transparenta en nosotros, si el rostro de Cristo no se puede ver en el nuestro, Dios está como ausente y, aunque no deje de brillar en las tinieblas, aunque esté en el mundo, aunque venga a los suyos, no juega ningún papel en la Historia humana.

Es hoy y ahora que Dios quiere manifestar su vida a través de nosotros

Dejar a Dios enraizarse en nosotros

Es necesario que Dios se enraíce en nosotros por el consentimiento voluntario que le ofrece toda nuestra existencia como espacio en que su vida pueda difundirse.

Eso es lo que vemos en la vida cotidiana. Para la mayoría de la gente, Dios es inexistente porque sólo conocen de Él palabras vacías de sentido que hacen alusión a un dueño, a un faraón, a un límite, a alguien que es para ellos una amenaza. No saben que, en lo íntimo del corazón los espera una presencia de amor y, si no lo saben es con frecuencia porque nuestra vida es tan parecida a la de ellos que nunca tienen la más mínima sospecha de que nosotros llevamos dentro un tesoro capaz de cambiar todo el universo y que tenemos la revelación que lleva al hombre a sí mismo.

Es bajo este aspecto que la vida mística que se nos comunica por Jesús, que la Encarnación que se prolonga en nosotros, se convierte en una exigencia de generosidad de cada instante. No es para mañana, ni para después de la muerte, sino para hoy, se trata de ahora, de este mismo instante, porque es hoy, ahora, ya, en este instante, que Dios quiere manifestar Su Vida a través de nosotros.

Así como no podemos colgar el amor en una percha, ni esconder la verdad entre pilas de trapos, tampoco podemos alcanzar a Dios sin dejarlo enraizarse en nosotros. Para que Dios sea realidad de la historia y tenga el primer lugar, e imante y oriente toda la vida, es necesario que se enraíce en nosotros por el consentimiento voluntario que le ofrece toda nuestra existencia como espacio donde Su Vida pueda difundirse.

La vida cristiana

La vida cristiana no puede ser sino generosidad inmensa para con un Dios… que solo puede aparecer si nosotros lo dejamos transparentar… Ya no se trata de nosotros sino del Dios que nos ha sido confiado.

Podemos citar aquí las palabras de Nietzsche: "Que vuestro amor sea piedad por dioses sufrientes y velados". Sí, la vida cristiana no puede ser sino generosidad inmensa hacia un Dios que es tan frágil como precioso y que sólo puede aparecer si nosotros Lo dejamos transparentar.

La generosidad que se espera de nosotros da a toda la vida cristiana el carácter más admirable ya que nos impide hacer del cristianismo una religión de la salvación personal: ya no se trata de nosotros, sino de ese Dios que nos ha sido confiado, cuya vida está en nuestras manos y que nos toca con Su Luz y Su Gracia a fin de que seamos sus porta-antorcha, que comuniquemos a todos los hermanos humanos esa amistad incomparable, que despertemos en sus corazones el eco de Su Ternura y que a través de nosotros puedan percibir Su Rostro.

Eso es lo que debemos pedir para que se realice en nosotros la maternidad divina de que habla el Señor mismo: "¡El que hace la voluntad de Dios, es mi hermano, mi hermana, y mi madre!"

Nuestros hermanos humanos lo amarán con un amor capaz de transformar sus vidas… a condición de encontrarlo en nosotros, percibiendo a través de nuestro rostro el Amor por el cual suspira toda la tierra.

Ahora nos resta ponernos a la escucha de la Palabra silenciosa, recapitulando en la mente el adorable misterio de la divina pobreza que se repercute en la santa humanidad de Nuestro Señor, para despertar en ella la solidaridad que va hasta la muerte en la Cruz. Pensando que el fruto de esa inmolación es la Encarnación que se produce en nosotros, queremos implorar por medio de María la gracia de convertirnos en la cuna de Jesús, ofreciendo a nuestros hermanos humanos la revelación silenciosa del Amor eterno, recordando que no existe para ellos otro camino hacia Dios. Ellos Lo amarán con un amor capaz de transformar sus vidas, de entusiasmarlos y de apasionarlos, con un amor que influye en los acontecimientos, a condición de encontrarlo en nosotros, percibiendo a través de nuestro rostro el Amor por el cual suspira toda la tierra.


(1) Harnack († 1930) libro La esencia del cristianismo, o Augusto Sabatier († 1901) son teólogos protestantes liberales que deseaban adaptar el dogma al pensamiento moderno, con rigor epistemológico, sobre todo en historia. Loisy, aunque igualmente modernista, decía que el error de Harnack y Sabatier estaba en considerar el cristianismo “como un fruto maduro, o más bien podrido que es necesario pelar para llegar a su núcleo incorruptible. Y Harnack quita la cáscara con tanta perseverancia que uno puede preguntarse si finalmente queda algo.” (Loisy, en El Evangelio y la Iglesia)

(2) Debemos también vivir de manera que hagamos nuestro el yo divino, para que sea el yo divino el que se exprese en nuestro yo y llegue a serlo.

(3) Pero cuando al final de su paso al Padre esa humanidad resucitada, subida al cielo, está sentada a la derecha del Padre, está como en igualdad con Dios.

(4) La humanidad de Jesús es tan desapropiada de sí misma que solo puede expresar el yo divino.

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