Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo, en 1961. Inédita. Se añadieron los títulos.

Resumen: Toda verdad está contenida en la persona de Jesucristo. Las palabras del evangelio siguen siendo fuente de vida. Saulo reconoció a Cristo en la Iglesia y a la Iglesia en Cristo Como un solo misterio. Todo en la Iglesia es sacramento y signo. Todo lo que no es Jesús debe ser sacramento de Jesús. Jesucristo es nuestro liberador; él es despojamiento, transparencia y pobreza. Todos debemos ser Iglesia. Imposible reconocer la Iglesia sin una vida de unión con Cristo. La Revelación solo puede realizarse por nosotros.

La Revelación cristiana o la Verdad en persona

El nacimiento del espíritu y del ser a la verdad

Señoras, señoritas y señores,

Un poeta muy grande escribió: “All knowledge, worthy of the name, is nuptial knowledge.”“Todo conocimiento digno de este nombre, es conocimiento nupcial.” (Coventry Patmore). En efecto, como el conocimiento es un nacimiento del espíritu y de todo el ser a la verdad, como la verdad misma es Alguien, el conocimiento sigue la ley y las relaciones entre personas y solo una intimidad puede conocer otra intimidad.

Evocábamos (anoche) el caso de Galileo, de Descartes y de Newton y observábamos que esos grandes genios fueron tentados en ciertos momentos al reivindicar ferozmente la prioridad de su descubrimiento, que fueron tentados de apropiarse la verdad, de hacer de ella una propiedad y evidentemente tal actitud era detestable y habría comprometido toda la obra de su genio si se hubieran dejado llevar por esa tentación. Pues cuando uno quiere apropiarse la verdad, la reduce a una fórmula de fábrica, de comercio o de cocina.

Pero justamente, lo esencial de la Verdad es la circulación de una presencia que abre en nosotros un espacio y nos transforma en luz. En el fondo, en sus horas creadoras todos los sabios, rinden testimonio a ese llamado y cuando nos hacen la confidencia de las horas estrelladas que los conducen a sus grandes descubrimientos, hablan de ellas como místicos. Ahí está Alguien en quien se pierden, una Presencia que los atrae y los colma. Sienten justamente que nacen a sí mismos al nacer en el corazón de esa luz, y todos podrían firmar las palabras citadas de Coventry Patmore: “Todo conocimiento digno de este nombre es conocimiento nupcial.

Este conocimiento nupcial es además conocimiento virginal pues para concebir la verdad, es necesario justamente estar en estado de transparencia y de pureza, lo que es lo mismo que decir en estado de desapropiación y en espíritu de pobreza.

Toda verdad está contenida en la persona de Jesucristo

Es indispensable recordar esta condición esencial del conocimiento para escuchar el misterio de la Iglesia, pues este misterio está centrado naturalmente en la persona de Jesucristo, y supone que toda verdad está contenida en su persona. Pero es imposible concebir que toda verdad está contenida en la persona de Jesucristo si no se trata, precisamente, de un conocimiento de persona a persona, de intimidad, en una palabra, de conocimiento al mismo tiempo nupcial y virginal.

Porque precisamente, en la medida en que se hace fuente de vida, en la medida en que nos personifica, en la medida en que hace de nosotros un valor universal y un bien común, la Verdad no es formulable – al menos no puede entrar en una fórmula independiente de la persona. Es la persona la que da sentido al lenguaje y no al contrario.

Si se trata de una simple aplicación técnica, de las más altas investigaciones científicas se puede retener una fórmula que es una receta, aplicarla mecánicamente, confiarla a máquinas que son más fiables que nosotros, pero de tal procedimiento no se puede esperar una luz espiritual y una liberación del hombre.

Las palabras conservan la luz del mundo creador

Toda verdad se hace bien común, toda verdad que constituye una promoción humana, solo se nos puede comunicar por medio de una persona. Recuerdo la objeción hecha por uno de los numerosos helenistas Puech (1) que comentaba los escritos de Plotino, las Enéadas, y que veía en el cristianismo una inferioridad esencial por el hecho de que el cristianismo se refiere a una historia mientras que Plotino se refiere a un método independiente de él mismo. El hombre puede morir, el método le sobrevive y cada uno puede utilizarlo de nuevo, aplicárselo a sí mismo sin ninguna referencia al autor si se lo puede atribuir.

Desde el punto de vista espiritual, la desgracia de los cristianos, decía en sustancia Puech, es que se refieren a una historia pasada hace dos mil años, en fin de cuentas los encierran en un hombre y en una época.

Pero esta objeción no es válida porque precisamente toda la luz del genio – no me refiero a las fórmulas sacadas de los trabajos del genio – toda la luz del genio es inseparable de la persona y del genio. Hay sin duda palabras portadoras de vida, pero tales palabras se han hecho obras de arte – el hombre es solo una caña pero una caña pensante – las palabras se han hecho obras de arte, es decir que conservan la luz del momento creador.

El acontecimiento personal está inscrito en el lenguaje que conserva la vida. Pero se necesita la vida y si se trata de una verdad suprema – es decir de una luz sin mezcla ni alteración, de una luz insuperable por haber surgido de una pobreza insuperable que es la de una humanidad sacramento como la de Jesucristo: esa luz es inseparable de la persona.

Frente a la Verdad en persona

Es necesaria la presencia para que esa luz se nos comunique. Porque si accedemos a ella por medio de las palabras, si accedemos a ella por los escritos, podríamos discutir indefinidamente sobre las palabras o escritos, oponer una fórmula a otra y estaríamos de nuevo ante un sistema del mundo como los hay por miles en la Historia, y no estaríamos ante la Verdad en persona.

Pero justamente, en la revelación cristiana, se trata de la Verdad en persona. Se trata de la luz de una pobreza insuperable, de una transparencia absoluta y sin mezcla por ser sin adherencia, sin posibilidad de apropiarse nada. Es el testimonio incorruptible de una humanidad que no puede decir Yo, y que no es sino un perpetuo testimonio del yo divino, de la divinidad en que subsiste.

Identificación de la Iglesia con Jesús

Tiene que irse; tiene que permanecer

Es absolutamente necesario que Cristo permanezca y al mismo tiempo que se vaya. Tiene que irse porque toda su historia fue un fracaso, no hizo discípulo alguno antes de su muerte y declaró formalmente: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy el espíritu no vendrá a vosotros.” (Juan 16, 7)

Tiene que irse porque ellos lo ven solo con ojos de la carne, están aferrados a su apariencia visible, no perciben justamente el candor y la transparencia de su humanidad, no perciben su despojamiento supremo y su carácter puramente sacramental. Tiene que irse y al mismo tiempo tiene que permanecer. Porque si no permanece, lo repito, quedaríamos pegados a las palabras, prisioneros del lenguaje y de nuevo prisioneros de las discusiones interminables que envenenan la exégesis antes y después de Jesucristo.

El corpus del Nuevo Testamento

Tiene que permanecer y de hecho permaneció, pues no sabríamos absolutamente nada de él si no hubiera surgido de nuevo en la comunidad apostólica, si no hubiera vuelto a aparecer en forma de Iglesia. Ustedes saben muy bien que el Nuevo Testamento, es decir los libros que podrían constituir una referencia a Jesucristo, fueron escritos por la comunidad, por la Iglesia y por tanto son posteriores a su aparición.

El Nuevo Testamento en su conjunto solo fue constituido en su colección completa, y no totalmente, en el último tercio del siglo segundo. La Iglesia había pues vivido ya un tiempo considerable y de importancia extrema para ella y para la humanidad cuando apareció el Nuevo Testamento en su corpus, en su conjunto, hacia fines del siglo segundo, digamos alrededor de 175 en la época de san Ireneo.

No podemos apoyarnos en los documentos haciendo caso omiso de la comunidad pues los documentos emanan de la comunidad que es anterior a ellos. No sabríamos pues rigurosamente nada de Jesucristo si no hubiera vuelto a aparecer en forma de comunidad el día que llamamos de Pentecostés.

El nuevo nacimiento de Pentecostés

Un crucificado más o menos, eso no podía cambiar la Historia. El año 9 después de Cristo, digamos – para no crear un error de orden psicológico – el año 9 de nuestra era, el procónsul Varo viene en auxilio de la Palestina que hace frente a una rebelión y hace crucificar 2000 judíos. 2000 judíos, eso era un incidente para un procónsul romano. ¿Qué habría sido la muerte de un crucificado y su sepultura en una fosa común?

Todo eso no habría dejado huella si justamente la comunidad apostólica no hubiera vuelto a aparecer el día de Pentecostés con el sentimiento de una transformación esencial que se puede traducir en una frase muy sencilla: el día de Pentecostés, cada uno de los apóstoles pasó por el nuevo nacimiento de que habla Jesús a Nicodemo y se sintió a la vez despojado de sí mismo y revestido de Jesucristo. De modo que esos hombres tímidos, ignorantes respecto de la inmensa cultura que podía verse en otras partes, originarios de ese pequeño rincón perdido en la inmensidad del imperio, se sintieron capaces de emprender la conquista del mundo, de dar testimonio ante las autoridades y de resistir hasta la muerte como lo hicieron.

Jesús reaparece pues, Jesús permanece. Pero naturalmente, para que sea él, y que sus testigos – son meros testigos – puedan dar un testimonio incorruptible, para que no limiten lo que vieron y escucharon, para que la Presencia del Señor nos llegue integralmente, es naturalmente necesario que estén totalmente despojados de sí mismos.

Es seguro que deben estarlo. Vamos a ver de qué manera Cristo aseguró que lo estaban, en uno de los momentos más esenciales de la historia de la comunidad, en el momento en que estalla la primera persecución que lleva al masacre y a la lapidación de Esteban, En ese momento encontramos un personaje que va a ocupar un puesto esencial en el cristianismo primitivo, Saulo.

El camino de Damasco

Saulo es contemporáneo de Jesús y habría podido encontrarse con él en las calles de Jerusalén donde estudió, pero no lo encontró. Es maravillosamente dotado y está lleno de celo extremo por la ortodoxia de su fe y de su pueblo y – con la clarividencia que puede dar el celo del amor – siente el peligro que representa esa nueva comunidad y ha jurado exterminarla habiendo tomado conciencia de su existencia justamente al participar en la lapidación de Esteban. Este personaje se va a encontrar confrontado de manera explícita por primera vez con el misterio de la Iglesia en el camino de Damasco al escuchar la voz que lo derrumba en respuesta a su pregunta: –“¿Quién eres tú?” – “Yo soy Jesús a quien tú persigues”.

“Yo soy Jesús a quien tú persigues”, Yo soy Jesús, yo soy la comunidad; no son hombres que puedes confundir con otros, no son hombres cuya influencia podrías destruir, yo soy esta comunidad.

La Iglesia es Jesús

Una clave de la Nueva Alianza es la pobreza: la pobreza en Dios en la Trinidad, la pobreza en Jesús en la Encar­nación, la pobreza en la Iglesia, puro sacramento de Jesús.

Es la primera identificación, deslumbrante, que hace de Saulo un apóstol, el más grande de los apóstoles, que va a ejercer una influencia imperial sobre los orígenes cristianos, a diseminar la fe alrededor del Mediterráneo, a darle su teología más formal y explícita con la teología joánica y que en todo caso, estará encendido de un amor apasionado por Cristo del que dice que es su vida: “Para mí la vida es Cristo” y en un destello reconoce justamente a Cristo en la Iglesia y a la Iglesia en Cristo como un mismo y único misterio.

Es toda la teología de la Iglesia. La única que podamos retener: la Iglesia es Jesús. Pero para que esta identificación sea posible, es necesario que todo lo que no es Jesús sea sacramento de Jesús. Y encontramos de nuevo la clave de la Nueva Alianza que es la pobreza: la pobreza de Dios en la Trinidad, la pobreza de Jesús en la Encarnación, la pobreza en la Iglesia, puro sacramento de Jesús.

Todo lo que no es Jesús debe ser sacramento de Jesús

En la Iglesia todo es sacramento y signo

En la Iglesia no hay sino Jesús y todo lo que no es él es sacramento suyo, es decir signo que lo representa y lo comunica. Eso quiere decir que en la Iglesia las personas, los fieles, los credos, las teologías, los catecismos, los concilios, las liturgias, los símbolos, las costumbres y lo que llamamos las leyes, todo eso es sacramento, todo eso es signo que representa y comunica. Todo eso está en estado de pobreza y nada de eso puede hacer otra cosa que llevarnos a Jesucristo.

Por eso no podemos abordar la Iglesia sino como una inmensa eucaristía, de parte a parte y en todas sus fases, en toda su historia y en todas sus manifestaciones. Solo podemos abordarla como una eucaristía, como un sacramento, como un velo translúcido para la fe, a través del cual encontramos la Presencia del Señor y eso en la medida de nuestra intimidad con él.

Los testigos, signos incorruptibles para la fe

Se trata de una relación esencialmente personal en que nuestra intimidad debe comprometerse y en la que es iluminada, purificada y liberada en la medida en que se compromete.

Los testigos están en la incapacidad absoluta de apropiarse el depósito que les ha sido confiado, de sacrificar y adulterar su testimonio, pues justamente son meros sacramentos, y justamente desde el momento en que emprendan sus propios negocios dejan de ser Iglesia y se vuelven anticristo, como Pedro que se vuelve Satanás cuando quiere hacer desviar a Jesús de la cruz. Es decir que todo ese organismo visible que designamos con en nombre de Iglesia, sin conocerlo además, todo ese organismo nos deja en absoluta libertad; más aún, exige nuestra libertad porque jamás estamos ante hombres que nos atan a sus sistemas, a sus pensamientos, a sus concepciones o ejemplos, a su vida, a su santidad – si tienen la fortuna de ser santos – ni tampoco a sus vicios – si por desgracia son viciosos – pues justamente son meros sacramentos que puede discernir la fe, única que puede discernir un sacramento, los reconoce como tales, y cuando ya no son tales, los reconoce también como enemigos de Cristo de los cuales hay que separarse.

Por eso la jerarquía, es decir la cadena de testigos – ya que no se trata de otra cosa – la cadena de testigos que nos presentan a Jesucristo, no tienen más oficio que presentarnos a Jesucristo y llevarnos a él. La cadena de testigos está en estado permanente de renuncia: la misión está ligada a una renuncia, es decir que ellos no pueden cumplir su misión sino eclipsándose, desapareciendo en Cristo, dejando que se exprese el yo de Cristo por sus labios, sus actos y su vida. De todos modos, son como signos incorruptibles para la fe, porque cuando dejan de ser meros testigos de la fe, ya no son nada.

Tan fuertemente como debamos seguir a Pedro en Cesarea, debemos separarnos violentamente de él en el pretorio. Es Pedro cuando no es él, cuando ya no es Simón, hijo de Juan, cuando su fragilidad desaparece en Cristo para dar testimonio de Cristo; pero cuando es Simón, hijo de Juan, ya no es más que un pobre diablo como nosotros que debemos llorar nuestras faltas y convertirnos.

Sentido de la infalibilidad

El mensaje mismo es una eucaristía

El mensaje mismo es una eucaristía. Es la luz de la intimidad de Jesucristo, es la luz de su Presencia, es la luz de su persona que como la intimidad de una persona, solo puede revelarse a nuestra intimidad, en la medida en que nuestra intimidad se decanta y se amplía para acoger la suya.

Y es justamente lo que significa la infalibilidad en la Iglesia. La infalibilidad: yo entiendo la incorruptibilidad sacramental y doctrinal. Nadie puede falsear el juego de la gracia divina a través de los sacramentos. Tan indigno como sea el ministro, su indignidad no puede perturbar esa fuente inmaculada, y tan limitado como sea el mensajero, sea los obispos individualmente o reunidos en Concilio, sea Pedro, sea cual fuere además la persona que le suceda en su sede, nadie puede adulterar o limitar el mensaje porque el mensaje mismo es una eucaristía. Es decir que el mensaje es la luz de la intimidad de Jesucristo, la luz de su Presencia, la luz de su persona que, como la intimidad de una persona, solo puede revelarse a nuestra intimidad, en la medida en que nuestra intimidad se decanta y amplía para acoger la suya.

No se trata de un sistema sino de una Presencia

…no se trata de un sistema, no se trata de una explicación del mundo sino de una Presencia, de una persona, de una intimidad, se trata de un conocimiento nupcial y virginal.

Pero aquí nadie puede intervenir, y es la creencia más ordinaria y común, que un sacerdote puede estar muy por debajo, muy por debajo de la mujer iletrada a la que le da la comunión; y que en el mismo nivel, todos los padres, todos los obispos reunidos en concilio en unión con la sede de Pedro, no tienen más luz – tienen inclusive mucho menos – que la mujer iletrada que barre la sala del concilio, si ella está más avanzada que ellos en la unión con Dios.

Pues justamente, no se trata de un sistema, no se trata de una explicación del mundo sino de una Presencia, de una persona, de una intimidad, de un conocimiento nupcial y virginal. Por eso Pedro que habla, Pablo que enseña, son remitidos a los mismos medios que sus auditores: no tienen otro recurso que la fe y el amor. Llegan a la inteligencia en la medida en que se eclipsan, en la medida de su amor se enraízan en la luz de Cristo, se hunden en su candor eterno y acceden al yo divino que es eterna caridad en la unión indivisible del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La infalibilidad descifrada

Hay pues que entender que la infalibilidad no significa que hay un hombre que sabe todo o que hay un hombre impecable. Hay que entender que la Iglesia es un sacramento: no quiere ser nada más. Si debe ser Jesús, él tiene que ser el único que cuente, que nadie pueda emprender nada contra su mensaje, que nadie pueda poseerlo y que los jerarcas cesan inmediatamente de ser Iglesia cuando piensan en sus propios negocios. Son la Iglesia cuando son él y no ellos; cuando vuelven a ser ellos, dejan de ser él, y entonces ya no son la Iglesia.

Nunca les estamos sometidos. A través de ellos estamos solo en posesión del velo que la fe hace translúcido y a través del cual percibimos el rostro de Cristo.

Solo dependemos de Jesucristo que es nuestro liberador

Nadie nos puede decir

Nadie nos puede decir quién es la Iglesia, nadie nos puede decir quién es Jesucristo sino con palabras sacramentos que tendremos que descifrar con la única clave que nos abre el acceso que es la inteligencia de la fe, es decir la luz de la llama de amor.

Pero nadie puede decir, nadie puede decirnos lo que vamos a encontrar. Nadie puede decirnos quién es la Iglesia, nadie puede decirnos quién es Jesucristo sino con palabras sacramentos que tendremos que descifrar con la única clave que nos abre el acceso que es la inteligencia de la fe, es decir la luz de la llama de amor.

Como cuando comulgamos, nadie puede decirnos lo que será nuestra comunión. Hay sin duda un gesto visible que reúne toda la comunidad, pero lo que ocurre dentro de cada uno en el encuentro con el Señor es un secreto conocido solo del que recibe la piedra blanca – como dice el Apocalipsis – sobre la cual está inscrito un nombre que nadie puede leer sino justamente el que la recibe, es decir que estamos en una libertad suprema.

Liberados de todos los hombres

Si el papa estuviera aquí, y si todos los obispos del mundo y todos los patriarcas del mundo estuvieran aquí y nos dijeran: “Así es como se debe entender el misterio de la Trinidad”, les diríamos: “Comulgamos desde luego con esas palabras pero lo mismo que ustedes, solo podemos comulgar por la fe y el amor. Entonces las palabras que ustedes nos dicen las recibimos de rodillas en la fe pero en la libertad absoluta del amor porque ustedes no saben más que nosotros lo que significan: no pueden explicar nada, solo pueden ser testigos y su testimonio lo recibimos como a él, como un sacramento, lo recibimos como a él mismo en la medida en que estamos enraizados en su intimidad.”

Es pues todo lo contrario de lo que podemos imaginar. La infalibilidad no quiere decir que estamos sometidos a un hombre sino que estamos liberados de todos los hombres, que nadie puede interponerse entre nosotros y Jesucristo, y que todos los que tienen misión de hablar de él son meros testigos cuyo testimonio está garantizado precisamente por la imposibilidad de que alguien se lo apropie y lo falsee. A través de ellos solo queremos encontrar a Cristo.

Despojamiento, transparencia y pobreza

No dependemos de un libro. No dependemos de una fórmula. Y además no son fórmulas sino sacramentos. Solo dependemos de Jesucristo que es nuestro liberador pues justamente solo podemos unirnos a él soltando lastre, haciendo estallar el yo biológico bajo la atracción de su yo para ser finalmente lo que es él. Entonces: despojamiento, transparencia, pobreza.

Por otra parte, todo el credo gravita alrededor de la pobreza ya que finalmente se resume en el Ubi caritas (2): donde hay amor y caridad, ahí está Dios y todos los dogmas no significan otra cosa. Dios es Amor Dios es Caridad, Dios es don, Dios se comunica, Dios nos llama a ser lo que es él. Él quiere vivir su vida, quiere vivir su vida en nosotros o mejor, nuestra vida como suya, a fin de que nosotros vivamos la suya como nuestra.

La Iglesia da testimonio de Jesucristo

Los testigos ordenados

La Iglesia toda entera es un testimonio y, naturalmente, por su bautismo y por su comunión…, todo cristiano es consagrado, designado, enviado como testigo.

Por otra parte, es imposible olvidar que la jerarquía, es decir los testigos ordenados como tales y ordenados precisamente para que el testimonio permanezca incorruptible, ordenados en la pobreza, ordenados para no poder emprender nada contra el testimonio de que están encargados, ordenados para desaparecer, ordenados en la renuncia, los testigos no son los únicos testigos sino simplemente los testigos ordenados, es decir designados para que el mensaje nos llegue en su integridad y que siempre tengamos a Jesucristo presente, conforme a las palabras dichas a Saulo en el camino de Damasco: “Yo soy Jesús al que tú persigues”.

Para el cristiano que vive o al menos trata de vivir en la fe, no hay problema. Los hombres de Iglesia no le interesan sino a título de sacramentos, no les pide nada sino que le den a Jesucristo, y su mediocridad no le molesta esencialmente: él va siempre más allá de lo que son ellos porque no se trata de ellos. Ellos son un signo sacramental, lo cual constituye el sentido mismo de su mediación, eclipsarse en Jesús y es lo que nos asegura nuestra total libertad ante él.

Pero, repito, los testigos designados así por una ordenación que hace de ellos sucesores de los primeros testigos, no son los únicos testigos. Toda la Iglesia, toda entera, deber ser testigo, la Iglesia entera es testimonio y todo cristiano, desde el bautismo y naturalmente por la comunión, pues además todos los sacramentos están ordenados a la eucaristía, todo cristiano es consagrado, designado y enviado como testigo. Todo cristiano participa en la misión apostólica y la misión apostólica de la mujer que no sabe leer es tan vasta, tan universal, tan grande y cargada de responsabilidad como la del jerarca, la del concilio universal, la de los obispos, los patriarcas y el papa.

Todos tenemos la misma misión. No todos tenemos la misma función pero somos testigos de los pies a la cabeza, día y noche, porque todos somos la Iglesia. Todos somos la Iglesia y lo somos todos y cada uno lo mismo que el papa, los patriarcas, los obispos y los sacerdotes. Todos lo somos porque no podemos ir a Cristo para amalarlo a medias. No hay dos ideales en el cristianismo: el de los monjes y los sacerdotes y el de los seglares: todos son sagrados, consagrados, todos son sacerdotes a su manera, todos son enviados, todos tienen la misma misión, todos están encargados de él y todos deben asumir la carga del mundo entero.

Cómo encontrarlo

Es necesario que yo me vaya para que me encontréis. Habiendo comprendido por fin toda la renuncia de mi humanidad, toda su universalidad, habiendo descubierto por fin en mí al Hijo del Hombre, al segundo Adán, al que está presente a todos y en el interior de cada uno… al que puede decidir “yo” en cada uno porque su yo es universal, el yo divino, el yo trinitario, el yo que no puede poseer nada, el yo que es impulso hacia los demás.

Pues, finalmente, para encontrarlo, y por eso era indispensable que se fuera, es necesario asumir toda la humanidad. Es necesario asumir toda la humanidad: “Os conviene que yo me vaya porque si no me voy no recibiréis el Espíritu Santo.” (Juan 16:7) Es necesario que me vaya para que me encontréis. Habiendo por fin comprendido toda la renuncia de mi humanidad, toda la universalidad de mi humanidad, habiendo por fin descubierto en mí al Hijo del Hombre, al segundo Adán, al que está presente a todos y al interior de cada uno, al que jamás se puede encontrar separándose de los demás, al que puede identificarse con todo el que está prisionero, cautivo, leproso, enfermo, solitario, de viaje, náufrago, en fin, con el criminal y condenado suspendido del madero, al que puede decir “yo” en cada uno porque su yo es universal por ser el yo divino, el yo trinitario, el yo que no puede poseer nada, el yo que es impulso hacia los demás.

¿Cómo encontrar al que es así el despojamiento absoluto y la presencia universal, sino universalizándose con él? Y eso es lo que significa la palabra católico, que quiere decir universal: no es el nombre de una secta, de un gueto, es la vocación de universalidad, la afirmación de que la Presencia de Cristo, su diferencia, es no tener diferencia, no pertenece a nadie, no es monopolio de nadie y justamente, de que solo se la puede encontrar comunicándola. Solo se la puede encontrar comunicándola.

Todos no tenemos que ser de Iglesia porque todos tenemos que ser la Iglesia. Y todos y cada uno podemos ser la Iglesia. Y todos y cada uno podemos ser de Iglesia y ser la Iglesia, justamente encontrando a Cristo, comunicán­do­lo.

Y todos debemos ser de Iglesia porque todos debemos ser la Iglesia. Y todos y cada uno podemos ser de Iglesia y ser la Iglesia, justamente encontrando a Cristo, comunicándolo.

No se puede ir a él de otra manera y por eso nos ha convocado a su mesa, al banquete de la fraternidad universal, salido de la paternidad universal. Tenemos que estar juntos para llamarlo, tenemos que constituir juntos su Cuerpo Místico y en la medida en que lo hagamos podremos llamarlo y encontrarlo. No puede responder a otra invitación porque toda otra invitación no iría a él en su autenticidad, no iría a él en su despojamiento, en su pobreza, en su universalidad, en su presencia en todos y cada uno. La catolicidad es la del amor. ¡Y no hay otra!

Es desde luego una tarea que se debe realizar al precio de sí mismo y que jamás se termina porque nadie puede gloriarse de ser cristiano, nadie puede decir que es fiel, nadie puede pretender haber alcanzado el despojamiento supremo y poder identificarse con cada uno como la madre más perfecta con su hijo más amado.

Pero en fin, el camino a seguir es la orientación que se debe tomar, la dirección posible y así es como se vive el misterio de la Iglesia como el misterio de Jesús.

Identificación con Jesús

Dios no puede estar contenido en un libro como tal. No puede estar contenido en una fórmula como tal. Es absolu­tamente imposible que una intimidad se revele sino en una intimidad. Y la intimidad divina solo pudo revelarse sin límites ni mezcla en… la intimidad de Jesucristo.

Naturalmente, podemos preguntarnos si la Iglesia es eso, si la encarnación continúa a través de nosotros, si Dios no puede expresarse de otra manera porque eso es lo que no se debe olvidar: Dios no puede estar contenido en un libro como tal. No puede estar contenido en una fórmula como tal. Es absolutamente imposible que una intimidad se revele sino en una intimidad. Y la intimidad divina solo pudo revelarse sin límites ni mezcla, sin posibilidad de repliegue por ser incapaz de poseer nada, en la intimidad de Jesucristo.

Y a su vez, la intimidad de Jesucristo, humanidad diáfana, humanidad sacramento, humanidad que es fermento de liberación en nosotros, solo podemos alcanzarla haciéndonos poco a poco lo que es él, entrando en su despojamiento, abandonando nuestro antiguo yo propietario, adhiriendo al suyo y dejándonos atraer y transformar poco a poco por el suyo.

La Iglesia misterio, la Iglesia mística… Imposible ser la Iglesia sin vida mística. Imposible reconocer la Iglesia si vida de unión con Cristo porque solo en unión con Cristo puede realizarse la identificación: “Yo soy Jesús”, solo en esa identificación todo lo que no es él aparece como sacramento que jamás puede obligarnos, limitarnos, o embarazarnos, que solo puede llevarnos a él y no puede separarnos de él.

La Iglesia y su jerarquía

La historia de la Iglesia

Y sin embargo, en apariencia, si leemos la historia, qué lamentable espectáculo presentan a menudo a nuestros ojos los hombres de Iglesia, los hombres que se suponen representar la Iglesia, sin olvidar por otra parte que, como ellos, todos hacemos parte de ella, lo mismo que ellos aunque de otra manera.

Sin embargo, es muy cierto, si pensamos en la inquisición o en las cruzadas, en ese lavado de cerebro en nombre de la ortodoxia que no vale más que el que se realiza en otras partes en nombre de una ideología contraria, si pensamos en esa política, en ese gobierno absoluto en lo temporal de los hombres de Iglesia, si pensamos en las ambiciones, en el comercio de las cosas sagradas, en la compra de los cargos pontificios que se convierten en bienes de familia y de los que dispone a veces una concubina de los candidatos, si releemos toda esa historia nos preguntamos cómo es posible.

Y cuando vemos una especie de absolutismo que se difunde por todas partes y que está en connivencia con todos los absolutismos, que ha tentado todos los poderes, que canta Te Deums por todas las victorias y que vive siempre asociado con hombres adinerados hablando de pobreza, de pobreza en las palabras pero de dinero en el corazón, uno se pregunta qué se hizo el evangelio de Jesucristo y por qué justamente desaparecieron los pobres que abandonaron la Iglesia y con quienes ella ha perdido la mayor parte del tiempo un contacto eficaz.

Naturalmente, podríamos acusar mucha gente, eso sería en vano. En realidad, si los hombres de Iglesia son a menudo tan lamentables y de mediocridad tan pesada, si tan a menudo están fuera de la vida y sus palabras son tan irreales, no hay que echarles demasiado la culpa, hoy menos que nunca, pues en general podemos decir que tenemos un clero mejor que nunca.

El cordón umbilical que une a la antigua Alianza

Hay que echarle la culpa al hecho trágico de que todavía no hemos liquidado el antiguo Testamento, todavía no hemos cortado el cordón umbilical que nos une a la antigua Alianza. Por la desgracia del tiempo y de las circunstancias históricas, nos quedamos ante los libros sagrados del Antiguo Testamento, mucho antes de que existieran los libros del Nuevo.

Los primeros libros que se leyeron en las asambleas cristianas eran naturalmente los libros del Antiguo Testamento, no había otros. Los primeros discípulos eran hombres del Antiguo Testamento, y aunque su corazón había cambiado, su lenguaje no había cambiado ni tampoco sus categorías mentales. Y finalmente la conexión entre la Antigua y la Nueva Alianza se realizó de manera tan estrecha que Jesucristo se añadió más bien como complemento del Antiguo Testamento en vez de verlo más bien como la revolución fundamental que él había venido a realizar y que brilla en la oposición que introduce entre Juan el Bautista que es el último y el mayor de los profetas y el más pequeño en el Reino, pues justamente el Reino de la Verdad del que da testimonio es un Reino sin fronteras que hace estallar el judaísmo.

Además, el judaísmo no se equivoca pues considera deber suyo desembarazarse de ese revolucionario que amenaza los fundamentos mismos de la nación: “porque es mejor que perezca un hombre solo y no que toda la nación corra un peligro mortal.” (Juan 11:50) Eso no lo habíamos visto. Seguimos pensando a Dios como un faraón, un emperador, un déspota, un amo, un juez, una amenaza y un límite.

Entonces todo estaba falseado en las proporciones y las relaciones y en vez de liberarnos, Jesucristo se hizo víctima de ese Dios propietario que no perdonó a su Hijo y cuya justicia es algo inexorable ante lo cual jamás podremos tener suficientes mediaciones para escapar a su venganza.

Una jerarquía prisionera del poder

De ese Dios propietario, de ese Dios Faraón, de ese Dios emperador que es finalmente el Dios de la cristiandad y que naturalmente prestó inmediatamente mano fuerte a todos los imperios, a todos los imperios pues el primer cuidado del emperador hecho cristiano, soberano pontífice de los cultos paganos y obispo exterior de la Iglesia cristiana, fue manipular la Iglesia, dar a los obispos honores y toda la chatarra con que se siguen adornando, pero haciéndolos prisioneros, prisioneros del Estado, prisioneros del poder como guardianes de la unidad temporal y política que los ha llevado a tomar causa y partido por la causa triunfante cuando se les dejaba la independencia ritual con que a menudo se contentaron.

Afortunadamente, hoy estamos liquidando esos falsos valores. Y cada vez más sentimos que el misterio de la Pobreza divina se hace cada vez más legible a las almas cristianas, que ellas se sienten más cómodas ante ese Dios. Recuerdo a una anciana religiosa del Cenáculo de París que me decía: “Hace 33 años, 33 años que yo estaba esperando eso.”

No cabe pues duda de que ahora estamos más cerca que nunca de una liquidación tan necesaria como debe ser definitiva de ese ídolo – porque para nosotros es un ídolo.

Podía no ser ídolo para los judíos, desde luego, no lo era para todos los que tenían una fe viva y que eran auténticamente los hijos de Abrahán; pero para nosotros es un ídolo, porque Jesús nos trajo otra escala de valores y nosotros ya solo podemos reconocer a Dios en la reciprocidad del amor y en la dimensión de la generosidad.

El misterio de la Pobreza divina

Un nuevo mundo, revelar la Iglesia

Por Jesucristo hemos entrado en el mundo nupcial… En adelante, solo existe un tesoro que cuenta y está dentro del hombre, la Presencia de Dios, confiada al hombre que solo puede manifestarse en él y que solo por él puede comunicarse.

Todo ha cambiado porque por Jesucristo hemos entrado en el mundo nupcial, porque por Jesucristo hemos entrado en el mundo virginal, en el mundo universal, en el mundo sin frontera, como por Jesucristo hemos sido encargados de toda la humanidad en nombre mismo de su humanidad, pues en adelante solo existe un tesoro que cuenta, y está dentro del hombre, la Presencia de Dios, confiada al hombre que solo puede manifestarse en él y que solo por él puede comunicarse.

Y eso justamente debe hacernos amar la Iglesia. Sabemos que no estamos atados en modo alguno a las faltas de ningún hombre, como nadie está ligado a las nuestras. Sabemos que no debemos justificar ni defender ninguno de los límites, ninguna política, ninguna desviación de los hombres de Iglesia que necesitan reformarse cada día, comenzando por nosotros mismos.

A pesar de todo, la Iglesia sigue siendo inmaculada, la Iglesia misterio, la Iglesia mística, la Iglesia sacramento, la Iglesia que es Jesús, la Iglesia que debemos ser, la Iglesia que somos todos y cada uno por todo lo que somos, la Iglesia que debemos revelar silenciosamente, apretando los lazos con la comunidad, porque si los aflojamos, ¿por qué no los aflojarían a su vez los demás? ¡No tenemos derecho de dejarles el peso del testimonio visible!

Tenemos que estar presentes aunque eso nos moleste, aunque sea mediocre, aunque sea feo porque no estamos ahí para nosotros sino por él, en todas partes, en el sinaxis (3) dominical, en la comida de la fraternidad universal así como en el testimonio cotidiano de toda hora y de toda circunstancia, donde debemos ser él y mostrar su rostro.

Dios precioso y frágil

El Evangelio no es un libro que se puede separar de la Persona… el Evangelio nos necesita para ser realidad viva. Si no somos realidad viva, el Evangelio es un libro como los demás, un libro inerte, que divide, que suscita sectas, que alimenta fanatismos.

Y ahora vuelvo a lo esencial justamente porque se trata de un conocimiento nupcial: la Revelación solo puede realizarse por medio nuestro. El Dios que se revela en Jesucristo porque solo tiene un rostro de Amor, porque no es sino Corazón, es un Dios frágil, es un Dios frágil, un Dios que muere, un Dios que cualquiera puede matar, un Dios desarmado, es un Dios sin defensa.

Todo lo precioso es frágil. Lo más precioso es lo más frágil. Y Dios es lo más frágil y nada es más fácil que abandonarlo. No protestará. No se defenderá. No nos juzgará. Somos nosotros los que lo juzgamos y lo crucificamos y lo condenamos. ¡Nosotros somos su infierno y él no es jamás el nuestro! Dios es frágil.

Y el Evangelio no es un libro separable de la Persona, no es una fórmula ni un sistema del mundo sino la irradiación de su intimidad y la luz de su Presencia, el Evangelio nos necesita para ser realidad viva. Si no somos realidad viva, el evangelio es un libro como los demás, un libro inerte, un libro que divide, un libro que suscita sectas innumerables, un libro que alimenta fanatismos insuperables, un libro que hace mal finamente como todos los libros que hacen de Dios un objeto.

Todos los rostros que deben abrirse y transformarse

Si todo comienza por la fe en el hombre es porque hay en el hombre ese bien escondido, ese sol interior, esa Presencia silenciosa, ese tesoro frágil y siempre amena­zado confiado a nuestro amor. Cada uno de esos seres… es el estuche de la joya infinita que es el Dios vivo.

Se trata pues de que encontremos una relación con Cristo vivo dejándolo vivir en nosotros. Estamos encargados de él, estamos encargados de todos los demás en él y por eso, para hacer vivir el misterio de la Iglesia y para serlo y para que la Iglesia tenga en el mundo otra apariencia que la que ha tomado a los ojos de la multitud, nosotros tenemos que tomar conciencia de la Presencia oculta detrás de todo rostro humano.

Todos esos rostros donde no hay nadie, todos esos rostros prefabricados, todos esos rostros de tipo Hollywood, todos esos rostros arrastrados por cualquier moda, todos esos rostros endurecidos en una actitud, todos esos rostros... son a pesar de todo los que deben transformarse, llevar a su vez la luz de Cristo, ser en el mundo el fermento de la grandeza y la dignidad.

Si el hombre es tan conmovedor, tan patético, si hay que creer en él, si todo comienza por la fe en el hombre, es justamente porque en él está ese bien oculto, ese sol interior, esa Presencia silenciosa, ese tesoro frágil y siempre amenazado que está confiado a nuestro amor. Cada uno de esos seres, tan mediocre y deforme como pueda ser, es sin embargo el estuche de la joya infinita que es el Dios vivo.

Liberar a Dios y salvarlo de nosotros

Y esa es la única verdad esencial, la única que sea siempre nueva, la única que suscita a la vez nuestra confusión y nuestro entusiasmo, la única que sea liberadora, la única que le da a nuestra vida un sentido creador. Hay que liberar a Dios y salvarlo. Liberar a Dios y salvarlo de nosotros, de nuestros límites, de nuestra opacidad. Se entiende que Claudel haya escuchado en Notre Dame el día de navidad de 1886, el grito de la inocencia y de la infancia eterna de Dios en las antífonas de Navidad.

Eso es: Dios es una eterna infancia, Dios es una inocencia desgarradora, Dios es una fragilidad infinita, como la Verdad, como el Amor, como la música, como el aliento de un niñito que duerme. Y por eso debemos dar testimonio, no hablando de él sino siendo palabra viva en el silencio del amor. No predicando la conversión sino aportando la luz de su Bondad. No queriendo obligar a los demás a pensar como nosotros, sino arrodillándonos ante ellos para el eterno lavamiento de los pies.

¡Es en la medida en que reconozcamos la dignidad humana en cada uno, en cada uno, en cada uno! ¡Porque no existe pueblo escogido, no hay clave, no hay clase, no hay superior, no hay clase pequeña ni pueblo pequeño! Solos hay hombres y en ellos, Jesucristo, Jesucristo que nos está confiado, Jesús que quiere nacer y crecer en nosotros, por medio de nosotros, Jesús que dijo, y ese es finalmente el misterio de la Iglesia expresado en su luz más interior, más mística, más ardiente, más patética, más apasionante: “El que hace la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3:35; Mt. 12:50; Lc. 8:21)

Sí, eso es: hay una maternidad divina que realizar de la cual está encargada toda alma cristiana y por eso debemos escuchar hoy el cántico del Ángelus, el llamado de la Anunciación ya que todos estamos llamados a hacernos cuna viva de Dios para que sea Navidad en nosotros y alrededor y para que el Evangelio de vida, el Evangelio universal, el Evangelio eterno, el Evangelio que es Jesús llegue al mundo, es necesario que realicemos de verdad, que tratemos al menos de vivir escuchando en lo más íntimo de nosotros la invitación infinita: “¡El que hace la voluntad de mi Padre, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”!


(1) Aimé Puech, 1860-1940. Latinista y helenista. Su gran obra: historia de la literatura griega cristiana hasta el fin del siglo IV. Sobre Las Enéadas de Plotino, texto establecido y traducido por Émile Bréhier. Escribió, por ejemplo, un informe en el Journal des savants en 1924. La encarnación, verdad fundamental del cristianismo, es una verdad que se integra mal en la tradición de la filosofía griega y del neoplatonismo de Plotino. Cf. Metafísica cristiana y neoplatonismo de Albert Camus.

(2) Himno Ubi charitas : Donde hay caridad y amor, Dios está presente. / El amor de Cristo nos ha reunido y somos uno. / Exultemos y alegrémonos en él. / Temamos al Dios vivo / y amémonos unos a otros con sincero corazón. Etc.

(3) El sinaxis es el lugar de una asamblea cristiana (primeras comunidades e iglesias griegas sobre todo).

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