Homilía de Mauricio Zúndel en Bex, Suiza, en 1951. Inédita.

Resumen: Encontramos en los evangelios la manifestación de la sensibilidad de Jesús. Por mil pequeñeces con matices de nuestro amor entraremos en la vida en el secreto del Corazón de nuestro Señor y seremos para los demás una estrella que los guíe hacia el Amor infinito, como en la Epifanía.

En este día de Epifanía

El día de Epifanía, como ustedes saben, es el día de la manifestación de nuestro Señor y de la adoración de los magos que son los delegados de las naciones, el día de la manifestación de nuestro Señor en el Jordán donde recibe el bautismo, en fin, el día de la manifestación de nuestro Señor en las bodas de Caná donde cambia el agua en vino.

El milagro de las bodas de Caná

Vamos a detenernos unos instantes sobre este episodio. Nada hay más sorprendente que encontrar precisamente en el evangelio de san Juan, que es el evangelio interior, el evangelio de la contemplación, el primer milagro reportado de Jesús, la intervención de nuestro Señor en las bodas de Caná, para sacar de problemas a las personas que invitaron a sus amigos a su boda, y esos amigos llegaron en mayor número de lo esperado y llegó a faltar vino.

Dándose cuenta de ello, la Santísima Virgen lo hizo notar a nuestro Señor. Sin duda alguna, Él se había dado cuenta antes, y lo maravilloso es que la sensibilidad de nuestro Señor percibió inmediatamente el percance, la molestia, el sufrimiento, la humillación de la pareja. Va a haber una sombra en la fiesta, una especie de deshonra en la solemnidad pues no se podrá ir hasta el final de la fiesta y se dará a los invitados la impresión de que se procedió con tacañería, sin poner todos los recursos al servicio de los amigos.

La expresión de la sensibilidad de Jesús

Y entonces viene la intervención de nuestro Señor, del modo más silencioso y discreto posible, pues solo el maestro de ceremonias se apercibe de ello y también los esposos los cuales, evidentemente, comprenden que este vino excelente, mejor que los demás, no viene de sus reservas sino de una mano misericordiosa y llena de amor que vino probablemente en su ayuda.

Encontramos además otros rasgos en el evangelio y ustedes recuerdan que fue por las lágrimas de María, hermana de Lázaro, que Jesús resucitó a su hermano.

Hay justamente en el corazón de nuestro Señor una sensibilidad extremadamente fina, exquisita, e infinita, que capta todos los matices del sufrimiento y la angustia humana, y que no puede resistir a ciertos llamados que vienen del fondo del hombre y de la soledad del corazón.

No sin razón pues, la Iglesia, celebrando la Epifanía que representa ante todo la venida de los Magos a Belén, quiso asociar a esta manifestación, pequeña e infinitesimal en apariencia, porque justamente nada es más necesario para nosotros que la formación en el sentido de los detalles y aprender que la vida está hecha de esas pequeñeces.

Las pequeñeces que son todo en la vida

Justamente, los detallitos, las pequeñeces son todo en la vida. No hay nada mejor y que nos ponga más en presencia del amor de Dios que prestar atención al sufrimiento de alguien, estar realmente presente, estar presente como un rostro abierto y comprensivo, hacer sentir un corazón que vibra con el corazón de los demás.

San Francisco va a morir. Es una angustia inmensa para sus discípulos. Pues bien: hay que cantar el Cántico del Sol. Ese canto va a calmar el duelo, poner una nota de alegría en esa escena desgarradora y los discípulos no podrán recordar nunca esa muerte sin un pensamiento de vida y de júbilo y sabrán que para su maestro la muerte no fue una angustia sino un gran impulso de amor por Cristo en quien nunca cesó de esperar.

O Tomas Moro, el gran mártir inglés del siglo 16, cuando va a subir al cadalso, dice al verdugo: “Ayúdame a subir. Para bajar podré hacerlo solo.” Su humor debe darle al verdugo la impresión de no hacer algo terrible ya que el mártir, se trata de un mártir, el mártir sube al cadalso con tanta paz en el corazón y con una voz tan alegre.

En una de sus más célebres cartas, Santa Catalina de Siena cuenta una visita que hizo a un joven, Nicolás Toldo, condenado a muerte por una bagatela: había dicho una broma algo irreverente sobre el magistrado, y por eso lo van a decapitar. Ese joven de Perusa, lleno de vida (estamos en primavera), quisiera vivir con todo el ardor de su juventud. Está desesperado, lleno de ira contra Dios. Y Catalina va a su prisión, le habla del amor de Cristo, de su Presencia, de su Pasión y de su participación en su muerte, si él acepta hacerse misterio de la Redención.

Hay en la presencia de Catalina tanta caridad, tanta luz, tanta transparencia, que el joven se transfigura y dice sí, acepta su muerte y está dispuesto a ofrecerla a Dios, a condición que Catalina acepte también acompañarlo al lugar del suplicio. En efecto, el día de la ejecución, ella llega antes que Nicolás y le pide largo tiempo al Señor que sea presencia real en el momento de la ejecución y, cuando llega Nicolás acompañado del verdugo, Catalina le pone la cabeza en el tajo y lo anima sonriendo: “Anda, hermano, no temas, pronto estarás en las bodas eternas.” Y Nicolás ya solo ve ese rostro bondadoso, ese rostro de gracia y caridad y el condenado muere sin siquiera darse cuenta de su ejecución. Y Catalina recoge su cabeza contra su corazón.

Prevenir las heridas del corazón

Esa pequeñez, justamente, que era un detalle exquisito de gracia y caridad que era más fuerte que la muerte, disipó los temores y toda la ira e hizo de la ejecución injusta y brutal una ofrenda de amor casi gozosa.

Hoy en día no tendremos la ocasión de asistir a una ejecución capital y de suavizar su amargura, pero a cada instante podemos prevenir las heridas del corazón que son ya una especie de muerte.

Conducir al Amor infinito

Por todas esas atenciones que son pequeñeces, por esos detalles exquisitos de bondad, silencio y ternura que introducen justamente en la vida una presencia que hace sentir nuestro rostro a un corazón. Y así engendramos a nuestro Señor Jesucristo en el misterio de su Epifanía.

Porque justamente Jesús va hasta el final de la sensibilidad humana y, para responder a las invitaciones de la sensibilidad humana, realiza su primer milagro y también la resurrección de Lázaro que fue su mayor milagro.

La vida se compone de esas pequeñeces como toda la música se compone de matices, y combinando todas esas pequeñeces con los matices de nuestro amor, entraremos en el corazón de nuestro Señor y seremos para los demás la estrella que los conduce al Amor infinito que se nos muestra hoy bajo los rasgos de un pequeño infante.

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