Homilía de Mauricio Zúndel en el Carmelo de Matarieh, el Cairo, en junio de 1967, en el momento de la guerra de los 6 días. Inédita. Ya publicada en 2014 05 11-12.

Resumen: La noción misma de guerra supone una humanidad que aún no ha nacido. Ahora bien, una sola vida humana vale más que el mundo entero. El cristianismo es la religión de la grandeza de la vida. El único camino hacia la paz es creer en el hombre.

Las guerras dan testimonio de que el hombre aún no ha nacido

Todas las guerras de la historia son el testimonio trágico de que el hombre aún no ha nacido. La guerra pone la religión en bancarrota pues si la religión misma provoca la guerra…,si no ha creado en sus fieles el sentido de la grandeza de todo hombre y de la inviolabilidad de toda conciencia, la religión está condenada… Es el signo de que la religión, sea cual fuere, tampoco ha nacido, no tiene como base el verdadero Dios que nos revela la inviolabilidad del hombre.

Lo que quisiera expresar simplemente, para mí como para ustedes, es la toma de conciencia del precio de la vida humana que estos acontecimientos nos hacen sentir tan profundamente.

Es evidente que la noción misma de guerra supone una humanidad que aún no ha nacido. Una humanidad que hubiera nacido y hubiera descubierto la inviolabilidad de la vida humana en cada uno, sabría que cada uno es más precioso que el mundo material en su totalidad. Ningún territorio vale el sacrificio de la vida, todas las disensiones deben resolverse por conversaciones de hombre a hombre, y hay siempre solución si queremos salvar la vida, si ponemos la vida en primer plano, si creemos en el hombre y su inviolabilidad. Todas las guerras de la historia son testimonio trágico de que el hombre no ha nacido todavía. Y por lo mismo, la guerra pone la religión en bancarrota, pues si la religión misma induce la guerra, si invita a la guerra, si la religión no puede impedirla, si no ha creado en sus fieles el sentido del hombre, de la grandeza de todo ser humano y de la inviolabilidad de toda conciencia, la religión está condenada, se condena a sí misma cuando conspira con la guerra, cuando la provoca, inclusive cuando la considera posible. Eso es signo de que la religión, sea cual fuere, tampoco ha nacido, ni está fundada en el verdadero Dios el cual justamente nos revela la inviolabilidad del hombre y la santidad de la existencia.

Sin duda siempre se podrá decir que un criminal es un hombre, que un criminal es un ser humano, un ser salido del pueblo, que se pone fuera de la humanidad, que no se permite a la humanidad suprimirlo, sino simplemente impedirlo de hacer daño, hasta que encuentre el camino de su humanidad.

Una sola vida humana vale más que el mundo entero

Precisamente existe el caso que me parece grave, de que la religión, más cuando está confirmada y pública, no logre inspirar al hombre el culto del hombre y el sentimiento de su inviolabilidad.

Finalmente nada puede justificar una guerra si no ha habido en realidad crímenes contra naturaleza realizados contra el hombre y no hay ningún otro medio de impedirlos. Es ciertamente la lección que más me impresiona en estos acontecimientos, el que una sola vida humana vale más que el mundo entero, el mundo entero debería unirse para salvar una sola vida humana, y más aún si se trata de miles, de miles de vidas humanas.

Cada soldado que cae, donde fuere, es una fuerza joven que se le quita a la humani­dad, es una joven esperanza arrebatada a ella misma, a su hogar, a su familia, a todos los que lo aman, es un arrebato brutal y bárbaro a toda una situación que podía conducir a más alegría y grandeza. Yo sé que la mayoría de la gente no hace mayor cosa de su vida, que en efecto la inmensa mayoría de los humanos no han nacido. Pero en fin, mientras vivimos, existe la posibilidad de nacer. Y, aceptado con espíritu de ofrenda y de entrega, ese arrancamiento brutal puede ser para el individuo una realización heroica y santa.

Que un hombre perezca a manos de otro, eso es lo horrible e inadmisible ya que esa muerte no está en la naturaleza… El hombre solo puede realizarse siendo acogida universal para todos los hombre.

Considerando la organización, no es menos cierto [que la guerra] es un atentado contra la vida humana. Y eso es lo terrible. Son horribles todas las destrucciones materiales que sacrifican a menudo obras maestras de manera irreparable, pero lo irreparable es la pérdida de la vida humana. Que un hombre perezca a manos de otro, eso es lo horrible e inadmisible ya que esa muerte no está en la naturaleza y parece monstruosa precisamente porque el hombre solo puede realizarse si es acogida univer­sal para todos los hombres. Entonces, que un hombre pueda causar la muerte de otro, o que un grupo de hombres pueda causar la muerte de otro grupo de hombres, eso es algo particularmente doloroso e inadmisible. En este sentido, los acontecimientos actuales nos hieren en lo más profundo como negación de la humanidad, como prueba de que el hombre no ha nacido todavía.

Pero la lección que hemos de sacar consiste en constatar con cuánta frecuencia hemos hecho daño a la vida nosotros mismos, con cuánta frecuencia no hemos respe­tado la humanidad de los demás, y con cuánta frecuencia hemos limitado el campo de expansión de la vida con nuestros humores, nuestros caprichos, egoísmos, resenti­mientos, envidias, en fin, con todo lo que es una negación de acogida.

El cristianismo es la religión de la grandeza de la vida

Y si salimos vivos de la prueba que ha comenzado más o menos hoy, es justamente en el sentido de que saquemos la lección del acontecimiento: considerar la vida como sagrada, considerar que en cada uno la vida es universal, promover su establecimiento y su progreso en cada uno y ante todo evitar todo lo que pueda arrojar una sombra sobre la vida, todo lo que pueda limitar, todo lo que pueda impedirles a los demás hacer de ella una obra maestra de luz y de amor.

La religión de la vida es lo que está en el corazón del cristianismo, en el corazón de Dios, ya que Dios da su vida para salvar la vida humana, pues la cruz de Jesucristo mide la grandeza de nuestra vida. Esta religión confirma la autenticidad de la religión como tal, y es pues la medida en que respetemos la vida, en que sintamos toda herida hecha a la vida como una herida hecha a Dios, en esa medida seremos fieles al Evangelio, fieles a la palabra de nuestro Señor: “He venido para que tengan la vida, y que la tengan en abundancia” (Jn.10:10).

El camino de la paz

Nada sería más maravilloso que hacer felices a quienes nos rodean y pasar nuestra existencia terrestre, tan larga como sea, pasarla justamente siendo en la vida de los demás la sonrisa de la Presencia y de la ternura de Dios.

Pidamos esta gracia por la intercesión del corazón inmaculado de María que es la fuente de un amor tan grande y de quien se dice justamente que la Virgen se identifi­caba con ese corazón, ella que es la madre del Amor Hermoso. El Amor Hermoso es el que glorifica la vida, la protege, la preserva y busca siempre a hacerle escoger lo más grande y hermoso que hay en ella.

El único camino de la paz es creer en el hombre, querer apasionadamente que se respete la inviolabilidad de cada uno, convencerse de que cada vida, cada individuo es indispensable y su vida vale más que el mundo entero.

Si entramos en esta vía real, habrá siempre algo cambiado y ése es ciertamente el único camino de la paz, creer en el hombre, querer apasionadamente que se respete la inviolabilidad de cada uno, convencerse de que cada vida, cada individuo es indispensable y su vida vale más que el mundo entero, como había afirmado san Juan de la Cruz de cada pensamiento: que un solo pensamiento del hombre es más grande que todo el universo. Sólo Dios es digno del amor de Dios [?] *.

Si ya un solo pensamiento del hombre es más grande que el universo, cuánto más la vida entera. Vemos claramente que la tradición cristiana, la tradición mística lo afirma: la guerra no puede ser concebible para un cristiano, a menos de ser forzado después de agotar todas las posibilidades del don de sí mismo, pero es increíble – y lo vemos bien en el hecho de que san Francisco haya sido recibido por el Sultán Malik al Khamil en Damieta – cuando un hombre es así de transparente a Dios, aún el enemigo reconoce en él un mensajero inocente de la Paz y del Amor.

Que no perdamos en el corazón… ver a cada uno… como hijo de Dios… Cualquiera que sea, es indispensable para el equilibrio de la creación, ya que lleva en su corazón la luz de una revelación que solo él puede realizar, pues nadie sería inviolable si un solo hombre no tuviera esa dignidad.

Sea cual fuere el desarrollo de los acontecimientos, pedimos que no perdamos en el corazón la acogida, la posibilidad de ver a cada uno, esté donde estuviere, como un hijo de Dios que necesita de nuestras oraciones, que necesita de nuestro amor, porque, sea quien fuere, es indispensable a la Creación, ya que lleva en su corazón la luz de una revelación que solo él puede realizar, pues nadie sería inviolable si un solo hombre no tuviera esa dignidad.

Pedimos con todas nuestras fuerzas por que el hombre nazca y que al comienzo de estos trágicos acontecimientos de una y otra parte, los hombres se reconozcan, apren­dan a reconocerse y a respetar los unos en los otros el rostro eterno de la humanidad.


(*) Es decir, digno de su objeto. “Solo Dios es digno de ella.”

Breve máxima de san Juan de la Cruz, del manuscrito autógrafo Andújar : “Un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo ; por tanto, sólo Dios es digno de él.” Cf. correspondencia con Blas Pascal, (fragmento Pruebas de Jesucristo, Lafuma 308, Brunschvicg 793) “Todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la tierra y sus reinos, no valen el menor de los espíritus. Porque él se conoce a sí mismo, y los cuerpos nada.”

 

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San Francisco de Asís y el sultán Malik al Kamil en 1219, en Damiette, Egipto.

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