Artículo de Mauricio Zúndel en el mensual literario "Les causeries" (Friburgo, n°3 marzo de 1927).

Resumen: Vida comentada de José a través del relato bíblico.

No temas José

¡Cuántas veces lo he observado, cuando las sombras llenaban la iglesia y la luz de un cirio hacía flotar un halo de dulzura alrededor de su estatua junto a la columna del transepto.

Tenía el lirio en las manos, los ojos bajos y estaba cubierto de polvo. Pero parecía sorprendente en ese yeso de tan sombría indiferencia y prodigiosa ausencia de movimiento. Como alguien que está y no está. Como un ciego que nos mira con ojos muertos. Como alguien que guarda un terrible secreto.

“No temas, José, acoger a María como esposa.” (Mt. 1:20)

Quizás en esos está pensando. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué momento!

Fácilmente imaginamos el encuentro de Dante y Beatriz, ¿pero podemos representarnos el encuentro de José y María, y la calidad de su amor? El hombre que pudo hacer lo que él hizo debió ser capaz de una ternura sin igual.

En su corazón había abismos que solo esa luz podía llenar. Al primer contacto quedó enteramente cautivado y al mismo tiempo invadido por la angustia más terrible. ¡Dios mío! ¿Qué fue lo que pasó?

Ella tenía en la mirada la virginidad de su corazón. Él no hace preguntas. Las palabras eran demasiado débiles para expresar su dolor y su respeto.

¡El que tocó a este tesoro, que lo guarde! Decidió eclipsarse ante el padre de ese hijo.

“Como era justo y no quería difamarla, decidió abandonarla secretamente.” (Mt. 1:19)

Se durmió destrozado por el sacrificio en que acababa de inmolarlo su amor con una delicadez heroica que deja adivinar al mismo tiempo todo lo que él daba y todo lo que perdía. En medio de la noche, el Ángel lo tocó.

“José, hijo de David”, (Mt. 1:20)

Es verdad que el pobre hombre era hijo de rey e iba a recibir más que un reino.

“No temas”,

Una inmensa alegría llenaba ya su corazón.

“Acoger a María”,

El Ángel se inclina ante la plenitud de gracias de que es símbolo este nombre y lo pronuncia con tanta dulzura y reverencia que José siente una embriaguez admirable.

“como Esposa”,

– Dios te la da. – Y el hombre no puede separar lo que Dios ha unido.

“porque lo que ha nacido en ella es obra del Espíritu Santo. Ella dará a luz un Hijo y le darán el nombre de Jesús porque él salvará a su pueblo de sus pecados.”

Así, ese niño será el Mesías. Y la mujer, es la virgen que contempló en su visión el profeta Isaías.

¿Así se han cumplido los tiempos y termina el Antiguo Testamento en la casita donde por primera vez vienen a vivir juntos?

Mi corazón está listo, Señor

Ver al Salvador y morir luego, eso era suficiente para llenar la larga vida de un Simeón, pero para él, servir de padre en el corazón del más santo de los judíos, ¡qué eco debía suscitar este llamado!

“Mi corazón está listo, Señor,
mi corazón está listo.
Cantaré a la harpa,
cantaré en la gloria.”
(Salmo 57:7-9)

Qué hermosa es ella a sus ojos ahora y qué inmenso es su amor. La alegría surge como una corriente luminosa. Pero al mismo tiempo ya no podrá alejarse un dolor desconocido, como tampoco la visión beatífica, de la pasión de Jesús.

Ahora sé de qué reino se trata, y que en todos sus caminos la cruz lo precederá.

Cuando despertó, punzaba en su frente una invisible corona de espinas. Él se sumió en el misterio, y desde entonces su mirada se volvió hacia dentro.

El creyó, pero no vio

Las apariencias no habían cambiado. Las evidencias físicas seguían siendo las mismas. Solo la fe lo guiaba. El creyó que ella era virgen. Creyó que el niño era el Mesías y que su verdadero padre era Dios, pues evidentemente, eran cosas que no se dejan ver a los ojos de la carne.

El creyó, pero no vio.

Por otra parte, no tenía curiosidad de ver. Solo se ocupaba de escuchar la Palabra que se le había dicho en su interior:

“Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto.” (Mt. 2:14)

Y él se levantó y partió… Regresó también por orden de Dios, cambiando sus planes al primer signo, sin tratar nunca de entender pues era solo un grito de adhesión silenciosa a la sabiduría que lo guiaba.

“Se fue a vivir en Nazaret. El niño crecía.” (Lc 2:39-40)

Cuando Jesús tenía doce años…

Y hubo el viaje a Jerusalén:

“Hijo, ¿Por qué nos has hecho eso? Tu padre y yo te andábamos buscando angustiados.” (Lc 2:48)

Ella habla manifestando su dolor diciendo con dulzura: “Tu padre”.

Pero él, mide la distancia entre él y ella…, y entre ella y el niño…. Y adora…, y venera…, y ora en silencio….

“Y no entendieron lo que les dijo.” (Lc 2:50)

Una vida oculta

Regresan a Nazaret y vuelven a su trabajo. Vida oculta, de la cual nada pudo grabar la historia. Una grandeza demasiado real como para necesitar un marco que la ponga en relieve: ningún acontecimiento pudo ser retenido.

Y luego, José pasó a la morada de las almas

Cuando Jesús llegó a la edad adulta y pudo asegurar la independencia de su Madre, José murió. Se puede suponer que estaba todavía joven si una vida semejante puede contabilizarse en el tiempo. Fue su supremo:

“Domine non sum dignus.” (Mt. 8:8 – Señor, yo no soy digno).

El fruto estaba maduro y él se presentó a su dueño. La contemplación que no había cesado de crecer en él había consumido su carne y él ya no era sino alma. Pasó entonces a la morada de las almas.

Jesús aún no había hecho milagros ni propagado ninguna doctrina. Todo lo que él podía presentir de su grandeza lo supo por medio de la fe. Creyó firmemente que la salvación vendría por su medio. ¿Cómo y en qué momento? No trató de averiguarlo.

Todo su papel fue obedecer diciendo: “¡Heme aquí!” a su dueño que lo llamaba.

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