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Página aislada e incompleta de Mauricio Zúndel sobre la Navidad.

Resumen: El misterio que nos tiene arrodillados ante un recién nacido es Dios mismo, del cual es santuario su alma. La Navidad puede ser también nuestro nacimiento, pues todo lo que hay de humano y por ende de existencia real, en el hombre, es generosidad.

La tierra entera Lo está esperando

En la cuna rosada la niñita abre los ojos azules. Está seria y su silencio parece lleno de pensamientos. Hace ya tres semanas que entró en la historia del mundo de la cual va a ocupar un momento su vida. La mamá abre las cortinas que guardan la intimidad y despierta las lámparas cuya claridad discreta se confunde con la sombra que anima. El fuego se recoge en el hogar rojizo y sobre el abrigo de la chimenea, un viejo breviario coral ofrece a la mirada el bermejón dorado de sus letras mayúsculas.

Me acerco y leo: “Rex pacificus magnificatus est, cujus desiderat universa terra”“El Rey que da la paz manifestó su gloria, la tierra entera contempla su Rostro.” Es la primera antífona de Navidad, que canta la magnificencia divina del pesebre donde María adora a su hijo. La salvación del mundo reposa en ese frágil ser que sus padres deberán proteger pronto contra el furor de Herodes. Porque la salvación del mundo es encontrar el sentido del amor y nada lo despierta más seguramente que la majestad indefensa que busca refugio en nuestra ternura.

¿Estás tú, Señor, en la vida frágil de este recién nacido?

Me vuelvo hacia la cuna. La niñita se adormeció. Pero su alma nos mira a través de la carne diáfana, vestida de la luz interior que la habita. Retenemos el aliento para escuchar la voz silenciosa que nos habla en este verbo viviente:

“¿Eres tú, Señor?”

Apenas sí se plantea la pregunta, tan claro está que el misterio que nos tiene arrodilladoss ante esta niña es Dios mismo del que su alma es santuario. La mamá se levanta y toma sin ruido el pequeño ser que respira, muy contra su corazón, la paz divina de su sueño.

Es su breviario de madre, su más bello libro de las horas, su ofrenda silenciosa y su navidad viviente. Cristo va a nacer esta noche en el misterio siempre nuevo de la divina liturgia. Las campanas y la nieve difunden sobre los techos sus nocturnos sonoros y aterciopelados. Pero ¿qué Te Deum de acción de gracias puede compararse con esta niñita que su madre consagra ahora ante el viejo antifonario a Dios, Rey fuente de paz, cuyo rostro aspira a contemplar la tierra entera?

Recuerdo las palabras que me decía durante sus meses de espera, en el período recluso de su Adviento: “Espero que en la próxima navidad Dios me dará un hijo que yo pueda ofrecerle para agradecerle por haberse hecho niño.

Nuestra vida puede siempre volver a comenzar

Nuestra vida puede siempre volver a comenzar… Todo se salva a cada instante si Dios es salvado. La Navidad puede también ser nuestro nacimiento, pues todo lo que hay de humano y, por ende, de existencia real en el hombre, es generosidad, como el diálogo con Dios… es intercambio de generosidad… En Él todo se une…

En un sentido, la Navidad es el ofertorio de la Cruz, puesto que Dios se entregó en su más desarmada fragilidad. Esto permanece como la estrella de nuestra noche. Más allá de todos nuestros desgarramientos e incapacidades está la invitación irresistible a nuestra generosidad. Así puede siempre volver a comenzar nuestra vida y lograr su justificación. Todo se salva a cada instante, si Dios es salvado. Bajo este aspecto, la Navidad puede ser también nuestro nacimiento pues todo lo que hay de humano y, por ende, de existencia real en el hombre es generosidad, como es intercambio de generosidad el diálogo con Dios, en que se encuentran a la vez Dios y el hombre. Podemos entonces dar gracias sin ningún esfuerzo por esta luz que es nuestra única esperanza y el único fundamento de nuestra dignidad, fermento del don que debemos ser nosotros. Dios permanece y él es la respiración de nuestra alma. En Él todo se une, todos los lazos se reanudan, todas las presencias de reúnen y devienen reales.

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