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Texto de Mauricio Zúndel para la Navidad de 1950 que fue publicado en la revista Choisir en Ginebra en diciembre de 1976.

Una antigua leyenda florentina cuenta que cierto Rainiero Pazzi (*) que se había distinguido particularmente en la conquista de Jerusalén en la época de la primera cruzada, había apostado a que llevaría a Florencia la llama de un cirio encendido en la lámpara del Santo Sepulcro. El viento, la lluvia el frío, el sueño y los salteadores, sin contar el hambre y la sed, se habían conjurado para apagar el fuego sagrado. Después de mil aventuras llegó por fin a su patria muerto de fatiga y casi reducido a un esqueleto. Era un Sábado Santo: todas las lámparas de Santa María de las Flores brillaron gracias a él, por la lámpara tomada del sepulcro del Señor. Había ganado su apuesta.

Pero sobre todo, cosa infinitamente más importante, había descubierto el sentido de la vida. Toda su brutalidad había sido consumida por la fragilidad del fuego que temblaba en sus manos y que, con peligro de su vida, había tenido que defender. Había entrado en el reino del amor donde brilla una luz cuya bondad es la única capaz de percibir el día.

Ese es todo el secreto de Navidad. Dicen que los hombres son egoístas y malos. Es verdad y falso al mismo tiempo. En realidad, son capaces de inmensa generosidad. Más aún, solo la generosidad puede revelarlos a sí mismos; pero casi nunca encuentran el objeto que hace surgir en ellos todas las fuentes del amor. Y he aquí aue Dios, bajo los rasgos de un niño, les confía su misteriosa fragilidad. Para sanarnos de nosotros mismos, necesitamos nada menos que esa llama divina por proteger, esa llama que tiembla en nuestras manos, que tiembla en nuestros corazones, haciendo de cada uno de nosotros la luz del mundo, si consentimos.


(*) Lea la historia de Raniero Pazzi contada por Maurice Zundel en la conferencia titulada « La fragilidad de Dios » (buscar el título del párrafo : La historia de Raniero y de Francisca) :

27-31/12/2014 - La fragilidad de Dios

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