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Navidad 1972, conversación con Mauricio Zúndel en la radio suiza.

Resumen: Navidad es la revelación de la pobreza de Dios a través de una pobreza humana. El cielo está dentro de nosotros.

En lenguaje franciscano, la Navidad es la revelación de la pobreza de Dios a través de una pobreza humana.

Presentador: Para ir al pesebre hemos seguido primero el sendero de la poesía. Pero también podemos mirar el pesebre de otra manera, con los ojos de un hombre que no solo sabe hablar de ella mejor que nadie sino que, probablemente no cesa de vivirla en su espíritu mejor que muchos.

Mauricio ZÚNDEL, es un hombre que no quiere poseer nada, da todo al que le pide poco y cuya sonrisa discreta traduce la belleza del corazón, un hombre igualmente que busca en Dios la fuente de su libertad y que, mirándolo vivir, se adivina que es uno de los seres más libres que existen.

Mauricio ZÚNDEL, ¿cómo ve usted la Navidad?

Mauricio Zúndel: Para ir directamente al centro del misterio, yo diría que, en lenguaje franciscano, la Navidad es la revelación de la pobreza de Dios a través de una pobreza humana.

Desde luego, tengo que explicarme pues existe un equívoco muy profundo que pesa a la vez sobre la noción de Dios y la noción del hombre. Y yo evocaría aquí la experiencia de san Agustín, que es una de las más luminosas, más profundas, más actuales y humanas que expresó él en sus Confesiones cuando resumió su propia conversión en las palabras que ustedes saben de memoria: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva. Tarde te amé, y sin embargo tú estabas dentro de mí pero yo estaba afuera y te buscaba corriendo sin hermosura tras hermosuras que tú habías hecho. Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo.”

Encuentro que introduce en el centro de su propia intimidad

Este pasaje es de una sencillez y de una humanidad incomparables. En efecto, nos introduce inmediatamente en la experiencia que Agustín expresó en el lenguaje más humano y universal manifestando que en el momento en que descubre a Dios como la hermosura tan antigua y tan nueva, lo encuentra como al que lo introduce en el centro de su propia intimidad.

Hace la experiencia increíble y maravillosa de que, hasta ese encuentro, estaba afuera, alienado de sí mismo, no se conocía de verdad a sí mismo, no había jamás llegado a su propia intimidad y, de repente, en ese encuentro maravilloso, descubre a la vez su propia intimidad y en esa intimidad, la Presencia que es su centro.

Descubre a Dios como el espacio en que respira su libertad. Descubre a Dios como del secreto más profundo de sí mismo y entra inmediatamente en el diálogo con la Presencia que él llama la hermosura siempre antigua y siempre nueva. Entra en el diálogo que lo transforma, lo libera, lo llena de una alegría inmensa, tanto que podrá decir: “Viva estará mi vida en adelante toda llena de ti.”

Vemos pues aquí que Agustín toma conciencia de que Dios no está afuera, no es una causa primera abstracta y lejana, no es un poder que lo domina, lo aplasta, lo somete y lo amenaza sino que, al contrario, es el único camino hacia sí mismo.

Uno no ve que el hombre nace en el momento en que es liberado de sí mismo, en que pasa de afuera a dentro, en que cesa de ser objeto, en que cesa de soportarse y ya no es sino ofrenda para con la Presencia maravillosa que descubre en su más profunda intimidad.

Hizo un descubrimiento esencial que nosotros debemos hacer ya que, precisamente, todo equívoco sobre el misterio de Navidad, (que además se ha convertido más y más en una fiesta profana cuyo verdadero héroe está totalmente ausente), es que existe un desconocimiento fundamental sobre Dios y el hombre. Se considera al hombre bajo su aspecto instintivo, en sus determinismos biológicos y psíquicos, en la medida en que está embrujado por el inconsciente. No se ve que el hombre nace justamente en el momento en que es liberado de sí mismo, en que pasa de afuera a dentro, en que cesa de ser objeto, de soportarse y en que no es sino ofrenda para con la maravillosa Presencia que descubre en su más profunda intimidad. Pero al descubrirse a sí mismo como ofrenda, como pura mirada de amor para con la Presencia que lo invade tan maravillosamente, que lo colma y lo revela a si mismo, descubre a Dios mismo como amor infinito, como siempre presente y como ofrenda.

El cielo está dentro de nosotros

En Jesús, a través de su humanidad, encontramos verdadera­men­te a Dios en persona. Pero es un Dios cuya Presencia presentí­a­mos ya, un Dios que encontramos a medida nuestra cada vez que llegamos auténticamente a nosotros mismos.

El Dios de que se trata, si puedo expresarme así, es un Dios interior, un Dios que está ahí desde siempre, un, Dios cuyo cielo está dentro de nosotros, un Dios que nos revela nuestra propia trascendencia como el poder de hacer de toda nuestra vida un don porque solo cesamos de sufrir la vida dándola.

Pero para darla hay que saber a quién darla y justamente, en la experiencia de Agustín, Dios aparece como el amor escondido en el fondo nuestro, amor que no ha cesado de esperarnos, que está siempre presente y cuyo encuentro puede hacer surgir el don de nosotros que es nuestra liberación y la única actualización auténtica de nuestra libertad.

Entonces, en Jesús Dios está desde siempre, el Dios que está en el corazón de nuestra humanidad, el Dios que no cesa de esperarnos, y se hace tan personalmente presente en la humanidad de Jesucristo que no hay presencia de Dios que pueda manifestarse de manera más profunda y total.

En Jesús, a través de su humanidad, encontramos verdaderamente a Dios en persona. Pero, repito, es un Dios cuya Presencia presentíamos ya, es un Dios que encontramos a medida nuestra cada vez que llegamos auténticamente a nosotros mismos.

Ahí está ahora plenamente manifestado en Jesús, en el despojamiento infinito que me hacía decir que el misterio de Navidad es la manifestación o la revelación de la pobreza de Dios a través de la pobreza humana.

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