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Extracto de una conferencia de Mauricio Zundel el 23 de enero de 1972, en la abadía de Bellefontaine. Inédita.

Secreto y silencio

Ahora podemos decir unas palabras sobre el misterio mariano. El misterio mariano lo comprendemos ante todo en el Evangelio de san Mateo, en el relato adorable de perfecta grandeza y total discreción en que no hay una palabra que no represente el mayor drama de amor que haya jamás existido.

Yo me pregunto qué Shakespeare podría expresa, en el nivel de grandeza del genio shakesperiano, el drama de amor contenido en estas pocas líneas del capítulo primero de san Mateo.

Ustedes ven los dos silencios que se afrontan. Ven a María que lleva dentro a Jesús, sin que José lo sepa y ven a José que descubre la situación en el momento en que se alista para acoger a María en su casa. Ven el estupor de este hombre virginal, que está seguro de que su novia es perfectamente inocente. Y sin embargo, ahí está el hecho. ¿Otro habrá violentado su virginidad? Él la respeta tanto que no tratará de informarse: las palabras no saldrán de sus labios. Medita, se pregunta cómo proteger su inocencia, aunque le hayan hecho violencia.

Y por su parte, la Virgen que tiene el secreto de Dios, pues Dios la ha comprometido en esa situación y, puesto que es el secreto de Dios, él debe protegerlo y ella debe guardarlo.

Ustedes ven esos dos silencios, esos dos seres que se aman con el máximo amor que haya existido, pues finalmente, si José toma la decisión de abandonarla en secreto para no difamarla, es a la vez porque está absolutamente seguro de su inocencia y que la ama con un amor de infinita veneración.

Y ella que comprende todo, que adivina el drama del alma de José, pero cuyos labios están sellados por el secreto de Dios, ella lleva el sufrimiento con todo el amor que los une.

La concepción virginal

Y ustedes conocen la solución admirable que ilustraba la melodía gregoriana de manera tan perfecta: "José, hijo de David, no temas acoger a María como esposa, o mejor, a María tu esposa, pues lo que ha nacido en ella viene del Espíritu Santo". La virginidad de María brilla en esta tragedia de amor que se soluciona bajo esa admirable luz y nos lleva a las primicias del misterio de la Inmaculada Concepción.

La Inmaculada Concepción es, en efecto, el aspecto interior de la concepción virginal. Porque la concepción virginal no es solo un acontecimiento físico. No se trata de aceptar que una mujer bendita entre todas las mujeres ha realmente concebido un hijo que es el Verbo encarnado, que lo ha concebido sin concurso de hombre.

Se estudia la partenogénesis en los animales. Se ha logrado provocarla además. Se ha podido fecundar conejas sin concurso del macho, sin concurso del semen del macho, mediante procedimientos mecánicos o eléctricos.

Eso no tiene ninguna relación con la concepción virginal. Se comprende precisamente el sentido último de la concepción virginal en la Inmaculada Concepción en que, desde el primer momento de su existencia, María no es sino relación con Jesús. Ella está radicalmente expropiada de sí misma desde el primer instante de su existencia. Entra en el despojamiento, en la pobreza de la que hemos visto que constituye la eterna beatitud de Dios.

La mujer pobre

Ella es la mujer pobre desde el pirmer instante de sus existencia, la mujer que no tiene sino el ser relación con Jesús. Ya está llena de Jesús. Vive de Jesús. Se alimentará de la contemplación de Jesús, es decir del Verbo divino que es la luz de su mente. No sabe todavía que ella va a cumplir la profecía de Isaías: "La virgen concebirá y dará a luz un hijo" pero ella vive de esa Presencia. Se alimenta de esa contemplación tanto que se repercute en su carne y ella concibe a Jesús por la libertad misma de su espíritu, en cierto modo, como los estigmas de san Francisco son el último movimiento de una contemplación que transfigura la carne porque el ser entero está configurado, identificado con el crucificado.

María ha contemplado tanto al Verbo de Dios que éste toma carne en su carne virginal y nace de su contemplación en la suprema libertad de su espíritu. Y puesto que ella vive totalmente de Jesús, Jesús la personaliza, Jesús que es la vida eterna, y por eso ella vencerá la muerte en su Asunción y se convertirá, por su muerte, en vitrina de Jesús.

La segunda Eva

Porque la Asunción es la afirmación eterna de la vida de Jesús en ella, como la Inmaculada Concepción es la afirmación del dominio de Jesús sobre ella desde el primer instante de su existencia.

Ella es la segunda Eva, y eso es lo maravilloso. el mundo nuevo, el universo que nace en Jesús, la nueva creación más admirable que la primera, es de hecho una pareja, pero una pareja virginal que canta Dante en el último canto de la Divina Comedia invocando a María: "Virgen Madre, hija de tu hijo".

Ella nace primero de Jesús según la gracia y Jesús nacerá de ella según la carne. Es una pareja. y la mujer es restituida en su eminente dignidad y el hombre puede aspirar, aspirar a ella estando revestido por ella de inocencia y claridad.

La maternidad de Dios

En la víspera de mis 15 años, recuerdo que estaba delante de la imagen de la Santísima Virgen y de repente tuve el sentimiento que ha dominado toda mi vida: la pureza se impone, es una exigencia absoluta. y eso fue en ese encuentro con ella, la Inmaculada Concepción. No pasa una semana sin que yo celebre la misa de la Inmaculada Concepción cuando es posible, porque es la gran luz. No hago nada sin ella, nada bueno sin ella claro está, nada, nada…. Todo se lo debo a ella. Ella es la luz de mis ojos.

Además, ella nos guía, nos conduce maravillosamente a la maternidad de Dios pues Dios es madre tanto como padre, pero nosotros no lo sabríamos probablemente con tanta profundidad si para llevarnos a la maternidad divina no tuviéramos el camino virginal que es María, María….

Cuando le decimos Mater a María, "monstra te esse matrem… monstra te esse matrem…" en el fondo le decimos a Dios la palabra "Mamá" que surge de lo profundo del ser humano, brota a través del corazón de la Santísima Virgen hacia Dios que es más madre que todas las madres y, si a eso se redujera la oración, Mamá, Mamá… ya sería toda la oración pues justamente Dios es amor. Hay que amarlo y amarlo amándolo.

No hacer nada sin María

Entonces, no hagamos nada sin la Santísima Virgen. No hagamos nada: Cada vez que estemos perturbados, inquietos o inseguros, comencemos por invocarla.

No podremos perdernos. La Santísima Virgen protegerá en nosotros la vida de Jesús como lo hizo en su vida terrestre. Ella nos mantendrá en el silencio interior. Ella protegerá nuestra vocación. Ella nos hará verdaderos contemplativos. Ella nos enseñará a escrutar los abismos de Dios en la alegría y en la luz de la fe. Ella nos enseñará a descubrir la verdadera libertad porque es totalmente liberada de sí desde el primer instante de su existencia y eso constituye su virginidad. La virginidad es ser libre de sí mismo de los pies a la cabeza, en todas las fibras de su ser para unirse a Dios que es infinitamente libre de sí en la eterna comunión de las relaciones intra-divinas.

No hacer nada sin María… "Salve Regina, mater misericordiae, vita, dulcedo et spes nostra, salve."

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