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El 12 de diciembre de 1965, tercer domingo de aviento, Mauricio Zúndel pronunció 6 homilías diferentes en à Ouchy-Lausanne. Esta es la primera de ellas, publicada en el libro "Ta parole comme une source" (*). Los títulos fueron añadidos.

Pasaje bíblico: Mateo 11:3-6: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Jesús les respondió: Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres, dichoso el que no se escandalice de mí”.

¿Qué rostro darle a Jesús?

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11, 3). Es en verdad especial que el precursor, Juan Bautista, se dirija a Jesús en estos términos y que le envíe este mensaje desde el fondo de su prisión de Maqueronte. Es un acto que nos muestra primero que no se glorifica a alguien sino en el momento en que da su vida y la realiza por el martirio. Juan teme por su misión. Quiere estar seguro de que aquél a quien anunciaba es en verdad el que estaban esperando: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Esta pregunta nos concierne, nos pone en el centro de nuestra misión; y esta semana una pregunta me hizo consciente de su aspecto patético. Una enferma me preguntó: “¿Qué le diría Ud. a alguien que no sabe nada, nada, de Jesús? ¿Cómo comenzaría Ud. la iniciación al conocimiento de Jesucristo?” Una cuestión así me confunde, me parece que me cuestiona totalmente. ¿Cómo hablar de Jesús a alguien que no sabe nada de él? ¿Por dónde comenzar una iniciación eficaz? Y mi primer pensamiento, le respondí: no le diría nada… No diría nada, justamente para no desfigurar ni hacer caricaturas. No diría nada para dejar el corazón limpio. No diría nada para no parecer faltar a lo esencial.

Pero comprendí en seguida que la enferma no me pedía esa información, que no me hacía una pregunta abstracta. Ella misma estaba implicada. Quería saber si yo era de verdad el que ha de venir o si tenía que esperar a otro. ¿Y cómo darle seguridad?

¿En efecto, cómo presentarle un rostro tan delicado para responder a su búsqueda de la verdad, para responder a su sufrimiento? No solo a su sufrimiento actual sino a su sufrimiento de siempre, pues se trata de una enferma que siempre ha sido tal y que desde siempre ha estado en una soledad absoluta, que no puede contar con nadie y que quisiera poder contar justamente con aquél de quien se dice que es el Salvador.

¿Cómo es el Salvador? ¿Qué nos prueba que es el Salvador? ¿Es de verdad el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro? Seguro que quisiéramos darle respuesta a ese problema, a esa interrogación que surge de la vida, que surge de la soledad y del dolor. No se trata de implorar un milagro pues el milagro es tan insuficiente. Sería necesario expresar una Presencia tan total, tan profunda, tan identificada con el dolor que uno sentiría en seguida que el corazón de Dios late en el nuestro.

En todo caso, es claro que lo primero por hacer era no decir nada. Lo primero era escuchar, escuchar el llamado, escuchar el sufrimiento, medir su infinitud y comprender y tomar conciencia de que las palabras quedan cortas, que ningún lenguaje será nunca suficiente, que es necesario comprometer toda su vida y que es mediante un don […] recomenzado en sí mismo que uno puede ser un evangelio eficaz. Pues ¿cómo reconocer al Salvador? Cómo saber que él es el que ha de venir sino colmando todos los deseos del hombre, representándolo como el que es la respuesta última, que satisface a todo, o mejor, que no se lo percibe sino tan íntimo, tan perfectamente dado que es imposible dudar de la infinitud de su Amor.

Finalmente, no hay otro modo y cuando Juan Bautista pide estar seguro en el fondo de su prisión, cuando quiere tener una respuesta que sea definitiva, en el fondo no sabe a quién se dirige. No conoce todavía a aquél que anunció. No asistirá justamente al fracaso de Jesús. No estará con él en el Huerto de la agonía. No lo verá levantado en la cruz, el amor ultrajado para la vida. Él habrá muerto mucho antes.

Jesús está en el centro de todo sufrimiento

Jesús está en el centro de todo sufrimiento,… por eso solo podemos dar testimonio de Jesucristo identificándonos con los hermanos que sufren. No podemos responder a una pregunta abstracta,… La única respuesta auténtica es la que nos compromete y en la que nosotros mismos somos el evangelio del precursor.

La respuesta será dada justamente en la Pobreza de Cristo. En el don inconmensurable, en la identificación que hace que Jesús está en el centro de todo sufrimiento: que tiene hambre y tiene sed en todos los que tienen hambre o sed, que está enfermo en los que sufren, que está cautivo con los prisioneros, y que lo matan en todos a los que hacen sufrir. Y por eso, solo podemos dar testimonio de Jesucristo identificándonos con los hermanos que sufren.

No podemos responder a una pregunta abstracta, no podemos establecer, obligar, obrar milagros que no puedan objetarse. La única respuesta auténtica es la que nos compromete y en la que nosotros mismos somos el evangelio del precursor. Y de eso no podemos decidir hoy y de manera definitiva. Hay que volver a comenzar cada día, medir a cada instante en la inmensidad del sufrimiento humano la inmensidad de la respuesta divina.

Entrando en el silencio de Jesús que es infinito, (podemos) aprender a darnos, a coincidir con el sufrimiento humano,… para ser un lenguaje vivo, silencioso, para ser una ofrenda de amor, para ser signo de Jesús.

Por eso, si queremos escuchar este evangelio como una convocación – y lo es – podemos renunciar a decir algo y entrando en el silencio de Jesús que es infinito, aprender a darnos, a coincidir con el sufrimiento humano para no consolarlo con palabras vacías, sino para estar cerca de todo sufrimiento en la medida de nuestras posibilidades, para ser un lenguaje vivo, silencioso, para ser una ofrenda de amor, para ser signo de Jesús.

En efecto, nuestro hermano ha asumido todo, no cesa de asumirlo todo, está en el fondo de todo sufrimiento como respuesta divina porque Dios no es alguien que discute, sino que está en el centro, está dentro, grita en el De Profundis del hombre, su corazón está clavado en la cruz, agonizando en todas las agonías, revela a Dios como el primer herido, el primer golpeado, el que es madre infinitamente más madre que todas las madres, y que quiere enviarnos hoy como testigos de su Amor, no mediante premisas de escuela sino como Presencia arrodillada, compasiva, como Presencia silenciosa, como Presencia que, juntando las manos sobre todos los sufrimientos de la tierra, los presenta al crucificado a fin de que sean igualmente ofrenda de amor que haga contrapeso a todos los rechazos de amor, comienza a aprender [¿?], comienza a respirar la esperanza de Navidad más profundamente a través de toda la vida del Señor que triunfa sobre la muerte, que nos muestra cómo respirar a través del sufrimiento, transfigurado por el sufrimiento, el soplo de la resurrección. Amén.

TRCUS (*) Libro « Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. »

 Ediciones Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 págs

ISBN : 2-89129-082-8

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