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Conferencia de Mauricio Zúndel en Bourdigny, Suiza, en 1937. Inédita. Los títulos fueron añadidos.
Una hermosa y profunda conferencia de Mauricio Zúndel. Contiene ya toda su teología sobre el Dios pobre y que se manifiesta en el vacío de sí mismo y la fragilidad.

 

Se podría escribir un libro con el título: A través y Más allá.

A través y más allá, es lo que trataremos de decir esta mañana mostrando cómo nuestro conocimiento se basa en nuestras necesidades y las rebasa para orientarse a través de ellas más allá.

Y es quizá la única crítica contra la filosofía de Bergson, el haber minimizado o rebajado demasiado el conocimiento cotidiano so pretexto de que es demasiado utilitario. Es quizá la única crítica contra ese sistema lleno de luz y de fidelidad a la verdad.

La vida cotidiana no es tan cerrada al espíritu como se podría pensarlo. De manera oscura, a través de todas nuestras necesidades, nos orientamos constantemente hacia algo que nos rebasa: a través y más allá.

En el fondo, la vida cotidiana no es tan cerrada al espíritu como se podría pensar; de manera oscura, a través de todas nuestras necesidades, nos orientamos constantemente hacia algo que nos rebasa: a través y más allá.

Cuando nos reunimos para comer, la misma necesidad puede ser el símbolo que la rebasa.

Es muy notable que en el terreno de la arquitectura, precisamente en el momento en que de la necesidad, de la función, surge la belleza, el sentimiento de armonía es más intenso y jubiloso.

Es quizá la imagen de la más alta perfección cristiana: a través y más allá. No evadiéndose rehusando la tarea, sino entrando tan adentro que se llega al centro donde surge el amor y se recrea la función porque es realizada en la libertad.

Tenemos ese sentimiento de liberación al entrar en la iglesia de Santa Sabina en Roma. Cuando la vista se llena de todos los mármoles, del oro de los palacios y de toda la opulencia del Renacimiento… es magnífico, toda esa riqueza, ese oro difundido en el cielorraso de Santa María la Mayor, pero hay algo mucho más grande y es la sencillez donde no hay nada innecesario; ahí están las columnas, no como ornamentos, como algo añadido, sino como algo necesario: sostienen la estructura y reúnen toda la construcción. ¡Es magnífico! Las columnas son hermosas, cumplen sencillamente su misión, tienen toda la belleza de la necesidad y por eso están llenas de tanta alegría. Es quizá la fórmula, la imagen de la más alta perfección cristiana: a través y más allá.

No evadiéndose y rehusando la tarea sino entrando tan adentro que se llega al centro donde surge el amor y se recrea la función porque se realiza en la libertad.

Quizá es así como la mística cristiana, la doctrina de Jesús, revela admirablemente sus raíces terrestres, como se inscribe en el corazón de la realidad, no para sustraernos sino para hacernos entrar dentro hasta el encuentro del amor en la libertad.

Estas dos palabras: a través y más allá, contienen toda la filosofía, son las características del conjunto de la doctrina de Cristo.

Estas dos palabras, a través y más allá, contienen toda la filosofía, son las características del conjunto de la doctrina de Cristo.

Yo quisiera abordar otro tema, aunque en el fondo es siempre el mismo, y hablarles de la persona y la misión de Jesús.

En un libro en alemán, Albert Schweitzer estudió con admirable lucidez la historia de la exégesis alemana del siglo 19.

En él analizó con lucidez diamantina todos los retratos que los exégetas protestantes alemanes se hicieron de la persona de Jesús. Y él mismo, teólogo, profesor en Estrasburgo y médico, dibujó su propio retrato de Cristo y mostró que, en el fondo cada uno de los exégetas del siglo 19 buscó en Cristo la imagen de su propio pensamiento y de sus deseos; que cada uno sacó del Nuevo Testamento lo que le convenía, lo que concordaba con él y dio una especie de inflexión personal a los textos, habiendo eliminado todos los que no se ajustaban a su sueño, se hizo una imagen de Cristo que no era sino proyección de sus propios sueños.

Nada más patético que esta lectura que muestra a la vez que en la persona de Jesús hay algo tan atrayente, tan único, tan admirable que cada uno quisiera llevarse, hacer el héroe de sus propios sueños, y al mismo tiempo que su persona supera tanto todos los sueños del hombre que cuando se lo quiere medir con los sueños se lo mutila, se lo deforma inconscientemente y se lo reduce al nivel de uno mismo.

Y lo más característico de ese libro, escrito por un hombre que es la sinceridad misma, es que al final del libro, dibuja una historia de Jesús desde su punto de vista. Y además, no hace justicia a todos los datos del Nuevo Testamento.

Nada más difícil que escribir una historia de Jesús. Los datos del Nuevo Testamento parecen contradictorios si nos atenemos a la letra de los documentos, tanto que si chocamos con uno de esos textos sin ir a su contenido arriesgamos pensar: el Nuevo Testamento expresa el pensamiento y la misión de Jesús como misión terrestre.

Pudieron decir que Jesús era judío y no cristiano y que era una extrapolación injusta haber querido hacer de él el autor de una nueva religión cuando era un simple continuador de la tradición judía.

Por ejemplo, el pasaje en que Jesús dice a la cananea: “Fui enviado solo a las ovejas perdidas de la Casa de Israel” (Mt. 15:24). Lo utilizarán contra la universalidad de la misión de Cristo el cual no habría sido enviado para el mundo entero.

Jesús dirá a sus discípulos: “Los envío a predicar la Buena Nueva del Reino. No entren en las ciudades de los gentiles y no penetren en las habitaciones de los samaritanos” (Mt. 10:5).

Uno puede preguntarse si Jesús esperaba convertir a Israel antes de las demás naciones. ¿Pensaba convertir toda la nación, en masa? ¿Esperaba que el Reino de Dios se difundiría partir de Israel?

Es un problema muy delicado. Veamos el texto del fin del mundo: “Esta generación no pasará sin que todo eso se cumpla” (Mt. 24:34). Parece que en la mente de Cristo el fin del mundo debía realizarse en la generación presente. Y se sabe que la Iglesia cristiana viviría de esta esperanza y los Apóstoles esperarían el retorno de Cristo.

Entonces, ¿se equivocó Jesús considerando el fin de los tiempos como inmediato? ¿No pensó en fundar una Iglesia que duraría, que sería una organización del Reino de Dios en la tierra?

Este punto llamó tanto la atención de los exégetas que algunos construyeron toda su tesis sobre este dato escatológico: Jesús creyó exclusivamente en su misión como preparación de la Parusía inmediata.

Según ellos, Jesús se dio con admirable fervor a la difusión de ese mensaje, erróneo además.

Veamos otro aspecto de la cuestión: Jesús dijo: “No volveré a beber del fruto de la vid antes de que se realice el Reino de Dios” (Mt. 26:29).

¿Se imaginaba Jesús que el Reino de Dios es un lugar donde se come y se bebe? ¿Consideraba la vida eterna como un ideal material, como un paraíso donde abundaría el vino?

Miren otro texto que se refiere al fuego eterno: “Id, malditos, al fuego eterno” (Mt. 25:41). ¿Tenía Jesús una concepción material del infierno donde los cuerpos se consumen eternamente?

Tantas historias diferentes pudieron ser sacadas del mismo texto… se necesita evidentemente otra mirada, un clima de respeto que alcance cierta interioridad de vida; hay que colocarse en el centro del misterio para dar a sus estigmas su verdadero significado.

Tomando uno u otro de estos textos, nos llama la atención su carácter incisivo. No nos gusta que nos hagan notar la contradicción de los textos. Hay en ellos una contradicción aparente que puede explicar por qué tantas historias diferentes pudieron ser sacadas del mismo texto. Pero no hay que olvidar que en la historia hay una multitud de criterios diferentes.

Hay un criterio analógico que hace que para entender el fenómeno que el historiador quiere explicar, se debe situar el fenómeno en su orden propio. Evidentemente, un reportaje de periódico sobre una carrera ciclística no aplicará al evento los mismos criterios que para reportar los misteriosos estados contemporáneos de Teresa Neumann.

Para abordar este fenómeno se necesita otra mirada, un clima de respeto que alcanza cierta interioridad de vida. Hay que colocarse en el centro del misterio para dar a sus estigmas el verdadero significado.

La historia de un santo se sitúa en el orden de la vida interior y la historia de Cristo exige un criterio interior en el más alto grado.


Si se quiere ver la historia en su sentido profundo, dar una explicación verdadera de los acontecimientos para comprenderlos, hay que situarlos en su orden propio. Ahora bien, la historia de un santo se sitúa en el orden de la vida interior y la historia de Cristo exige un criterio interior en el más alto grado.

Todo gesto, todo movimiento, todo fenómeno, son apariencias; para comprender el sentido profundo de las palabras y de los movimientos, hay que situarse al interior, en la vida del espíritu, sentir lo que es la santidad. A partir de ese centro se puede ir a la periferia.

A partir de ese criterio interior comprenderemos que a Cristo lo conocemos mejor a través del movimiento que suscitó en el mundo por la Iglesia.

Ustedes saben muy bien que los textos cristianos, todo el Nuevo Testamento, son posteriores a la existencia de la Iglesia; fueron escritos en la Iglesia, para ella y por ella. Constituyen simplemente una parte del testimonio a través del cual podemos ver a Jesús.

Ahora bien, hay cierta dirección absolutamente paradójica e increíble, en la cual se desarrolló toda la enseñanza de la Iglesia respecto de Jesús.

Para los cristianos, toda la misión de Jesús está representada en el signo de la cruz. El misterio de la cruz es su piedra angular y no hay dato más opuesto a las esperanzas de Israel.

Para los cristianos, toda la misión de Jesús está representada en el signo de la cruz, y no hay dato más opuesto a las esperanzas de Israel. Tampoco hay dato que represente más vitalmente el sentido mismo de la misión de Jesús. Si hay algo que ese medio podía inventar, algo recibido de él, algo revestido de su persona, es sin duda alguna el signo de la cruz: toda la locura en que san Pablo veía la paradoja de su apostolado: “Solo sé una cosa, es Jesús crucificado” (1 Cor. 2:2).

Ahí tenemos algo absolutamente fundamental: la misión de Cristo inseparable de la Iglesia.

Eso es lo que hace que los textos mismos de que disponemos y que emanan de esa sociedad estén llenos de su vida. Ahí tenemos un dato simple: lo que está en el centro de esos textos, en el corazón de la Iglesia, es el misterio de la cruz.

Y ¿qué representa el misterio de la cruz sino la negación de todas las esperanzas de Israel?

Basta leer los salmos para entrar en el clima de Israel que es algo magnífico. Todas las concepciones grandiosas, todo el tropel, todo el poder, todo eso es solo un reflejo de la piedad judía que veía en Dios la omnipotencia, porque para ellos Dios es ante todo el Dios de majestad, el Dios que fulmina sobre la creación. Y cuando el salmista quiere alabar a Dios, dirá que Él no desató toda su ira y retuvo el brazo de su furor. Concibe que Dios puede quebrar y aniquilar su criatura porque es el Dios todopoderoso.

Tal concepción titánica, inmensa y magnífica dio origen a los acentos de piedad más sincera y auténtica. Pero puede abrirse a otra cosa.

¡Qué distancia entre ese clima, entre esa concepción de Dios, entre esa actitud del alma ante Dios y la de san Francisco de Asís! ¡Qué abismo entre las dos montañas, el Sinaí y Alvernia…!

Aquí está, justamente, el centro de la novedad misteriosa que Cristo introdujo en el mundo.

Si decimos que Jesús es judío y que cumplió las profecías, es en verdad en un sentido tan eminente que se podría igualmente decir que él reniega toda la historia de Israel, todas las concepciones del judaísmo. Se sitúa mucho más arriba que toda concepción humana.

Israel, curvado por sus profetas,… no pudo ver en Jesús el cumplimiento de los profetas. Los cumplía, sí, pero en espíritu, a una altura infinita, de modo que solo la fe puede percibirlo poniendo en relación el dato material abierto hacia Cristo y la realización por Cristo de ese impulso inmaterial.

Tan es verdad, que Israel, curvado por sus profetas, todos sus doctores, todos sus sacerdotes cubiertos de filacterias y llevando los textos sagrados, fueron incapaces de ver en él el cumplimiento de las profecías. Las cumplía, sí, pero en espíritu, a una altura infinita, de modo que solo la fe puede percibirlo poniendo en relación el dato material abierto hacia Cristo y la realización por Cristo de ese impulso inmaterial.

Es el cumplimiento divino a un grado infinito e imprevisible.

Con esto comenzamos a entrar en el drama de Jesús, comprendemos, adivinamos, qué necesidad se va a imponer el Salvador cuando deba confiar el gran secreto de la debilidad de Dios.

¿Cómo hacerles comprender, sin parecer blasfemo, que nada de lo que están esperando se cumplirá, que el Reino de Dios no vendrá como un milagro, no será la realización milagrosa en que el hombre recibirá bien terminadas las cosas de arriba? ¿Cómo decirlo sin aniquilarlos? ¿Cómo hacerse escuchar? ¿Cómo ganarse su confianza viniendo a traerles lo contrario de lo que estaban esperando?

Porque finalmente, ¿cómo concebir que Dios pueda ser débil y que el Mesías deba terminar su carrera muriendo como un bandido? ¡Es una locura! Y para medir la locura de esta concepción, tenemos el criterio de la actitud de san Pedro.

El hombre que es amigo de Cristo, la piedra sobre la cual va a ser fundada su Iglesia, el hombre de la fidelidad, el hombre apasionado, ardiente de amor. ¿Y qué? Este hombre va a fallar, a negar a su maestro porque su vida se ha desplomado, la esperanza de Israel a la que debe renunciar si Dios es el Dios de la debilidad y si el Mesías es vencido.

Él no lo conoce, y es la pura verdad: lo conocía solo a través la perspectiva de sus esperanzas; lo veía como al que realizaría, que salvaría a Israel y haría sentar sus discípulos como jueces sobre doce tronos.

Cuando lo ve prisionero, ya no lo conoce.

Si ese hombre no reconoció a Cristo en el momento en que debía cambiar de visión, cuando debía adoptar la religión de la misericordia; si en ese momento Pedro negó a Jesús, ¿qué debían ser los demás, su situación, su actitud, su escándalo?

Uno imagina el pensamiento del sumo sacerdote que no era un hombre de mucha fe, más apegado a sus beneficios que a la ley divina, pero que finalmente creía en los profetas y había meditado la Ley de Moisés; para él, la blasfemia suprema sería dudar de la victoria de Dios.

Sin embargo, ese es el corazón del Evangelio, el centro del mensaje de Jesús, toda la novedad de su revelación.

Dios es un Dios de debilidad, un Dios que cada uno de nosotros puede matar; nada es más fácil pues él no puede defenderse. Puede dar la vida, no puede inventar la muerte; puede morir de amor, no puede hacer morir.

Volvamos los textos difíciles.

¿Siendo Dios fiel a sí mismo, fiel a su Amor, no tenía que ser fiel a Israel? ¿No trató Jesús de convertir a Israel, para que Israel fuera el misionero de la Iglesia?

Porque en fin, toda la historia de Israel tenía el sentido de una misión: conservar el foco de la religión, de la verdadera creencia en el verdadero Dios que es Espíritu, y todas sus observancias eran como las protectoras: no comer sin lavarse las manos… ¿no era para impedir que Israel compartiera la mesa con los paganos, a fin de guardar pura su fe, como luz de las naciones?

Y entonces, cuando vino el Mesías, ¿no sería la fidelidad de Dios pedir a ese pueblo que fuera el misionero de las naciones? Y cuando Israel renuncia a entrar en el plan de Amor, cuando, en vez de ver en el separatismo el sello mismo de una misión universal, separado como sacerdote para ser el misionero de las naciones, cuando Israel vea en la separación un monopolio solamente y renuncie a su vocación, entonces Dios será liberado de sus promesas: rechazado por su pueblo y condenado por él.

Recordemos lo que decíamos sobre las diferentes ciencias del alma de Jesús. El dato tan precioso de que hay en Jesús no solamente una ciencia beatífica que permite al alma humana penetrar en los abismos de Dios; no solo una ciencia profética que hace de él el Doctor de todas las naciones, sino una ciencia experimental que saca del espectáculo de las cosas un conocimiento cotidiano de los seres.

Desde el punto de vista del plano experimental y sabiendo que su ciencia beatífica y profética están fuera del tiempo, ¿no podemos pensar que su conocimiento experimental se desarrolla en la duración, que desde este punto de vista Jesús cumplió su misión, se dejó instruir por su misión, y que por parte suya cumplió la misteriosa fidelidad de Dios trabajando por hacer de Israel el misionero de las naciones, sabiendo además, pero por ciencia beatífica, que todo fracasaría?

Hay ciertos deberes que debemos cumplir aunque sepamos que no conoceremos su resultado.

Jesús fue el misionero de Israel. No hubo infidelidad de parte de Dios, sino del hombre.

Jesús irá hasta el final de la promesa, celosamente fiel a ser misionero de Israel para que Israel fuera el misionero de las naciones.

Mirando los textos, vemos que, hablando del final de los tiempos, se dice: el Evangelio tiene que ser predicado a todas las naciones. La perspectiva universalista aparece a cada instante en las parábolas. Ahí tenemos dos corrientes: el deber de fidelidad al que Jesús no falla y la corriente de los presentimientos, de la pre-ciencia demasiado cierta: a saber que su pueblo lo traicionará y lo condenará.

Igualmente, mirando los textos de la parusía, vemos en san Mateo que, hablando de la misteriosa catástrofe que acabará con Jerusalén, Jesús dice: “Y será como en los días de Noé: uno será tomado y otro dejado y de dos mujeres, una será tomada y la otra dejada” (Mt. 24:37-41).

Si se tratara del final de los tiempos, es evidente que nadie sería dejado. En el fondo, hay que ver estos textos porque son la Iglesia con el misterio de la cruz y la revelación de la debilidad de Dios.

Si Jesús habla de la visión del Reino de Dios con imágenes tomadas de la vida, es natural que hable de esa manera, ya que va a instituir su sacramento bajo la forma del pan y del vino, a fin de hacernos tomar conciencia que el Reino de Dios hace parte del misterio de la cruz y que la realeza de Jesús está dentro de nosotros y que nosotros estamos abiertos al Reino solo después de haber sido crucificados con él.

Hay que ir al fondo del texto y no quedarse en las palabras. No es necesario entender en otro sentido que ese, a saber, como movimiento hacia una revelación más perfecta. Jesús no podía decirlo todo y utilizó las palabras que se usaban en el pueblo. Tomó la noción de Reino de Dios dándole un acento nuevo. Tomó también ciertas nociones corrientes de justicia, no para decirnos: será de este modo, sino para decirnos: el juicio consistirá en las relaciones que tengan con el prójimo.

El acento del capítulo: “Id, malditos, al fuego eterno”, no se debe poner en la palabra: “malditos”, sino en la caridad que será el criterio en función del cual todos serán juzgados.

En resumen, será siempre en función del criterio interior que es la revelación central del cristianismo que se deberá entender la revelación de los textos cada uno de los cuales es un sacramento; no una palabra tomada de un libro, sino un sacramento que contiene la Palabra eterna de Dios, que debe escucharse de adentro, de rodillas en la fe, tomándola como una persona, la persona misma de Dios crucificado.

Si se aíslan los textos, si se los extrapola, si se los saca fuera de la persona de Jesús, pierden todo valor, se vuelven materia de donde se puede sacar todo, excepto el Evangelio de Jesús.

Sabemos qué terrible cautividad debió ser el lenguaje humano para Jesús: en el odre gastado de las palabras, había que echar el vino nuevo del Evangelio que hacía estallar todo.

Sentimos que no nos equivocamos si vamos a los textos a través del misterio esencial, al centro de la predicación, si los hacemos vibrar al contacto mismo del corazón de Jesús.

Él tuvo que soportar el lenguaje humano, utilizarlo y revolverlo para hacerlo estallar y vibrar con toda la Luz contenida en la Palabra de Dios.

Y tenemos otro criterio de que esa revelación es de verdad la revelación central, en la evolución misma del pensamiento cristiano en la Iglesia, y en la última expresión del misterio de Jesús que es la revelación del Sagrado Corazón.

El Sagrado Corazón expresa lo mismo que la cruz en un lenguaje tan sencillo y humano, tan emocionante que deberíamos ser obstinados para no comprender que todo el cristianismo es un misterio de Amor si Dios no es sino Corazón.

Entendemos que no hay revelación más verdadera que la cruz de Jesús en la cual está la vida y la resurrección.

Tenemos que volver a la revelación de la cruz y de la debilidad de Dios, para hundirnos en ella.

Jesús pudo revelarnos esa debilidad porque él es solidario de ella, la llevó en su carne hasta la muerte.

Quizás, antes de Jesús, se pudo abusar de ese secreto de Dios porque las dos concepciones no pueden ir juntas, la noción del Dios poderoso y la negación del Dios de Amor. Es necesario pasar de la una a la otra y eso es lo que marca el límite entre los dos Testamentos; el Dios de poder y el Dios de debilidad.

Sin duda no es un juego de palabras cuando hablamos de la debilidad de Dios, es también como la manifestación suprema de su poder en el orden de la santidad. Él no tiene otro poder que el del Amor.

Dios no puede sino lo que puede el Amor. Ese es su poder.

Nosotros, nuestra miseria está en que podemos no amar, podemos aniquilar a los seres que no amamos; Dios no puede, porque él es la vida y la Luz y no es sino Corazón. Puede tender los brazos y morir, y es fácil matarlo. No hay que ser un gran genio para agarrar a san Francisco y arrojarlo a un pozo: basta con ser malo.

Para cantar el Cántico del Sol hay que ser san Francisco; para recibir los estigmas, hay que ser san Francisco. Para dar su vida por sus criaturas, hay que ser Dios; solo él es capaz de eso.

Entonces toda la religión toma figura humana. La virtud ya no será el cumplimiento de la Ley sino una relación de amor con una persona. El pecado no será ya una transgresión de la Ley sino una herida de amor infligida a una persona: una herida en su corazón, la crucifixión de un Dios, la muerte de un Dios.

Eso cambia todo. Y se comprende que san Pablo, llevando este mensaje, haya podido hablar de la “locura de la cruz”.

¿Qué otra palabra podría caracterizar esta misión sino la palabra locura?

Entonces seremos cambiados porque en adelante la religión ya no será lo que podemos esperar de Dios, ya no será una protección contra la amenaza de Dios. No hay amenaza de parte de Dios; Dios ha dado todo y sigue siempre dándose.

La religión es lo que Dios puede esperar de nosotros.

Somos nosotros la amenaza para él: “Jerusalén, cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne sus polluelos bajo sus alas, y tú no quisiste.” (Mt. 23:37)

“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.” (Jn. 1:11) “Y el juicio es que la Luz vino al mundo y ¡el mundo y los hombres prefirieron las tinieblas!”

“Vosotros todos que pasáis, ¡mirad y ved si hay dolor semejante al mío!” (Lam. 1:12)

Entonces solo se juzgan los que se separan de él y lo condenan, los que lo crucifican. No es él quien juzga, él no juzga a nadie sino que baja los ojos ante la mujer adúltera, baja los ojos en el sacramento del altar, baja los ojos ante la iniquidad de sus verdugos. No quiere juzgar nuestros pecados; nuestros pecados lo matan. No tiene que juzgarlos, los siente en sí mismo, le hieren el corazón.

¡Eso es! ¡Hay que buscar a Dios en esta dirección! nuestra religión no es lo que podríamos espera de Dios sino lo que Dios puede esperar de nosotros.

Eso nos coloca bajo la verdadera Luz de nuestra vida cristiana. En el fondo, la gran pureza es no mirarse a sí mismo sino a Dios.

La gran liberación es no inquietarse por sí mismo ni por su salvación, sino estar preocupados por la gloria de Dios y la realización de su reino, su liberación de la cautividad en que está encadenado.

Cuando un alma comienza a preocuparse por Dios y comienza a ser madre de Dios, entonces está de verdad en la fe cristiana.

Creo que no hay otra cosa qué hacer o qué saber sino que Jesús es Jesús crucificado.

Cuando tenemos dificultades, y todos las tenemos, cuando estamos rodeados de tentaciones, cuando nos inclinamos bajo el peso de los pecados, todo eso viene de que no miramos a Jesús.

Un solo pecado nos separa de él, una sola fuente de debilidad es estar distraídos de su Presencia. Cuando nos volvemos hacia nosotros recaemos en el yo y es el pecado. La falta esencial y única es que le volvemos la espalda, dejamos de mirar su rostro, abandonamos el refugio de su Corazón y recaemos en nosotros mismos.

Hay que mirarlo, mirarlo sin cesar. Si hemos marchado sin pensar en él, hay que volver al signo de la cruz que es el catecismo de la Iglesia. Y la Iglesia ha sembrado el signo de la cruz en los caminos de la tierra porque es la suprema revelación del juicio de Dios por el hombre. Es la única purificación.

Mientras Dios sea un dueño nos rebelamos; cuando es víctima del dolor, cuando sucumbe al pecado del hombre, entonces se abre algo en nosotros, tiembla, se da y comienza a compadecer y esa compasión por la pasión de Cristo es el comienzo de la religión cristiana.

“Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo.”

“Jesús llama a los hombres y no lo escuchan.”

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