Conferencia de Mauricio Zúndel en el Carmelo de Matarieh, el Cairo, en mayo/junio de 1967. Ya publicada a partir del 16 de marzo de 2008. Se añadieron los títulos.

¿De dónde viene el fracaso de nuestro Señor?

Os conviene que yo me vaya

“Os conviene que yo me vaya”, dice Nuestro Señor, “Os conviene que yo me vaya porque si no me voy, el Paráclito, el Espíritu santo no vendrá sobre vosotros” (Juan 16,7). Con estas palabras durante sus últimas charlas con sus discípulos, según el Evangelio de San Juan, Nuestro Señor reconoce su fracaso. En efecto, no hay confesión más explícita que esa: “Os conviene que yo me vaya, ya que soy para vosotros un obstáculo a la venida del Espíritu Santo.”

¿De dónde viene que Nuestro Señor fracase así? Evidentemente, de que los apóstoles que lo ven ante sí no lo vieron dentro de sí. Eso quiere decir que no reconocieron el carácter sacramental de Su Humanidad. Su mirada no va más allá de esa Humanidad. Por eso le pegan a la Humanidad de Nuestro Señor los sueños que llenan su imaginación y su corazón. Lo ven como quieren que sea. Lo ven conforme a su deseo y su ambición.

Nuestro Señor en efecto escapa necesariamente al que Lo mira de afuera. Es que habitualmente nadie Lo vio en su realidad esencial, excepto la Santísima Virgen, ¡ni sus amigos, ni sus enemigos, ni los que Lo siguieron con amor y entusiasmo, ni los que Lo persiguieron, ni los que Lo juzgaron y lo condenaron!

En adelante es necesario hacerse presente a Jesucristo

Habrá siempre que recurrir a Jesucristo… Pero para encontrar esa revelación suprema hay que hacerse presente a Jesucristo.

Es verdad que en Jesús la presencia de Dios entró en la historia de una manera definitiva. Es verdad que la Humanidad de Nuestro Señor es la suprema revelación de Dios precisamente porque es totalmente oculta y que el despojamiento subsistente y eterno constituye la personalidad del Hijo de Dios. No hay revelación que pueda ir más allá cuando se nos comunica por este despojamiento supremo.

Habrá siempre que recurrir a Jesucristo, habrá siempre que volverse hacia Él para obtener la verdadera visión del Rostro de Dios. Pero para encontrar esa revelación suprema hay que hacerse presente a Jesucristo.

Aquí vemos la ley interpersonal del universo interpersonal, del universo fundado sobre la comunicación de las personas, sobre el intercambio de sus intimidades: ningún contacto es posible sino a través del don de sí mismo y, mientras más perfecto es el don más perfecto es el conocimiento y si falta el don, el conocimiento no es posible.

Y eso es justamente lo que explica el fracaso que Nuestro Señor expresó en esas palabras conmovedoras: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy el Espíritu Santo no vendrá sobre vosotros.”

La efusión del Espíritu

El milagro de Pentecostés…, a través de la efusión del Espíritu, los apóstoles se hacen presentes a Jesucristo y… van a verlo como la vida de su vida, van a verlo como interior a ellos mismos.

La vida de Nuestro Señor no habría tenido ninguna consecuencia, no tendría efecto alguno si no reviviera en el corazón de los que El escogió para continuar Su misión, y eso es precisamente lo que constituye el carácter tan dramático de sus últimos instantes: va a desaparecer, va a dejar de ser visible, va a atravesar la muerte y aunque vence la muerte por el triunfo por la Resurrección, la Resurrección misma, como lo hemos observado con frecuencia, es reservada y tiene como únicos testigos a sus discípulos que no entendieron nada y que, hasta el día de la Ascensión conservan el viejo sueño de una restauración de Israel.

El milagro de Pentecostés decidirá de todo ya que a través de la efusión del Espíritu Santo que se apodera del alma de los apóstoles, a través de la efusión del Espíritu, los apóstoles se hacen presentes a Jesús y, dejando de verlo como un personaje exterior a ellos, van a verlo como la Vida de su vida, van a verlo como interior a ellos mismos.

Pero, viéndolo interior a ellos como la Fuente misma de su misión, como la luz misma que ellos comunican, como la gracia que difunden, en fin, como la única Presencia que legitima su acción y le da eficacia, viendo a Jesús como interior a sí mismos, se verán a sí mismos como sacramentos de Jesús, se verán como despojados de sí mismos para no ser sino signos vivientes que significan o dan testimonio de Su Presencia y que La comunican.

La Iglesia sociedad mística y sociedad sacramental

La Iglesia aparece así inmediatamente a través de ellos como una sociedad mística, como una sociedad sacramental en que el hombre desaparece totalmente en Presencia de Jesucristo. El carácter sacramental de la Iglesia que hemos visto miles de veces, se anuncia en la visión que transforma a Saulo en Pablo y hace del perseguidor un apóstol: “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Así es como Jesús entra en la historia, por el misterio de la Iglesia, por la mediación sacramental de los hombres que Él escogió para continuar Su misión.

Una presencia humana es indispensable para acoger la Presencia divina que se ofrece en persona a la humanidad de Jesucristo y que sin la presencia mediadora del hombre… nada pasaría.

Es decir que una presencia humana es indispensable para acoger la Presencia divina que se ofrece en persona a la humanidad de Jesucristo y que sin la presencia mediadora del hombre, primero de los apóstoles, y después de aquellos a quienes impondrán las manos, y de todos los que creerán en las palabras de Jesús a través de las de ellos en su mediación humana, sin esa mediación de una presencia humana, nada pasaría.

«Yo soy Jesús»

Eclipsarse en Jesús para llevar a Él

En cierto modo la mediación puede sin duda descomponerse en dos tiempos, puede presentarse bajo dos aspectos: el aspecto sacramento que de todos modos despoja a los apóstoles de ellos mismos aunque no lo quieran, ya que justamente su misión es radicalmente una dimisión, sólo dan testimonio de Jesús desapareciendo en Jesús, Y sólo pueden comunicar la vida y la gracia de Jesús en virtud de un poder que reciben de Él, que no pueden ejercer sino para Él, desapareciendo en Él y para conducir a Él.

Y así será, aunque no quieran. No tienen ninguna posibilidad de apropiarse ese poder sin perderlo inmediatamente. Eso es lo que significa el episodio de Pedro cuando Simón el mago pretende comprarle el poder de conferir el Espíritu Santo (Actos 13,6-12). En el rechazo indignado que opone a ese negocio escandaloso da testimonio de que no puede disponer del Espíritu Santo haciendo negocio porque ese poder reside totalmente en la Persona de Jesús y no se ejerce por su intermedio sino en la medida en que él se conduce como sacramento de Jesús. Entonces todo su poder reside en su eclipse y en su dimisión.

El aspecto sacramental en que el poder del apóstol, el poder de la Iglesia, aparece como esencialmente unido a la Persona y la Presencia de Jesús de suerte que los que se rinden a la palabra de los apóstoles, los que la reciben y la aceptan, se unen inmediata y únicamente a la Persona y a la Presencia de Nuestro Señor, están libres del hombre que anuncia y comunica la palabra que es el instrumento y el sacramento de esa Vida y de esa gracia, son completa­mente libres de él como son llamados a ser libres de sí mismos, pero evidentemente la garantía de libertad que es la base del poder del apóstol y de la Iglesia, esa liberación esencial, no tendría sentido alguno si no terminara en una dimisión de toda la vida en la persona del apóstol como en la persona de aquellos a quienes se dirige.

No hay Iglesia sin la Presencia humana que hace sensible la Presencia de Jesús

Recibir el bautismo, o la confirmación, o la Eucaristía, no significa nada si por ese medio no nos unimos a la Persona de nuestro Señor para vivir de ella, para dar testimonio de ella y comunicarla.

Finalmente, el fracaso de Cristo sería completo si la mediación sacramental no fuera acompañada de mediación personal, es decir, si no respondiera a la Presencia de Jesucristo ofrecida eternamente a la humanidad, la presencia humana que mediatiza, que significa, que llama y comunica esa Presencia. No habría Iglesia finalmente, no habría Iglesia sin la presencia humana que hace sensible la Presencia de Jesús en la vida cotidiana, y eso nos toca personalmente sea cual fuere nuestra situación en la Iglesia, sea cual fuere la función que tenemos en ella, sea sacerdote, sea laico, o religioso o viviendo en lo que llamamos mundo.

Solo podemos ser cristianos en la medida en que aportamos a Jesús nuestra presencia y que nuestra presencia se hace signo viviente y manifestación visible de la Suya.

Eso quiere decir que el sacramento eclesial no puede realizar su misión, el sacramento que es la Iglesia misma, no puede realizar su misión sino en la medida en que es vivido místicamente, en que es vivido interiormente por nosotros y en que nuestra vida significa y comunica la Presencia de Jesús.

Eso quiere decir que ser cristiano y dar testimonio de la Presencia de Jesús y comunicarla es una sola y misma cosa. Eso quiere decir que la vida mística es consustancial a la vida cristiana.

Recibir el bautismo o la confirmación, o la Eucaristía no significa nada si no nos unimos así a la Persona de Nuestro Señor para vivir de ella, para dar testimonio de ella y comunicarla. Estar inscrito en un registro o participar en ritos sin vivirlos es renovar el fracaso de Nuestro Señor, es ponerlo de nuevo afuera y delante de nosotros en vez de llevarlo dentro. Y sólo el acceso a Nuestro Señor por el interior puede ponernos en contacto con Él, establecer el contacto entre Él y nosotros, enraizar Su Presencia en la historia humana de suerte que finalmente la vocación del cristiano puede resumirse en las palabras que Nuestro Señor dirige a Pablo a las puertas de Damasco: “¡Yo soy Jesús, yo soy Jesús!”

Toda la vida del cristiano se resume en esta frasecita: “Yo soy Jesús.”

Toda la vida del cristiano se resume en esta frasecita: “Yo soy Jesús”. San Pablo que vivió tan apasionada y profundamente el misterio de Jesús, resume su propia vida en la carta a los Filipenses diciendo: “Para mí, vivir es Cristo” (Fil. 1,21).

Queremos ver a Jesús

Una vida de unión y de identificación

El misterio de la Iglesia, una sociedad humana fundada sobre la circulación de la Presencia del Espíritu Santo en la cual cada uno es el centro de la unidad, pues cada uno es una Presencia infinita ofrecida a todos los demás, porque cada uno se ha convertido en Jesús.

No se puede expresar mejor que la vida del cristiano es la Persona de Jesucristo como lo expresa además en la epístola a los Gálatas el mismo apóstol: “Y ahora no soy yo el que vive, no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí” (Gal. 2,20). Por eso en las epístolas de San Pablo brillan con frecuencia las palabras: “En Cristo Jesús”, en Cristo Jesús, porque toda la vida del cristiano se realiza en Cristo Jesús.

Jesucristo nos lleva a repetir que la vida del cristiano es necesariamente, esencialmente, vida mística, vida de unión, vida de identificación con Nuestro Señor, una vida que se resume en las palabras dichas por Nuestro Señor a Saulo: “Yo soy Jesús”. Toda la libertad cristiana se resume en esa afirmación. El cristiano depende sólo de Jesús que es la libertad soberana ya que en Jesús encuentra el desapego y la humildad eternos de Dios en persona. Si vivimos el misterio de Jesús auténticamente en la Iglesia, no tendremos que embarazarnos mucho tiempo con las normas y las reglas de una prescripción: se nos dan en esta cortísima frase: “Yo soy Jesús”.

“Queremos ver a Jesús”, dicen los griegos en los últimos días de Nuestro Señor antes de su Pasión. “Queremos ver a Jesús” (Juan 12,21). Es lo que el mundo no cesa de reclamar: quiere ver a Jesús, no que le hablemos de Jesús – ya le han hablado tanto de él, en vano e inútilmente – lo que quiere es “ver a Jesús”, encontrarlo personalmente porque sólo en Jesús puede ser liberado de sí mismo, sólo en Jesús puede constituirse una verdadera humanidad.

Los hombres están “disgregados por el pecado”, como dice la oración de la Fiesta de Cristo Rey, están disgregados por el pecado, separados unos de otros por el yo cómplice que nos encierra a cada uno en sí mismo de manera que si estamos aglutinados unos con otros, si estamos mezclados unos con otros, si estamos sin cesar en contacto unos con otros, es que la humanidad constituye una unidad biológicamente, por la carne y la sangre, y falta mucho para que constituya una unidad por el espíritu, a menos de abrirse a todos los demás haciendo de su vida un espacio ilimitado y eso es justamente lo que debe realizar el misterio de la Iglesia, una sociedad humana fundada sobre la circulación de la presencia del Espíritu Santo, en que cada uno es el centro de la unidad porque cada uno es presencia infinita ofrecida a todos los demás, porque cada uno se ha convertido en Jesús.

Una renuncia radical a sí mismo

En ese momento existiría la Iglesia en toda su plenitud, en ese momento realizaría la humanidad toda su universalidad, y ésa es precisamente nuestra misión: sea cual fuere nuestra función en la Iglesia, nuestra misión es la misma: ser Jesús.

En este resumen vemos bien que estamos llamados a una renuncia radical a nosotros mismos y que esa es nuestra única misión, la dimisión radical que hará de nuestra vida el sacramento diáfano de la Vida de Jesús. Y eso simplifica muchísimo la visión de la vida auténticamente cristiana: se trata únicamente de realizar a Cristo en nosotros, no de combatir los defectos bajo una u otra forma, no de adquirir tal o cual virtud mediante un proceso laborioso, todo eso hay que hacerlo, es indispensable, pero no estaremos en el centro de nuestra vocación sino en la medida en que tomemos conciencia de que no haremos nada útil, de que nuestra única acción eficaz será la de convertirnos para los demás en la Presencia misma de Jesús.

Presente al mundo entero

No hay otro apostolado concebible, no hay otra acción eficaz sino la acción de una presencia auténtica justamente porque estamos en un mundo interpersonal, justamente porque se trata de asimilar la intimidad de Dios que es puro interior, justamente por eso el apostolado no puede consistir sino en la comunicación de la Presencia de Jesús mediante la nuestra.

El que está presente a Dios, que respira la Vida Divina, que la vive en todas las fibras de su ser, está necesariamente presente al mundo entero, actúa en todas partes, destruye los muros de separación y no hay nadie que no se beneficie del brillo de su existencia. Desde luego los hombres pueden ignorar y él mismo no sabe hasta dónde puede llegar su acción, y no es necesario que lo sepa, pero por el hecho mismo de ser presencia real le apunta a todo el universo y contribuye a unificar toda la Creación.

El éxito del Señor, la fecundidad misma de su Misión está pues finalmente ligada a nuestra presencia. Nada puede realizarse sin la mediación humana de nuestra presencia, y por eso nuestra fidelidad no nos concierne en primer lugar: no es nuestro propio destino lo que interesa a nuestra perfección, es la vida de la humanidad, es el destino de los demás, lo que interesa a nuestra perfección es el sentido de todo el universo, de toda la Creación, es primero y esencialmente la Vida del Señor en el universo y en la humanidad.

Entonces si nos falta generosidad, si no realizamos la identificación con Jesús, el que sufre es el Reino de Dios al que nos oponemos constituyendo nosotros mismos el obstáculo más terrible a su difusión. Lo que el mundo espera de nosotros es eso, es Jesús. Tenemos entonces que transformarnos en Jesús para realizar la obra de Jesús.

¿Qué haría Jesús en mi lugar?

Nuestra misión de cristiano es siempre esa: ser Jesús

Nuestra regla es la Persona de nuestro Señor. No estamos reducidos a conformarnos con normas, con reglas abstractas. Debemos identificarnos con la Persona eternamente viva que es la Persona de Nuestro Señor.

Sea cual fuere el estado de la sociedad eclesial, el comportamiento de los jerarcas y de la jerarquía – digamos apostólica, que además recibió la sucesión apostólica – la jerarquía que será siempre, quiéralo o no, un mero sacramento de la Presencia del Señor – sea cual fuere su comportamiento, el nuestro no debe regirse por el suyo. Nuestra misión de cristiano es siempre, necesaria y radicalmente, esa: ser Jesús.

No podemos llegar hasta nosotros como bautizados y confirmados, no podemos llegar hasta nosotros sino a través de la Persona de Jesucristo porque por el bautismo y la confirmación, por los sacramentos de iniciación justamente fuimos expropiados de nosotros mismos, fuimos injertados en la Persona de Nuestro Señor para expresarlo en todo nuestro ser, para que nuestra presencia se convierta realmente en Su Presencia, a tal punto que nuestra conducta no se puede dirigir finalmente sino modelando a cada instante el Rostro de Jesús.

¿Qué haría Jesús en mi lugar? ¿Qué diría Jesús en mi lugar? ¿Cuál sería el comportamiento de Jesús en mi lugar? Nuestra regla es la Persona de Nuestro Señor. No estamos reducidos a conformarnos con normas, con reglas abstractas Tenemos que identificarnos con la Persona eternamente viva que es la Persona de Nuestro Señor.

Y ese es el principio de nuestra conversión, ese debe ser al menos el principio de nuestra conversión: a cada instante, ser Jesús. ¿Cuál ha sido mi conducta hasta ahora, cualesquiera que hayan sido mis faltas e infidelidades, qué importa? No tengo que apreciar mi vida desde mi punto de vista, tengo que realizar la misión consustancial con mi bautismo: ser Jesús. Entonces, si no lo he sido, que me apresure a serlo, ya que ese es el único problema.

Necesidad de transparencia de los miembros de la Iglesia a la Persona de Jesús

El espejo de la perfección es Jesús. Todos los verdaderos santos lo han sido en la medida en que han dado constantemente la impresión de que su Presencia era la Presencia de Otro y de que a través de ellos comulgábamos con la Presencia divina.

“Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy el Paráclito, el Espíritu Santo no vendrá sobre vosotros”. Como acabamos de verlo, el fracaso proviene precisamente de que los apóstoles, que en cierto modo amaban apasionadamente a Jesús, el fracaso proviene de que no se hicieron realmente presentes a Su Humanidad-sacramento.

La Iglesia nacerá en el fuego de Pentecostés del nacimiento de ellos a Jesús en la intimidad de sus corazones transfigurados. Su misión tendrá éxito en la medida en que sean para los demás revelación de la Presencia de Jesús, y el destino de la Iglesia estará ligado hasta el fin de los siglos a la transparencia de los miembros de la Iglesia a la Persona del Señor.

Y henos aquí confrontados con la misma exigencia fundamental en que se resume toda la perfección: toda nuestra vocación y toda la misión de la Iglesia es ser Jesús. El espejo de la perfección es Jesús. Entonces todos los santos auténticos lo fueron en la medida en que dieron constantemente la impresión de que su presencia era la presencia de Otro, y que a través de ellos se comulgaba con la Presencia Divina. No tenemos otra cosa qué hacer.

Pidamos al Señor la gracia de alejarnos de nosotros, de no pensar más en lo que somos, de olvidar hasta nuestras faltas, para desaparecer completamente en Él a fin de que nuestra vida sea verdaderamente Presencia de Jesús.

En última instancia, nosotros somos la hostia

Hay que vivir de la Eucaristía. Debemos transformarnos en eucaristía para que la Presencia eucarística dé sus frutos.

La presencia eucarística misma no basta. Tendremos ocasión de volver a hablar de ella, pero evidentemente, ella no basta. No basta con encerrar la hostia en un tabernáculo para que el mundo sea transfigurado, hay que vivir de la Eucaristía. Debemos transformarnos en eucaristía para que la presencia eucarística dé sus frutos.

El Padre Foucauld pensaba que su misión era justamente suscitar la presencia eucarística en medio de los tuaregs, en medio del desierto de la naturaleza y de las almas, pero si no hubiera estado ardiendo de amor por el Señor, la evocación de la presencia eucarística no habría tenido ningún significado: la hostia, en última instancia, somos nosotros, ¡nosotros! La Eucaristía debe transformarnos en Jesús, y nosotros somos auténticamente cristianos en la medida en que la transformación es real.

Hemos sido hechos Cristo

No se trata de nosotros, ni de nuestra perfección, ni de nuestra salvación. Se trata de Él cuya Presencia solo puede mediatizar, significar y comunicar nuestra Presencia.

No perdamos el tiempo preguntándonos hasta qué punto hemos traicionado a Dios, o hasta qué punto hemos realizado Su Presencia en nosotros: todo comienza hoy, estamos en el fuego del Espíritu, estamos en el misterio de Pentecostés, y la Iglesia nace o puede nacer, en todo caso quiere nacer hoy en nuestros corazones para hacer en ellos un nuevo comenzar. Entonces sólo nos queda inscribir en la luz de los dones del Espíritu Santo difundido en nosotros, sólo nos queda inscribir esas palabras, esa frasecita que dice todo: “Yo soy Jesús”.

Pediremos a la Santísima Virgen, que había implorado con los apóstoles la efusión del Espíritu Santo, pidámosle que inscriba en nosotros esa luz inmensa: ser Jesús.

San Agustín que alimentaba a su pueblo de Hipona con sus sermones tan frecuentes y sustanciales, tan profundos y bien adaptados al auditorio, no temía decir a esa gente que no eran genios como él: “Ustedes saben, ustedes comprenden, escuchen hermanos, no sólo hemos sido hechos cristianos, ¡hemos sido hechos Cristo!” Era la más hermosa manera de honrarlos y de grabar en su corazón lo esencial de su vocación de bautizados: “No sólo fuimos hechos cristianos, fuimos hechos Cristo” ¡Y cómo es verdad!

Pues bien, alegrémonos. No se trata ni de nuestra perfección ni de nuestra salvación, se trata de Él cuya Presencia solo puede mediatizar, significar y comunicar nuestra Presencia y si, como debemos, nos damos por campo de acción el mundo entero, si pensamos que ser cristiano es necesariamente ser universal, tendremos de qué llenar todos nuestros días hasta hacerlos desbordar ya que tenemos que comunicar esa Presencia por medio de la nuestra a todo el universo, a toda la Creación, si es verdad que toda nuestra vida está encerrada, comprendida, iluminada por esa frasecita: “Yo soy Jesús”.

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