Conferencia de Mauricio Zúndel en El Cairo, en 1950. Inédita. Se añadieron títulos.

El yo, entre la consistencia sentida por la pasión y la conquista por hacer dictada por la reflexión

Ofensas reales o sentidas

Cada uno se aferra a sí mismo con una especie de frenesí biológico, como si el impulso cósmico estuviera concentrado en su singularidad. La adherencia es particularmente sensible cuando se sufre una ofensa real o sentida como tal.

La respuesta va fácilmente hasta el homicidio aunque por fortuna el deseo es controlado por la incapacidad o el miedo. Uno siente la amenaza personal y desea la muerte del adversario que representa el peligro.

Este sentimiento presenta tantos aspectos diferentes como el yo cuya afirmación manifiesta. Un individuo puede ser todo ambición y reconocer como rivales solo a quienes le disputan el rango a que aspira. Otro será llevado al crimen por una rivalidad sexual o por amor del dinero. Muchos se identifican con una colectividad cuyos intereses o puntos de honor son la pasión suprema.

Además, todos pueden sentir la herida de su dignidad personal ignorada, aunque en su conducta estén lejos de mostrarla, como si la injuria despertara en ellos el sentido de una zona inviolable para la cual toda intrusión constituye un sacrilegio.

Aunque semejante impresión no lleva a descubrir una interioridad auténtica, no puede sino inspirar espíritu de venganza, justificándolo y divinizándolo. A esta solidez del yo en el plano pasional se opone su inconsistencia en el plano de la reflexión.

La identidad presente

Cada período decisivo de mi existencia se separa del precedente en diferentes niveles, como si mi vida estuviera hecha de etapas discontinuas cuya yuxtaposición resulta de una cadena puramente material, exterior a lo que yo creo ser mi identidad de ahora…. Jamás, en ningún momento, puedo decir que he llegado al nivel definitivo en que soy realmente yo mismo.

¿Quién es el yo? Si pienso en mi infancia, ¿cómo puedo integrar ciertos episodios que son ahora totalmente extranjeros para mí? Si me refiero al comienzo de mi carrera no me reconozco tampoco en una seguridad que ya no tengo, en fórmulas fuertes cuya falta de matices me salta a los ojos, en límites cuyo desconocimiento me parece ahora imposible de concebir.

Y podría continuar. Cada período decisivo de mi existencia se separa del anterior en muchos niveles, como si mi vida estuviera hecha de etapas discontinuas cuya yuxtaposición resulta de una cadena puramente material, exterior a lo que yo creo ser mi identidad de ahora.

Y, si la experiencia continúa, me es fácil imaginar que ésta me parecerá igualmente extranjera y que jamás, en ningún momento, podré decir que he alcanzado el nivel definitivo en que soy realmente yo mismo.

Puedo aceptar sin presunción que otras vidas más apegadas a lo cotidiano que la mía, si tuvieran tiempo de pensar, sentirían aún mejor que yo, si no la discontinuidad de sus fases, sino al menos el carácter casi exclusivamente material de su identidad y la imposibilidad de identificar un yo en la sucesión totalmente exterior de acontecimientos que soportan simplemente.

La pasión o la reflexión

La pasión se apropia una falsa presencia de la cual la biología ofrece la materia y la máscara; la reflexión se bloquea en una ausencia que priva la vida de toda unidad y significación.

Ahora bien, ¿tiene razón la pasión en sus afirmaciones brutales, o la reflexión en su escepticismo disolvente? O habrá que decir que las dos se equivocan, la pasión considerando el yo como un bien adquirido cuya consistencia está asegurada por un sentimiento elemental y la reflexión no viendo que el yo es una conquista por hacer, cuya búsqueda define nuestra vocación de Hombre.

Podemos combinar sus declaraciones diciendo que la pasión da testimonio de una exigencia de consistencia y de identidad que supone como realizada y la reflexión, de la no realización, que considera sin razón como definitiva.

Dicho de otra manera, la pasión se apropia una falsa presencia de la cual la biología ofrece la materia y la máscara, y la reflexión se bloquea en una ausencia que priva la vida de toda unidad y de toda significación.

Entonces nos es imposible renunciar a decir “Yo. Pero lo haremos con razón solo haciendo justicia a las observaciones críticas de la reflexión.

Esperamos el tiempo como una melodía inteligible que progresa hacia su culminación.

Nosotros somos el tiempo

El tiempo es una existencia extendida, sucesiva y dispersa, que no logra unirse para formar una totalidad capaz de captarse totalmente sin dejar escapar nada.

Ella nos obliga a reconocer una distancia infinita y aparentemente infranqueable respecto de nosotros mismos. No basta decir y es quizás no decir nada situar nuestra existencia en el tiempo. No estamos en el tiempo. Somos el tiempo pues el tiempo es justamente una existencia extendida, sucesiva y dispersa que no logra unirse para formar una totalidad capaz de captarse totalmente sin dejar escapar nada.

Y el tiempo secreta el espacio en que culmina su dispersión. Nosotros somos el tiempo, el tiempo vivo y vivido – del cual el tiempo reloj es solo la sombra expuesta en el reloj del universo – separados como estamos de nosotros mismos y de todo, por el intervalo que renace sin cesar y parece marcar de absurdo toda nuestra historia.

Una historia sin entradas ni salidas

Porque nuestra historia solo tiene sentido por su unidad. Debe progresar de un punto hacia otro donde logra concluir. Si es imposible captar su comienzo o su final y unir los extremos leyendo en ellos un proyecto que ordena todo su desarrollo, le falta todo sentido.

Representa a lo mejor la unión arbitraria de azares contiguos en que ninguna unión interna justifica la relación. La visión que obtenemos introduce solo una apariencia de marcha en una sucesión de instantes en que ninguna transmisión supera la discontinuidad. En realidad, todo movimiento organizado queda anulado y el tiempo mismo se disuelve en un atomismo incoherente.

En efecto, la temporalidad en que estamos incluidos solo puede concebirse como unidad en suspenso, diferida pero siempre virtualmente presente y cuya intención une todas las fases de la duración para hacer de ellas una melodía inteligible que progresa hacia su término.

Superar el tiempo

Así el tiempo mismo exige en cierto modo ser superado. Es lo que quiere decir la expresión intervalo evolutivo que implica la compensación de la distancia temporal por la totalidad virtual que anima cada fase de la duración, haciendo rebotar un impulso continuo.

Pero está claro que esta percepción global de una trayectoria que se actualiza bajo la presión de su evolución solo es posible a un ser que la reúne toda en una mirada que mantiene al mismo tiempo el comienzo y la conclusión, neutralizando el intervalo con una visión simultánea.

Se rebela en el hombre una dignidad ignorada, la exigencia de salir de la incoherencia

La inmensidad del absurdo

La identidad pasional es, a su manera, una protesta de unidad, y como un grito del ser separado del devenir, pero es solo un grito que el devenir devora. La actitud crítica se retira del juego para observar su nulidad.

Pero eso es solo una maniobra que solo es posible al precio de un desdoblamiento sutil. Comprobar serenamente el fracaso de la propia historia identificando las discontinuidades que la marcan de absurdo, es en realidad darse un retiro intemporal desde donde revisamos una agitación incoherente que rehusamos tomar en serio. En otro nivel, esto es una revancha de la unidad cuya posibilidad rechazamos.

Por fortuna, esta posición de lujo tiende a desaparecer ante el absurdo inmenso desencadenado por las locuras de guerra y partidos. A tal nivel, el absurdo ya no es tolerable. Aparece como escándalo y la oposición que suscita revela un ser privado de un orden al que tiene derecho.

En verdad, ya es mucho rehusar ser cómplice de una existencia cuya crueldad reviste de carácter diabólico su falta de sentido. Pero ¿no es esta retirada una nueva ilusión, otra forma, trágica, de desdoblamiento?

En efecto, ¿cómo puedo rebelarme contra una naturaleza cuyo producto soy y qué sentido tiene juzgarla si yo sigo sometido a ella, si permanezco aferrado a su incoherencia? ¿Es mi protesta otra cosa que otro absurdo que confirma todos los demás por la exigencia de un sentido engendrado monstruosamente por la ausencia de sentido?

Es claro que no es eso lo que se quiere. La rebeldía lúcida y altiva es la respuesta de una dignidad ignorada que se venga en el desprecio. Entonces, en el hombre hay algo que le permite verdaderamente escapar a la incoherencia que él rehúsa.

Un centro interior que no pasaría

¿Y qué? El “Yo”, ¿dónde situar este personaje en los fragmentos de azar encadenados arbitrariamente, sino en la intimidad pasional que no es más que anticipación abortada? No puede ser sino fuera del tiempo cuya separación nos impide reunirnos.

“Fuera del tiempo” – que es la materia de nuestro devenir – no se debe tomar en el sentido de una evasión ilusoria. Solo puede tratarse de una relación que ordena el flujo hacia una intimidad que la cubre, hacia un centro interior que no pasa, como las labores domésticas de una mujer pueden gravitar alrededor de un gran amor de donde sacan su unidad.

Desde luego, no hay que postular esa intimidad y decretarla intemporal para escapar al absurdo. Una intimidad no es jamás el resultado de un razonamiento, o no es más que una palabra y estamos en plena tragedia.

Simplemente hay que reconocer cómo se presenta cuando la encontramos en un ser que ha alcanzado su identidad personal llegando justamente a ser interior a sí mismo.

La identidad personal

La identidad personal se afirma en el silencio de sí mismo. Domina la vida y la muerte en un recogimiento que las valoriza a las dos… La adherencia a sí mismo cede el lugar a una adhesión al Otro en una luminosa liberación.

Haecker nos diría que basta la voz para el discernimiento. La identidad personal es frenética. En ella, los nervios toman el lugar del hombre cuyos gritos hacen tangible su ausencia. El “Yo” da gritos para ocultar su vacuidad y solo suscita resonancia en el vacío de las biologías cómplices.

Al contrario, la identidad personal se afirma en el silencio de sí misma. Domina la vida y la muerte en un recogimiento que las valoriza a las dos. Por otra parte, solo lo alcanza por el sentimiento de una Presencia que nos hace sentir y que quiere afirmarla. La adherencia a sí mismo deja el lugar a una adhesión al Otro en una luminosa liberación.

La existencia gravita alrededor de un gran Amor que la penetra con sus rayos. Su unidad reside en la ordenación permanente en que todo acto se transforma en ofrenda, en un despojamiento que nada podría privar de nada.

Toda la existencia gravita alrededor de un gran Amor que la penetra con sus rayos. Su unidad reside en la ordenación permanente en que todo acto se transforma en ofrenda, en un despojamiento que nada podría privar de nada. Paradójicamente, así es como la vida humana llega a ser intimidad y se suprime la distancia de sí mismo aparentemente insuperable.

La riqueza del ser está en el don que hace de sí mismo

La novedad inagotable de lo eterno

Así no se suprime el tiempo sino que se transforma en camino de amor, imitando a su manera la inagotable novedad de lo eterno que le da sentido y significación.

El intervalo evolutivo justifica así su nombre. Sus extremidades se unen en el mismo Centro, siempre presente, que viven como origen y como conclusión, por una progresión cuyas fases cada una se articula en él igualmente. La distancia solo existe con miras a esta progresión en que nuestra intimidad se constituye por identificación con el Amor que nos imanta.

La riqueza del ser

Sin duda, solo podremos descubrir su proximidad suprema sintiendo cuán extranjeros somos para nosotros mismos mientras su intimidad no haya sido el camino hacia el nuestro. Ni siquiera basta con decirlo pues se podría creer que el Amor nos ha sometido con gusto a esa distancia.

Hay que concebir más bien que toda la riqueza del ser está en el don de sí, el cual es impensable sin su consentimiento, y que el paso de la adherencia a sí mismo a la adhesión al Otro lo hace de cierto modo creador de sí mismo.

La posesividad y la esterilidad de la identidad pasional nos lo hacían presentir al oponerse simétricamente al impulso generoso de la identidad personal, donde la plenitud y el despojamiento coinciden, como debe ser eminentemente el caso en el Amor cuya generosidad suscita la nuestra.

El Padre Kolbe

El Padre Kolbe nos da en muy alto grado el sentimiento de esa plenitud despojada, en el momento en que se ofrece para morir de hambre en lugar de un padre de familia condenado a ese suplicio. Un silencio de vida atravesó el silencio de muerte cuando en el campo de Auschwitz, el pobre rebaño humano, ansioso de terror pero aferrado a la sombra de existencia con la esperanza obstinada de una liberación posible, vio que se avanzaba el hombrecillo, bastante dueño de su vida como para ser dueño de su muerte, pidiendo gracia para otro, al precio de su propia condenación.

Los verdugos mismos, se sintieron dominados por esa presencia y fue el estupor cuando en la cárcel de hambre escucharon los cánticos a los que el hombrecillo llevaba a sus compañeros, para adormecer su angustia y despertar la Presencia que llevaban dentro. (1)

Esta Presencia es pues la que lo motiva y que es la vida de su vida. En ella respira, libre de sí mismo y capaz de abrazar el universo. Ya no tiene adherencia al tiempo ni al lugar que gravitan con él en lo eterno que los transfigura.

Todo está bien con tal que esté salvo el Amor en que ha encontrado su unidad y que lo hace presente a todo en el silencio de sí mismo. Porque no hay ser hacia el cual no se sienta deudor del Don que le ha sido dado y el mundo entero no es demasiado grande para los deseos de su corazón. La ubicuidad de su amor sobrevuela toda frontera, y une el comienzo con el final recapitulando el tiempo en la eternidad.

Un sentido y un impulso orientado

La misma vocación que la del universo

Si el ritmo de una vida humana puede concentrarse así en una presencia intemporal, superando la distancia que la separa de sí misma, es natural concluir que tal recogimiento representa también la vocación del universo en que se enraíza y que en ella culmina. Hay que recurrir sin duda a miles de años luz para medir su duración y su expansión, pero la diferencia en la escala numérica no modifica la esencia del problema.

Si la sucesión y la interacción de los fenómenos presenta algún significado y puede dar acceso inteligible al pensamiento, solo puede serlo en virtud de una unidad interna que dirige el juego, sea que la unidad se realice efectivamente o simplemente sea realizable, como exigencia legible en los datos accesibles a nuestra experiencia.

Basta con que algunos seres realicen plenamente su identidad personal para que el camino se ilumine y la vocación humana aparezca en su verdadera luz.

El camino más corto hacia esa unidad parece ser este; al nivel de la especie humana comprobamos que la multiplicación indefinida de individuos encerrados en su identidad pasional no significa nada. Basta sin embargo con que algunos seres realicen plenamente su identidad personal para que el camino se ilumine y la vocación humana aparezca en su verdadera luz.

Esto vale para todo el conjunto del universo; basta con que ciertas formas intermediarias como el pterodáctilo o el arqueoptérix (2) evoquen una continuidad movediza, que ciertas invenciones decisivas como las síntesis albuminoides, las homotermias (3) o la generación sexual, dibujen un trayecto ascendente para sugerir la imagen de un impulso que trata de desplegarse superando una discontinuidad aparente por una evolución progresiva que se totaliza en una historia.

La evolución

Ahora bien, hablar de historia es precisamente suponer un intervalo colmado por el movimiento que supera la separación, uniendo los extremos en relación inteligible, no de identidad fija en su inmovilismo, ni de heterogeneidad pura en que azares se yuxtaponen al azar, sino de identidad fluida que se anticipa en tensión creadora hasta que se reúne y se eterniza en identidad personal. Es al menos lo que podríamos decir en primera aproximación.

En la medida en que postula una comunidad de origen para toda la naturaleza, la concepción evolucionista es sin duda rigurosamente una visión de la mente más que una evidencia impuesta por los hechos.

Una continuidad heterogénea es igualmente difícil de verificar, – ya que es una ruptura tanto como un lazo – a menos que sea de cierto modo contemporánea del acontecimiento en que un nuevo tipo de ser procede inmediatamente de otro por filiación discordante.

Si pasamos sobre esta dificultad, suponiendo todas las formas de paso que requiere la teoría, se presenta otra que es decidir si se trata de un simple accidente – en el genitor o en la progenitura – o si se trata de un conato (4), de una tentativa que implica sentido y dirección.

En la primera hipótesis, lo más que puede haber es contigüidad de azares y no se puede hablar de evolución. En la segunda, los seres pueden realmente formar una trama continua, dibujando el movimiento de una misma energía que supera las formas en que se juega en un despliegue inventivo en que cada nivel puede devenir un trampolín.

Pero entonces habrá que preguntar si la trayectoria es de verdad la de un impulso que sube o si toda calificación de valor fracasa ante una proliferación incoherente que no es quizá sino una serie de diversiones para una fuerza que se divierte ensayando su poder, lo cual quitaría a la evolución, considerada globalmente, toda especie de significado.

Le progreso

Es verdad que se puede objetar a esta manera de plantear la cuestión que la noción de progreso exige ser precisada para devenir problema científico. Puede haber progreso en la complejidad, en la entropía, la movilidad o la indeterminación la individualidad o la asociación, y es legítimo buscar los factores físicos de progresión en tal dirección claramente definida.

Pero un progreso en sí, un progreso absoluto, no tiene sentido para el físico o el biólogo como tales, y solo es concebible por referencia a una escala de valores que compromete al hombre todo entero.

Debemos tomar seriamente en consideración esta objeción si queremos evitar la introducción subrepticia de una metafísica en la física. Físicamente, la evolución cósmica es una curva cuya trayectoria debe reconstruirse racionalmente por un dispositivo material inferior a su movimiento.

Esto no excluye explicaciones de otro orden si el fenómeno conlleva aspectos irreductibles a toda interpretación física y si no se prohíbe al físico transformarse en filósofo para intentar su exégesis metafísica. Pero debe reconocer este cambio de plano y no pretender formular en este nivel el veredicto de una ciencia que no tiene acceso a ello.

Une confusión extrema rodea este problema en la mayoría de los libros que lo tratan. Esto resulta sin duda del hecho de que, bajo ciertos aspectos, el hombre mismo es un producto de la evolución cósmica y está por tanto subjetivamente interesado, y sus opciones personales colorean inevitablemente su concepción. El error está en mezclar aquí juicios fundados sobre cierta actitud ante la vida con afirmaciones que deben proceder exclusivamente de criterios impersonales cuya validez se agota en el campo de la causalidad material.

La epistemología de las ciencias

Esta exigencia epistemológica (5) restringe mucho el poder explicativo de las ciencias del cómo que obedecen a la medida y al cálculo y que de alguna manera deben siempre poder materializar sus afirmaciones. Esto no impide que un sabio dramatice su existencia y trate de exponer sus descubrimientos en las imágenes de una sensibilidad artística y siguiendo una gran metafísica.

Pero esa transposición, tan legítima como sea, no tendrá la garantía de la competencia profesional y traicionará el método científico si se apoya en ella para acreditarse.

Es sin duda alguna fácil aceptar que la presencia de un ser amado pueda contribuir a la sanación de un enfermo. Pero esto no cambiará los procedimientos de análisis de sangre que dan cifras en las cuales no se puede leer el nivel de una intimidad que escapa a toda medida, tan decisiva como haya podido ser su influencia. Supongo que a nadie se le ocurrirá tratar tal intimidad como una reacción química y evaluarla directamente con la escala graduada de un tubo de ensayo.

Sin saberlo, cometen una transgresión análoga quienes, en nombre de la física, emiten juicios que van más allá de la causalidad material, única accesible a sus métodos de investigación, sea por o contra el materialismo, por o contra el finalismo o toda otra concepción metafísica extranjera por esencia a su terreno.

Si se hubieran tenido en cuenta los límites precisos impuestos por la estructura misma del saber experimental, es probable que la concepción evolucionista no habría tomado la importancia que efectivamente ha revestido en el pensamiento científico, al menos antes del desarrollo de la genética.

Esto no quiere decir que su interés haya por tanto disminuido para un filósofo comprometido por entero en la visión del mundo que propone y disponiendo de otros criterios que aquellos que atan al sabio a la causalidad material.

El sentido de la evolución en una conciencia que hace de ella una historia

El enraizamiento espiritual de la Evolución

Muy al contrario, el hecho de que la evolución desemboque en su propia historia, solo le puede conferir, a sus ojos, un suplemento de interés que no deberá disimular, pero su historia determinará la idea que se haga de ella, como para los sabios que se aventuran en la metafísica.

Si solo conoce la identidad pasional del hombre, admitirá que la evolución no significa nada, que es simplemente un hecho desprovisto de sentido, como los seres que engendra y los lazos que los unen. La complejidad creciente de la cadena que llega hasta él le parecerá vana, puesto que finalmente, “el hombre es un animal como los demás” y que en otro nivel, que toca a sus raíces, la frontera entre lo vivo y lo inerte es tan ilusoria como la que trazamos arbitrariamente entre la consciencia y la inconciencia, ya que todo lo real se encuentra efectivamente reducido, con algunos ingredientes más o menos, a un mismo común denominador.

El final se une así con el origen, sin que debamos entrever la razón de esa inversión monstruosa e inútil. Esta visión sombría solo se anima y se apasiona en el combate en que se exalta hasta una especie de lirismo religioso para celebrar la inmanencia sin fallas en que el mundo encuentra por fin su unidad, que pronto terminarán en la misma línea los superhombres creados por los genetistas.

Al contrario, el filósofo que ha realizado su identidad personal o que ha recibido la luz de otro con suficiente fuerza para ser conmovido, leerá toda esa historia con otros ojos. Puesto que culmina en un Valor cuya presencia se manifiesta en él, será llevado a concluir que la evolución podría realizarse en el hombre interior, liberado por el Amor donde llega a su perfección un enraizamiento espiritual, así como el hombre animal recibe en ella su enraizamiento carnal.

La Evolución depende de nuestro consentimiento

La Evolución aborta si nos dejamos caer en lo cósmico y ya no significa nada si no puede totalizarse en una conciencia que hace de ella una historia.

El tumulto cósmico con todos sus poderes de desencadenamiento también se avecina en nosotros con la majestad del Silencio que lo sosiega en su recogimiento. Entonces no es temerario considerar un enraizamiento recíproco en que la materia corporal, imantada por el espíritu, se concentra y se realiza hasta prestarse a su influjo, ofreciéndole un organismo abierto a sus intervenciones e imponiéndole la responsabilidad de un destino plegable a sus iniciativas.

Admitido esto, el gasto inimaginable de energía invertida en la preparación de una materia liberable mide la amplitud y revela el precio de la libertad que debe compensar la incalculable prodigalidad. Y el crédito que se le hace es tanto mayor cuanto que ella puede negarse, haciendo de toda esta aventura un disparate.

Porque así es; la Evolución aborta si nos dejamos caer en lo cósmico y ya no significa nada si no puede totalizarse en una conciencia que hace de ella una historia. Solo quedan entonces acontecimientos puntuales, encadenados de afuera y culminando en entidades pasionales que se inflan en vano en universo, para disolverse en seguida como la espuma de la nada en la sombría igualación del olvido.

Si nuestra interpretación tiene fundamento, no será exagerado decir que la Evolución depende de nuestro consentimiento y, quizá también, del consentimiento de otras libertades semejantes a la nuestra y solidarias del mismo universo.

La responsabilidad de la humanidad

Nuestra ausencia puede suspender el influjo de la Presencia creadora

Como hemos reconocido además que la identidad personal implica la condensación del tiempo propio en una especie de eternidad que integra todo el devenir en su presente, podemos preguntarnos si las fallas de nuestra libertad no dislocan el ritmo cósmico en su totalidad, resonando hasta los orígenes de la Evolución, para atomizar su duración y hacer tropezar su proceso.

Gregorio de Niza parece insinuar una responsabilidad anticipada que asociaría quizá toda la humanidad a cierto pecado original. Se puede conservar al menos como cuestión la hipótesis de un gran pensador, y buscar en qué dirección nuestra experiencia parece confirmarla.

Si recordamos que nuestra intimidad, que es lo mismo que nuestra identidad personal, se constituye por el diálogo de amor en que una generosidad infinita suscita la nuestra previniéndola, podremos decir que el verdadero diálogo existencial nos permite percibir, de cierto modo, nuestra propia acción en el ser de valor en el cual accedemos a nosotros mismos.

Pero sabemos que nuestra ausencia voluntaria puede suspender el influjo de la Presencia creadora interceptando la relación que nos expone a su irradiación. En efecto, solo podemos fijarnos en el ser auténtico fijándola en nosotros por la identificación que nos transforma en ella.

Doble enraizamiento espiritual y carnal para que el orden del Amor se propague

¿No podemos entonces suponer que la Presencia creadora solo asumirá el universo en la línea del espíritu – quiero decir, en la medida en que puede ser orientada al diálogo de amor que le da significado – a través del consentimiento, único que ofrece contacto con el Amor y sin el cual no puede difundir la luz de su intimidad en que toda realidad va a sí misma dándose a él?

Si el consentimiento llega a faltar, el mundo no estará bajo la imantación unificadora del Espíritu y caerá en una dispersión abundante y caótica, como un tejido prolifera monstruosamente cuando las regulaciones del organismo sano se trastornan y dejan de mantener la armonía de las funciones.

Con esta hipótesis se comprendería mejor que el universo material no puede realizarse sin enraizamiento espiritual y que nuestro espíritu hace cuerpo con él, en un enraizamiento carnal, ya que precisamente es por el doble enraizamiento recíproco que llegan a ser uno y que el orden del Amor se propaga, de la nebulosa al átomo, por nuestra adhesión al amor.

Pero esta unidad puede faltar en la medida misma en que depende de nuestra adhesión, y la Evolución está por tanto comprometida en la línea que es la única capaz de conferirle un sentido inteligible.

Estas reflexiones muestran por lo menos que es tan difícil plantear el problema de la evolución como resolverlo.

La Evolución cósmica se justifica y se termina en la irradiación de nuestra identidad personal

Un complemento de luz en una explicación metafísica

Estamos a la vez incluidos en la evolución cósmica por nuestro ser biológico y fuera de su control por la elección que debemos hacer de nosotros mismos en una decisión propiamente metafísica.

Reducido a la causalidad material que nos da el cómo del fenómeno, sin enseñarnos su significado, no aclara nada y nos deja ante un “así es” impenetrable. Evidentemente, la física debe contentarse con eso y el técnico no pide nada más. Su poder está asegurado una vez que ha captado los mecanismos de la Naturaleza, la cual no le enseña por desgracia el uso que conviene hacer de ella.

El sabio no quedaría satisfecho con tan poco si no fuera al mismo tiempo un filósofo que encuadra los débiles datos en una síntesis que los engrandece. Tomándolos como son, sin embargo, hay que confesar que la mente queda insatisfecha. Y puesto que los métodos científicos rehúsan todo comentario que los rebasa, es natural buscar un complemento de luz en una explicación metafísica, si nos es dado encontrarla.

Ahora bien, hemos visto justamente que nosotros mismos estamos a la vez incluidos en la evolución cósmica por nuestro ser biológico y fuera de su control por la elección que debemos hacer de nosotros mismos en una decisión propiamente metafísica.

Condición paradójica que nos coloca a una distancia infinita de nosotros mismos y nos hace sentir, al mismo tiempo todo lo que falta a la Evolución cuyo producto somos físicamente, si se reduce toda a la causalidad material, ya que en esta hipótesis ya no hay relación alguna entre el ser que debemos devenir y el ser que recibimos de la Naturaleza, de donde resulta que nuestra verdadera identidad se sitúa literalmente fuera del mundo.

Solo es posible colmar el hiato admitiendo el enraizamiento recíproco del universo y del espíritu, que suspende la Evolución cósmica a una aspiración de amor cuya realización depende de nuestra libertad. Estamos sin duda demasiado inclinados a dejar caer la libertad en el humedal de una biología entregada a su ceguera.

A cada instante podemos hacernos carne, como dice Sartre en un análisis atrozmente lúcido. Pero precisamente debemos hacernos tales. Hay pues una posibilidad específicamente humana, donde yace el secreto de nuestro destino y de la que tomamos conciencia pasando de la identidad pasional a la identidad personal.

La irradiación de nuestra identidad personal

La Evolución cósmica se justifica y se termina en la irradiación de nuestra identidad personal…, como un cuerpo en búsqueda de su alma.

Nada hay más luminoso ni más misterioso al mismo tiempo que la Presencia que nos colma de presentes en un ser cuyo gesto más ordinario nos comunica la luz de su intimidad. Nos acoge y nos unifica en un espacio interior en que el silencio es música, la soledad, diálogo, y el nacimiento a sí mismo, comunión con todo el universo.

¿Pero no es también el nacimiento del universo que solo es uno si supera su dispersión en una conciencia que lo recapitula en el presente intemporal en que se ha convertido sobrevolando la distancia que la separaba de sí mismo?

Por eso, si nuestro organismo solo se presta inmediatamente a la regulación del espíritu, no hay que olvidar que es un producto del universo como la fina punta en que deviene él mismo tangente al espíritu. Entonces parece normal que la Evolución cósmica se justifique y se termine en la irradiación de nuestra identidad personal, – de la cual renuncio a precisar por ahora si es de gracia o de naturaleza – como un cuerpo en búsqueda de su alma.

Es posible finalmente que la exterioridad del mundo físico, su dispersión en espacio-tiempo, sea la figura y la parábola, si no la consecuencia, de la exterioridad metafísica cuya angustia sentimos en nuestra identidad pasional, cuando se le mezcla el rechazo – que nos hace responsables – de una superación exigible, viéndonos disolvernos en los elementos del mundo, en virtud de la solidaridad patética que une la una con la otra estas dos formas de exterioridad.

Una interiorización metafísica para nuestra unidad y la del universo

Nuestro ser está llamado a unificarse en forma de don en que las adherencias que nos enviscan ceden a la adhesión que nos libera, abriéndonos a nosotros mismos y a todo, en la intimidad infinita que es el centro de la nuestra.

Deberíamos pues superar esta doble exterioridad por una interiorización metafísica que realizaría al mismo tiempo nuestra unidad y la del universo. El intervalo evolutivo simbolizaría a la vez nuestro exilio y el proceso que nos lleva a la verdadera patria.

Porque aunque una frontera imborrable nos coloca fuera del Primer Amor, y por ende fuera de nosotros mismos y de todo, es que nuestro ser está llamado a unificarse en forma de don en que las adherencias que nos enviscan ceden a la adhesión que nos libera, abriéndonos a nosotros mismos y a todo; en la intimidad infinita que es el centro de la nuestra.

Fue quizá lo que Rimbaud presentía cuando escribió: “Yo es otro.” Para nosotros, la evolución está en esta frasecita. La ciencia nos muestra uno de sus aspectos. Hay otros, pero solo se hacen visibles a quien consiente en asumirla, llenando la distancia que lo separa de sí mismo.

Un encadenamiento puramente material, repitámoslo, no significa nada. Nos deja ante un montón de hechos cuya acumulación no disminuye en modo alguno su opacidad. Si nuestro poder de intervención aumenta, nada en este registro puede orientar su aplicación; y esto no va sin peligro para el mundo y para nosotros.

No era pues inútil abordar el problema en otra perspectiva, renunciando a pedir a las ciencias experimentales lo que no pueden dar, para dejar ver tan claramente como posible las implicaciones metafísicas de la evolución que son las condiciones mismas de su inteligibilidad.

Hemos tratado de demostrar que los extremos de esta inmensa historia pueden y deben unirse en nosotros y que el espacio-tiempo en que se divide el ser puede ser un camino hacia su unidad, gravitando en la eternidad de la Presencia que funda nuestra identidad personal para unir, a través de nosotros, todo lo real en un único Amor.


(1) El P. Maximiliano Kolbe fue el último en permanecer en vida en la prisión-bunker y fue ejecutado el 14 de agosto de 1941.

(2) Pterodáctilo: reptil volador que vivió en el Jurásico, hace 150 mil años. Arqueoptéryx: dinosaurio volador con plumas, que vivió en la misma época. Una teoría hace remontar el origen de los pájaros a los dinosaurios pterápodos.

(3) Homotermia: organismo (como los mamíferos) cuyo medio interno conserva una temperatura corporal constante independientemente del medio externo.

(4) Es el esfuerzo de perseverar en su ser. Espinoza da el nombre de conato al poder propio y singular de todo ente de perseverar en el esfuerzo para conservar e inclusive aumentar su capacidad de ser. Para los seres vivos se puede hablar de apetito.

(5) La epistemología es el estudio crítico de las ciencias y del conocimiento científico.

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