Conferencia de Maurice Zúndel. La Rochette, septiembre de 1963. Ya publicada en este sitio en febrero de 2009. Se añadieron los títulos.

Arrojados a la existencia

Somos seres humanos y tenemos que plantearnos problemas humanos. Hay un solo problema que muchos no se plantean, y es precisamente el de la vocación humana. Lo sugiere la pequeña frase de Camus: "El hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es". Eso nos hace sentir la situación del hombre en el universo, situación absolutamente particular, única.

Nacimos sin haberlo querido, no escogimos los padres, ni el país, ni la raza, ni la época, ni el sexo, ni la religión. Todo eso nos lo pusieron en la cuna y nos lo impusieron. El hombre es ante todo un ser prefabricado tanto en su ser físico con su energía nerviosa, su circulación sanguínea, etc. como en su ser moral, físico, psíquico y afectivo. Cuando comenzamos a tomar conciencia de nosotros mismos, teníamos una cantidad de cosas impuestas desde antes del nacimiento, e impulsos, impresiones de la pequeña infancia que no se pueden borrar.

Nos arrojaron a la existencia como un paquete que se arroja sobre un muelle de la estación con una etiqueta, un número, y desde este punto de vista, estamos en la misma situación que todos los animales, vegetales, minerales, y todos los elementos del universo. Pero esos elementos sufren la vida, son prisioneros de su biología.

Añadir a su nacimiento

La espiritualidad se define, se verifica, se experimenta a partir del momento en que descubrimos que no podemos quedarnos en el estado que hemos recibido por nacimiento, sino que debemos pasar por el nuevo nacimiento de que hablaba Jesús a Nicodemo.

El hombre, en cambio, toma conciencia un día de su existencia y puede interrogarse sobre su vida, cuestionarla, deponerla, rehusarla, juzgarla. Lo que hace el misterio del hombre, su condición única, es que no puede contentarse con la vida prefabricada que se le da. Su biología está abierta, no puede permanecer irresponsable.

Prefabricado, el hombre tiene sin embargo que elegir, asumir una responsabilidad, añadir a lo que recibe por nacimiento, algo que no es todavía y que el nacimiento no puede darle. Debe hacerse hombre, diferente del que es.

El hombre se define a partir de lo que no tiene por nacimiento. Él mismo debe crear todo lo que hace de él un hombre. La espiritualidad se define, se verifica, se experimenta a partir del momento en que descubrimos que no podemos quedarnos en el estado que hemos recibido por nacimiento sino que tenemos que pasar por el nuevo nacimiento de que habla Jesús a Nicodemo.

Entre el bien común y el bien personal

Podemos discutir indefinidamente sobre el marxismo y no acabaremos nunca si no partimos de este principio: el hombre tiene límites pero no puede quedarse en lo que hizo de él su nacimiento, su verdadera humanidad debe ser creada. Lo que seduce en el marxismo es el hecho de que quiere enseñar al hombre a hacerse creador de sí mismo. Pero sólo el Evangelio nos da la solución del problema.

El comunismo no se opone al Evangelio al instituir la vida común, pero revela su debilidad cuando se trata de construir la personalidad. Stalin se desembarazó de sus rivales imputándoles todos los fracasos del sistema: nada es más difícil para el hombre que encontrar lo que debe ser. Lenin mismo, tan puro, tan desinteresado, no se atrevía a afirmar que la revolución triunfaría, que el hombre daría todo el esfuerzo necesario sin que lo obligaran, pero había que comenzar por obligarlo con la esperanza de llevarlo a la vida perfecta. Se sacrificaba el hombre de hoy con miras a un futuro hipotético. El acercamiento con el Occidente, las dificultades con China, muestran que el comunismo está menos que nunca seguro de su ruta.

En su gran sabiduría, Platón, el contemplativo, la más grande figura de la Grecia Antigua, no pudo lograr dar toda la grandeza al hombre. Veía el ideal de la Ciudad donde todo debía armonizarse y sometía al ciudadano a la dictadura de los filósofos que debían enseñar a los hombres lo que ellos mismos habían aprendido en la contemplación, pero Platón quiso sacrificar centenas de individuos al bien común, que no es el bien personal.

En el Imperio Romano, cuya influencia fue considerable ya que vivimos todavía instituciones romanas, vemos igualmente al hombre sacrificado con la esperanza de un bien común.

Marco Aurelio, que hacía cada día su examen de conciencia, manifestó una oposición encarnizada contra los cristianos porque rehusaban el culto del Imperio y del Emperador.

La Revolución Francesa no logró tampoco resolver el problema humano porque definió la libertad como poder hacer todo a condición de no interferir con la libertad de los demás. Se llega a decir que todo está permitido, excepto lo que conduce a la cárcel. Mientras la vida privada sea desordenada, la sociedad no puede respirar la virtud y, en el momento en que nos creíamos civilizados, llegamos a una verdadera masacre.

El problema humano

El hombre siente muy bien lo que no es él pero difícilmente se da cuenta de lo que debe ser.

El cristianismo no es un monopolio. El mundo entero tiene derecho al Evangelio. Hay que plantear el problema humano para todos los que no son cristianos pero que tienen derecho a serlo. Al entrar en una iglesia, el hombre ordinario debería escuchar palabras que vayan hasta la raíz de sus problemas humanos. Lo que motiva, lo que apasiona al hombre de hoy es el llamado a la dignidad, a la grandeza humana. La verdadera descolonización supone la voluntad de cada uno de ser fuente, origen, comienzo, dignidad, de ser creador.

Creer es dar el corazón a cierta luz, por haber descubierto que es ella la que da solución al problema humano.

Lo que hace trágica la situación humana es que el hombre siente muy bien lo que no es, pero se da muy difícilmente cuenta de lo que debe ser. Cada uno pide que crean en la importancia de su vida, pero la mayoría de los hombres no sabe en qué consiste la dignidad que quiere defender. ¡El creyente no es alguien que trata de meterse en la cabeza lo que hay que creer! Creer es dar el corazón a cierta luz por haber descubierto que es ella la que da solución al problema humano.

Hacer surgir una fuente original y creadora

Todos los hombres deben llegar a ser fuente y origen, comprender que su vocación es de crearse a sí mismos en las dimensiones que hacen de cada uno una persona.

El hombre está pues llamado a suscitar en sí mismo una dimensión que no estaba en su ser prefabricado, a hacer brotar en sí mismo, más allá de todo lo que ha recibido en el nacimiento, una realidad que haga de él una fuente original, creadora. Es necesario ver lo que implica como búsqueda y exigencias para el hombre ese itinerario hacia sí mismo, hacia el hombre que debe llegar a ser, y que constituye todo el problema humano.

Este punto de partida establece una comunicación entre todos los hombres, los cuales tienen todos que llegar a ser fuente, origen, comprender que su vocación es crearse a sí mismos en las dimensiones que hacen de cada uno una persona.

Al casarse, una mujer realiza una creación. El "sí" que da construye su hogar. El hogar no lo hacen los muros o la batería de la cocina sino el rostro, la presencia de la madre. La realidad formidable de la familia reposa sobre el "sí" de la esposa. Ese "sí" engendra una realidad social que no existía todavía. Así como el "sí" de la esposa crea el hogar, el "sí" que sale de lo más profundo de nosotros crea nuestra calidad de hombres.

Descubrir el itinerario que nos llevará a lo que debemos llegar a ser

El Evangelio ilumina de manera única el problema del hombre. Es inclusive el único que lo clarifica perfectamente y lo resuelve.

Estas perspectivas dan toda la extensión a las palabras de Camus: "El hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es". El sabio rehúsa aceptar el universo como algo bruto que se le impone.

Leemos en "Las campanas de Nagasaki" la reacción de los sabios japoneses que, habiendo comprendido que se trataba de la bomba atómica, se preguntaron inmediatamente cómo habían los otros sabios obtenido ese logro científico colosal. "Entonces, especialistas e investigadores, nosotros mismos éramos víctimas de la bomba. Le habíamos servido de cobayos y estábamos ahora en buena posición para observar sus efectos sobre las víctimas. Bajo el dolor, la ira y la decepción amarga de la derrota, renacía en nuestros corazones un ardiente deseo de buscar la verdad. Entre las ruinas de la ciudad devastada revivía en nosotros poco a poco la pasión científica" (Las campanas de Nagasaki – Pablo Nagai – p. 87).

Los sabios japoneses querían ser entonces vencidos no por la fuerza sino por la inteligencia. El rechazo de sufrir el universo, lo mismo que el rechazo de ciertas estructuras establecidas en vista de encontrar otras mejores debe llevarnos a descubrir el itinerario hacia lo que debemos ser.

El Evangelio responde esencialmente a estas preocupaciones. Ilumina de manera única el problema del hombre. Es inclusive el único que lo ilumina perfectamente y el único que lo resuelve. Un retiro debe hacernos tomar conciencia de nuestra vocación creadora para trabajar por realizarla con total generosidad.

Comprender todo el problema humano

La solución cristiana es la única solución del problema humano… porque Cristo es el único que tocó lo más profundo del hombre dándole una grandeza infinita en la humildad total.

"¿Qué fue lo que hizo de Juan 23 un gran hombre incomparable, y de su muerte un duelo universal? ¿Porqué los soviéticos y los cubanos, los ateos y los no cristianos se conmovieron tanto? ¿Porqué Paris-Match pudo poner como titular: "La muerte del Papa querido"? Simplemente porque Juan 23 se presentó como un hombre entre los hombres, se presentó no como jefe de la Iglesia o como católico sino como un hombre que, olvidándose a sí mismo, miraba a los demás. Por eso lo quisieron con un amor incondicional y lo lloraron con tanta sinceridad. Su actitud, su vida generosa, la calidad de su corazón estaban en la línea de la universalidad del género humano. Su bondad no hacía discriminaciones y cada uno se sentía conmovido y ennoblecido por él.

Cuando el testimonio cristiano va a la raíz del ser, abraza al hombre tal como es, en el respeto y el amor, es inmediatamente comprendido. Hay que comprender todo el problema humano para conversar con todos los hermanos humanos. Vamos pues a tratar de volver a pensar el Evangelio para llegar al hombre precisamente en toda su humanidad. No estamos aquí para el bien de nuestras almas, sino para los demás.

El ecumenismo no es la "unión de los cristianos" sino la unión de todos los hombres porque el cristiano es el que toma a cargo toda la humanidad. Así escucharemos al Señor para romper los marcos estrechos de nuestro pensamiento y escuchar su Evangelio, eterno en su origen pero actual en su expresión.

La solución cristiana es la única solución al problema del hombre, no lo decimos porque somos cristianos sino porque sólo Cristo tocó a lo más profundo del hombre dándole una grandeza infinita en la humildad total.

El paso del exterior al interior

Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva. ¡Tarde te amé! ¿Pero cómo? tú estaba dentro de mí, pero yo estaba afuera y afuera te buscaba.

El ejemplo más luminoso de la solución cristiana nos lo da San Agustín en un marco incomparable. Leemos en sus Confesiones cómo el proceso de su vida y de su pensamiento es en él despliegue de la gracia de Dios que lo arrojó al amor. En unas palabras de simplicidad incomparable, que no tienen nada de convencional, expresa él lo esencial: "Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva. ¡Tarde te amé! ¿¡Pero cómo!? Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera, y afuera te buscaba, corriendo en mi fealdad tras la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Retenido lejos de ti por esas cosas que no existirían si no existieran en ti. Tú me llamaste, y tu grito forzó mi sordera. Tú brillaste y tu esplendor echó afuera mi ceguera. Tú exhalaste tu perfume, yo lo respiré y heme aquí suspirando por ti. Tomé tu gusto y tengo hambre y sed de ti. Me tocaste y quedé lleno de ardor por la paz que tú das" (Confesiones, Libro X, 38).

Toda conversión es como un paso de afuera a dentro. Hasta la conversión, Agustín había vivido afuera y Dios lo introdujo en la intimidad, iluminó su alma y le hizo sentir su dignidad. Había sido sólo esclavo de su cuerpo, un pedazo del universo. ¡Era sólo el resultado de sus instintos, un ser prefabricado! Y toma ahora conciencia de su dignidad, del hecho de estar llamado a ser fuente, origen, creador, por haber entrado en diálogo con una Presencia que lo colma.

Esa Presencia hace brotar en él una fuente de vida desconocida y llega a ser él mismo en vez de ser un resultado. Creía ser él mismo, encantándose con palabras, y de repente comprende que la verdadera vida está en otra parte. A través de la Presencia que lo colma, lo ilumina, lo libera, se convierte en el "yo" auténtico que hace de él un creador.

El hombre no vive solo: su soledad está habitada

La grandeza del cristiano está en él… El hombre nace cuando ya no debe nada a su condicionamiento exterior. La conver­sión supone una purificación radical que es ofrenda total.

La solución cristiana está pues dentro de nosotros. Si rehusamos ser objeto, instrumento, máquina, es porque nuestra acción, para ser nuestra, debe brotar de nosotros, debemos ser sus iniciadores. Es un interior metafísico que quiere decir independencia respecto de toda contaminación que nos convertiría en cosas, en objetos. Ese interior es un poder de iniciativa, una exigencia creadora que no puede manifestarse sino en diálogo con Alguien que está presente desde siempre esperando en silencio y que podemos sentir cuando nos encontramos con Él.

Si el hombre está llamado a ser creador, no es volviéndose sobre sí mismo en un esfuerzo titánico que lo llevaría a la locura, sino en el abandono del amor. El hombre no vive solo. Su soledad está habitada y es fecunda en la medida en que se convierte en un diálogo que hace del hombre un valor, un diálogo de luz y de amor que suscita por su sola presencia un fermento de libertad. Los santos, que son los verdaderos grandes hombres, son liberados de sí mismos y tienen la posibilidad de liberarnos de nosotros.

La grandeza del cristiano está adentro. ¡No será construyendo represas, fábricas gigantescas – aunque eso sea digno de admiración – como haremos hombres! El hombre nace cuando ya no debe nada a su condicionamiento exterior. La conversión de san Agustín, que es el tipo de toda conversión, supone una purificación radical que es una ofrenda total. Lo que se opone a la grandeza humana es que estamos aferrados a un yo prefabricado que no es nosotros. Somos estériles como Narciso que se arroja al lago para alcanzar su belleza cuya imagen vio más bella que nunca.

Lo que salva a Agustín – y lo que nos salvará – es que descubre en lo más íntimo de sí mismo a Alguien a quien darse. Se da en una purificación que llega hasta las raíces de su ser, descubre una presencia de amor y de generosidad, descubre "la música callada" de que habla San Juan de la Cruz, la cual ofrece un espacio infinito a su liberación.

La libertad es el poder de darse

Toda la grandeza humana está en nosotros. Lo importante para la humanidad es que cada uno pueda ser creador de un valor dentro de sí mismo, que es el único verdadero bien común. Toda la riqueza del hombre está en el hombre, a condición de que se entregue a la Presencia que lo habita.

La libertad es exactamente el poder de darse. Ningún filósofo ha logrado una definición adecuada porque los filósofos no han visto que el sentido de la libertad consiste no en una elección arbitraria sino en tomarse todo entero para la ofrenda. La existencia humana tomada en su originalidad propia, es una ofrenda, un don, y la libertad se realiza en el encuentro con el otro.

Toda la grandeza humana es interior. Lo importante para la humanidad es que cada uno pueda ser creador de un valor interior, el cual es el único bien común verdadero. Toda la riqueza del hombre está en el hombre, a condición de darse a la Presencia que lo habita. Nuestro Señor mismo se arrodilló ante la grandeza humana. Ordenó todo el Evangelio hacia esa grandeza. Se puede decir que Jesús nos devuelve al hombre – porque amar a Dios debe ser evidente – y el juicio último será sobre las necesidades materiales del prójimo: "Tuve hambre y me disteis de comer…" El Evangelio está pues centrado en el hombre porque el hombre es el Reino de Dios.

¡Los enemigos de Cristo no comprendieron que el Reino de Dios es el hombre! Y sus y amigos no lo entendieron sino en el fuego de Pentecostés. El Templo fue destruido, porque el verdadero santuario de Dios es el hombre.

El Reino de Dios es el hombre. Ese Reino es insondable, porque solo el hombre puede tomar la iniciativa del don al que está llamado.

Para forzar a los discípulos a escoger, la noche del Jueves Santo, Jesús les lava los pies. Gesto escandaloso que provoca primero el rechazo de Pedro, pero que condensa el mensaje de Jesucristo: el Reino de Dios es el hombre. Ese Reino es insondable porque sólo el hombre puede tomar la iniciativa del don al que está llamado. Dios no puede violar la libertad ya que Él es el que la suscita y la hace inviolable. Jesús, Dios, de rodillas ante sus apóstoles, es la tentativa superior para despertar la fuente que debe brotar hasta la vida eterna.

En su muerte atroz, Jesús paga el precio de nuestra libertad: la Cruz significa que a los ojos del Señor Jesús nuestra libertad tiene valor infinito. Él muere para que ella nazca por fin en el diálogo de amor en que se realizará. Nadie como Jesús tuvo la pasión por el hombre, nadie ha situado al hombre más alto que Jesús, nadie como Jesús ha pagado el precio de la dignidad humana. Cristo introdujo una nueva escala de valores: en el lavatorio de los pies, inauguró la transmutación de valores y el mundo cristiano todavía no se ha dado cuenta. Si Jesús nos da esa lección de grandeza, es porque la grandeza ha cambiado de aspecto. Ya no consiste en dominar, sino en servir.

En las estatuas colosales de los faraones como la de Ramsés II, el faraón divinizado aparece como dominador. El pueblo no cuenta para nada, es el faraón el que hace la historia porque su grandeza consiste en dominar, en mirar de arriba hacia una humanidad abajo, que él desprecia y pisotea; exige homenajes de esa humanidad, la cual por otra parte está dispuesta a echarse al suelo ante él. Con demasiada frecuencia hemos hecho de Dios un faraón, revestido de corzos y diamantes. Todo eso se derrumba en el Lavatorio de los pies. La verdadera grandeza es la generosidad, es darse. El más grande es el más generoso, el que va hasta el final del don de sí mismo y en este orden no existe la rivalidad. A la escala de valores de la dominación, Jesús le sustituye la de la generosidad que consiste en un intercambio nupcial, intercambio de amor, en que el lazo está fundado de parte y parte sobre un "sí" entero y libre, porque "os he desposado con un esposo único, como virgen pura para presentarle a Cristo" (2 Co. 11:2). El lavatorio de los pies realiza una síntesis única de la grandeza y la humildad.

"Si Dios existe, el hombre es nada", dice Sartre, porque los que se dicen creyentes le dan lugar para pensarlo. Pero Jesús desea apasionadamente la grandeza del hombre, grandeza de generosidad y de amor en que nos liberamos del yo propietario para llegar al yo oblativo, pura ofrenda.

Con título más justo que el comunismo, nosotros podemos reivindicar la grandeza humana. Para que cada uno de nosotros no sea un número impersonal, para que nuestra vida cuente y sea reconocida como tal, Jesús nos confió este secreto: que la grandeza está en la generosidad. Lo que saca de la prefabricación al hombre es el amor que lo arranca de sí mismo para hacerlo don. La Presencia divina se hace eficaz, brilla, gracias al "sí" que se le da cuando ella ya está ahí. Es una liberación inmensa porque en adelante Dios es una experiencia que coincide con el encuentro consigo mismo. Descubrir a Dios y descubrir el verdadero yo son el mismo acontecimiento. El hombre llega a sí mismo al descubrir a Dios.

Aquí hay una valorización incomparable de la vida. "El Cielo es el alma del justo", dice San Gregorio. El Cielo es aquí, ahora. Toda la vida cotidiana, todos los gestos humanos del trabajo, del esfuerzo,… son transfigurados, divinizados, adquieren un valor infinito y una importancia eterna. No podríamos admirar demasiado esa solución cristiana que no emana de un filósofo o de un sabio, sino de la autenticidad en el don de sí mismo, de la generosidad infinita que es Jesús mismo.

Para hacerse hombre, hay que entrar en diálogo con Dios. En la intimidad del amor se hace perceptible la música callada que es el Dios Vivo. El hombre se constituye en su grandeza en una mirada hacia el Otro; perdería su valor pensando en sí mismo. Volvamos a descubrir la grandeza que tenemos que realizar para ser fermento de liberación hacia todos nuestros hermanos humanos. Tenemos que hacer fructificar ese secreto maravilloso para comunicar esa grandeza a todos los que – muy afortunadamente – están siendo trabajados por el deseo de grandeza, grandeza de dimisión, de amor y de generosidad.

San León, en un sermón de Navidad, decía: "¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad! Tú eres participante de la naturaleza divina. No vuelvas pues a tus antiguas manchas viviendo de manera indigna de tu raza. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Recuerda que fuiste arrancado al poder de las tinieblas. Fuiste transferido al Reino de la Luz que es el Reino de Dios. Por el sacramento del bautismo, te hiciste templo del Espíritu Santo. No hagas huir con tus acciones depravadas un huésped de tanta calidad y no te pongas bajo la dominación del demonio, porque el precio de tu rescate es la sangre de Cristo…"

Debemos escuchar ese llamado a la grandeza y la dignidad porque es esencial para la humanidad de hoy. Si fuimos educados en una mentalidad que atribuye a Dios una falsa grandeza y cree engrandecerlo por un falso anonadamiento del hombre, tenemos que comprender nuestra verdadera grandeza que glorifica a Dios.

¡Que nuestra vida comience de nuevo para difundir la buena nueva del Evangelio, a fin de que todo hombre escuche el llamado a la verdadera grandeza, constituida por el don de sí mismo! Es el bien común de todos los hombres que no pueden unirse sino en la medida en que todos saben que están enraizados en la misma Presencia de vida y de amor.

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