Homilía de Mauricio Zúndel el 2 de nov. 1967, en Lausana. Celebración de los Difuntos. Tomada del libro: "Ta parole comme une source" (*)

Los corazones siguen unidos en un amor más allá de la muerte

¿Dónde están? ¿Dónde están y cómo llegar a ellos? El que sufre un duelo guarda una herida en su corazón y se pregunta necesariamente: ¿dónde está? ¿Y cómo encontrarme con él?

¿Existe alguna garantía sobre lo que nos cuentan acerca del más allá? Nadie ha regresado de atrás del velo para contarnos lo que sucede. ¿Qué garantía tenemos de que están en alguna parte y de que los volveremos a ver? Y sin embargo, desde el comienzo de la humanidad, no hemos cesado de esperar un más allá de la muerte. Es uno de los indicios del comienzo de la especie humana, el cuidado que tiene de los muertos: toda la liturgia funeraria supone que no podemos resignarnos a un fin definitivo. Los corazones siguen unidos por un amor eterno más allá de la muerte.

Nosotros mismos, tan profundamente mecanizados, podemos verificar que el día de todos los Santos cuando evocamos a los difuntos, miles y miles de personas van al cementerio recordando los seres recordados que no pueden dejar de amar. En el fondo, es una de las glorias más conmovedoras y sinceras del hombre, que afirma la duración de la vida más allá de la muerte. Nada más conmovedor que ver mujeres que afirman así que su amor debe continuar, que si fue verdadero un día tiene que seguirlo siendo. Pero podemos tener una garantía más concreta y experimental que la inmensa esperanza que atraviesa los siglos y suscita por doquiera el culto de los muertos y les erige tumbas.

Rastros de inmortalidad

Necesitamos… presencia humana, pero esta necesidad de presencia va muy rara vez hasta la intimidad, hasta el misterio de la persona, hasta su secreto eterno.

Hay una experiencia más cercana, de la que no es muy fácil darnos cuenta […], ya que vivimos tan a la superficie de nosotros mismos que rara vez nos encontramos con nosotros mismos y más rara vez aún que encontremos a los demás.

Tenemos necesidad, física, biológica, de presencia humana, pero esta necesidad va muy rara vez hasta la intimidad, hasta el misterio de la persona, hasta su secreto eterno que solo encontramos en muy raras condiciones.

Si hacemos la cuenta de nuestras conversaciones, cuántas tonterías, ¡cuántas cosas inútiles nos ocupan cuando estamos en familia, a la mesa por ejemplo! ¡Qué raro es que en esas charlas surja una palabra profunda y cierta, portadora de vida! Y en todas las relaciones humanas, la mayor parte del tiempo se llena de banalidades y de convencionalismos. Cada uno guarda su intimidad, oculta la privacidad de su alma, confiesa a penas sus verdaderas convicciones, de tal suerte que en fin de cuentas se presenta una humanidad ordinaria sin más raíces en el universo que las necesidades físicas. Y, por supuesto, por ese lado no podemos sacar nada […] inmortal. Lo que nos ata al mundo físico debe morir. El mundo físico nos presta sus energías durante un tiempo, como rampa de lanzamiento. ¡Debemos aprovechar de ellas para edificar y crear una sustancia capaz de vencer la muerte!

Hay sin duda momentos privilegiados: la primera mirada de un niño a su madre, la primera mirada de una madre a su hijo, la primera mirada de un hombre y una mujer destinados a marchar juntos toda la vida, el primer destello del amor, la última mirada de un moribundo: momentos particulares de angustia o de exultación de gozo en que a pesar de todo se realiza el encuentro humano, en que el rostro del otro muestra sin máscara, su autenticidad, lo que es bien poco frecuente, hay que confesarlo, pues justamente para que alguien pueda revelar su verdadero rostro tiene que parar de vivir a la superficie de sí mismo. Tiene que llegar a un nivel de existencia muy profundo, donde su vida se enraíza en lo eterno. ¿Y cuándo estamos seguros de alcanzar la verdad del ser humano? ¡Pues cuando estamos completamente liberados de nosotros mismos!

Encontrar al otro en la profundidad de la vida eterna

Hay momentos en que, en el recogimiento de la intimidad, en el silencio que alcanzamos juntos, es posible intercambiar, es posible que de una intimidad a otra pase una luz infinita, inolvidable, que imprime el rostro del otro al que está delante y viceversa.

Hay justamente, sin duda, ante una desesperación que se nos confía, que viene a nosotros como a su último recurso, hay momentos en que es imposible no salir de sí mismo. Somos arrojados al corazón del otro con tanta fuerza que nos identificamos con él.

Para encontrar al otro en ese nivel de profundidad de vida eterna, hay que haberse vaciado del amor propio y haberse vaciado de sí mismo siendo espacio ilimitado, es necesario respirar el infinito, e intercambiar a Dios.

Pero sin que los momentos de revelación humana lleguen a ese nivel [?] catastrófico, hay otros momentos en que en el recogimiento de la intimidad, en el silencio que alcanzamos juntos, es cierto, es posible intercambiarse, es posible que de una intimidad a otra pase una luz infinita e inagotable que imprima el rostro del otro en el que está al frente y recíprocamente. Pero justamente, esos momentos privilegiados están siempre unidos esencialmente a una profunda liberación de nosotros mismos. Para encontrar al otro en ese nivel de profundidad de vida, eterna, es necesario haber vaciado el amor propio, haber hecho de sí mismo un espacio ilimitado, es necesario que respiremos el infinito, que intercambiemos a Dios, - llamémoslo como queramos además – es claro que en la medida en que respiramos juntos una presencia infinita podemos comulgar en el mismo espacio pues cada uno ha superado sus límites, en [¿?] la Presencia, inefable, que nunca conocemos y siempre reconocemos.

Llevarse a sí mismo

En el fondo, aquí en la tierra solo hay verdadero encuentro en lo eterno, solo hay verdadera comunión en el intercambio de la Presencia infinita que es más sencillo llamar “Dios”.

A este nivel podemos verificar que, la mayor parte del tiempo no existimos humanamente, que la mayor parte del tiempo somos figuras de agonía, somos llevados por el universo y no por nosotros mismos. Llevarse a sí mismo es justamente dejar de depender del universo, de estar crispado por los instintos, ya no ser arrastrado por la codicia, haber pasado de afuera a dentro, haber realizado todo su ser en una ofrenda de amor. Entonces sí se establece entre dos seres humanos que han llegado al mismo grado de silencio, la comunión prodigiosa que manifiesta entonces claramente que es infinita y eterna.

Esto nos permite concluir inmediatamente que en el fondo, aquí en la tierra, solo hay verdadero encuentro en lo eterno, solo hay verdadera comunión intercambiando la Presencia infinita que es más sencillo llamar “Dios”.

Cuando toman conciencia de la banalidad como tal, ya no pueden soportarla, ya no pueden soportar que un ser se presente simplemente como déjà vu y les recite cosas que ya leyeron en todos los periódicos. Lo que buscan detrás de un rostro que les interesa, es el secreto de la persona. Quisieran que aparezca de verdad en su unicidad, llegar a las raíces de su ser; pero, justamente, eso es posible a través del despojamiento de él y de ustedes. En la medida en que cada uno haya superado sus límites y se haya hecho espacio ilimitado, entonces, ya sin límites, las miradas se encontrarán. [?...]

Un amor en que se revela la eternidad

Cuando no estamos en el nivel del amor en que la eternidad se revela y en que se intercambia el infinito, no somos santos, no estamos realmente vivos, no somos más que pedazos de universo.

Estamos pues absolutamente seguros de que aquí en la tierra la única vida auténtica, el único amor que pueda colmarnos es un amor en que la eternidad se revela y en que se intercambia el infinito. Si no estamos a ese nivel, no somos santos, no estamos realmente vivos, no somos más que pedazos de universo, manojos de codicias, somos llevados por el universo del cual dependemos y aún no nos llevamos a nosotros mismos. Pero cuando el hombre se lleva, cuando se hace fuente y origen de sí mismo, entonces está unido a esa Presencia infinita, entonces no es sino impulso hacia ella, y entonces vive ya de lo eterno. Tales encuentros abren un espacio que no es físico.

Cuando me identifico con el dolor de otro, con su desesperanza, cuando siento que si no se salva de ella, si no logro darle gusto, la Presencia que hace vivir, entonces mi vida misma es puesta en cuestión: entonces [¿…] no somos [¿…] somos uno, estamos identificados en un solo centro. Ya no hay distancias sino solo la del respeto. Toda la vida se concentra en un solo punto que está fuera del espacio y del tiempo.

Vivir las ternuras terrestres en lo eterno

Eso significa que aquí abajo, ahora y en este día, para vivir nuestras ternuras terrestres, solo podemos vivirlas en lo eterno, solo podemos lograrlo en el silencio de nosotros mismos, solo podemos lograrlo intercambiando a Dios.

Cómo quieren que eso lo lleve el accidente físico que llamamos muerte, la cual también se sitúa a niveles muy diferentes, lo mismo que la existencia, pero que encuentra ahora un significado universal, como es justo, la muerte nos libera del universo físico, rompe una dependencia respecto del mundo físico, eso es todo.

¿Cómo quieren que un ser que se ha conquistado a sí mismo, que ha superado su biología, que ya no depende de sus codicias, que se ha hecho de verdad fuente, valor inagotable, cómo quieren que la muerte física pueda tocar algo de valor en él?

Basta mirar la muerte de san Francisco de Asís para darse cuenta de que en él todo está vivo. ¡Todo está vivo! No hay una sola fibra de su ser que no se haya hecho eterna, en él no hay la menor perturbación, el menor temor, sino la alegría del Cántico del Sol que pide que le canten. Todo su ser aspira a la visión de Aquél que jamás ha dejado de llevar en sí, en su Cielo interior que es la habitación de la Santísima Trinidad. Él sabe muy bien que la muerte no es un final sino un comienzo, una plenitud. Por eso ni en su carne ni en su mente no hay el menor temor, el menor retroceso. Y cuando por fin [se rompe] el hilito que lo ataba todavía al mundo físico, él está vivo, no se fue hacia otro lugar inaccesible, allá arriba, sino que está aquí, ahora, dentro de nosotros, en el cielo interior en que comulgamos con la Trinidad divina. Y esto vale para todos los hombres, y para cada uno de nosotros.

La única manera de llegar al hombre es de unirse a él en sus raíces en Dios

Comulgamos por dentro y no por el exterior, y el cuerpo mismo se transfigura, liberado de su peso y hecho simplemente como el sacramento de la Presencia infinita que es la respiración misma de todas nuestras ternuras.

La verdadera vida, la vida eterna, aquí y ahora, la verdadera comunión entre los hombres, es el intercambio del infinito, aquí y ahora. El verdadero rostro permanece, es el Cielo interior, aquí y ahora. Y cuando tenemos el tan raro privilegio de encontrar un rostro humano perfectamente luminoso, perfectamente abierto, despojado de sí mismo, lo acogemos justamente por ese centro interior, por ese centro único, por ese punto en que el espacio y el tiempo se condensan en una Presencia infinita.

Comulgamos por dentro y no por el exterior, y el cuerpo mismo se transfigura, liberado de su peso y hecho simplemente como el sacramento de la Presencia infinita que es la respiración misma de todas nuestras ternuras.

Estamos pues completamente seguros, por experiencia terrenal, de que podemos hacer a cada instante, que desdichadamente hacemos demasiado a menudo en negativo, que la única manera de llegar al hombre es llegando a él en sus raíces en Dios. Y los que han sido desligados de su dependencia hacia el universo, los que están ocultos en Dios que vive en nosotros, no hay otro modo de llegar a ellos sino ese mismo, que es comulgar con Dios, el mismo que quiere hacer su morada en nosotros, el mismo que supera nuestros límites y llegar al límite infinitamente profundo donde nuestra vida brota del Corazón del Señor.

Unirnos a nuestros seres queridos

Con nuestros seres queridos que están en el corazón de Dios que late en el nuestro, podemos subir sin fin, y a medida que nuestro amor se purifica, el suyo se enriquece y no hay duda de que nuestros progresos son de ellos y los suyos, nuestros.

Corremos continuamente el riesgo de caer en la ilusión; dañamos la vida, dañamos las amistades, dañamos las relaciones humanas, nos refugiamos y nos complacemos en la banalidad. Les ponemos máscaras a los rostros, además del que llevamos nosotros. Y luego, cuando llega la muerte, derramamos lágrimas de cocodrilo sobre una vida que no supimos descubrir, que no supimos poner en valor, con la cual habríamos podido en efecto tener intercambios inagotables y ahora es demasiado tarde, porque nos hemos quedado a la superficie de nosotros mismos, en vez de entrar en las profundidades de la realidad humana.

Por eso, esta noche, en el más profundo recogimiento, en el más perfecto silencio interior, vamos a entrar en contacto con nuestros seres queridos que están ocultos en la luz del Señor y viven en el Cielo interior a nosotros mismos donde encontramos a la vez el rostro de ellos y el del señor.

Mientras más nos unamos a la Presencia divina, más seguros estamos de unirnos a la presencia de ellos y de continuar el diálogo de amistad o de amor, de continuarlo en una perfección cada vez mayor, porque la eternidad no es inmóvil, porque la eternidad solo puede ser progreso sin fin de bondad y amor inagotable.

Juntos pues, con nuestros seres queridos escondidos en el Corazón de Dios que late en el nuestro, podemos con ellos subir sin fin, y a medida que nuestro amor se hace más puro, el suyo se enriquece y no hay duda de que nuestros progresos son suyos y los suyos, nuestros.

En Dios se fundan todos los amores y se hacen eternos

El cuerpo se interiorizará, pasará de afuera a dentro concentrándose en el centro y en el punto único que es la Presencia infinita, en la medida misma en que hayamos vencido la muerte en la vida cotidiana, en la medida en que rehusemos dejarnos llevar por el universo para llevarlo con amor, en la medida en que todo nuestro ser sea redefinido en una ofrenda de amor.

Cuando alcanzamos las profundidades de la vida, cuando consentimos con vivir de verdad, vemos que en seguida desembocamos en lo eterno y lo infinito. Todas las ternuras tienen su origen en la realidad maravillosa del Dios que nos habita y que es la respiración de nuestra libertad.

En Él se funda y se hacen eternos todos nuestros amores. Nada de lo que comienza en Dios termina jamás. La Resurrección no es para mañana, es para hoy, pues lo que llamamos cuerpo, en nuestra mala filosofía dualista y maniquea, lo que llamamos cuerpo es igualmente permanente. Solo el cuerpo, quiero decir en nuestra apariencia visible está lo que vive en nosotros cuando vivimos en la superficie, todo lo que impide llegar a nuestras profundidades, pero también está en nuestro rostro la posibilidad de ser la más alta revelación de nosotros mismos, cuando nos recogemos en Dios. Hay pues un aspecto de nuestro ser físico que puede permanecer, que debe permanecer y que permanecerá ciertamente en la medida misma en que hayamos vencido la muerte en la vida cotidiana, en la medida en que rehusemos dejarnos llevar por el universo para llevarlo con amor, en la medida en que todo nuestro ser se redefina en una ofrenda de amor. Entonces el cuerpo mismo se interiorizará, pasará de afuera a dentro, concentrándose en el centro y en el punto único que es la Presencia infinita. El cuerpo vivirá, pero independiente del mundo físico que nos alimenta en la vida cotidiana y sin más necesidad de todo lo que nos conecta con el hábitat terrestre, que serían diferentes si habitáramos en otro planeta.

El hombre entero permanece, pero el hombre tomado en su nivel más profundo, el hombre tomado en su fuente eterna, el hombre liberado de sus codicias, el hombre pasado de afuera a dentro y viviendo con Dios que es de verdad la vida de nuestra vida. La muerte está radicalmente vencida y los intercambios aquí abajo son ya intercambios eternos.

En la intimidad con el Señor encontraremos hecho eterno el rostro de todos los que amamos…, y quienes intercambiamos la misma respiración de ternura en los momentos supremos de aquí abajo: que es el Dios vivo en quien todo es vida.

Hagamos eco, para unirnos con los amigos que no son mis amigos pero que están dentro de nosotros como mis amigos, para unirnos con ellos tenemos en interior de [?...] debemos unirnos a ellos en el nivel de existencia más profundo y ahí, en la intimidad con el Señor, encontraremos hecho eterno el rostro de todos los que amamos, a los que jamás dejaremos de amar y con quienes comunicamos en la misma respiración de ternura que en los momentos supremos de aquí abajo, que es Dios vivo en quien todo es vida.

TRCUS (*) Libro « Ta parole comme une source, Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. »

 Editorial Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 págs

ISBN : 2-89129-082-8

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