3ª conferencia de Mauricio Zúndel en el Cenáculo de París el 17 de febrero de 1971.

Jesús permite realizar la igualdad del hombre con Dios

La venida de Jesucristo, su nacimiento y su historia

Hoy no se puede escribir una fecha sin referirse al nacimiento de Jesucristo. Estamos tan acostumbrados a ello que no le prestamos atención alguna. Pero qué cosa tan extraordinaria, ordenar toda la historia del mundo, toda la historia de la humanidad con el nacimiento de Jesucristo, afirmando así que el acontecimiento central de la historia y su mayor significado es precisamente el nacimiento de Jesucristo.

¿Qué es lo que nos permite, en primera aproximación, considerar la venida de Jesucristo, su nacimiento y su historia como lo esencial de toda la evolución del mundo y de la humanidad? Creo que en primera aproximación podemos plantear esta ecuación: lo que Cristo nos trae, lo que nos permite realizar, es la igualdad del hombre y de Dios.

En el fondo, la vida de Jesucristo, su muerte, es la ecuación: a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios pues Dios da su vida por el hombre. Si solo a ese precio puede recuperarlo, es que a los ojos de Dios el hombre vale Dios.

Entre la relación de dependencia y la relación de amor

Eso parece absurdo pero es el cumplimiento de un viejo sueño que llevamos en lo más hondo, sueño que Nietzsche expresa en su movimiento de rebeldía cuando dice: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser Dios?” Y, en efecto, apenas sí se concibe la posibilidad de un ser que sería puro espíritu, un ser que sería la perfección de la santidad, es ´difícil concebir una creación que nos fuera impuesta y en la que solo tendríamos la posibilidad de tomar conciencia de nuestra dependencia. Sería de cierto modo sádico crear seres capaces de conciencia solo hasta el nivel en que se dan cuenta de estar rigurosamente sometidos y de no poder escapar al poder divino.

Dios sabe si yo la venero y la admiro a santa Catalina de Siena, pero hay un texto suyo que me parece bastante ambiguo: “Sabe, hija mía, que nadie puede escapar de mis planes pues yo soy el que soy y vosotros no sois por vosotros mismos, vosotros sois en la medida en que sois hechos por mí. Yo soy el creador de todas las cosas que participan del ser, pero no del pecado el cual no es, y por consiguiente no fue hecho por mí, porque no es en mí y no es digno de ser amado. La criatura no me ofende porque ama lo que no puede amar, es decir el pecado y me odia a mí a quien está obligada de amar porque soy soberanamente bueno y le di el ser con ardiente amor. Pero a los hombres les es imposible salir de mí, pues permanecen en mí bajo mi justicia que castiga la falta o permanecen en mí conservados por mi misericordia. Abramos pues los ojos de la mente para obedecer al Padre muy grande.” Ella veía el universo entero encerrado en la mano divina y Dios decía: “Mira hija y sabe ahora que nadie puede escapar de mí.

Me parece ver ahí una expresión ambigua que no disminuye desde luego la gran santidad de Catalina, pero que hay todavía una mezcla de dos concepciones: una dependencia absoluta respecto de Dios y una relación de amor con Él.

Enraizados en el corazón de la Trinidad

Porque estamos enraizados en el corazón de la Trinidad,… y no podemos ver a Dios-Espíritu y como tal en la comunión de amor que se realiza en su profunda intimidad, vemos la creación como el don de la libertad. Se trata… de comunicar lo que hay de más íntimo: la esencia de la libertad en la disponibilidad total en que el ser se convierte en pura ofrenda de amor.

Justamente, por estar enraizados en el corazón de la Trinidad, por estar introducidos en ese inmenso secreto de amor, porque no podemos ver a Dios-Espíritu en cuanto tal en la comunión de amor que se realiza en su profunda intimidad, vemos la creación como don de la libertad. No se trata de arrojar en el ser, sacándolas de la nada, a criaturas que estarán sometidas, sino de comunicar lo más íntimo que existe, de comunicar precisamente lo que hace la esencia de la libertad en la disponibilidad total en que el ser se convierte en pura ofrenda de amor.

Me parece que, como yo, ustedes son sensibles al movimiento de rebeldía del ser que rehúsa tomar conciencia de sí mismo bajo la forma de una dependencia y de una sumisión. ¿De qué serviría una creación sierva y esclava? No tendría sentido en relación con el espíritu.

El rostro de Dios bajo una nueva luz

Y, en el fondo, en la ecuación: “a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios”, Cristo resuelve precisamente la crisis más profunda, la interro­gación que nos pone en rebeldía o en sumisión servil pues, a través de él, justamente, el rostro de Dios se revela bajo una luz absolutamente nueva.

Y en el fondo, en la ecuación: “a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios”, Cristo resuelve precisamente la crisis más profunda, la interrogación que nos pone en rebeldía o en sumisión servil pues a través de él, justamente, el rostro de Dios se revela bajo una luz absolutamente nueva.

En el fondo, en sus momentos de rebeldía, en el deseo de ser el único árbitro de sí mismo, el creador de todos los valores Nietzsche veía la única manera de situarse en la existencia sin ser esclavo. Y Dios le parecía congénitamente como fabricante de esclavos. Aceptar a Dios era aceptar la sumisión, la dependencia, la servidumbre, y en efecto, él solo podía concebir la grandeza humana en forma piramidal, en que uno pasa sobre la cabeza, emerge por encima de los demás, los aplasta con su propia grandeza.

Cristo deshace ese nudo trágico porque nos revela un rostro de Dios totalmente nuevo un rostro de dimisión, de despojamiento y de pobreza.

Otro aspecto de la grandeza

Si Dios es Dios precisamente porque no posee nada, porque es todo don, porque no está apegado a sí mismo, porque no está aferrado a su existencia, porque no hace sino darla, entonces entrevemos otra manera, o mejor, otro aspecto de la grandeza: una grandeza unida a la más profunda humildad, porque es grandeza de don, grandeza de amor, grandeza en que uno se vacía de sí mismo y se hace espacio ilimitado para acoger al otro.

Y eso, justamente, me parece infinitamente considerable pues va hasta la raíz de nuestras aspiraciones y ambiciones. Deseamos una grandeza infinita, no deseamos detenernos nunca en nuestras aspiraciones y chocamos finalmente siempre contra un falso infinito que construimos exaltándonos en un delirio paranoico en que el hombre se pone en evidencia y quiere absolutamente como testigos de su grandeza a los seres que ha puesto en esclavitud.

Todas las grandezas humanas, todas las grandezas de carne, como dice Pascal, se construyen justamente según el modo piramidal en que en la cumbre está un ser que mira a los demás por debajo y los aplasta con su desprecio. Es lo contrario de la grandeza divina. (1)

Cristo nos llama a la grandeza suprema en la suprema humildad

La grandeza a la manera de Dios

Dios suscita nuestra libertad desde el fondo del despojamiento, desde el fondo de la desapropiación radical.

Dios suscita nuestra libertad desde el fondo del despojamiento, desde el fondo de la desapropiación radical, fundando su inviolabilidad precisamente por el despojamiento infinito que es él, de suerte que nosotros podemos ahora en efecto aspirar a una grandeza divina. A eso estamos llamados: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, realizando la grandeza a la manera de Dios en el despojamiento y la desapropiación total.

La igualdad del hombre con Dios,… revela el sentído mismo del gesto creador que es de comunicar lo que constituye en Dios su liberad esencial, a saber, que no puede entrar en contacto consigo mismo sino comunicándose.

Creo que es soberanamente importante considerar desde el comienzo la ecuación revolucionaria de la igualdad ante Dios, de la igualdad del hombre con Dios, ya que eso revela, como traté de decirlo ayer, el sentido mismo del gesto creador que es de comunicar lo que constituye en Dios su libertad esencial, a saber justamente que él solo puede entrar en contacto consigno mismo comunicándose. Es pues absolutamente cierto que la visión del gesto creador se renueva radicalmente en la revelación del secreto del corazón de Dios que es justamente la relación del Padre con el Hijo y del Hijo con el Padre en el abrazo del Espíritu Santo.

La humildad está en el corazón de Dios

1971 (año de esta conferencia), es pues una referencia al don gigantesco que nos hace Cristo al llamarnos a la suprema grandeza en la suprema humildad ya que la humildad es en el corazón de Dios simplemente el revés, si se puede decir, de su amor o, finalmente, la expresión misma de su amor (2) ya que uno solo puede darse a otro en una especie de veneración por él.

Cristo toca pues a las raíces de nuestro ser ya que toca a las raíces del ser divino y lo que acabo de decir, justamente, nos introduce en el secreto mismo de la persona de Jesucristo, si él quiere hacernos esta revelación, si quiere dar testimonio de las profundidades de Dios, si puede liberarnos de Dios en cuanto que Dios es visto como límite para el hombre y fundamento de una de dependencia insuperable, si Jesucristo lo puede, si establece entre el universo y Dios una relación nupcial, si nos llama a una libertad que va hasta la raíz del ser, es porque él mismo está totalmente liberado. Liberado de sí mismo y que su humanidad constituye simplemente el sacramento diáfano de la Presencia divina.

En la concepción paulina, admirable por demás, Jesucristo es visto como el segundo Adán, como el comienzo virginal de un mundo totalmente nuevo. El mundo vuelve a comenzar. La creación vuelve a su verdadero origen, más allá de la carne, precisamente en el nacimiento virginal en que la humanidad es introducida en el mundo en estado de total desapropiación.

Dios nos va a comunicar su propio despojamiento que es la condición de nuestra liberación.

Porque eso es justamente: si la ecuación se debe realizar, si la distancia entre la criatura y el creador debe ser superada, solo es posible porque justamente Dios nos va a comunicar su propio despojamiento que es la condición de nuestra liberación ya que para volver a decirlo por la millonésima vez, es evidente que todo ser que llega a la existencia no puede darse la primera existencia. Su nacimiento es necesariamente fruto de un concurso del que él es extranjero.

Solo puede llegar a su autonomía si puede recuperarse del primer nacimiento por un segundo nacimiento que es totalmente libre. Dios es eternamente virgen pues justamente solo tiene eternamente contacto consigo mismo en la suprema comunicación.

En la persona de Jesucristo encontramos el despojamiento divino que debe realizarse en nosotros mismos para llegar a ser universales

Océano de despojamiento subsistencia del Verbo en el corazón de la Trinidad

Cristo entra pues en el mundo. Aparece en el mundo como segundo Adán en que toda la creación comienza de nuevo en una humanidad que no se posee de manera alguna, que es pura referencia a Dios, que tiene su yo en Dios y a la cual Dios comunica la pobreza súper-esencial, el poder de evacuación infinita que hará de esa humanidad que es finita en ella misma, hablo de la humanidad de Jesucristo que no es sino una cáscara de nuez en el inmenso océano del ser, y que va a hacerse universal.

Va a poder llevar toda la creación en su significación espiritual. Va poder reunirnos, estar presente en todas las generaciones y hacerlas contemporáneas ya que, cáscara de nuez como es, está arrojada en Dios por el océano de despojamiento que es la subsistencia del Verbo en el corazón de la Trinidad.

Pues lo que constituye al Verbo es justamente el poder de evacuación [del Hijo de Dios] que arroja al Hijo en el seno del Padre. Y ese poder de evacuación es lo que coge esa cáscara de nuez que es la humanidad de Jesucristo y la arroja en Dios con el impulso infinito que es la personalidad misma del Verbo.

Se trata de contemplar la humanidad de Jesucristo en un despojamiento insuperable.

Se trata de contemplar la humanidad de Jesucristo en un despojamiento insuperable. En él no existe apropiación posible ya que su humanidad solo puede dar testimonio de Dios en todo lo que dice, en todo lo que hace, en todo lo que ella es. Y si podemos apropiarnos el Evangelio de Jesucristo como la Palabra de Dios, como la Palabra definitiva, es precisamente en cuanto que en su persona encontramos el despojamiento mismo de Dios. Y que todo el Evangelio que es el Evangelio de nuestra liberación trata precisamente de un despojamiento divino que se debe realizar dentro de nosotros para que lleguemos a ser universales, sin fronteras, en una desapropiación que nos abre a toda la historia y a todo el universo. Abriéndonos desde luego primero al Dios que nos espera en lo más íntimo de nosotros.

La divinización del hombre es la única solución de su destino

1971, sigue siendo pues la referencia al acontecimiento gigantesco en que la vocación del hombre, la divinización del hombre es en efecto lo que se le propone como única solución de su destino. Ahí escapa al destino, escapa a las necesidades, escapa al peso, pues en adelante todo su ser se orienta hacia el amor o al menos está llamado a orientarse hacia el amor.

Creando en nosotros el inmenso espacio de despoja­miento,… debemos realizar la divinización en que… se nos comunica el poder que hay eternamente de no sufrirse a Sí mismo, sino hacer de Su existencia un don eternamente comunicado.

Por consiguiente, creando en nosotros el inmenso espacio de despojamiento, poniendo bajo la influencia de Jesucristo el brillo de su Presencia y de su persona debemos realizar la divinización en que se nos comunica lo más divino que hay en Dios, si se puede decir. Y justamente, el poder que tiene eternamente de no sufrirse a sí mismo, sino hacer de su existencia un don eternamente comunicado.

De rodillas en el lavamiento de los pies

Si sentimos la rebeldía somos hombres como los demás y es evidente que no aventajamos a los que se oponen al gusto de la sumisión, sentimos la dignidad del Espíritu como algo inviolable y nada nos puede conmover como precisamente la ecuación que brilla en el nacimiento de Jesucristo y en toda su carrera: a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios.

Queda pues totalmente excluido que estemos ante Dios en estado de rivalidad y, cuando nuestro Señor se arrodilla en el lavamiento de los pies, manifiesta esa ecuación de modo supremo e incontestable. Así es Dios, así es Dios: ante el santuario del hombre que es el sentido mismo de la creación, ante esa posibilidad de una vida espiritual que surge en total libertad, Dios no puede sino estar de rodillas, es decir esperar, darse, hacer contrapeso, aceptar la muerte interior que el hombre le inflige al rehusar acogerlo aunque permanece siempre en nosotros en infinita espera. ¡Así es Dios!

Y si quieren justamente que la ecuación significada en el nacimiento de Jesús tome forma inmediatamente asimilable, debemos justamente referirnos a la escena del lavamiento de los pies que la traduce en acción y en que es imposible dudar sobre el sentido mismo de la intervención divina.

Dios solo puede crear libertades. Y el mundo fenomenal pegado a sus necesidades es un mundo que como nosotros, está esperando su libertad. El mundo fenomenal solo puede finalmente ser un mundo llamado a hacer de sí mismo, como toda realidad, una ofrenda de amor. Y eso es lo que esporádicamente significa el milagro, el milagro significa de repente la liberación de un fenómeno que está ordenado a los fines del espíritu y que manifiesta las intenciones del amor. Es como una realización fugaz, como una gracia actual, una realización fugaz de la vocación de toda realidad, de cantar a Dios, es decir de cantar el amor, de ser una nota de alegría en el Cántico del Sol.

Se trata de crear libertades por doquiera

Raíces del hombre y del universo

Toda criatura está llamada a realizarse finalmente y exulta [?] en esta dirección. Y ese inmenso universo es nuestro cuerpo finalmente, porque estamos en él por las raíces físicas y él está en nosotros por sus raíces espirituales.

Es pues cierto que, en la medida en que un hombre realiza su total liberación, su liberación implica toda la humanidad y todo el universo. Está en continuidad con la historia que comienza virginalmente en Jesucristo y en su santísima Madre, la historia incomparable en que el hombre es portador de Dios, sacramento de Jesucristo, sacramente inseparable de su venida en la historia.

La ecuación [para Dios, el hombre iguala a Dios] nos introduce finalmente en el corazón de la Trinidad divina, en el corazón del despojamiento infinito, en el corazón de nuestra propia vocación llamándonos a realizarnos infinitamente en una humildad infinita.

El más grande es el que más se da y crea más libertad en sí mismo y en los demás.

Porque la paradoja del lavamiento de los pies es precisamente que la transmutación de los valores se realiza totalmente. Y que para ser grande, no se trata de mirar a los demás desde arriba y de dominarlos, de tener esclavos, admiradores y cortesanos, es decir finalmente seres que son objetos en las manos del hombre grande o célebre. Se trata de crear libertades por doquiera haciéndose fermento de liberación en todos y en todo por la propia liberación. El más grande es el que se da más y que crea más libertad en sí mismo y en los demás.

Sentido del ecumenismo

El ecumenismo está en el corazón mismo de la persona de Jesucristo en el despojamiento supremo e infinito que le comunica su subsistencia en el Verbo.

Y esto nos permite considerar el sentido del ecumenismo que está justamente al orden del día en esta semana de la unidad que comenzamos. Nada es más difícil de concebir un ecumenismo bien equilibrado, enteramente sincero, que no consista en borrar distinciones, que no sea una especie de común denominador que suprime todas las fronteras disolviendo así toda existencia.

El ecumenismo está inscrito en el corazón mismo de la persona de Jesucristo, como lo experimenté en Biblos al preguntarme qué relación había entre un esqueleto que databa de 5500 años y mí mismo. ¿Qué relación entre nosotros? ¿No habría otro significado que el de una carcasa de un animal como yo, como la carcasa de un león de esa época para un león de hoy? ¿Estamos ligados por una cadena material que no implica ningún significado, o existe un lazo entre él y yo? ¿Somos contemporáneos? ¿Tiene sentido la historia humana? ¿Tiene finalidad? ¿Contiene un proyecto que se realiza?

¿Pueden reunirse hoy las generaciones, y puedo ser contemporáneo de este esqueleto desconocido que sostenía una vida como la mía, que se creía moderno lo mismo que yo, que contemplaba el mismo paisaje pensando poseerlo para siempre y que ahora está ahí, anónimo como tantos otros, sin haber inscrito su nombre en la historia?

Entonces justamente me pareció Jesucristo como el gran unificador, como el que puede resucitar los muertos, como el que en la mesa mima de la Eucaristía, invita a todos los que pensamos muertos, todos los que vendrán y que no son todavía, lo mismo que a nosotros, que los llama a todos a formar un solo cuerpo, una sola vida, iba a decir una sola persona, una sola presencia en la suya.

El ecumenismo está inscrito en el corazón mismo de la persona de Jesucristo y precisamente en el despojamiento supremo e infinito que le comunica su subsistencia en el Verbo.

¿Cómo construir un ecumenismo totalmente verdadero?

¿Qué vienen a hacer donde nosotros?

Evidentemente, eso es algo infinitamente delicado. Las misiones están hoy en inmensas dificultades para realizarse. Los países recientemente emancipados y que han alcanzado la independencia nacional son demasiado celosos de su independencia. Quieren afirmar sus tradiciones, el valor de sus tradiciones. Sospechan a quienes desean hacerlos entrar en otras tradiciones y que están tentados de ver simplemente las tradiciones de una raza, de un continente, que es quizá bueno para ellos, pero que no debe exportarse.

En India en particular, inclusive en la persona de Gandhi, se manifiesta desde hace tiempo esta aversión contra la actividad misionera. ¿Qué vienen a hacer ustedes donde nosotros? ¡Nosotros tenemos todo lo que necesitamos! Tenemos una espiritualidad que vale ciertamente la de ustedes. Guarden la suya para ustedes y no pretendan cambiar nuestras estructuras espirituales. Sería insultante para el valor de nuestras tradiciones y como una toma de control sobre la autonomía de nuestro espíritu.

Y se sabe muy bien que todos los que han sido heridos por la colonización tienen un deseo bien comprensible de borrar sus huellas, de afirmar su suficiencia y que en su cultura tienen todo lo necesario para cumplir la vocación del hombre.

Y de manera análoga, las diferentes confesiones cristianas se afrontan, cada una resiente o siente la legitimidad de su posición fundamental, y quieren acercarse pero sin abandonar una experiencia que les parece válida y rechazarla sería criminal.

¿Cómo reúne Jesucristo?

¿Cómo construir un ecumenismo que sea totalmente verdadero sino justamente partiendo de la estructura misma de la persona de Jesucristo si se puede decir? ¿Cómo reúne Jesucristo? ¿Cómo hace caer las fronteras?

Precisamente porque está de rodillas en el lavamiento de los pies, precisamente porque para él el valor esencial se realiza en el corazón de cada uno como una Presencia infinita que lo libera radicalmente de sí mismo. Y que, finalmente, de eso se trata.

El cristiano porta en sí la ecuación a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios. Debe ponerla en obra en todos sus comportamientos… debe dar testimonio del poder de evacuación que es en el corazón de Dios el eterno nacimiento de la libertad y, en nosotros, la repercusión misma de la libertad divina.

El cristiano que está injertado en la persona de Jesucristo, no tiene que proteger un sistema, proponer cierta Weltanschauung, cierta visión del mundo que se debería instalar en lugar de la existente. El cristiano lleva en sí la ecuación a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios. Y debe ponerla en obra en todos sus comportamientos, en todas sus relaciones consigo mismo y con los demás. Y debe dar testimonio del poder de evacuación que es el eterno nacimiento de la libertad en el corazón de Dios, y que es en nosotros, la repercusión misma de la libertad divina.

Es claro que, si el testimonio cristiano reside esencialmente en una dimisión, en un espacio ilimitado de luz y de amor en que el otro se siente acogido, no hay amenaza para él, no se siente en peligro de ser colonizado por una doctrina que pretende ser superior a la suya. No tiene que hacer el acto humillante de renunciar a su pasado para tomar una forma que no es autóctona, que no brota de una tradición de su raza. Está invitado a enraizarse en lo que constituye precisamente la humanidad en toda su autenticidad, enraizarse en la Presencia que es simbolizada, hecha sacramentalmente real por un cristiano auténtico que está espiritualmente en el arrodillarse para el lavamiento de los pies.

Y por eso el ecumenismo solo puede ser a base de silencio y de contemplación pues en el ecumenismo, como en todas partes además, encontramos todas las ambigüedades. ¿De qué hombre hablamos, y de qué Dios?

Falta mucho para que los cristianos estén de acuerdo… sobre la liberación infinita que resulta del encuentro en Jesucristo con las tres personas divinas… lo más urgente es nuestra dimisión personal. Es crear la corriente de desapropiación en que la humanidad se realice en su plenitud y en que Dios transparente por fin como el Espíritu de que habla Jesús a la Samaritana.

Falta mucho para que los cristianos estén de acuerdo sobre el significado de Jesucristo, sobre el sentido de la Revelación, sobre la liberación infinita que resulta del encuentro en Jesucristo con las tres personas divinas. Y puesto que no estamos de acuerdo, puesto que las palabras no tienen el mismo sentido, puesto que están presos en las teologías diversas, lo más urgente es nuestra dimisión personal. Es crear la corriente de desapropiación en que la humanidad se realice en su plenitud y en que Dios transparente por fin como el Espíritu de que habla Jesús a la samaritana, el cual es fuente que brota en nosotros en vida eterna.

Estamos llamados con Jesús a crear el mundo

Sentido de la misión

La ecuación a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios está pues cargada de inmensa luz. Resuelve o al menos nos da la posibilidad de resolver el problema de realizar a la vez muestres ambiciones supremas en una pureza total pues por Jesucristo hemos aprendido que la grandeza estaba en el absoluto despojamiento.

En contacto con la humildad de Dios es como puede brotar la nuestra. Si Dios nos pareciera como el límite inexorable, como aquél a quien no podemos escapar porque él es necesariamente el más fuerte, nuestra dignidad consistiría justamente en rechazarlo, en rechazar la sumisión, aunque nos aplaste.

Jesucristo nos introduce en el corazón del eterno amor. Nos conduce a nuestra propia intimidad, al santuario, a la catedral que somos, allá donde el Dios vivo nos está esperando desde siempre.

Pero justamente, Jesucristo disipa esta falsa visión de Dios. Jesucristo nos introduce en el corazón del eterno amor. Y nos conduce a nuestra propia intimidad, al santuario, a la catedral que somos, allá donde el Dios vivo nos está esperando desde siempre.

Entonces la misión consiste, no en hacer cambiar de fórmula sino en hacer nacer de nuevo, en engendrare en el don total de sí mismo, en eclipsarse en el respeto de la inviolabilidad de toda conciencia. Ahí es donde los hombres podrán reunirse, más allá de todo discurso. Ahí es donde se reúnen y solo ahí se encuentran, cuando cada uno llega a la raíz de su ser porque en el corazón del silencio ha llegado a su fuente que es la Presencia divina confiada a su amor, pues respiramos juntos al que es la vida de nuestra vida.

El espíritu del ecumenismo

El ecumenismo es un regreso a la fuente divina, un regreso a la Trinidad en que todo el universo tiene su origen… para que haya por doquiera una respuesta de amor.

En este espíritu debemos pues considerar el ecumenismo, no como un conjunto de concesiones más o menos diplomáticas, sino como un regreso a la fuente divina, un regreso a la Trinidad en que todo el universo tiene su origen; no para ser siervo y esclavo, sino justamente para que haya por doquiera, por doquiera, una libre respuesta de amor.

De vez en cuando los poetas, los artistas tienen la intuición de esta libertad y el universo se pone a cantar en el fondo de sus corazones y de sus obras. El universo se pone a cantar, irradia finalmente una Presencia, como es además el caso de todos los sabios cuando, más allá de un descubrimiento que será superado mañana, más allá del camino sobre la circunferencia que no tiene fin, se sienten religados a un centro interior a ellos mismos, y en la admiración, ven brotar la luz en el universo que ya no es objeto sino que es Alguien.

De todos modos, si Jesús es el segundo Adán, está al comienzo de una nueva creación, nosotros estamos llamados a crear este mundo y solo podemos hacerlo a su manera: a la manera de Dios que es vaciarse de sí mismo y que se concretiza en el lavamiento de los pies.

Que se propague esta ola de luz y de amor

Se trata de ser en todos y cada uno la afirmación de una aventura infinita, única que puede colmar la vida… Entonces de verdad, nuestra vida de cada instante puede renovarse. A cada instante nuestra vida puede superar sus límites.

Claro que no se trata de sumisión pasiva, no se trata de entregar el universo al desorden de quienes desearían destruirlo. Se trata de ser en todos y cada uno la afirmación de una aventura infinita, única que puede colmar la vida pues en efecto no tiene fronteras.

Si somos los portadores de Dios, los portadores de un tesoro infinito, si podemos ser para cada uno un espacio en que descubra su libertad, si no tenemos más que hacer, si todos nuestros contactos con nosotros mismos y con los demás no tienen otra finalidad que trazar el camino de la Presencia divina, entonces nuestra vida de cada instante puede renovarse y a cada instante puede superar sus límites. Y en efecto, es la única manera de superarlos.

Como dice Patmore, si Dios es el que tiene al hombre en sus manos, el hombre es el que tiene a Dios en sus manos. Es lo que deseamos realizar dentro de poco cuando reciban el Santo Sacramento en sus manos: podrían prolongar esta imagen. En efecto, el hombre es el que tiene a Dios en sus manos.

No tenemos más que hacer que dejar que se propague esta onda de luz y de amor que llega hasta el fondo del ser y que… da por fin al hombre sus verdaderas dimensiones.

No tenemos nada más que hacer, sino hablar, sin hablar. Si permanecemos en estas fundaciones del silencio, no tenemos nada más que hacer sino dejar que se propague esta onda de luz y de amor que llega hasta el fondo del ser y que, en una respiración enteramente libre, da al hombre por fin sus verdaderas dimensiones.

Ustedes ven el sentido de la ecuación por qué estamos, en 1971 en la referencia a Jesucristo, segundo Adán, el Dios que revela su humildad, su eterna pobreza, el Dios que nos invita a ser lo que es afirmando que justamente a los ojos de Dios, el hombre iguala a Dios.


Comentarios:

(1) El verdadero amor no puede soportar que el amado le sea inferior. Amando infinitamente al hombre, Dios quiere que éste sea su igual, y la igualdad se realiza cuando el hombre se hace miembro de la Iglesia. Cada miembro de la Iglesia es toda la Iglesia.

(2) Dios solo tiene contacto con su ser comunicándolo. El Padre solo tiene contacto con su ser engendrando, llevando y dando nacimiento al Hijo en la perfecta desapropiación de sí. No hay Padre prexistente al Hijo para darle nacimiento. Solo así es Padre, de toda eternidad.

La creación surge y brota del despojamiento perfecto y eterno de cada persona divina, es el vacío creador. La humildad de Dios, su despojamiento y desapropiación, hacen que solo en la humildad, el despojamiento y la desapropiación de nosotros mismos podemos ser semejantes a Dios…. ¡En Dios uno no se mira a sí mismo! Nos sentimos tentados de pensar que entonces no existimos, pero la verdad es lo contrario. Solo comenzamos a existir humanamente al estar desapropiados de nosotros mismos.

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