Mauricio Zúndel, extracto del libro Notre Dame de la Sagesse (1935) (*). Los títulos fueron añadidos.
A los 15 años, Zúndel tuvo una experiencia mística de la Virgen, cuya maternidad revelaba el amor maternal de Dios. En ese momento percibió la exigencia de la pobreza y de la desapropiación, signos de pureza. Se convirtió en el profeta de la “pobreza divina”. Una de sus formas es justamente la Encarnación de Dios en nuestra historia, que manifiesta que Dios es un Dios de interioridad.
Zúndel escribió: “María concibió a Cristo en la desapropiación radical de sí misma, como el Padre engendra el Verbo en una radical desapropiación de sí mismo. Entonces ella nos va a enraizar en Cristo y por Cristo en el corazón de la santísima Trinidad. A partir de la Anunciación, la persona decide del porvenir del mundo.”
Este mes, marcado por la fiesta de la Asunción, les proponemos extractos del libro “Notre Dame de la Sagesse” (Nuestra Señora de la Sabiduría). Pobreza, interioridad, son las palabras claves de ese libro.

La máscara que aprisiona

Si la sociedad no cerrara los ojos sobre las aventuras carnales, a condición de aceptar las reglas del juego, o si no divinizara toda proeza muscular para dar una apariencia de alimento al apetito de gloria que nos devora, la vida estaría condenada a la desesperación.

Casi todos los hombres llevan una máscara que adoptaron instintivamente para defender el secreto de su alma. Están tan habituados a ella que olvidan quitársela y acaban por no conocer ya su rostro de nacimiento. Su alma es para sí misma un libro sellado. Viven obligados y se liberan de las represiones que sufren mediante excesos que son nuevo ultraje a la naturaleza.

Muchos no pueden escaparse realmente y se abandonan a su imaginación. Para un gran número, la existencia es un equilibrio amenazado sin tregua por obligaciones simuladas o reales, cuya cumplimiento compone su figura social.

La idea que de ellos nos hacemos los aprisiona, los medios en que viven exigen que se conformen con ella: consignas de familia, consignas de escuela, consignas del periódico, consignas del partido; consignas profesionales, ncionales, religiosas, ya no hay medio alguno de escapar a “esto se hace o a eso no se hace.

Si la sociedad no cerrara los ojos sobre las aventuras carnales, a condición de someterse a las reglas del juego, o si no divinizara toda proeza muscular para dar una apariencia de alimento al apetito de gloria que nos devora, la vida estaría condenada a la desesperación.

Escapar al vértigo del abismo que llevamos dentro

¿Quién impide a la humanidad evitar esta muerte y encontrar el camino de la vida?”

Algunos artistas tratan de exorcizar esta desesperación pprescribiéndonos agotar toda la savia del instante. Es la respuesta más esotérica que existe. Supone la fidelidad de la mayoría: a menos que se quiera colectivizar el placer y hacer de la voluptuosidad una institución estatal.

Se puede soñar mejor: la humanidad comienza a cansarse de solicitar sus nervios y sus músculos.

Los que siguen recurriendo a este tipo de emoción buscan en ella un estupefaciente, más bien que esperar la alegría. Hay que matar el tiempo y tratar de olvidar para escapar al vértigo del abismo que llevamos dentro. Y cuando el temblorcito pasa, los cuerpos quedan más pesados y los rostros más amargos: ¡la angustia del alma tan conmovedora en el fondo de los ojos tristes!

¿Y qué impide a la humanidad el alejarse de esa muerte y encontrar el camino de la vida?

Siente tantas veces el vacío de los placeres que dejan el deseo sin calmar el hambre. Está sin duda de acuerdo. No necesita nuestras luces para darse cuenta de lo corta que es esa sabiduría animal.

Pero el sentido de su libertad está atrofiado y ya no sabe que puede disponer de sí misma, que tiene la facultad divina de darse.

El espíritu de pobreza

Los mandamientos de Dios no buscan sino introducir… el espíritu de pobreza que le da a toda utilización de la criatura la transparencia del don, la apertura infinita del amor. Quieren impedirnos… de querer menos que el Infinito. Por eso Jesús los resume todos en el primero: Amarás.

En efecto, casi siempre le prescribieron el deber como obligación bajo la etiqueta mortificante de la represión.

A todos les exigían actos conformes a una regla abstracta más que buscar establecer en ellos el orden del amor, a partir de un principio interior a ellos.

Sin embargo, ¿no es claro que la impureza fundamental es el espíritu de posesión en el amor desordenado de sí mismo, como el espíritu de pobreza es la fuente de toda rectitud en el teocentrismo de la caridad?

El conformismo más perfecto, como era el de los fariseos que Jesús denunciaba, puede ser fundamentalmente immoral.

Sin el amor las obras no son nada.

Eso no quiere decir que no son necesarias al servicio del amor; pero este es el alfa y omega de toda vida moral.

Uno puede estar obligado a imponer una disciplina exterior, a defender un orden social para prevenir la anarquía que hace imposible la vida común, pero limitarse a eso es una traición al Espíritu.

Ningún acto, excepto el de amar a Dios, puede colmar la capacidad de intinito que ordena nuestra voluntad al soberano Bien.

Es pues atentar contra la libertad el comprometerla toda en “el hacer o no hacer”, salvo si la obra se identifica con el amor como expresión del mismo.

Por tanto, los mandamientos de Dios solo buscan introducir en la diversidad de la acción el espíritu de pobreza que da a todo uso de la criatura la transparencia del don, la apertura infinita del amor. Buscan solo impedirnos de sumergirnos en la obra, de encerrarnos en lo parcial, de querer menos que el Infinito. Por eso Jesús los resume en el primero:

Amarás.

La oposición que provocan proviene más a menudo de la inteligencia toda material que tenemos de ellos. Nos complacemos menos en la mala obra que en la afirmación de la autonomía que se pretende por ella. Rechazamos la obligación que le daría al mismo querer la exterioridad de la acción.

En efecto, ¿qué bien podría encontrar la voluntad donde no encuentra su bien, donde parece desconocida su dignidad espiritual y su amplitud infinita?

Ella no puede ser vencida sin su consentimiento, bajo el peso de un amor que la libera de ella misma.

El homenaje a la gracia divina

En el respeto infinito que tendrán por su misterio reconocerá el hombre a la vez la grandeza de su alma y a Aquél que es el único que puede colmarla: Dios, a quien presiente ya en la libertad absoluta que le deja la mirada de ustedes.

En verdad, solo el amor puede inclinar sin violencia la libre disposición hacia otro, haciéndole adherir a la excelencia del ser amado como a la expresión más perfecta de su interioridad propia como a la realización plena de su autonomía.

Por tanto, en el respeto infinito que tendrán por su misterio reconocerá el hombre a la vez la grandeza de su alma y a Aquél que es el único que puede colmarla: Dios, a quien presiente ya en la libertad absoluta que le deja la mirada de ustedes. En el acto de fe que hacen a todo lo que él puede devenir más allá de lo que puede ser ahora; en el homenaje que le rinden a todo lo que la gracia divina puede realizar en él; en su voluntad de aceptar su ser y de suscribir al carácter único del equilibrio que está llamado a realizar; en su renuencia a juzgarlo e intervenir en su conciencia, a menos que él mismo los haga entrar en ella; en la reserva en fin, en la adhesión silenciosa a todo lo que no se puede expresar, con el alma de rodillas delante de la de ellos, el hombre siente que se le abren espacios infinitos donde respira el aire de su verdadera patria. Puede ser él mismo, abandona su máscara y les muestra su rostro original.

¿No fue eso lo que hizo Jesús cuando le presentaron la mujer adúltera? Bajó los ojos ante su vergüenza y la dejó encontrarse a sí misma en el amor silencioso con que la cubría, la liberó del juicio de sus acusadores dispersándolos con la voz de su propia conciencia, y cuando por fin la miró, fue para decirle esas palabras llenas de pudor divino:

“¿Nadie te ha condenado?

- Nadie, Señor.

- Yo tampoco te condeno. Anda y no peques más” (Juan 8:1-11)

Un Dios con rostro de madre

El alma del hombre necesita cuna. Busca por doquiera el corazón maternal que será el descanso de su angustia, y cuando lo encuentra es cuando comienza a saber quién es Dios.

El hombre solo puede nacer en el seno de una madre. Es la ternura la que lo engendra. Y también el amor el que lo hace renacer. Es la respuesta a la pregunta de Nicodemo:

“¿Cómo puede uno volver a nacer cuando es viejo? ¿Puede entrar en el seno de su madre y volver a nacer?” (Juan 3:4)

Su alma, en todo caso, necesita cuna. Busca por doquiera el corazón maternal que será el reposo de su angustia, y cuando lo ha encontrado es cuando comienza a saber quién es Dios.

Si nos preguntamos, pues, lo que subsiste sin falta de todas nuestras certezas en todos los momentos de nuestra vida, a título, no de convicción abstracta sino de luz viva y de impulso motor, qué responder sino: la fe en el valor absoluto de la bondad. Solo a su contacto podemos abrirnos, solo bajo su luz podemos encontrar de verdad a los demás.

La terrible fatalidad de las leyes cósmicas de que parece ser juguete el hombre, el engranaje de miseria en que es torturado, todo el horrible peso de codicias en que más lamentablemente sufre con la complicidad oscura de una voluntad caída y la avaricia necesitada de una sensibilidad apasionada, todo ese fracaso de la vida es exorcizado de repente cuando un destello de bondad revela en un rostro humano el sentido moral del universo.

Hay pues en nosotros un Valor que nada puede alcanzar, que sobrevive a todo y se basta a sí mismo: una Realidad sin la cual nada tiene valor, por la cual todo se ilumina, en la cual todo se realiza; una Presencia que nos hace interiores los unos a los otros, que nos rebasa, liberando sin embargo lo más personal que tenemos, y que, subsistiendo en sí mismo, no puede sin embargo expresarse en nosotros sin nosotros; una Bondad viva en fin, que nos intima la bondad como la esencia del deber y fin último, haciéndonos presentir en la eclosión de ser que suscita que la creación toda entera tiene su fuente en la Bondad por la cual suspira, ignorando que fue aquella que la precedió con amor eterno:

“in caritate perpetua dilexi te.”

“Te amé con amor eterno.” (Jer. 31:3)

Ese Dios con rostro de madre, ¿quién no se llenaría de gozo al escucharlo designarse con ese nombre que es el más bello sinónimo de toda Bondad?

En verdad, mientras un hombre pueda hacer suyos los dos versos de la Sabiduría:

“Vamos, ¡nada hay mejor para el alma
que hacer menos triste un alma!”
(Verlaine)

sigue unido por el corazón a la Verdad esencial y puede escuchar las promesas de la Escritura:

“¿Se olvidaría una mujer de su recién nacido?

¿No tiene compasión por el fruto de sus entrañas?

Aun si ella lo olvidara,

yo no te olvidaré.” (Isaías 49:15)

“¿Puedo yo abrir el seno maternal para no hacer nacer?

dice el Señor

o cerrarlo, yo que hago nacer?

Dice tu Dios.

¡Alégrate, Jerusalén!

Que ella sea vuestro gozo, vosotros que la amáis.

¡Alegraos con ella, vosotros que por ella estáis de luto,

para que maméis hasta saciaros,

con la leche de sus consuelos.

Para que bebáis con placer

en sus pechos de gloria!

Pues así dice el Señor:

Voy a derramar sobre ella la paz como un río,

la gloria de las naciones como un torrente.

Sus lactantes serán llevados en los brazos,

y acariciados sobre las rodillas.

Como una madre que consuela a su hijo,

así os consolaré yo… » (Isaías 66:9-13)

Ese Dios con rostro de madre, ¿quién no se llenaría de gozo al escucharlo darse ese nombre que es el más hermoso sinónimo de toda Bondad?

Conectarnos con el corazón de Dios por el corazón de la Virgen

Conocemos lo suficiente los gestos del Verbo hecho carne como para identificar para siempre a Dios con “ese Corazón que tanto ha amado a los hombres”.

Entonces, si todo lo creó por amor para el amor, para hacrnos vivir divinamente su propia Vida – bajo la única reserva de nuestro consentimiento – qué puede pedirnos a título de única cosa necesaria, sino el abandono total que nos pone en sus manos como recién nacidos, a fin de que exprese en nosotros, como en la transparencia de su Verbo, las riquezas infinitas de su amor:

“Quasi modo geniti infantes...”

“Como niños recén nacidos,
desead la leche pura y espiritual.”
(1 Pedro 2:2)

Y ¿como provocar esa actitud de entrega filial en nosotros más eficazmente sino conectándonos con su corazón por el corazón de la Virgen, dado a la humanidad como gran sacramento de la ternura maternal de Dios?

Si por su mismo ser toda criatura es el reflejo del ser divino, cómo puede revelarlo María que es toda madre, sino justamente como maternal: infinitamente más que el suyo propio, ya que él es la fuente de su ternura como de la de todas las madres.

Dios es más Madre que todas las madres.

Pero entonces, ¿de dónde viene el sufrimiento y la terrible devastación del mal que convierte toda la historia en una larga agonía? Del rechazo del hombre que ha atado las manos divinas al madero del suplicio en que Dios se presenta a sus golpes, hasta esconderse por fin en este Corazón de donde la lanza cruel hizo brotar el río de vida.

No sabemos cómo se desarrolla la historia detrás del velo, en la epopeya inefable que canta el Padre en su única Palabra en la llama del Espíritu.

Conocemos lo suficiente los gestos del Verbo hecho carne para identificar para siempre a Dios con “este Corazón que tanto ha amado a los hombres.” (Aparición y declaración de Cristo a Margarita-María Alacoque)

El evangelio de María nos lleva a otros abismos…

Engendrando a Dios, la Virgen revela en su maternidad la maternidad inefable de Dios.

Pero el evangelio de María, o mejor, el evangelio que es María, no contiene solo la revelación de Dios Madre, no es solo para nosotros la garantía de que incesantemente somos fruto de la ternura divina, que en su Corazón tenemos a cada instante una cuna toda nueva, y que también en nosotros se realiza, según el grado de apertura de nuetra alma, la palabra que hace brillar la noche de Navidad con la claridad de la verdadera Luz:

“El Señor me dijo: tú eres mi Hijo,
Hoy mismo te engendré.”
(Introito de Navidad, Salmo 2)

Nos lleva a otros abismos.

En efecto, al engendrar a Dios, la Virgen revela en su maternidad la maternidad inefable de Dios.

Nosotros debems hacer lo mismo, ya que Dios nos ama lo suficiente como para querer recibir de nosotros “una humanidad suplementaria” (Oración sobre la Trinidad de Elisabeth de la Trinidad. Carmelo de Diyón, 1904)

Las palabras quedan cortas, pero el corazón puede entenderlo apoyándose sobre la experiencia humana más exquisita.

Mama, tú naciste de mi corazón

El amor divino quiso nacer en nosotros de nosotros, para que su vida en nosotros sea fruto de nuestro amor y plena realización de nuestra fecundidad.

Una niñita iba, del brazo de su madre, al encuentro del ocaso en la suavidad de la primavera en que toda la naturaleza estaba suspendida de la felicidad en la fluidez elísea de la atmósfera empurpurada.

El recogimiento de la tarde se extendía silenciosamente sobre las viñas cubiertas de sombra. El lago estaba inmóvil como una mirada contemplativa en la órbita de fuego de las montañas. En los follajes poblados de alas, la tierra cantaba el himno de la vida.

Las dos caminantes marchaban en esa gloria sin decir palabra, en la emoción de un descubrimiento en que comulgaban estrechamente.

De pronto, embriagada por la belleza del espectáculo, no sabiendo como dar gracias por tanto gozo, la niñita se arroja al cuello de su madre diciéndole con fervor: “Mamá, tú naciste de mi corazón.

El amor divino nos propone una restitución semejante, infinitamente más real: Él quiso nacer en nosotros de nosotros, para que su vida en nosotros sea el fruto de nuestro amor y la plena realización de nuestra fecundidad.

“El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.” (Mat. 12:50)

Así su destino en el universo es en cierto modo solidario del nuestro, y su pobreza se consuma en esa espera:

“Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la pueta, entraré a su casa, cenaré con él y él conmigo.” (Apoc. 3 :20)

Cristo nos está confiado

Si la creación no puede triunfar en ninguno sin su consentimiento… Todo hombre tiene un valor infinito y cada uno de los latidos de su corazón es indispensable a la realización del reino de Dios.

En la medida en que escuchamos ese llamado, conoceremos el verdadero rostro del hombre.

La creación no puede triunfar en ninguno sin su consentimiento. De este punto de vista, que es supremo, todo hombre tiene valor infinito, y cada uno de los latidos de su corazón es indispensable a la realización del reino de Dios.

Las relaciones más materiales con los demás no dejan entonces de ponernos en relación con sus almas. Abrimos la puerta o la cerramos, dejamos pasar a Dios o le cerramos el camino.

No mataríamos hombres con tanta ligereza si supiéramos a Quien herimos. Veríamos que una persona vale más, ella sola, que todas las riquezas materiales del mundo, a causa de Cristo que le está confiado.

Ningún problemq tiene solución fuera de esta visión porque el hombre solo se encuentra en este nivel.

El teocentrismo de la contemplación vale para toda la vida. En todo ser, en toda cosa, nuesro amor debe preparar la cuna del Verbo que no quiere dejar de nacer en el mundo:

“Nos ha nacido un Niño,
un Hijo nos ha sido dado”

(Introito de Navidad, en la Misa del Día – Isaías 9:5-6)

Con qué fuerza debía sentirlo un Vicente de Paul al recoger para Dios a los que el hombre ya no quería, un Francisco de Asís al enviar a fray Ángel a pedir perdón a los malhechores que había echado sin respeto.

La solicitud maternal de María

Es en verdad una manera muy elevada de unirse a Dios, después de haberse alimentado con la divina Liturgia, orando por los hermanos, considerando la majestad de Cristo que los cubre de honor. No conozco otra más sencilla, más urgente y más práctica, que no responda más inmediatamente al Testamento del Señor:

“Un mandamiento nuevo os doy, el de amaros unos a otros,
sí, amaros unos a otros como yo os he amado.”
(Juan 13:34)

Para darle perfecto cumplimiento fue que María permaneció sin duda con la Iglesia naciente, después de la ascensión del Salvador: ayudando a todos a realizar con cada uno lo que Saulo debía aprender a propósito de todos los miembros en la unidad de la Cabeza: “Yo soy Jesús…” (Hechos 9:5)

Desde entonces, ella no ha cesado de comunicar a los cristianos fieles esta solicitud maternal, conservando sus corazones, en la luz del don de sabiduría, la luz de la ciencia matinal por la cual es conocido todo en el Verbo, que es el Hijo del Padre y el Hijo de María, y que debe ser hijo nuestro en la medida en que nos eclipsamos en Él:

Como la Mujer Pobre
que lleva en el corazón
la eterna Sabiduría de donde proviene el Amor.

TRCUS (*) Libro “Notre Dame de la Sagesse” (Nuestra Señora de la Sabiduría),  

 Nueva edición en rústica, Eds. Du Cerf, rúbrica espiritualidad, col. “Tesoros del Cristianismo”.

 mayo de 2009.

 124 pp.

 ISBN 978-2-204-08964-7

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir