Mauricio Zúndel, extracto del libro Notre Dame de la Sagesse (1935) (*). Los títulos fueron añadidos.
A los 15 años, Zúndel tuvo una experiencia mística de la Virgen, cuya maternidad revelaba el amor maternal de Dios. En ese momento percibió la exigencia de la pobreza y de la desapropiación, signos de pureza. Se convirtió en el profeta de la “pobreza divina”. Una de sus formas es justamente la Encarnación de Dios en nuestra historia, que manifiesta que Dios es un Dios de interioridad.
Zúndel escribió: “María concibió a Cristo en la desapropiación radical de sí misma, como el Padre engendra el Verbo en una radical desapropiación de sí mismo. Entonces ella nos va a enraizar en Cristo y por Cristo en el corazón de la santísima Trinidad. A partir de la Anunciación, la persona decide del porvenir del mundo.”
Este mes, marcado por la fiesta de la Asunción, les proponemos extractos del libro “Notre Dame de la Sagesse” (Nuestra Señora de la Sabiduría). Pobreza, interioridad, son las palabras claves de ese libro.

El Apóstol más ardiente.

Pablo había conocido juntos e inseparablemente a Jesús en la Iglesia y a la Iglesia en Jesús.

Viendo millones de hombres determinados a extirpar toda la religión tenderse la mano por encima de todas las fronteras, con una forma de impulso mesiánico, ¿cómo no pensar en el hombre que descendía de Jerusalén a Damasco para encadenar los discípulos de Cristo y borrar su nombre?

Estaba de buena fe, creía que la nueva secta encarnaba la blasfemia y que una conciencia recta tenía el deber de impedir su crecimiento.

La energía indomable que sentía hervir en sus venas no le dejaba duda alguna sobre su misión: acabar con esa execrable superstición.

Sin embargo, antes de terminar su viaje, se había convertido en su más ardiente apóstol.

De repente había comprendido, había visto: todo se aclaraba en una Presencia que lo invadía totalmente, en una Persona que se convertía en su vida.

Antes que las numerosas almas que inflamarían sus palabras, y más profundamente que ellas, se había revestido de Jesucristo cuyo nombre no cesará de brotar de sus labios como un grito de amor.

El encuentro fulgurante le reveló además la solidaridad, o mejor, la identidad misteriosa entre Aquél cuyo amor lo derribó y la comunidad que él soñaba destruir.

“Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Hechos 9:5)

Había conocido juntos e inseparablemente a Jesús en la Iglesia y la Iglesia en Jesús.

Toda su teología eclesial será el desarrollo de este primer dato que es para él la clave del Evangelio:

Jesús y la Iglesia no hacen sino uno.
La Iglesia es Jesús.

Que nuestra vida esté toda en Cristo Jesús

Cada vez más, el cristianismo toma para nosotros la forma de una Persona en cuya intimidad tiene la Iglesia la misión de hacernos entrar.

Si nos ocupáramos más de eclipsarnos en su Persona, ¿no reconocerían en Él nuestros hermanos la verdad que están buscando, la justicia de que están sedientos, el amor que transfiguraría sus vidas?

¿Podrían resistir a la seducción que ejerce sobre toda alma sincera, si la Iglesia les apareciera en nosotros cada vez más con el rostro liberador de Cristo Jesús?

Y esa es la esticta verdad de la cual nos da la fe una conciencia cada más viva: solo tratamos con la Iglesia en la medida en que tratamos con Jesús.

Como tantos sacramentos que Lo representan y Lo dan en grados diferente, las personas y los ritos, los dogmas y las leyes convergen todos hacia Él, para sellar en Él todas las potencias de nuestro ser sometiéndolas a su amor por una identificación cada vez más perfecta, a fin de que nuestra vida esté toda entera en Cristo Jesús.

Así, cada vez más, el cristianismo toma a nuestros ojos la forma de una Persona en cuya intimidad tiene la Iglesia la misión de hacernos entrar.

Estamos pues, a priori, seguros de encontrar a Jesús en el centro de todas las doctrinas que conciernen la Virgen, su madre y la nuestra.

Les honores a la Virgen son cristocéntricos

La Virgen representa de verdad algo supremo, pero en el orden creado, y su transparencia es la del sacramento que no puede sino arrojarnos en Dios.

Las actitudes visibles pueden inducir en error observadores de buena fe, deseosos de informarse y que olvidan la lógica del amor.

En efecto, el amor no tiene medida en su lenguaje, vive de hipérboles con una especie de instinto totalitario que no admite reservas, así como debe ser sin reservas el don que hace de sí mismo el hombre a Dios.

Qué otra cosa es entonces – si no el don mismo – o, testimonio a nuestra vocación mística, como anticipación fugitiva, como bosquejo embriagador de la plenitud en que todo ser es consumado en un perfecto altruismo.

Quemamos las etapas, nos lanzamos hacia el término, calmamos la sed en el río de la beatitud. ¿Qué lengua hablar entonces sino la de la adoración, impregnada toda del infinito que presiente, venera y espera?

Y si el corazón sigue abierto, si el ser amado, cuando no es supremo, no cierra el horizonte, si no es el lugar de reposo de un impulso que rebota más allá, el signo translúcido de una Presencia cuya realidad encarna, el orden esencial es preservado más bien que comprometido.

La realidad del objeto inmediato nos hace más sensible, en efecto, la del Soberano Bien hacia el cual nos llevan al mismo tiempo sus límites y sus encantos. Las palabras que lo rebasan como un remolino de luz,nos arrastran hacia la Luz en que encuentra su verdadero objeto la adoración.

Jamás hay que perder de vista el dinamismo inherente a todo uso normal de la criatura para apreciar en su justo valor el entusiasmo de la piedad hacia la Made de Cristo, dando además a estas consideraciones toda la flexibilidad que conlleva la analogía.

En efecto, la Virgen representa verdaderamente algo supremo, pero en el orden creado, su transparencia divinamente atrayente es la del sacramento que no puede sino arrojarnos en Dios.

Por eso todos los homenajes que suben hacia ella, como todas las creencias que se relacionan con ella, tienen un carácter rigurosamente cristocéntrico.

La piedad hacia María y la primacía de Jesús

Bajo este punto de vista, no hay estudio más conmovedor que el del dogma de la Inmaculada Concepción.

¿Quién podía esperar encontrar bajo la pluma de un Doctor que tiene siempre en los labios el nombre de María, que lo lleva siempre en el corazón, la carta que san Bernardo († 1153) escribió a los canónigos de Lyon para protestar contra la fiesta de la Concepción de María, recientemente introducida por ellos en la liturgia de su catedral?

“Con gusto se pasaría de ese honor la gloriosa (Virgen) por el cual parece que o bien se hace hmenaje al pecado, o se introduce una falsa santidad. Además, en modo alguno puede agradarle – contra la costumbre de la Iglesia – una novedad presuntuosa, madre de temeridad, hermana de superstición, hija de ligereza.”

“Ya me habían advertido hace poco de este error en algunos, pero yo guargaba silencio para no herir el fervor que viene de un corazón sencillo, lleno de amor a la Virgen. Pero ahora, al descubrir la superstición en los sabios, en una noble y famosa iglesia de la que yo mismo soy muy especialmente hijo, no sé si podría callarme sin hacerles a ustedes una grave injuria.”

Más arriba había dado la razón de su indignación:

“Aunque haya sido dado a algunos hombres, poco numerosos además, el nacer con la santidad, (no les ha sido dado) sin embargo el ser concebidos sin ella, a fin de que a uno solo fuera reservada la prerrogativa de una concepción santa: a aquél que debía santificar a todos (los demás) y que, siendo el único en venir sin pecado realizaría la purificación del pecado.”

“Entonces solo el Señor Jesús fue concebido del Espíritu Santo, pues solo Él es santo antes de su concepción. A excepción de Él, concierne todos los hijos de Adán lo que uno (de ellos) dice y confiesa en verdad de sí mismo: en la iniquidad he sido concebido, en el pecado me concibió mi madre.”

Es imposible decir más claro que la piedad hacia María no admitiría algo que disminuya la primacía de Jesús.

Los grandes escolásticos del siglo 13, Alejandro de Hales († 1245), san Alberto Magno († 1280), san Buenaventura († 2274), santo Tomás de Aquino († 1274), debían adoptar, por el mismo motivo, una posición semejante.

Admitían claramente la reserva expresada por san Agustín († 430) en su libro De la naturaleza y la gracia (cap. XXXVI): “Hablando de pecado, no quiero que se hable de la Santísima Virgen María, por honor de Cristo. Sabemos en efecto que le fue conferida una gracia mayor para vencer totalmente el pecado por lo mismo que mereció concebir y dar a luz a Aquél de quien es cierto que no tuvo pecado.”

Todos concedían a san Anselmo († 11O9): “que convenía que la Virgen brillara con la pureza que no se podía concebir mayor después de la de Dios.”

Todos estaban dispuestos a afirmar con santo Tomás: “A la bienaventurada Virgen se le concedió una gracia mayor que a ningún santo. Fue más pura de todo pecado que todos los demás santos. A la bienaventurada Virgen debió serle otorgado algo fuera de la ley común. Su santificación (desde antes de su nacimiento) fue más perfecta que la de los demás. Es necesario creer que todo lo que le podía ser otorgado lo fue en efecto. Es probable admitir que la que concibió al Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad, de preferencia a todos los demás recibió mayores privilegios de gracias.”

Todos en fin habrían aplaudido la exégesis del Doctor Angélico comentando el versículo 6 del salmo 18 (Estableció su morada en el sol) en estos términos: Eso quiere decir que Cristo hizo reposar su cuerpo en el sol, es decir en la bienaventurada Virgen que no tuvo ninguna oscuridad de pecado, según loas palabras del cantar: “Eres toda hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha alguna.” (1)

María y el pecado original

Lo que no podían aceptar es que ella hubiera tenido de manera alguna la necesidad de una redención personal. Pues según la observación de san Buenaventura, “interesa a la eminente dignidad de Cristo que él sea el Redentor y Salvador de todos, que él haya abierto a todos la puerta (de la vida), y que él solo haya muerto por todos. No hay que sustraer la vienaventurada Virgen María a la generalidad (de esta ley), no sea que aumentando la dignidad de la Madre se disminuya la gloria del Hijo, y se provoque así a la Madre que quiere que su Hijo sea exaltado y honrado más que ella, el creador más que la criatura.”

Como creían además con toda la tradición que la Virgen no se hizo culpable de ninguna falta actual, quedaba que de alguna manera había incurrido en la falta original.

Como, por otra parte, no podía ser redimida personalmente antes de existir, haciéndose así solidaria con Adán, se concluía que había debido ser santificada después de que su alma hubiera sido creada y unida al cuerpo.

San Buenaventura indicaba sin embargo ya que después podía implicar una simple posterioridad de naturaleza sin excluir necesariamente una simultaneidad temporal.

Duns Escoto († 1308) hizo dar un nuevo paso a la cuestión introduciendo la idea de una deuda o exigibilidad, o si se prefiere, una exigencia o necesidad que debe producir su efecto teniendo en cuenta la naturaleza del sujeto, a menos que una intervención superior no suspenda su realización.

Cayetano († 1534) elucidó la cuestión con rigor incisivo, recordando con santo Tomás que la neceidad de morir, afirmada por derecho para todos los hijos de Adán no significa que de hecho una disposición especial de la Providencia no pudiera exentar de la muerte a alguien. De donde concluía por analogía: “Si alguien no incurría personalmene en el pecado original, sea de hecho, sea en la necesidad de tenerlo, no tendría necesidad de redención. Esto basta para hacerla necesaria que todos estén sometidos al pecado original.”

Bastaría pues, para someter la Virgen a Cristo redentor, aceptar que María, en el momento de llegar a la existencia personal, llevaba en ella, en virtud de las condiciones humanas de su engendramiento, la exigencia despojadora de la vida divina inherente a la naturaleza caída, que debía alienarla de Dios, si en el mismo instante una sobreabundancia de gracia no hubiera prevenido su efecto.

Lo cual significaba que, en el primer instante de su existencia, ella estaba en la necesidad de tener el pecado original, de ser privada de la ordenación divina de la gracia en virtud de la misteriosa solidaridad cuyo vehículo es la propagación carnal, y, al mismo tiempo, sustraída a esta necesidad por la gracia redentora, en virtud de la solidaridd infinitamente más alta y eficaz que la ordenaba a Jesús como Madre de Jesús. En este sentido se fijaría poco a poco el pensamiento cristiano.

Ella se dio el tiempo de madurar.

La Inmaculada Concepción de María

La piedad tenía ya su alimento en la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción, cuyo uso había sido adoptado por la Iglesia romana en el siglo 13, que el papa Sixto IV defendía con vigor en las Constituciones de los años 1476 y 1483.

El Concilio de Trento, refiriéndose a estas decisiones, las había hecho suyas en 1546, exceptuando formalmente del decreto sobre el pecado original a la bienaventurada e inmaculada Virgen María.

Sin embargo, Gregorio XV déclaraba todavía el 4 de julio de 1622: “El Espíritu Santo, implorado por las oraciones más fervientes, todavía no ha manifestado a su Iglesia el secreto de ese misterio. Y solo bajo su dirección debemos leer el rollo de la eternidad en la cátedra de la Sabiduría cristiana.”

El 8 de diciembre de 166I, Alejandro VII consignaba los progresos de la creencia “que abrazan casi todos los católicos.”

El 8 de diciembre de 1854, la definición de Pío IX la hacía dogma, afirmando que “impedida por los méritos de Cristo Redentor, María no había sido sometida al pecado original sino enteramente preservada de la mancha de origen, y por eso, redimida de modo más sublime.

Una Sabiduría más elevada que la de los Doctores daba satisfacción eminente a su sabiduría, subrayando lo que no habían cesado de poner en relieve: la primacía universalmente redentora de Cristo Salvador.

El “sublimiori modo redempta” de la Bula Ineffabilis Deus canonizaba, por decirlo así, el Cristocentrismo del dogma marial del que habían sentido con razón que era lo esencial: María relacionada toda con Jesús desde el primer instante de su existencia, identificada con su Pasión en el ser de gracia que hace de ella la nueva Eva, es así toda de la sangre de Jesús, su hija según el Espíritu, antes de que El no lo fuera de su sangre según la carne, en la maternidad inefable que será la eterna restitución de amor de todo lo que ella tiene de Él.

Jesús triunfante en María, María toda propiedad de Jesús, concebida en función de Él y ya nombrada según Él desde el primer instante de su existencia: eso es en el fondo lo que descubre la fe, dando al saludo del Ángel toda su divina plenitud:

“Te saludo, llena de gracia, el Señor es contigo.” (Lucas 1:28)

Como en la Trinidad el Padre es su Paterniad misma como relación viva con su Hijo, sin ninguna otra cosa que el impulso que lo constituye totalmente como su propia sustancia, así también la Virgen Madre saca, por decirlo así, toda su personalidad de la relación inefable que la dedica toda al mismo Hijo que debe engendrar en su carne como fruto del Espíritu.

María es totalmente,
María es únicamente,
María es desde siempre
la Madre de Jesús.

María, la suprema conformidad con Cristo Redentor

En María no puede haber ausencia respecto de Dios, ni en su alma que le pertenece totalmente, ni en el cuerpo que es la cuna del Verbo hecho carne. Toda su vida está sellada en el orden eterno del Amor.

Como en el origen de la Vrgen todo es regulado por su vida interior en razón de su maternidad divina, sucede lo mismo con su muerte.

Vista la economía puramente espiritual de su ser, ella no debía morir, si es verdad, como enseña san Pablo con tanta profundidad, que la muerte es el salario del pecado (Rom. 5:12).

En efecto, el verdadero Dios es el Dios de los vivos (Mt. 22:32), no fue Él quien inventó la muerte. Ella proviene de la ausencia que el hombre opuso a su Presencia desde el comienzo, cuando el padre de la raza prefirió alejarse de la Fuente para construir él mismo su vida.

Así había rechazado en la aventura cósmica la humanidad de que era jefe y árbitro, cuando, puesta en la frontera de los cuerpos y los espíritus, podía dar preferencia a uno u otro de los dos órdenes.

Las fuentes vivas estaban heridas en el hombre; una especie de primacía era atribuida al cuerpo que sometería el alma a su ritmo. En los casos más favorables, la vida iría de afuera hacia dentro, venciendo difícilmente las tendencias centrífugas de una interioridad difícilmente armoniosa. En adelante, su carne, rebelde al espíritu, aceptará difícilmente su yugo, y sus resistencias harán sentir en todo el ser la respuesta de muerte de que habla el Apóstol (2 Cor. 1:9).

Tal como es, el cuerpo es demasiado exterior al alma como para que ella pueda orientarlo haciéndolo dócil a sus leyes. La ausencia suprema se repercute en él hasta que su peligrosa autonomía se disipe en la muerte, en espera de la misteriosa retoma de la resurrección.

En María sin embargo, no puede haber ausencia respecto de Dios, ni en su alma que le pertenece totalmente, ni en su cuerpo que es la cuna del Verbo hecho carne. Toda su vida está sellada en el orden eterno del Amor.

En María, la muerte solo puede venir del espíritu, en un acto de suprema conformidad con Cristo Redentor.

En ella entonces, la muerte no puede provenir del desorden íntimo de su ser. Todo al contrario, en ella la muerte solo puede venir del espíritu, en un acto de suprema conformidad con Cristo Redentor. Ella murió sin duda en una oración, escuchando la Voz que gobernaba todas las fibras de su ser, respondiendo al llamado que siempre la encontraba disponible:

“Ven del Líbano, novia mía,
ven del Líbano.”
(Cant. 4:8)

Ella murió de amor, entró en la Luz que había engendrado:

Vio que era Madre de Dios.

La asunción de la Virgen

Pero su cuerpo, cuyas fibras todas jamás habían dejado de estar presentes a la Vida que había nacido de ella, tenía una exigencia de resurrección. En efecto, lo mismo que su alma, estaba todo ordenado a Jesús.

Fue unido a esa alma para que el reino de Cristo se relizara en él lo mismo que en ella.

No podemos formarnos una imagen de esa resurrección ni de la manera toda sobrenatural como debe vivir “un cuerpo espiritual”. La evolución de la materia corporal nos es conocida bajo la condición de exterioridad que pone límites al espíritu; no sabemos cuál puede ser la condición de interioridad que hace de él la expresión del espíritu: cuando, despojada de su falsa autonomía, entró en sí misma en su divina pobreza.

Por lo menos, la fe nos da suficiente luz para hacernos considerar la asunción de la Virgen como la contraparte necesaria de su inmaculada concepción, como su fin normal y su coronamiento supremo, para consumar en todo su ser la realeza eterna de Jesús.

Que María nos da a Jesús y nos obtiene todo lo que lo hace vivir en nosotros

María solo busca producir en nosotros una unión más y más inmediata y personal con Jesús.

La transparencia infinita de la Virgen no puede tener otro efecto que el de hacer madurar la nuestra, para que la claridad del Verbo nos llene totalmente.

Si no podemos ser sin actuar, cuál podrá ser la actividad de María orientada toda hacia Jesús, sino expresarlo en sí misma como el Verbo de su corazón, y atraerlo todo hacia Él, engendrándolo en todos los que deben vivir de Él.

Que María nos da a Jesús y nos obtiene todo lo que lo hace vivir en nosotros, es lo que comprendemos al decir que ella es medianera de todas las gracias, lo cual no quiere decir otra cosa sino que ella es siempre la Madre de Jesús, en todas sus relaciones con nosotros como en sus relaciones con Él.

Su acción es cristocéntrica, como su ser; su influencia está por doquiera donde debe “germinar el Salvador”, donde brille algún reflejo de la vida del Señor. Es decir que ella es tan universal como actual, según su propio modo que es, por doquiera y siempre, eclipsarse en Jesús. Y al mismo tiempo es afirmar que ella solo busca producir en nosotros una unión más y más inmediata y personal con Jesús.

Sabemos pues por experiencia que mientras más puro es el genio más perfecta es la virtud, y más tienden también a suscitar nuestra verdadera personalidad comunicándonos algo de su intimidad con la Luz.

La transparencia infinita de la Virgen no puede tener otro efecto que el de haeer madurar la nuestra, para que la claridad del Verbo nos llene totalmente.

Ella no es nuestro fin último sino el sacramento diáfano que hace irradiar sobre nosotros su imantación luminosa. Ella hace tanto más presente nuestro ser a Dios, tanto más inerior a la vida de Jesús cuanto más filialmente dóciles seamos a su influencia maternl.

Pero no se introduce en la comunión suprema en que el alma, cara a cara con su Señor, en la noche aquí abajo o en la mañana de la visión, escucha la palabra única que suscita en ella la respuesta única por la cual se consuma la unión inefable que Dios contrae con ella en el desposorio misterioso del bautismo.

Ella no es la Fuente sino el “acueducto” (sermón de san Bernardo) que nos une a la Fuente; no es la Sabiduría sino la Sede de la Sabiduría; no es la Vida sino el huerto cerrado donde brota el río de la Vida. (Cant. 4:12-15)

En ella como en la Iglesia, siempre encontramos a Jesús:

“Yo, Jesús, os envié mi mensajero…
Yo soy el descendiente y la posteridad de David
la estrella radiante de la mañana.
El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!”
El que escucha diga también: “¡Ven!”
Que el que tenga hambre venga
y que el que lo desea tome gratuitamente del agua de la Vida”
(Apoc. 22:16-17)

Así como las grandes catedrales, bajo el nombre de Nuestra Señora, son los tabernáculos de la Hostia, así María brilla en la Iglesia como el Relicario de Jesús.


Nota

(1) Salmo 18 (19) versículo 5: “Puso su morada en el sol: sale como el esposo de la cámara nupcial.”

En el libro de Jean Vanel, Hymnos cristianos olvidados: los salmos dice que el texto hebreo dice: “Puso una tienda para el sol.” La Vulgata corrigió a partir de la Setenta: “Él es quien del sol hizo su tienda.” Y desde Justino, este versículo es considerado como un canto a Cristo, Sol del mundo.

La segunda parte del versículo, la Vulgata la interpreta en referencia a los textos del evangelio en que Cristo es llamado “el Esposo”. Ciertos Padres interpretan que Cristo, en su encarnación, sale del seno de María (la cámara de las nupcias con la humanidad) para ser el Esposo de la Iglesia. María es entonces “el sol luminoso en que el sol de justicia quiso habitar.”

TRCUS (*) Libro “Notre Dame de la Sagesse” (Nuestra Señora de la Sabiduría),  

 Nueva edición en rústica, Eds. Du Cerf, rúbrica espiritualidad, col. “Tesoros del Cristianismo”.

 mayo de 2009.

 124 pp.

 ISBN 978-2-204-08964-7

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