Mauricio Zúndel, extracto del libro Notre Dame de la Sagesse (1935) (*). Los títulos fueron añadidos.
A los 15 años, Zúndel tuvo una experiencia mística de la Virgen, cuya maternidad revelaba el amor maternal de Dios. En ese momento percibió la exigencia de la pobreza y de la desapropiación, signos de pureza. Se convirtió en el profeta de la “pobreza divina”. Una de sus formas es justamente la Encarnación de Dios en nuestra historia, que manifiesta que Dios es un Dios de interioridad.
Zúndel escribió: “María concibió a Cristo en la desapropiación radical de sí misma, como el Padre engendra el Verbo en una radical desapropiación de sí mismo. Entonces ella nos va a enraizar en Cristo y por Cristo en el corazón de la santísima Trinidad. A partir de la Anunciación, la persona decide del porvenir del mundo.
Este mes, marcado por la fiesta de la Asunción, les proponemos extractos del libro “Notre Dame de la Sagesse” (Nuestra Señora de la Sabiduría). Pobreza, interioridad, son las palabras claves de ese libro.

Le damos a la verdad nuestro propio rostro

Las palabras lanzadas pueden resonar sin fin en una mente diáfana, y desaparecer sin eco en un alma encerrada en su propio tumulto. Cada uno escucha según lo que es e interpreta en función de su experiencia en la cual está implicado todo el misterio de su persona.

¿Qué suerte va a correr la frase que sale de sus labios y cae en los oídos de sus auditores?

¿Qué figura va a tomar en su mente, resonando en la onda misteriosa de su pensamiento en movimiento?

Se supone que las palabras tienen para todos el mismo sentido en la misma lengua. Los diccionarios definen con rigor su significado.

¡Pero qué diferencia de nivel en la comprensión de la réalidad significada! Como rebota un guijarro en la superficie tranquila de un agua cristalina dibujando círculos cada vez más amplios pero se hunde en seguida después de iniciar los círculos, así la palabra que uno lanza puede repercutirse sin fin en una mente diáfana, y desaparecer sin eco en un alma encerrada en su propio tumulto.

Cada uno la escucha según lo que es y la interpreta en función de su experiencia en la cual está implicado todo el misterio de su persona.

¿Qué realidad puede atribuir a sus palabras, sino una que no hiera su propia realidad?

Para salirse, tiene innumerables medios, desde rehusar escuchar hasta asentir con respeto.

En efecto, se puede disfrutr del espectáculo de una hermosa arquitectura de ideas sin aceptarlas y rendir homenaje al esplendor del orden sin someterse a sus exigencias.

No hemos notado mucho el antropomorfismo del conocimiento, la tendencia casi irremediable a darle a la verdad nuestra propia apariencia.

Habría que renacer para conocer, ser totalmente nuevo y ofrecer solo una pura transparencia a la Luz; habría que ser perfectamente desinteresado para dejarse moldear sin parcialidad por todos los datos inteligibles de la experiencia humana.

Habría que ser pobre según el espíritu. (Las bienaventuranzas, Mt. 5:3; Lc.6:20)

El verdadero saber

¿Por qué se sacrificaría el hombre a la verdad como lo han hecho o tienen consciencia de deberlo hacer tantos investigadores, si ella no fuera más que ellos, si no superara el orden de las cosas?

La cultura refinada de ciertas mentes permanece a menudo absolutamente estéril de la pobreza previa, de la pureza del corazón que pacifica en nosotros al hombre de deseos para dejarnos vencer por la única evidencia de la verdad.

Nos sorprende a menudo el carácter impulsivo de sus reacciones, el apoyo que brindan a las corrientes de opinión, la falta de respeto que muestran hacia la persona humana cuando no está en su propio campo.

Pero ¿cómo ser universal, como debe serlo un pensamiento fiel a su propio movimiento, si no se percibe el valor infinito comprometido en toda operación de la mente, ese algo divino que confiere al trabajo de los más nobles sabios el prestigio de lo sagrado y que hace aparecer la investigación como diálogo silencioso en que su papel consiste en escuchar la verdad como Persona?

En efecto, ¿no hay en todo encuentro con el ser una secreta confrontación con el Verbo de Dios por quien todo ha sido hecho?

No se ve por qué el hombre se sacrificaría a la Verdad como lo han hecho o tienen conciencia de deberlo hacer tantos investigadores si ella no fuera más que ellos, si no superara el orden de las cosas.

El verdadero intelectualismo comporta un intercambio de vida que la mayor parte del tiempo se siente más que se lo reconoce. Uno cede a una presencia misteriosa, ofrece su vida para que se exprese una Vida que es infinita. Por eso la investigación se profundiza sin cesar sin jamás terminar, revistiendo además cada vez más el carácter de comunión del que toda fórmula es solo símbolo precario.

Existe pues en el plano del conocimiento científico una exigencia de purificación, sin la cual el diálogo se convierte en un duelo en el cual sucumbe la verdad de uno u otro modo a la presión que le imponen los límites del tema.

El verdadero saber es una forma de obediencia.

Del modo humano de conocer al modo divino

El conocimiento natural es a la medida del hombre… Pero en el conocimiento sobrenatural la luz viene de lo alto, infundida en nosotros por el Espíritu que escruta las profundidades de Dios.

Se entrevé pues fácilmente por qué crisoles deberá pasar la mente para vivir del Pensamiento divino como es en sí – y no solamene para captar sus reflejos en el universo.

El conocimiento natural comienza con el destello de conciencia que suscita la resistencia mutua de nuestra sensibilidad y del medio en que se sumerge. Progresa en la interioridad del objeto y del sujeto cada vez más perfecta, en su circumincesión cada vez más estrecha.

Pero como es nuestra mente la que aporta a la naturaleza la luz activa que fecunda su inteligibilidad latente, ella es la que regula en cierto modo la invasión misteriosa de las cosas en nosoros asimilándolas según su propia madurez.

El conocimiento natural es a la medida del hombre. Sin deformar los objetos, puede dejarlos en una discreta penumbra, dejando para más tarde el escrutarlos más perfectamente o dejando para otros este trabajo.

Pero en el conocimiento sobrenatural la luz viene de lo alto, infundida en nosotros por el Espíritu que escruta las profundidades de Dios. No nos toca pues a nosotros controlar su movimiento. Además, si lo pudiéramos, de nada nos serviría.

Tendremos pues que pasar del antropomorfismo al teosofismo (1), del modo humano de conocer al modo divino. Eso podrá realizarse solo por iniciativa de Dios, en etapas dolorosas de las noches en que el hombre es poco a poco separado de sí mismo, hasta que sea consumada su identificación con Cristo.

San Juan de la Cruz y santa Teresa expresaron en lenguaje tan preciso como magnífico, el desarrollo normal de la experiencia mística.

Expresaron la luz demasiado intensa que exilia de sí mismo el ser haciéndolo extranjero a su sensibilidad, a su mente y a Dios mismo, al menos tal como era conocido hasta entonces.

Describieron la suspensión por encima del abismo, el aislamiento imposible de colmar, el sentimiento ardiente de indignidad, las tinieblas inexorables, el anonadamiento cuyo horror desafía toda expresión, que parece dislocar el alma en un horrible anatema. Describieron los éxtasis que parecen arrancarla del cuerpo, las súbitas claridades que la hunden en una luz infinita, el gozo tan violento que haría morir si Dios no impidiera su efecto.

Todas las almas deben, con rigor implacable, morir al espíritu de posesión que las ata a sí mismas para ser totalmente apropiadas a Dios en espíritu de pobreza.

Sin duda esa iniciación no se acompaña en todas las almas que se abandonan al abrazo divino de todos los fenómenos y de todos los favores de que se habla en El Castillo interior (Teresa de Ávila). De esas misteriosas visitas, muchos solo sufren la acción toda interior que guarda todo su secreto, sin discernir claramente además las etapas que superan en la obscuridad que les impide verse a sí mismas. Pero todas deben con implacable rigor morir al espíritu de posesión que las ata a sí mismas para ser totalmente apropiadas a Dios en espíritu de pobreza.

Cuando se consuma el don y todo el ser está hecho totalmente dócil al modo divino de la unión transformante, el cuerpo es tan perfectamente interior al alma y el alma a Dios que la contemplación ya no perturba ninguna operación. Al contrario, como ella suscita en cada una un eco de sí misma, encuentra también en cada una el apoyo de un impulso nuevo. Todas las fibras del ser tienen solo una voz para cantar a Dios. Las criaturas ya no son obstáculo, todas entran en la ronda maravillosa en que brilla su noche como una procesión de estrellas en el cielo de un verano diáfano.

Ya no están afuera sino adentro, todas amadas y fraternales, recobrando cada una su plena realidad en el rayo de inefable ternura que la une a Dios.

Es el gozo perfecto en la libertad divina, del que es la eterna música el Cántico del sol.

La Madre de Cristo y las pruebas de la vida interior

Como madre, María había de ver el suplicio del hombre de dolor, sobre el cual “el Señor (YHWH) hizo caer la iniquidad de todos nosotros.”

Sin duda el alma sigue aún siendo capaz de sufrir, pero no por ella sino por la salvación de los demás, como víctima de amor.

A este título solamente fue que la Madre de Cristo conoció las pruebas de la vida interior. Ella no necesitaba ser purificada, pues en ella nada oponía la menor resistencia a la realización del reino de Dios. Ella estaba “por encima de la debilidad del éxtasis” (2) en que aparece aún la rigidez de una naturaleza en la cual todo no está totalmente sometido al movimiento del Espíritu.

Todo su sufrimiento es por los demás y como ella es toda ofrecida desde el primer instante de su existencia, la Liturgia sangrienta que debe consumarse en el Calvario comienza para ella en su concepción.

Nos es imposible seguir todo su desarrollo y representarnos todas las ascensiones de su amor.

Pensemos por un instante en la angustia de una Juana de Arco ante la piedad del reino o en la agonía de una Catalina de Siena ante las heridas de la Iglesia y tendremos una idea de la solicitud que ardía en el corazón de la Virgen.

Quienes han visto inclinarse sobre el lecho de un moribundo una de esas mujeres sublimes que dicen al desdichado abandonado a su miseria por los suyos las palabras maternales que le restituyen su infancia y le vuelven su cuna, no podrán impedirse evocar la jovencita de Nazaret inclinada sobre la agonía del mundo, con la ternura infinita de una caridad en que el dolor que compadece es incomparablemente más grande que el dolor hacia el que ella se inclina, porque ella sabe de qué están enfermos todos y cuál es la víctima de todas sus heridas:

“Despreciado y abandonado de los hombres,
hombre de dolor, familiar del sufrimiento,
como objeto ante el cual uno cubre su rostro,
estaba detestado y no le prestábamos atención.
En verdad él cargaba con nuestras enfermedades
y soportaba nuestros sufrimientos;
y nosotros imaginábamos que estaba castigado,
herido por Dios y humillado.
Pero estaba herido por nuestros pecados,
aplastado por nuestras iniquidades;
sobre él pesaba el castigo que nos da la paz,
y gracias a sus heridas nosotros estamos sanados.”
(Isaías 53:3-5)

Ella no podía leer estas palabras sin ser sumergida de angustia, reconociendo en el oprobio secreto de su vida, pero sin saber que como madre iba a ver el suplicio del hombre de dolor, sobre el cual

“Yahweh hizo recaer la iniquidad de todos nosotros.” (Isaías 53:6)

Cuando esté de pie al pie de la Cruz, verá convergir todos los instantes de su vida hacia ese momento único en que ella tiene que recoger la agonía de Dios.

Dios moría, era su Hijo y ella era Su madre

Un solo ser con Jesús, María estaba de pie indisolublemente solidaria, ofreciendo su inocencia como testimonio a la de él, identificándose por entero con su oprobio, al golpe de todos nuestros rechazos, herida de todas sus heridas.

Los Evangelios sinópticos nos cuentan con objetividad igual a su discreción, el estado de abandono en que estuvo el alma de Jesús “cuando hubo llegado su hora” (Juan 13:1; Juan 17:1).

Dan a entender que su muerte fue “un suplicio de una mano no humana” (Pascal) y que no atacó el cuerpo sino después de haber crucificado el alma.

Todo comentario sería tan inútil como sacrílego. San Pablo dijo lo único que podía iluminar esos abismos:

“Fue hecho pecado por nosotros” (2 Cor 5:21).

Es el centro inefable del Misterio. Jesús se sintió identificado con el Mal – cuyo horror conocía desde el punto de vista mismo de Dios – hecho el respondente y como el responsable de todas las negaciones y de tal modo invadido por su realidad terrible que sus verdugos le parecían quizá menos culpables de lo que él se sentía serlo, en el anatema infinito que pesaba sobre él.

Toda la claridad beatífica que brillaba en la cumbre de su mente, toda la santidad de su amor sólo hacían más atroz la lucha con las tinieblas que aprisionaba su alma con abrazo inexorable.

La víspera, su sensibilidad había expresado toda su angustia en el sudor de sangre, y ahora exhala su alma en el grito que resuena en el corazón de María con la fuerza de una catástrofe divina:

“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Mat. 27:46)

¿Qué parte tuvo ella en esas tinieblas? Habría que ser bien temerario para afirmar algo a este propósito. Recordemos sin embargo que María vivía de la fe, no en la visión de la divinidad.

“Ella creía, no veía.”

Había sin duda recibido las más seguras garantías del misterio que se había realizado en ella. Su realidad misma no era sin embargo para ella objeto de ciencia sino de creencia.

¿Fue por la grieta que separa la fe de la visión que ella misma fue invadida por la noche que sumergía el alma de su Hijo, aunque sin dejar de adherir con certeza inquebrantable a la Palabra que la había siempre guiado?

Parece que si esa prueba le fue reservada, como se puede admitir muy probablemente, no fue en ese momento.

Entonces su intervención tuvo un carácter exclusivamente maternal, como otras mujeres ofrecen a los moribundos solitarios la ofrenda luminosa de una ternura suprema, ella ofrecía el corazón de una madre a la agonía de Dios. Entonces, solo ella comprendía la inmensidad de la tragedia que concentraba toda la historia humana en la crucifixión del Amor.

Dios estaba muriendo,
y era su Hijo:
y ella era Su madre.

Un solo ser con Él, ella permanecía de pie indisolublemente solidaria, ofreciendo su inocencia como testimonio a la suya, identificándose totalmente con su oprobio, herida por todos nuestros rechazos, sufriendo todas sus heridas.

Él la miró, la vió sufriendo sus propios dolores, traspasada por su angustia, llevando en todo su ser la llaga infinita del Amor implacablemente condenado. En la criatura rebelde desde el comienzo, al menos ella era toda de Él.

Él nos la dio: “Esta es vuestra Madre.” (Juan 19:25)

Eso era hacer de ella en realidad su madre en cada uno de nosotros: Mater pulchrae dilectionis, la madre el Amor Hermoso (Tomás de Aquino), ¡pero en qué abismo de dolor!

Nosotros somos para ella los hijos del Stabat (3). Ella está unida a nosotros con el amor mismo que la une con Él.

Ella está siempre de pie mientras dure la divina agonía. Acude a nosotros para bajarlo de la Cruz cuyo suplicio renueva cada día nuestro egoísmo.

Así nos ve ella a todos, en la grandeza suprema en que cada uno aparece como el repondente de su Hijo, responsable de la sangre derramada y del reino de amor cuyo precio encarna.

Así nos ama ella en la eterna Sabiduría en que el hombre toma su verdadero rostro, a la luz del divino Rostro cuyo inefable misterio proyecta ella sobre nosotros: como la luz del cirio en que el mundo resucita.

Lumen Christi,
Deo gratias !

¡Luz de Cristo,
demos gracias a Dios!

(Vigilia pascual, liturgia de la luz)


Notas

(1) Pasar de la tendencia a dar a objetos y realidades unas características propias a la especie humana a la aspiración a revestir la forma divina, a identificarse cada vez más perfectamente con Dios, pues según el teomorfismo del hombre ha sido creado a imagen de Dios.

(2) Posible referencia a Hildegarda de Bingen que evoca la “debilidad del éxtasis” como la disproporción entre la debilidad humana y las gracias recibidas.

(3) Stabat Mater dolorosa,“La Madre permanecía de pies, dolorosa…” Poema del siglo 13. Referencia a la profecía de Simeón en Lucas 2:35: “y a ti, una espada te transpasará el alma; así serán descubiertos los pensamientos de muchos corazones.”

TRCUS (*) Libro “Notre Dame de la Sagesse” (Nuestra Señora de la Sabiduría),  

 Nueva edición en rústica, Eds. Du Cerf, rúbrica espiritualidad, col. “Tesoros del Cristianismo”.

 mayo de 2009.

 124 pp.

 ISBN 978-2-204-08964-7

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