Mauricio Zúndel, Extracto del libro Notre Dame de la Sagesse (1935) (*) Nuestra Señora de la Sabiduría. Se añadieron los títulos.
Zúndel tuvo una experiencia mística a los 15 años, cuando la maternidad de la Virgen le reveló el amor maternal de Dios. Entonces percibió la exigencia de la pobreza y la desapropiación, signos de pureza. Se convirtió en el profeta de la " pobreza divina ”. Una de sus formas es justmente la Encarnación de Dios en nuestra historia, que manifiesta que Dios es un Dios de interioridad.
Zúndel escribió: “María engendró a Cristo en la desapropiación radical de sí misma, como el Padre engendra el Verbo en una desapropiación radical de sí mismo. Qsí nos enraíza ella en Cristo y por Cristo en el corazón de la santa Trinidad. A partir de la Anunciación, es la persona lorsque aue decide del porvenir del mundo.”
Para este mes, marcado por la fiesta de la Asunción, les proponemos extractos del libro Nuestra Señora de la Sabiduría. Pobreza, interioridad, son palabras claves de este libro.

El silencio vivido, el silencio respirado, el silencio irradiado, el silencio que es Alguien, el silencio que irradia la Eucaristía, el silencio donde nos espera Dios, el silencio que ha salvado todo. ¡Si la Iglesia hubiera sido abandonada al fruto de los hombres y a la multitud innumerable de sus palabras, habría cesado de existir hace mucho tiempo! Lo que ha mantenido la Iglesia es el silencio de Dios y el silencio de los grandes contemplativos que han vivido el silencio de Dios.
(Conferencia en el monasterio del Mont des Cats, 11a conf. Viernes 10 de diciembre de 1971)

Edificar una iglesia al Silencio

La liturgia se desarrolla como el canto del Silencio. Nada hace ruido. Los vestidos sin brillo espiritualizan los cuerpos, los gestos son vividos y las voces interiores. Una presencia invisible es la respiración común de las almas.

Tuve un sueño, de edificar una iglesia al Silencio, como Santa Sofía está consagrada a la Sabiduría

Hágia Sigê, la cual quizá nunca será más que un sueño.

Un claustro aislado de la calle, cuyas aperturas ofrecen a la vista el refugio apacible de un prado siempre verde y fresco.

Calles amortiguadas donde el paso no suscita ecos conducen hacia las puertas silenciosas.

Tapices monocromos amortiguan los pasos.

Los ventanales de piedra transparente difunden una luz tamizada. Sobrias cortinas hacen discretamente vibrar los muros del ábside a la luz viva de las lámparas perpetuas.

En el santuario sobreelevado, el altar es una mesa de alabastro que una luz interior hace apenas transparente. El tabernáculo es un sagrario de ónice que se ilumina igualmente, con más viva intensidad.

Allí encuentra sin esfuerzo la mirada su centro y permanece suspendida. La atmósfera le hace centrarse en lo único Necesario.

La liturgia se desarrolla como el canto del Silencio. Nada hace ruido. Los vestidos sin brillo espiritualizan los cuerpos, los gestos son vividos y las voces interiores. Una presencia invisible es la respiración común de las almas.

Hecha actual en la oblación mística, la Cruz se levanta y las cubre todas con su abrazo vivificante, y la Hostia se presenta en ellas como un divino fermento.

Terminada la Acción santa, cada una se va, perdida en Dios, a llevar a los hermanos un rayo de Su Rostro, en el silencio de una vida en que resuena el Verbo.

Así era en mi sueño Hágia Sigê: la basílica del Silencio.

Escuchar

Las palabras van sin cesar más rápido que el pensamiento y le imponen el peso de su materia, todo lo que contienen de error y de pasión… No se puede esperar y mantenerse abierto… Y, habiéndose limitado uno mismo, se pone a limitar a los demás.

¿No deberían aprender las almas en la divina Liturgia a escuchar para dejar que se exprese en ellas la única Palabra que es toda verdad?

Escuchar!... El acto más elevado, más raro, y sin embargo, el más necesario.

Las palabras van siempre más rápido que el pensamiento y le imponen el peso de su materia, todo lo que contienen de error y de pasión, todo lo que conllevan de impulsos irracionales y de sugestiones colectivas. Juzgamos antes de examinar, tomamos partido antes de saber. No sabemos esperar y permanecer abiertos dejando madurar un problema en la transparencia de una mirada libre. Y habiéndose limitado uno mismo, trata de limitar a los demás.

En casos extremos, innumerables muchedumbres, pueblos enteros serán víctimas de una pseudo-idea levantada en ídolo en una fórmula atrayente, cuya continua repetición crea una verdadera hipnosis que instala en el sistema nervioso de los individuos reflejos explosivos que van a reaccionar automáticamente al primer estímulo.

Cuando los valores espirituales cesan de ser prepondetantes, ¿cómo evitar la anarquía sin tomar de los instintos de la multitud con qué someterla simulando expresarla, cómo evitar manipular la opinión para exigirle lo que de ella esperamos?

No digo que todo sea necesariamente malo en lo que se le sugiere, pero ¡qué desprecio del hombre en esa prostitución del verbo, qué ignorancia del espíritu en ese magnetismo animal de la palabra!

Ya las palabras no conllevan la luz del pensamiento; exteriores a la humanidad verdadera, hechas de imágenes motrices y cargadas solo de impulso, solo tienden a lanzar a la acción, evitando toda hesitación de la conciencia y toda resistencia de la libertad.

No basta con automatizar los cuerpos en el mismo gesto, quieren también la rigidez de las almas en el mismo juicio.

Sabemos muy bien que esta tendencia domina infaliblemente bajo todos los regímenes y en todos los partidos cuando la mente ha perdido su primacía, la dignidad de la persona perece bajo la opresión de los individuos bajo el reinado del número.

La esclavitud es tanto más profunda cuanto más espontáneamente aceptada, tanto más irremediable cuanto que un mayor número de ideas justas sostiene una orientación inhumana.

La verdadera educación

Solo el silencio revela los abismos de la vida.

Solo el silencio revela los abismos de la vida.

Por eso los obreros del pensamiento la necesitan aún más que los hombres de acción. Educadores de las mentes, son ellos los que indican normalmente el camino de las fuentes. Si ellos no escuchan, si no se hacen transparentes a la luz, si no se alejan de sí mismos, no podrán dar “el salto por encima de su sombra que los haría caer en su sol” (Nietsche) y la verdad tendrá su rostro mientras ellos ellos harán beneficiar del prestigio de la ciencia las intrpretaciones que su opción fundamental, su actitud general ante la vida, superpone a sus descubrimientos.

Cuánto quisiéramos entonces poder constatar en todos los maestros y en medida aún mayor en todos los padres de familia, el respeto de las mentes que les están confiadas, con el solo cuidado de establecer el contacto entre ellos y la luz, eclipsándose ante el misterio del encuenro que es personal para cada uno.

El niño necesita que lo formen, pero ante todo mediante el desarrollo de su vida interior, aprendiendo a escuchar al Maestro que le enseña por dentro. En vez de sermonearlo enxasperando un sistema nervioso ya sobreexcitado, en vez de hacerlo aun más exterior a su alma de lo que es, habría que tratar mucho más de llevarlo a su vida profunda, llenándolo de la Presencia divina mediante el brillo del silencio que es el factor esencial de toda verdadera educación. En efecto, no se trata de substituirse al niño ni de hacerlo semejante a nosotros, sino de confiarlo a su Guía interior eclipsándonos continuamente en Él.

Todo lo que he escrito ya no me parece sino paja, comparado con lo que he visto.

Habiendo percibido una Realidad tan luminosa, todo lo humano del conocimiento ya no tiene utilidad.

¿Qué decir entonces de la reserva que se impone a los teólogos y directores espirituales, cuyo trabajo es exponer los miserios divinos y proporcionar con ellos las almas?

¡Qué tacto deben tener y qué humildad, qué temor filial y qué reverencia ante esta Verdad que es la vida misma de Dios cuando surge de su Verbo! Qué sentido de los límites del discurso y de impotencia de las palabras, qué discurso de la incapacidad de las palabras, qué sed del más allá a donde nos llevan, de todo lo inefable que nos hacen presentir, del ser más inconmensurable de toda fórmula en que está “el gran abismo de la Divinidad” (Juan de Santo Tomás).

Las verdades reveladas… reunidas en el único centro de la eterna luz, percibidas en Dios,… hechas “sensibles al corazón” por la caridad que nos hace interiores a la Vida, sin disipar por tanto el velo que a los ojos la oculta.

No sería pues traicionar la fe olvidar el movimiento que la tiende más allá de ella misma hacia el conocimiento unitivo en que las verdades reveladas ya no se entienden: dispersas en el discurso, pero reunidas en el único centro de la eterna luz, percibidas en Dios, en la vida misma que enuncian y que inician en nosotros, hechas “sensibles al corazón” por la caridad que nos hace interiores a esa Vida, sin por ello disipar el velo que la oculta a los ojos.

En efecto, cada una de esas verdades toma entonces la inflexión del ser amado, como una confidencia en que el alma saborea la Presencia que establece entre todas las proposiciones reveladas una misteriosa circumincesión.

Esta luz de amor en que todo se comprende “en la donación misma que Dios nos hace de sí, entregándose a nosotos por su Espíritu y su Voluntad, como si nos trajera su corazón” (Juan de Santo Tomás) es la que le da al teólogo el instinto de lo Divino indispensable a la perfección de su ciencia.

En esa sabiduría afectiva es donde alcanza a veces la sencillez de la mirada, donde la división de los conceptos parece derrisión, donde la inminencia de la luz no soporta ya ninguna aprehensión clara, en que su conocimiento reviste por fin el modo sencillo del conocimiento divino.

Es entonces cuando habla de la “sublime ignorancia que se realiza en virtud de una unión incomprensible” (Dionisio el Areopagita), no por haberse perdido en algo vago e inconsistente sino por haber percibido una Realidad tan deslumbrante que todo lo que depende del modo humano del conocimiento ya no tiene uso alguno.

“Entonces me preguntarás, dice el autor de la Nube del desconocimiento a su discípulo, cómo puedo pensar en Dios y qué es Él, y en la pregunta a que solo puedo responder una cosa: Yo no sé nada.”

Fue del mismo modo que Santo Tomás tuvo que interrumpir la Suma con una confesión de incapacidad: “Ya no puedo; todo lo que he escrito, comparado con lo que he visto, ya no me parece sino paja.”

El Doctor y el Místico se habían identificado demasiado en él para que el primero pudiera detener su discurso cuando el segundo lo hubo superado. La Suma solo podía terminar “por ese salto al sol” en la meditación del Cántico en que el Espíritu celebra el matrimonio místico del alma con Dios.

Así se la debe leer, dirigiéndose hacia la teología que “experimenta lo divino” (Juan de Santo Tomás) más que aprenderlo.

Hacia ese “Yo no sé” es hacia donde debemos orientar a los que comienzan, comunicándoles el sentido de lo inefable que les impedirá aplicar a lo divino una lógica demasiado material, dándoles sed de ese ser más que ninguna aprehensión clara puede captar aquí abajo, para que su teología, esté humildemente orientada hacia la contemplación infusa como término final, haciéndoles percibir por fin las resonancias místicas de una doctrina que concierne la vida íntima de Dios donde no se progresa de verdad sino perdiéndose en Él.

La dirección espiritual tendrá naturalmente la misma inflexión: viendo el alma a través del misterio divino que se realiza en ella, sabiendo además con qué gran respeto dispone Dios de ella “porque es apenas si se la puede tocar sin que sangre” (Juan de Santo Tomás), ¿qué podría querer su director sino desapropiarla de ella misma para que esté más y más en manos del Espíritu Santo: eclpisándose él mismo como servidor de su vida interior, ante el Huésped amado que secretamente la conduce?

Tanto la dirección como la teología requieren espíritu de pobreza, silencio que escucha para acoger en sí la verdad como persona.

En efecto, es una persona, la Persona divina, el Hijo único que está en el seno del Padre:

Hagia Sigé: el Verbo Silencioso.

Silencioso por ser todo interior a su Principio y no expresar sino a Él en un despojamiento fundamental de sí mismo: una nota totalmente pura, eco translúcido de una emisión virginal, éxtasis de luz, viva armonía en que nada desentona, clamor subsistente en que todo el ser no es sino un grito: ¡Abba, Pater!

“Pero a vosotros os he llamado mis amigos, pues todo lo que aprendí de mi Padre os lo he enseñado (Juan 15:15). Pues lo que aprendí de Él lo digo al mundo” (Juan 8;26).

La eterna Palabra es pues el Verbo que escucha el Verbo silencioso.

María, discípula del Verbo

María, en la noche del desconocimiento hacia sí misma, perdida toda en la claridad divina de su Hijo… ofrece su transparencia como a los fuegos del sol hecha vitral puro y el misterio de Jesús se enciende todo entero.

Y a su vez, María es discípula del Verbo. Ella conserva en su corazón todas las palabras de su Hijo (Lucas 2:51). Ella escucha, adhiere, se da, se pierde en sus abismos:

“Hazme escuchar tu voz,
porque tu voz está llena de dulzura” (Cant. 2:14)

Todas las fibras de su ser resuenan con el llamado en que su vida entera da auciencia a la única Verdad: ¡Jesús, Jesús, Jesús!

Su carne es la cuna de la eterna Palabra que brota de la “Fuente sellada” (Cant. 4 ;12) de su alma; su Magnificat es la exultación del Verbo en lo más íntimo de su corazón:

Dum medium silentium tenerent omnia...
Mientras un profundo silencio cubría todas las cosas,
y la noche llegaba a la mitad de su recorrido,
tu Verbo todopoderoso, Señor,
bajó de los cielos y del trono real (Saniduría 18:14-15)

En efecto, no es María el trono real, ella cuyas potencias resuenan todas los misterios de clamor que se realizan en el silencio de Dios, ella en la noche del desconocimiento hacia sí misma, perdida toda en la claridad divina de su Hijo.

Ella no dice nada de sí misma, no hace nada de sí misma, no mezcla nada de sí misma. Ninguna idea, ninguna imagen, ninguna palabra limita lo Inefable en ella, y el esplendor de la luz no encuentra en ella nada de sombra.

Sin duda, ella no entiende ni desea entender lo que no puede agotar el Infinito.

Ella ofrece su transparencia como lo hace un cristal puro a los rayos del sol, y el misterio de Jesús se enciende todo entero en ella.

Las raras ocasiones en que María aparece en la vida pública del Salvador no parecen ser contadas sino para manifestar el rigor de su eclipsamiento.

No tenemos de ella ninguna palabra dicha a la Iglesia después de la partida de su Hijo. Ella daba una enseñanza de otra manera más preciosa. Mientras los apóstoles hablaban, su silencio conducía las almas a la Sabiduría cuya madre es ella.

En los espacios de su corazón sentían nacer los primeros fieles la libertad misteriosa donde se reconocían con felicidad hijos del Padre y hermanos de Jesús.

Ella es, en efecto, el huerto cerrado y la entrada solitaria, la nave pacífica y la lámpara discreta, el ábside triunfal y el altar translúcido.

Ella, el tabernáculo vivo y la eterna custodia.

Ella en fin:

Hágia Sigê: la Basílica del Silencio.

TRCUS (*) Libro “Notre Dame de la Sagesse” (Nuestra Señora de la Sabiduría),  

 Nueva edición en rústica, Eds. Du Cerf, rúbrica espiritualidad, col. “Tesoros del Cristianismo”.

 mayo de 2009.

 124 pp.

 ISBN 978-2-204-08964-7

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